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Elementos destacados: Con tres heridas, de Loli G. García

Ediciones Rilke, colección Poesía, 2026. Prólogo de Ángela Serna.

Con tres heridas es el tercer poemario de Loli G. García, tras Como mariposas muertas (TarQus Editorial, 2020) y De Natura (Nimbo, 2022). Reúne cincuenta y un poemas repartidos en tres secciones, “La del amor”, “La de la muerte” y “La de la vida”, y un epílogo de tres poemas. Lo que sigue no es una reseña comercial, sino un inventario de virtudes: los lugares donde el libro alcanza su mayor intensidad y las decisiones de escritura que lo sostienen.

1. Los tres versos más poderosos

«Digo piel cuando quiero decir patria / donde nacer y morir en un instante.» (Digo piel, p. 26)

Es el dístico que mejor condensa la poética del libro. La voz poética declara una sustitución deliberada: donde otros dirían tierra, nación o pertenencia, ella dice piel. La patria deja de ser un territorio y pasa a ser un cuerpo, y el cuerpo amado se convierte en el único suelo donde tiene sentido nacer y morir. El segundo verso comprime en una sola línea el arco completo que el poemario despliega en tres secciones: nacimiento, amor y muerte suceden a la vez, “en un instante”. Lo que hace memorable el pasaje es su técnica de enunciación metalingüística, “digo X cuando quiero decir Y”, que convierte el poema en una reflexión sobre el nombrar. Y la fórmula no se agota en el arranque: el poema la repite como anáfora, “Digo piel”, al comienzo de cada dístico, y cada vez la palabra se carga de un sentido nuevo: el erizamiento, la anulación de la distancia, el sudor y las lágrimas. Una palabra de cuatro letras sostiene un poema entero.

«En cada envite una oleada de agua marrón / fluía dentro de mí / y me llevaba, / como a ellas, calle abajo.» (Hicimos el amor, p. 34)

El poema, dedicado «A las personas arrastradas / por la Dana de Valencia» (Hicimos el amor, p. 34), cierra la sección del amor con una audacia poco frecuente: hace coincidir el acto amoroso con una catástrofe colectiva. El éxtasis no llega porque la pena lo ha “atropellado”, y en el momento de mayor intimidad se cuela la imagen del agua marrón que arrastró a otras personas por las calles. La potencia del cierre está en su gradación sintáctica: un verso largo y descriptivo, dos versos que se van acortando como un cuerpo que pierde pie, y un último verso donde el “como a ellas” une en un mismo movimiento el cuerpo propio y los cuerpos ajenos. La palabra “envite”, de doble filo, pertenece a la vez al lenguaje del deseo y al de la embestida del agua. Es un final que impide leer el erotismo del libro como evasión: el amor, aquí, no aísla del mundo, sino que lo deja entrar.

«Hoy sabemos que los piñones y su magro cuerpo / fueron las semillas que te nutrieron y erigieron,» (Solitario pino mediterráneo, p. 83)

Es el giro narrativo del primer poema del epílogo. Durante buena parte del poema la voz poética contempla un pino solitario entre viñas y reconstruye una historia de “aquellos años difíciles”: un campesino que salía cada día con piñones en el zurrón “para engañar al hambre” y que un día no volvió. Estos dos versos revelan el secreto con una sobriedad escalofriante: el árbol creció del hombre desaparecido y de lo que llevaba encima. La técnica es la de la revelación diferida, propia del relato breve, puesta al servicio de la memoria histórica, y su eficacia depende de la contención: no hay un solo adjetivo enfático, solo “magro”, que dice la pobreza sin subrayarla. El pino se convierte así en “testimonio silencioso” y en “denuncia viva”, y el poema declara su propia función: «Yo te escribo este poema para que crezcas libre, allí,» (Solitario pino mediterráneo, p. 83). Este poema recibió una mención de honor en el X Certamen de poesía, narrativa y pintura de la Asociación Le Ragunanze de Roma (2024).

2. La imagen más original

«Ella enamorada de su imagen en el espejo, / yo, emocionado, pierdo el azogue.» (Conversación, p. 69)

En “Conversación”, la voz poética no es una persona, sino un espejo. Una niña pequeña se acerca, lo toca con miedo, lo encuentra frío; el espejo le responde «—Yo no tengo entrañas, solo soy tu reflejo.» (Conversación, p. 69) y, a lo largo del juego, la niña pasa del recelo a la risa y al beso. La imagen final es de una originalidad difícil de igualar: el espejo, emocionado, “pierde el azogue”, es decir, pierde la capa de plata que le permite reflejar. La emoción, en un objeto que solo existe para devolver imágenes, equivale a dejar de funcionar como espejo, a volverse, por un instante, algo más que reflejo. La imagen reescribe el mito de Narciso desde el otro lado: no interesa la criatura enamorada de su imagen, sino la superficie que la recibe y que no puede permanecer neutral ante tanta ternura. Es una metáfora exacta en lo material (el azogue es literalmente lo que se pierde cuando un espejo envejece o se daña) y abierta en lo simbólico: quien cuida y mira a una criatura acaba transformado por esa mirada.

3. La arquitectura del poemario

El elemento estructural más inteligente del libro es haber convertido en índice el poema de Miguel Hernández que le presta el título. En los versos del Cancionero y romancero de ausencias que sirven de pórtico, las tres heridas (la del amor, la de la muerte, la de la vida) aparecen tres veces y en tres órdenes distintos, como si ninguna jerarquía fuera definitiva. Loli G. García elige uno de esos órdenes y lo transforma en recorrido: amor, muerte, vida. Cada sección se abre, además, con versos del propio Hernández, de modo que el diálogo con el poeta de Orihuela no es un homenaje decorativo, sino el armazón del libro.

La decisión eleva el conjunto porque invierte la dirección esperable. El poemario no termina en la muerte, sino que la atraviesa para desembocar en la vida: nacimientos, crianza, cuerpos que enferman y se regeneran, una mujer que cruza la ciudad en su silla motorizada y de la que se dice que «No hay fuerza que frene a la mujer rubia / que lleva la felicidad por bandera.» (Sonrisa al viento, p. 79).

Las secciones, además, se cosen entre sí con ecos precisos. El primer poema de la muerte, “El ensayo”, presenta el sueño nocturno como un pequeño morir; dos poemas después, “El polvo que seremos” recoge la idea: «Nos dejamos ir / cada noche, / en un ensayo de la partida final.» (El polvo que seremos, p. 41). Ese mismo poema termina recordando la piel del recién nacido y el “olor a vida nueva”, y anuncia así la sección siguiente: «Así se cierra el ciclo / iniciado con nuestra llegada» (El polvo que seremos, p. 41). Del mismo modo, el título “La memoria de la piel” reaparece tres poemas más tarde en forma de pregunta, «¿Es la memoria de la piel que resurge» (Volver al principio, p. 32), y la luna llena acompaña los dos poemas de llegada al mundo de “La de la vida”.

El epílogo, por último, abre el foco de lo íntimo a lo colectivo: el campesino desaparecido, la mujer desplazada por la guerra que dice «Refugiada me llaman, / obligada —diría yo—» (La vida quiso, p. 85) y la fila de antepasados de “Cuando echo la vista atrás”. Las tres heridas personales se descubren, al final, como heridas compartidas. “La vida quiso” obtuvo el Primer premio de poesía no italiana en el Premio Literario Menéndez Pelayo de Santander (2026).

4. La voz: qué la hace inconfundible

La variación mínima

La voz poética sabe extraer muchos sentidos de una misma frase cambiando apenas su puntuación. “Cumpleaños” abre con «No quiero nada.» (Cumpleaños, p. 21), la repite después como exclamación y como pregunta, y la cierra con «No quiero nada más.» (Cumpleaños, p. 21). En ese recorrido la negación inicial se va desmintiendo: cada “no quiero nada” viene seguido de todo lo que sí se desea, y el añadido final, “más”, convierte la renuncia en plenitud. El poema entero es un ejercicio de entonación.

El cuerpo como paisaje que rebrota

El erotismo de Con tres heridas no se limita a los cuerpos jóvenes. En “La memoria de la piel”, unas manos nudosas y unas yemas “ya casi borradas” reencuentran la urgencia de la primera vez, y la voz lo formula con verbos del mundo vegetal: «la piel florece al tocaros, / los labios brotan de nuevo henchidos, / los cuerpos retoñan por entero» (La memoria de la piel, p. 29). “Retoñan” es el mismo verbo del árbol talado de Hernández que abre la sección de la vida: el diálogo con el maestro se filtra hasta en el vocabulario.

La irrupción de lo coloquial

En los poemas más graves, la voz se permite de pronto un giro de habla cotidiana que desarma la solemnidad y la vuelve más verdadera. En “Ha comenzado ya”, sobre los coetáneos que se van, la enumeración de causas se interrumpe así: «Otras, de repente, basta un derrape ¡o qué sé yo!» (Ha comenzado ya, p. 43). Y la conciencia de la propia finitud llega con una imagen de carretera, casi prosaica: «me acerco a la rampa de salida.» (Ha comenzado ya, p. 43).

La enumeración vertical

Cuando la emoción es máxima, la sintaxis se desnuda hasta quedarse en sustantivos, uno por verso. Así describe “Prisa por llegar” lo que la criatura toma al mamar: «leche, / sangre, / tiempo / y amor certero.» (Prisa por llegar, p. 60). La serie va de lo físico a lo abstracto, y el único adjetivo, “certero”, aparece al final.

Lo que Loli G. García hace que nadie más hace es escribir el amor, la muerte y la crianza con el mismo vocabulario corporal, de modo que la piel que se eriza en el deseo es la misma que se desprende en polvo y la misma que envuelve al recién nacido: tres heridas y un solo cuerpo que las recibe.

5. El poema imprescindible

El polvo que seremos

Cada día nos deshacemos un poco.

Sin darnos cuenta vamos dejando atrás

trocitos de cuerpo, de piel, de pelo.

Las sábanas, mudos testigos,

recogen en sus pliegues

invisibles partículas

anticipo del polvo que seremos.

También nos donamos

en el perfume que impregna

las ropas.

En las cosas reunidas con amor,

en espera del testigo leal

que las libre de ser basura.

Nos regalamos

en cada exhalación

con su reposo de muerte

y su suspiro de vida.

Nos dejamos ir

cada noche,

en un ensayo de la partida final.

Nos dispersamos con el roce de los cuerpos,

en las caricias, en los besos.

De tanto darnos la piel se torna

flácida, rugosa, sin brillo

antesala ya del gris

que nos dará la muerte.

Somos materia en descomposición,

futuras cenizas lanzadas al mar

o a la cima de esa montaña

que tanto amamos.

Así se cierra el ciclo

iniciado con nuestra llegada

envueltos en esa piel de terciopelo,

con ese olor a vida nueva,

y la suavidad de la carne tierna

que olemos y acariciamos con deleite.

(El polvo que seremos, p. 41)

Por qué es imprescindible: porque es el poema donde se tocan las tres heridas del libro. Parte de la muerte, pero no de la muerte como acontecimiento, sino como proceso diario y casi invisible: las partículas de piel que recogen las sábanas, el perfume que queda en la ropa. Sobre esa constatación, que podría resultar sombría, la voz poética construye una serie de verbos de entrega, “nos donamos”, “nos regalamos”, “nos dejamos ir”, “nos dispersamos”, que transforman el desgaste en generosidad: nos deshacemos porque nos damos, en las caricias y en los besos. El amor queda así inscrito en el mismo gesto que nos acerca al final. La serie culmina en una frase de rotundidad casi científica, “somos materia en descomposición”, que el poema no deja caer en el nihilismo: el último movimiento regresa al principio, a la piel “de terciopelo” y al “olor a vida nueva” del recién nacido, y cierra el círculo con la vida. El lenguaje es llano, sin un solo artificio innecesario, y la plenitud del poema depende de esa llaneza. Quien quiera saber qué libro es Con tres heridas encontrará aquí su cifra completa: un cuerpo que se gasta amando y que, al gastarse, recuerda cómo empezó.

Síntesis final

Con tres heridas merece ser leído porque hace algo que la poesía promete a menudo y cumple pocas veces: pensar la vida entera desde el cuerpo sin caer en la confesión ni en la abstracción. Loli G. García toma de Miguel Hernández el título y el orden de las heridas, pero no su tono; lo suyo es un verso libre despojado, atento a la música y a la palabra justa, capaz de pasar del erotismo a la elegía y de la crianza a la memoria histórica sin cambiar de voz. El libro está construido con una lógica que se percibe al leerlo de principio a fin: las secciones se responden, las imágenes regresan transformadas, y el recorrido no termina en la muerte, sino en la vida y, más allá, en la memoria compartida del epílogo. Sus mejores poemas, “Digo piel”, “El polvo que seremos”, “Solitario pino mediterráneo”, están a la altura de cualquier antología exigente. Para los materiales promocionales, una formulación que el propio libro autoriza: un poemario que dice piel cuando quiere decir patria, y que convierte tres heridas en un solo cuerpo que ama, se deshace y vuelve a nacer.