Digo piel
Digo piel cuando quiero decir patria
donde nacer y morir en un instante.
Digo piel y la mía se eriza
cuando siente cerca tu aliento.
Digo piel y no hay tiempo ni distancia
tu cuerpo en el mío en aquel amanecer.
Digo piel, y suspiros y sudor y lágrimas
que derramamos de tanto querernos.
El polvo que seremos
Cada día nos deshacemos un poco.
Sin darnos cuenta vamos dejando atrás
trocitos de cuerpo, de piel, de pelo.
Las sábanas, mudos testigos,
recogen en sus pliegues
invisibles partículas
anticipo del polvo que seremos.
También nos donamos
en el perfume que impregna
las ropas.
En las cosas reunidas con amor,
en espera del testigo leal
que las libre de ser basura.
Nos regalamos
en cada exhalación
con su reposo de muerte
y su suspiro de vida.
Nos dejamos ir
cada noche,
en un ensayo de la partida final.
Nos dispersamos con el roce de los cuerpos,
en las caricias, en los besos.
De tanto darnos la piel se torna
flácida, rugosa, sin brillo
antesala ya del gris
que nos dará la muerte.
Somos materia en descomposición,
futuras cenizas lanzadas al mar
o a la cima de esa montaña
que tanto amamos.
Así se cierra el ciclo
iniciado con nuestra llegada
envueltos en esa piel de terciopelo,
con ese olor a vida nueva,
y la suavidad de la carne tierna
que olemos y acariciamos con deleite.
Ya queda menos para el verano
Rezuma la humedad
y el aroma de la hierba mojada
penetra por todos los poros de tu piel,
tu cuerpo crece y se ahueca.
Sólo una sensación: Felicidad.
Tempranero el jacinto se ha hecho sitio
y adorna el verde aquí y allá,
tal que gotas ambarinas.
Solo una emoción: Alegría.
Febrero se despide con sabor a frío esperanzado
y en la tarde de domingo el sol cae en el ocaso
con el rojo de los atardeceres de mayo.
Solo un pensamiento: Ilusión.
Ya queda menos para el verano,
mientras tu vientre hermoso crece
y alberga a una linda niña como tú.
Solo una palabra: Plenitud.
Te llevo dentro
A Blanca Olabuenaga
Sin que yo supiera,
naciste entre mis pliegues suaves
que fueron tu cuna.
Con cada movimiento te mecía
y alimentaba.
Mientras, tú crecías.
Hoy te muestras en mí
robas mi palabra,
mi sonrisa, mis pasos seguros.
¡Ingrato hijo de mis células!
Y, sin embargo,
no puedo maldecirte,
te llevo dentro
y no me importará hacerlo
mientras me dejes seguir siendo yo.
La vida quiso
La vida quiso
que me fuera —sin querer—
de mi casa, de mi patio,
del olivo y la lavanda.
Refugiada me llaman,
obligada —diría yo—
por la guerra, la hambruna,
las circunstancias.
Me he construido de nuevo
rodeada de otros rostros,
de otras miradas y colores;
ahora tengo casa.
Orientada al sur
—para ahuyentar mi frío —
cuajadas de geranios
sus escaleras exteriores,
improvisado calvario
grana,
donde sentada evoco
la otra tan lejana:
la luz mediterránea
la calentaba
dorando su piedra
en el ocaso.
El aroma de la higuera
perfumaba el aire
y penetraba por mis poros
ansiosos de dulzor.
El crujido de la pinaza
bajo mis pies
hablaba de pertenencia,
mientras el calor volcánico
ascendía entre jaras y retamas.
La tibieza amniótica del mar
mecía mis noches
y dejaba un rastro tenso de salitre
en mi piel seca.
Imágenes y palabras
que prenden recuerdos
y son bálsamo
para un corazón que zozobra,
cuando añora desde tan lejos
su casa.
Este poema ha sido Primer Premio del Certamen Literario Menéndez Pelayo de Santander, en la modalidad poesía no italiana.
La vida quiso del libro Con tres heridas de Loli G. García Compartir en X
