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Con tres heridas, de Loli G. García: la piel como patria y como intemperie

Ficha técnica

– Título: Con tres heridas

– Autora: Loli G. García

– Prólogo: Ángela Serna

– Editorial: Ediciones Rilke (Grupo Editorial Pérez-Ayala)

– Año: 2026

– Páginas: 96

– ISBN: 978-84-18566-73-8

Presentación

Loli G. García (Vitoria-Gasteiz) llega a su tercer poemario después de Como mariposas muertas (TarQus Editorial, 2020) y De Natura (Nimbo, 2022), y lo hace desde una trayectoria muy ligada a la vida literaria de su ciudad: ha creado y coordina el encuentro poético Aletxa en verso, forma parte del equipo de apoyo del Festival Internacional de Poesía de Vitoria-Gasteiz y lleva sus poemas al escenario con el trío de música y poesía Las MilyUna. Con tres heridas, que publica Ediciones Rilke con prólogo de Ángela Serna, toma su título y su armazón de la célebre canción de Miguel Hernández y reparte cincuenta y un poemas en tres secciones, “La del amor”, “La de la muerte” y “La de la vida”, a las que se suma un epílogo de tres piezas.

La tesis de esta lectura es sencilla: el libro encuentra su unidad menos en los tres temas anunciados que en el escenario único donde los tres suceden, que es el cuerpo. La piel que desea, la piel que se desprende y la piel que engendra son la misma superficie vista en tres tiempos, y es en esa continuidad donde el poemario alcanza sus momentos más altos.

El proyecto poético: tres heridas, un mismo cuerpo

La canción de Hernández que sirve de pórtico enuncia tres veces las mismas heridas y en cada estrofa altera su orden, como si ninguna jerarquía entre ellas fuera definitiva. Loli G. García adopta la secuencia de la primera estrofa, amor, muerte y vida, y la convierte en arquitectura. Cada sección se abre además con un epígrafe hernandiano propio, tomado de El rayo que no cesa para las dos primeras y de El hombre acecha para la tercera. El gesto no es decorativo: sitúa el poemario en una tradición de poesía encarnada, que piensa desde la experiencia física y no desde la abstracción, y que el prólogo de Ángela Serna vincula, junto a Gabriel Celaya y Blas de Otero, con los intereses sociales de la autora.

Lo interesante es que el orden elegido desmiente la lógica biográfica habitual. El libro no avanza del nacimiento a la muerte, sino del deseo a la extinción y de la extinción a la vida, de modo que la última palabra corresponde a la continuidad y no al final. La sección central formula su premisa sin rodeos: «Cada día nos deshacemos un poco.» (El polvo que seremos, p. 41). Pero ese deshacerse no ocurre lejos del amor, sino dentro de él, porque el mismo poema sitúa el desgaste en el contacto: «Nos dispersamos con el roce de los cuerpos, / en las caricias, en los besos.» (El polvo que seremos, p. 41). Y la sección amorosa ya había cruzado el nacimiento y la muerte en un solo movimiento de la frase: «Digo piel cuando quiero decir patria / donde nacer y morir en un instante.» (Digo piel, p. 26).

Las tres heridas, por tanto, no funcionan como compartimentos estancos, sino como vasos comunicantes. El epílogo, que Ángela Serna lee como presagio de una escritura próxima, amplía el foco hacia lo colectivo, con la memoria de los desaparecidos, el desarraigo y las generaciones que precedieron al sujeto, y confirma que el cuerpo del libro puede ser también un cuerpo histórico. Según consta en las notas del propio volumen, dos de esas tres piezas han sido distinguidas en certámenes literarios, lo que da idea de la solidez de ese último tramo.

La voz poética

La voz de Con tres heridas es cercana, de registro llano, y se mueve con soltura entre la primera persona, el tú amoroso y una tercera persona que observa desde fuera. Esa movilidad es uno de sus rasgos más atractivos. En “La memoria de la piel” la escena de dos amantes que envejecen juntos se cuenta con un tú que se desdobla y un vosotros que los reúne, y el poema desemboca en una afirmación de permanencia poco frecuente en la lírica erótica, que suele preferir la juventud: «Ahora, / después de tantos años, / pervive la urgencia de entonces;» (La memoria de la piel, p. 29). Es una voz que no teme el erotismo explícito y lo trata con naturalidad, sin impostación ni exhibicionismo, como una forma más de conocimiento.

Esa misma franqueza se traslada a la conciencia de la mortalidad, que aquí no es una meditación heredada sobre los que ya no están, sino una constatación generacional: «Ya no hablo de mis mayores, / hablo de mis coetáneos:» (Ha comenzado ya, p. 43). El verso tiene la virtud de lo concreto. Saca la muerte del terreno de la elegía familiar y la coloca en el de la propia generación, con su memoria musical y sus lecturas compartidas, lo que vuelve mucho más creíble la conclusión del poema.

Hay, por último, una voz que sabe cederse. En “Conversación” habla el espejo ante la niña que descubre su imagen; en “La vida quiso” una mujer desplazada toma la palabra en monólogo dramático. El sujeto poético no se impone siempre, y ese retraimiento, que el prólogo atribuye al trabajo de reescritura, favorece que el lector encuentre su propio lugar en los poemas.

Recursos formales

El verso libre del libro, a veces blanco, se sostiene sobre todo en la repetición. La anáfora es su herramienta principal y aparece en poemas enteros construidos sobre una fórmula que se renueva: “Digo piel”, “No dejes de”, “Quiero”, “Cuerpos”. En “Cumpleaños” la misma frase de rechazo vuelve cuatro veces, alternando afirmación, exclamación, pregunta y una variante final que le da la vuelta al sentido. Es un procedimiento de raíz oral, coherente con una autora que declama sus textos en público, y funciona mejor cuanto más desnudo es.

Donde el recurso brilla es en su dimensión mimética. En “El baile” la sintaxis imita el movimiento de los amantes con verbos pronominales emparejados por oposición: «Los cuerpos se entrelazan / se desenlazan, / se pegan, / se despegan,» (El baile, p. 22). El verso se acorta a la vez que se acelera la escena, y el lector lo percibe antes de entenderlo.

El extremo de esa economía está en “Vacío, lleno, vacío”, casi un poema de sustantivos y numerales que reduce el parto a una aritmética de la separación: «dos en una, / dos, / cada una, / una.» (Vacío, lleno, vacío, p. 65). Es probablemente la pieza más arriesgada del conjunto, y una de las más eficaces, precisamente porque renuncia a explicar.

Otras veces la estructura se apoya en el estribillo de cierre. “Ya queda menos para el verano” remata cada estrofa con una fórmula que escala de la sensación a la emoción, al pensamiento y a la palabra, hasta desembocar en «Solo una palabra: Plenitud.» (Ya queda menos para el verano, p. 62). La gradación es elegante, aunque el recurso de nombrar la emoción en lugar de provocarla muestra aquí sus límites. “Formas de amanecer”, por su parte, explora la disposición espacial del verso sobre la página, una vía que el libro apenas transita y que merecería más desarrollo.

Temas y universo simbólico

La piel es el símbolo matriz del libro. Es patria, es memoria y es también página, como en el cierre de “El Cuaderno”, donde el deseo y la escritura se confunden: «Unos dedos sedientos escriben palabras de amor / sobre el cuaderno de tu piel.» (El Cuaderno, p. 20). La metáfora anuncia algo que el poemario sostiene de principio a fin: escribir es una forma de tocar, y tocar, una forma de escribir.

El agua es el segundo gran eje, y su deriva resume la del conjunto. Es lluvia que deshace el papel en “Ha comenzado ya”, alberca y juego en “Líquida serenata”, y en “Hicimos el amor”, último poema de la sección amorosa, se convierte en catástrofe. El texto, dedicado a las personas arrastradas por la dana de Valencia, contamina la intimidad con la tragedia colectiva: «En cada envite una oleada de agua marrón / fluía dentro de mí» (Hicimos el amor, p. 34). El poema funciona como bisagra hacia “La de la muerte” y demuestra que el amor, en este libro, no es refugio frente al mundo.

La tercera sección añade la luna, asociada a la llegada de la vida en versos como «llegas tú a lomos de la luna llena,» (Erupción, p. 64), y el cuerpo en lucha, que resiste sin engañarse: «aunque, / la final siempre esté perdida.» (Vulnerable, p. 71).

Por último, el árbol. El epígrafe de “La de la vida” recoge el árbol talado que retoña de Hernández, y el epílogo lo encarna en un pino solitario crecido sobre la memoria de un desaparecido: «Hoy sabemos que los piñones y su magro cuerpo / fueron las semillas que te nutrieron y erigieron,» (Solitario pino mediterráneo, p. 83). El cuerpo enterrado se hace paisaje y denuncia, y el ciclo de “El polvo que seremos” se abre aquí a la historia.

Poema comentado: «Diré que no»

Diré que no

Si ahora me invitas a acompañarte

ten por seguro, amiga,

que diré que no.

No me viene bien hoy,

ni mañana,

mientras me esponje con cada suspiro,

mientras fluya un manantial en mi interior

y sea un placer ver el alba.

Sin embargo,

cuando me quites poco a poco

lo que me hace ser yo,

cuando todo me suene a lo mismo

entonces seré yo quien te diga

¡ahora sí!

¡Ahora llévame contigo!

(Diré que no, p. 44)

Pocas piezas del libro condensan tan bien su manera de pensar la muerte. La interlocutora no se nombra, pero el vocativo «amiga» (Diré que no, p. 44) la identifica: es la muerte personificada, tratada de tú y con familiaridad, en la estela de una tradición hispánica que va de las coplas de Manrique a la poesía popular. Lo singular es el tono. No hay terror ni solemnidad, sino una negativa cortés, casi doméstica, que el verso «No me viene bien hoy,» (Diré que no, p. 44) resuelve con un coloquialismo muy eficaz.

El poema se articula en tres movimientos. El primero es la negativa. El segundo enumera las razones, y lo hace con una imaginería de agua y de luz, la esponja, el manantial y el alba, que conecta con la vitalidad de la sección amorosa: vivir es aquí seguir absorbiendo, seguir fluyendo. El tercero, introducido por el adversativo «Sin embargo,» (Diré que no, p. 44), invierte la situación y fija la única condición de la aceptación, que no es el dolor, sino la pérdida de la identidad. Ese «lo que me hace ser yo,» (Diré que no, p. 44) dialoga de manera directa con el cierre de “Te llevo dentro”, donde la voz pacta con su propio mal «mientras me dejes seguir siendo yo.» (Te llevo dentro, p. 77). El libro tiene, pues, un criterio coherente: la vida vale mientras preserva al sujeto.

Merece atención también el cambio de verbo. La muerte invita a «acompañarte» (Diré que no, p. 44), en igualdad; la voz, al final, pide que la lleve, y asume un papel pasivo que solo ella decide. Las dos únicas exclamaciones del poema llegan en los dos últimos versos y convierten el no inicial en un sí que no es rendición, sino elección. El poema no plantea una tesis; traza un límite, y lo hace con una sobriedad admirable.

Valoración crítica

Con tres heridas es un libro honesto, bien construido y con una arquitectura que sostiene sus tres partes en diálogo constante. Su mayor virtud es la naturalidad con que atraviesa territorios que la poesía suele separar: el erotismo de la madurez, la mortalidad asumida sin dramatismo, la celebración de la vida que llega y la memoria colectiva de los que no pudieron contarla. La voz de Loli G. García es cercana sin ser complaciente, y sus mejores poemas, “Digo piel”, “El polvo que seremos”, “Diré que no”, “Vacío, lleno, vacío” o “Solitario pino mediterráneo”, alcanzan una densidad que justifica plenamente su lugar en el catálogo de Ediciones Rilke.

La lectura crítica debe señalar también algunos desniveles. La sección de la vida, la más extensa, alterna piezas muy logradas con otras más próximas a la celebración circunstancial, y en ocasiones el lenguaje se acoge a fórmulas conocidas que restan filo al conjunto, como en «en este mundo de locos, / en este sinfín de desvaríos.» (Hoy te siento en mí, p. 63). Son límites menores en un libro que, en sus mejores momentos, demuestra que la sencillez es una conquista y no un punto de partida. El epílogo deja una promesa abierta: la de una escritura que lleve la herida propia al terreno de la memoria compartida. Será interesante seguirla.