Elementos destacados · Las huellas de la Sierpe
María Ángeles Solís del Río · Editorial Poesía eres tú, 2026
Los tres versos más poderosos del libro
Primer verso: «Tierra que sangra / cuando gritas. / Tierra de entrañas / de mujer.» (Olivo)
“Tierra que sangra / cuando gritas. / Tierra de entrañas / de mujer.”
Este fragmento, que abre y cierra el poema «Olivo» a modo de estribillo, es uno de los momentos de mayor densidad del libro. La identificación de la tierra con el cuerpo femenino —entrañas, sangre, grito— no es metáfora decorativa sino identitaria: la poeta se reconoce en la tierra que describe. La economía de medios es extrema: cuatro versos breves sostienen una imagen que condensa siglos de relación entre mujer y territorio. La repetición del fragmento al final del poema crea un efecto de necesidad, de cosa que no podía decirse de otro modo. La técnica que lo hace memorable es la anáfora de «Tierra» unida al encadenamiento sintáctico que niega la pausa final: la tierra sangra, grita, tiene entrañas, es mujer. No hay distancia entre sujeto y objeto.
Segundo verso: «Y reventó el Lagarto, rojo cielo, / iluminando todo.» (Reja de la Capilla)
“Y reventó el Lagarto, rojo cielo, / iluminando todo. Jabalcuz, / lanza un suspiro hacia nuestra Cruz / mientras regresa el poeta con su anhelo.”
La explosión del lagarto es el momento catártico del libro. Solís del Río no lo describe desde la repugnancia o el horror, sino desde la belleza: «rojo cielo, / iluminando todo». La muerte del monstruo es una iluminación. La técnica de la sinestesia cromática —el rojo del cielo que es a la vez la sangre del lagarto y el amanecer— convierte un acto de violencia en imagen de nacimiento. El verso es memorable porque resuelve la tensión dramática acumulada en los tres poemas anteriores de una sola imagen: la bestia explota hacia arriba, hacia el cielo, hacia la luz.
Tercer verso: «Ella sabía quién pintó las puertas de la Catedral de verde.» (Catedral)
“Ella sabía quién pintó las puertas de la Catedral de verde.”
El verso final del libro y del ciclo. La sintaxis es aparentemente prosaica, pero su efecto es perturbador: ¿quién pintó las puertas de verde? ¿La sierpe? ¿La belleza? ¿El tiempo? El alma blanca sabe, pero el lector no. Esta retención del secreto convierte el último verso en un umbral: el libro termina abriendo una pregunta que el lector lleva consigo. La técnica que lo hace extraordinario es la anticlímax: después de toda la épica del lagarto, la belleza y las dos almas, el libro cierra con un detalle doméstico-misterioso que es más inquietante que cualquier gran metáfora.
La imagen más original del libro
La imagen más sorprendente del libro es la de la constelación Draco como espejo arquitectónico de Jaén, desarrollada en el poema homónimo:
“Allá está, perdida en el firmamento, / lleva tu nombre una constelación, / simulando la forma de un dragón, / reflejando en Jaén su encantamiento.”
La originalidad de esta imagen radica en su doble movimiento: la serpiente terrestre que da nombre a la constelación celeste, y la constelación que a su vez «refleja» la sierpe en el suelo de Jaén. El cielo es el espejo de la tierra; la tierra, el espejo del cielo. Esta idea —que recoge la correspondencia cabalístico-neoplatónica entre el firmamento y el territorio (y que la sinopsis del libro vincula con la hipótesis de que la ciudad actúa como espejo de la constelación Draco)— es tratada por Solís del Río con naturalidad poética, sin pedantería. El verso «Reflejan a la sierpe en nuestro suelo» no necesita explicación: el lector lo entiende como imagen y lo siente como verdad.
La arquitectura del poemario
El elemento estructural más inteligente del libro es la progresión simbólica de la sierpe, que recorre las cuatro partes del libro con distinto valor semántico sin repetirse: presencia acuática convocada (Brazo de Mar, Parte I), amenaza petrificante de los monumentos (Baños Árabes, Parte II), bestia narrativa que es vencida y destruida (Leyenda / Reja de la Capilla, Parte III) y guardiana ambigua del misterio final (Catedral, Parte IV). Esta gradación no está explícita en el libro: el lector la descubre solo en la relectura, lo que le confiere al arco simbólico la naturalidad de lo necesario. La decisión de no cerrar el libro con la muerte del lagarto sino dejarlo aparecer una última vez en la catedral, ya transformado, es la que eleva el poemario por encima de la crónica versificada.
La voz: qué la hace inconfundible
Lo que María Ángeles Solís del Río hace que nadie más hace es convocar los monumentos como interlocutores. En la segunda parte del libro, los edificios hablan, escuchan y recuerdan. Tres rasgos definen esta voz:
1. La voz femenina como cronista de lo colectivo. No escribe sobre Jaén como turista ni como académica: escribe como alguien que siente que la memoria de la ciudad la pertenece y le pertenece. «La soga de la sierpe ata triunfante» (Baños Árabes): esa «triunfante» no es irónica ni distanciada; es la voz de alguien que ha sentido esa atadura.
“Cautiva, a paso lento. / Camina por la noche, mi alma errante. / Escapé de este cuento / con mi cuerpo jadeante: / La soga de la sierpe ata triunfante.”
2. La economía de la revelación. Los poemas breves de la segunda parte terminan siempre con un verso que abre más de lo que cierra. «pasado muerto que en tus sienes muerdes» (San Miguel): un verso que contagia al lector el mismo mordisco que el pasado le da a los muros.
3. La naturalidad del mito. Solís del Río habla de la sierpe, de la constelación y de las dos almas de la Catedral con la misma naturalidad con que podría hablar de la lluvia. No hay artificio mitológico: el mito es parte de la vida cotidiana jaenesa y la poeta lo trata como tal.
El poema imprescindible
El poema imprescindible del libro es «Magdalena», de la primera parte:
Mujer, sálvate y vuela,
que solo por ello,
pudo cambiar el mundo.
Mujer de alas manchadas
y de vuelo taciturno.
Mujer a la que amó un dios,
mujer apedreada entre el tumulto
de infieles.
Acosada por las sombras
de tormentas y tempestades,
el miedo hizo hueco
en tu corazón herido.
Salvar a tu criatura de las fauces de la bestia
que se escondía en la gruta
donde te atravesó aquel frío.
Mujer, un dios te guarda porque le amaste.
Y, te eligió, entre todas, por tus pasos perdidos.
Los brazos de la bestia no rozarán tus alas,
destruidas por la vida, apedreadas por el mundo.
La sierpe da un paso atrás
y el silencio se apodera
del vacío de la gruta
sin dañar tu fruto.
La tormenta ha terminado.
Sal a tierra firme,
sal a las calles empedradas
que se arrodillan a tu paso.
Las ruinas de San Miguel
te miran desde su pasado.
«Magdalena» es el poema imprescindible porque es el que convierte el libro en algo más que un recorrido poético por Jaén. La figura de Magdalena —mujer acosada, amada por un dios, apedreada por los hombres— reúne en un solo personaje toda la carga simbólica del libro: la sierpe como amenaza sobre lo femenino, la fe como escudo, la ciudad como espacio que a la vez oprime y libera. La anáfora de «Mujer» construye una letanía que es al mismo tiempo denuncia y celebración: denuncia del acoso y la marginación, celebración de la supervivencia y la elección divina. La sierpe que «da un paso atrás» no es una imagen de victoria heroica, sino de algo más profundo: la bestia retrocede ante la maternidad, ante el amor que salva a la criatura. Es el poema que el libro necesitaba para ser lo que es.
Síntesis final
Las huellas de la Sierpe merece ser leído porque es uno de esos libros que hacen algo que la poesía todavía puede hacer: devolver a un lugar su dimensión sagrada. Jaén no es aquí turismo ni patriotismo: es un cuerpo con memoria, una ciudad que habla, una tierra que sangra cuando la olvidan. Solís del Río escribe desde adentro, con la autoridad de quien ha caminado esas calles de piedra y ha sentido, como el preso de la leyenda, que hay algo que vale la pena arriesgar por ello. Para uso en materiales promocionales: «Un recorrido poético por Jaén que convierte el mito del lagarto en símbolo universal de la memoria, la identidad femenina y la belleza que vence a la bestia.»





