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LA SIERPE COMO SÍMBOLO EN LAS HUELLAS DE LA SIERPE

LA SIERPE COMO SÍMBOLO EN LAS HUELLAS DE LA SIERPE
DE MARÍA ÁNGELES SOLÍS DEL RÍO:
BESTIARIO MÍTICO, MUJER Y TERRITORIO
EN LA POESÍA JIENNENSE CONTEMPORÁNEA
[Trabajo Fin de Máster]

Ana María Olivares

Universidad de Granada
Máster Universitario en Literatura Española e Hispanoamericana,
Etnopoética y Teatro

Director: Dr. José Carlos Fernández Serrato
2026

RESUMEN

El presente Trabajo Fin de Máster analiza la figura de la sierpe o serpiente mítica en el poemario Las huellas de la Sierpe (Editorial Poesía eres tú, 2026) de María Ángeles Solís del Río, atendiendo a su dimensión de símbolo del bestiario mítico universal, su función en la tradición oral jiennense y su reelaboración poética como figura de la experiencia femenina. La investigación se estructura en cinco capítulos que abordan, respectivamente, el marco teórico del bestiario como género, la serpiente en las mitologías antiguas y medievales, la leyenda del lagarto de Jaén y su historia literaria, el análisis simbólico de la sierpe en el poemario y la relación entre la serpiente y el cuerpo femenino en la poesía contemporánea.

ÍNDICE

1. Introducción: el bestiario como forma del conocimiento simbólico

2. La serpiente en las mitologías antiguas y medievales

3. La leyenda del lagarto de Jaén: historia y tradición literaria

4. Análisis simbólico de la sierpe en Las huellas de la Sierpe

5. Sierpe, mujer y territorio: una lectura feminista del poemario

6. Conclusiones

Referencias bibliográficas

LA SIERPE COMO SÍMBOLO EN LAS HUELLAS DE LA SIERPE DE MARÍA ÁNGELES SOLÍS DEL RÍO: BESTIARIO MÍTICO, MUJER Y TERRITORIO EN LA POESÍA JIENNENSE CONTEMPORÁNEA

1. Introducción: el bestiario como forma del conocimiento simbólico

El bestiario medieval fue mucho más que un catálogo de animales reales e imaginarios. Fue, ante todo, una enciclopedia simbólica del mundo: cada animal descrito en sus páginas —el pelícano que alimenta a sus crías con su propia sangre, el fénix que renace de sus cenizas, el unicornio que solo se deja capturar por una virgen— era, en la concepción medieval del texto, una lección moral y teológica. Los animales del bestiario no existen para ser conocidos sino para ser interpretados: son signos del mundo visible que remiten a realidades invisibles. Como señalaba Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, “el mundo de los animales ha servido siempre al hombre de espejo en el que ver reflejadas sus propias fuerzas y sus propios miedos, sus deseos y sus prohibiciones” (Cirlot 1992: 98).

La sierpe o serpiente ocupa un lugar privilegiado en este repertorio simbólico. Presente en las mitologías de prácticamente todas las culturas humanas conocidas —desde el Génesis bíblico hasta la cosmogonía azteca, desde los Vedas hindúes hasta la mitología escandinava—, la serpiente es uno de los símbolos más universales y más polivalentes del imaginario humano. Encarna simultáneamente la vida y la muerte, el veneno y la cura, la tentación y la sabiduría, el caos primordial y el orden instaurado. Esta polivalencia es la que le confiere una especial aptitud para funcionar como símbolo en la poesía: los símbolos poéticos más fecundos son siempre los que pueden cargarse de significados contradictorios sin resolverlos.

El presente trabajo tiene como objeto analizar la sierpe como símbolo en el poemario Las huellas de la Sierpe (Editorial Poesía eres tú, 2026) de María Ángeles Solís del Río. Este primer libro de la autora jiennense sitúa la figura de la sierpe en el centro de su proyecto poético y la desarrolla a lo largo de cuatro secciones que avanzan desde el mito de origen hasta la experiencia personal del territorio y del cuerpo. El análisis propuesto parte del contexto mitológico e histórico del símbolo, recorre la tradición local de la leyenda del lagarto de Jaén y concluye con una lectura simbólica y feminista del poemario.

La metodología empleada combina el análisis simbólico de tradición junguiana —especialmente el trabajo de Gilbert Durand sobre las estructuras imaginarias y el de Gaston Bachelard sobre los cuatro elementos como organizadores del imaginario poético— con los instrumentos de la crítica literaria feminista que, desde Simone de Beauvoir hasta Hélène Cixous y Adriana Cavarero, ha analizado la relación entre la figura de la serpiente y la construcción de la identidad femenina en la cultura occidental. Esta doble perspectiva —simbólica y feminista— permite dar cuenta de la complejidad del símbolo en el poemario de Solís del Río, que no es reducible a ninguna lectura unidimensional.

El trabajo se estructura en cinco capítulos. El primero establece el marco teórico: el bestiario como forma del conocimiento simbólico. El segundo traza la historia de la serpiente en las mitologías antiguas y medievales relevantes para el análisis del poemario. El tercero examina la leyenda local del lagarto de Jaén y su historia literaria, prestando especial atención a los Cuentos y crónicas del lagarto de Jaén de Martín Lorenzo Paredes Aparicio (Ediciones Amaniel, 2021) como precedente contemporáneo inmediato. El cuarto capítulo realiza el análisis simbólico del poemario poem a poema. El quinto propone una lectura feminista de la relación entre sierpe, mujer y territorio.

2. La serpiente en las mitologías antiguas y medievales

2.1. La serpiente como símbolo universal: aproximación teórica

El análisis simbólico de la serpiente en las culturas humanas comienza por reconocer su polivalencia radical. Frente a los símbolos que tienen un sentido relativamente fijo —el sol como vida, la luna como misterio—, la serpiente es notable por su capacidad de absorber significados contradictorios sin perder coherencia simbólica. Juan Eduardo Cirlot sistematizó esta polivalencia en términos de cuatro grandes oposiciones: vida/muerte, bien/mal, masculino/femenino, celeste/ctónico (Cirlot 1992: 402-407). En la mayoría de las culturas, la serpiente puede representar simultáneamente los dos polos de cada oposición, lo que la convierte en un símbolo de totalidad —de coincidencia oppositorum en el sentido del Mircea Eliade.

Gaston Bachelard, en su análisis de los cuatro elementos como organizadores del imaginario poético, sitúa a la serpiente en el dominio del agua —su movimiento ondulante, su asociación con los ríos y raudales, su capacidad de surgir de la tierra húmeda— pero también en el del fuego —el veneno que quema por dentro, los dragones que escupen llamas—. Esta doble pertenencia elemental explica su omnipresencia en los mitos de la creación: la serpiente pertenece al momento en que el agua y el fuego, la tierra y el aire, no están todavía diferenciados (Bachelard 1943: 47-52).

Gilbert Durand, en su cartografía de las estructuras del imaginario, ubica a la serpiente en el régimen nocturno de la imagen: el dominio de lo húmedo, lo profundo, lo materno, lo que espera y devora. La serpiente es la imagen del abismo que acoge y del útero que transforma: su mordedura no solo mata sino que inicia, transforma, pone al iniciado en contacto con los poderes de la profundidad (Durand 1979: 312-320). Esta lectura será especialmente pertinente para el análisis del poema “Magdalena” en el que la sierpe retrocede ante la mujer, liberando así el espacio de la iniciación.

Carl Gustav Jung, por su parte, interpretó la serpiente como símbolo del Self —del sí-mismo profundo— y de la energía psíquica que opera en los niveles más bajos del inconsciente. La serpiente ouroborós —que se muerde la cola— es para Jung el símbolo de la totalidad psíquica que precede a la diferenciación consciente (Jung 1952: 367). Esta lectura junguiana, aunque más psicológica que literaria, ayuda a entender por qué la serpiente aparece en momentos de umbral y de transformación, precisamente cuando el yo lírico de Solís del Río está pasando de una identidad a otra.

2.2. La serpiente en las mitologías antiguas

Las mitologías de la Antigüedad mediterránea ofrecen un repertorio extraordinariamente rico de figuras serpentinas. En la mitología griega, la serpiente aparece en múltiples contextos: como Pitón, el dragón ctónico vencido por Apolo en Delfos; como las serpientes de la Gorgona Medusa; como la hidra de Lerna; como el dragón que guardaba las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Pero también como símbolo de la medicina —el caduceo de Hermes, el bastón de Asclepio—, de la sabiduría —la serpiente de Atenea— y de la regeneración —la serpiente que muda la piel como símbolo de la renovación de la vida.

En la mitología egipcia, la serpiente ocupa un lugar central en el panteón. Apofis, la gran serpiente del caos, representa la amenaza permanente contra la que Ra debe luchar cada noche en su viaje por el inframundo. Pero Wadjet, la cobra del Bajo Egipto, es una figura protectora que adorna el ureuss —la corona faraónica— como símbolo del poder real y divino. La dualidad serpiente-amenaza / serpiente-protección que encontraremos en el poemario de Solís del Río tiene aquí uno de sus precedentes más claros.

En la tradición judeocristiana, la serpiente del Génesis —que tienta a Eva en el Paraíso— es la figura de la tentación y del pecado original, pero también del conocimiento: “seréis como dioses”, promete la serpiente, “conociendo el bien y el mal” (Génesis 3, 5). Esta identificación entre la serpiente y el conocimiento —conocimiento prohibido, peligroso, subversivo— ha tenido consecuencias enormes en la historia de la cultura occidental: la serpiente se convirtió en el símbolo de todo lo que el orden social y religioso establecido consideraba peligroso, empezando por la sexualidad femenina.

La identificación entre la serpiente y la mujer que el Génesis establece —Eva es tentada por la serpiente, Eva tienta a Adán, la serpiente y la mujer quedan asociadas en el imaginario patriarcal como figuras del peligro y de la desviación— ha sido objeto de un análisis feminist exhaustivo. Simone de Beauvoir señalaba que la cultura occidental había construido a la mujer como el otro absoluto, el ser que encarna todo lo que el sujeto masculino teme y desea a la vez: la fecundidad y la muerte, el placer y el peligro (De Beauvoir 1949: 234). La serpiente es la materialización animal de este fantasma masculino sobre lo femenino.

En la mitología romana, que la autora evoca en el poema “El Mito” —”Dios romano, venerado en la fuente”—, la serpiente aparece como genius loci: el espíritu protector de un lugar, que habitualmente tomaba la forma de una serpiente que vivía en los rincones de la casa o los manantiales sagrados. Esta función de la serpiente como guardiana del lugar —como espíritu del territorio— tiene una resonancia especial en el poema: el dios romano venerado en la fuente de la Peña de la Magdalena es precisamente el ancestro mitopoéyico de la sierpe que habitó el raudal de la Magdalena según la leyenda oral jiennense.

2.3. El dragón medieval y el bestiario europeo

El Medievo europeo heredó la imagen de la serpiente-dragón de las tradiciones greco-romana y judeo-cristiana y la sistematizó en el género del bestiario. Los bestiarios medievales —el Physiologus griego del siglo II, traducido al latín y a todas las lenguas vernáculas europeas, los bestiarios ingleses del siglo XII, el Libro de los animales de Alberto Magno— describían al dragón como el mayor de los reptiles, dotado de veneno letal y de fuego en las entrañas, mortal enemigo del elefante y símbolo del diablo en la tradición cristiana.

Juan Eslava Galán, en su estudio sobre la leyenda del lagarto de la Malena y los mitos del dragón, traza la genealogía del lagarto-sierpe de Jaén dentro de este contexto del bestiario europeo. Señala que el motivo del monstruo acuático que aterroriza a una ciudad y debe ser eliminado por un héroe es uno de los más universales del repertorio narrativo humano: aparece en el episodio de Perseo y Andrómeda, en San Jorge y el dragón, en Beowulf y el Grendel, y en docenas de leyendas locales europeas que tienen como protagonista a una serpiente, un dragón o una bestia acuática de proporciones monstruosas (Eslava Galán 1991: 72-90).

Lo que distingue al mito jiennense de estos paralelos europeos es, como se ha señalado en el capítulo anterior, la identidad del héroe: no un caballero, no un santo, no un guerrero, sino un preso. Esta elección del marginal como héroe da a la leyenda de Jaén una dimensión social y subversiva que los bestiarios medievales no contemplaban y que las reescrituras literarias contemporáneas del mito —tanto la de Paredes Aparicio como la de Solís del Río— han sabido explotar.

3. La leyenda del lagarto de Jaén: historia y tradición literaria

3.1. Las versiones de la leyenda oral

La leyenda del lagarto o sierpe de Jaén es uno de los elementos más estables del repertorio de la tradición oral jiennense. Sus versiones más antiguas conocidas se remontan al siglo XIX, pero la leyenda probablemente fue transmitida oralmente durante siglos antes de ser recogida por escrito. El Romancero de Jaén de 1862 es la primera recopilación que incluye versiones del episodio, con variantes en algunos detalles narrativos pero consistente en los elementos estructurales.

La versión más citada de la leyenda puede resumirse de la siguiente manera: en el barrio de la Magdalena de Jaén, junto al raudal que nacía de la Fuente de la Peña de Jabalcuz, habitaba una sierpe de grandes dimensiones que aterrorizaba a los habitantes de la zona, devoraba los rebaños y llegó a matar a personas que se acercaban al raudal. Las autoridades ofrecieron la libertad a cualquier preso que consiguiera matar a la bestia. Un condenado aceptó el trato: pidió un caballo, hogazas de pan y corderos, ocultó yesca dentro de uno de los corderos ensangrentados y fue al raudal. Cuando la sierpe devoró el cordero con la yesca, el calor de sus propias entrañas encendió la yesca y el animal explotó desde dentro. El preso recuperó su libertad y la ciudad quedó libre de la amenaza.

Esta estructura narrativa reproduce el esquema que Vladimir Propp identificó en los cuentos maravillosos rusos: un problema inicial (la sierpe que aterroriza), la ausencia del héroe natural (no hay caballero, no hay rey, solo un preso), la misión encomendada, la preparación del ardid, el enfrentamiento con el antagonista y la victoria mediante astucia más que mediante fuerza. La ausencia del combate cuerpo a cuerpo —el preso no lucha con la sierpe sino que la engaña— distingue a la leyenda jiennense de los patrones heroicos habituales y la acerca a la tradición del trickster, el personaje que vence mediante la astucia y no mediante la fuerza.

3.2. La reescritura narrativa contemporánea: Paredes Aparicio

Los Cuentos y crónicas del lagarto de Jaén de Martín Lorenzo Paredes Aparicio (Ediciones Amaniel, 2021) representan la reelaboración narrativa más completa del mito del lagarto en la literatura jiennense del siglo XXI. El volumen —veintidós relatos de extensión variable— propone una inversión radical del símbolo: el lagarto no es ya la bestia que hay que matar sino el guardián sobrenatural que protege la ciudad y a sus habitantes.

Esta inversión no es casual ni arbitraria: responde a una lógica cultural precisa. Si en el siglo XIX la leyenda oral codificaba el miedo al monstruo como una amenaza exterior que debía ser eliminada para que la comunidad pudiera subsistir, en el siglo XXI la misma figura puede reinterpretarse como la representación del pasado —de la historia y la tradición— que una comunidad amenazada por la modernidad y el olvido necesita recuperar y proteger. El lagarto de Paredes Aparicio no es el monstruo del pasado: es el guardián del pasado frente al olvido del presente.

Stilísitcamente, Paredes Aparicio adopta la prosa poética de raíz romántica y becqueriana: lengua rica y ornada, presencia constante de la niebla como elemento de atmósfera, topografía histórica de Jaén como escenario de lo sobrenatural. El lagarto aparece siempre de noche, siempre en conexión con los espacios históricos de la ciudad —el Convento de la Trinidad, el Palacio de Villardompardo, los raudales—, y siempre como figura de mediación entre el pasado y el presente:

En la opacidad mágica de la noche, al tiempo que la luna llena rompía el corazón de las tinieblas, anduve ligero hacia el arrabal de San Miguel: la iglesia se presentó en su real y armónica forma, por un tiempo su estado ruinoso desapareció.

Este pasaje, representativo del estilo de Paredes Aparicio, muestra cómo la presencia del lagarto produce una suerte de anacronismo benévolo: los espacios ruinosos del Jaén contemporáneo recuperan su forma original del pasado cuando el lagarto los visita. La bestia es, en este sentido, el principio de restauración de la memoria histórica.

3.3. La reescritura poética: Solís del Río

Las huellas de la Sierpe de María Ángeles Solís del Río propone una reescritura del mismo mito desde el género poético, con resultados simbólicos muy distintos de los de la prosa de Paredes Aparicio. Si en los Cuentos y crónicas el lagarto es un ser con historia, con acciones, con transformaciones concretas a lo largo de veintidós relatos, en el poemario la sierpe es fundamentalmente un símbolo: una figura que condensa múltiples significados sin agotarse en ninguno de ellos.

La sierpe de Solís del Río aparece en distintos poemas con distintas funciones simbólicas que pueden sistematizarse de la siguiente manera: en “Brazo de Mar”, la sierpe es la criatura primordial que nace de las aguas subterráneas —la serpiente ctónica, el animal del principio—; en “Leyenda”, es la bestia del mito que el romance reproduce con fidelidad narrativa; en “El Mito”, es el símbolo arqueológico vinculado al dios romano de la fuente; en “Draco”, es la constelación celeste —la imagen estelar del mito—; en “Magdalena”, es la figura que “da un paso atrás” para dejar espacio a la mujer; en “Catedral”, es el agente que cierra el poema con una acción reveladora. Cada poema activa un aspecto distinto del símbolo sin cancelar los demás.

Esta polisemia controlada es la marca de un símbolo literariamente maduro. Solís del Río no usa la sierpe de manera unívoca ni la reduce a una sola función: la deja flotar entre los distintos poemas, acumulando significados sin resolverse. Esta estrategia simbolista —en el sentido técnico del término: el símbolo que no se agota en un significado sino que los multiplica— es la que da al poemario su cohesión interna.

4. Análisis simbólico de la sierpe en Las huellas de la Sierpe

4.1. La sierpe como criatura primordial: “Brazo de Mar”

El poema “Brazo de Mar”, en tercetos encadenados, es el que más explícitamente conecta la sierpe con el origen de las cosas. El título evoca el brazo de mar que —según la leyenda— alcanzaba el interior de la Península Ibérica hasta la Peña de Jabalcuz, donde nació la Fuente de la Peña, origen del raudal de la Magdalena. La sierpe nace de esas aguas profundas:

La Fuente de la Peña en lo profundo
guarda el misterio, mágico, de viejos.
Escuchando olas, cruza nuestro mundo,
sierpe engendrada, sal hacia el raudal:
La Magdalena es un barrio fecundo.

La sierpe que “cruza nuestro mundo” es la que llega desde la profundidad oceánica hasta la superficie de la ciudad. Su nacimiento en las aguas —”la Fuente de la Peña en lo profundo”— la sitúa en el dominio de lo que Bachelard llamaba las “aguas profundas”: el agua subterránea, la que no refleja el cielo sino que viene de la tierra, la que trae consigo los secretos del suelo y del tiempo (Bachelard 1942: 137). La sierpe engendrada en esas aguas es, en términos bachelerianos, una criatura de la profundidad y del origen: no llega desde fuera sino que emerge desde dentro, desde las entrañas del territorio.

La terza rima que estructura el poema —metro dantesco del descenso y el ascenso— replica formalmente este movimiento de emergencia: las estrofas encadenadas avanzan sin pausa desde la profundidad hasta la superficie, desde la fuente subterránea hasta el raudal, desde el misterio antiguo hasta el barrio “fecundo” del presente. La sierpe no es forastera sino nativa: ha estado siempre aquí, esperando su momento de salir.

4.2. La sierpe en el mito: “Leyenda”, “El Mito”, “Draco”

La sección “Él” del poemario desarrolla la dimensión mítica de la sierpe en tres poemas de registro diferente. “Leyenda”, en romance octosilábico, es el más narrativo: reproduce el episodio central del mito oral con la sobriedad del cantor popular, sin ornamentación ni distancia irónica. La elección del romance —metro de la narración oral por excelencia— es la forma de hacer visible la fuente: el poema no cita la leyenda sino que la reproduce desde dentro, como si hubiera emergido de la misma tradición que la generó.

El romance es también el metro de la desaparición: su ritmo acelerado, su carácter narrativo y su clausura final dejan a la sierpe muerta y al mito cerrado. Pero el poemario no permite que el cierre sea definitivo: inmediatamente después del romance narrativo de la muerte, “El Mito” y “Draco” abren la sierpe hacia sus dimensiones cósmicas, arqueológicas y estelares. La muerte del animal no cancela el símbolo; al contrario, lo libera de su forma concreta y lo eleva a la abstracción del mito.

“El Mito” sitúa la sierpe en el tiempo largo de la historia romana:

Dios romano, venerado en la fuente.
Un ara te recuerda de manera
infame, a tus pies la sierpe presiente.

El dios romano al que alude el poema es probablemente el genius loci del manantial de la Magdalena, cuya presencia está documentada por el hallazgo arqueológico de un ara votiva en las excavaciones del barrio. Esta inscripción arqueológica de la sierpe en la historia pre-cristiana de Jaén conecta el mito oral medieval con un pasado aún más remoto: la sierpe no es una invención del Medievo sino la continuación de una presencia simbólica que se remonta a la Antigüedad.

“Draco” cierra la trayectoria de la sierpe con su elevación a constelación. El dragón celeste —la constelación Draco, que rodea a la Osa Menor en el cielo boreal— es el espejo celeste de la sierpe terrestre: lo que en el raudal fue amenaza y muerte se convierte en el firmamento en signo permanente, en “encantamiento” que refleja sobre la tierra jiennense su velo cósmico. El último verso del poema —”En tierra olivarera cae su velo”— recoge el olivar como el lugar donde la historia del símbolo confluye: desde las aguas primordiales de “Brazo de Mar” hasta las estrellas de “Draco”, pasando por el romance de la muerte en “Leyenda”, la sierpe vuelve a posarse sobre la tierra olivarera de Jaén.

4.3. La sierpe como guardiana: “Magdalena” y “Catedral”

Los poemas “Magdalena” y “Catedral” representan el giro más audaz en el tratamiento simbólico de la sierpe: la transformación de la bestia en guardiana. En “Magdalena”, este giro se produce en el momento en que la voz lírica dirige su palabra a la mujer:

La sierpe da un paso atrás
y el silencio se apodera
del vacío de la gruta
sin dañar tu fruto.

La sierpe “da un paso atrás” —expresión de una rendición voluntaria, no de una derrota— y el silencio que se apodera de la gruta es el silencio del umbral: el momento antes de que la voz femenina ocupe el espacio que la serpiente ha abandonado. La gruta —espacio ctónico por excelencia, matriz primordial en el imaginario de Bachelard— queda libre, “sin dañar tu fruto”. El fruto que la sierpe no ha dañado es la fertilidad, la vida, la posibilidad de nacer.

Esta inversión de la sierpe —de amenaza a protectora— tiene un precedente en la figura de la serpiente como genius loci benévolo de la tradición romana. La sierpe del poema actúa como el numen tutelar del barrio de la Magdalena: no solo no daña sino que garantiza el nacimiento de lo nuevo. En términos junguianos, la rendición de la serpiente ante la mujer podría leerse como la integración de la sombra —el aspecto amenazador del inconsciente— en la totalidad del yo: la mujer que ha superado el miedo a la serpiente puede integrar su energía sin ser destruida por ella.

En “Catedral”, la sierpe reaparece en el momento climático del poema como agente de una acción ambigua pero definitiva:

Arrastrando, llegó la sierpe, acaso para hacerla callar.
Venía de San Ildefonso. En su garra, un puñal.

Esta sierpe armada —”en su garra, un puñal”— que llega desde San Ildefonso para “hacerla callar” al “alma negra” que no quería ver la belleza de la Catedral es la figura de la justicia poética: el símbolo que restituye el orden simbólico que el “alma negra” había violado con su ceguera voluntaria. La sierpe no mata para destruir sino para revelar: cuando el “alma negra” agoniza, “miró hacia la Catedral” y entonces sí vio “aquella belleza enorme, sin igual”. La muerte —o lo que sea la acción de la sierpe— es la condición de la revelación.

5. Sierpe, mujer y territorio: una lectura feminista del poemario

5.1. La identificación sierpe-mujer en la cultura occidental

La identificación entre la serpiente y la mujer es uno de los topoi más persistentes y más perniciosos de la cultura occidental patriarcal. Desde la Eva del Génesis —tentada por la serpiente, convertida en co-culpable con ella del pecado original— hasta las brujas de los tratados de demonología medieval —que se representan a menudo acompañadas de serpientes como familiares del diablo— pasando por la Medusa de la mitología griega cuyo cabello de serpientes convertía en piedra a quien la miraba, la cultura occidental ha utilizado sistemáticamente la serpiente como símbolo de la femineidad peligrosa.

Hélène Cixous, en su ensayo “La risa de la Medusa” (1975), propone una lectura feminista de este mito: la Medusa no es monstruosa sino hermosa, la risa de la Medusa no es la risa del terror sino la risa de la liberación. La estrategia de Cixous —recuperar el símbolo aterrador y devolverlo como símbolo de poder femenino— es precisamente la que Solís del Río practica en “Magdalena”: la sierpe no es la amenaza sino la guardiana, su “paso atrás” no es la rendición de la mujer sino la liberación de la mujer.

Adriana Cavarero, en el análisis de los mitos de la feminidad que desarrolla en Nonostante Platone (1990), muestra cómo la filosofía y la mitología occidentales han construido la figura femenina a partir de la negación: la mujer es lo que el hombre no es, el cuerpo que el espíritu ha abandonado, la naturaleza que la cultura ha superado. La sierpe como símbolo de la mujer —en la tradición de la cultura patriarcal— es la naturaleza en su aspecto más amenazante: lo que se arrastra por el suelo, lo que muerde, lo que mata. Solís del Río invierte esta asociación: la sierpe que se arrastra no muerde sino que protege, no mata sino que retrocede para que la vida pueda nacer.

5.2. La sierpe-mujer en Las huellas de la Sierpe

El poemario de Solís del Río desarrolla una analogía sistemática entre la sierpe y la mujer que opera en varios niveles. El primero es el de la identificación de los espacios: tanto la mujer del poema “Magdalena” como la sierpe de “Brazo de Mar” tienen su origen en el mismo lugar —la Fuente de la Peña, el raudal de la Magdalena—. El espacio acuático y subterráneo es el espacio del origen de ambas figuras.

El segundo nivel es el de los atributos: la mujer de “Magdalena” tiene “alas manchadas” y “vuelo taciturno”; la sierpe de “Brazo de Mar” surge “engendrada” de las aguas. Ambas son figuras del nacimiento dificultoso, del surgimiento desde la profundidad hasta la superficie. La mujer y la sierpe comparten la misma trayectoria ascendente, el mismo movimiento de emergencia desde el interior de la tierra hacia el mundo visible.

El tercer nivel es el narrativo: en el momento central de “Magdalena”, cuando la voz lírica dirige a la mujer su imperativo —”Mujer, sálvate y vuela”—, la sierpe “da un paso atrás”. La retirada de la sierpe y el vuelo de la mujer son dos movimientos simultáneos y complementarios: no es que la mujer venza a la sierpe, es que la sierpe cede su espacio a la mujer, como quien pasa la antorcha. Esta imagen de la transmisión —del poder, del símbolo, de la capacidad de habitar el territorio— es la que da al poema su significado más profundo.

El cuarto nivel es el simbólico: el “fruto” que la sierpe no daña es el fruto de la mujer, pero también el fruto del olivar —el aceite, la aceituna— y el fruto del poema. La sierpe que cuida el fruto es la guardiana no solo de la fertilidad física sino de la creación simbólica: cuida el poema, cuida la historia, cuida la memoria. En esta última dimensión, la sierpe de Solís del Río dialoga con el lagarto de Paredes Aparicio: ambos son guardianes, ambos cuidan lo que la ciudad podría perder.

5.3. El territorio como cuerpo femenino

Uno de los gestos poéticos más originales de Las huellas de la Sierpe es la construcción del territorio jiennense como cuerpo femenino. Esta identificación —territorio = mujer, tierra = cuerpo— no es nueva en la poesía española: los modernistas la practicaron, los románticos la prefiguraron, y la ecocrítica feminista la ha teorizado en las últimas décadas. Pero en el poemario de Solís del Río, la identificación adopta una forma específica que la distingue de sus precedentes.

En “Olivo”, el árbol se convierte en cuerpo-madre:

Tierra que sangra
cuando gritas.
Tierra de entrañas
de mujer.

La tierra que sangra es la tierra del olivar cuando la máquina de la recolección la sacude, pero también la tierra del cuerpo femenino que sangra en el ciclo menstrual. La “tierra de entrañas de mujer” es la expresión más directa de esta identificación: el olivar no solo se parece a un cuerpo de mujer, es un cuerpo de mujer. Esta fusión no es metáfora decorativa sino principio ontológico: en el universo poético de Solís del Río, el territorio y el cuerpo son lo mismo, están hechos de la misma materia.

La sierpe, en este contexto, es el animal que habita tanto el territorio como el cuerpo: nace de las aguas de la tierra, circula por los raudales como la sangre circula por las venas, explota desde el interior como explotan los deseos reprimidos. La serpiente uterina de la tradición fantástica medieval —la serpiente que habita la matriz de la mujer— se convierte en la sierpe que habita el raudal de la ciudad: los dos cuerpos, el de la mujer y el del territorio, comparten el mismo animal.

Esta identificación entre cuerpo, territorio y serpiente constituye el núcleo semántico más profundo de Las huellas de la Sierpe. El título mismo lo anuncia: las huellas de la sierpe son también las huellas del cuerpo de la mujer en el territorio, y las huellas del territorio en el cuerpo de la mujer. La sierpe deja huella, la mujer deja huella, la ciudad deja huella: el poemario es el registro de esas huellas, la escritura que impide que se borren.

6. Conclusiones

El análisis de la sierpe como símbolo en Las huellas de la Sierpe de María Ángeles Solís del Río permite extraer las siguientes conclusiones. En primer lugar, la sierpe del poemario es un símbolo polivalente que opera simultáneamente en varios registros: el mítico (criatura primordial de las aguas), el histórico (animal del bestiario medieval y la leyenda oral jiennense), el arqueológico (vinculada al genius loci romano del manantial) y el cósmico (la constelación Draco). Esta polivalencia es la condición de su riqueza simbólica.

En segundo lugar, la sierpe del poemario dialoga productivamente con las reescrituras contemporáneas de la misma figura, en particular con los Cuentos y crónicas del lagarto de Jaén de Martín Lorenzo Paredes Aparicio. Ambas reescrituras comparten la inversión semántica del mito original —la bestia amenazadora se convierte en guardiana— pero la desarrollan desde géneros y perspectivas distintos que se complementan sin cancelarse.

En tercer lugar, la sierpe en el poemario de Solís del Río tiene una dimensión específicamente feminista: es la figura que cede su espacio a la mujer, la que guarda el fruto sin dañarlo, la que comparte con el cuerpo femenino el territorio de las aguas y las entrañas. Esta dimensión no es ajena al símbolo universal de la serpiente: es la reactivación, desde una perspectiva feminista contemporánea, de los poderes ctónicos y regenerativos que la cultura patriarcal había reprimido en la figura serpentina.

Las huellas de la Sierpe es, en este sentido, un libro que no solo habla de Jaén sino que habla desde Jaén sobre cuestiones universales: la relación entre el símbolo y la historia, entre el territorio y el cuerpo, entre el mito y la experiencia personal. La sierpe que atraviesa el poemario es una criatura local e universal a la vez: nacida en el raudal de la Magdalena, habita también en el firmamento y en el cuerpo de la mujer que escribe. Esa simultaneidad es la medida de su grandeza simbólica.

Referencias bibliográficas

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Cavarero, Adriana (1990): Nonostante Platone. Roma: Editori Riuniti. Trad. española: A pesar de Platón. Madrid: Cátedra, 1995.

Cirlot, Juan Eduardo (1992): Diccionario de símbolos. Barcelona: Labor.

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De Beauvoir, Simone (1949): El segundo sexo. Trad. Alicia Martorell. Madrid: Cátedra, 1998.

Durand, Gilbert (1979): Las estructuras antropológicas del imaginario. Trad. Víctor Goldstein. Madrid: Taurus, 1982.

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Eslava Galán, Juan (1991): La leyenda del lagarto de la Malena y los mitos del dragón. Jaén: Universidad de Jaén / Ayuntamiento de Jaén.

Jung, Carl Gustav (1952): Símbolos de transformación. Trad. Enrique Butelman. Barcelona: Paidós, 1982.

Paredes Aparicio, Martín Lorenzo (2021): Cuentos y crónicas del lagarto de Jaén. Madrid: Ediciones Amaniel.

Solís del Río, María Ángeles (2026): Las huellas de la Sierpe. Madrid: Editorial Poesía eres tú.

6.1. El símbolo de la sierpe en perspectiva comparada: España e Iberoamérica

El análisis del símbolo de la sierpe en Las huellas de la Sierpe gana profundidad cuando se pone en diálogo con el tratamiento de la serpiente en otras tradiciones poéticas de lengua española. Sin pretensión de exhaustividad, se señalan aquí algunos paralelos significativos que permiten apreciar tanto la originalidad del tratamiento de Solís del Río como su inscripción en una tradición más amplia.

En la poesía española del siglo XX, la serpiente aparece con notable frecuencia como símbolo del deseo y del conocimiento prohibido. En la obra de Federico García Lorca, la serpiente es una figura de la sexualidad que circula por el Romancero gitano y por el Poema del cante jondo como imagen de lo que la moral burguesa ha reprimido. El famoso “Romance de la luna, luna” —donde la luna devora a un niño gitano— tiene una estructura simbólica semejante a la de la sierpe que amenaza y finalmente cede: la figura mítica de la destrucción se convierte en figura del tránsito, del paso de un estado a otro. Esta estructura liminal —la figura mítica como umbral de transformación— es también la que opera en el poema “Magdalena” de Solís del Río.

En la poesía iberoamericana, la serpiente ha tenido un tratamiento especialmente rico en el contexto de las reelaboraciones de las mitologías precolombinas. La quetzalcóatl nahua —la serpiente emplumada, símbolo de la dualidad cielo-tierra, materia-espíritu— ha inspirado a múltiples poetas mexicanos y centroamericanos del siglo XX, desde Octavio Paz hasta Ernesto Cardenal. En el caso de Paz, la serpiente aparece en El laberinto de la soledad como figura de la identidad mexicana en su dimensión más profunda y más conflictiva: la serpiente es lo que el mestizo ha heredado de sus dos tradiciones y no puede resolver en ninguna de ellas. Esta función de la serpiente como símbolo de la identidad en tensión —ni europea ni indígena, ni cristiana ni pagana— tiene una resonancia indirecta en la sierpe de Solís del Río: tampoco la sierpe jiennense puede resolverse en ninguna tradición única, porque pertenece simultáneamente al bestiario medieval cristiano, al genius loci romano y a la leyenda oral árabe y cristiana de la ciudad.

En la poesía andina —especialmente en el mundo quechua y aymara—, la serpiente amaru es una figura de las fuerzas de la tierra y del agua que algunas corrientes del neoindigenismo literario han recuperado como símbolo de resistencia cultural frente a la colonización. Esta utilización de la serpiente como símbolo identitario de un pueblo o una región que reclama su autonomía cultural frente a poderes externos es estructuralmente semejante a la que Solís del Río practica: la sierpe de Jaén no solo es un símbolo del pasado de la ciudad sino una apuesta por la identidad de esa ciudad en el presente, frente a la uniformización cultural que la globalización impone.

6.2. Implicaciones para la enseñanza de la literatura regional española

El análisis del símbolo de la sierpe en Las huellas de la Sierpe tiene implicaciones que van más allá del comentario literario y alcanzan a la enseñanza de la literatura en los contextos educativos de Andalucía y de España. La poesía de Solís del Río ofrece un material pedagógico excepcional para el tratamiento de varios contenidos del currículo de Lengua y Literatura: el análisis métrico, la simbolística literaria, la relación entre literatura e historia local, y la perspectiva de género en la literatura.

En el ámbito del análisis métrico, el poemario permite trabajar con una colección especialmente rica de formas: décima espinela, soneto, terza rima, quintilla, romance y verso libre en un único volumen. Esta diversidad formal, lejos de ser un obstáculo, es una ventaja pedagógica: el estudiante puede comparar directamente las características de cada forma y apreciar cómo el cambio de metro produce cambios de sentido. El análisis de los poemas “Tierra Olivarera” —décima— y “Magdalena” —verso libre— como par contrastivo es un ejercicio que puede realizarse en el aula sin necesitar más materiales que el libro.

En el ámbito de la simbolística literaria, el poemario permite introducir al estudiante en el concepto de símbolo polivalente: la sierpe que es amenaza y protección, mito y historia, animal y constelación. Este concepto —fundamental para la comprensión de la poesía simbólica del siglo XX— se vuelve accesible cuando se ejemplifica con un símbolo que el estudiante jiennense puede reconocer como perteneciente a su propia cultura.

En el ámbito de la literatura e historia local, el poemario ofrece un puente natural entre el patrimonio cultural de Jaén —la leyenda del lagarto, los barrios históricos, las procesiones de Semana Santa, el olivar— y su expresión literaria contemporánea. Este puente es especialmente valioso en un momento en que la educación secundaria española ha incorporado la dimensión territorial al currículo de literatura: los poemas de Solís del Río permiten trabajar el patrimonio local no como objeto de turismo cultural sino como material vivo de la creación literaria.

En el ámbito de la perspectiva de género, el poemario permite analizar la construcción de la identidad femenina a través de figuras míticas y su inversión: la sierpe-amenaza que se convierte en guardiana, la mujer-apedreada que se convierte en libre. Estas inversiones son comprensibles para estudiantes de bachillerato y pueden servir de punto de entrada para una reflexión más amplia sobre la representación de las mujeres en la literatura a lo largo de la historia.

Estas posibilidades pedagógicas no son ajenas al proyecto poético de Solís del Río: el poemario está escrito con una claridad de imágenes y una precisión léxica que lo hacen accesible a lectores no especializados sin por ello renunciar a la complejidad simbólica que hace de él un texto literariamente valioso. Esta doble accesibilidad —para el lector especializado y para el lector general— es uno de sus méritos más difíciles de alcanzar y uno de los que más claramente lo distingue de una poesía exclusivamente académica.

6.3. Perspectivas de investigación futura

El presente trabajo ha trazado las líneas principales del análisis simbólico de la sierpe en Las huellas de la Sierpe, pero deja abiertas varias vías de investigación que podrían desarrollarse en trabajos futuros. La primera es un estudio comparativo entre el tratamiento de la sierpe en el poemario de Solís del Río y en los Cuentos y crónicas del lagarto de Jaén de Martín Lorenzo Paredes Aparicio, que el presente trabajo ha abordado solo tangencialmente. Un estudio de este tipo permitiría mostrar con mayor detalle cómo el mismo símbolo puede generar textos literariamente muy distintos según el género —narrativa frente a lírica— y la perspectiva —masculina frente a femenina.

La segunda vía es el análisis de la recepción del poemario entre los lectores jiennenses, que permitiría verificar si la reactivación del símbolo propuesta por Solís del Río produce en la comunidad local el reconocimiento y la identificación que la autora parece buscar. Esta investigación de recepción podría realizarse mediante encuestas a lectores, análisis de reseñas en medios locales y nacionales, y estudio de los contextos de circulación del libro —lecturas públicas, clubes de lectura, aulas.

La tercera vía es el estudio comparativo de la sierpe jiennense en el contexto más amplio de los símbolos identitarios de otras ciudades andaluzas: el toro de Osborne en el paisaje de las carreteras, el lagarto de la Alhambra en Granada, la sirena del escudo de Sevilla. Este estudio permitiría situar la sierpe de Jaén en el repertorio de los animales simbólicos de Andalucía y comprender mejor las funciones que los símbolos zoológicos cumplen en la construcción de las identidades locales y regionales.

Capítulo 4. Análisis poema a poema: el símbolo en acción

El análisis simbólico de los poemas individuales de Las huellas de la Sierpe revela la coherencia interna del proyecto de Solís del Río: cada pieza contribuye a la construcción de un bestiario personal donde la sierpe funciona como índice de un campo semántico que incluye el territorio, la feminidad, la memoria y la resistencia. A continuación se examinan los poemas más representativos desde esta perspectiva.

En “El rastro de escamas”, poema que abre el poemario, la sierpe aparece como huella antes que como presencia: “Donde la sierpe pasa / queda el dibujo vivo de la tierra”. La ausencia del animal en el cuadro visual se compensa con su rastro tangible. Esta estructura —presencia a través de la ausencia— es característica del símbolo tal como lo define Todorov: el signo simbólico remite a algo que no puede ser mostrado directamente, algo que solo puede ser sugerido por sus huellas o efectos. Solís del Río elige para el título del libro precisamente este término —huellas— porque define con exactitud el modo en que la sierpe habita sus poemas: no como figura central sino como fuerza que deja marca.

“La danza de la sierpe en el Guadalbullón” desarrolla la dimensión territorial del símbolo. El río Guadalbullón, afluente del Guadalquivir que atraviesa la provincia de Jaén, se convierte en el escenario del ritual: la sierpe danza sobre el agua y su movimiento ondulatorio duplica el de la corriente. La identificación sierpe-río-territorio se cumple aquí con una economía de medios notable: apenas cuatro estrofas bastan para fundar una mitología local. Jung habría reconocido en esta identificación el arquetipo del Uroboros, la serpiente que se muerde la cola y simboliza la continuidad cósmica del territorio.

El poema “La sierpe y la mujer” es el más explícito en su dimensión feminista. La voz poética se dirige directamente al animal: “Hermana sierpe, tú que fuiste maldita / por quienes no entendieron tu secreto”. La apelación fraternal invierte la tradición bíblica —donde la serpiente es tentadora y enemiga— y construye una genealogía femenina alternativa donde sierpe y mujer comparten el estigma de haber sido nombradas peligrosas por el orden patriarcal. Esta lectura conecta con el proyecto de Cixous en “La risa de la Medusa”: reclamar para lo femenino los monstruos que el canon masculino había demonizado.

Capítulo 5. La sierpe en el contexto de la poesía femenina española contemporánea

Las huellas de la Sierpe no es un caso aislado en la poesía femenina española de las últimas décadas. La recuperación de figuras simbólicas tradicionalmente asociadas al peligro o a lo monstruoso —la serpiente, la bruja, la loca, la hechicera— forma parte de un proyecto colectivo de resignificación que atraviesa la lírica femenina española desde los años noventa. Autoras como Olvido García Valdés, Ana Merino, Raquel Lanseros o Miriam Reyes han explorado, desde posiciones diversas, esta estrategia de apropiación simbólica.

Lo específico de Solís del Río dentro de esta corriente es la territorialización del símbolo: la sierpe no es una figura abstracta o universalizante sino una presencia concreta, enraizada en el paisaje de Jaén, en sus leyendas, en su geología incluso. Esta concreción geográfica evita el riesgo del esencialismo que acecha a ciertas poéticas feministas: al hablar de la sierpe de Jaén, Solís del Río habla de algo localizable, documentable, verificable. El mito no flota en el espacio atemporal del arquetipo sino que tiene coordenadas históricas y geográficas precisas.

Esta operación de territorialización conecta Las huellas de la Sierpe con la tradición del lugar en la poesía española —estudiada por Julio Neira y Alfredo Saldaña— y con las reflexiones de Gillian Rose sobre la geografía feminista: los espacios no son neutros sino marcados por relaciones de poder, y la poesía que los nombra desde una voz femenina transgrede esa neutralidad aparente y reivindica una presencia que la cultura hegemónica ha borrado.

Conclusiones

El análisis de Las huellas de la Sierpe desde la perspectiva del bestiario mítico, la feminidad y el territorio demuestra que el poemario de Solís del Río es una obra de una complejidad simbólica excepcional. La sierpe funciona en él como operador cultural que activa simultáneamente tres campos semánticos —lo mítico, lo femenino y lo territorial— sin reducirse a ninguno de ellos. Esta multivalencia simbólica es la marca de la gran poesía: los símbolos que trabajan los mejores poemas no son ilustraciones de una idea sino condensaciones de varias ideas en tensión.

El trabajo de Solís del Río se inscribe, por tanto, en la mejor tradición de la poesía simbólica española —de Antonio Machado a María Zambrano, pasando por García Lorca— al tiempo que la amplía desde una perspectiva feminista y territorialmente marcada. Las huellas de la Sierpe no es un poemario fácil ni complaciente: exige del lector una disposición a habitar el símbolo, a dejarse conducir por sus resonancias, a aceptar que la sierpe que cruza sus páginas es, al mismo tiempo, un animal, una mujer, un territorio y una herida.

Epílogo: el símbolo como acto político

Toda elección simbólica en poesía es, en algún nivel, un acto político. Solís del Río elige la sierpe —animal maldito, femenino, territorial— para titular y vertebrar su poemario en un momento en que la poesía española debate intensamente sobre la visibilidad de las voces femeninas y sobre el valor de las literaturas de provincia. Esta elección no es inocente: es una declaración de posición. Al colocar la sierpe en el centro de su universo poético, Solís del Río reivindica simultáneamente lo femenino, lo local y lo mítico frente a las jerarquías culturales dominantes.

La presente monografía ha intentado demostrar que esa elección simbólica no es arbitraria ni meramente decorativa sino que responde a una lógica interna coherente, documentable en el análisis textual, enraizada en la historia de los bestiarios y en la tradición de la poesía femenina española. Si la sierpe de Solís del Río tiene algo que decirle a la cultura del siglo XXI, es precisamente esto: que los símbolos que la historia oficial marcó como peligrosos siguen siendo los más necesarios.

A modo de cierre bibliográfico, conviene subrayar que el presente trabajo no agota el campo de estudio que Las huellas de la Sierpe abre: queda pendiente un análisis detallado de la función del paisaje como agente simbólico, un estudio de la recepción de la obra por parte de la crítica especializada y un examen comparado con otros poemarios contemporáneos de temática bestiaria. La riqueza de la obra de Solís del Río invita a futuras investigaciones que, sin duda, enriquecerán el mapa de la poesía española femenina del siglo XXI. Queda, en todo caso, la certeza de que Las huellas de la Sierpe es una de las obras más importantes de la poesía española femenina de la última década, y que su estudio detallado es ya una necesidad ineludible para cualquier historiador de la literatura contemporánea que aspire a trazar un mapa justo y completo del panorama lírico nacional. Esa es la lección definitiva que el bestiario de Solís del Río nos deja: los símbolos no mueren, se transforman.

La dimensión coercitiva del símbolo se cristaliza en el verso «La soga de la sierpe ata triunfante», donde el reptil deja de ser víctima del mito medieval para convertirse en agente activo que anuda el destino del sujeto lírico al territorio. La sierpe no huye: ata, conquista, reivindica.

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