MARI ÁNGELES SOLÍSMARI ÁNGELES SOLÍS
LAS HUELLAS DE LA SIERPELAS HUELLAS DE LA SIERPE
GRUPO EDITORIAL PÉREZ-AYALAEditorial Poesía eres tú

María Ángeles Solís del Río

 

En las calles empedradas de Jaén, donde la leyenda del lagarto duerme en el Raudal de la Magdalena y el olivar tiñe de plata los horizontes, hay voces que no inventan la poesía: la encuentran ya escrita en la piedra. María Ángeles Solís del Río es una de esas voces. Su primer poemario, Las huellas de la Sierpe, irrumpe con la convicción de quien ha esperado el momento exacto para decir: «sierpe engendrada, sal hacia el raudal: / La Magdalena es un barrio fecundo».

Solís del Río escribe desde la raíz. Las huellas de la Sierpe no es simplemente un homenaje a una ciudad profundamente sentida; es un ejercicio de arqueología emocional en el que los monumentos y las leyendas de Jaén se convierten en espejo de la experiencia humana. El libro se estructura en cuatro partes que trazan un recorrido desde el origen mítico de la sierpe hasta la contemplación del Santo Reino en toda su grandeza dolorida. El olivar, la Catedral, los baños árabes y el convento de Santa Catalina Mártir desfilan como personajes con voz propia, tejidos en formas que van del soneto clásico al verso libre más íntimo.

Lo que distingue a esta poetisa de tantos otros cantores del paisaje es su capacidad para hacer que el mito opere como advertencia contemporánea. La sierpe no es sólo el lagarto legendario: es también el olvido que devora lo que no se nombra, la indiferencia que pudre lo que el pueblo siente. «De esta tierra, la condena, / la bendición de tu fruto. / Siendo tu alma el gran tributo / negado: es riqueza ajena», escribe en Tierra Olivarera, condensando en diez sílabas la paradoja de una tierra rica y olvidada.

El dominio de las formas clásicas —el endecasílabo, la lira, el quinteto— no aprisiona su voz sino que la amplifica. Hay en Solís del Río una convicción, casi litúrgica, de que la belleza de un lugar sólo se salva si alguien la pronuncia. Su verso tiene algo de conjuro, algo de crónica y algo de elegía. En el poema «Catedral», dos almas antagónicas se cruzan ante la gran Seo de Jaén, y es la sierpe quien llega a resolver la disputa: «La sierpe se deslizaba por la lonja como si fuera a pintar». Esa imagen condensa toda la propuesta poética del libro: lo oscuro y lo bello coexisten, y el poeta es quien da fe de esa coexistencia.

La poesía de Solís del Río dialoga naturalmente con la tradición de los poetas del paisaje interior, desde Antonio Machado —cuya mirada elegíaca sobre la tierra resuena en estos versos sobre el Santo Reino— hasta la poesía de arraigo que reclamaba el vínculo entre tierra e identidad. Pero donde Machado lamenta el tiempo que no vuelve, Solís del Río convoca la leyenda para que el tiempo sí vuelva, para que la sierpe camine otra vez por las calles de Jaén y obligue a sus lectores a mirarla.

Las huellas de la Sierpe es una primera obra que llega con la seguridad de quien ha vivido mucho antes de escribir. Quienes aún no conocen Jaén la descubrirán a través de sus páginas; quienes la conocen la amarán de un modo nuevo.