Tierra Olivarera
(Poema de apertura · Identidad y denuncia)
De esta tierra, la condena,
la bendición de tu fruto.
Siendo tu alma el gran tributo
negado: es riqueza ajena.
Como una larga cadena
que se corta de repente,
inclinando nuestra frente
al escuchar tu latido,
se va pudriendo de olvido
lo que el pueblo por ti siente.
Campo de plata, olivar.
Jaenés, tal vez, recuerdes,
los mares grises y verdes
que no podrás olvidar.
Y será siempre tu mar
que dio a tus campos la vida
con su esperanza perdida.
Mientras crece la aceituna
bajo la luz de la luna,
esa raíz que no se olvida.
La décima espinela que abre el libro establece desde el primer verso la tensión central del poemario: la tierra de Jaén es bendición y condena al mismo tiempo, riqueza generada por quienes no la disfrutan. El «campo de plata» del olivar es una imagen de extraordinaria precisión visual y social.
Magdalena
(Técnica singular · La sierpe como amenaza sobre lo femenino)
Mujer, sálvate y vuela,
que solo por ello,
pudo cambiar el mundo.
Mujer de alas manchadas
y de vuelo taciturno.
Mujer a la que amó un dios,
mujer apedreada entre el tumulto
de infieles.
La sierpe da un paso atrás
y el silencio se apodera
del vacío de la gruta
sin dañar tu fruto.
La tormenta ha terminado.
Sal a tierra firme,
sal a las calles empedradas
que se arrodillan a tu paso.
El poema más potente del libro. La figura bíblica de Magdalena se convierte en arquetipo de la mujer que sobrevive: apedreada, acosada, con las alas manchadas, pero finalmente invulnerable cuando la sierra da un paso atrás. La anáfora de «Mujer» construye una letanía que es al mismo tiempo denuncia y celebración.
Draco
(Temático central · El mito en su dimensión cósmica)
Allá está, perdida en el firmamento,
lleva tu nombre una constelación,
simulando la forma de un dragón,
reflejando en Jaén su encantamiento.
Acaso, un dios nos hizo el juramento
—que en tierra del ronquío es el perdón—,
como moneda de pago, el corazón.
Pues del Santo Reino es el sentimiento.
Marcan el paso todas las estrellas,
sembrando nuestra vida en este cielo.
Así florecen nuestras piedras bellas.
Reflejan a la sierpe en nuestro suelo.
La razón de este encanto son, pues, ellas.
En tierra olivarera cae su velo.
Soneto que convierte la leyenda local en mito cósmico: la constelación Draco como espejo de Jaén, el cielo como justificación del encanto de la tierra. Las «piedras bellas» que florecen bajo las estrellas son los monumentos que la segunda parte del libro visita. El soneto cierra el círculo.
Olivo
(Emoción directa · La tierra como cuerpo)
Tierra que sangra
cuando gritas.
Tierra de entrañas
de mujer.
Me perdí en tus ramas
buscando las estrellas.
Me abracé a tu tronco
para curar mis cicatrices.
Me bendijiste con sabiduría
de aprender al tropezar.
Eres ese lienzo gris
que acaricia mis paisajes.
Eres quien protege
mi reino y mis alas.
Eres, Olivo,
el origen del mundo,
la sombra al caminar.
Tierra que sangra
cuando gritas.
Tierra de entrañas
de mujer.
El poema más íntimo del libro. La voz habla al olivo en segunda persona y se confiesa en él: las cicatrices, el extravío, el abrazo que cura. La repetición del estribillo al final —«Tierra que sangra / cuando gritas / Tierra de entrañas / de mujer»— convierte el poema en una canción que el lector no puede sacudirse.




