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Las huellas de la Sierpe, de María Ángeles Solís del Río

Las huellas de la Sierpe, de María Ángeles Solís del Río

Análisis literario completo

1. Introducción

Las huellas de la Sierpe (Editorial Poesía eres tú, 2026) es el primer poemario de María Ángeles Solís del Río, poeta jaenesa nacida en 1977, galardonada con el Premio Provincial de Poesía «Federico Mayor» (2003). El libro propone un itinerario poético por Jaén: sus monumentos, su leyenda fundacional del lagarto, su tierra olivarera y el firmamento constelado que refleja la ciudad. La sierpe —el lagarto de la Magdalena— articula las cuatro partes del volumen como hilo conductor simbólico.

Se trata de un poemario de vocación cívica y lírica a un tiempo: el poema como acto de memoria y amor al territorio. La autora recorre plazas, arcos, conventos y catedrales no como guía turística sino como cronista de las emociones que esos espacios destilan. El prólogo de Martín Lorenzo Paredes Aparicio subraya esa dimensión doble: el itinerario monumental y la leyenda del dragón comparada con otros mitos universales.

El libro convoca una voz femenina que se erige en testigo y guardiana de una identidad que teme el olvido. Su arquitectura formal —décimas, terza rima, sonetos, quintillas, romance y verso libre— muestra una escritora que ha interiorizado la tradición sin someterse a ella.

2. Estructura y arquitectura del poemario

El volumen se organiza en cuatro partes de nombre significativo: «Al principio», «Lugares», «Él» y «Santo Reino». Esta distribución responde a un movimiento simbólico que va del origen al presente.

La primera parte, «Al principio», funciona como obertura con tres poemas de largo aliento: Tierra Olivarera, Brazo de Mar y Magdalena. Establecen el mapa simbólico: la tierra como identidad, el agua como origen de la leyenda, Magdalena como primera víctima y primera liberada de la sierpe.

La segunda parte, «Lugares», ofrece nueve poemas breves —casi todos quintillas— como fotografías emocionales de los monumentos jaeneses: Plaza de la Magdalena, San Miguel, el Convento de Santa Catalina, los Baños Árabes, la Torre del Concejo, el Arco San Lorenzo, San Andrés, la Plaza del Rostro y la Reja de la Capilla. La brevedad es deliberada: el destello antes que la exposición.

La tercera parte, «Él», es el corazón narrativo. Tres poemas —Leyenda, El Mito y Draco— abordan el relato del lagarto desde tres ángulos: la leyenda popular (romance extenso), el tiempo mitográfico romano (soneto) y la dimensión cósmica (soneto). Es la parte más ambiciosa en cuanto a manipulación del tiempo narrativo.

La cuarta parte, «Santo Reino», cierra con una meditación sobre la identidad jaenesa: Olivo, Santo Reino, El cielo no llora y Catedral. El olivo como metáfora matricial, la catedral como escenario donde el alma blanca vence al alma negra, y la sierpe que reaparece como guardiana ambigua del misterio final.

3. Voz poética y perspectiva

La voz de Solís del Río combina dos registros: la crónica colectiva y la confesión íntima. En los poemas de la segunda parte, la voz se diluye hasta casi desaparecer en el objeto contemplado; en los de la primera y la cuarta, emerge con fuerza personal.

En «Magdalena», la poeta asume la voz del mito femenino para hacer de la figura bíblica una metáfora de la mujer acosada y liberada:

“Mujer, sálvate y vuela, / que solo por ello, / pudo cambiar el mundo.”

La anáfora de «Mujer» aporta una cadencia litúrgica que convierte el poema en invocación protectora. La sierpe no es solo el lagarto: es también la amenaza sobre lo femenino, y la poeta lo sabe con precisión:

“La sierpe da un paso atrás / y el silencio se apodera / del vacío de la gruta / sin dañar tu fruto.”

En «Olivo», la voz vuelve a la primera persona para fundir la identidad femenina con la identidad territorial:

“Tierra que sangra / cuando gritas. / Tierra de entrañas / de mujer.”

En los poemas breves, la voz se retira para dejar paso al espacio. En «San Miguel», los monumentos hablan: «toca mis muros verdes… / pasado muerto que en tus sienes muerdes». La voz no contempla: escucha.

4. Temas centrales

4.1. La leyenda como identidad

El motivo de la sierpe/lagarto atraviesa el libro de principio a fin. En «Brazo de Mar», el lagarto aún no ha aparecido pero ya está convocado por el agua y la piedra:

“sierpe engendrada, sal hacia el raudal: / La Magdalena es un barrio fecundo.”

En «Leyenda» —el poema más extenso del libro— la narración del mito se despliega en toda su complejidad: el miedo colectivo, la recompensa, el preso que acepta el reto, el engaño con los corderos y la yesca, la explosión final. El momento cumbre es la liberación doble: del lagarto y del preso:

“Y reventó el Lagarto, rojo cielo, / iluminando todo. Jabalcuz, / lanza un suspiro hacia nuestra Cruz / mientras regresa el poeta con su anhelo.”

La muerte del lagarto es una metáfora del renacimiento poético y cívico. La libertad se gana mediante el ingenio, no la fuerza.

4.2. El territorio como cuerpo

La tierra de Jaén en este libro es un cuerpo vivo: sangra, grita, recuerda. En «Tierra Olivarera», el olivar es riqueza y condena a un tiempo:

“De esta tierra, la condena, / la bendición de tu fruto. / Siendo tu alma el gran tributo / negado: es riqueza ajena.”

La décima denuncia la injusticia histórica con precisión lacónica. En «Santo Reino», el territorio se convierte en espejo del alma:

“Era tierra de raíces y poetas / muertos que respiraron / aquel viento afilado.”

4.3. La muerte y la permanencia

En «El cielo no llora», un soneto ampliado que acompaña la procesión de Rógativas, la sequía es a la vez meteorológica y espiritual:

“el cielo no llora… ¡cuánto quebranto! / Nuestra vida muere si el agua nos deja.”

La sequía es un motivo perenne de la poesía andaluza, pero Solís del Río lo recoge desde una tradición popular y religiosa que hace más íntima la amenaza.

4.4. La belleza como revelación

El poema final, «Catedral», es el más simbólico del libro. Dos almas —negra y blanca— se enfrentan a la Catedral de Jaén. El alma negra niega la belleza; en el momento de la agonía, finalmente la ve. La sierpe aparece una última vez:

“Arrastrando, llegó la sierpe, acaso para hacerla callar.”

El cierre del libro es una imagen magistral de conocimiento:

“Ella sabía quién pintó las puertas de la Catedral de verde.”

El alma blanca conoce el secreto. La sierpe, amenaza al principio, se convierte al final en guardiana del misterio. Este desplazamiento semántico del símbolo es uno de los mayores logros del libro.

5. Recursos estilísticos y técnica poética

Solís del Río domina varias formas métricas con solvencia. La décima espinela de «Tierra Olivarera» respeta la rima ABBAACCDDC. «Brazo de Mar» adopta la terza rima dantesca (ABA BCB CDC…), fórmula de gran exigencia que aquí imita el avance lento de la sierpe hacia el raudal. Los sonetos —El Mito, Draco, El cielo no llora— muestran dominio del endecasílabo.

En los poemas breves de la segunda parte, la quintilla captura la esencia de cada espacio con economía de medios. En «Baños Árabes», la soga aparece como metáfora del encierro y la seducción:

“La soga de la sierpe ata triunfante.”

En «Leyenda», el romance octosílabo vehicula la narración del mito popular con el ritmo de la memoria colectiva. Los diálogos dentro del romance —«que me den la libertad, / si yo mato al lagarto»— intensifican la tensión dramática.

Las imágenes sensoriales son abundantes: el olor de la tierra, el sonido de las campanas, el tacto de los muros, el frío de la gruta. El agua es especialmente recurrente: el raudal de la Magdalena, la Fuente de la Peña, la lluvia de las rógativas, el mar imaginado en el olivar. El agua es origen y promesa.

En «El Mito», el soneto condensa siglos en catorce versos:

“Tiempos que se perdieron de muy lejos / pues se esparce en tierra el cruel olvido.”

Y en «Draco», la constelación como espejo de Jaén eleva el mito a categoría cósmica:

“Allá está, perdida en el firmamento, / lleva tu nombre una constelación, / simulando la forma de un dragón, / reflejando en Jaén su encantamiento.”

Uno de los recursos más llamativos es la personificación de los monumentos. La Torre del Concejo «toca a vecina muerta», San Miguel habla al poeta, el viento «grita en sus adentros». Jaén no es un decorado: es un personaje.

6. Tradición e influencias

Las huellas de la Sierpe se inscribe en la tradición del paisajismo poético andaluz y en la poesía de tema local. El modelo más cercano es la poética de Antonio Machado —la tierra como ánima, el paisaje como espejo del alma colectiva—, pero donde Machado buscaba la Castilla eterna, Solís del Río busca la Jaén viva y concreta.

La elección del romance para «Leyenda» remite al Romancero español y a su uso moderno por Lorca, que convirtió el romance en el vehículo idóneo para el mito popular. La dimensión cósmica de «Draco» recuerda la poesía mítica de Rafael Alberti, especialmente en su faceta de poeta del espacio.

El uso del soneto y la décima emparenta a Solís del Río con la tradición clásica que nunca se ha roto en la poesía española meridional. Es una escritora que conoce la tradición y la usa sin servilismo.

7. Interpretación global

Las huellas de la Sierpe es, en el fondo, un libro sobre la memoria: la memoria de una ciudad, de una leyenda, de una tierra. La autora escribe para que quede constancia; pero no con nostalgia paralizante, sino con amor combativo.

La sierpe puede leerse como la parte oscura de la identidad jaenesa —lo que asusta, paraliza, amenaza— que solo puede ser vencida con ingenio (el preso), con fe (Magdalena) y con belleza (el alma blanca ante la catedral). Estos tres modos de victoria son también tres modos de vida: el arte, la espiritualidad y la contemplación estética.

El libro habla también, en voz más baja, de la condición femenina. Magdalena es «mujer apedreada entre el tumulto de infieles», pero también la que salva a su criatura y la que es salvada por su fe. La voz femenina que narra no es víctima pasiva: es testigo activo, guardiana de la memoria.

8. Conclusión

Las huellas de la Sierpe de María Ángeles Solís del Río es una aportación valiosa a la poesía española de tema local, que eleva la tradición del poemario cívico a una dimensión mítica y personal. Su dominio de las formas clásicas, su manejo de la imagen sensorial y el arco simbólico que recorre el libro —de la condena de la tierra al secreto de la catedral— lo convierten en una obra de madurez estética notable para ser un primer poemario en sello editorial.

El libro invita a releerlo con el mapa de Jaén en la mano; pero también invita a leerlo sin él, porque sus imágenes trascienden la geografía local y hablan de algo que todos conocemos: el amor al lugar donde uno pertenece, el miedo al olvido y la certeza de que la belleza, cuando se la mira de frente, termina por vencer a la sierpe.

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Técnicas literarias en Las huellas de la Sierpe

Técnicas literarias en Las huellas de la Sierpe

María Ángeles Solís del Río · Editorial Poesía eres tú, 2026

1. Introducción técnica

Las huellas de la Sierpe presenta una notable variedad de recursos formales para un primer poemario editado en sello. María Ángeles Solís del Río no se decanta por una única modalidad expresiva: convoca la décima espinela, la terza rima, el soneto, la quintilla, el romance y el verso libre con propósitos diferenciados. El recurso central que vertebra el libro es la imagen simbólica —TYPE B, símbolo—, concretada en la sierpe/lagarto como eje semántico que recorre las cuatro partes del volumen. Cada forma métrica se elige en función del contenido: las formas cerradas para los poemas de enunciado mítico o argumentativo, el verso libre para los momentos de mayor carga intimista.

Los sentidos trabajados con mayor intensidad son el visual (el olivar plateado, el cielo constelado, los muros verdes), el auditivo (las campanas, el viento, el rugido en el raudal) y el táctil (el abrazo al tronco del olivo, el frío de la gruta, las piedras empedradas). El olfativo y el gustativo aparecen de forma puntual y eficaz: el «vino amargo» de la Plaza de la Magdalena y el «olor a tierra» cuando la sierpe roza las aguas.

2. La imagen simbólica como eje constructivo

La sierpe es el símbolo central y su potencia radica en la acumulación de capas semánticas a lo largo del libro. Comienza como monstruo acuático y termina siendo guardiana del secreto de la catedral. Veamos los momentos clave de esa transformación:

Este desplazamiento semántico —de amenaza a guardiana— es el arco simbólico más sofisticado del libro y su principal hallazgo constructivo.

3. Recursos fónicos y rítmicos

El libro trabaja con notable rigor métrico en sus poemas de forma cerrada. La décima espinela de «Tierra Olivarera» respeta la rima ABBAACCDDC con precisión: condena/cadena/frente/repente (ABBA) / tributo/fruto (CC) y las rimas subsiguientes.

«Brazo de Mar» adopta la terza rima dantesca (ABA BCB CDC DED…), forma de extraordinaria dificultad en castellano, que Solís del Río resuelve con elegancia: gruta/escruta/nada (ABA), lejana/ventana/mundo (BCB), viejos/reflejos/raudal (CDC). El encadenamiento de las rimas imita visualmente el avance lento de la sierpe hacia el raudal, creando un efecto de inevitabilidad rítmica.

No hay anáforas como recurso estructural sistemático, aunque sí locales: la anáfora de «Mujer» en «Magdalena» construye una letanía de invocación y la de «Tierra» en «Olivo» funciona como estribillo emocional.

El libro opta por el verso libre sin rima sistemática en sus poemas intimistas (Magdalena, Olivo, Santo Reino), pero el ritmo se sostiene mediante la variación controlada del verso: versos breves para el intimismo («Tierra que sangra / cuando gritas») y versos más largos para la narración y la contemplación.

4. Imágenes sensoriales

La imagen visual domina el libro: el olivar como «campo de plata», el lagarto que ilumina el cielo rojo al explotar, la constelación Draco reflejada en los monumentos de Jaén, el verde de los muros de San Miguel, las «piedras bellas» que florecen bajo las estrellas. La visualidad de Solís del Río es concreta, nunca abstracta.

El sentido auditivo aparece con intensidad en «Leyenda»: «el viento susurraba / en las calles de piedra», «las campanas de bronce / lanzaron al infinito, / enloquecidos sus sones». El silencio también se trabaja: «Mientras calla el mundo» (San Miguel), «En silencio la Torre del Concejo» (Torre del Concejo).

El tacto es el sentido de la intimidad y el dolor: «Me abracé a tu tronco / para curar mis cicatrices» (Olivo), «el temblor de las noches sin mañana» (Brazo de Mar), «el frío» que «la atravesó» en la gruta (Magdalena).

El sentido del gusto no aparece como recurso relevante de manera sistemática, aunque el «vino amargo» de «Plaza de la Magdalena» destaca como imagen aislada de amargura y desengaño.

5. Sintaxis y disposición tipográfica

La sintaxis de los poemas de forma cerrada es generalmente regular y respeta los límites del verso como unidad sintáctica, con algunos encabalgamientos moderados. En los sonetos, el encabalgamiento entre cuartetos y tercetos crea tensión semántica, especialmente en «El Mito»: «Dios romano, venerado en la fuente. / Un ara te recuerda de manera / infame, a tus pies la sierpe presiente.»

En los poemas de verso libre, la disposición tipográfica refleja el flujo emocional. Los versos cortos de «Olivo» crean una cadencia de respiración contenida, casi mántrica. Los versos largos de «Catedral» —especialmente los finales con el diálogo entre las almas y la voz del viento— amplían el espacio emocional del poema.

La puntuación es en general convencional, con uso de puntos suspensivos para sugerir lo inacabado o lo inefable, recurso que aparece con discreción y eficacia: «Camina buscando una luna llena.» (sin suspensivos), «pasado muerto que en tus sienes muerdes.» La exclamación se reserva para los momentos de mayor intensidad emocional: «¡Poeta!, viene la muerte…» (Arco San Lorenzo).

6. Léxico y campo semántico

El campo semántico dominante es el de la leyenda y el mito: sierpe, lagarto, raudal, bestia, dragón, fauces, entrañas, yesca, corderos, pólvora. Este léxico épico convive con el léxico intimista de los poemas de la cuarta parte: cicatrices, tronco, alas, templanza, humanidad, manto, quebranto.

El léxico arquitectónico y monumental es muy preciso: raudal, Magdalena, Jabalcuz, Fuente de la Peña, lavaderos, campanario, facetas moriscas, catacumbas romanas. Esta precisión topográfica ancla el libro en lo real y evita la vaguedad del paisajismo convencional.

Destaca el uso del término «sierpe» frente a «lagarto» o «dragón»: la autora alterna los tres con criterio poético-semántico. «Sierpe» connota lo reptiliano y acuático; «lagarto» lo popular y local; «dragón» lo mítico y universal. Esta triada léxica recorre el libro y sustenta su carácter de mito en tres dimensiones: local, regional y universal.

7. Síntesis técnica

Las huellas de la Sierpe muestra una poeta con dominio técnico claro: conoce las formas cerradas y las usa con precisión (décimas, terza rima, sonetos, quintillas, romance), y sabe cuándo abandonarlas en favor del verso libre para dar paso a la voz más íntima. El símbolo de la sierpe está construido con coherencia y evoluciona a lo largo del libro sin agotarse. La variedad sensorial —visual, auditivo, táctil, con notas de gustativo y olfativo— confiere al libro una densidad perceptiva que invita a la relectura. El léxico combina con eficacia la precisión topográfica, la épica del mito y la delicadeza del intimismo. En conjunto, es una obra de mayor elaboración técnica de lo que sugiere su aparente sencillez.

Verso Recurso Efecto
sierpe engendrada, sal hacia el raudal Símbolo + imperativo Invocación que convierte a la sierpe en entidad convocable
La soga de la sierpe ata triunfante Metáfora simbólica La sierpe como fuerza que atrapa y retiene al visitante del monumento
La leyenda será ahora el camino… / La sierpe, cara a cara, a su destino Personificación La sierpe como ser con agencia narrativa propia
se comía los rebaños, / atemorizaba hombres Descripción épica La sierpe en su dimensión del terror colectivo
sierpe engendrada, sal hacia el raudal: / La Magdalena es un barrio fecundo Símbolo de fertilidad invertida La sierpe como origen oscuro de la vitalidad del barrio
Arrastrando, llegó la sierpe, acaso para hacerla callar Símbolo protector-ambigu La sierpe ya no aterra sino que calla al alma negra ante la belleza
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Elementos destacados · Las huellas de la Sierpe

Elementos destacados · Las huellas de la Sierpe

María Ángeles Solís del Río · Editorial Poesía eres tú, 2026

Los tres versos más poderosos del libro

Primer verso: «Tierra que sangra / cuando gritas. / Tierra de entrañas / de mujer.» (Olivo)

“Tierra que sangra / cuando gritas. / Tierra de entrañas / de mujer.”

Este fragmento, que abre y cierra el poema «Olivo» a modo de estribillo, es uno de los momentos de mayor densidad del libro. La identificación de la tierra con el cuerpo femenino —entrañas, sangre, grito— no es metáfora decorativa sino identitaria: la poeta se reconoce en la tierra que describe. La economía de medios es extrema: cuatro versos breves sostienen una imagen que condensa siglos de relación entre mujer y territorio. La repetición del fragmento al final del poema crea un efecto de necesidad, de cosa que no podía decirse de otro modo. La técnica que lo hace memorable es la anáfora de «Tierra» unida al encadenamiento sintáctico que niega la pausa final: la tierra sangra, grita, tiene entrañas, es mujer. No hay distancia entre sujeto y objeto.

Segundo verso: «Y reventó el Lagarto, rojo cielo, / iluminando todo.» (Reja de la Capilla)

“Y reventó el Lagarto, rojo cielo, / iluminando todo. Jabalcuz, / lanza un suspiro hacia nuestra Cruz / mientras regresa el poeta con su anhelo.”

La explosión del lagarto es el momento catártico del libro. Solís del Río no lo describe desde la repugnancia o el horror, sino desde la belleza: «rojo cielo, / iluminando todo». La muerte del monstruo es una iluminación. La técnica de la sinestesia cromática —el rojo del cielo que es a la vez la sangre del lagarto y el amanecer— convierte un acto de violencia en imagen de nacimiento. El verso es memorable porque resuelve la tensión dramática acumulada en los tres poemas anteriores de una sola imagen: la bestia explota hacia arriba, hacia el cielo, hacia la luz.

Tercer verso: «Ella sabía quién pintó las puertas de la Catedral de verde.» (Catedral)

“Ella sabía quién pintó las puertas de la Catedral de verde.”

El verso final del libro y del ciclo. La sintaxis es aparentemente prosaica, pero su efecto es perturbador: ¿quién pintó las puertas de verde? ¿La sierpe? ¿La belleza? ¿El tiempo? El alma blanca sabe, pero el lector no. Esta retención del secreto convierte el último verso en un umbral: el libro termina abriendo una pregunta que el lector lleva consigo. La técnica que lo hace extraordinario es la anticlímax: después de toda la épica del lagarto, la belleza y las dos almas, el libro cierra con un detalle doméstico-misterioso que es más inquietante que cualquier gran metáfora.

La imagen más original del libro

La imagen más sorprendente del libro es la de la constelación Draco como espejo arquitectónico de Jaén, desarrollada en el poema homónimo:

“Allá está, perdida en el firmamento, / lleva tu nombre una constelación, / simulando la forma de un dragón, / reflejando en Jaén su encantamiento.”

La originalidad de esta imagen radica en su doble movimiento: la serpiente terrestre que da nombre a la constelación celeste, y la constelación que a su vez «refleja» la sierpe en el suelo de Jaén. El cielo es el espejo de la tierra; la tierra, el espejo del cielo. Esta idea —que recoge la correspondencia cabalístico-neoplatónica entre el firmamento y el territorio (y que la sinopsis del libro vincula con la hipótesis de que la ciudad actúa como espejo de la constelación Draco)— es tratada por Solís del Río con naturalidad poética, sin pedantería. El verso «Reflejan a la sierpe en nuestro suelo» no necesita explicación: el lector lo entiende como imagen y lo siente como verdad.

La arquitectura del poemario

El elemento estructural más inteligente del libro es la progresión simbólica de la sierpe, que recorre las cuatro partes del libro con distinto valor semántico sin repetirse: presencia acuática convocada (Brazo de Mar, Parte I), amenaza petrificante de los monumentos (Baños Árabes, Parte II), bestia narrativa que es vencida y destruida (Leyenda / Reja de la Capilla, Parte III) y guardiana ambigua del misterio final (Catedral, Parte IV). Esta gradación no está explícita en el libro: el lector la descubre solo en la relectura, lo que le confiere al arco simbólico la naturalidad de lo necesario. La decisión de no cerrar el libro con la muerte del lagarto sino dejarlo aparecer una última vez en la catedral, ya transformado, es la que eleva el poemario por encima de la crónica versificada.

La voz: qué la hace inconfundible

Lo que María Ángeles Solís del Río hace que nadie más hace es convocar los monumentos como interlocutores. En la segunda parte del libro, los edificios hablan, escuchan y recuerdan. Tres rasgos definen esta voz:

1. La voz femenina como cronista de lo colectivo. No escribe sobre Jaén como turista ni como académica: escribe como alguien que siente que la memoria de la ciudad la pertenece y le pertenece. «La soga de la sierpe ata triunfante» (Baños Árabes): esa «triunfante» no es irónica ni distanciada; es la voz de alguien que ha sentido esa atadura.

“Cautiva, a paso lento. / Camina por la noche, mi alma errante. / Escapé de este cuento / con mi cuerpo jadeante: / La soga de la sierpe ata triunfante.”

2. La economía de la revelación. Los poemas breves de la segunda parte terminan siempre con un verso que abre más de lo que cierra. «pasado muerto que en tus sienes muerdes» (San Miguel): un verso que contagia al lector el mismo mordisco que el pasado le da a los muros.

3. La naturalidad del mito. Solís del Río habla de la sierpe, de la constelación y de las dos almas de la Catedral con la misma naturalidad con que podría hablar de la lluvia. No hay artificio mitológico: el mito es parte de la vida cotidiana jaenesa y la poeta lo trata como tal.

El poema imprescindible

El poema imprescindible del libro es «Magdalena», de la primera parte:

Mujer, sálvate y vuela,

que solo por ello,

pudo cambiar el mundo.

Mujer de alas manchadas

y de vuelo taciturno.

Mujer a la que amó un dios,

mujer apedreada entre el tumulto

de infieles.

Acosada por las sombras

de tormentas y tempestades,

el miedo hizo hueco

en tu corazón herido.

Salvar a tu criatura de las fauces de la bestia

que se escondía en la gruta

donde te atravesó aquel frío.

Mujer, un dios te guarda porque le amaste.

Y, te eligió, entre todas, por tus pasos perdidos.

Los brazos de la bestia no rozarán tus alas,

destruidas por la vida, apedreadas por el mundo.

La sierpe da un paso atrás

y el silencio se apodera

del vacío de la gruta

sin dañar tu fruto.

La tormenta ha terminado.

Sal a tierra firme,

sal a las calles empedradas

que se arrodillan a tu paso.

Las ruinas de San Miguel

te miran desde su pasado.

«Magdalena» es el poema imprescindible porque es el que convierte el libro en algo más que un recorrido poético por Jaén. La figura de Magdalena —mujer acosada, amada por un dios, apedreada por los hombres— reúne en un solo personaje toda la carga simbólica del libro: la sierpe como amenaza sobre lo femenino, la fe como escudo, la ciudad como espacio que a la vez oprime y libera. La anáfora de «Mujer» construye una letanía que es al mismo tiempo denuncia y celebración: denuncia del acoso y la marginación, celebración de la supervivencia y la elección divina. La sierpe que «da un paso atrás» no es una imagen de victoria heroica, sino de algo más profundo: la bestia retrocede ante la maternidad, ante el amor que salva a la criatura. Es el poema que el libro necesitaba para ser lo que es.

Síntesis final

Las huellas de la Sierpe merece ser leído porque es uno de esos libros que hacen algo que la poesía todavía puede hacer: devolver a un lugar su dimensión sagrada. Jaén no es aquí turismo ni patriotismo: es un cuerpo con memoria, una ciudad que habla, una tierra que sangra cuando la olvidan. Solís del Río escribe desde adentro, con la autoridad de quien ha caminado esas calles de piedra y ha sentido, como el preso de la leyenda, que hay algo que vale la pena arriesgar por ello. Para uso en materiales promocionales: «Un recorrido poético por Jaén que convierte el mito del lagarto en símbolo universal de la memoria, la identidad femenina y la belleza que vence a la bestia.»