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Elementos destacados. La respuesta (El amor es más que la vida), de Alejandro Lama Prada

Editorial Poesía eres tú, 2026. Poemario, 60 páginas. ISBN 979-13-87806-51-4.

La respuesta (El amor es más que la vida) es el primer poemario de Alejandro Lama Prada (Sevilla, 1978), que llega a la poesía después de tres libros propios: Cicatrices mojadas (2021), Erteado y acovidado: nivelao (2022) y Theia y sus géneros (2023). El autor declara en su sinopsis que el libro atraviesa la muerte de su padre. El cuerpo del poemario lo forman veintisiete poemas repartidos en tres secciones (APROXIMACIÓN, EN TRÁNSITO y SEGUIMOS), precedidos de una dedicatoria titulada “Agradecimiento”. Este documento no resume el libro: señala dónde está su calidad literaria y por qué.

1. Los tres versos más poderosos

Primero: el cierre de “El sendero”

Sintiendo
mi pregunta,
a tu espalda
la respuesta.

Son los versos que cierran el primer poema del libro y los que le dan título. El poema ha recorrido una vereda de flores, pinares y arboleda, un espacio donde el yo poético encuentra «Ausencia de tiempo, / una serena paz / y amor incondicional;», y remata con una inversión de la lógica de toda búsqueda. La pregunta no se formula: se siente. Y la respuesta no espera delante, en el horizonte hacia el que se camina, sino detrás, a la espalda, en lo ya vivido y en lo que acompaña sin dejarse ver. Es una intuición sencilla y de enorme alcance, porque el libro entero se escribe desde ella: quien pierde a alguien no encuentra consuelo avanzando, sino volviéndose. El propio autor ha hecho de esta idea su lema personal, “Si tienes alguna pregunta…, a tu espalda la respuesta”.

Técnica: el gerundio “Sintiendo”, aislado en un verso de una sola palabra, suspende la frase; después, el paralelismo pregunta/respuesta se resuelve con elipsis verbal. No hay “está” ni “hallo”: la respuesta sencillamente aparece.

Segundo: el cierre de “El lienzo”

Ya no te pierdo en la nubosidad,
eres la nube.

“El lienzo” se propone una tarea imposible, pintar la muerte de un ser querido, y la cumple con materiales de hospital: «Tintes de un tumor / se cuelan en el cuadro», pinceladas de paz y misericordia, un cuadro sin marco que acaba siendo «un lienzo inabarcable.». Tras esa travesía, el poema desemboca en dos versos que resuelven el libro entero. Las nubes, que el poemario contempla desde la primera sección, dejan de ser un lugar donde buscar y pasan a ser una identidad. La “nubosidad” es lo que desdibuja, la niebla donde el otro se pierde; “la nube” es forma, presencia, algo que se mira y se reconoce. El duelo cambia de signo en el paso de una palabra a otra.

Técnica: la derivación léxica (nubosidad / nube) opone dos palabras de la misma raíz con sentidos contrarios, y el segundo verso, brevísimo, cae con la contundencia de una revelación. El cambio del verbo “perder” al verbo “ser” completa la metamorfosis.

Tercero: la sentencia de “Luna de sangre”

Lo que se va,
está.
Lo que ya no está,
es.
De donde fue regresa.

Es el poema que abre SEGUIMOS, y estos versos funcionan como la tesis de toda la sección. El poeta se apoya en una distinción que solo el español permite con esa nitidez, la de “estar” y “ser”. Lo que se marcha sigue presente (está); lo que ya no está presente existe en su esencia (es). Donde otra lengua necesitaría una explicación, aquí bastan dos verbos. Es filosofía del duelo condensada en cinco versos, sin abstracciones ni vocabulario prestado, y con una serenidad que no niega el dolor: el poema se abre con una luna desgarrada, ensangrentada «en cada cráter / por la ausencia.».

Técnica: paralelismo estricto con los verbos aislados al final de verso, que obliga a la pausa y a la relectura. El último verso cierra con un quiasmo de movimiento, ir y regresar, que convierte la pérdida en un viaje de vuelta.

2. La imagen más original

La imagen más sorprendente del libro está en “Huellas de amor”:
No pierdo el tiempo
observando las nubes.
Es poesía:
Las esponjosas costillas
del cielo.
El blando esqueleto blanco
reposando
en el verde de la arboleda.

El poema parte de una mirada infantil: la hija del yo poético explica que las nubes son «Algodones de azúcar / que a los ángeles / han sobrado hoy,». El adulto recoge esa ternura y la lleva a un lugar inesperado. Las nubes pasan a ser costillas, esqueleto, anatomía. El esqueleto, emblema de la muerte en toda la tradición de las vanitas, aparece aquí despojado de espanto: es “blando”, “esponjoso”, “blanco”, y descansa sobre el verde, el color que en este libro significa esperanza. La muerte deja de ser algo que yace bajo tierra y se convierte en arquitectura del cielo.

La originalidad está en fundir lo tierno y lo macabro sin que chirríen. Entre la imagen de la niña y la del adulto, el poema deja una frase que explica la operación: «Escuchar la muerte / también es vivir.». La imagen, además, prepara el terreno de los dos grandes poemas de nubes de EN TRÁNSITO, “Mar de nubes” y “El lienzo”: el lector ya ha aprendido a mirar el cielo como cuerpo.

3. La arquitectura del poemario

Las tres secciones dibujan un recorrido: APROXIMACIÓN (diez poemas) enseña a percibir lo intangible; EN TRÁNSITO (ocho poemas) atraviesa el paso, con el hospital, las máquinas y la muerte; SEGUIMOS (nueve poemas) habita la permanencia. Ya el título de la última sección es una declaración: el libro no termina en una despedida en singular, sino en un presente en plural.

Pero el elemento estructural más inteligente es otro: un sistema de rimas temáticas que atraviesa las secciones. Las imágenes que se siembran en APROXIMACIÓN reaparecen transformadas en SEGUIMOS, de modo que el lector recorre dos veces el mismo sendero.

El fuego eterno. En “Instantánea”, un tronco descamado alimenta las ascuas «del fuego eterno / de mi muerta vida.». En “Maderas”, que también se abre con un árbol descamado, el corazón se compone para arder «en el fuego eterno de la vida,». Es el mismo fuego, pero la vida ha dejado de estar muerta.

La espalda. La respuesta está «a tu espalda» en “El sendero”; en “Desde el tacto”, la vida es la «que a nuestra espalda / se mueve.»; en “Maderas” y en “Ya no eres tiempo”, el lugar del amor pasa a ser «a la espalda de la muerte». La respuesta se ha desplazado de la espalda del yo a la espalda de la muerte.

El hilo. “El hilo amarillo” empieza con un gesto de costura: «Desenmaraño la bobina de hilo / y te voy enredando.». El libro se cierra en “El cuarto de la costura” con un «A punto de cruz / coses amor / en mi vida / y no te gusta dejar / hilo suelto.». Terminar un poemario con una puntada que no deja hilos sueltos es, literalmente, su declaración de principios.

La mano. “Desde el tacto” termina con «Dame tu mano, / pongamos contacto.»; EN TRÁNSITO se abre con «Tu mano estaba fría»; en SEGUIMOS, el yo poético afirma: «Sigo de tu mano».

El instante largo. Aparece por primera vez en “La risa que no escuché”, donde la oscuridad «Se dejó observar / un instante largo:»; se convierte en título de un poema de SEGUIMOS y regresa en “Umbral de pasión”: «sentir amar / un instante largo.».

Esta decisión eleva el conjunto porque convierte la tesis del libro en experiencia de lectura. Si la respuesta está a la espalda, el lector la encuentra exactamente así: reconociendo en cada poema algo que ya había leído antes. El duelo no se narra: se teje.

4. La voz: qué la hace inconfundible

Lo que Alejandro Lama Prada hace que nadie más hace es escribir el duelo desde los sentidos y no desde las ideas, y hacerlo con una sintaxis que suena a rezo. Cuatro rasgos lo sostienen.

Una poética de la emoción sensorial. El libro contiene su propio manifiesto: «No, / no es una idea la poesía. / Es una emoción:». Y nombra su procedimiento con precisión: «Convergen mis sentidos / en la sinestesia / de nuestro sentir». La presencia de quien falta se huele, se toca, se escucha. En “Restos de vida” el olfato es la vía más directa hacia el otro: «tus cenizas / huelan a mar,».

El hipérbaton sentencioso. El verbo se desplaza al final y la frase adquiere la rotundidad de un aforismo: «No es fe, / cuando se siente / certeza es.»; «Instante largo / el tiempo he tocado.». Es una cadencia de oración, coherente con un libro en el que, entre máquinas que avisan y médicos que corren, suena un «Rosario cantado,».

La paradoja como gramática. Vida y muerte se cruzan una y otra vez en quiasmos: «Donde ya la vida / no tiene muerte. / Y la muerte / es vida.»; «Regalo de vida, / muerte eterna viva.». El subtítulo del libro, “El amor es más que la vida”, da la clave: el amor es el tercer término que rompe la oposición.

Lo trascendente anclado en lo doméstico. La voz nunca se evapora en la abstracción, porque la sostienen objetos y costumbres concretos: «El sabor de una copa / de solera compartida.»; «Huelo tu colonia / paseando por el pasillo.»; «el humo de tu cigarro / me acompaña a la cama / impregnando mi almohada.». Lo eterno se reconoce en un pasillo, una almohada, un poyete de ventana.

A estos rasgos se suma un guiño de continuidad con la obra anterior del autor: en “Luna de sangre” la luna llora «de cicatrices mojadas», la misma expresión que da título a su primer libro, Cicatrices mojadas (2021).

5. El poema imprescindible: “Mar de nubes”

MAR DE NUBES

Antes de combinarse perfectamente
la oscura esperanza verde y el carmesí
violáceo al cordón de tu cuello, antes
de ser una envoltura vacía, antes
de que tu alma sea completa
y no esté envuelta. Antes

el eco de tu última conciencia
humana, dos palabras tiemblan
en las paredes de mi corazón:
Hola hijo.

Un cuerpo vital, valiente y servicial
en mi mano sigue escribiendo;
pues estoy vivo
y amando estás.

Suenan las hélices
de tu motor no quieto.

Esas preciosas nubes
son el surco de tus alas
que aún vuelan.

Ya el corazón deja de latir
Ya se para la respiración
Ya sigue el pulso libre del alma.

Ya no tiene límite…

Ni las cenizas, ni el sepulcro
ni las olas que ondean el cuerpo
frenan ya al amor infinito.

Blancas, grises, azules
llena el cielo de nubes
estás y sé que eres tú.

Iré construyendo tu orgullo de padre
en esas nubes que se lleva el viento.

Te quiero.

Pd: Allá,
al final de las nubes,
donde se pierde la luz
sé que brillas más.

Es el poema imprescindible porque reúne en una sola pieza todo lo que el libro hace bien. Empieza con una cuenta atrás: la anáfora de “antes”, cuatro veces repetida, retiene el instante previo a la muerte y lo tiñe con los colores del libro, el verde de la esperanza que ya había aparecido en “Duelo de amor” como «el verde esperanza.». En el centro de esa espera caen las únicas palabras que el padre pronuncia en todo el poemario: «Hola hijo.». Dos palabras bastan para sostener el poema.

Después, la muerte se escribe con la anáfora de “ya”, y los dos primeros versos de la serie quedan sin punto final, como si la respiración se detuviera también en la página. Y enseguida el poema remonta el vuelo con las imágenes aéreas que EN TRÁNSITO ha ido preparando, el «Tú sobrevolabas.» y el «Avioneta vuela.» de “Duelo de amor”: hélices, alas, nubes. El amor no lo frenan cenizas, sepulcro ni olas, y el hijo promete seguir construyendo el orgullo del padre. El remate es un hallazgo formal: una posdata, «Pd: Allá,», que convierte el poema en carta y deja la última palabra a la luz.

Síntesis final

La respuesta (El amor es más que la vida) merece ser leído porque hace algo poco frecuente: atraviesa la muerte de un padre sin retórica de consuelo y sin grandilocuencia, con los sentidos abiertos y una fe que el propio libro define como certeza. Alejandro Lama Prada no explica el duelo; lo huele, lo toca, lo escucha, y lo encuentra en una copa de solera, en el humo de un cigarro, en una nube que pasa. Su voz, hecha de hipérbatos que suenan a oración y de paradojas que cruzan la vida con la muerte, sostiene un poemario construido con inteligencia: veintisiete poemas en tres tiempos, aproximarse, atravesar y seguir, cosidos por imágenes que regresan transformadas. Es un libro para quien ha perdido a alguien y para quien todavía no, porque su pregunta es de todos y su respuesta, también.

Formulación para materiales promocionales:

La respuesta no está delante: está a tu espalda. Veintisiete poemas para descubrir que el amor es más que la vida.

Un libro que no pregunta por la muerte: la escucha.