Ensayo académico
Andrés Ignacio García-Pérez Tomás — Grupo Editorial Pérez-Ayala / Ediciones Amaniel
ORCID: 0009-0006-0733-8073
Estudio sobre Peripecias del hada torpe Titania, de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda (Ediciones Amaniel, Madrid, 2026. ISBN 979-13-992216-1-9).
1. Introducción: un bosque que no es decorado
Peripecias del hada torpe Titania, obra firmada por Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda y publicada por Ediciones Amaniel en Madrid en 2026, es una fantasía humorística en prosa compuesta por treinta y un episodios numerados y un anexo en verso. Su protagonista es un hada cuya torpeza constituye a la vez el motor cómico del relato y el núcleo de su tesis moral, y su escenario casi exclusivo, hasta que la segunda mitad del libro se abre a viajes cosmogónicos, es un territorio invernal llamado el Bosque Nevado. La crítica que se ha ocupado de la literatura fantástica ha tendido a leer este tipo de espacios como telón de fondo: un ámbito convencional, heredado del cuento maravilloso, sobre el que se proyectan las pruebas de la heroína. El presente ensayo parte de la hipótesis contraria. En el libro de Carrión Pascual y Varona Pereda el bosque no es un decorado, sino un sujeto: protesta, enferma, se defiende, recuerda, agradece y llora. Y lo que resulta más significativo para una lectura ecológica, los conflictos que lo afectan no se resuelven casi nunca mediante el prodigio, sino mediante formas humildes de trabajo sobre la materia viva: talar lo enfermo, abrir claros, dejar entrar la luz, podar, regar, entablillar.
Desde el primer episodio, la relación entre la protagonista y su entorno se formula en términos ambientales. Las caídas de Titania no son solo gags; tienen consecuencias sobre la vegetación. El narrador precisa que el Bosque Nevado, que soportaba sus impericias, «se estaba quedando sin paciencia vegetal», que sus aterrizajes forzosos habían aplastado brotes de primavera y que sus hechizos de embellecimiento habían desfigurado un abeto milenario. Los árboles hablan y se quejan, y unos chopos jóvenes consideran declararse en «huelga de fotosíntesis». Cuando la Reina de las Nieves reta a la protagonista a un duelo, el motivo que invoca es inequívocamente ecológico: «Eres un peligro público para el ecosistema». La comicidad del pasaje no anula su contenido. Al contrario, lo hace legible: el libro presenta desde su primera página un mundo en el que la acción de un individuo sobre el medio es objeto de juicio por parte del propio medio.
Este ensayo propone leer Peripecias del hada torpe Titania desde la ecocrítica, entendida en su formulación fundacional como el estudio de las relaciones entre la literatura y el entorno físico (Glotfelty y Fromm, 1996). La elección no pretende convertir una fábula humorística en un tratado ambientalista, ni atribuir a sus autores un programa que el texto no declara. Se trata de algo más acotado y, a la vez, más exigente: describir con precisión qué relación entre los seres humanos, las criaturas mágicas y la naturaleza construye el relato; qué soluciones considera legítimas ante el daño ecológico; qué figura ética propone como modelo, y qué límites tiene esa propuesta. La tesis que se defiende puede enunciarse así: el libro articula, bajo la superficie del cuento maravilloso, una ecología del mantenimiento, es decir, una concepción del cuidado del entorno basada en intervenciones pequeñas, materiales y continuadas, que la narración opone de forma explícita a la magia espectacular. El leñador que acompaña a Titania, un hombre que solo corta por necesidad, es la encarnación de esa ética, y la ciudad extractiva de Ferrum-Ker, en la segunda mitad del libro, funciona como su contrapunto negativo.
El recorrido se organiza en nueve secciones de desarrollo. Tras la exposición del marco teórico, se analiza la construcción de la naturaleza como sujeto en los episodios domésticos del Bosque Nevado y en la cosmología vegetal que el libro despliega a partir del episodio XI, con la Arborelia, la ninfa Akelia y el Espíritu de la Tierra. A continuación se examinan los dos episodios que mejor condensan la ecología del mantenimiento, el III, en el que un hongo parasitario se vence con luz y ventilación, y el XXII, en el que la sanación de una raíz enferma exige una poda. La sección siguiente estudia la ética del leñador, y la posterior aborda Ferrum-Ker como contrapunto ecológico. El ensayo se cierra con una reflexión sobre las tensiones que la propia ecocrítica ha señalado cuando se aplica a la literatura para lectores jóvenes, y con unas conclusiones que sintetizan los hallazgos. Las citas del libro se identifican por el número romano del episodio del que proceden.
2. Marco teórico: de la ecocrítica fundacional a la literatura para lectores jóvenes
La ecocrítica se consolidó como campo académico en el ámbito anglosajón a mediados de la década de 1990. Dos hitos suelen citarse como fundacionales. El primero es The Ecocriticism Reader: Landmarks in Literary Ecology, antología editada por Cheryll Glotfelty y Harold Fromm (1996), cuya introducción propuso la definición que aún hoy funciona como punto de partida: el estudio de la relación entre la literatura y el medio físico. El segundo es The Environmental Imagination, de Lawrence Buell (1995), que, con el Walden de Thoreau como piedra de toque, examinó los grandes temas de la escritura ambiental norteamericana y ofreció un conjunto de criterios para reconocer lo que llamó un texto de orientación ambiental. Entre esos criterios figuran que el entorno no humano aparezca como una presencia activa y no como mero marco, que el interés humano no se entienda como el único interés legítimo, que la responsabilidad humana hacia el entorno forme parte de la orientación ética del texto y que la naturaleza se perciba como proceso y no como algo fijo. La editorial de Harvard resume el libro subrayando, precisamente, temas como la personificación de lo no humano y la atención a los ciclos ambientales (Buell, 1995).
Diez años más tarde, el propio Buell (2005) trazó en The Future of Environmental Criticism una historia del movimiento en la que distinguía una primera fase centrada en la escritura de la naturaleza y en la defensa de lo no humano, y una segunda, más atenta a los entornos urbanos, a la justicia ambiental y a la construcción cultural de la idea de naturaleza. Greg Garrard (2012), en el manual de referencia de la colección New Critical Idiom, organizó el campo en torno a una serie de tropos recurrentes: la contaminación, lo pastoral, la naturaleza salvaje, el apocalipsis, la morada y los animales. Algunos de ellos resultan directamente operativos para leer Peripecias del hada torpe Titania: el hongo negro del episodio III es una figura de la contaminación; el Bosque Nevado, con su cabaña de leñador y sus criaturas parlantes, tiene mucho de pastoral; la amenaza de un silencio absoluto que borra el mundo, en los episodios XXVI a XXIX, participa de la retórica del apocalipsis; y la relación del leñador con su bosque es un ejemplo nítido de lo que Garrard, siguiendo una tradición filosófica de raíz heideggeriana, trata bajo el epígrafe de la morada.
Dos aportaciones de la historia de las ideas y de la filosofía ambiental completan el marco. Carolyn Merchant (1980) sostuvo en The Death of Nature que la revolución científica sustituyó una imagen de la Tierra como organismo vivo por otra de la Tierra como máquina, y que ese cambio de metáfora sirvió para legitimar la explotación. Val Plumwood (1993), desde el ecofeminismo filosófico, analizó la lógica del dualismo que separa jerárquicamente razón y naturaleza, y que convierte a la segunda en un fondo disponible para el uso. Ambas lecturas resultan pertinentes para Ferrum-Ker, la ciudad de hierro que el libro describe como una arquitectura concebida para mecanizar el espíritu de sus moradores. A ellas se suma la ética de la tierra de Aldo Leopold (1949), que propuso ampliar la comunidad moral a los suelos, las aguas, las plantas y los animales y que formuló un criterio de acción célebre: una cosa es correcta cuando tiende a preservar la integridad, la estabilidad y la belleza de la comunidad biótica, e incorrecta cuando tiende a lo contrario. Leopold describió además el tránsito del ser humano desde el papel de conquistador de la comunidad de la tierra al de simple miembro y ciudadano de ella. Esa fórmula será útil para caracterizar al leñador.
Tres referencias más, de naturaleza diversa, permiten precisar la idea de la naturaleza como sujeto que el libro pone en escena. Christopher D. Stone (1972) planteó, en un artículo jurídico que se convirtió en un clásico del pensamiento ambiental, la posibilidad de reconocer derechos legales a bosques, ríos y otros objetos naturales, y propuso que, cuando un amigo de un objeto natural lo percibiera amenazado, pudiera solicitar ante un tribunal la creación de una tutela en su nombre. Michael Marder (2013), desde la filosofía continental, reivindicó el pensamiento vegetal como una forma de vida capaz de resistir la lógica de la totalización y de exceder los estrechos límites de la instrumentalidad. Y Robin Wall Kimmerer (2013), botánica y miembro de la nación potawatomi, reunió en Braiding Sweetgrass el conocimiento científico de las plantas y el saber indígena para defender que el despertar de una conciencia ecológica más amplia exige reconocer una relación recíproca con el mundo natural. Por último, conviene tener presente un dato de la ecología forestal que el libro parece convocar cuando habla de una red subterránea que comunica a los árboles: el trabajo de Suzanne W. Simard y sus colaboradores (1997), que demostró en condiciones de campo la transferencia bidireccional de carbono entre especies arbóreas a través de conexiones de hongos micorrícicos.
En el ámbito hispánico, la ecocrítica llegó con cierto retraso. Niall Binns (2010) constató en el primer número de la revista Ecozon@ la distancia entre una crítica hispanoamericana muy atenta a los desastres ecológicos del continente y una escena española en la que eran escasos los poetas comprometidos con el entorno. El volumen colectivo Ecocríticas. Literatura y medio ambiente, editado por Carmen Flys Junquera, José Manuel Marrero Henríquez y Julia Barella Vigal (2010), se propuso presentar la escuela a los lectores de lengua española e incluyó, significativamente, una sección dedicada a las leyendas y a la literatura infantil y juvenil, en la que Esther Laso y León (2010) estudió el nacimiento de una conciencia medioambiental en esa literatura. Marrero Henríquez (2014) defendió después la pertinencia de la ecocrítica como ocasión para superar el viejo debate sobre el compromiso social de la literatura y la lógica binaria que lo sustentaba.
La relación entre ecocrítica y literatura para lectores jóvenes tiene, además, su propia bibliografía. Sidney I. Dobrin y Kenneth B. Kidd (2004) editaron Wild Things, el primer estudio de conjunto sobre la cultura infantil desde la perspectiva ecocrítica. Clare Echterling (2016) observó que buena parte de los libros ambientales para niños publicados en Estados Unidos se concentran en gestos individuales de buena conducta y desatienden las conexiones entre degradación ambiental y problemas sistémicos. En España, María del Mar Campos Fernández-Fígares y Gloria García-Rivera (2017) propusieron releer clásicos juveniles a la luz de la ecocrítica para hacer de la educación literaria una aliada de la educación ambiental, mientras que Juan García Única (2017) advirtió de una tensión de fondo: la ecocrítica aplicada a los libros para niños tiende a construir relatos holísticos que disuelven las contradicciones mediante cosmovisiones míticas y que a veces anteponen la adhesión a una causa a la formación de lectores. Esta última advertencia será decisiva en la sección novena de este ensayo, porque Peripecias del hada torpe Titania participa a la vez del holismo mítico que García Única somete a crítica y de una atención concreta al trabajo material que lo corrige.
3. El bosque que protesta: la naturaleza como sujeto en los episodios del Bosque Nevado
La personificación de la naturaleza es un recurso tan antiguo como la fábula y, por sí sola, no convierte un texto en ecológico. Lo que interesa en Peripecias del hada torpe Titania no es que los árboles hablen, sino qué dicen, a quién se dirigen y qué consecuencias tiene su palabra dentro del relato. En el episodio I, la queja del roble centenario que agita sus ramas contra la protagonista tiene la estructura de una reclamación colectiva: se dirige a un grupo de chopos jóvenes, invoca un daño concreto en un lugar concreto, la ladera del Cerro del Suspiro Congelado, y lo compara con el paso de una manada de troles. La comunidad vegetal se presenta como un cuerpo con memoria del perjuicio y con capacidad de organizarse, hasta el punto de amenazar con una huelga. El humor procede del contraste entre el registro sindical y el sujeto vegetal, pero ese contraste solo funciona si el lector acepta la premisa de que los árboles tienen intereses propios. En términos de Buell (1995), el entorno no humano no aparece aquí como marco, sino como presencia que reclama.
Esa premisa se mantiene a lo largo de los episodios autoconclusivos. En el episodio VII, cuando la gata montesa Iriska ha sido convertida en estatua de hielo por el mago Kaldurio y el sol de primavera amenaza con derretirla, la protagonista convoca a todos los habitantes del bosque y son los árboles los primeros en responder: «Nosotros extenderemos nuestras ramas para dar sombra a la estatua de hielo». La escena es breve, pero decisiva para la tesis de este ensayo. Los árboles no son aquí un recurso que alguien utiliza, sino agentes que ofrecen su propio cuerpo para una acción cooperativa, junto a las aves, que baten las alas para mantener la temperatura, y al leñador, que construye una caseta. La solución del conflicto no la produce un hechizo, sino una suma de contribuciones materiales, y la naturaleza figura entre los contribuyentes. La ecocrítica ha insistido en que la agencia no humana no tiene por qué ser espectacular para ser real; en este episodio, la agencia de los árboles consiste simplemente en dar sombra, que es lo que los árboles hacen.
El episodio IV, en el que Kaldurio congela las emociones de los habitantes del bosque, aporta otro dato. El villano ha sido expulsado de la Asamblea General de Magos Sabios, según precisa el texto, «por sus continuos daños a la naturaleza». La primera caracterización del antagonista recurrente del libro es, por tanto, ambiental. Kaldurio no es malvado en abstracto, sino un mago que ha dañado el entorno y que ha sido sancionado por ello por una institución de su propio gremio. Resulta significativo que el remedio contra su hechizo sea la risa compartida y la conversación con el Gran Alerce, el árbol patriarca del bosque, al que Titania acompaña toda una tarde contándole pequeños sucesos cotidianos. El descongelamiento emocional del bosque empieza cuando el árbol sonríe: la savia, antes espesa y fría, vuelve a fluir, y esa señal se transmite al resto de la comunidad. Lo vegetal aparece de nuevo como centro de irradiación de la vida colectiva.
El episodio IX desplaza el foco al subsuelo y lo convierte en un espacio social. El tejón Rokadio, que se presenta como ingeniero de caminos subterráneos, y el topo Okano, custodio de los salmos necesarios para activar el Musgo Lunar, entran en conflicto por el ruido de las excavaciones, y el topo, en un ataque de furia, «royó el sistema radicular del Gran Alerce». El daño al árbol es consecuencia directa de un conflicto entre dos animales, y su curación requiere que ambos se reconcilien. El Musgo Lunar, descrito como «un liquen legendario capaz de soldar cualquier fibra viva», solo despierta cuando el topo canta, y es entonces cuando las raíces del árbol se sellan. La moraleja explícita del episodio concierne a la convivencia entre vecinos, pero su estructura profunda es ecológica: la salud del árbol depende de la calidad de las relaciones entre los seres que comparten el suelo. El libro no separa el orden moral del orden natural; los presenta como dos caras de un mismo tejido.
Esa continuidad entre lo moral y lo natural culmina en el episodio XXXI, cuando muere el leñador. Los antiguos robles y abetos se inclinan hacia su cabaña y doblan las ramas hasta el suelo, «como si los gigantes del bosque hincaran la rodilla para rendir un último y sentido homenaje al viejo leñador que tanto los había cuidado». Pequeñas flores invernales rompen la escarcha alrededor de la casa. El bosque, que en el episodio I protestaba contra la protagonista, llora ahora a quien lo cuidó. Entre ambos extremos del libro se dibuja un arco: la naturaleza que juzga, en la primera página, es la misma que agradece en la última. Y lo que determina su juicio no es la potencia mágica de los personajes, sino la calidad de su trato con ella. El texto llega a precisar que, tras la muerte del hombre, la ausencia de la figura que durante décadas había despejado senderos y alimentado criaturas en los días de penuria dejó un vacío que sumió a los habitantes del bosque en el recelo. El cuidado, en este relato, no es un sentimiento, sino una práctica cuya desaparición se nota.
Cabe añadir que la personificación opera también en sentido inverso. En varios pasajes, la protagonista es descrita con imágenes vegetales o telúricas, y su aprendizaje consiste, según Akelia en el episodio XII, en abandonar una magia basada en la superioridad para adoptar otra basada en la conexión con el mundo. El Manual que las hadas creían perdido no es, en palabras de la ninfa, un pergamino de fórmulas, sino «una idea, una enseñanza de comprensión e integración con todo el entorno». La definición es casi programática. Si la magia de las hadas de alta alcurnia es una técnica de dominio, la magia que el libro valida es una forma de relación, y la torpeza de Titania, releída desde este punto de vista, es el síntoma de haber intentado aplicar la primera cuando le correspondía la segunda. Esta lectura no agota el sentido de la torpeza, que tiene también una dimensión cómica y existencial estudiada en otros trabajos, pero muestra hasta qué punto la cuestión ecológica está trenzada con el eje moral del libro.
4. Arborelia, Akelia y el Espíritu de la Tierra: una cosmología vegetal
A partir del episodio X, el libro abandona la estructura de episodios cerrados y construye una mitología propia del bosque. El Fresno Silente, un árbol del Dosel Viejo que emite un latido apagado, está cayendo en un letargo mortal, y el leñador y Titania descubren que necesita un Corazón de Madera para despertar. Antes de que se revele la dimensión mítica del asunto, el texto justifica la urgencia en términos que un lector contemporáneo reconoce como ecológicos: «Los altos fresnos eran los cimientos del Bosque Nevado, los anclajes de la vida forestal y climática». La enfermedad de un árbol viejo no es un problema local, sino una amenaza para la estabilidad de todo el sistema. El episodio XI explica después que la ninfa Akelia, nacida del propio fresno, estaba unida espiritualmente al tejido que conectaba a toda la arboleda, «actuando como el sistema nervioso del bosque», y que su deber consistía en proteger a los Grandes Árboles, pilares milenarios que anclaban la vida y regulaban el clima.
La figura que sostiene esta cosmología es la Arborelia, madre de Akelia, descrita como «la deidad primigenia y espíritu mismo del bosque, una fuerza terrenal que personificaba la voluntad de la flora para sobrevivir». La formulación merece atención. La divinidad del bosque no es un espíritu trascendente que reside fuera de la materia vegetal, sino la personificación de una voluntad de supervivencia inmanente a las plantas. En un sentido que no es necesario forzar, el libro se aproxima aquí a la reivindicación filosófica de la vida vegetal que Marder (2013) formula como resistencia a la instrumentalidad: las plantas quieren vivir, y ese querer tiene nombre propio. En el episodio XXVIII, el bibliotecario Kelbuk vuelve sobre el nombre y lo glosa como evocación de la arquitectura viviente de los Grandes Árboles y de la voluntad intrínseca de la flora para sobrevivir y florecer. La insistencia es deliberada: el principio sagrado del mundo del libro es, literalmente, el deseo de vivir de los árboles.
El despertar del Fresno Silente, en el episodio XI, contiene además una imagen que invita a un diálogo con la ecología forestal. Cuando el Corazón de Madera se funde con el árbol, «la profunda red de hifas y micelios subterráneos se encendió con destellos esmeralda», transmitiendo el impulso vital a leguas de distancia. No se trata de sostener que el libro se inspire en la investigación científica, dato que no consta, sino de observar una convergencia de imaginarios. El trabajo de Simard y sus colaboradores (1997) demostró que dos especies de árboles conectadas por hongos micorrícicos intercambian carbono en ambas direcciones, y esa investigación contribuyó a difundir la imagen de los bosques como redes cooperativas y no como meras sumas de individuos en competencia. La fantasía de Carrión Pascual y Varona Pereda traduce esa imagen al lenguaje del cuento maravilloso: el bosque tiene un sistema nervioso, una red de hifas por la que circula la vida, y una guardiana que lo encarna.
Esta cosmología incluye, además, una concepción del mal. Los Lokardos, antagonistas de la primera mitad del ciclo mítico, son presentados como «espíritus locales malignos de la sequía y la desesperación», torbellinos de ceniza que sorben la humedad de las hojas y que atacan a Akelia con un aire infestado de desidia y olvido. Sequía, desecación y olvido forman en el libro un solo campo semántico. La ninfa, bajo su influjo, empieza a olvidar los nombres de las flores y el lenguaje de los pájaros, y los arroyos que cantaban se congelan en hilos de hielo turbio. La degradación ecológica aparece así ligada a la pérdida de la memoria y del lenguaje, un motivo que la segunda mitad del libro desarrollará a escala cósmica. Para una lectura ecocrítica, el vínculo resulta sugerente: la destrucción de un ecosistema es también la destrucción de un repertorio de nombres, relaciones y saberes, y el cuidado del entorno exige recordar.
La tercera figura de esta cosmología es el Espíritu de la Tierra, anunciado desde los episodios V y IX como un rumor en las raíces y aparecido en el episodio XXI. Su función es la más interesante desde el punto de vista de una ética ecológica. Cuando el grupo pretende eludir el precio que exige el Velo de la Aurora, que requiere que uno de sus miembros se convierta en centinela de piedra, el suelo protesta y el narrador especifica que no se trataba de una sacudida orográfica, sino de «la propia estructura del ecosistema protestando ante la audaz imprudencia de desafiar el orden tradicional». El coloso que emerge es descrito como el juez encargado de vigilar que nada fuera eterno sin pagar su tributo a la muerte, y el texto explica su razón: «pues sin fin no hay renacimiento». Su reproche a la protagonista resume una concepción cíclica de la naturaleza: «La vida solo avanza si algo se entrega a cambio».
El Espíritu de la Tierra encarna, por tanto, lo que Buell (1995) consideraba uno de los rasgos del texto de orientación ambiental: la percepción del entorno como proceso y no como estado fijo. El libro no idealiza una naturaleza inmutable ni promete una eternidad sin pérdidas. Admite la muerte como parte del ciclo y rechaza la inmortalidad estéril. Titania, en su respuesta, no niega esa ley, sino que la matiza: «No busco detener la caída de la hoja», dice, sino asegurar que la tierra que la recibe no sea devorada por el vacío antes de que la semilla despierte. El conflicto se resuelve sin que el ciclo se detenga, fundiendo el Velo con el aire mediante la música de la ninfa y el golpeteo rítmico del hacha del leñador contra el suelo, que el narrador describe como «la persistencia del trabajo que doma la naturaleza sin destruirla». La fórmula es ambivalente, porque el verbo domar conserva un rastro de dominio, pero el complemento lo corrige: el trabajo aceptable es el que no destruye.
Conviene subrayar que esta cosmología, por elaborada que sea, no sustituye a la ecología práctica de los primeros episodios, sino que la fundamenta. El Corazón de Madera del Fresno Silente no se reactiva por un hechizo, sino por lo que Akelia llama un acto noble, y ese acto lo realiza el leñador, cuya integridad consiste en que «solo tomaba del bosque lo necesario para vivir». Los otros cuatro Corazones, en los episodios XIII a XVI, se reactivan por gestos humanos igualmente modestos: una campesina que desvía el agua hacia un árbol, un pastor que talla juguetes, un hombre que renuncia a su estatua, una joven que mueve una piedra. La mitología del libro, en suma, no sacraliza la naturaleza para ponerla fuera del alcance humano, sino para conferir dignidad a las acciones humanas que la sostienen.
5. La ecología del mantenimiento (I): el hongo negro, la luz y la ventilación
El episodio III, titulado “La flor del odio”, es el que mejor condensa la propuesta ecológica del libro, y conviene leerlo con detenimiento. Se abre con una indicación que sitúa a la protagonista en una actitud de responsabilidad ambiental antes incluso de que aparezca el conflicto: Titania vaga por el bosque «meditando sobre cómo preservar el hermoso entorno natural del bosque para evitar desastres naturales y que todos pudieran sentirse responsables». La frase, que podría parecer un simple arranque convencional, anticipa la clave del episodio: el cuidado del bosque es una responsabilidad compartida y preventiva, no una hazaña reservada a un salvador.
El conflicto es una enfermedad a la que los sabios del bosque llaman la Flor del Odio. El narrador desmonta inmediatamente la retórica del nombre: «En realidad, era un hongo negro, un parásito que trepaba por los troncos como venas de alquitrán». El gesto es significativo. Donde la tradición del cuento maravilloso tendería a ver una maldición, el texto ve un fenómeno natural con causas identificables. Las hadas del consejo, sin embargo, siguen pensando en términos de magia y ensayan sin éxito conjuros y pociones antiguas, hasta que, desesperadas, acuden a Titania con la esperanza de que un desastre suyo anule el otro. La protagonista hace entonces algo que ninguna de ellas había hecho: observa. El texto indica que miró las manchas oscuras con la mirada práctica de quien ha pasado horas viendo a un hombre solitario limpiar su casa, y el resultado de esa observación es un diagnóstico ecológico en sentido estricto: «Notó que el hongo evitaba los claros donde el sol, aunque débil, lograba tocar el suelo». El narrador precisa a continuación que el hongo se alimentaba «del aire viciado y de la madera ya podrida que las hadas, en su afán por mantener el bosque intacto, se veían incapaces de retirar».
Esta última frase contiene una crítica que no conviene pasar por alto. Las hadas no han causado la enfermedad, pero la han favorecido por un exceso de celo conservacionista. Su afán por mantener el bosque intacto, es decir, por no tocar nada, ha permitido que se acumulen la madera muerta y el aire estancado de los que se nutre el parásito. El libro distingue así entre dos maneras de relacionarse con la naturaleza que la ecocrítica también ha distinguido: la preservación entendida como no intervención, próxima al ideal de la naturaleza salvaje intocada que Garrard (2012) examina críticamente, y la gestión entendida como trabajo continuado sobre un sistema vivo, más próxima a la tradición geórgica y a lo que el propio Garrard trata bajo la noción de morada. Las hadas representan la primera; Titania y el leñador, la segunda.
La solución es, en consecuencia, material. Titania anuncia a sus compañeras que no necesita varitas y que va a pedir ayuda a su amigo para hacer «una limpieza profunda». El leñador llega con su hacha y tala los árboles enfermos, abriendo un claro, mientras las hadas ancianas gritan herejía y sacrilegio. La protagonista se limita a usar un pequeño destello de su magia para apartar las nubes que impedían la entrada de la luz. Al contacto con los rayos del sol y el aire renovado, los microorganismos del hongo se disuelven. El narrador lo resume en una frase que puede leerse como el lema de todo el libro: «El hongo no necesitaba un contrahechizo; necesitaba higiene y ventilación». La moraleja institucional la aporta una nota irónica en el manual de la Academia de Taumaturgia: «En caso de oscuridad persistente, consultar con el servicio de mantenimiento».
El humor del pasaje procede del choque entre dos concepciones de la naturaleza. Para las hadas, dice el texto, la magia era un susurro inaprensible, no el sudor de un leñador y el serrín esparcido por los aires. Su reacción ante el primer tronco caído, «¡Es una carnicería estética!», revela que su relación con el bosque es contemplativa y ornamental. La belleza del bosque les importa más que su salud. El leñador, en cambio, ajusta el ángulo del corte con la precisión de un cirujano de la madera, imagen que el texto elige con cuidado: la tala no es aquí una agresión, sino una intervención terapéutica. Cuando los brotes verdes renacen con una solidez que las pociones nunca lograron, el desprecio de las hadas se convierte en confusión silenciosa, y el narrador concluye que la enfermedad se curó con la combinación del trabajo duro del leñador y la lógica funcional del hada.
Es necesario advertir la complejidad ética de este episodio, que una lectura apresurada podría simplificar. Para curar el bosque hay que talar árboles. El libro no esquiva esta paradoja; la escenifica. La tala selectiva de ejemplares enfermos para salvar al conjunto es una práctica real de la selvicultura, y su presencia en una fábula para lectores jóvenes tiene un valor pedagógico evidente: desmiente la idea de que cuidar la naturaleza equivale a no tocarla. Pero el texto tampoco convierte la tala en un gesto trivial. El claro que se abre es descrito como un hueco masivo en el centro del bosque, y cada golpe de hacha resuena como un trueno de cruda realidad. La intervención tiene un coste, y el libro lo registra. Lo que la legitima es su finalidad y su medida: se cortan los árboles enfermos, no los sanos, y se corta para que el conjunto viva.
Desde la perspectiva de Leopold (1949), el episodio puede leerse como una aplicación intuitiva de su criterio. La acción del leñador es correcta porque tiende a preservar la integridad y la estabilidad de la comunidad biótica, aunque para ello sacrifique a algunos de sus miembros. La reacción de las hadas, en cambio, privilegia la belleza en detrimento de la integridad, y por eso resulta insuficiente. El libro no formula esta distinción en términos filosóficos, pero la dramatiza con precisión. Y añade algo que Leopold no necesitaba subrayar: que la solución material es también la más humilde. Frente al orgullo de las hadas de alta alcurnia, que en el episodio V pretenden reanimar una cueva con conjuros de iluminación y discursos motivacionales en verso heroico, la ecología del mantenimiento carece de prestigio. Consiste en limpiar, ventilar y dejar pasar la luz.
6. La ecología del mantenimiento (II): la Raíz Herida, la poda y el agua desviada
Si el episodio III establece el principio de la ecología del mantenimiento en el registro doméstico del Bosque Nevado, el episodio XXII lo traslada a la escala cósmica de la segunda mitad del libro, lo que demuestra que no se trata de un rasgo aislado sino de una constante de la obra. El contexto es muy distinto. Tras integrar el Velo de la Aurora en el aire, la protagonista, Akelia y el leñador intentan acceder a Áureo, una ciudad flotante de oro y de tiempo suspendido, y son rechazados en sus puertas porque, según comprenden después, llevan consigo la impureza de la batalla. La propia Titania lo formula con una expresión que merece recordarse: «Somos ruido terrenal, Akelia». La ciudad de la virtud perfecta no admite el barro de quienes han luchado. Cabría esperar que la respuesta a ese rechazo fuera una prueba espiritual o una purificación mística. El libro, sin embargo, elige otra vía.
El grupo comprende que, para ascender de nuevo, debe primero descender. El texto lo expresa con claridad: «Debían encontrar y sanar la Raíz Herida en el subsuelo». Y añade una condición que invierte la jerarquía habitual entre lo espiritual y lo material: «Solo cuando la tierra recuperara su composición armónica, sus propias emociones cambiarían». La transformación interior de los personajes no precede al cuidado de la tierra, sino que depende de él. La purificación que Áureo exige no se obtiene mediante la ascesis, sino mediante el trabajo sobre una raíz enferma. Es difícil encontrar una formulación más nítida, dentro de una fantasía, de la idea de que la salud moral de los seres humanos está ligada a la salud del entorno que habitan.
El descenso conduce a un océano de resina lechosa que alimenta a todos los bosques. En su centro, «la Raíz Herida se retorcía, ennegrecida por una gangrena que plañía un duro lamento de socorro». La imagen médica de la gangrena anticipa la naturaleza de la cura. Cada uno de los tres personajes aporta algo distinto: Titania vierte sobre la herida su energía de ninfa, Akelia canta una melodía de crecimiento y el leñador interviene con su herramienta. El pasaje central dice así: «Y el Leñador, con su hacha, podaba con precisión las excrecencias venenosas que asfixiaban el flujo de la reanimación». La poda, práctica agrícola y selvícola por excelencia, es la intervención que permite que la savia vuelva a circular. Una vez más, el hacha no destruye, sino que sana; y una vez más, la solución combina un gesto material y medido con la contribución de la magia y del canto, sin que ninguno de los tres baste por sí solo.
El paralelismo con el episodio III es evidente. En ambos casos hay una enfermedad vegetal con apariencia de mal sobrenatural, en ambos la magia sola resulta insuficiente y en ambos el leñador interviene cortando lo enfermo para que lo sano viva. Pero la diferencia de escala es significativa. En el episodio III se trataba de un rincón del Bosque Nevado; en el XXII, de la raíz que alimenta a todos los bosques. El libro sugiere así que la lógica del cuidado es la misma en lo pequeño y en lo grande, y que no existe un nivel de la realidad, ni siquiera el de las ciudades celestes, que pueda prescindir de ella. El ascenso a Áureo, en el episodio XXIII, es posible porque la raíz ha sido sanada: el tránsito desde el subsuelo hasta las nubes se describe como una exfoliación de todo lo negativo, y los personajes dejan de ser ruido terrenal no por haberse elevado, sino por haber cuidado la tierra.
Otros dos episodios completan este repertorio de intervenciones mínimas. En el XIII, la búsqueda del Corazón del Oeste conduce a Titania hasta Ekara, una campesina anciana que despeja un canal de lodo seco para desviar la última agua de un arroyo hacia un tilo moribundo. Preguntada por qué lo hace, ofrece una explicación que es, en rigor, un argumento de ecología del paisaje: «Mi abuelo me enseñó que las raíces de este árbol son las que sostienen las tierras de la ladera para evitar deslizamientos». Su propia cosecha se ha perdido, pero el árbol sostiene el suelo del que depende la comunidad. El saber que la guía no procede de los libros de magia, sino de la transmisión oral y de la observación del terreno, y el texto lo subraya con una frase que funciona como crítica de la magia libresca: la magia refinada de los libros, dice el narrador, pocas veces tiene en cuenta las necesidades de quien trabaja con las manos. Cuando el Corazón se reactiva al contacto de la mano de Ekara, sucia de cieno, la campesina resume su acción con una sobriedad ejemplar: «Solo busqué lo que realmente necesitaba: agua».
En el episodio VIII, por su parte, la curación de la pata del lobo Berenkario vuelve a separar con nitidez lo que puede la magia y lo que puede el trabajo. La media varita de Titania, que falla con las fracturas serias, solo consigue hacer crecer una flor espinosa junto a la herida, y la protagonista lo reconoce: «La magia debe tener un sustento real para ser útil». El leñador inmoviliza el hueso con ramas recias y corteza de sauce, y la nana que canta Titania insiste en la misma idea al afirmar que lo que libera la pata del mal «es el remedio de un lazo sencillo». Aunque este episodio concierne a un animal y no a una planta, su lógica es idéntica a la de los episodios III y XXII: el prodigio no sustituye a la técnica humilde; a lo sumo la acompaña.
Estos pasajes permiten precisar el concepto de ecología del mantenimiento que este ensayo propone. No se trata de una ideología de la no intervención, ni de una exaltación de la técnica, sino de una ética de la intervención medida, continuada y orientada al conjunto. Sus rasgos son cuatro: la observación previa del sistema, como la que Titania realiza ante el hongo; la preferencia por gestos materiales y proporcionados, como la tala selectiva, la poda o el riego; la cooperación entre agentes distintos, humanos, mágicos y vegetales, y la subordinación del interés particular al del conjunto, como en el caso de Ekara. La magia, en este esquema, no desaparece, pero pierde su centralidad: se convierte en un complemento, un destello que aparta las nubes o una chispa que acelera la soldadura de un hueso, y deja de ser la solución.
7. La ética del leñador: cortar solo por necesidad
Ninguna figura del libro concentra tanto sentido ecológico como el leñador, personaje sin nombre propio que acompaña a Titania desde el episodio I hasta su muerte en el XXXI. Su oficio podría hacer de él, en otro tipo de relato, el antagonista natural de un bosque personificado: es un hombre que corta árboles. La operación central de Peripecias del hada torpe Titania consiste precisamente en convertir esa figura potencialmente hostil en el guardián moral del bosque, y lo hace mediante una caracterización insistente y coherente que se construye a lo largo de toda la obra. El leñador no es un conservacionista que se abstiene de cortar, sino un trabajador que corta con medida. En esa diferencia reside su interés para una lectura ecocrítica.
La primera formulación explícita de su ética aparece en el episodio X, cuando Titania le pide que despierte el Corazón de Madera con el ritmo de sus manos y le dice: «Tú no solo cortas árboles secos: tú los conoces, sientes su aliento». Al final del mismo episodio, la protagonista resume la lección con una fórmula que define el horizonte del personaje: «Tu fuerza no es solo para derribar lo que ha muerto, sino para sostener lo que debe vivir». Lo que califica al leñador no es la abstención, sino un conocimiento íntimo del material con el que trabaja. Su saber es el de quien ha tratado durante décadas con los árboles y ha aprendido a distinguir lo que debe caer de lo que debe permanecer. El episodio XI explica que precisamente esa cualidad lo convierte en la pieza que faltaba para despertar el Fresno Silente: su integridad consistía en que solo tomaba del bosque lo necesario para vivir, y por eso era el eslabón voluntario para la continuidad de la simetría del lugar. Akelia, al renacer, lo reconoce en términos idénticos al inclinarse ante «la pureza de un hombre cuya bondad solo tomaba de la tierra lo que necesitaba para abrigar el hogar».
En el episodio XII, la ninfa le entrega un hacha de doble hoja forjada en las Fraguas Volcánicas del Norte y bendecida por el Espíritu de la Tierra, y acompaña el regalo de una consigna que es, en rigor, un código de conducta: «No permitas que la codicia dirija tu filo; corta solo por justa necesidad». La herramienta mágica no amplía el derecho del leñador a cortar, sino que lo condiciona. El texto precisa, además, que el arma solo responderá ante un corazón que camine en sintonía con la tierra. En la lógica del libro, el poder técnico está subordinado a una disposición ética, y esa disposición se define por la limitación del propio consumo. La idea tiene un eco claro en la ética de la tierra de Leopold (1949), que no pretendía impedir la alteración, el manejo y el uso de los recursos, sino afirmar su derecho a la existencia continuada y cambiar el papel del ser humano de conquistador a miembro y ciudadano de la comunidad biótica.
La formulación más memorable de esta ética la ofrece el propio leñador en el episodio XXX, cuando, durante el banquete de la concordia, canta una canción marcando el ritmo con el mango de su hacha contra un tronco. En ella se presenta como el más duro trabajador y declara, en dos versos consecutivos: «No talo por antojo» y «solo por necesidad». La estrofa siguiente añade una escena de cortesía hacia el árbol que puede leerse como la forma popular de una ética de la reciprocidad: el viejo roble lo saluda lleno de savia y vigor, y el leñador responde con la petición de permiso, «Le pido la venia y ayuda», que cierra con la fórmula «con respeto y honor». La canción, de versos breves y estribillo reiterado, no tiene pretensiones literarias; su función es caracterizar al personaje con la sencillez del cantar de oficio. Pero su contenido es preciso: el leñador corta, lo dice sin rodeos, y justifica su corte por la necesidad de su hogar y de su vecindad, a la vez que se dirige al árbol como a un interlocutor al que se pide permiso.
Esta ética del permiso y de la necesidad presenta afinidades con la reciprocidad que Kimmerer (2013) propone como base de una conciencia ecológica, construida a partir del reconocimiento de los dones que el mundo natural ofrece y de la obligación de corresponder a ellos. Sería excesivo atribuir al libro una fuente indígena que no declara, y el leñador no es un personaje etnográfico, sino una figura del cuento europeo. Lo que la comparación permite ver es que la fábula de Carrión Pascual y Varona Pereda recupera, dentro de su tradición, una intuición compartida por muchas culturas: que la extracción de recursos puede ser legítima si es limitada, si responde a la necesidad y si se acompaña de una actitud de respeto hacia aquello de lo que se toma. Frente a la dicotomía entre explotación y preservación, el leñador representa una tercera vía, la del uso responsable.
La ética del leñador tiene también una dimensión pedagógica que el libro explicita en el episodio II, cuando el hombre se convierte en mentor de Titania. Le enseña a canalizar su magia mediante tareas sencillas, arreglar goteras, encender la chimenea, transformar ramas caídas en leña, y le transmite la idea de que la verdadera fuerza no reside en el tamaño del destello, sino en el cuidado de los detalles. Su consejo más importante concierne a la relación con el entorno: «no trates de cambiar el bosque, Titania, ayúdalo a recordar lo que ha olvidado para que pueda aprender de sus errores». La frase contiene una concepción de la acción ecológica que evita tanto la pasividad como la ingeniería: no se trata de rediseñar el bosque según un ideal propio, sino de ayudarlo a recuperar sus capacidades. En términos contemporáneos, podría hablarse de restauración antes que de transformación.
El libro dedica a este personaje un final que confirma su función. En el episodio XVI, cuando los cinco Corazones de Madera se reparten para protegerlos, el del Norte se entierra bajo el umbral de su casa y el del Sur, el más pequeño y valioso, se le confía personalmente como símbolo de que el mayor tesoro es la voluntad de quien honra el trabajo diario. En el XXXI, antes de morir, restaura la varita de Titania, y su muerte provoca el duelo del bosque ya comentado. La protagonista, enfrentada a la Reina de las Nieves, resume lo que aprendió de él: «El leñador no me enseñó a ser perfecta, me enseñó a ser útil». La utilidad, en el vocabulario del libro, no tiene nada de instrumental en el sentido que critican Merchant (1980) o Marder (2013); designa la disposición a servir a la comunidad, humana y no humana. Titania hereda la cabaña y se convierte en guardiana del bosque, es decir, asume el oficio moral del leñador. El cierre del libro, que la muestra limpiando el hollín de la chimenea y remendando las mantas que él dejó gastadas, prolonga en el ámbito doméstico la ecología del mantenimiento que el hombre practicó en el bosque.
8. Ferrum-Ker como contrapunto: la extracción y su reconversión
La ética del leñador se define también por contraste, y el libro ofrece ese contraste en el episodio XXIV, “La odisea de los Mares de Hierro”. Akelia percibe que la Arborelia se debilita en el sur y que la herida es, en sus palabras, profunda y provocada. El origen del daño es Ferrum-Ker, una metrópolis de hierro suspendida por cadenas magnéticas, que el narrador presenta de manera explícitamente antitética: «Era la antítesis de Áureo», una arquitectura diseñada para mecanizar el espíritu de sus moradores y convertirlos en esclavos carentes de libertad y pensamiento. Si Áureo es la ciudad de la armonía musical, Ferrum-Ker es la ciudad de la máquina. La oposición reproduce con notable fidelidad la dicotomía que Merchant (1980) identificó en la historia de las ideas occidentales entre la naturaleza concebida como organismo y la naturaleza concebida como mecanismo.
El núcleo del episodio es una imagen de extracción. En el corazón de la ciudad, los viajeros descubren que raíces procedentes de la Arborelia han sido inmovilizadas con garfios de hierro y que una inmensa «bomba extractora, con un ritmo agónico, drenaba su vigorizante tónico interior para alimentar las fraguas industriales». La escena es una alegoría transparente de la explotación de los recursos naturales al servicio de la industria: la savia del bosque se convierte en combustible, la vida vegetal en materia prima. Plumwood (1993) describió la lógica que hace posible esta operación como la reducción de la naturaleza a un fondo pasivo, disponible para un sujeto que se concibe separado de ella. En Ferrum-Ker, las raíces de la Arborelia son exactamente eso: un recurso encadenado, cuya voluntad de vivir, la que el libro ha sacralizado desde el episodio XI, queda sometida a la bomba.
Lo más interesante del episodio, sin embargo, no es la denuncia, sino el diagnóstico que la propia Arborelia formula una vez liberada. Preguntada por Akelia sobre cómo pudo permitir que el metal la dañara, responde con una distinción que evita el rechazo simplista de la técnica: «El hierro no es el enemigo; es el propósito el que estaba podrido». Y precisa: «Los hombres de Ferrum-Ker dejaron de crear para destruir y empezaron a extraer metales dañinos para dominar todo el lugar». La frase siguiente condensa la tesis ecológica del episodio: «Cuando el corazón se vuelve codicioso, la tierra se vuelve esclava». El vínculo entre codicia y esclavitud de la tierra enlaza directamente con la consigna que Akelia dio al leñador en el episodio XII, que no permitiera que la codicia dirigiera su filo. Ferrum-Ker es lo que ocurre cuando la herramienta se emancipa de la necesidad y se pone al servicio del dominio. Es, por tanto, la contrafigura exacta del leñador.
La resolución del episodio es coherente con esta distinción. Akelia entona la Frecuencia de Retorno, la savia cautiva se rebela, las tuberías revientan, el pavimento se cubre de hierba y las calderas se transforman en fuentes. Pero la ciudad no es destruida. La Arborelia afirma que el metal ya no oprime, sino que se ha convertido en un armazón que sostiene, y que las raíces de hierro reciclado serán en adelante el puente entre lo creado por el egoísmo y lo fecundado por la tierra. El Brote de Savia que entrega a Akelia, un tallo de hierro flexible con textura de pétalo, se describe como la llave para abrir caminos donde la tecnología y la naturaleza confraternicen. El libro rechaza así una opción que la ecocrítica ha señalado como frecuente en la literatura ambiental para jóvenes, la oposición maniquea entre una naturaleza buena y una técnica mala, y propone en su lugar una reconversión. El problema no es el hierro, sino el uso.
Esta solución tiene, no obstante, un rasgo que conviene señalar con franqueza: es mágica. La reconversión de Ferrum-Ker se produce por el canto de la ninfa y por la intervención de una deidad vegetal, y se completa en un instante. El propio texto sugiere los límites de esa inmediatez cuando describe la descompresión de las cadenas magnéticas que hace escorar la ciudad y amenaza con desplomarla; solo la pericia de Titania al timón del Bajel Celeste evita la catástrofe. Pero el episodio no se detiene en las condiciones materiales de la transición ni en los trabajadores de la ciudad, a los que presenta como esclavos sin pensamiento y cuya liberación se da por supuesta. En este punto, Peripecias del hada torpe Titania se acerca a lo que Echterling (2016) critica en muchos libros ambientales para lectores jóvenes: la tendencia a resolver problemas sistémicos mediante un acto singular que no deja ver las estructuras económicas y sociales que los producen.
El libro había ofrecido, sin embargo, una versión más matizada del mismo problema en el episodio XV, “La soberbia del éxito”, que conviene recordar aquí solo en su dimensión ecológica. La Región del Egoísmo es descrita como un lugar donde la naturaleza había sido exprimida más allá de sus límites por el hambre de gloria de los hombres, con canales de riego secos y aldeas abandonadas. Akisteo, el hombre que hizo florecer el páramo durante una década y que ahora levanta una estatua de sí mismo, atribuye la sequía a la ingratitud de la naturaleza: «La naturaleza es ingrata». La respuesta del episodio no es mágica en lo esencial, pues la conversión de Akisteo procede de una experiencia empática que lo obliga a vivir el sufrimiento de sus obreros, y su resultado es una decisión económica: derribar la estatua, vender el oro y repartirlo, convertir el mármol en cimientos de hospitales. El agua vuelve a correr por los surcos cuando queda liberada, dice el texto, de los caprichos de un solo hombre. En este episodio, la dimensión social del daño ambiental sí queda a la vista, y el libro establece un vínculo explícito entre la explotación de la tierra y la explotación del trabajo.
Leídos juntos, los episodios XV y XXIV configuran una pequeña teoría del daño ecológico en el libro. El daño procede de la codicia, del orgullo y del afán de dominio; se manifiesta como sequía, desecación y extracción; afecta a la vez a la tierra y a quienes la trabajan, y su reparación exige un cambio de propósito antes que un cambio de medios. Frente a ambas figuras, Akisteo y los hombres de Ferrum-Ker, el leñador aparece como la figura positiva de una técnica sometida a la necesidad y al respeto. El libro no condena la intervención humana en la naturaleza, sino su desmesura.
9. Límites y tensiones de una lectura ecocrítica
Una lectura ecocrítica honesta debe registrar también lo que el texto no hace o lo que hace de manera ambivalente. La primera tensión es la que García Única (2017) identificó en la aplicación de la ecocrítica a los libros para niños: la tendencia a construir relatos holísticos que disuelven las contradicciones mediante cosmovisiones míticas. Peripecias del hada torpe Titania participa sin duda de esa tendencia. La Arborelia, los Corazones de Madera, el Espíritu de la Tierra y el Árbol de las Voces con que se cierra el episodio XXX componen una mitología en la que todo está conectado y en la que el equilibrio, una vez restaurado, parece asegurado. El propio García Única recoge, a partir de Laso y León (2010), una paradoja de la literatura ambiental para jóvenes: que promueve la superación del antropocentrismo mientras recurre al antropomorfismo para suscitar la identificación del lector. El libro de Carrión Pascual y Varona Pereda no escapa a esa paradoja: sus árboles protestan como sindicalistas, sus topos se ofenden como vecinos y sus águilas pronuncian discursos. La naturaleza es sujeto, pero es un sujeto que habla como los seres humanos.
Sería un error, sin embargo, reducir el libro a esa dimensión. Como se ha mostrado en las secciones quinta y sexta, la mitología coexiste con una atención concreta a prácticas materiales que no son míticas en absoluto: talar árboles enfermos para que entre la luz, podar excrecencias que impiden el flujo de la savia, desviar agua hacia un árbol cuyas raíces sostienen una ladera, entablillar una pata rota. Estas prácticas no requieren ninguna cosmovisión para ser comprendidas y pueden trasladarse fácilmente a la experiencia de un lector joven. Si la primera vertiente del libro busca la adhesión emocional, la segunda enseña a mirar, que es lo que García Única reclamaba a la literatura para niños frente a la tentación propagandística. En este sentido, la obra ocupa una posición intermedia entre los dos modelos que ese autor distingue: sacraliza el bosque, pero también muestra cómo se trabaja en él.
La segunda tensión concierne a la relación entre magia y trabajo. El libro formula con claridad, en los episodios III, VIII y XXII, que la magia sola no basta y que la solución exige esfuerzo material. Pero en la segunda mitad de la obra, a medida que el relato se desplaza hacia la escala cósmica, las soluciones vuelven a ser mayoritariamente prodigiosas: la reconversión de Ferrum-Ker, la destrucción de las Islas de Obsidiana mediante una espiral áurea disparada por el Brote de Savia o la derrota de la Afonía Final con el grito del nombre de la Arborelia. La ecología del mantenimiento, tan nítida en el Bosque Nevado, se diluye en parte en los episodios de viaje. Cabe interpretar este desplazamiento como una consecuencia del cambio de género, desde la fábula doméstica hacia la novela de búsqueda, y no como una incoherencia, pero su efecto sobre una lectura ecológica es real: cuanto mayor es la escala del conflicto, más depende su resolución de la magia y menos del trabajo.
La tercera tensión afecta al estatuto del leñador. El libro lo convierte en modelo ético, pero no problematiza la dimensión económica de su oficio. Su corte es siempre para el hogar y para la vecindad; nunca aparece un mercado, una demanda externa o una presión que lo obligue a cortar más de lo necesario. La figura funciona como ideal precisamente porque se sitúa fuera de las condiciones que, en el mundo real, empujan a la sobreexplotación de los bosques. Esta idealización es propia del cuento y no debe reprocharse al libro como un defecto, pero una lectura crítica debe señalar que la ética de la necesidad que el leñador encarna presupone una economía de subsistencia que la obra no examina. Echterling (2016) advertía precisamente contra las narrativas que depositan la solución de la crisis ambiental en virtudes individuales sin mostrar los factores estructurales que la producen; el episodio XV es, dentro del libro, la excepción que atiende a esos factores.
La cuarta tensión es de otro orden y afecta a la violencia del corte. El libro legitima la tala selectiva y la poda como formas de cuidado, y lo hace con argumentos sólidos, pero la protesta de las hadas en el episodio III, que ven en la tala una carnicería, no es descartada por completo: el narrador registra el hueco masivo que queda en el centro del bosque y el estruendo de cada golpe. Esta capacidad del texto para escenificar el coste de la intervención, en lugar de ocultarlo, es uno de sus méritos. Una ecología del mantenimiento no es una ecología sin pérdidas, y el Espíritu de la Tierra, en el episodio XXI, lo recuerda con su doctrina del tributo: la vida solo avanza si algo se entrega a cambio. La muerte del leñador en el último episodio puede leerse, en esta clave, como la aplicación de esa ley al propio cuidador. Él también es parte del ciclo, y su desaparición deja un vacío que otro, Titania, debe llenar.
Estas tensiones no invalidan la lectura propuesta; la precisan. Peripecias del hada torpe Titania no es literatura ambiental en sentido estricto ni pretende serlo. Es una fantasía humorística que, sin anunciarlo, construye una ética ecológica reconocible, más sólida en la escala doméstica que en la cósmica, más convincente cuando muestra el trabajo que cuando invoca la magia, y más interesante cuando admite el coste de cuidar que cuando promete un equilibrio definitivo. Esos rasgos la sitúan en diálogo con los debates actuales de la ecocrítica aplicada a la literatura para lectores jóvenes y la hacen apta, con las cautelas señaladas, para una educación literaria que sea también, como proponían Campos Fernández-Fígares y García-Rivera (2017), aliada de la educación ambiental.
10. Conclusiones
Este ensayo se propuso leer Peripecias del hada torpe Titania, de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda, desde la ecocrítica, con el fin de describir la relación entre los seres humanos, las criaturas mágicas y la naturaleza que el relato construye, las soluciones que considera legítimas ante el daño ecológico y la figura ética que propone como modelo. El análisis ha permitido establecer varias conclusiones que conviene sintetizar.
La primera es que el Bosque Nevado no funciona en el libro como un decorado del cuento maravilloso, sino como un sujeto moral. Desde el primer episodio, en el que los árboles protestan contra la protagonista y la Reina de las Nieves la acusa de ser un peligro público para el ecosistema, hasta el último, en el que los robles y abetos se inclinan ante la cabaña del leñador muerto, la naturaleza juzga, coopera, enferma, recuerda y agradece. Esa condición de sujeto no es un simple recurso retórico de personificación, sino un principio estructural: el juicio del bosque sobre los personajes depende de la calidad de su trato con él, y el arco que va de la protesta inicial al duelo final coincide con el aprendizaje de la protagonista. En los términos de Buell (1995), el entorno no humano está presente como agente y no como marco, el interés humano no es el único legítimo y la responsabilidad hacia el entorno forma parte de la orientación ética del texto.
La segunda conclusión concierne a la cosmología vegetal que el libro despliega a partir del episodio XI. La Arborelia, definida como la personificación de la voluntad de la flora para sobrevivir; la ninfa Akelia, que actúa como sistema nervioso del bosque a través de una red de hifas y micelios, y el Espíritu de la Tierra, juez de un ciclo en el que nada es eterno sin pagar su tributo a la muerte, componen una mitología de la vida vegetal que sacraliza la naturaleza sin separarla de la acción humana. Al contrario, esa mitología confiere dignidad a los gestos humildes con los que los personajes humanos, el leñador, Ekara, Koris, Akisteo o Kira, reactivan los Corazones de Madera. La convergencia de esta imaginería con la imagen científica del bosque como red cooperativa, difundida a partir de trabajos como el de Simard y sus colaboradores (1997), y con la reivindicación filosófica de la vida vegetal que formula Marder (2013), muestra que la fantasía puede traducir al lenguaje del mito intuiciones que la ecología y la filosofía contemporáneas han elaborado por sus propios medios.
La tercera conclusión, y la central, es que el libro articula lo que este ensayo ha denominado una ecología del mantenimiento. Los episodios III y XXII lo demuestran con particular claridad: el hongo negro que las hadas no logran vencer con conjuros se disuelve cuando el leñador tala los árboles enfermos y Titania deja entrar la luz, porque, como dice el texto, no necesitaba un contrahechizo, sino higiene y ventilación; y la Raíz Herida que alimenta a todos los bosques solo sana cuando el hacha poda las excrecencias que asfixian el flujo de la savia. Los episodios VIII y XIII confirman el principio con el entablillado de la pata del lobo y con el canal que la campesina Ekara abre para salvar el tilo que sostiene la ladera. Los rasgos de esta ecología son la observación previa, la preferencia por intervenciones materiales y proporcionadas, la cooperación entre agentes distintos y la subordinación del interés particular al del conjunto. Frente a la magia espectacular de las hadas de alta alcurnia, cuya relación con el bosque es ornamental y cuyo afán de mantenerlo intacto favorece la enfermedad, el libro valida una magia de relación y, sobre todo, un trabajo humilde y continuado.
La cuarta conclusión se refiere a la figura del leñador, que el libro convierte en guardián moral del bosque precisamente porque corta árboles. Su ética se formula de manera insistente y coherente a lo largo de la obra: solo toma del bosque lo necesario para vivir; ha recibido su hacha con la consigna de cortar solo por justa necesidad y de no permitir que la codicia dirija su filo; canta que no tala por antojo, sino por necesidad, y pide permiso al roble antes de cortar. Esta ética de la necesidad y del permiso guarda afinidades con la ética de la tierra de Leopold (1949), que transforma al ser humano de conquistador en miembro de la comunidad biótica, y con la reciprocidad que Kimmerer (2013) propone como fundamento de una conciencia ecológica. El leñador no representa la abstención conservacionista ni la explotación, sino una tercera vía, la del uso responsable, y su herencia pasa a Titania cuando esta se instala en la cabaña y asume su oficio moral.
La quinta conclusión es que Ferrum-Ker funciona como contrapunto preciso de esa ética. La ciudad de hierro que drena la savia de la Arborelia con una bomba extractora para alimentar sus fraguas es la imagen de una técnica emancipada de la necesidad y puesta al servicio del dominio, en consonancia con el tránsito histórico de la naturaleza como organismo a la naturaleza como máquina que describió Merchant (1980) y con la lógica del dualismo analizada por Plumwood (1993). La Arborelia formula el diagnóstico decisivo cuando afirma que el hierro no es el enemigo, sino el propósito podrido, y que cuando el corazón se vuelve codicioso la tierra se vuelve esclava. La reconversión de la ciudad, que no se destruye sino que se transforma en jardín, expresa un rechazo de la oposición maniquea entre naturaleza y técnica.
La sexta conclusión atañe a los límites de la propuesta. El libro participa del holismo mítico que García Única (2017) ha criticado en la literatura ambiental para lectores jóvenes y de la paradoja, señalada a partir de Laso y León (2010), por la que el antropomorfismo sirve a la superación del antropocentrismo. Su ecología del mantenimiento, muy nítida en el Bosque Nevado, se diluye en parte en la escala cósmica de la segunda mitad, donde las soluciones vuelven a ser prodigiosas y la reconversión de Ferrum-Ker se produce sin atender a sus condiciones sociales, en la línea de lo que Echterling (2016) critica en muchos libros ambientales infantiles. La figura del leñador, además, se sitúa en una economía de subsistencia que el relato no examina. El episodio XV constituye la excepción que vincula explícitamente la explotación de la tierra con la explotación del trabajo.
En conjunto, Peripecias del hada torpe Titania ofrece a la ecocrítica hispánica, cuya atención a la literatura fantástica y a la literatura para lectores jóvenes ha crecido desde los trabajos reunidos por Flys Junquera, Marrero Henríquez y Barella Vigal (2010), un caso de interés: una fábula humorística que, sin declararse literatura ambiental, construye una ética ecológica reconocible y matizada, más convincente cuando muestra el trabajo que cuando invoca el prodigio, y capaz de escenificar el coste de cuidar en lugar de prometer un equilibrio sin pérdidas. Su lección de fondo podría resumirse con la fórmula irónica que el propio libro inscribe en el manual de la Academia de Taumaturgia: ante la oscuridad persistente, antes que un conjuro, conviene consultar con el servicio de mantenimiento. Esa ironía contiene, bajo su apariencia ligera, una concepción del cuidado de la naturaleza que merece ser tomada en serio.
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DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.23035356
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