Episodio I. Un hada torpe en el Bosque Nevado
Titania era un hada. Y ese era, precisamente, su mayor problema. Poseía un talento innato para la calamidad, una habilidad tan persistente que la purpurina, las mariposas acuosas y cualquier elemento mágico con un mínimo de instinto de supervivencia huían despavoridos a su paso. Sus desgracias quedaban fuera de las consideraciones románticas: dejaban una estela de pequeños desastres. En su extenso historial de gestas épicas figuraban hitos como derribar colmenas de abejas con problemas de sociabilidad o confundir a osos pardos en plena hibernación con alfombras mullidas.
Fue una gélida noche de invierno cuando su pie encontró una placa de hielo traicionera. El resbalón no sorprendió a nadie, pero la estruendosa aparatosidad de la caída hizo que hasta los búhos cerraran los ojos por lastimera discreción y no morir de carcajadas.
—¡Maldita suerte la mía y maldito hielo! —intentó exclamar Titania, aunque la airada invocación perdió toda su fuerza al transformarse en un ahogado borboteo; llevar la boca llena de nieve congelada no ayudaba precisamente a su oratoria.
Se levantó con la dignidad maltrecha y un pegote de nieve adherido a su retaguardia. Cojeaba tambaleándose y sus finas alas, que en teoría deberían ser un prodigio de elegante finura, ahora parecían dos pañuelos arrugados y mojados. Chorreaban una tristeza tan pegajosa que hasta los copos de nieve a su alrededor se encogieron de hombros con resignación, desviando su tranquila trayectoria para evitar chocar contra ella, y no contagiarse de su infortunio.
A solas con su propia desgracia, Titania sentía que el universo entero se había coaligado contra sus aspiraciones místicas. No pedía ser la reina de la corte estival ni acaparar portadas en los boletines mágicos del bosque, solo deseaba cruzar un claro entre los árboles sin parecer un pingüino mareado intentando hacer malabares. En realidad, su propia magia parecía jugarle malas pasadas respondiendo a sus arrebatos de ira con chispas inoportunas que terminaban chamuscando setas inocentes o convirtiendo ranas en príncipes desheredados.
Para empeorar la situación, el Bosque Nevado que ya llevaba un tiempo soportando sus impericias, se estaba quedando sin paciencia vegetal. Los aterrizajes forzosos de Titania habían aplastado más brotes verdes de primavera que una estampida de renos con prisa, y sus hechizos de embellecimiento personal habían convertido un venerable abeto milenario en una especie de escoba de bruja adornada para un aquelarre de maleficios.
—¡Otra vez ella! —se quejó un roble centenario agitando sus ramas desnudas hacia un grupo de chopos jóvenes que ya consideraban declararse en huelga de fotosíntesis—. Con cada patinazo, este bosque se llena de más miseria. ¿Habéis visto cómo dejó la ladera del Cerro del Suspiro Congelado? Parece que por allí ha pasado una manada de troles con resaca.
Un hada torpe en el Bosque Nevado, fragmento de Peripecias del hada torpe Titania de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda Compartir en XEpisodio II. El amigo leñador y las ardillas
Sin embargo, el leñador no podía ignorar un detalle asombroso: la magia caótica de Titania había sanado su herida por completo, sin dejar ninguna marca. Convencido de que la varita rota del hada aún conservaba un poder único, le razonó una propuesta:
—No busques ser el hada más prestigiosa ni la más perfecta. Solo tienes que aprender a controlarte. Yo te ayudaré, y a cambio, me darás un poco de tu hechicería para proteger mi hogar del frío y de las malvadas sorpresas de la noche.
Titania, cansada de ser un desastre volando y sin más opción, aceptó un poco resignada. De esta manera amable, el leñador se convirtió en su inusual mentor. Le enseñó a canalizar su magia a través de tareas sencillas: en lugar de lanzar hechizos grandiosos, debía arreglar goteras, encender la chimenea con un solo soplo o transformar ramas caídas en leña. Le mostró que la verdadera ilusión no reside en lo espectacular, sino en el autocontrol y en la utilidad.
No fue un camino fácil. En su primer intento por encender la chimenea con un soplido mágico, Titania terminó chamuscando las cejas del leñador y convirtiendo el fuego en un coro de llamas azules que cantaban baladas tristes. Cuando intentó arreglar una gotera, el agua no dejó de caer, sino que empezó a saber a limonada tibia, algo agradable pero poco práctico para dormir. El leñador, con una paciencia infinita, le recordaba que la magia es como un hacha: «Si no la diriges con el brazo firme, terminas cortándote un dedo del pie. O, en su caso, convirtiendo las botas de algodón prensado en dos conejos asustados».
Con el paso de los días, la cabaña del leñador se transformó en un improvisado taller de magia práctica y paciencia infinita. Titania descubrió que barrer el suelo mientras canalizaba un leve destello platino era mucho más satisfactorio que intentar mover muebles con encantamientos pomposos. Aprendió a escuchar el silencio de la madera y el susurro del viento, comprendiendo que la verdadera fuerza de un mago no reside en el tamaño de su destello, sino en la precisión y el cuidado con el que atiende los pequeños detalles de la vida cotidiana.
El amigo leñador y las ardillas, fragmento de Peripecias del hada torpe Titania de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda Compartir en XEpisodio XIV. El Fuego de la Esperanza
En ese rincón residía Koris, un anciano pastor que parecía estar hecho de la misma madera nudosa que una conífera abuela. Lo encontró sentado junto a una hoguera mortecina, alimentada por abrojos húmedos y algunas ramas quebradas que había tenido que racionar.
Este hombre guardaba un gran valor en su interior: el de cumplir las promesas en toda su extensión.
Titania se dio cuenta de que usaba el calor residual de las brasas para calentarse y moldear delicadas figuras de madera que representaban alces.
—¿Qué haces aquí sin refugiarte y con este frío? —preguntó Titania, acercándose despacio para no alarmarlo.
A pesar de que el hada era casi invisible para los mortales, Koris advirtió su presencia al levantar la vista y la saludó con una extraña placidez.
—Mi rebaño se perdió con la gran tormenta de invierno, hace cinco días —respondió, con una voz rasposa pero clara—. Mi casa yace enterrada en la nieve. Me quedan solo estas pocas ascuas.
Titania asintió, comprendiendo el desamparo que lo consumía. Su rebaño, su sustento y su refugio, todo había desaparecido.
—¿Y por qué te dedicas a hacer estas figuras de madera? ¿No deberías usar ese calor para calentarte o buscar ayuda? —recabó preocupada.
El anciano miró la figurita de un alce que acababa de terminar, cuyo contorno se definía ligeramente bajo el reflejo de la lumbre, y explicó el motivo de su trabajo:
—Mis nietos vienen desde el valle a verme cada primavera, si el deshielo lo permite —explicó, con una pequeña sonrisa—. Si yo muero de frío, eso es el destino, y no tengo control sobre él. Pero si muero sin haberles hecho los juguetes que les prometí, su decepción vivirá más allá de mi recuerdo. Estas maderitas están frías, y mis manos también, pero mientras pueda seguir dándoles algo que esperan recibir, aún habrá algo que yo pueda hacer. Y si hay algo que hacer, hay esperanza.
En un arrebato de emoción, el hada dio un paso adelante para estrechar la mano del anciano, pero tropezó con la orla de su propio vestido. Al caer, cayó torpemente de rodillas sobre las cenizas, apagando sin querer la última chispa que quedaba en la hoguera. Aterrorizada por su imprudencia, sofocó un ahogado «¡oh, no!», temiendo haber acelerado el final del anciano. Sin embargo, Koris solo sonrió con mansedumbre, acariciando la cabeza del hada como si el calor humano fuera ya suficiente.
El pobre hombre lo había perdido todo, pero dedicaba sus últimas energías, aquellas que garantizaban su propia supervivencia, a proteger la promesa de la alegría futura de otros, aunque no estuvieran presentes. Su quehacer era una pequeña lámpara contra la oscuridad del Olvido.
El Fuego de la Esperanza, fragmento de Peripecias del hada torpe Titania de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda Compartir en XEpisodio XXIII. El Acorde de la Eternidad
Y el destino, que posee un sentido del humor bastante más terrenal que la geometría de Áureo, decidió que tanta elevación espiritual requería un recordatorio de las leyes de la física. Titania, cuyos pies estaban habituados al mullido tapiz de hojarasca del bosque, no calculó la nula fricción de aquel suelo de mármol celestial, pulido con el esmero de mil ángeles de suma eficiencia. En un parpadeo, el dobladillo de su imponente vestido de aurora marciana traicionó su elegancia; la ninfa tropezó y, rompiendo la música de las esferas con un seco e inesperado impacto, cayó de rodillas ante el mismísimo Arquitecto. El vestido de aurora quedó recogido sobre Titania como una hermosa vela desinflada, dejando una de sus alas atascada en un ángulo decididamente poco digno y sus brazos extendidos hacia adelante en una postura que oscilaba entre la súplica desesperada y el aplazamiento de un choque inevitable. Durante unos interminables segundos, el silencio en la estancia del Arquitecto fue tan denso que el tintineo del hacha del Leñador sonó como un trueno. Akelia cerró los ojos y se llevó una mano a la sien, murmurando una rápida oración en el dialecto de las ninfas para que la tierra, o el propio vacío tridimensional de Áureo, se la tragara en ese mismo instante. Pero las hadas, incluso caídas, operan bajo otra categoría de gravedad. Titania se puso en pie con una fluidez que hizo dudar a los presentes de si aquello había sido un accidente o una vanguardista reverencia. Sacudió su falda con delicadeza, irguió el cuello y, con una sonrisa de absoluta suficiencia, declaró:
—Disculpad, respetable Arquitecto. Parece ser que vuestros perfectos suelos carecen de la hospitalaria resistencia de la tierra de nuestro Bosque Nevado. Mi caminar ha querido rendir un homenaje demasiado impetuoso a la pulcra belleza de estos pulimentos.
El Arquitecto, cuyos brillos armilares de zafiro tintinearon con lo que pareció ser una ráfaga de suave diversión, inclinó levemente la cabeza. Comprendiendo que incluso la melodía más pura admite una nota discordante. Restó importancia al incidente con un gesto de su mano de algodón nacarado:
—La gravedad, querida Titania, es solo el poema con el que la masa expresa su amor por el suelo. No hay torpeza en quien busca la alineación con el Cosmos, solo un exceso de entusiasmo en el contacto.
Titania retrocedió unos pasos sin ocultar cierto rubor y manteniendo una sencilla elegancia.
El Acorde de la Eternidad, fragmento de Peripecias del hada torpe Titania de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda Compartir en XEpisodio XXXI. El último invierno
Titania se puso en pie con una lentitud desafiante, ignorando el punzante dolor de su rostro. Se limpió el rastro de sangre con el dorso de la mano, manchando su piel con un rubí intenso que contrastaba con la palidez de la Reina. Miró a su rival directamente a los ojos, con una mirada ígnea que el hielo no pudo apagar:
—Mi nariz se curará, Majestad. Se ha roto tantas veces que ya conoce el camino de vuelta, como los brotes que regresan tras la nevada. Pero vuestra animadversión es vuestra condena: vuestro hielo es tan duro que, una vez que se agrieta, no sabe sanar; solo sabe hacerse pedazos y derretirse bajo el sol.
Titania dio un paso al frente, haciendo crujir la nieve bajo sus pies.
—Llamadme «torpe» si eso os hace sentir poderosa, pero recordad esto: lo que está roto tiene bordes afilados. Yo sé lo que es el suelo y no le temo. Vos, en cambio, solo sabéis deslizaros. El día que caigáis, y os aseguro que ese día llegará, vuestro hielo no sabrá cómo volver a unirse. Mi sangre está caliente, Reina; la vuestra es solo agua estancada que ha olvidado cómo fluir.
—¡El hielo es belleza y orden! —respondió airada la Reina—. Es la perfección que no cambia. Tu leñador era carne perecedera que ya no existe. Tú eres un error de la fantasía, una burla a la elegancia de las hadas. ¿Por qué insistes en quedarte en este lugar que solo te recuerda lo que has perdido?
—Me quedo porque este lugar es un tesoro que me enseñó que se puede aprender de los errores y que cada uno de ellos tiene un nombre. En ese roble hay una cicatriz de cuando intenté salvar a un gorrión; en aquella roca está la marca de mi primera caída por despistarme al contemplar un bello amanecer. El leñador no me enseñó a ser perfecta, me enseñó a ser útil. Él ya no está, pero su inestimable recuerdo vive en el pelaje de los osos y en las plumas de los búhos que tú quieres convertir en figuras de hielo.
El último invierno, fragmento de Peripecias del hada torpe Titania de Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda Compartir en X


