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«Amarrados a un quizás»: la espiritualidad laica en «El tiempo huele a papel»

«AMARRADOS A UN QUIZÁS»: LA ESPIRITUALIDAD LAICA EN «EL TIEMPO HUELE A PAPEL»

Ángela Isabel de Claudia Soneira

ORCID: 0009-0000-7439-6149

Grupo Editorial Pérez-Ayala / Editorial Poesía eres tú

En:

Joseba Sasia Muñoz (El tiempo huele a papel).

Madrid: Editorial Poesía eres tú, 2026

ISBN: 979-13-87806-45-3 | Depósito Legal: M-17997-2026

1. INTRODUCCIÓN

El poemario El tiempo huele a papel, publicado en 2026 por la editorial Poesía eres tú bajo el sello de su decidida apuesta por la lírica contemporánea, constituye una de las apuestas más sugestivas del panorama poético español de los últimos años. Su autor, Joseba Sasia Muñoz, ofrece en estas páginas una meditación sostenida sobre la condición temporal del ser humano, sobre el aroma de lo vivido y la huella de la palabra escrita, que se convierte en una indagación de hondo calado filosófico más allá de la mera evocación lírica. El libro, cuya identificación editorial 979-13-87806-45-3 lo sitúa en el catálogo de una colección atenta a las voces que piensan el presente desde la poesía, propone una experiencia lectora en la que el tiempo deja de ser una medida objetiva para transformarse en sustancia, en olor, en materia escriturable. La presente introducción se propone contextualizar y fundamentar la lectura que aquí se adelanta: la de que El tiempo huele a papel articula, con voz propia y sin rendirse a ningún credo, una espiritualidad laica capaz de sostener las preguntas últimas del sujeto contemporáneo, sin desplazar esas preguntas hacia la promesa religiosa ni tampoco disolverlas en el descreimiento.

La expresión «espiritualidad laica» requiere, desde el primer momento, una justificación cuidadosa. Con ella no se alude a un sincretismo de superficie, ni a la trasposición de imaginerías religiosas al lenguaje de la modernidad descreída, ni tampoco a una variante domesticada de la experiencia mística puesta al servicio del bienestar individual. Se alude, más bien, a una apertura del sujeto hacia aquello que María Zambrano, en El hombre y lo divino, describía como el fondo en el que se anudan experiencia y trascendencia, sin que esa trascendencia quede necesariamente ligada a un dogma ni a una institución eclesiástica. La laicidad, en este contexto, no implica vacío ni deserción; implica, por el contrario, que el anhelo de absoluto que ha acompañado a la especie humana desde sus primeras manifestaciones simbólicas sigue vivo, pero ha perdido, o quizás ha decidido abandonar, las ropas del rito y la tutela de lo instituido. La espiritualidad laica de la que El tiempo huele a papel se hace cargo es la de quien se sabe «amarrado a un quizás», por recuperar la fórmula que da título al presente estudio, y que en esa misma atadura, en ese mismo anclaje en lo incierto, encuentra no una limitación, sino el espacio desde el cual pensar y sentir. La atadura no es aquí condena: es forma de fidelidad a lo que no termina de mostrarse.

Este horizonte de lectura se nutre, en el trabajo que aquí se inicia, de cuatro voces filosóficas y poéticas que, desde tradiciones y épocas distintas, han contribuido a pensar la posibilidad de una experiencia espiritual sin garante eclesiástico. La primera de ellas es la de María Zambrano, cuyo pensamiento, vertebrado en obras como El hombre y lo divino, ofrece las herramientas conceptuales para entender la palabra poética como lugar de revelación laica, como forma de conocimiento que no se pliega a la razón instrumental pero tampoco se somete a la auctoritas religiosa. La segunda es la de Simone Weil, pensadora de formación judía y de corazón desgarrado por la figura de Cristo, cuya La gravedad y la gracia constituye uno de los testimonios más lúcidos del siglo XX sobre la experiencia de lo sagrado vivida desde la distancia, desde el descentramiento, desde la atención extrema al dolor y a la belleza. La tercera es la de Eckhart Tolle, cuyo El poder del ahora ha sabido vehicular, en clave contemporánea y de divulgación planetaria, una espiritualidad del presente que rehúye tanto el dogma como el nihilismo, y que dialoga de un modo singular con la tradición mística sin adscribirse a ninguna de sus ramas históricas. La cuarta es la de Luis Cernuda, cuya poesía reunida en La realidad y el deseo proporciona un precedente fundamental para cualquier indagación sobre la trascendencia del deseo en la modernidad, sobre la posibilidad de un más allá íntimo que no se confunde con ninguna promesa ultramundana.

La convergencia de estas cuatro voces no es caprichosa. Responde a la constatación de que el poemario de Sasia Muñoz se mueve en una zona de intersección entre la filosofía de la experiencia zambraniana, la mística del descentramiento weiliana, la atención al instante de raigambre tanto oriental como occidental y la tradición poética española que, desde Cernuda hasta nuestros días, ha explorado el deseo como categoría metafísica y como vía de acceso a lo incondicionado. Cada una de estas líneas de fuerza, aislada, podría brindar una lectura parcial; reunidas, permiten abordar el libro en su complejidad, entendiendo que su propuesta espiritual no es yuxtaposición de tradiciones, sino hallazgo de un tono propio en el que lo sagrado, sin nombre y sin templo, se hace presente entre los pliegues de la palabra escrita.

Conviene detenerse, siquiera brevemente, en cada uno de estos hitos. María Zambrano, en El hombre y lo divino, propuso una filosofía que recupera la noción de revelación como experiencia originaria del ser humano con lo que lo excede, pero separándola de toda fundamentación dogmática. Para Zambrano, lo divino no es un objeto de creencia, sino una dimensión de la realidad que se manifiesta en la experiencia del límite, del dolor, de la belleza, del amor, del sacrificio. Esta concepción permite leer la poesía de Sasia Muñoz como lugar de una revelación en acto, en la que la palabra no describe lo divino sino que, al pronunciarse, lo hace comparecer, lo trae a su presencia. La poesía, en Zambrano, es forma de conocimiento y, por tanto, forma de acceso a esa zona donde lo humano y lo divino se rozan sin confundirse. El tiempo huele a papel se ins

2. LA ESPIRITUALIDAD LAICA

La noción de espiritualidad laica designa, en el horizonte cultural contemporáneo, una forma singular de religiosidad que ha prescindido deliberadamente del credo, de la institución eclesiástica y del dogma, pero que conserva, e incluso intensifica, la dimensión de lo sagrado como experiencia interior del sujeto frente al tiempo, frente al amor y frente a la muerte. Tal fenómeno, que en las últimas décadas ha sido objeto de creciente atención por parte de la filosofía, la sociología de las religiones y la crítica literaria, no constituye una mera secularización de la fe, ni una versión atenuada o edulcorada de la tradición religiosa, sino una auténtica mutación antropológica: el desplazamiento de lo sagrado desde el ámbito institucional hacia el territorio íntimo de la conciencia y de la poesía. En la obra del poeta cuya poesía nos ocupa, esta espiritualidad se manifiesta como una religiosidad del tiempo, del amor y de la memoria, articulada mediante procedimientos líricos que convierten lo efímero en materia sacra, lo contingente en destino y lo humano en huella indeleble.

Resulta imprescindible, antes de avanzar en el análisis, establecer una distinción rigurosa entre espiritualidad y religión, pues con frecuencia ambos términos se utilizan como sinónimos, cuando en realidad designan experiencias y realidades de orden muy distinto. La espiritualidad, en su acepción más precisa, alude a una experiencia interior, subjetiva e intransferible, mediante la cual el ser humano se confronta con las cuestiones últimas de la existencia —el sentido de la vida, el sufrimiento, la finitud, el amor, la muerte— desde un ámbito que trasciende la mera racionalidad instrumental. Es, por utilizar la expresión de María Zambrano en El hombre y lo divino, aquel lugar originario donde el ser humano se encuentra consigo mismo más allá de sus máscaras sociales, en una suerte de revelación silenciosa que no requiere mediadores ni ritos codificados para acontecer (Zambrano, 1986). La religión, por el contrario, constituye una institución social dotada de corpus doctrinal, rituales codificados, jerarquías, espacios sagrados y comunidades de creyentes; es decir, es la formalización colectiva y normativa de una experiencia que, en su raíz, es individual y, en muchos casos, inefable. Simone Weil, en La gravedad y la gracia, ofrece una clave decisiva para comprender esta diferencia al sostener que la atención absoluta, que ella identifica con la oración verdadera, no es patrimonio de ninguna confesión ni requiere ningún aparato eclesiástico para ejercerse, pues dimana de la orientación íntegra del alma hacia lo que realmente importa (Weil, 1990). Entre la experiencia mística originaria y su codificación institucional media, pues, una distancia que la modernidad no ha hecho sino ampliar, dejando al descubierto la posibilidad de una espiritualidad sin religión positiva.

La espiritualidad laica se sitúa, precisamente, en el espacio abierto por esta distinción: no niega la tradición religiosa, pero la relee desde una perspectiva no confesional; conserva el asombro ante lo numinoso, pero lo traslada del templo al poema, de la liturgia al cuerpo, del dogma a la metáfora. En este sentido, resulta pertinente inscribir la obra que nos ocupa en una tradición filosófica y mística que, desde muy diversas latitudes y siglos, ha pensado lo sagrado sin necesidad de una teología positiva. Meister Eckhart, con su mística de la desnudez y del desprendimiento, formuló hace ya más de siete siglos la posibilidad de una experiencia de lo divino que no requiere la mediación de imágenes ni de conceptos, sino únicamente el vacío interior y la entrega absoluta a lo innombrable. Angelus Silesius, por su parte, llevó hasta sus últimas consecuencias una espiritualidad de la materia al afirmar la continuidad sustancial entre lo sagrado y lo sensible, sugiriendo que lo divino no se contrapone a la carne ni al mundo, sino que habita en ellos como su verdad más honda. Estas dos figuras, junto con la reflexión de Zambrano sobre lo divino como experiencia originaria del ser humano y la atención weiliana como forma laica de la oración, configuran el humus intelectual sobre el que la poesía contemporánea puede articular una espiritualidad sin trascendencia vertical, es decir, una experiencia de lo sagrado que se despliega en la inmanencia del lenguaje y de la vida cotidiana. El propio Eckhart Tolle, en una clave más cercana y divulgativa, ha subrayado en El poder del ahora cómo la atención al instante presente constituye por sí misma una vía de acceso a lo numinoso, sin que sea necesario suscribir ningún credo para habitarla (Tolle, 1999).

En la poesía que nos ocupa, esta espiritualidad laica se articula mediante un procedimiento que podríamos denominar de transfiguración: la conversión de las realidades más ordinarias —el tiempo que pasa, el amor que se construye y se desvanece, la muerte que acecha— en materia sagrada, en sustancias que merecen el cuidado y la atención que antaño se reservaban a las reliquias. El tiempo, en primer lugar, deja de ser una magnitud abstracta o un mero acontecer cronológico para convertirse en una substancia casi olfativa, casi táctil, cuya fragancia es la del papel envejecido, de las cosas vividas, de los gestos repetidos hasta la saciedad. El poema que comienza «Sencillamente, la vida. / se mira conmigo al espejo, / mientras flaquean los gestos, / entre arrugas y requiebros, / aceptando sin palabras, / que, ella y yo, / somos más viejos» condensa esta experiencia con una economía de medios admirable. Aquí no hay queja retórica ni nostalgia edulcorada, sino una atención silenciosa y reverente al hecho crudo del envejecimiento compartido: la vida se mira con el sujeto, lo cual implica una duplicación especular que sugiere tanto la compañía como la alteridad, y los gestos «flaquean» entre las arrugas con una dignidad que el poema no mendiga, sino que constata. La aceptación sin palabras, ese callado asentimiento a la

3. LA EXPERIENCIA MÍSTICA SIN RELIGIÓN

La experiencia mística que late en la poesía de Joseba Sasía Muñoz constituye uno de los fenómenos más singulares de la lírica contemporánea en lengua castellana, precisamente porque articula un discurso de clara raigambre mística —heredero de la tradición carmelitana y del recogimiento ilustrado por Miguel de Molinos— al margen de toda confesión religiosa institucionalizada. La mística de Sasía no necesita del dogma para acontecer, no reclama la autoridad eclesiástica para legitimarse y rehúye con notable coherencia cualquier estructura de mediación clerical. Es, en sentido estricto, una mística sin religión: una experiencia de lo sagrado que se produce en el lenguaje poético como un acontecimiento interior, sin más templo que la palabra y sin más liturgia que la del verso. Esta configuración, lejos de constituir una contradicción o una deriva, se revela como culminación de ciertas intuiciones ya presentes en los grandes místicos castellanos del siglo XVI, singularmente en San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, autores cuyo pensamiento Sasía asume, transforma y seculariza en una clave estrictamente poética.

Para comprender esta singularidad conviene recordar que la mística castellana del Renacimiento tardío, tal como queda plasmada en el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, ya contenía una tensión interna entre la experiencia inefable del encuentro con lo divino y los condicionamientos institucionales de su transmisión. San Juan describe el itinerario del alma hacia el Amado mediante imágenes sensoriales y noéticas que remiten siempre, en última instancia, a una experiencia que desborda el marco doctrinal. Cuando Sasía escribe «Se abren las puertas del cielo y de la mano querubines os escoltan al umbral», no hace sino retomar este vocabulario tradicional, pero con un desplazamiento significativo: el cielo deja de ser un espacio teológico para convertirse en un ámbito de la experiencia humana, y los querubines, figuras angélicas del imaginario cristiano, aparecen desprovistos de su función jerárquica celestial, convertidos casi en acompañantes de un tránsito que acontece aquí, en el orden de la vida y de la muerte vividas. Hay en el verso una resonancia inequívoca del lenguaje sanjuanista, pero también una sustantiva diferencia: la ascensión mística se ha transformado en un desplazamiento horizontal, el cielo se ha hecho contiguo a la tierra, y el umbral al que se accede ya no requiere la mediación de la Iglesia sino exclusivamente la de los propios querubines, custodios de un tránsito que es simultáneamente muerte y revelación.

La huella de Santa Teresa de Jesús resulta perceptible en la articulación sasiainiana de una interioridad que se abre por grados hacia una realidad más amplia, pero también aquí la reelaboración es decisiva. En Las moradas, Teresa describe el castillo interior como una arquitectura del alma en la que cada estancia conduce a una siguiente más profunda, hasta llegar al centro mismo donde acontece la unión. Sasía no recurre explícitamente a esta topografía arquitectónica, pero sí comparte con la santa abulense la convicción de que la experiencia mística es, ante todo, un asunto de recogimiento, de atención, de disposición interior. Sin embargo, donde Teresa situaba esta experiencia en el marco del catolicismo tridentino y bajo la obediencia debida a la Iglesia, Sasía seculariza el dispositivo, lo libera de su andamiaje confesional y lo presenta como una posibilidad puramente humana, accesible a cualquiera que se entregue a la hondura de la palabra. La interioridad teresiana se ha vuelto, en el poeta vizcaíno, una interioridad sin amo y sin institución, donde el único magisterio legítimo es el del propio lenguaje poético.

La relación con Miguel de Molinos es particularmente iluminadora para esta lectura. El Guía espiritual que Molinos publicó en 1675 proponía una mística del recogimiento y de la quietud, una vía negativa en la que la voluntad se anula para dejar paso a la operación divina en el alma. La posterior condena de Molinos por el Santo Oficio no se debió a la heterodoxia intrínseca de su propuesta, sino a la sospecha de que su doctrina, al subrayar la pasividad del alma y la inutilidad de los actos, socavaba la economía sacramental y meritocrática del catolicismo. Es precisamente esta dimensión antipastoral y antieclesiástica de la mística molinosista la que resuena en Sasía. El poeta, como Molinos, sitúa el centro de gravedad de la experiencia en el silencio, en la quietud, en la entrega contemplativa, pero lo hace sin tener que rendir cuentas a ninguna instancia doctrinal externa. La mística de Sasía es heredera de la castellana, sí, pero hereda precisamente su vertiente más arriesgada, la que la ortodoxia institucional siempre miró con recelo: la que confía más en el abismo interior que en la mediación eclesiástica, la que privilegia la experiencia sobre el rito, la que considera que el encuentro acontece sin necesidad de permisos.

Esta condición secularizada se manifiesta con especial nitidez en uno de los poemas más significativos del libro que aquí nos ocupa, aquel que puede leerse como verdadera culminación de la propuesta mística sasiainiana: el texto que comienza evocando la imagen de los bajeles quietos en el puerto. «En el puerto de otros versos, seremos bajeles quietos, que se orientan en la orilla, amarrados, a un quizás.» Resulta difícil exagerar la densidad simbólica y la profundidad teológica —o, mejor, post-teológica— de este endecasílabo final. La imagen de los bajeles en el puerto es uno de los tópicos más antiguos de la literatura occidental y aparece, con diversas modulaciones, desde Horacio hasta los místicos castellanos. Pero Sasía introduce en ella una torsión decisiva: los bajeles no zarpan, no se hacen a la mar, no surcan las aguas del misterio; permanecen amarrados a un «quizás». El «quizás» es la palabra capital del poema, la que condensa toda una antropología mística secularizada. Frente a la certeza dogmática que define a la religión institucional, frente a la promesa de salvación que articula toda confesión, frente al «sí» rotundo de la fe establecida, Sasía opone el «quizás», es decir, la apertura contemplativa que no necesita resolver la cuestión de lo divino para habitar el misterio. El poeta no afirma que Dios exista ni que no exista; permanece amarrado a la orilla de un quizás que es, en sí mismo, una forma de mística sin teología, una experiencia del límite que no se precipita hacia la definición.

Esta tensión entre la herencia mística castellana y su secularización aparece también con fuerza en otros poemas del libro. El verso «Camposanto de las prisas», por ejemplo, condensa una visión del tiempo humano que los místicos del siglo XVI habrían reconocido como propia: la denuncia del apresuramiento mundano y la invocación de un espacio de reposo definitivo. Pero donde los místicos castellanos situaban ese reposo en la unión con Dios, en la morada séptima o en la noche del espíritu, Sasía lo sitúa en un camposanto, es decir, en un espacio que ya no es propiamente teológico sino necrológico, antropológico, donde la prisa cesa no porque el alma haya alcanzado su fin sobrenatural, sino porque el cuerpo ha dejado de moverse. Hay aquí una ironía grave, casi rilkeana, que atraviesa toda la obra del poeta: la experiencia mística acontece en el umbral de la muerte, no en el de la gloria. Y precisamente por eso no necesita de la religión, porque la muerte es el gran hecho sin dogma, la gran experiencia sin institución, el gran quizás sin respuesta. Cuando Sasía escribe «MÁS ABAJO, O MÁS ARRIBA. QUE DIOS, DEVUELVA MI VIDA», no está formulando una petición teológica en el sentido confesional; está expresando el anhelo humano de recuperar la vida en su plenitud perdida, y lo hace invocando a Dios en mayúsculas —lo cual indica que aún cree necesario nombrarlo, aunque sea para pedirle algo que ninguna religión promete: la restitución de la vida vivida, no la promesa de otra vida.

Esta invocación a Dios sin dogmática aparece también, con mayor ternura, en el bellísimo «Yo era barca, tú eras puerto; yo gaviota, tú eras viento», donde la estructura dualista de la mística tradicional —el alma y Dios, la criatura y el creador— se mantiene intacta en su forma, pero se ha vaciado de su contenido jerárquico e institucional. El tú del poema no es propiamente Dios; es, con mayor probabilidad, la persona amada, el otro, el destinatario concreto de la experiencia. La transposición es reveladora: la estructura mística sobrevive, pero su referente se ha desplazado del ámbito teológico al ámbito de la relación humana. La mística sin religión de Sasía no es, por tanto, una mística sin Dios, sino una mística donde la pregunta por Dios se ha vuelto inseparable de la pregunta por el otro, donde la experiencia de lo absoluto acontece en la experiencia del amor humano vivido en su plenitud y en su finitud. Esta mudanza representa, en cierto modo, la consumación de un proceso que Simone Weil describía con admirable precisión cuando señalaba que la atención al otro es la forma más elevada de la oración, y que María Zambrano identificaba como el núcleo mismo de la experiencia mística, donde lo divino se manifiesta en lo humano sin reducirse a ello.

En La gravedad y la gracia, Weil sostiene que la gravedad arrastra al ser humano hacia abajo, hacia la materia, hacia el peso de las cosas, mientras que la gracia lo atrae hacia arriba, hacia lo inmaterial, hacia lo divino. Sasía conoce bien esta dialéctica, pero la reformula en clave estrictamente poética: en su obra, la gracia no es una intervención sobrenatural sino un movimiento del lenguaje, una capacidad del verso para abrirse hacia un horizonte de sentido que desborda lo meramente dicho. Cuando los versos del poeta alcanzan esa cualidad, acontece algo que cabe llamar místico sin necesidad de recurrir al aparato doctrinal de las religiones positivas. El «quizás» del que hablamos no es escepticismo, sino precisamente lo contrario: es la formulación máxima de la atención contemplativa, del estar despierto ante el misterio sin pretender dominarlo mediante definiciones.

Esta atención es lo que Zambrano, en El hombre y lo divino, llamaba la experiencia originaria de lo divino: no la religión, que viene después como institución y como dogma, sino la experiencia previa, aquella que acontece cuando el ser humano se confronta con lo que le excede y, en lugar de apresurarse a nombrarlo, permanece en el umbral. Sasía es, en este sentido, un poeta del umbral. Toda su obra se sitúa en ese espacio liminal entre el decir y el callar, entre el nombrar y el renunciar al nombre, entre la afirmación religiosa y su suspensión. Y por eso su mística es heredera de la castellana, porque comparte con ella la pasión por el límite, el rechazo de los mediadores institucionales y la confianza absoluta en que el lenguaje poético puede decir lo indecible; pero es, al mismo tiempo, una mística secularizada, porque ya no necesita del monasterio, ni del confesor, ni del tribunal eclesiástico para acreditar su verdad. Su única autoridad es la del poema mismo, su única garantía es la intensidad de la experiencia que transmite.

Como se ha señalado, la culminación de esta propuesta se encuentra en el poema de los bajeles quietos. Hay en él algo que podríamos llamar una teología negativa del quizás, una mística de la incertidumbre que asume radicalmente la condición finita del ser humano sin por ello renunciar a la experiencia de lo absoluto. Los bajeles no zarpan, pero están orientados hacia la orilla; no navegan, pero permanecen amarrados al quizás. Esta es, en definitiva, la imagen más precisa de la mística de Sasía: una experiencia que no avanza hacia la posesión de la verdad, pero que tampoco abdica de su anhelo; que permanece en la orilla, fiel al misterio, sin pretender domesticarlo. Es la herencia castellana secularizada: ya no se trata de subir a los montes ni de entrar en las moradas, sino de quedarse en el puerto, amarrado a un quizás, esperando, como escribía San Juan en su Cántico, la llegada del Amado que siempre llega sin llegar del todo, y aceptando que en ese quizás, en esa espera que no se cierra nunca en certeza, acontece algo que ninguna religión puede confiscar para sí: la experiencia mística del lenguaje como forma de vida.

Citations:

– «En el puerto de otros versos, seremos bajeles quietos, que se orientan en la orilla, amarrados, a un quizás.»

– «Camposanto de las prisas.»

– «MÁS ABAJO, O MÁS ARRIBA. QUE DIOS, DEVUELVA MI VIDA.»

– «Yo era barca, tú eras puerto; yo gaviota, tú eras viento.»

– «Se abren las puertas del cielo y de la mano querubines os escoltan al umbral.»

Bibliography references used:

– San Juan de la Cruz (s. XVI/2002). Cántico espiritual. Madrid: Cátedra.

– SantaLa experiencia mística que late en la poesía de Joseba Sasía Muñoz constituye uno de los fenómenos más singulares de la lírica contemporánea en lengua castellana, precisamente porque articula un discurso de clara raigambre mística —heredero de la tradición carmelitana y del recogimiento ilustrado por Miguel de Molinos— al margen de toda confesión religiosa institucionalizada. La mística de Sasía no necesita del dogma para acontecer, no reclama la autoridad eclesiástica para legitimarse y rehúye con notable coherencia cualquier estructura de mediación clerical. Es, en sentido estricto, una mística sin religión: una experiencia de lo sagrado que se produce en el lenguaje poético como un acontecimiento interior, sin más templo que la palabra y sin más liturgia que la del verso. Esta configuración, lejos de constituir una contradicción o una deriva, se revela como culminación de ciertas intuiciones ya presentes en los grandes místicos castellanos del siglo XVI, singularmente en San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, autores cuyo pensamiento Sasía asume, transforma y seculariza en una clave estrictamente poética.

Para comprender esta singularidad conviene recordar que la mística castellana del Renacimiento tardío, tal como queda plasmada en el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, ya contenía una tensión interna entre la experiencia inefable del encuentro con lo divino y los condicionamientos institucionales de su transmisión. San Juan describe el itinerario del alma hacia el Amado mediante imágenes sensoriales y noéticas que remiten siempre, en última instancia, a una experiencia que desborda el marco doctrinal. Cuando Sasía escribe «Se abren las puertas del cielo y de la mano querubines os escoltan al umbral», no hace sino retomar este vocabulario tradicional, pero con un desplazamiento significativo: el cielo deja de ser un espacio teológico para convertirse en un ámbito de la experiencia humana, y los querubines, figuras angélicas del imaginario cristiano, aparecen desprovistos de su función jerárquica celestial, convertidos casi en acompañantes de un tránsito que acontece aquí, en el orden de la vida y de la muerte vividas. Hay en el verso una resonancia inequívoca del lenguaje sanjuanista, pero también una sustantiva diferencia: la ascensión mística se ha transformado en un desplazamiento horizontal, el cielo se ha hecho contiguo a la tierra, y el umbral al que se accede ya no requiere la mediación de la Iglesia sino exclusivamente la de los propios querubines, custodios de un tránsito que es simultáneamente muerte y revelación.

La huella de Santa Teresa de Jesús resulta perceptible en la articulación sasiainiana de una interioridad que se abre por grados hacia una realidad más amplia, pero también aquí la reelaboración es decisiva. En Las moradas, Teresa describe el castillo interior como una arquitectura del alma en la que cada estancia conduce a una siguiente más profunda, hasta llegar al centro mismo donde acontece la unión. Sasía no recurre explícitamente a esta topografía arquitectónica, pero sí comparte con la santa abulense la convicción de que la experiencia mística es, ante todo, un asunto de recogimiento, de atención, de disposición interior. Sin embargo, donde Teresa situaba esta experiencia en el marco del catolicismo tridentino y bajo la obediencia debida a la Iglesia, Sasía seculariza el dispositivo, lo libera de su andamiaje confesional y lo presenta como una posibilidad puramente humana, accesible a cualquiera que se entregue a la hondura de la palabra. La interioridad teresiana se ha vuelto, en el poeta vizcaíno, una interioridad sin amo y sin institución, donde el único magisterio legítimo es el del propio lenguaje poético.

La relación con Miguel de Molinos es particularmente iluminadora para esta lectura. El Guía espiritual que Molinos publicó en 1675 proponía una mística del recogimiento y de la quietud, una vía negativa en la que la voluntad se anula para dejar paso a la operación divina en el alma. La posterior condena de Molinos por el Santo Oficio no se debió a la heterodoxia intrínseca de su propuesta, sino a la sospecha de que su doctrina, al subrayar la pasividad del alma y la inutilidad de los actos, socavaba la economía sacramental y meritocrática del catolicismo. Es precisamente esta dimensión antipastoral y antieclesiástica de la mística molinosista la que resuena en Sasía. El poeta, como Molinos, sitúa el centro de gravedad de la experiencia en el silencio, en la quietud, en la entrega contemplativa, pero lo hace sin tener que rendir cuentas a ninguna instancia doctrinal externa. La mística de Sasía es heredera de la castellana, sí, pero hereda precisamente su vertiente más arriesgada, la que la ortodoxia institucional siempre miró con recelo: la que confía más en el abismo interior que en la mediación eclesiástica, la que privilegia la experiencia sobre el rito, la que considera que el encuentro acontece sin necesidad de permisos.

Esta condición secularizada se manifiesta con especial nitidez en uno de los poemas más significativos del libro que aquí nos ocupa, aquel que puede leerse como verdadera culminación de la propuesta mística sasiainiana: el texto que comienza evocando la imagen de los bajeles quietos en el puerto. «En el puerto de otros versos, seremos bajeles quietos, que se orientan en la orilla, amarrados, a un quizás.» Resulta difícil exagerar la densidad simbólica y la profundidad teológica —o, mejor, post-teológica— de este endecasílabo final. La imagen de los bajeles en el puerto es uno de los tópicos más antiguos de la literatura occidental y aparece, con diversas modulaciones, desde Horacio hasta los místicos castellanos. Pero Sasía introduce en ella una torsión decisiva: los bajeles no zarpan, no se hacen a la mar, no surcan las aguas del misterio; permanecen amarrados a un «quizás». El «quizás» es la palabra capital del poema, la que condensa toda una antropología mística secularizada. Frente a la certeza dogmática que define a la religión institucional, frente a la promesa de salvación que articula toda confesión, frente al «sí» rotundo de la fe establecida, Sasía opone el «quizás», es decir, la apertura contemplativa que no necesita resolver la cuestión de lo divino para habitar el misterio. El poeta no afirma que Dios exista ni que no exista; permanece amarrado a la orilla de un quizás que es, en sí mismo, una forma de mística sin teología, una experiencia del límite que no se precipita hacia la definición.

Esta tensión entre la herencia mística castellana y su secularización aparece también con fuerza en otros poemas del libro. El verso «Camposanto de las prisas», por ejemplo, condensa una visión del tiempo humano que los místicos del siglo XVI habrían reconocido como propia: la denuncia del apresuramiento mundano y la invocación de un espacio de reposo definitivo. Pero donde los místicos castellanos situaban ese reposo en la unión con Dios, en la morada séptima o en la noche del espíritu, Sasía lo sitúa en un camposanto, es decir, en un espacio que ya no es propiamente teológico sino necrológico, antropológico, donde la prisa cesa no porque el alma haya alcanzado su fin sobrenatural, sino porque el cuerpo ha dejado de moverse. Hay aquí una ironía grave, casi rilkeana, que atraviesa toda la obra del poeta: la experiencia mística acontece en el umbral de la muerte, no en el de la gloria. Y precisamente por eso no necesita de la religión, porque la muerte es el gran hecho sin dogma, la gran experiencia sin institución, el gran quizás sin respuesta. Cuando Sasía escribe «MÁS ABAJO, O MÁS ARRIBA. QUE DIOS, DEVUELVA MI VIDA», no está formulando una petición teológica en el sentido confesional; está expresando el anhelo humano de recuperar la vida en su plenitud perdida, y lo hace invocando a Dios en mayúsculas —lo cual indica que aún cree necesario nombrarlo, aunque sea para pedirle algo que ninguna religión promete: la restitución de la vida vivida, no la promesa de otra vida.

Esta invocación a Dios sin dogmática aparece también, con mayor ternura, en el bellísimo «Yo era barca, tú eras puerto; yo gaviota, tú eras viento», donde la estructura dualista de la mística tradicional —el alma y Dios, la criatura y el creador— se mantiene intacta en su forma, pero se ha vaciado de su contenido jerárquico e institucional. El tú del poema no es propiamente Dios; es, con mayor probabilidad, la persona amada, el otro, el destinatario concreto de la experiencia. La transposición es reveladora: la estructura mística sobrevive, pero su referente se ha desplazado del ámbito teológico al ámbito de la relación humana. La mística sin religión de Sasía no es, por tanto, una mística sin Dios, sino una mística donde la pregunta por Dios se ha vuelto inseparable de la pregunta por el otro, donde la experiencia de lo absoluto acontece en la experiencia del amor humano vivido en su plenitud y en su finitud. Esta mudanza representa, en cierto modo, la consumación de un proceso que Simone Weil describía con admirable precisión cuando señalaba que la atención al otro es la forma más elevada de la oración, y que María Zambrano identificaba como el núcleo mismo de la experiencia mística, donde lo divino se manifiesta en lo humano sin reducirse a ello.

En La gravedad y la gracia, Weil sostiene que la gravedad arrastra al ser humano hacia abajo, hacia la materia, hacia el peso de las cosas, mientras que la gracia lo atrae hacia arriba, hacia lo inmaterial, hacia lo divino. Sasía conoce bien esta dialéctica, pero la reformula en clave estrictamente poética: en su obra, la gracia no es una intervención sobrenatural sino un movimiento del lenguaje, una capacidad del verso para abrirse hacia un horizonte de sentido que desborda lo meramente dicho. Cuando los versos del poeta alcanzan esa cualidad, acontece algo que cabe llamar místico sin necesidad de recurrir al aparato doctrinal de las religiones positivas. El «quizás» del que hablamos no es escepticismo, sino precisamente lo contrario: es la formulación máxima de la atención contemplativa, del estar despierto ante el misterio sin pretender dominarlo mediante definiciones.

Esta atención es lo que Zambrano, en El hombre y lo divino, llamaba la experiencia originaria de lo divino: no la religión, que viene después como institución y como dogma, sino la experiencia previa, aquella que acontece cuando el ser humano se confronta con lo que le excede y, en lugar de apresurarse a nombrarlo, permanece en el umbral. Sasía es, en este sentido, un poeta del umbral. Toda su obra se sitúa en ese espacio liminal entre el decir y el callar, entre el nombrar y el renunciar al nombre, entre la afirmación religiosa y su suspensión.

4. CONCLUSIONES

Las conclusiones de la presente investigación se articulan en torno a tres núcleos que conviene desplegar con la mayor claridad posible. En primer lugar, sintetizaremos los hallazgos obtenidos a partir del análisis detenido de El tiempo huele a papel, demostrando cómo el poemario de Sasia construye una espiritualidad laica que, sin profesar credo alguno ni adscribirse a una institución religiosa, conserva —e incluso intensifica— las exigencias contemplativas y desiderativas que la tradición mística hispánica había legado a la literatura occidental. En segundo lugar, fijaremos la tesis central que ha organizado nuestro recorrido crítico: la espiritualidad sajiana es heredera directa de la mística castellana —particularmente de la escuela carmelitana y, de modo muy señalado, de la poesía sanjuanista—, pero atraviesa un proceso de secularización que la trasviste de nuevos ropajes filosóficos y existenciales, despoblándola de su aparato dogmático sin mellar por ello su hondura. En tercer lugar, esbozaremos las líneas de investigación futuras que este trabajo deja abiertas, especialmente las que apuntan a un diálogo comparativo con la poesía de Rainer Maria Rilke, con la mística renano-flamenca de Angelus Silesius y con ciertas formas de la espiritualidad oriental que la modernidad occidental ha recibido y repensado a lo largo del siglo XX.

El primer hallazgo que merece la pena destacar es que El tiempo huele a papel no se limita a recuperar motivos aislados de la tradición mística castellana, sino que los reabsorbe en una arquitectura lírica donde la experiencia temporal —el paso, la huella, la fragancia del papel viejo— se convierte en el eje de una ascesis sin teología. La imagen inicial que da título al poemario condensa ya esta operación: el tiempo, entidad abstracta e inmemorial, es aproximado a un olor, a una materia sensible, y esa materia es el papel, soporte por antonomasia de la palabra escrita. De este modo, la temporalidad resulta olfateada, y el acto de leer —o de escribir— queda investido de una sacralidad laica, casi litúrgica, en la que no media ningún rito. Esta operación permite a Sasia articular una espiritualidad sin credo, es decir, una apertura contemplativa del sujeto hacia lo que, siguiendo a María Zambrano en El hombre y lo divino, podríamos denominar lo divino sin predicado: un horizonte de trascendencia que no exige definición confesional, sino que se ofrece como tensión inagotable del deseo. La filosofía zambraniana resulta aquí un interlocutor imprescindible, porque su indagación sobre las figuras de lo divino en la historia occidental nos autoriza a leer la experiencia del poema como una experiencia religiosa en sentido radical, aunque no en sentido eclesiástico. Sasia, como el hombre y lo divino que piensa Zambrano, no profesa; pero habita, según demuestran sus versos, en una religación primordial con aquello que lo excede.

El segundo hallazgo se refiere a la lengua poética misma. Sasia hereda de la mística castellana una serie de procedimientos retóricos —la paradoja, el oxímoron, el gradus amoroso, la imagen del puerto, del navío, del viaje— pero los somete a un régimen de secularización que los vuelve disponibles para una sensibilidad contemporánea. El poema que reza «En el puerto de otros versos, seremos bajeles quietos, que se orientan en la orilla, amarrados, a un quizás.» resulta emblemático en este sentido. La imagen del bajel —heredera de la tradición que va desde el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz hasta la reescritura secularizada que Luis Cernuda ofreció en La realidad y el deseo— aparece aquí atravesada por un modificador decisivo: «amarrados, a un quizás». Donde el místico carmelitano habría dicho “amarrados a la voluntad divina”, Sasia escribe «amarrados, a un quizás», desplazando la certeza de la fe hacia la incertidumbre del deseo. La orilla, los otros versos, el puerto, los bajeles quietos: todo el campo semántico conserva la herencia mística, pero la resolución última —el punto de amarre— queda en suspenso, confiada a una instancia impersonal, indecidible, que podría leerse como una versión secularizada de la divina oscuridad. El “quizás” sajiano ocupa, en este sentido, el lugar estructural que en San Juan de la Cruz ocupaba el “no sé qué” o la “causa eficiente” del amado; pero, a diferencia de éste, no se resuelve en una presencia, sino que se mantiene en la indecisión. Es una mística del quizás, no una mística de la unión.

Esta secularización se percibe con particular intensidad en los versos que invocan directamente a Dios, escritos en mayúsculas sostenidas y con la sintaxis descompuesta por el grito: «MÁS ABAJO, O MÁS ARRIBA. QUE DIOS, DEVUELVA MI VIDA.» Aquí la fórmula devota —”que Dios devuelva mi vida”— es arrancada de su contexto litúrgico y arrojada al poema como una exclamación existencial, casi como un clamor desesperado que no presupone la fe en su interlocutor. El uso de las mayúsculas no es decorativo ni enfático en un sentido meramente retórico; testimonia la persistencia de una forma religiosa —la invocación mayúscula, la dirección a lo Alto— en un sujeto que duda, que se sitúa «más abajo» o «más arriba» sin saber exactamente dónde. Esta vacilación topográfica —arriba o abajo, elevación o hundimiento— reproduce, sin pretenderlo, la oscilación mística entre el éxtasis y la noche, pero la desprovee de su desenlace teológico. La vida, en este verso, no es entregada ni sacrificada, sino pedida —devuelta, como si fuera un objeto extraviado— a una instancia cuya existencia no se afirma ni se niega. Estamos, pues, ante un vestigio de la plegaria que sobrevive en un horizonte que ya no garantiza la presencia de su destinatario. Es, por decirlo con Simone Weil en La gravedad y la gracia, una atención sobrenatural sin sobrenatural garantizado: la gravedad del deseo, pero no la gracia de su cumplimiento. La herencia mística castellana se reconoce aquí en la sintaxis y en el tono, no en su resolución dogmática; y precisamente por eso resulta reconocible, pues el misticismo siempre fue, como mostró Cernuda al reescribir a San Juan desde una sensibilidad moderna, más una forma de decir que un contenido de fe.

La demostración de nuestra tesis central —que la espiritualidad de Sasia es heredera de la mística castellana, pero secularizada— exige, además de lo ya dicho, una última observación de conjunto. La secularización no opera aquí como un rebajamiento o una pérdida; antes bien, constituye una forma de continuidad paradójica. La mística castellana fue, desde sus orígenes, una escritura del exceso: una lengua que se desbordaba a sí misma para intentar decir lo indecible. Esa misma estructura formal —la tensión entre lo que el lenguaje puede y no puede apresar— es la que Sasia hereda y reactiva en El tiempo huele a papel. El poema seculariza la mística porque conserva su lógica desiderativa, su negativa a confundirse con la prosa del mundo, su rechazo de toda teología conclusiva; pero lo hace sin sacrificar su rigor contemplativo. La espiritualidad resultante es, por tanto, laica en su superficie y mística en su estructura. No profesa, pero contempla; no cree, pero desea; no ora, pero invoca —como hemos visto en los versos mayúsculos— desde un lugar donde la invocación todavía tiene sentido. Esta paradoja define, a nuestro juicio, el carácter singular de la poesía de Sasia en el panorama de la lírica contemporánea en lengua castellana, y permite entenderla no como un caso de eclecticismo ni como un ejercicio de cita culta, sino como una genuina operación de transmisión mística en condiciones de descreencia.

Por último, las líneas futuras de investigación que se abren a partir de este trabajo son múltiples y apasionantes, y constituyen quizá su aporte más decisivo en la medida en que muestran la fertilidad de la hipótesis aquí defendida. Una primera vía consistiría en comparar la poética sajiana con la de Rainer Maria Rilke, particularmente con la de las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo. En ambos casos nos encontramos con una espiritualidad sin dogma, atenta a las cosas, al tiempo, a la transformación de lo visible en lo invisible; y en ambos casos el sujeto poético se sitúa en un umbral donde la religión tradicional se ha vuelto insuficiente pero la experiencia de lo sagrado no se ha apagado. La comparación con Rilke permitiría iluminar, además, la dimensión europea de la secularización mística sajiana, mostrando que el gesto de Sasia no es un hecho aislado sino un síntoma de una mutación más amplia que afecta a toda la poesía del siglo XX y comienzos del XXI. Una segunda vía, complementaria de la anterior, llevaría a confrontar a Sasia con la mística renano-flamenca de Angelus Silesius, autor del Cherubinischer Wandersmann, cuyas paradojas —la rosa sin porqué, el reposo que es movimiento, el no saber que es ya saber— resuenan

BIBLIOGRAFÍA

Cernuda, L. (1936/2000). La realidad y el deseo. Madrid: Cátedra (Letras Hispánicas). ISBN 978-84-376-1863-1.

San Juan de la Cruz (s. XVI/2002). Cántico espiritual y poesía completa. Madrid: Cátedra. ISBN 978-84-376-1990-5.

Santa Teresa de Jesús (s. XVI/2009). Las moradas. Madrid: Cátedra. ISBN 978-84-376-2475-6.

Tolle, E. (1999). El poder del ahora. Madrid: Gaia.

Weil, S. (1947/1990). La gravedad y la gracia. Madrid: Caparrós.

Zambrano, M. (1986). El hombre y lo divino. México: FCE (Fondo de Cultura Económica). ISBN 978-968-16-1309-3.

Ficha académica

Tipo: Artículo académico

Autor/a: Ángela Isabel de Claudia Soneira

Libro objeto de estudio: El tiempo huele a papel de Joseba Sasia Muñoz

Editorial: Poesía eres tú · Madrid · 2026

Comunidad Zenodo: El tiempo huele a papel: Investigaciones Académicas

DOI: 10.5281/zenodo.21737528

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