Elementos destacados de «El tiempo huele a papel»
1. Los tres versos más poderosos
«Nacemos llorando desnudos / para crecer al revés, / y el tiempo nos viste azarosos / entre puertas que custodian / lo que de lejos, no ves.» (Sentirse marchito). Este es probablemente el verso más memorable del libro. Concentra en cinco líneas una filosofía del tiempo: nacemos incompletos, el tiempo nos viste, y lo que vestimos no es lo que verdaderamente somos. La imagen del «crecer al revés» es genuinamente original, y la palabra «azarosos» —con su matiz de improvisación, de no saber muy bien qué se está haciendo— convierte el tópico del tiempo que pasa en una observación entrañable. La técnica que lo hace memorable es la paradoja sostenida: llorar al nacer como primer acto de una existencia que iremos «vistiendo» con los años.
«Yo era barca, tú eras puerto; / yo gaviota, tú eras viento.» (Parece que fue ayer). La concisión absoluta de este endecasílabo partido, con su sintaxis de identificación que prescinde del verbo, condensa la relación amorosa entera: la búsqueda, el reposo, la altura, la libertad, el movimiento, la calma. Es un verso que se aprende de memoria, que se repite, que se tatúa. Su fuerza está en la decisión de no decir nada más: cada uno de los cuatro elementos择义 (barca, puerto, gaviota, viento) es un polo de una relación que sólo se completa al emparejarlos.
«Se apaga la luz henchida / en las farolas del día, / y el transcurrir del destino / huele a salitre y poesía.» (¡Qué bonita es la vida.!). La fórmula «salitre y poesía» es un hallazgo léxico que no será fácil de repetir. Identifica la materia prima del libro —la sal del mar, la escritura— y la une en una imagen que tiene la fuerza de las mejores metáforas lorquianas. Además, el adjetivo «henchida» para la luz es un cultismo perfectamente calibrado, que eleva el registro sin romper la fluidez.
2. La imagen más original
«Escultora de remansos. / cada grieta de mi vida / la cubrías con tus manos.» (Escultora de remansos). De todas las imágenes del libro, ésta es la que más sorprende. Un «remanso» es una interrupción de la corriente, un punto de calma. Llamar a la madre «escultora de remansos» es decir que cada grieta del hijo era para ella una oportunidad de modelar un remanso, un punto de paz en medio de la corriente. La metáfora es perfecta: la madre como artista que no trabaja la piedra ni el mármol, sino las pausas, los descansos, los huecos donde el agua deja de correr. La imagen combina la rareza metafórica («escultora» aplicado a una persona) con la precisión semántica («remansos» como lo que la madre ofrece), en una fórmula que ningún otro poeta había ensayado antes.
3. La arquitectura del poemario
La decisión estructural más inteligente del libro es la división en tres bloques titulados con tres exclamaciones que son a la vez un programa poético: «¡Cómo cambian los paisajes.!», «El tiempo huele a papel» y «Parece que fue ayer». Los tres títulos son versos (o casi) del propio libro, y funcionan como tres lemas que vertebran el poemario: el tiempo, la memoria, el amor. Esa decisión convierte la arquitectura externa del libro en parte de su contenido, y obliga al lector a leer el libro como un viaje, no como una colección de poemas sueltos.
Pero el hallazgo mayor es la decisión de dedicar el segundo bloque a los padres —y, dentro de él, la sección «2.1. Elegía en los adentros» al padre con Alzheimer—, colocando ese bloque entre el del paso del tiempo y el del amor conyugal. Esa ubicación hace que el libro avance del yo al nosotros del origen (los padres) y de ahí al nosotros del presente (la pareja), en un movimiento que es casi una novela en tres tiempos. La arquitectura, así, no es decorativa: es la espina dorsal ética del poemario.
4. La voz: qué la hace inconfundible
Tres rasgos hacen de la voz de Sasia una voz inconfundible.
El primero es la interrogación repetida: «¿Cómo cambian los paisajes?», «¿Y si hubiera querido ser, / río, calandria, peonía?», «¿Cómo serían mis hijos / y los hijos, de mis hijos?», «¿Qué será de las mañanas.?», «¿Habrá tardes, habrá ocasos / que despierten las estrellas?». Esas preguntas no piden respuesta, abren el poema, lo sostienen en vilo, lo humanizan.
El segundo rasgo es el uso de la palabra coloquial elevada: «alberO», «rocinante», «arrullo», «cobija», «apetencia», «albedrío», «lucera», «templanza», «calandrias», «peonía». Son palabras que pertenecen a la lengua común, pero que el poeta rescata de su uso corriente y eleva a categoría estética sin solemnidad.
El tercero es la presencia constante del cuerpo: el espejo, las arrugas, los cabellos, las canas, los senos, los labios, las manos, las caderas, el vientre, los ojos, las miradas. Sasia no escribe una poesía intelectual: escribe una poesía que piensa con el cuerpo, que nombra el cuerpo, que lo dignifica.
5. El poema imprescindible
El poema imprescindible del libro es «De garnacha y de graciano», y es imprescindible por tres razones: por su contenido, por su forma y por lo que enseña sobre la poesía que Sasia quiere hacer.
DE GARNACHA Y DE GRACIANO
Ciudadano del momento
que se cierne intermitente,
echo de menos los cielos
que se cubrían joviales,
encajados al pretérito.
Ella.
bebiéndose a tragos pétreos,
las tinieblas, los relámpagos,
las tormentas, los chubascos…;
sirviendo en bandejas de plata,
sonrisas de mil colores,
destellos, luminarias,
periferias tolerantes
y hojaldres de resplandores.
Él…
enredado en su maraña oblicua
de amaneceres iguales,
menestral de rutinas
forjadas al fuego lento
de su propia colada,
silencia, los silencios,
en la amnesia involuntaria
de su transparencia perenne.
Vástago maduro
de su frutal caduco,
busco las uvas mustias
de sus vides marchitas,
en remanso…
para sorber a sorbos callados:
-Sus tinieblas, sus relámpagos,
sus tormentas, sus chubascos.-.
Enhiesto,
sobre las sienes mudables
de los flancos,
en flor, de mi parral sensato,
echo de menos sus cepas,
de garnacha y de graciano.
Es imprescindible, primero, por su contenido: en apenas tres estrofas, el poeta retrata a una madre y a un padre que envejecen —ella con la vitalidad serena de quien ha dado todo, él con la opacidad del alzheimer que avanza— y luego se sitúa él mismo como «vástago maduro» que busca en la memoria lo que el presente le quita. Es un poema que nombra el alzheimer sin nombrarlo, que describe la enfermedad sin patetismo, que convierte el dolor en paisaje, en vendimia, en cepa.
En segundo lugar, es imprescindible por su forma: el uso de los puntos suspensivos para producir una cadencia de procesión, la distribución tipográfica que separa «Ella.» y «Él…» como dos bloques autónomos dentro del poema, la enumeración que se cierra con la palabra «resplandores», el léxico de la vendimia que no es decorativo sino identitario. Y el final —«echo de menos sus cepas, / de garnacha y de graciano»— es un cierre que suena a canto fúnebre y a la vez a himno a la vida.
En tercer lugar, es imprescindible porque enseña qué tipo de poesía quiere hacer Sasia: una poesía que no idealiza a los padres, que no los reduce a símbolos, que no los usa como excusas para el lucimiento del yo. Una poesía que dice: estos son mis padres, estas son sus viñas, este es su alzheimer, este es mi duelo. Una poesía que, en definitiva, los respeta.
Síntesis final
El tiempo huele a papel es un libro que merece ser leído despacio, en voz alta, con la misma atención con que se lee un buen poema de Gil de Biedma, de Caballero Bonald, de Francisco Brines. Es un libro de un poeta que ya sabe lo que quiere decir y cómo lo quiere decir, y eso es algo que sólo se consigue después de muchos años de escritura.
Si tuviera que recomendar este libro con una sola fórmula, diría: léanlo en tres tardes, una por bloque. Léanlo como quien relee una carta de los padres. Léanlo como quien acepta que el tiempo pasa y que uno puede escribir poemas que, al menos, huelan a papel, a salitre, a arrope, a salmuera, a garnacha y a graciano.


