Análisis académico
Ángela Isabel de Claudia Soneira — Grupo Editorial Pérez-Ayala
ORCID: 0009-0000-7439-6149
Estudio sobre Sinencuentro, de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero (Editorial Poesía eres tú, Madrid, 2026. ISBN 979-13-87806-55-2).
Título del estudio en Zenodo: Estimada/o lectora/or: figuras del lector y estética de la recepción en Sinencuentro. Registro: https://zenodo.org/records/23536555
1. Introducción
Pocos libros nombran a su lector tantas veces como Sinencuentro (Editorial Poesía eres tú, 2026), de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero. La carta que lo abre comienza con un vocativo, «Estima Lector/a.» (p. 7); el poema que da título al libro se cierra dirigiéndose a la «estimada/o lectora/or» (p. 50); una composición invita a la lectora o al lector a elegir un final; otra repite la invitación al «Amigo lector / lectora» (p. 57); un lector ficticio escribe al autor y el autor le responde; y el epílogo se abre con el vocativo «Estimada/o Lectora/or:» (p. 85) y se despide de él con la fórmula «Lector/ra… Otra vez será.» (p. 85). El lector no es en este libro una instancia implícita que el análisis deba reconstruir, sino un interlocutor al que el texto se dirige, al que pide indulgencia, al que ofrece opciones y al que representa.
Este análisis estudia las figuras del lector en Sinencuentro desde la estética de la recepción. Su objetivo es identificar los distintos papeles que el libro asigna a quien lo lee, describir los procedimientos con que los construye y examinar qué tipo de lectura propone. La hipótesis es que el libro articula una secuencia de figuras lectoras, del lector apelado al lector representado, pasando por el lector elector, y que esa secuencia culmina en una lectura doble: la que el lector hace de la primera parte y la que rehace tras leer la segunda.
El marco teórico procede de la estética de la recepción alemana, en particular de Hans Robert Jauss (1970; 2000) y Wolfgang Iser (1987), recogidos en la antología editada por Rainer Warning (1989), y de la semiótica de la lectura de Umberto Eco (1981; 1984). Se tienen en cuenta además los estudios sobre la metaficción de Linda Hutcheon (1980) y Patricia Waugh (1984), que han atendido al papel del lector en los textos autoconscientes.
2. El lector apelado: la carta abierta
El primer lector que aparece en el libro es el destinatario de la carta inicial. La carta lo saluda con una fórmula de cortesía epistolar y le dirige tres mensajes. El primero es una justificación del título, que el lector podría considerar extravagante. El segundo es una petición de indulgencia basada en la edad del autor: «Con edad avanzada puede uno escribir cosas no bien establecidas, pues se achaca a los trastornos propios de los muchos años, y no se ha de pedir por ello perdón.» (p. 7). El tercero es un deseo: que el lector encuentre en el libro un rato de esparcimiento, «encontrar en ella un rato de esparcimiento análogo al que nosotros hemos tenido al pensarla y escribirla.» (p. 7).
Cada uno de estos mensajes anticipa una reacción posible del lector y procura orientarla. Jauss (1970) llamó horizonte de expectativas al sistema de referencias con que el público recibe una obra, formado por su conocimiento del género, de las obras anteriores y de la diferencia entre el lenguaje poético y el práctico. La carta inicial intenta configurar ese horizonte. Al definir la obra como novela corta, sitúa al lector ante un género narrativo que el libro, compuesto en buena parte de poemas breves, no cumple de forma convencional. Al pedir indulgencia, rebaja las expectativas de corrección formal. Al desear esparcimiento, establece el registro lúdico de la lectura.
La carta contiene además un detalle que no conviene pasar por alto. El deseo de esparcimiento se formula en primera persona del plural: el rato que nosotros hemos tenido al pensarla y escribirla. La carta está firmada por Enrique, pero el plural incluye a la coautora. El lector es informado desde el principio de que la obra es fruto de un trabajo compartido, aunque la carta hable en nombre de uno solo. La autoría doble forma parte del horizonte que el libro construye. Philippe Lejeune (1994) mostró que la firma y el nombre propio determinan el tipo de pacto que el lector establece con un texto; en Sinencuentro, la firma individual de la carta y el plural de su enunciado preparan una lectura en la que el lector deberá atender a dos firmas y a dos versiones.
La forma del vocativo inicial, «Estima Lector/a.» (p. 7), con la barra que separa el masculino del femenino, inaugura un rasgo que se mantiene a lo largo del libro: la doble marca de género en todas las apelaciones al lector. La lectora o lector, estimada/o lectora/or, amigo lector / lectora, lector/ra: el libro se dirige de manera explícita a lectoras y lectores. El rasgo tiene un valor que excede la corrección lingüística. En un libro que trata de la diferencia entre la mirada de un hombre y la de una mujer sobre una misma relación, la insistencia en que el lector puede ser de uno u otro sexo anticipa que la lectura dependerá, en parte, de la posición desde la que se lea.
3. El lector elector: los finales alternativos
La segunda figura lectora aparece en la composición «¿Cómo terminar la Historia?» (p. 45), que ofrece al lector la posibilidad de elegir el final: «La Lectora/Lector puede escoger entre los cinco finales expuestos el que le sea más agradable o vaya mejor con su posible romanticismo:» (p. 45). La elección no se presenta como resultado de un análisis del texto, sino como cuestión de preferencia personal: el final más agradable, el que mejor se ajuste al romanticismo de cada cual. El lector se convierte en coautor del desenlace.
Eco (1984) distinguió entre la apertura que caracteriza a toda obra de arte, susceptible de interpretaciones diversas, y la apertura de las obras en movimiento, que ofrecen al intérprete la posibilidad de intervenir materialmente en su configuración. Los finales alternativos de Sinencuentro pertenecen al segundo tipo, aunque en una forma modesta: el libro no permite al lector reorganizar sus partes, pero sí le ofrece un repertorio de desenlaces entre los que elegir. La elección no modifica el texto impreso, pero modifica su sentido para quien la realiza.
Las opciones ofrecidas representan actitudes lectoras distintas. La primera, el final abierto, corresponde al lector que acepta la indeterminación. La segunda, la firma con seudónimo o con el nombre propio, corresponde al lector que se identifica con la historia hasta apropiársela. La tercera, el final de una historia de Benavente, corresponde al lector culto, que reconoce en la tradición un desenlace adecuado. La cuarta, el deseo de que la tormenta acabe y la vida florezca, corresponde al lector romántico. Y la quinta, no rotulada, que el texto introduce con la frase «Después de mucho cavilar caigo que debo comenzar por escribirla.» (p. 47), corresponde al lector que prefiere que la historia se cuente antes de terminarla.
Iser (1987) describió el texto literario como una estructura que contiene lugares de indeterminación, vacíos que el lector debe llenar mediante la actividad de la lectura. Los finales alternativos son un caso extremo de esa estructura, porque el vacío no es implícito sino explícito: el texto declara que el final falta y propone al lector varias formas de llenarlo. Pero el libro no deja el vacío del todo abierto, porque ofrece opciones predefinidas. El lector elige dentro de un repertorio que el autor ha preparado. La libertad del lector es real, pero está guiada.
4. El lector disuadido: la autocrítica como estrategia
Junto a las invitaciones, el libro contiene una serie de disculpas dirigidas al lector que funcionan como estrategia de recepción. La composición «Ha pasado justamente un año», tras sesenta versos de felicitación, se dirige a su destinataria con una advertencia sobre la pérdida de tiempo que supone leerla: «Si bien, al leerme pierdas tu tiempo.» (p. 42); y añade, con un matiz de complicidad: «¡Quizás! quieras perderlo este año.» (p. 42). Al final de la misma composición, la disculpa se hace explícita: «Mil perdones por malgastar tu tiempo.» (p. 43). El poema «Sinencuentro» termina con una declaración de incapacidad: el autor no es buen versificador y pide mil perdones por no narrar la historia. Y el epílogo vuelve sobre la posible decepción del lector: «De no ser así, lo siento, yo no tengo más talento.» (p. 85).
Estas disculpas tienen una función paradójica. En apariencia, rebajan el valor de la obra y anticipan su rechazo. En la práctica, desarman la crítica, porque el autor se ha adelantado a formularla. La retórica clásica conocía este procedimiento con el nombre de captatio benevolentiae: el orador que se declara inferior a su tarea predispone al público a su favor. En Sinencuentro, la captatio no se limita al prólogo, como en la tradición, sino que se distribuye a lo largo del libro y reaparece en los momentos en que el lector podría impacientarse o decepcionarse.
El efecto de esta estrategia sobre el horizonte de expectativas es claro. El lector que recibe tantas advertencias sobre las limitaciones del autor no espera una obra de virtuosismo formal, y juzga el libro desde otros criterios: la sinceridad, el ingenio, la capacidad de entretener. Jauss (2000) sostuvo que el valor de una obra se mide por la distancia estética que la separa del horizonte de su público; Sinencuentro reduce deliberadamente esa distancia en el plano formal y la sitúa en el plano estructural, donde el libro sí propone una experiencia de lectura poco convencional.
5. El lector representado: la carta del Lector Empedernido
La tercera figura lectora es la más elaborada. En el apartado P.S., un personaje que firma como Un Lector Empedernido escribe al autor tras haber leído la primera parte del libro. Su carta comienza con una declaración de atención: «Te he leído con buena atención y he creído conveniente que te debo escribir» (p. 63). El lector representado es, por tanto, un lector cuidadoso, que ha leído con detenimiento y que considera la lectura un acto que exige respuesta.
El contenido de la carta es una crítica de lectura. El lector reprocha al autor la parcialidad de su relato, le recomienda una obra de la coautora como contrapunto y le acusa de ver en blanco y negro lo que ella percibe en matices. Pero la carta no se limita a criticar. El lector ejerce también la opción que el libro le había ofrecido: elige uno de los cinco finales, el cuarto, por considerarlo el más romántico, y explica las condiciones en que ese final sería posible: un arrepentimiento sincero del autor y el abandono de las posiciones que le alejan de ella. El lector representado hace, así, lo que el libro pedía al lector real: elegir, y razonar su elección. Janet Gurkin Altman (1982) dedicó un capítulo de su estudio de la epistolaridad al peso del lector, es decir, a la forma en que el destinatario de una carta condiciona lo que se escribe; en el apartado P.S., ese peso se ejerce sobre el autor, que modifica su posición a partir de la carta recibida.
Iser (1987) distinguió entre el lector implícito, entendido como estructura del texto que prefigura la actividad de la lectura, y los lectores reales que actualizan esa estructura. La carta del Lector Empedernido es un caso en el que el lector implícito se hace explícito: el texto representa a un lector que lee de la forma en que el texto quiere ser leído. Eco (1981) llamó lector modelo a la figura de lector que el texto construye mediante sus estrategias, y advirtió que el texto puede representar a ese lector dentro de sí. El Lector Empedernido es un lector modelo representado, y su función es mostrar al lector real el tipo de lectura crítica y participativa que el libro espera.
La respuesta del autor confirma la eficacia de esa lectura. En la «Carta del autor» (p. 65), la voz autorial reconoce haber leído con atención la carta recibida: «Ya he leído con atención tu escrito y pienso que es mi deber escribir, contestar a tu misiva en pocas palabras» (p. 65); acepta la crítica, declara su arrepentimiento y agradece al lector su intervención: «Muchas Gracias apreciado amigo por intuir que contabas conmigo.» (p. 65). La relación entre autor y lector se presenta como una amistad, y la crítica como una forma de colaboración. El lector no es un juez externo, sino un interlocutor que contribuye a la obra.
La intervención de la Redacción, que se dirige a ambos con la fórmula «Mis muy estimados: Autor y Lector:» (p. 67), sitúa al autor y al lector en un mismo plano, como corresponsales de un medio que media entre ellos. Y la nota final del apartado informa de que ambos agradecieron la excepción: «Ambos, Lector y Autor, dieron las gracias al Redactor y a la Redacción por la excepción.» (p. 69). La simetría de la fórmula, que antepone al lector, refuerza la igualdad entre ambas figuras. Hutcheon (1980) señaló que la metaficción convierte al lector en cocreador del texto; el apartado P.S. de Sinencuentro dramatiza esa cocreación.
6. La segunda lectura: la parte de ella como relectura
La cuarta figura lectora no está representada en el texto, sino que se constituye en la lectura de la segunda parte. Tras leer la crítica del lector ficticio, el lector real llega a la prosa de Zapata Tinajero sabiendo que en ella encontrará la otra versión de la historia. Esa prosa, de algo más de dos páginas, narra la noche de la declaración desde la perspectiva de ella, explica sus razones para rechazarla y describe la continuación de la amistad.
La lectura de la segunda parte obliga a releer la primera. Los mensajes que la voz masculina presentaba como expresión de afecto se revelan, desde la perspectiva de ella, como insistencia que había que contener. La tormenta, que en el poema de la primera parte era una noche de miedo vivida por una anciana, se revela como la noche de la declaración. El estribillo según el cual todo pasó y no fue nada se reformula en la prosa de ella como nada pasó y pasó tanto. El lector que llega al final del libro dispone de dos versiones y debe reconstruir la historia a partir de ambas.
Jauss (1970) describió la historia de la recepción como una sucesión de lecturas en la que cada una modifica el horizonte de las siguientes. Sinencuentro reproduce esa sucesión dentro de un solo libro. La primera lectura, la de la parte masculina, establece un horizonte; la crítica del lector ficticio lo cuestiona; la segunda lectura, la de la parte femenina, lo transforma. El libro está construido para que el lector experimente, en el curso de una sola lectura, el cambio de horizonte que la recepción histórica de una obra produce a lo largo del tiempo.
Paul Ricoeur (1995) situó en la lectura el último momento de la configuración narrativa, aquel en el que el mundo del texto se encuentra con el mundo del lector. En Sinencuentro, ese encuentro se produce dos veces, y la segunda corrige la primera. La prosa de ella no contiene apelaciones al lector: es un texto introspectivo, en el que la narradora se interroga a sí misma. La diferencia de modo enunciativo es significativa. La voz masculina necesita al lector, lo invoca, le pide indulgencia y le ofrece opciones; la voz femenina habla para sí, y el lector la escucha. La segunda parte no busca la complicidad del lector, sino que se la gana por la claridad de su razonamiento. Roland Barthes (2008) escribió, al presentar sus fragmentos sobre el lenguaje del enamorado, que el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad; la voz masculina de Sinencuentro habla desde esa soledad y busca en el lector el interlocutor que la destinataria no es, mientras que la voz femenina, que no está enamorada en el mismo grado, no lo necesita. Y la prosa de ella es, en el sentido de Mijaíl Bajtín (1982), un enunciado que responde a otro anterior: su sentido pleno solo se percibe en relación con los poemas a los que contesta.
El final de la prosa de ella deja la historia abierta, pero de otro modo que la primera parte. La narradora se pregunta si asistirá a la próxima comida, si asistirá él, si seguirán con el juego de la espera: «¿Asistiré? ¿Asistirá él?» (p. 78). Y concluye con una frase breve que deja la decisión al tiempo. El lector que en la primera parte había sido invitado a elegir el final descubre que, en la segunda, la decisión no le corresponde: pertenece a la narradora, y ella la ha tomado ya en lo esencial, al negarse a cruzar la línea de la amistad.
7. Itinerarios de lectura: índices, silencios y una firma
La construcción del lector en Sinencuentro no depende solo de las apelaciones explícitas, sino también de la disposición material del libro, que propone itinerarios de lectura. El volumen tiene tres índices: uno para cada parte y uno general. El primero aparece después de la parte de Graciani Constante (pp. 61-62); el segundo, después de la de Zapata Tinajero (p. 81); el general, al final del volumen (p. 91). Esta disposición, poco habitual, invita a leer cada parte como una unidad cerrada, con su propio recorrido, antes de integrarla en el conjunto.
El primer índice contiene una entrada que altera ese itinerario: registra el poema «El Duende» en la página 83, es decir, fuera de la parte que indexa. El lector que consulta el índice de la primera parte encuentra una remisión a una página situada después de la segunda. La anomalía, cuyo origen el libro no explica, obliga al lector atento a preguntarse por la pertenencia del poema y, al encontrarlo después de la prosa de ella, a leerlo como respuesta a esa prosa. El índice funciona, en este caso, como un indicador que dirige la lectura hacia un lugar inesperado.
El libro contiene también silencios materiales. Varias páginas pares quedan en blanco, como es habitual en la maquetación, pero algunas pausas tienen valor significativo: tras la pregunta por la imaginación en el poema «Sinencuentro», el texto deja un espacio vacío antes de la estrofa que justifica la interrupción del relato; en la «Carta a los Reyes Magos», un signo de interrogación que encierra unos puntos suspensivos, sin palabras, marca la incapacidad del sujeto para decidir qué pedir (p. 25); en Un grácil «Escusa», una línea de guiones separa dos cuartetas y dos momentos de la historia (p. 36). Iser (1987) consideró que los vacíos del texto no son defectos, sino condiciones de la actividad lectora; los silencios tipográficos de Sinencuentro son vacíos de este tipo, que el lector llena con lo que el contexto le permite inferir.
El caso más notable es la palabra aislada que sigue al poema «¿Fin?». Tras invitar al lector a buscar un final entre los propuestos, el texto reproduce el estribillo, que termina en dos puntos, y deja en página aparte una sola palabra: «Yo.» (p. 59). El índice la registra como entrada propia. La palabra admite, al menos, dos lecturas. Puede ser la respuesta del autor a la paradoja del estribillo: entre todo y nada, yo. Puede ser también la firma que la opción B de los finales proponía al lector: que cada cual ponga su nombre. En la segunda lectura, la palabra yo deja de pertenecer al autor y pasa a pertenecer a quien lee. El lector que la pronuncia firma la historia. El libro le ofrece así, en una página casi vacía, el lugar más explícito de su participación.
8. Lector y lectora: la doble marca de género
Se ha señalado que el libro se dirige de manera sistemática a lectoras y lectores mediante la doble marca de género. Conviene examinar esta característica con más detalle, porque su función excede la de una fórmula de cortesía. Las apelaciones al lector presentan variaciones en el orden de los géneros: la carta inicial dice «Lector/a» y menciona después a «la lectora o lector»; la composición de los finales habla de «La Lectora/Lector»; el párrafo final del poema largo, de «estimada/o lectora/or»; el poema «¿Fin?», de «lector / lectora»; el epílogo, de «Estimada/o Lectora/or» y de «Lector/ra». El orden varía: unas veces precede el femenino, otras el masculino.
Esta variación sugiere que la doble marca no es un automatismo, sino una atención consciente a la posibilidad de que el libro sea leído por mujeres y por hombres. La cuestión es pertinente para un libro cuyo tema es la diferencia de perspectiva entre un hombre y una mujer. La carta del lector ficticio, que reprocha al autor su visión parcial, está firmada por un lector en masculino, Un Lector Empedernido; pero lo que defiende es la perspectiva de ella. El lector ficticio es un hombre que lee desde la posición de la mujer, o que al menos reconoce su existencia.
La teoría de la recepción ha atendido de forma creciente a la influencia del género del lector en la lectura. Sin entrar en ese debate, puede observarse que Sinencuentro parece prever dos lecturas diferenciadas de la primera parte: la de quien se identifica con la voz masculina y su espera, y la de quien percibe, como el lector ficticio, la ausencia de la otra mirada. La segunda parte del libro da la razón a la segunda lectura. La doble marca de género en las apelaciones anticipa, por tanto, la doble estructura del libro.
9. Los lectores reales: el agradecimiento y la edición
El libro contiene además una referencia a lectores reales, distintos del lector apelado y del representado. La página de agradecimiento dice: «Los Autores hacen constar su agradecimiento profundo al equipo de Editorial Poesía eres tú por su lectura atenta y sus sugerencias durante la preparación de este libro.» (p. 87). Los primeros lectores del libro son, según esta indicación, quienes participaron en su edición, y su lectura, calificada de atenta, se acompañó de sugerencias que contribuyeron a su forma final.
Genette (2001) incluyó los agradecimientos entre los elementos del peritexto que informan al lector sobre las circunstancias de producción de la obra. En Sinencuentro, el agradecimiento cumple esa función y, además, establece una continuidad con el resto del libro. La lectura atenta del equipo editorial se corresponde con la lectura atenta del lector ficticio, que también lee con buena atención y escribe al autor. En ambos casos, la lectura es un acto que interviene en la obra. La carta del lector ficticio, que pide al editor que no deje su carta en el cajón, introduce la figura del editor como intermediario, y el agradecimiento final confirma que esa mediación tuvo lugar en la realidad.
Las notas finales ofrecen otro indicio de la relación del autor con sus lectores reales. La última de ellas corrige una errata de un libro anterior del autor y agradece al nieto que se la señaló: «Gracias a mi nieto por enseñármela y perdón, son cosas de la edad.» (p. 90). El lector familiar que detecta un error es otro de los lectores reales que el libro reconoce. La obra se presenta como resultado de una red de lecturas, de la familiar a la editorial, que la han acompañado en su elaboración.
10. El epílogo y la lectura contemplativa
El epílogo, firmado por Enrique, cierra el libro con una última apelación al lector. Su primera estrofa plantea la ambigüedad sobre la naturaleza de lo leído y expresa una esperanza: «Se terminó con euforia pensando que te gustará.» (p. 85). La segunda contiene la disculpa ya comentada y la despedida: otra vez será. Las dos últimas declaran el propósito de seguir escribiendo: «Es mi propósito seguir párrafos versificando,» (p. 85), y las dificultades de hacerlo. El libro termina con la promesa de una continuación y, por tanto, con la previsión de nuevos lectores.
Antes del epílogo, el poema «El Duende» ofrece una imagen de otro tipo de recepción, la contemplación estética compartida. El poema describe a dos personas que, en una terraza, contemplan un atardecer de invierno: «con los ojos del alma, contemplamos, sentimos, admiramos tu belleza.» (p. 83). Y precisa que esos ojos se abren solo en ocasiones: la belleza «hace sentir a los ojos del alma, normalmente cerrados, su presencia.» (p. 83). Los ojos del alma son la facultad de percibir la belleza más allá de la percepción ordinaria, y el poema los presenta como algo que se activa en una experiencia compartida.
Esta imagen puede leerse como una figura de la lectura que el libro desea. Iser (1987) describió la lectura como un proceso en el que el texto se constituye en la conciencia del lector mediante la síntesis de perspectivas sucesivas. La contemplación descrita en «El Duende» tiene rasgos análogos: dos personas que miran lo mismo, cada una desde su lugar, y que comparten una experiencia que ninguna de ellas produciría sola. El libro, construido con dos perspectivas sobre una misma historia, pide al lector una lectura de ese tipo: la síntesis de dos miradas que, por separado, ofrecen versiones incompletas.
11. Conclusiones
El análisis de las figuras del lector en Sinencuentro permite extraer las siguientes conclusiones.
En primer lugar, el libro nombra al lector con una frecuencia inusual y le asigna papeles diversos. El lector apelado de la carta inicial recibe una justificación del título, una petición de indulgencia y un deseo de esparcimiento, mediante los cuales el libro configura su horizonte de expectativas. La carta informa además, mediante un plural, de que la obra es fruto de un trabajo compartido.
En segundo lugar, el lector elector recibe la posibilidad de escoger el final entre cinco opciones, cuatro rotuladas y una implícita, que representan actitudes lectoras distintas. La elección es libre dentro de un repertorio preparado por el autor, y convierte al lector en coautor del sentido de la obra.
En tercer lugar, el libro distribuye a lo largo de su desarrollo una serie de disculpas que funcionan como captatio benevolentiae, rebajan las expectativas formales y desplazan el juicio del lector hacia criterios de ingenio y de sinceridad.
En cuarto lugar, la carta del Lector Empedernido representa dentro del libro al lector modelo: un lector atento, crítico y participativo, que elige un final, razona su elección y contribuye a la obra. La respuesta del autor y la intervención de la Redacción sitúan al autor y al lector en un mismo plano y dramatizan la cocreación del texto.
En quinto lugar, la segunda parte del libro obliga a releer la primera y produce, dentro de una sola lectura, el cambio de horizonte que la recepción histórica de una obra produce a lo largo del tiempo. La prosa de ella, sin apelaciones al lector, contrasta con la voz masculina, que necesita al lector y lo invoca constantemente.
En sexto lugar, la doble marca de género en todas las apelaciones al lector anticipa la doble estructura del libro y prevé lecturas diferenciadas de la primera parte. El agradecimiento al equipo editorial y la nota sobre la errata señalada por un familiar reconocen, por último, a los lectores reales que acompañaron la elaboración de la obra.
En conjunto, Sinencuentro construye un modelo de lectura participativa, dialogada y doble, en el que el lector elige, critica, relee y sintetiza. El poema «El Duende», con su imagen de una contemplación compartida con los ojos del alma, ofrece una figura de esa lectura. El libro no se limita a ser leído: escenifica su propia lectura, en el modo que José María Pozuelo Yvancos (1993) atribuía a las ficciones que incorporan una reflexión sobre su estatuto, y la propone como experiencia que se comparte, al modo de la belleza que dos personas contemplan juntas desde una terraza.
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DOI: 10.5281/zenodo.23536555
Registro en Zenodo: https://zenodo.org/records/23536555
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