Mockup del libro Sinencuentro (2) – Sinencuentro, de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero

Sinencuentro de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero: análisis literario completo

Introducción

Sinencuentro, publicado por Editorial Poesía eres tú en 2026, es un libro escrito a dos voces. Enrique Graciani Constante firma la parte titulada «Punto de vista de él» y Eloísa Zapata Tinajero la titulada «Punto de vista de ella». El volumen, de 94 páginas, combina poemas, cartas, notas y prosa narrativa, y su propio autor lo presenta en la «Carta abierta» como «esta novela corta y las metáforas que la desarrollan». Esa declaración orienta la lectura: no estamos ante una colección de poemas sueltos, sino ante una historia contada en verso, con un arco que va de la ilusión al desengaño y que se cierra, en la segunda parte, con la versión de la otra protagonista.

El título es un neologismo que el propio Graciani defiende en la apertura: «Ya sé que la palabra «sinencuentro» no está en el diccionario de la Real Academia Española, pero igual que existe la palabra desencuentro, en el presente caso podría existir; resume mejor el objetivo propuesto». La diferencia es precisa. Un desencuentro supone que dos personas se encontraron y no se entendieron; un sinencuentro nombra el encuentro que no llega a producirse. El libro entero trabaja sobre esa ausencia: lo que pudo ser, lo que uno de los dos deseó y la otra decidió no permitir.

La historia es sencilla en su trazado. El protagonista de la primera parte, un personaje que el propio poema «Sinencuentro» sitúa entre el «Trabajo y jubilación.» de dos vidas paralelas, mantiene durante años una amistad con una compañera de toda la vida; le escribe por WhatsApp en cada fecha señalada, organiza comidas, alimenta una ilusión. Una noche de tormenta se declara. Ella dice que no. A partir de ahí, los poemas de él registran el duelo de esa ilusión, y la prosa de ella explica sus razones. Lo que da interés literario al conjunto no es el argumento, sino el modo en que se cuenta: con humor, con ironía sobre la propia edad, con un juego constante entre realidad e imaginación que el autor resume con la fórmula que toma de su libro anterior, Sevilla en primavera: «La imaginación al poder».

La ciudad de Sevilla está presente de principio a fin, no como decorado sino como testigo. En «Acta Notarial» es la propia ciudad la que habla: «Yo Sevilla, de ambos residencia,» / «que Testigo fui de la incidencia.» Esa personificación, entre jurídica y festiva, define el registro del libro: una seriedad de fondo que se expresa con gracia.

Estructura y arquitectura del libro

Sinencuentro se organiza en dos partes con portadilla propia, cada una con su índice. Abre con una «Carta abierta» del autor y cierra con un «Epílogo», un «Agradecimiento» y un apartado de «Notas» que documenta las referencias del texto. Entre las dos partes se intercala una sección epistolar, introducida por las siglas P.S. y P.D., que funciona como bisagra.

La primera parte, «Punto de vista de él», sigue un orden cronológico marcado por el calendario: un 28 de diciembre, un cumpleaños, varias Navidades, una carta a los Reyes Magos, los meses de enero y julio, un aniversario. Esa sucesión de fechas reproduce la lógica de los mensajes que él envía, puntuales en cada celebración. Hacia la mitad aparece la tormenta, que es el núcleo dramático, y a partir de ahí los poemas se enlazan mediante un estribillo que se repite al pie de cada pieza: «Todo pasó y… no fue nada.» / «Nada pasó y… fue todo.» Ese estribillo convierte la serie en un relato continuo y da al lector la sensación de estar leyendo capítulos.

El tramo final de la primera parte rompe el pacto narrativo de forma deliberada. En «¿Cómo terminar la Historia?» el autor ofrece al lector varios finales posibles, desde «A) Tal cual está. Sin final concreto.» hasta un deseo en verso. Inmediatamente después confiesa: «Después de mucho cavilar caigo que debo comenzar por escribirla.» Solo entonces llega el poema «Sinencuentro», que narra la comida, el paseo y la despedida. Contar el final antes que el relato es una decisión estructural que obliga a releer todo lo anterior.

La sección epistolar introduce un tercer personaje: un lector que escribe al autor para reprocharle su visión parcial. «Te has olvidado: La otra parte» / «también existe en un sinencuentro.» El autor contesta, la Redacción cierra la polémica y una nota final, «Sin publicar», añade que ambos dieron las gracias. Este artificio prepara la entrada de la segunda voz.

La segunda parte, «Punto de vista de ella», es breve y está escrita sobre todo en prosa. Contiene una dedicatoria, el relato de la noche de la tormenta desde la perspectiva femenina y un obituario. El desequilibrio de extensión entre ambas partes tiene sentido: él necesita muchos poemas para rodear lo que no pasó; ella lo explica en pocas páginas.

Voz poética y perspectiva

La voz de la primera parte es la de un hablante de edad avanzada, como él mismo declara en la «Carta abierta», que se observa con ironía. No oculta su edad ni la convierte en tragedia; la usa como recurso de humor. En la «Carta abierta» se adelanta a las críticas: «Con edad avanzada puede uno escribir cosas no bien establecidas, pues se achaca a los trastornos propios de los muchos años, y no se ha de pedir por ello perdón.» En «Fue bonito» se mira a sí mismo con el filtro del cine: «En Sevilla, no en Casablanca;» / «como un H. Bogart cualquiera:» / «Siempre me, ¿nos?, queda «París».» La duda entre «me» y «nos», encerrada entre signos de interrogación en mitad del verso, condensa toda la historia: él no sabe si el recuerdo es compartido.

Esa voz combina la ternura con la autoparodia. En «Ha pasado justamente un año», un largo poema construido sobre las palabras «año» y «tiempo» en posición final de verso, el hablante comenta su propio artificio: «Jugar con las palabras: año, tiempo.» y termina disculpándose: «Qué rollo he parido este año.» La conciencia del juego es constante. El libro no pretende hacer pasar por grande lo que es cotidiano; pide al lector que lo acompañe en una diversión que tiene un fondo de tristeza.

La voz de Eloísa Zapata Tinajero es distinta en tono y en forma. Escribe en prosa, en primera persona, con frases cortas y una lógica de razonamiento. Si él rodea lo ocurrido con metáforas, ella lo nombra: «Él, compañero de toda la vida, había ido estrechando el cerco en torno a mí.» Reconoce el halago, pero también el límite: «Sin embargo, hay algo que me detiene, que me lleva a cortarle las alas, que me impide ceder a sus pretensiones.» Su texto no responde al de él con reproche, sino con una explicación serena que no renuncia a la ambigüedad: «¿Seguiremos con el juego de la espera como punto de conexión? Ya veremos.»

El contraste entre ambas perspectivas es el eje del libro. El lector que en la sección epistolar acusa al autor de escribir «solo negro sobre blanco» anticipa lo que la segunda parte confirma: que ella veía matices que él no percibía.

Temas centrales

El primer tema es la ilusión, entendida como algo que se cultiva y que puede marchitarse. El libro la representa con una imagen vegetal recurrente. En «Acta Notarial» aparece «la cuidada planta de la ilusión», que cada Navidad da un capullo. En «¡De ilusión también se vive!» la imagen se desarrolla: «La Esperanza, esa flor» / «que en la planta de la ilusión» / «florece, siempre ilumina». Y en «Julio» el balance es seco: «La Esperanza siguió su camino.» La distinción entre ilusión y esperanza recorre el libro: la primera es la expectativa concreta de un encuentro; la segunda, una disposición más amplia que sobrevive al fracaso de la primera.

El segundo tema es el límite de la amistad. «La «Línea»» lo formula como norma de conducta caballeresca: «La línea no sobrepasar.» / «A la amistad separas» / «de un más allá deseado.» El poema termina con dos versos enigmáticos que juegan con la imagen de la armadura y las aduanas. La misma línea reaparece en la prosa de ella, esta vez desde dentro: «No, no quiero pasar la línea de la amistad. Lo siento, pero no puede ser», le contesta. Lo que en él es una regla que se impone y transgrede, en ella es una decisión tomada en libertad.

El tercer tema es precisamente la libertad. La dedicatoria de la segunda parte se dirige a la mujer «que optas por tu libertad por encima de todo.» Y el relato lo explicita: «No, no quiero dejar de ser libre.» La negativa no se presenta como rechazo de él, sino como defensa de una vida propia. Esa lectura convierte el libro en algo más que una historia sentimental: es también una reflexión sobre lo que cada uno está dispuesto a ceder en la vejez.

El cuarto tema es la comunicación a distancia. WhatsApp aparece en el título de un poema y en muchos versos. El autor lo celebra con una cita de La verbena de la Paloma: «Hoy las ciencias adelantan» / «que es una barbaridad». Pero el mismo medio que facilita el contacto lo empobrece. El poema sin título que cierra «Ha pasado justamente un año» lo resume: «Tu sonrisa, en el año,» / «iluminaba una vez,» / «con buena luz, a mi vejez.» / «Ya, con WhatsApp, me apaño.» Y ella confirma la distancia desde el otro lado: «Son mensajes asépticos de whatsapp en los que intenta disimular su interés personal.»

El quinto tema es la muerte de los amigos. Dos obituarios, uno en cada parte, introducen un registro grave. En el de él: «Poco a poco se nos va la vida.» En la carta de despedida a Marisa Lobato, firmada por Eloísa Zapata: «Te fuiste sin hacer ruido, sin dar la lata, sin que nadie supiéramos de tu enfermedad.» Estas piezas sitúan la historia sentimental dentro de una etapa de la vida en la que el tiempo disponible es corto, y explican la urgencia de él y la prudencia de ella.

Recursos estilísticos y técnica poética

El recurso más visible es la paradoja. El estribillo central se construye sobre la inversión de términos: «Entre todo y nada,» / «entre nada y todo:». En «28 de diciembre», día de los Santos Inocentes, la paradoja se vuelve broma: «Todo es verdad,» / «nada es verdad.» Y en «Acta Notarial» se expresa como quiasmo: «La realidad será todo un sueño.» / «El sueño se hará una realidad.» Estas construcciones reflejan la incertidumbre del hablante, que no sabe si lo vivido fue mucho o poco.

El segundo recurso es la metáfora doméstica. El beso recibido por WhatsApp no se guarda en el corazón ni en el baúl de los recuerdos, sino junto a una lamparilla nocturna: «Su sitio está en la peana» / «de la lamparilla que cada noche» / «lucha con mis tinieblas,». La imagen se completa con una comparación sevillana: «es cual moña de jazmines» / «que cada noche perfuma,». En «Esperanza», el rescoldo de una chimenea sirve para hablar del afecto que se resiste a apagarse: «Oh tú, oculto por ceniza, rescoldo». El libro prefiere los objetos de casa a las grandes imágenes.

El tercer recurso es la intertextualidad popular y culta. Conviven en el libro la copla («¿Será una rosa, será un clavel?», en «Enero.»), el refranero («Ojos sin ver, corazón que no siente.» / «No siempre es verdad. El refrán miente.»), el cine (Casablanca), la zarzuela, Jacinto Benavente, Rabindranath Tagore, a quien remite el «Prólogo», y Federico García Lorca, cuya conferencia sobre el duende inspira el poema final. Las «Notas» documentan cada una de estas referencias, lo que confirma su carácter deliberado.

El cuarto recurso es el léxico científico incorporado al registro amoroso. En el poema «Sinencuentro» aparecen dos versos que solo podía escribir un químico: «Fuera efecto Casimir.» / «¿Relatividad al poder?» El efecto Casimir, explicado en las Notas, describe la fuerza que aproxima dos placas muy cercanas; el autor lo invoca para negarlo, en un poema sobre dos personas que no llegan a juntarse. La respuesta llega en el verso siguiente: «No. ¿La Imaginación? ¡Sí!»

El quinto recurso es la rima, casi siempre libre pero con momentos de rima consonante y juegos fónicos. En «Julio» los cuatro versos riman en la terminación -ino: «Julio, no me perdí en el camino.» y «Está claro, soy un buen adivino.» En «Esperanza» la rima interna une «sinencuentro» y «desencuentro»: «¡Ojalá sinencuentro!» / «Que solo tu devenir» / «sea un desencuentro». La rima subraya aquí el núcleo conceptual del libro.

Tradición e influencias

Sinencuentro se inscribe en una tradición poética sevillana de corte popular, cercana a la copla, al humor andaluz y a la celebración de la ciudad. El verso «(Es «muy» útil ser andaluz a tiempo.)», en «Ha pasado justamente un año», asume esa filiación con ironía. Las referencias a la Virgen del Rocío en «La Parra», a la brisa chipionera, al Betis y a Carmona en «Tormenta» sitúan el libro en un territorio concreto.

En el plano culto, el libro remite a autores que el propio texto cita. Jacinto Benavente aparece en «¿Cómo terminar la Historia?» como modelo de final abierto. Tagore está en el origen del «Prólogo». García Lorca y su teoría del duende sostienen el poema «El Duende»: «El Duende surge, permanece, se va.» Esta presencia no es decorativa: Lorca define el duende como algo que no se explica, y el poema lo aplica al instante compartido entre dos personas.

La estructura dialógica, con una voz masculina y otra femenina que relatan la misma historia, tiene antecedentes en la novela epistolar y en el relato de perspectivas cruzadas. El recurso del lector que escribe a la redacción y del editor que corta la polémica remite a la prensa tradicional y a su sección de cartas. La Sinopsis del libro llama «ucronía» a esta construcción, término que ya aparece en el poema inicial: «¿Real, ucronía? Escrita». El autor deja al lector la tarea de decidir qué parte de la historia es real.

Interpretación global

Sinencuentro puede leerse como la crónica de una ilusión tardía y de su extinción, pero también como un libro sobre los límites de una sola mirada. La primera parte construye, poema a poema, la versión de él: la espera, los mensajes, la tormenta, la declaración, el duelo. La sección epistolar le enmienda la plana: el lector le reprocha que «te comportas como un daltónico.» y le recuerda que «Ella quizás vea grises, colores,». El autor acepta la crítica con una frase que vale como lema del libro: «El pasado no se puede subsanar,» / «el presente aún se puede ganar.»

La segunda parte confirma que la historia tenía otra cara. Eloísa Zapata Tinajero escribe la escena de la tormenta desde dentro del coche: «El corazón me latía con la fuerza de los truenos.» Y la resuelve con una frase que reproduce, en prosa, el estribillo de él: «Nada pasó y pasó tanto. Nada cambió y lo cambió todo.» Esa coincidencia verbal entre las dos voces es el hallazgo más fino del libro: los dos protagonistas describen lo ocurrido con la misma fórmula, aunque lo hayan vivido de forma opuesta.

El cierre con «El Duende» aporta una lectura reconciliada. El poema describe un atardecer en una terraza, con dos personas que contemplan la puesta de sol, y concluye con una pregunta humorística dirigida a la musa de la poesía amorosa: «¿Es Erató culpable? Ni se sabe.» Lo que no fue encuentro amoroso queda como instante compartido de belleza.

Conclusión

Sinencuentro es un libro de madurez en el sentido literal del término: lo escriben dos autores que han vivido mucho y que miran el amor tardío con humor, ternura y lucidez. Enrique Graciani Constante aporta la arquitectura, el juego verbal, la ironía y la abundancia de referencias; Eloísa Zapata Tinajero aporta la contención de la prosa y la voz que explica lo que el poeta no podía ver.

El neologismo del título resume la propuesta: nombrar lo que no ocurrió. El libro lo consigue sin dramatismo, con una estructura que mezcla poemas, cartas y notas, y con un estribillo que acompaña al lector hasta el final: «Todo pasó y… no fue nada.» Para el lector interesado en la poesía narrativa, en la literatura sevillana y en los textos que dialogan entre sí, Sinencuentro ofrece una historia completa contada desde dos lados.