Mockup del libro Sinencuentro (6) – Sinencuentro, de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero

Sinencuentro de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero: elementos destacados

Sinencuentro, de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero (Editorial Poesía eres tú, 2026), cuenta una historia de amor que no llega a producirse desde dos puntos de vista. Este documento señala los elementos de mayor calidad literaria del libro: los versos que mejor lo resumen, su imagen más original, su decisión estructural más inteligente, los rasgos que hacen reconocible su voz y el poema que no puede faltar en ninguna lectura.

1. Los tres versos más poderosos

«Nada pasó y… fue todo.»

Este verso, segunda línea del estribillo que enlaza los poemas de «Punto de vista de él», contiene en seis palabras la tesis del libro. Lo que no ocurrió, el encuentro, ocupó sin embargo todo el espacio emocional del hablante. La fuerza del verso procede de la paradoja y de la pausa: los puntos suspensivos detienen la frase justo antes del predicado y obligan al lector a esperar, igual que esperó el protagonista. Su eficacia se confirma porque la otra voz del libro lo recoge en prosa, sin haberlo leído dentro de la ficción: «Nada pasó y pasó tanto. Nada cambió y lo cambió todo.» Técnica: paradoja con quiasmo, sostenida por la repetición a lo largo de la serie.

«Siempre me, ¿nos?, queda «París».»

El verso final de «Fue bonito» reescribe la frase más citada de Casablanca y la desplaza a Sevilla. Lo extraordinario está en la interrogación de una sola sílaba incrustada en el centro del verso. «Me» es la certeza del recuerdo propio; «¿nos?» es la duda sobre si ella guarda el mismo recuerdo. En una palabra entre signos, el poema plantea la pregunta que la segunda parte del libro responderá. El humor de la comparación, «como un H. Bogart cualquiera:», protege la emoción sin anularla. Técnica: intertextualidad cinematográfica y puntuación expresiva.

«Fuera efecto Casimir.»

En el poema «Sinencuentro», que narra la comida, el paseo y la despedida, el autor introduce un término de la física cuántica: la fuerza que aproxima dos placas metálicas situadas a muy corta distancia. Las Notas del libro lo explican. El verso lo invoca para rechazarlo: no habrá fuerza que junte a estos dos cuerpos. Es un verso que solo podía escribir alguien formado en la ciencia, y su presencia en un poema amoroso produce un efecto de extrañeza y de humor. La secuencia se cierra con la respuesta que da sentido a todo el libro: «No. ¿La Imaginación? ¡Sí!» Técnica: léxico científico en contexto amoroso, antítesis.

2. La imagen más original

«Su sitio está en la peana» / «de la lamparilla que cada noche» / «lucha con mis tinieblas,» / «nunca consigue la victoria,» / «nunca por rendida se da.»

En «El ¡Beso!» el hablante recibe un beso por WhatsApp y busca dónde guardarlo. Descarta el corazón, porque el ruido de los latidos lo asustaría, y descarta el baúl de los recuerdos, porque allí se perdería entre los demás. Elige la peana de una lamparilla nocturna. La originalidad está en la escala: un objeto doméstico mínimo, una luz que no vence a la oscuridad pero tampoco se rinde, se convierte en el lugar del afecto. Esa lucha nocturna de la lamparilla describe con exactitud la situación del hablante, que no consigue el amor pero no renuncia a él. La imagen se completa con un rasgo sevillano: el beso, junto a sus iguales, «es cual moña de jazmines» que perfuma la noche y «aleja mosquitos», un final humorístico que impide el exceso sentimental. Las Notas remiten a «La Lamparilla», poema de Elucubraciones, libro anterior del autor: la imagen tiene, por tanto, una historia dentro de su obra.

3. La arquitectura del libro

La decisión estructural más inteligente de Sinencuentro es dar la palabra a la otra parte. La primera sección construye, poema a poema, la versión de él. Después, una carta de un lector le reprocha esa parcialidad: «Te has olvidado: La otra parte» / «también existe en un sinencuentro.» El autor acepta la crítica, la Redacción corta la polémica, y solo entonces llega «Punto de vista de ella», escrito en prosa por Eloísa Zapata Tinajero.

Esta arquitectura eleva el conjunto por tres razones. Primera, convierte una historia de deseo masculino en un diálogo, y permite al lector juzgar desde dos lados. Segunda, el cambio de forma, del verso a la prosa, encarna la diferencia de perspectiva: él rodea lo ocurrido con metáforas; ella lo nombra. Tercera, la crítica del lector está escrita dentro del propio libro, de modo que la obra contiene su propia lectura y su propia corrección. A ello se suma la ruptura de «¿Cómo terminar la Historia?», donde los finales se ofrecen antes del relato, y la confesión que sigue: «Después de mucho cavilar caigo que debo comenzar por escribirla.»

4. La voz: qué la hace inconfundible

El primer rasgo es la autoironía sobre la edad. El autor convierte los años en motivo de humor, nunca de queja. En «Ha pasado justamente un año» se despide pidiendo disculpas por su propio poema: «Mil perdones por malgastar tu tiempo.»

El segundo rasgo es la mezcla de lo culto y lo popular. En un mismo libro conviven Tagore, Benavente y García Lorca con la copla, el refrán y la zarzuela. En «Regalo de los Reyes Magos» un refrán se corrige a sí mismo: «Ojos sin ver, corazón que no siente.» / «No siempre es verdad. El refrán miente.»

El tercer rasgo es la presencia de Sevilla como testigo. En «Acta Notarial» la ciudad habla en primera persona y da fe de lo ocurrido: «Yo Sevilla, de ambos residencia,» / «que Testigo fui de la incidencia.»

Lo que Enrique Graciani Constante hace que nadie más hace es tratar el amor tardío con el rigor de un notario, la precisión de un químico y la gracia de un sevillano, y dejar después que la mujer a la que escribe tenga la última palabra.

5. El poema imprescindible

El ¡Beso!

Recibido en un WhatsApp,
que desde lejos fue enviado
como todos los anteriores.
Con emoción, no controlada,
es recibido, sentido. A lo «Jondo»
ha llegado, cual si flamenco fuera.
Guardarlo queda.
¿En el corazón entre latidos?
El ruido lo asustará y se ocultará.
¿En el baúl de los recuerdos?
Puede jugar al escondite
entre los que allí pernoctan
y recordarlo dudoso será.
Su sitio está en la peana
de la lamparilla que cada noche
lucha con mis tinieblas,
nunca consigue la victoria,
nunca por rendida se da.
Allí, con sus iguales,
es cual moña de jazmines
que cada noche perfuma,
y, de mí, aleja mosquitos.

Todo pasó y… no fue nada.
Nada pasó y… fue todo.
Entre todo y nada,
entre nada y todo,
pienso y recuerdo,
recuerdo y añoro.
Y entre ambos dos,
pienso y añoro: Vos.

«El ¡Beso!» es el poema imprescindible de Sinencuentro porque reúne en una sola pieza todo lo que el libro hace bien. Arranca con un hecho cotidiano, la llegada de un mensaje de WhatsApp, y lo eleva mediante una comparación flamenca: el beso ha llegado «A lo «Jondo»», como un cante. Plantea después una pregunta práctica, dónde guardar algo que no es un objeto, y la resuelve con la imagen de la lamparilla y su peana, que condensa la situación del hablante. Añade el humor del jazmín que espanta mosquitos. Y termina con la versión más desarrollada del estribillo del libro, que aquí no se queda en los dos puntos sino que se resuelve en un nombre y una forma de trato antigua: «pienso y añoro: Vos.» Leído en el contexto de la serie, es el momento en que la ilusión alcanza su punto más alto antes del desenlace. Leído solo, es un poema completo sobre la manera en que guardamos lo que no llegamos a tener.

Síntesis final

Sinencuentro merece ser leído porque cuenta una historia común, la de un afecto que no es correspondido del mismo modo, con recursos poco comunes: un estribillo que hace de hilo narrativo, una ciudad que levanta acta, un término de física cuántica en mitad de un poema de amor y una segunda voz que explica lo que la primera no veía. Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero han escrito un libro sobre lo que no pasó, y han conseguido que el lector sienta que pasó todo. Formulación para materiales promocionales: Sinencuentro, un encuentro que no llegó contado desde los dos lados.