1. Introducción: un poemario habitado por cosas
Pocos rasgos definen con tanta nitidez la poética de El mosaico del duende (Editorial Poesía eres tú, 2026), primer poemario de Igor Wilk, como la persistente presencia de los objetos. El libro está literalmente habitado por cosas: una grapadora arrumbada, un soplador de hojas, un viejo teléfono Nokia, una planta de gerbera comprada en el supermercado, unos helados tras la vitrina de una cafetería, dos bombillas de bajo consumo, una hoja seca que gira en el radio de una bicicleta, una cremallera. En un porcentaje notable de los poemas, el objeto cotidiano no es un mero decorado ni un símbolo al servicio de la interioridad del yo, sino el protagonista: se le concede voz, biografía, deseo y, con frecuencia, un destino. Este trabajo se propone iluminar esa poética del objeto mediante una comparación con dos modelos tutelares de la lírica moderna de las cosas: las Odas elementales (1954) de Pablo Neruda y Le parti pris des choses (1942) de Francis Ponge.
La elección de estos dos referentes no es arbitraria. Neruda y Ponge representan, en la poesía del siglo XX, las dos grandes vías por las que el objeto humilde y cotidiano entró de lleno en el poema, y lo hicieron casi simultáneamente y desde presupuestos opuestos. Neruda, desde el Cono Sur y en plena madurez, canta el tomate, la cebolla, el traje o el caldillo de congrio en un tono celebratorio, con un yo que nombra y exalta; Ponge, desde Francia y con una radicalidad fenomenológica sin precedentes, describe el guijarro, el caracol o la lluvia procurando borrar al sujeto y dar la palabra al mutismo de las cosas. Entre estos dos polos —la celebración subjetiva y la descripción cuasi objetiva— puede situarse, para medir sus semejanzas y sus desvíos, la poética objetual de Wilk, que escribe además, como Neruda, desde Chile, aunque con una sensibilidad y un repertorio de objetos radicalmente contemporáneos.
La hipótesis que se defenderá es que Wilk hereda de ambos maestros la convicción de que el objeto cotidiano merece el poema, pero que su procedimiento característico no es ni la oda nerudiana ni la descripción pongiana, sino la prosopopeya narrativa: Wilk no canta ni describe el objeto, sino que lo personifica y le inventa una fábula, dotándolo de subjetividad, voz y peripecia. A ello suma dos rasgos que lo distancian de sus modelos y lo inscriben de lleno en el siglo XXI: la incorporación del objeto técnico y desechable —no solo el natural y elemental— y una vena crítica e irónica que apunta a la obsolescencia, el consumo y la soledad contemporáneas. El resultado es una poética que dialoga con la tradición del giro material y de la teoría de la cosa, y que encuentra en la figura del «duende» —el genio que anima la materia— su emblema.
Antes de entrar en el análisis conviene precisar el corpus. Se examinarán, del lado de Wilk, los poemas del libro en que el objeto cobra protagonismo: «obsoleta» (la grapadora), «modernidad» (el soplador de hojas), «fuera del mainstream» (el Nokia), «al contrario» (la gerbera), «un temblor» (los helados), «75 vatios» (las bombillas), «vuelta» (la hoja) y algunos otros donde la cosa comparte el foco con el yo. Del lado de Neruda, el primer volumen de las Odas elementales y la posterior “Oda a las cosas”; del lado de Ponge, Le parti pris des choses y sus escritos metapoéticos. No se pretende establecer una relación de influencia directa —no hay constancia de que Wilk se propusiera reescribir a Neruda o a Ponge—, sino una comparación tipológica que ilumine, por contraste, la especificidad de su poética.
La comparación con Neruda y Ponge no pretende, conviene insistir, medir a Wilk con una vara ajena ni reprocharle lo que no se propuso. Se trata, más modestamente, de un ejercicio de literatura comparada que usa dos poéticas canónicas y bien estudiadas como sistema de referencia para describir con precisión una poética nueva. El método comparativo tiene aquí una justificación añadida: la poesía del objeto es un territorio con una tradición reconocible, y situar en él a un autor novel permite calibrar su originalidad y su deuda, distinguir lo que hereda de lo que aporta. Que Wilk escriba desde Chile, la patria de Neruda, y que su libro comparta con las Odas la fecha simbólica de un debut, refuerza la pertinencia del cotejo, aunque el resultado sea, como veremos, más de contraste que de continuidad.
2. Dos modelos tutelares del objeto poético
La aparición del objeto humilde como centro del poema fue, a mediados del siglo XX, una pequeña revolución. Le parti pris des choses de Ponge, publicado en 1942, cuestionó, según la crítica, las seguridades del verso medido y de las formas tradicionales, e imbricó por primera vez fenomenología y poesía de un modo indisociable. Como ha señalado Begoña Capllonch (2011), Ponge fue considerado el poeta de las cosas porque a lo largo de toda su trayectoria no expresó sino su deseo de rehuir las ideas para consagrarse a los objetos; Sartre, uno de los primeros en reseñarlo, vio en su poética un tácito compromiso con la divisa husserliana del regreso a las cosas mismas. Ponge eligió los objetos más simples y comunes —el guijarro, el caracol, la naranja, la lluvia— y procuró darles la palabra, hacer hablar a lo que él llamaba las instancias mudas.
La posición del poeta pongiano, según la crítica reunida en torno a su obra, se asemeja a la de un entomólogo o un biólogo que observa sin pasiones, con toda la objetividad de que es capaz. Rodrigo Cordero Cortés (2009) ha descrito esta actitud como una poética de la evidencia: una escritura que, situándose entre la definición y la descripción, pretende ser evidente por sí misma y suscitar en el lector el mismo reconocimiento que produciría la presencia física del objeto. El proyecto de Ponge oscila, así, entre le parti pris des choses —el partido tomado por las cosas— y le compte tenu des mots —la cuenta habida de las palabras—, en una dialéctica constante entre el universo de los objetos y el universo de los signos.
Neruda representa la otra vía. Sus Odas elementales, publicadas en 1954 —el mismo año, significativamente, que los Poemas y antipoemas de Parra—, cantan los objetos y elementos de la vida cotidiana con un propósito distinto del de Ponge. Como ha mostrado Jaime Alazraki, la oda nerudiana redescubre la grandeza de lo elemental: las maravillas de un tomate, los milagros del picaflor, las hazañas de una abeja. Pero, a diferencia de Ponge, Neruda no rehúye la subjetividad. El yo del poeta abunda como marca gramatical en todo el poemario y, más aún, como elemento modificador del objeto percibido: Neruda parece seguro de que percibir es ya recrear, de que el objeto alcanza su cénit cuando es nombrado por el poeta. Su mirada es fenomenológica, sí, pero enamorada de la luz, de la vida y de la materialidad.
Hay en la oda nerudiana, además, una dimensión que la aleja de la asepsia pongiana: la ética y la política. Alazraki ha descrito la estructura trimembre de muchas odas —una tesis laudatoria, una negación (eres hermosa pero injusta con los pobres) y una síntesis conciliadora en forma de voto, promesa o moraleja— que aproxima la oda al apólogo o la fábula, donde la creación lírica desemboca en una enseñanza. Neruda concibe además la oda como crónica: pidió que sus odas se publicaran en las páginas de crónica del periódico, no en el suplemento literario, porque aspiraba a hacer del poeta el cronista de su época y a escribir para gentes sencillas. El objeto, en Neruda, es la puerta de entrada a una poesía pública y solidaria.
Estos dos modelos —el fenomenológico y quasi objetivo de Ponge, el celebratorio y comprometido de Neruda— definen el campo dentro del cual puede leerse la poética del objeto de Wilk. No se trata de decidir a cuál se parece más, sino de usar ambos como coordenadas para trazar su posición propia. Y esa posición, adelantémoslo, no coincide plenamente con ninguno: Wilk comparte con Neruda la voluntad de dar voz al objeto y una vena crítica, y con Ponge la atención a la cosa mínima y muda; pero su procedimiento —la fábula personificadora— y su repertorio —el objeto técnico y desechable— lo singularizan.
Conviene añadir que ni Neruda ni Ponge agotan sus respectivas vías, y que la crítica ha matizado ambas. En Neruda, la asepsia es imposible: aun cuando el cronista esconde su bulto, como observa Alazraki, el inagotable tema de las vidas del poeta asoma en casi todas las odas. En Ponge, la objetividad es igualmente un ideal inalcanzable: por más que aspire a la epojé, el sujeto reaparece en la mirada, en la elección del objeto, en el placer de la palabra. Esta imposibilidad de una y otra pureza es instructiva para leer a Wilk, que no aspira a ninguna de ellas: asume desde el principio que el objeto es un pretexto de la fábula humana y que la subjetividad no solo es inevitable, sino deseable. Su poética se instala cómodamente en el punto que Neruda y Ponge alcanzaban solo a su pesar: el de la contaminación mutua entre sujeto y objeto.
3. Neruda y Wilk: nombrar y dar voz al objeto
El parentesco entre Wilk y Neruda es, a primera vista, evidente: ambos hacen del objeto humilde el centro del poema y ambos escriben desde Chile. Pero la comparación fina revela más diferencias que coincidencias. Neruda canta el objeto; Wilk lo narra. La oda nerudiana se dirige al objeto en segunda persona, lo invoca, lo exalta, lo celebra en un crescendo lírico; el poema de Wilk, en cambio, cuenta una historia protagonizada por el objeto en tercera persona, con una estructura más próxima a la fábula o al microrrelato que a la oda. Donde Neruda dice “oda al tomate” y despliega una celebración, Wilk narra la peripecia de una grapadora que ha quedado obsoleta y termina el poema con el verso revelador: «la pobre grapadora de la oficina».
Esa diferencia estructural conlleva una diferencia de tono. La oda nerudiana es afirmativa, gozosa, incluso cuando incorpora la crítica social; su impulso último es celebratorio. El poema objetual de Wilk, en cambio, está teñido de melancolía y de ironía. La grapadora de «obsoleta» no es celebrada, sino compadecida: ha perdido su función por culpa de la dependencia de lo digital, de las firmas electrónicas, de los trámites que ya no necesitan ni lápiz ni hoja. El objeto, en Wilk, no encarna la abundancia elemental del mundo, como en Neruda, sino su reverso: la caducidad, el descarte, la obsolescencia. Es un Neruda invertido, si se quiere: allí donde el chileno cantaba la plenitud de las cosas, Wilk canta su decadencia.
Hay, con todo, un punto en que ambos coinciden profundamente: la convicción de que el objeto tiene algo que decir, de que merece la atención del poema y de que en su humildad se cifra una verdad. La “Oda a las cosas” de Neruda, escrita en 1959, afirma que las cosas “me lo dijeron todo” y que “conmigo existieron”, anticipándose, como ha observado la crítica reciente, al giro material contemporáneo: las cosas no son entes pasivos, sino materialidades activas que acompañan y constituyen la existencia del sujeto. Esta intuición nerudiana —la agencia de las cosas— reaparece en Wilk, aunque tramitada por otros medios: mientras Neruda la afirma líricamente, Wilk la dramatiza narrativamente, haciendo que los objetos actúen, deseen y sufran.
Considérese «al contrario». El poema narra la historia de un ser que, pese a estar bien alimentado, bien cuidado y bien acompañado, se siente incapaz de ser especial para alguien; solo en el último verso se revela su identidad: «una plantita de gerbera del supermercado». La estrategia es típicamente wilkiana: se difiere la identificación del objeto para que el lector proyecte primero una subjetividad humana y descubra después, con un efecto de extrañamiento, que se trataba de una planta comprada en un supermercado. Neruda jamás habría procedido así: su oda nombra el objeto desde el título y lo celebra sin subterfugios. Wilk, en cambio, juega con la revelación diferida y con la personificación, procedimientos más narrativos que odicos.
El componente crítico, sin embargo, los hermana. Igual que la oda nerudiana incorpora, en su segundo movimiento, la denuncia de la injusticia, el poema objetual de Wilk esconde casi siempre una crítica: a la digitalización que jubila a la grapadora, al consumo que produce y desecha la gerbera del supermercado, a la obsolescencia que arrincona los objetos. La diferencia es de grado y de tono: la crítica nerudiana es explícita, militante, esperanzada; la de Wilk es oblicua, irónica, melancólica. Pero en ambos el objeto es un vehículo de crítica social, no un mero pretexto estético.
La comparación se afina si se atiende a la estructura temporal de los poemas. La oda nerudiana es esencialmente presente y atemporal: celebra el objeto en su plenitud actual, en un presente de indicativo que lo eterniza. El poema objetual de Wilk, en cambio, es narrativo y temporal: cuenta una historia con un antes y un después, con una peripecia y un desenlace. La grapadora tuvo un pasado de utilidad y tiene un presente de descarte; el Nokia conoció su época de esplendor y ahora resiste anacrónicamente. Esta dimensión temporal introduce en la poética del objeto una conciencia de la caducidad que la oda nerudiana, celebratoria y presente, no contempla. Wilk narra la biografía de los objetos, y toda biografía incluye la decadencia y el final.
Otra diferencia notable atañe a la escala del objeto y a su carga afectiva. Neruda tiende a lo elemental y arquetípico —el tomate, el pan, el vino—, objetos que remiten a una experiencia colectiva y casi mítica. Wilk elige objetos más singulares, más anecdóticos y domésticos —esta grapadora concreta, este Nokia, esta gerbera del supermercado—, cargados de una emoción íntima y particular. El objeto nerudiano es una puerta a lo universal; el wilkiano, a lo íntimo y lo cotidiano. Esta particularización acerca a Wilk a la sensibilidad del microrrelato contemporáneo, atento al detalle mínimo y a la epifanía doméstica, más que a la ambición totalizadora y celebratoria de la oda.
4. Ponge y Wilk: el mutismo de la cosa y la tentación de la fábula
Con Ponge, Wilk comparte la atención minuciosa a la cosa mínima y la voluntad de darle la palabra, de romper su mutismo. El soplador de hojas de «modernidad», las bombillas de «75 vatios», los helados de «un temblor» son objetos tan humildes y cotidianos como el guijarro o el caracol pongianos. Y, como Ponge, Wilk parte de una observación atenta de sus cualidades físicas: la forma de espiral de las bombillas, la mecánica del soplador, el comportamiento de los helados tras la vitrina. Hay en Wilk un placer descriptivo, una atención al objeto en su especificidad material, que lo emparenta con el poeta francés.
Pero la diferencia es radical y define la originalidad de Wilk. Ponge busca la objetividad: aplica al objeto una suerte de epojé fenomenológica, procura suspender su subjetividad y dejar que la cosa se exprese en su alteridad, en su irreductible diferencia. Wilk hace lo contrario: proyecta sobre el objeto una subjetividad, lo antropomorfiza, le inventa emociones y una historia. Donde Ponge describe el caracol con precisión de naturalista, Wilk cuenta que dos helados —la vainilla y el chocolate— se enamoraron durante un temblor, «se mezclaron cuerpos», «se mezclaron almas» y quedaron para siempre unidos: «les llamaron stracciatella». La cosa pongiana es muda y ajena; la cosa wilkiana habla, ama y sufre.
Esta divergencia remite a dos concepciones opuestas de la relación entre sujeto y objeto. Para Ponge, según ha analizado Cordero Cortés (2009), el objeto conserva su opacidad, su pudor, su resistencia; el poema es el escenario donde el sujeto se aproxima a esa alteridad sin llegar nunca a poseerla del todo. Para Wilk, en cambio, el objeto es transparente a la proyección humana: no hay resistencia, no hay alteridad irreductible, sino identificación y fábula. El objeto es un espejo antropomórfico en el que el poeta proyecta afectos, temores y críticas. Es, en rigor, una poética menos fenomenológica que alegórica: la cosa vale por lo que representa, no por lo que es en su mutismo.
Podría objetarse que esta antropomorfización empobrece el objeto, lo reduce a pretexto de una alegoría humana, y que Wilk pierde así lo más valioso de la lección pongiana: el respeto a la alteridad de la cosa. La objeción tiene fundamento, pero conviene matizarla. Wilk no ignora la materialidad del objeto —la describe con precisión—, sino que la usa como trampolín de la fábula. El soplador de hojas de «modernidad» es, primero, un soplador «alemán, modelo industrial», con sus cualidades técnicas precisas; solo después se convierte en personaje de una tragedia amorosa que termina con dos seres que «murieron de tristeza». La materialidad pongiana está presente, pero subordinada a la fábula personificadora, que es el procedimiento dominante.
Hay, además, un punto en que Wilk se aproxima inesperadamente a Ponge: la conciencia metapoética. Ponge reflexiona constantemente sobre su propia escritura, difumina la frontera entre poema y comentario. Wilk, en «la cita en uno de los mejores restaurantes de la ciudad», narra la historia de una espera amorosa que se revela, en el último verso, como la relación entre «la hoja y su poeta»: el objeto —la hoja de papel— espera al poeta que la escriba. La personificación se vuelve aquí metapoética: el poema habla de su propia gestación, de la relación entre el poeta y la página. Es un gesto que Ponge habría reconocido, aunque Wilk lo resuelva con una narratividad y una ternura ajenas al rigor del francés.
El caso de las bombillas de «75 vatios» ilustra bien esta tensión entre descripción pongiana y fábula wilkiana. El poema comienza con una atención casi pongiana a la materialidad del objeto: «dos ampolletas bombillas», iguales, enormes, de luz blanca, con forma de espiral. Hay aquí observación, precisión, incluso una comparación —la espiral de la bombilla evocando la de los helados de máquina—. Pero el poema no se queda en la descripción: la bombilla se convierte en ocasión de un recuerdo amoroso, y el poema termina con el yo que, en vez de encender la luz, enciende una vela para sentir la presencia del ser amado a pesar de la distancia. La cosa descrita se disuelve en la emoción del sujeto; la evidencia pongiana cede ante la fábula sentimental. Es el movimiento característico de Wilk: partir del objeto para llegar al afecto.
5. La prosopopeya narrativa como procedimiento dominante
Si algo distingue la poética objetual de Wilk tanto de Neruda como de Ponge es el predominio de la prosopopeya narrativa: la figura por la que se atribuye voz, conciencia y acción a un ser inanimado, articulada además en forma de relato. La prosopopeya es un recurso antiquísimo, pero Wilk lo sistematiza hasta convertirlo en el principio constructivo de buena parte del libro. Casi todos sus poemas-objeto siguen un mismo esquema: se presenta una situación protagonizada por un ser cuya naturaleza se oculta o se difiere, se le atribuyen emociones y una peripecia, y se revela al final su identidad de objeto. El efecto es doble: extrañamiento (descubrir que el protagonista era una cosa) y ternura o ironía (haber empatizado con un objeto).
Este procedimiento acerca los poemas de Wilk al microrrelato y a la fábula más que a la oda o a la descripción. En «fuera del mainstream», un personaje resistente, anticuado, que aguanta «tres días sin dormir» con «su ego intacto», resulta ser, en el último verso, «el bueno antiguo Nokia»: el teléfono indestructible convertido en emblema de una resistencia frente a la obsolescencia. En «¡no pisar!», un ser que cierra los ojos por última vez renace, en su nueva vida, como guardián de la casa «disfrazado de un cocodrilo de peluche»: un burlete para la puerta. En «vuelta», una anciana que desea dar una última vuelta resulta ser una hoja seca, «hojita dando vueltas» en el radio de una bicicleta. En cada caso, la fábula personificadora produce el mismo giro de sentido.
La deuda de este procedimiento con la fábula clásica es evidente, pero Wilk la moderniza en dos sentidos. Primero, sus protagonistas no son animales —como en Esopo o La Fontaine—, sino objetos, y sobre todo objetos técnicos y de consumo: una grapadora, un teléfono, un burlete, un soplador. Segundo, la moraleja no es explícita ni edificante, sino implícita y a menudo melancólica o crítica: la fábula de la grapadora no enseña una virtud, sino que constata un descarte; la del Nokia no moraliza, sino que ironiza sobre el culto de la novedad. Wilk hereda la estructura de la fábula pero le arranca su didactismo tranquilizador y la tiñe de una conciencia contemporánea del desecho.
Conviene subrayar que esta prosopopeya no es un mero juego de ingenio. En los mejores poemas del libro, la personificación del objeto es el vehículo de una emoción genuina. La gerbera de «al contrario» que quería «ser especial para alguien» condensa, en la figura de una planta de supermercado, la soledad y el anhelo de reconocimiento propios de la condición contemporánea; los helados de «un temblor» que se funden en un abrazo eterno son una imagen conmovedora del amor y el azar. El objeto personificado no distrae de lo humano: lo dice mejor, por vía oblicua, a través de un rodeo que desarma las defensas del lector. Es la vieja sabiduría de la fábula, puesta al servicio de una sensibilidad actual.
La prosopopeya wilkiana tiene, por último, una dimensión que la conecta con el título y la poética del libro. El «duende» que da nombre al conjunto es, entre otras cosas, el espíritu que anima los objetos, el genio que habita las cosas y las hace hablar. La tradición folclórica del duende doméstico —el que trastea de noche entre los enseres de la casa— resuena en esta poética que da vida y voz a grapadoras, teléfonos y sopladores. Personificar el objeto es, en este sentido, un gesto animista: reconocer en la cosa una presencia, un alma, un duende. Y esa mirada animista es la que unifica el heterogéneo repertorio objetual del libro.
La prosopopeya narrativa de Wilk admite, además, una lectura desde la tradición de la fábula y el bestiario que conviene desarrollar. La fábula clásica atribuía razón y palabra a los animales para trazar, por analogía, un retrato de los vicios y virtudes humanos; el bestiario medieval hacía de cada animal el emblema de una cualidad moral o espiritual. Wilk sustituye el animal por el objeto, y en particular por el objeto técnico, pero conserva la lógica analógica: cada cosa personificada es el emblema de una situación humana. La grapadora obsoleta emblematiza la jubilación forzosa y la inutilidad sobrevenida; el Nokia, la resistencia digna del anticuado; la gerbera, el anhelo de singularidad; los helados, el amor nacido del azar. Wilk construye, en suma, un bestiario de objetos, un catálogo de cosas-emblema que dicen, por rodeo, la condición contemporánea.
Esta filiación con la fábula tiene consecuencias sobre la voz y el tono del libro. La fábula presupone un narrador sabio y algo distante, que observa la peripecia de sus criaturas con una mezcla de ternura e ironía. Ese es, precisamente, el tono dominante de los poemas objetuales de Wilk: una voz que contempla las cosas con simpatía y con humor, que se compadece de la grapadora y sonríe ante el Nokia, que ni se identifica plenamente con los objetos ni los juzga desde fuera, sino que los acompaña con una ironía afectuosa. Esa voz —cómplice, tierna, socarrona— es una de las conquistas más personales del libro, y lo distingue tanto del fervor nerudiano como de la impasibilidad pongiana.
6. Del objeto natural al objeto técnico
Una diferencia capital separa a Wilk de sus dos modelos: el tipo de objeto que elige. Ponge canta la naranja, el guijarro, el caracol, la lluvia: seres naturales, elementales, de los reinos mineral, vegetal y animal, y los cuatro elementos de la filosofía antigua. Neruda amplía el repertorio con objetos manufacturados humildes —el traje, el caldillo, la cebolla, el pan— pero mantiene un fuerte anclaje en lo natural y lo artesanal. Wilk, en cambio, incorpora de lleno el objeto técnico e industrial contemporáneo: la grapadora de oficina, el teléfono móvil, el soplador de hojas «modelo industrial», las bombillas de bajo consumo, el burlete de peluche. Su repertorio es el del mundo doméstico y laboral del siglo XXI, poblado de aparatos y productos de consumo.
Este desplazamiento del objeto natural al objeto técnico no es un mero cambio de decorado: comporta un cambio de sentido. El objeto natural de Ponge o Neruda participa de una temporalidad cíclica, de una plenitud elemental; el objeto técnico de Wilk participa de una temporalidad lineal y acelerada, la de la obsolescencia programada y el descarte. La grapadora, el Nokia, las bombillas son objetos condenados a quedar anticuados, a ser sustituidos, a convertirse en desecho. Al elegir estos objetos, Wilk introduce en la poética de la cosa una conciencia del tiempo y del consumo que estaba ausente en sus modelos: la cosa ya no es lo permanente y elemental, sino lo caduco y reemplazable.
De ahí que la poética objetual de Wilk desemboque, casi inevitablemente, en la crítica del consumo. Los objetos técnicos que protagoniza sus poemas son, en su mayoría, objetos en trance de obsolescencia o de descarte: la grapadora jubilada por lo digital, el Nokia superado por los teléfonos inteligentes, el soplador industrial. El poema no celebra estos objetos —como haría Neruda— ni los describe con neutralidad —como haría Ponge—, sino que los compadece y, al compadecerlos, denuncia la lógica que los produce y los desecha. La poética de la cosa se convierte así en una crítica de la sociedad de consumo, tema que atraviesa todo el libro y culmina en el poema de tachado «hacen juego con una vida», donde el discurso publicitario de los electrodomésticos, tachado, deja aflorar la frase «venden corazón».
Esta dimensión crítica sitúa a Wilk en una tradición que va más allá de Neruda y Ponge y lo conecta con la reflexión contemporánea sobre la cultura material y el desecho. La sociología de Zygmunt Bauman ha descrito cómo la modernidad líquida produce, junto a los objetos, un flujo incesante de residuos, y cómo el descarte es constitutivo de la vida de consumo. La poética objetual de Wilk, con su galería de cosas obsoletas y arrinconadas, puede leerse como una respuesta lírica a ese diagnóstico: una elegía de los objetos que el consumo condena al vertedero, una reivindicación de la dignidad de lo desechado. El «duende» que anima estas cosas es también, en este sentido, un espíritu de la resistencia frente a la obsolescencia.
No debe exagerarse, sin embargo, el componente doctrinario. Wilk no escribe panfletos: sus poemas objetuales son, ante todo, fábulas tiernas e irónicas, y la crítica del consumo emerge de ellas sin subrayados. El humor, omnipresente en el libro, desactiva cualquier tentación de solemnidad: los helados que se enamoran, el Nokia con «su ego intacto», el burlete-cocodrilo son imágenes cómicas antes que denuncias. Es precisamente esa ligereza la que distingue a Wilk del Neruda más militante y le confiere una voz propia: la de un poeta que critica el consumo sonriendo, que compadece los objetos sin dramatismo, que hace de la obsolescencia materia de fábula.
Este anclaje en el objeto técnico contemporáneo conecta a Wilk con una vertiente de la poesía última que ha hecho del mundo de los aparatos, las marcas y los residuos su materia. Frente a la poesía que sigue buscando en la naturaleza su repertorio de imágenes, Wilk asume que el paisaje cotidiano del siglo XXI está poblado de objetos industriales y de consumo, y que ignorarlos sería una impostura. Su gesto tiene algo de reivindicación realista: el poema debe poder hablar del soplador de hojas y de la grapadora con la misma dignidad con que la tradición hablaba del ruiseñor y de la rosa. En esta ampliación del repertorio poético hacia lo técnico y lo desechable reside una de las aportaciones de Wilk, y una de sus sintonías con la sensibilidad de su tiempo.
7. La cosa, la agencia y el giro material
La poética objetual de Wilk puede leerse, por último, a la luz de la reflexión teórica contemporánea sobre las cosas, el llamado giro material y la teoría de la cosa. Bill Brown, en su influyente ensayo de 2001, distinguió entre el objeto —definido por su función y su uso— y la cosa —aquello que excede o precede al objeto, su specificidad no funcional, su presencia opaca—. La cosa, según Brown, se hace visible cuando el objeto deja de funcionar, cuando se avería o se vuelve obsoleto: es entonces cuando reparamos en su materialidad, cuando emerge su coseidad. Esta intuición ilumina con precisión la poética de Wilk, cuyos objetos protagonistas son casi siempre objetos averiados, obsoletos o descartados: la grapadora que ya nadie usa, el Nokia superado, las bombillas nocturnas. Es en el momento de su inutilidad cuando estos objetos se vuelven cosas y merecen el poema.
El giro material ha insistido, además, en la agencia de las cosas: en que los objetos no son escenario pasivo de la acción humana, sino participantes activos de ella, materialidades que actúan, condicionan y significan. La crítica reciente ha releído la “Oda a las cosas” de Neruda en esta clave, viendo en ella una anticipación del material turn: las cosas que “acompañaron” y “existieron” con el poeta poseen una agencia que desafía la hegemonía del sujeto cartesiano. Wilk lleva esta agencia al extremo de la fábula: sus objetos no solo acompañan, sino que aman, resisten, mueren, protegen. La grapadora sufre su jubilación, el Nokia resiste, los helados se enamoran. La agencia de las cosas, que en Neruda era una intuición lírica, en Wilk es un principio narrativo.
Conviene, no obstante, marcar los límites de esta lectura teórica. La teoría de la cosa y el giro material buscan, en última instancia, descentrar al sujeto humano, reconocer la alteridad y la autonomía de lo material. La poética de Wilk, en cambio, es profundamente antropocéntrica: sus objetos hablan, aman y sufren como humanos, son espejos de la subjetividad humana antes que alteridades irreductibles. En este sentido, Wilk está más cerca de la fábula tradicional —que usa animales u objetos para hablar de lo humano— que de la ontología plana del giro material. La comparación con la teoría contemporánea ilumina su poética, pero también revela su carácter humanista: para Wilk, la cosa importa, en definitiva, porque nos dice algo de nosotros.
Esta tensión entre el interés por la cosa y el antropocentrismo de la fábula no es un defecto, sino un rasgo definitorio. Wilk no es un teórico del giro material ni pretende serlo; es un poeta que ha encontrado en la personificación del objeto un vehículo eficaz para hablar de la soledad, el amor, el descarte y el paso del tiempo. Su poética objetual es, a la vez, un homenaje a la cosa y un uso de la cosa: celebra la materialidad del mundo cotidiano y la pone al servicio de una reflexión sobre la condición humana contemporánea. En esa doble fidelidad —a la cosa y a lo humano— reside buena parte de su encanto.
La relectura de la “Oda a las cosas” a la luz del giro material que ha propuesto la crítica reciente ofrece, además, un puente preciso entre Neruda y Wilk. Cuando Neruda escribe que las cosas “conmigo existieron” y que su muerte inaugurará para ellas nuevas existencias, está reconociendo una reciprocidad entre el sujeto y el objeto que desborda el esquema cartesiano del sujeto que posee y usa las cosas. Wilk radicaliza esa reciprocidad hasta invertir la jerarquía: en muchos de sus poemas es el objeto, no el sujeto, quien ocupa el centro de la escena, quien siente y actúa, mientras el yo se limita a observarlo o a descubrirlo. La grapadora, el Nokia, la gerbera son sujetos de sus propias fábulas; el yo humano es, a menudo, un mero testigo. Esta inversión, apenas esbozada en Neruda, es programática en Wilk.
Cabe preguntarse, por último, qué gana la poesía con esta atención al objeto. La respuesta que ofrece El mosaico del duende es doble. Gana, por una parte, un rodeo eficaz para hablar de lo humano: al proyectar en las cosas nuestras emociones —la soledad, el amor, el miedo al descarte—, el poema las dice con una oblicuidad que desarma y conmueve más que la confesión directa. Y gana, por otra, una mirada crítica sobre el mundo material que habitamos: al dar voz a los objetos que el consumo produce y desecha, el poema nos obliga a mirar lo que solemos ignorar, a reparar en la grapadora arrumbada y en el teléfono obsoleto, a reconocer en el vertedero una elegía. La poética del objeto es, en Wilk, a la vez un arte de la ternura y una forma de la crítica.
8. Conclusiones
El recorrido comparativo permite situar con precisión la poética del objeto de Igor Wilk. De Neruda hereda la voluntad de dar voz al objeto humilde y una vena crítica y social, pero invierte su tono: donde el chileno celebraba la plenitud elemental de las cosas, Wilk canta su obsolescencia y su descarte. De Ponge hereda la atención minuciosa a la cosa mínima y muda, pero invierte su método: donde el francés buscaba la objetividad y el respeto a la alteridad, Wilk proyecta sobre el objeto una subjetividad y le inventa una fábula. Su procedimiento propio —la prosopopeya narrativa, la fábula personificadora con revelación diferida— lo distingue de ambos maestros y define su originalidad.
Dos rasgos, sobre todo, singularizan a Wilk en la genealogía de la poesía del objeto: la incorporación del objeto técnico y desechable —la grapadora, el Nokia, el soplador, las bombillas—, que introduce en la lírica de la cosa una conciencia contemporánea del consumo y la obsolescencia; y el humor, que desactiva la solemnidad y convierte la crítica en fábula tierna e irónica. Estos rasgos conectan su poética con la reflexión contemporánea sobre la cultura material —la teoría de la cosa de Bill Brown, el giro material, la sociología del desecho de Bauman—, aunque el fondo humanista y antropocéntrico de sus fábulas lo mantenga más cerca de la tradición del apólogo que de la ontología plana.
Queda para futuras investigaciones el estudio de la poética objetual de Wilk en relación con la tradición chilena e hispanoamericana de la cosa —de Neruda a la poesía última—, así como la comparación con otras poéticas contemporáneas del objeto técnico y del desecho. Pero incluso este primer acercamiento permite concluir que El mosaico del duende ofrece una de las poéticas del objeto más consistentes y originales de la poesía reciente en español: una poética que, fiel al «duende» que anima las cosas y las hace hablar, ha sabido convertir la grapadora arrumbada y el teléfono obsoleto en materia de poesía y en espejo de nuestra condición. Como dice el proemio, el poeta se sabe hecho de fragmentos y objetos recompuestos: «Soy un mosaico en movimiento». Y ese mosaico está hecho, en buena parte, de las cosas que el mundo desecha y que el poema rescata.
En un panorama poético en español que sigue oscilando entre el intimismo confesional y la abstracción especulativa, la apuesta de Wilk por una poesía de las cosas —y de las cosas más humildes y técnicas— tiene el valor de una recuperación. Recupera, actualizándola, una de las vías más fértiles de la modernidad, la que abrieron Neruda y Ponge, y demuestra que aún queda mucho por decir sobre la grapadora, el teléfono y la bombilla. Que lo diga con humor, con ternura y con una conciencia crítica del consumo es lo que hace de su poética del objeto algo más que un ejercicio de época: una manera de mirar el mundo material que nos rodea y de reconocer, en las cosas que desechamos, un reflejo de nosotros mismos. El duende de Wilk, animador de la materia, es a fin de cuentas el nombre de esa mirada.
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