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De la vanguardia a la neovanguardia: genealogía de la poesía del objeto y de lo experimental hasta El mosaico del duende de Igor Wilk

1. Introducción: el problema de situar un libro-mosaico

Todo intento de situar históricamente un poemario tropieza, en el caso de El mosaico del duende (Editorial Poesía eres tú, 2026), de Igor Wilk, con una dificultad inicial: su heterogeneidad. El libro no se deja reducir a una sola tendencia. Conviven en él poemas de factura lírica convencional y experimentos de poesía visual, fábulas de objetos y textos de tachado, haikus y poemas escritos íntegramente en alemán o en inglés. Esta diversidad, lejos de ser un defecto de unidad, se declara como programa en el proemio, donde el autor se define como «mosaico en movimiento» y afirma: «No soy fragmentos aislados». El presente trabajo se propone ofrecer un panorama que permita situar este libro-mosaico en la genealogía de la poesía experimental y del objeto en lengua española, desde la vanguardia histórica hasta la poesía del siglo XXI.

La tesis que orientará este recorrido es que El mosaico del duende puede leerse como una síntesis tardía y personal de dos tradiciones que la historiografía suele mantener separadas: la de la vanguardia y la neovanguardia experimental —la poesía visual, concreta, objetual—, por un lado, y la de la lírica de la experiencia y la emoción, por otro. Wilk no se adscribe a ninguna de ellas en exclusiva, sino que las combina en un mosaico que es, a la vez, su procedimiento y su poética. Esta hibridez, como se argumentará, no es un rasgo idiosincrásico del autor, sino un signo de época: la crítica reciente ha descrito la poesía española e hispanoamericana del siglo XXI precisamente por su pluralidad, su heterogeneidad y su tendencia a la mezcla de registros.

Para desarrollar esta tesis, el trabajo procederá en varias etapas. Primero examinará el modelo historiográfico dominante —la sucesión de generaciones articulada por una retórica de la ruptura— y su crisis en la contemporaneidad. Después recorrerá los hitos de la genealogía experimental: la vanguardia histórica y el creacionismo de Huidobro, con su descubrimiento del espacio y del objeto; la neovanguardia de los años sesenta y setenta, con la poesía experimental española y el objetualismo chileno de Juan Luis Martínez. A continuación describirá el panorama plural del siglo XXI. Y, finalmente, leerá El mosaico del duende como confluencia de estas líneas, mostrando cómo su poética del mosaico encarna la hibridez característica del momento.

Conviene advertir que un panorama de esta amplitud no puede ser exhaustivo, y que su función es orientadora más que definitiva. No se pretende trazar una historia completa de la poesía experimental hispánica —tarea que desborda con mucho estos límites—, sino tender las coordenadas mínimas que permitan comprender el lugar de un libro concreto. La perspectiva es, por tanto, deliberadamente selectiva: se privilegian los hitos y las tendencias que iluminan la poética de Wilk, dejando en penumbra otros que, siendo importantes, resultan menos pertinentes para este propósito. Con esta cautela metodológica, el panorama que sigue aspira a ser útil, no completo.

Un panorama de estas características cumple, además, una función crítica específica: la de ofrecer coordenadas para valorar una obra nueva sin recurrir al elogio impresionista ni a la descalificación apresurada. Situar El mosaico del duende en la genealogía de la poesía experimental y de la lírica de la experiencia permite comprender qué hace el libro, de qué tradiciones se nutre y qué aporta, con una precisión que la mera reseña valorativa no alcanza. Esta es la ambición del presente trabajo: no juzgar si el libro es bueno o malo —juicio que corresponde a otro tipo de crítica—, sino describir su posición en el mapa de la poesía contemporánea, sus deudas y sus desvíos, para hacerlo inteligible. La historiografía y el panorama son, en este sentido, instrumentos de comprensión antes que de valoración.

2. El modelo generacional y su crisis

La historia de la poesía española se ha contado tradicionalmente, según ha señalado Raúl Molina Gil (2022), como una sucesión de generaciones constituidas a partir de una retórica de la ruptura: cada grupo se define estableciendo una fractura con la estética de la generación anterior, con el fin de proponer una nueva práctica poética. Este modelo, heredado de la crítica del siglo XX, articuló el relato de la poesía española desde el 27 hasta los novísimos y la poesía de la experiencia. Pero, como han mostrado Molina Gil y otros críticos, ese modelo ha entrado en crisis en el siglo XXI: los rótulos generacionales propuestos en torno al año 2000 —generación del 99, del 2000, del 2005— fracasaron, y el campo poético dejó de organizarse en torno a una corriente hegemónica para tender hacia la variedad y la coexistencia de tendencias.

Esta crisis del modelo generacional tiene consecuencias metodológicas para el estudio de un poeta como Wilk. Ya no cabe preguntarse a qué generación pertenece ni contra qué estética se rebela, porque el campo poético contemporáneo, según la crítica, no se organiza según esa lógica de ruptura y relevo. Molina Gil (2025) ha descrito el panorama poético español del primer cuarto de siglo como un espacio no reductible a la oposición binaria centro/periferia, caracterizado por una borrosa heterogeneidad en la que conviven, sin jerarquía clara, formulaciones estéticas muy diversas. Situar a Wilk exige, por tanto, no adscribirlo a una generación, sino describir las tradiciones que confluyen en su obra.

La crítica ha identificado, en particular, dos grandes núcleos expresivos que coexisten en la poesía española reciente: uno en torno al realismo figurativo y la poesía de la experiencia, heredero de la tradición dominante desde los años ochenta; y otro de perfil experimental y vanguardista, que reactualiza las poéticas de la ruptura. Estos dos núcleos, tradicionalmente antagónicos, ya no se excluyen: la poesía última tiende, según Molina Gil (2025), a una sólida hibridez en la que ambos registros se mezclan. Es precisamente en esa hibridez donde puede situarse El mosaico del duende, que combina la emoción lírica del realismo figurativo con los procedimientos de la tradición experimental.

Conviene subrayar que la coexistencia de tendencias no es exclusiva de España. La poesía hispanoamericana, y en particular la chilena —el ámbito desde el que escribe Wilk—, ha conocido una pluralidad semejante, con la particularidad de contar con una tradición experimental especialmente potente, de Huidobro a Juan Luis Martínez. Un poeta afincado en Chile hereda, quiéralo o no, esa doble tradición: la de la vanguardia y neovanguardia experimental, por un lado, y la de la poesía conversacional y de lo cotidiano, por otro. El mosaico de Wilk se nutre de ambas, y su comprensión exige recorrer la genealogía de la primera, menos evidente que la segunda.

El propio concepto de vanguardia que subyace a este panorama merece una precisión teórica. Peter Bürger, en su Teoría de la vanguardia, distinguió entre el modernismo —que renueva los medios artísticos dentro de la institución arte— y la vanguardia histórica —que ataca la institución misma, la autonomía del arte y su separación de la praxis vital. La neovanguardia de posguerra reactivaría, según Bürger, aquel gesto, aunque en un contexto ya distinto, corriendo el riesgo de su institucionalización. Esta distinción es útil para calibrar la posición de Wilk: su libro no ataca la institución literaria ni aspira a disolver el arte en la vida, como pretendía la vanguardia histórica; se sirve, más bien, de procedimientos heredados de aquellas rupturas, ya plenamente asimilados e institucionalizados, sin su carga de beligerancia programática. Wilk es, en términos de Bürger, un postvanguardista que hereda las técnicas sin la revolución.

Conviene también advertir contra una lectura teleológica del panorama. La historia de la poesía no es una marcha lineal de la tradición a la vanguardia, ni las tendencias se suceden ordenadamente unas a otras. Lo experimental y lo figurativo, lo rupturista y lo continuista, han convivido siempre, en tensión y en préstamo mutuo. El panorama que aquí se traza no pretende, por tanto, inscribir a Wilk en el término de una evolución necesaria, sino identificar las tradiciones disponibles de las que su obra se nutre. Estas tradiciones no forman una secuencia cerrada, sino un repertorio simultáneo al que el poeta contemporáneo accede con libertad, tomando de cada una lo que le conviene. La poética del mosaico es, precisamente, la expresión de ese acceso libre y simultáneo a un repertorio plural.

3. La vanguardia histórica: Huidobro, el creacionismo y el objeto

El punto de partida de la genealogía experimental hispánica es la vanguardia histórica y, señaladamente, el creacionismo de Vicente Huidobro. Como ha estudiado Ana Pizarro (1975), Huidobro elaboró desde 1914 una teoría poética —expuesta en el manifiesto Non serviam y en textos posteriores— que proclamaba la independencia del poema respecto de la naturaleza: el poeta no debe imitar el mundo, sino crear realidades nuevas, ser un pequeño dios que hace florecer la rosa en el poema en vez de cantarla. Esta autonomía del poema, esta voluntad de crear objetos verbales que no copien lo real, es el fundamento de toda la tradición experimental posterior.

El creacionismo huidobriano tuvo, además, una dimensión espacial y objetual que interesa especialmente para leer a Wilk. Como ha mostrado la crítica, en Horizon carré (1917) y sobre todo en Altazor (1931), Huidobro incorporó el trabajo espacial sobre la página —herencia de Mallarmé y de Apollinaire— y una atención al objeto y al signo tipográfico que anticipan la poesía visual posterior. Jaime Barón (2017) ha analizado la técnica de la simultaneidad en Ecuatorial, con su espacialización del texto y su yuxtaposición de planos, características que reaparecerán en la neovanguardia. Huidobro, en suma, sienta las bases de una poesía que concibe el poema como construcción autónoma, atenta al espacio y al objeto, y no como expresión mimética de una interioridad.

La influencia de Huidobro se extendió a España a través del ultraísmo y del creacionismo de Gerardo Diego y Juan Larrea. Guillermo de Torre, teórico de las vanguardias, y los poetas ultraístas asumieron, aunque con reticencias, la lección huidobriana de la imagen creada y del trabajo sobre la página. Se configuró así, en las primeras décadas del siglo XX, una tradición hispánica de vanguardia que hizo del experimento formal —el caligrama, la disposición espacial, la imagen múltiple— un valor poético. Esta tradición, como ha señalado Jaume Pont (2005), planteó desde el principio el problema de su relación con el canon: la poesía de vanguardia fue a la vez central en la renovación y marginal en la historiografía, que tendió a domesticarla o a relegarla.

Interesa retener, de esta etapa fundacional, tres rasgos que reaparecerán en Wilk: la autonomía del poema como objeto verbal, la atención al espacio de la página y al signo tipográfico, y la incorporación de la modernidad técnica —el aeroplano, los hilos telefónicos, el cinematógrafo— al repertorio poético. Estos tres rasgos, inaugurados por la vanguardia histórica, constituyen el sustrato sobre el que se edificará la neovanguardia de posguerra y, más tarde, la poesía experimental contemporánea. El mosaico del duende, con sus poemas visuales, su atención al objeto técnico y su trabajo sobre la página, es un heredero lejano pero reconocible de esta tradición inaugural.

La dimensión espacial del creacionismo huidobriano merece un desarrollo, por su pertinencia para Wilk. La crítica ha mostrado que fue en Horizon carré (1917), y no antes, cuando Huidobro incorporó de forma íntegra la consideración de la página como espacio de creación, sometiendo sus poemas a un tratamiento tipográfico audaz heredado de Mallarmé y afín al de Apollinaire. Uno de los poemas de ese libro, “Paysage”, se presenta directamente como caligrama. Esta atención al espacio de la página como componente significante del poema es una de las herencias más productivas de la vanguardia, y reaparece, décadas después, tanto en la neovanguardia experimental como en poemas visuales contemporáneos como los que Wilk incluye en su libro. La genealogía del poema espacial va, así, de Mallarmé a Huidobro y de este a la poesía visual de nuestros días.

El creacionismo aportó, además, un principio que resultará decisivo para toda la tradición posterior: la autonomía del poema como objeto. Cuando Huidobro afirma, en su ensayo “El creacionismo”, que el poema creado es un hecho nuevo, independiente del mundo externo, cuyas partes y cuyo conjunto muestran algo que no existía antes, está postulando que el poema no representa la realidad, sino que la crea; que es, él mismo, un objeto añadido al mundo. Este principio de autonomía es el que permite, más tarde, concebir el poema como artefacto, como construcción material, como objeto visual o táctil, y no solo como vehículo de una emoción o de un mensaje. La poesía del objeto y la poesía visual son, en cierto modo, desarrollos de esta intuición huidobriana: si el poema es un objeto, puede hacerse cosa, ocupar el espacio, incorporar otros objetos.

4. La neovanguardia: experimentación española y objetualismo chileno

Tras el paréntesis de las décadas centrales del siglo —marcadas, en España, por la poesía social y, luego, por la del medio siglo—, el impulso experimental resurgió con fuerza en los años sesenta y setenta bajo la forma de la neovanguardia. En España, los grupos de poesía experimental —Problemática-63, N.O.— reactivaron la poesía concreta y visual en torno a figuras como Julio Campal, Fernando Millán, Joan Brossa o José Miguel Ullán. Juan Carlos Fernández Serrato (2014) ha estudiado esta línea concreto-visual de la generación del 70, subrayando su radicalidad y, a la vez, la marginación que sufrió por parte de una crítica poco preparada para el cruce de lo verbal y lo visual. Guillermo Laín Corona (2022) ha propuesto, más recientemente, un método semiótico-cognitivo para analizar esta poesía visual, reivindicando su importancia.

En Chile e Hispanoamérica, la neovanguardia adoptó formas igualmente radicales, y una en particular resulta decisiva para leer a Wilk: el objetualismo de Juan Luis Martínez. Como ha analizado Zenaida Suárez (2013), Martínez, en La Nueva Novela (1977) y La Poesía Chilena (1978), incorporó al poema objetos reales y una pluralidad de lenguajes —iconográfico, pictórico, objetual, el no-lenguaje de la página en blanco o troquelada—, en obras que desbordan el formato del libro y hacen del objeto un signo poético. El objetualismo martiniano, heredero del creacionismo huidobriano y del antipoema de Parra, llevó al extremo la incorporación del objeto y la ampliación del significante, y abrió en la literatura chilena, según Suárez, una tendencia neovanguardista de gran alcance.

La relevancia de esta genealogía chilena para Wilk es considerable. Un poeta que escribe desde Chile y que hace del objeto y de la mezcla de lenguajes su procedimiento se inscribe, consciente o inconscientemente, en la estela de Huidobro, de Parra y de Juan Luis Martínez. La atención de Wilk al objeto cotidiano y técnico, su incorporación de la poesía visual y del tachado, su mezcla de registros y de lenguas son rasgos que la tradición neovanguardista chilena había explorado con radicalidad. Wilk no alcanza —ni se propone— el extremismo experimental de Martínez, pero comparte con él la concepción del poema como espacio de confluencia de lenguajes y como lugar del objeto.

La neovanguardia aportó, además, una conciencia crítica que Wilk hereda. La poesía experimental de los setenta, tanto en España como en Chile, no fue un mero juego formal: tuvo, según los estudiosos, una dimensión política y crítica, ligada al contexto —la dictadura, en el caso chileno— y a una impugnación de los discursos dominantes. El objetualismo de Martínez, con sus banderas, sus certificados de defunción y sus fichas de lectura vulneradas, era una denuncia velada del horror dictatorial. Esta dimensión crítica de la experimentación reaparece en Wilk, aunque desplazada de lo político a lo social: su crítica apunta al consumo, la obsolescencia y la banalización, no a la represión política, pero comparte con la neovanguardia la convicción de que el experimento formal puede ser vehículo de crítica.

El objetualismo de Juan Luis Martínez merece un desarrollo mayor, por ser el precedente chileno más directo de la poética objetual de Wilk. Como ha analizado Suárez (2013), Martínez distinguió en la práctica entre el objeto —lo fabricado, lo no natural— y la cosa, e incorporó a sus libros objetos reales que, al ser extraídos de su función cotidiana e insertados en el espacio del arte, se resignificaban: un anzuelo, una bandera chilena, una bolsa de tierra, una página en blanco, certificados de defunción. Cada objeto, descontextualizado, adquiría una nueva significación, a menudo de denuncia política velada. Este procedimiento —la resignificación del objeto por su desplazamiento— es una versión radical de lo que Wilk practica de manera más lírica y menos material: la personificación del objeto cotidiano, que también lo desplaza de su función y lo carga de sentido nuevo.

La diferencia de grado entre Martínez y Wilk es, no obstante, considerable, y conviene precisarla para no forzar la filiación. Martínez llevó el objetualismo al extremo de abandonar el formato del libro convencional, de incorporar objetos físicos y de romper la linealidad del lenguaje verbal hasta la ilegibilidad; su neovanguardia era radical, experimental en sentido fuerte, y estaba ligada a un contexto de resistencia bajo la dictadura. Wilk, en cambio, se mantiene dentro del formato del libro de poemas y de la legibilidad lírica, e incorpora el objeto por vía de la representación —la fábula, la personificación— y no de la presentación material. Wilk hereda del objetualismo chileno la atención al objeto y la conciencia de su carga significante, pero lo tramita con una moderación que lo aleja del radicalismo de Martínez y lo acerca a la lírica convencional. Es un objetualismo domesticado, lírico, no un objetualismo de vanguardia.

5. El siglo XXI: heterogeneidad e hibridez

La poesía en español del siglo XXI, según la describe la crítica más reciente, se caracteriza por la pluralidad y la ausencia de un centro hegemónico. Molina Gil y Álvaro López Fernández, en su antología Un estallido (2026), han cartografiado un panorama plural en el que conviven, sin jerarquía, tendencias muy diversas: el realismo figurativo heredero de la experiencia, las poéticas del cuerpo y la identidad, las corrientes rupturistas y vanguardistas, la poesía digital. Lo común a todas ellas, según los antólogos, no es una estética compartida, sino la vivencia de un mundo en crisis permanente. La nota dominante es la hibridez: la mezcla de registros, la coexistencia de lo figurativo y lo experimental en una misma obra e incluso en un mismo poema.

Esta hibridez del siglo XXI es el marco preciso en el que cobra sentido la heterogeneidad de El mosaico del duende. Lo que en otra época habría parecido una falta de unidad —la convivencia de haikus, poemas visuales, fábulas de objetos, textos de tachado y poemas en varias lenguas— es, en el contexto actual, un rasgo de época: la expresión de una sensibilidad que ya no cree en la pureza estética ni en la adscripción a una sola tendencia, sino que se mueve con libertad entre registros y procedimientos. Wilk no es, en este sentido, una excepción, sino un ejemplo característico de la poética plural e híbrida que la crítica identifica como propia del momento.

La crítica ha señalado, además, algunos rasgos temáticos y formales recurrentes en la poesía última que reaparecen en Wilk: la reivindicación de lo cotidiano y lo doméstico, la ironía y la renovación de los referentes culturales, la exploración del registro formal del poema, la atención a lo material y a la crisis. El mosaico del duende participa de todos ellos: su atención a los objetos domésticos, su humor e ironía, su experimentación formal, su conciencia de la crisis del consumo y la obsolescencia. En este sentido, el libro puede leerse como un compendio de las tendencias del momento, un mosaico que reúne, en un solo volumen, buena parte de las líneas de fuerza de la poesía contemporánea.

Es significativo, por último, que la crítica destaque la creciente presencia, entre los poetas actuales, de un afán ensayístico y teorizador, ligado a su frecuente condición de profesores y estudiosos. Wilk, docente él mismo según se desprende de su libro, participa de esa autoconciencia: su poemario incluye una reflexión metapoética sobre la propia escritura y se abre con un proemio que es, en rigor, una declaración de poética. Esta dimensión reflexiva —el poeta que teoriza sobre su propio hacer— es otro rasgo que inscribe a Wilk en la sensibilidad del momento, y que refuerza la lectura de El mosaico del duende como un libro consciente de su lugar en la tradición y en el panorama contemporáneo.

La crítica ha subrayado que la heterogeneidad del siglo XXI no es un mero desorden, sino una estructura: el campo poético ha dejado de organizarse en torno a un centro para funcionar como un espacio plural en el que las distintas tendencias coexisten y dialogan. José Luis Morante ha hablado, en este sentido, de una convivencia sosegada de idearios, y Molina Gil (2025) ha insistido en que la comprensión de este panorama requiere acercamientos amplios, no reductibles a la vieja dualidad centro/periferia. Para el estudio de un poeta como Wilk, esto significa que su heterogeneidad no debe leerse como indecisión o eclecticismo, sino como participación consciente en una estructura de campo que ha hecho de la pluralidad su norma. El mosaico no es la excepción, sino la regla del momento.

Merece destacarse, dentro de los rasgos del siglo XXI, la revalorización de lo experimental que la crítica más reciente ha registrado. Tras décadas de hegemonía de la poesía de la experiencia y del realismo figurativo, la segunda década del siglo ha visto emerger, según Molina Gil (2025), una corriente más rupturista y vanguardista, encarnada por nombres como Ángela Segovia, Berta García Faet o María Salgado, que reactualiza los procedimientos de la experimentación. Esta revalorización de lo experimental crea el clima en el que un libro como el de Wilk, con sus poemas visuales y su tachado, puede ser leído y apreciado; hace veinte años, esos experimentos habrían parecido anacrónicos o marginales, mientras que hoy sintonizan con una sensibilidad que ha vuelto a interesarse por la materialidad y la forma del poema. Wilk se beneficia, así, de un momento propicio para la hibridez de lo lírico y lo experimental.

6. El mosaico del duende como confluencia

Situado en esta genealogía, El mosaico del duende se revela como un punto de confluencia de las distintas líneas descritas. De la vanguardia histórica y del creacionismo hereda la atención al espacio de la página y al signo tipográfico, visible en poemas como «partido» o «huella sin firma», donde la disposición visual produce sentido. De la neovanguardia experimental —española y chilena— hereda la incorporación del objeto y la mezcla de lenguajes, patente en sus fábulas de objetos y en el poema de tachado «hacen juego con una vida», que reactualiza el procedimiento apropiacionista. De la tradición del objetualismo chileno, de Huidobro a Juan Luis Martínez, hereda la concepción del objeto cotidiano como materia y signo poético.

Pero El mosaico del duende no es solo un heredero de la tradición experimental: es también, y sobre todo, un libro lírico, atento a la emoción, al amor, al desamor, a la memoria, a la muerte. Sus poemas más intensos —los de la tercera parte, «LATIDOS»— pertenecen de lleno a la tradición de la lírica de la experiencia y de la emoción, no a la de la vanguardia. Es esta convivencia de lo experimental y lo lírico lo que define la hibridez del libro y lo inscribe en la sensibilidad del siglo XXI. Wilk no elige entre la vanguardia y la emoción: las reúne, y esa reunión es su poética.

El plurilingüismo del libro —los poemas en alemán («Stille im Lärm») y en inglés («the smoke», «to butterfly aficionados»)— añade una dimensión más a esta confluencia. La mezcla de lenguas, que la vanguardia había ensayado —recuérdese que Huidobro escribió en francés Horizon carré— y que la poesía contemporánea ha retomado en el contexto de la globalización y la migración, es en Wilk un rasgo constitutivo, ligado a su biografía transnacional. El mosaico se compone, también, de teselas lingüísticas: el español, el alemán, el inglés conviven en el libro como conviven los registros y los procedimientos. La hibridez es, pues, formal, temática y lingüística a la vez.

La figura del mosaico, que da título al libro y que el proemio erige en poética, es el emblema perfecto de esta confluencia. Un mosaico es una composición de teselas heterogéneas cuya unidad no proviene de la homogeneidad de los materiales, sino de su disposición relativa. Los distintos procedimientos y registros del libro —visual, objetual, apropiacionista, lírico, plurilingüe— son teselas de un mosaico cuya unidad reside en la sensibilidad que los dispone. Wilk lo formula con precisión: “No soy fragmentos aislados. / Soy un mosaico en movimiento”. La poética del mosaico es, así, la respuesta de Wilk al problema de la heterogeneidad: no una carencia de unidad, sino una unidad de nuevo tipo, hecha de diversidad ordenada.

Conviene detenerse en la forma en que las distintas tradiciones se articulan dentro del libro, porque la confluencia no es mera yuxtaposición. Las cuatro partes de El mosaico del duende —«Magia del duende», «Sin presiones», «Latidos» y «Tengo el duende»— no separan los registros, sino que los entreveran: en cada parte conviven poemas experimentales y líricos, objetuales y confesionales. La estructura del libro reproduce, así, en su disposición interna, el principio del mosaico: no agrupa las teselas por tipo, sino que las combina, de modo que el lector pasa de un haiku a una fábula de objeto, de un poema visual a una confesión amorosa, sin transición brusca. Esta disposición entreverada es la que produce el efecto de mosaico y la que impide reducir el libro a una suma de secciones homogéneas.

La confluencia de tradiciones se manifiesta también en el tratamiento de temas concretos, donde los distintos procedimientos se ponen al servicio de una misma preocupación. La crítica del consumo y la obsolescencia, por ejemplo, se vehicula tanto por vía objetual —las fábulas de la grapadora y el Nokia— como por vía apropiacionista —el tachado del anuncio en «hacen juego con una vida»— como por vía lírica —la melancolía ante lo que se descarta—. Un mismo tema recorre, así, teselas de distinta técnica, y es esa recurrencia temática la que da unidad al mosaico por debajo de su diversidad formal. La hibridez de procedimientos no dispersa el sentido, sino que lo enriquece, ofreciendo múltiples aproximaciones a unas mismas obsesiones.

7. La poética del mosaico y la hibridez contemporánea

La poética del mosaico que Wilk formula y practica puede leerse como una respuesta lúcida a la condición de la poesía contemporánea. En un momento en que, según la crítica, el modelo generacional y la retórica de la ruptura han caducado, y en que el campo poético se caracteriza por la pluralidad sin centro, la figura del mosaico ofrece un principio de composición adecuado a esa condición: en vez de elegir una tendencia y excluir las demás, el poeta las reúne y las dispone. El mosaico es la forma de la hibridez, la estructura que permite la convivencia de lo diverso sin fundirlo en una falsa homogeneidad.

Esta poética tiene, además, una dimensión ética e identitaria que el proemio explicita. El «mosaico en movimiento» no es solo una descripción del libro, sino una definición del yo: un yo que se sabe múltiple, hecho de fragmentos y de lenguas diversas, y que rehúsa reducirse a una identidad única. En el contexto de una biografía transnacional —el autor, de raíces que el libro deja entrever centroeuropeas, escribe desde Chile en español, alemán e inglés—, la poética del mosaico es también una poética de la identidad plural, del sujeto que habita entre lenguas y culturas. La hibridez formal del libro es, en este sentido, inseparable de la hibridez identitaria de su autor.

Conviene, no obstante, no sobrevalorar la originalidad de esta poética. La hibridez y la mezcla de registros son, como se ha dicho, rasgos de época, compartidos por buena parte de la poesía contemporánea; y la figura del mosaico o del fragmento tiene una larga tradición, del romanticismo a la posmodernidad. Lo que singulariza a Wilk no es la hibridez en sí, sino la conciencia con que la asume y la coherencia con que la convierte en principio constructivo de todo un libro. El mosaico del duende no es híbrido por incapacidad de ser unitario, sino por decisión poética: la de un autor que ha hecho de la diversidad su forma y de la confluencia de tradiciones su lugar.

El «duende» que da nombre al conjunto añade a esta poética un matiz que conviene destacar. El duende es, en la tradición folclórica, un espíritu doméstico y travieso que habita entre las cosas; en la tradición poética hispánica, desde Lorca, es también el nombre de la fuerza misteriosa e irracional que anima el arte verdadero. Wilk juega con ambos sentidos: su duende es el genio que anima las cosas y los lenguajes del libro, el principio unificador que recorre las teselas del mosaico y les da vida. Es, en cierto modo, el nombre de esa sensibilidad que dispone lo diverso y lo convierte en unidad. La poética del mosaico y la figura del duende son, así, las dos caras de una misma concepción de la poesía como confluencia animada.

La poética del mosaico invita, por último, a una reflexión sobre el lugar de la editorial y del circuito en que el libro aparece. El mosaico del duende se publica en una editorial de nueva planta, Poesía eres tú, fuera de los grandes sellos que han monopolizado tradicionalmente la consagración poética. La crítica reciente ha destacado el papel de las pequeñas editoriales y de los circuitos alternativos en la configuración del panorama plural del siglo XXI: es en esos márgenes, y no solo en el centro canónico, donde se está escribiendo buena parte de la poesía más viva del momento. Que un libro híbrido y experimental como el de Wilk encuentre acomodo en ese circuito es coherente con la estructura descentrada del campo poético actual, en el que la legitimación ya no depende exclusivamente de un puñado de sellos y de nombres tutelares.

Cabe, finalmente, una consideración sobre la relación entre hibridez y tradición. Podría pensarse que un libro tan plural rompe con la tradición o la ignora; pero la lectura genealógica aquí propuesta demuestra lo contrario: la hibridez de Wilk es profundamente tradicional, en el sentido de que reúne y reactualiza tradiciones diversas —la vanguardia, la neovanguardia, la lírica de la experiencia, el haiku, la poesía del objeto—. El mosaico no es un rechazo de la tradición, sino su reunión: cada tesela procede de una herencia reconocible, y el conjunto es un homenaje implícito a la pluralidad de la tradición poética. Wilk no inventa desde la nada, sino que compone con materiales heredados, y en esa composición reside tanto su modestia —no pretende la ruptura absoluta— como su ambición —aspira a la síntesis de lo diverso.

8. Conclusiones

El recorrido panorámico permite situar El mosaico del duende en una genealogía precisa y, a la vez, comprender su especificidad. El libro es heredero de la tradición experimental hispánica —de la vanguardia histórica y el creacionismo de Huidobro, de la neovanguardia española de los setenta, del objetualismo chileno de Juan Luis Martínez— en su atención al espacio, al objeto y a la mezcla de lenguajes; y es, a la vez, heredero de la tradición lírica de la experiencia y la emoción, en sus poemas de amor, memoria y muerte. Su hibridez —la convivencia de lo experimental y lo lírico, de lo visual y lo verbal, de varias lenguas— lo inscribe de lleno en la sensibilidad plural del siglo XXI, tal como la ha descrito la crítica reciente.

Lo que singulariza a Wilk en este panorama no es ninguno de sus procedimientos por separado —todos tienen precedentes ilustres—, sino la conciencia y la coherencia con que reúne tradiciones diversas bajo la figura del mosaico. El mosaico del duende no es un libro de vanguardia ni un libro de la experiencia, sino un libro-mosaico que confluye ambas líneas y las dispone en un conjunto animado por una sensibilidad unitaria. En un momento en que la crítica constata la caducidad del modelo generacional y la hegemonía de la hibridez, el libro de Wilk ofrece un ejemplo lúcido y logrado de esa poética plural, y una formulación —la del mosaico— que la nombra con precisión.

Queda para futuras investigaciones el estudio pormenorizado de cada una de las líneas aquí esbozadas —la visual, la objetual, la apropiacionista, la lírica, la plurilingüe— y de sus relaciones con las respectivas tradiciones, así como la comparación de El mosaico del duende con otras obras de la poesía última que comparten su hibridez. Pero incluso este panorama preliminar autoriza una conclusión: que el libro de Wilk, lejos de ser una rareza inclasificable, es un producto característico y consciente de su momento histórico, un mosaico que reúne las teselas de una larga tradición y las dispone con la libertad y la conciencia propias de la poesía del siglo XXI. Como reza su proemio, es un «mosaico en movimiento»: una unidad hecha de diversidad, animada por el duende de una sensibilidad plural.

En definitiva, la genealogía trazada no encierra a Wilk en una casilla, sino que ilumina la riqueza de su procedencia. El mosaico del duende es un libro que solo puede entenderse en la larga duración de la poesía en español: es impensable sin Huidobro y la vanguardia, sin la neovanguardia experimental española y chilena, sin la lírica de la experiencia, sin la recepción del haiku, sin la sensibilidad plural del siglo XXI. Reconocer estas herencias no disminuye el mérito del libro, sino que lo sitúa en su justa dimensión: la de una obra que dialoga, con conciencia y con libertad, con lo mejor de la tradición poética moderna. El duende de Wilk es, entre otras cosas, el genio de esa memoria: el que recuerda, en cada tesela del mosaico, una herencia, y las reúne todas en una voz que, siendo deudora, suena propia.

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