Editorial Poesía eres tú · Primera edición, 2026 · ISBN 979-13-87806-53-8 · 100 páginas
1. Introducción
Hay libros que nombran una enfermedad y libros que aprenden a hablarle. Cuando falta la ansiedad, de Daisel Lozada Fernández, pertenece al segundo grupo, y esa elección —tan sencilla de enunciar, tan difícil de sostener durante treinta y seis poemas— es la que organiza el volumen entero. El libro no describe la ansiedad desde fuera ni la convierte en tema; la interpela. Le habla de tú. La trata como a un huésped que entró sin permiso y se quedó: «No esperaba tu visita, / menos hice invitación». Desde ese primer octosílabo, el lector sabe que asiste a un careo, no a un diagnóstico.
La segunda decisión estructural es igual de determinante: la voz que habla no es la del enfermo. Es la de quien acompaña. El sujeto que sufre aparece casi siempre en tercera persona —ella—, y el yo que enuncia se sitúa al lado, mirando, sosteniendo, incapaz de entrar. Esa distancia de un paso, mantenida con notable disciplina a lo largo del poemario, produce el efecto más singular del libro: la ansiedad se describe con la precisión de quien la ha estudiado desde muy cerca y con la impotencia de quien no puede padecerla en lugar de la persona amada.
El propio autor lo formula en su introducción: «Aquí no hablo como paciente: hablo como hijo, como esposo». El poemario se sostiene, en efecto, sobre dos pérdidas encadenadas —la madre que no sobrevivió a lo invisible, la esposa que sí— y sobre un número que las articula, el treinta y tres, cifra que el libro carga simultáneamente de resonancia popular cubana y de simbolismo cristiano.
Lo que sigue es un recorrido por la arquitectura, la voz, los temas, la técnica y la inscripción de este libro en una tradición reconocible. No se trata de una obra perfecta: hay desniveles entre poemas, y el libro alterna dos poéticas que no siempre conversan con la misma fluidez. Pero es una obra con un proyecto claro, con un centro emocional verificable y con al menos una docena de hallazgos verbales que justifican la lectura completa.
2. Estructura y arquitectura del poemario
El libro se organiza en cuatro secciones de extensión desigual y función netamente distinta, cada una con su propio epígrafe interpretativo. La primera, «I. La irrupción de lo invisible» («Cuando la enfermedad entra sin avisar»), reúne seis poemas y funciona como acto de aparición: la ansiedad llega, ocupa el cuerpo, ocupa la casa, apaga las emociones. La segunda, «II. El caos interior y sus sombras» («La mente como campo de batalla»), es la más extensa —diez poemas, del 7 al 16— y la más conceptual: aquí el libro explora la mecánica interna del trastorno, las voces ajenas que no ayudan, la química que no responde, el diálogo circular. La tercera, «III. La pérdida, el miedo y la resistencia» («Cuando la vida se decide en un suspiro»), agrupa otros diez poemas, del 17 al 26, y es la zona de mayor dureza: la disociación cuerpo-mente, el pecho que estalla, los servicios de urgencias, la mujer que ya no está aunque siga allí. La cuarta, «IV. La luz que regresa» («Renacer después de la tormenta»), cierra con diez poemas, del 27 al 36, y ejecuta el movimiento ascendente.
La arquitectura es, por tanto, deliberadamente narrativa: caída, fractura, resistencia, renacimiento. El propio autor lo explicita al hablar de «un recorrido completo». Lo interesante no es el esquema —que es clásico y podría haber resultado previsible— sino el modo en que la sección IV evita la trampa del final feliz. El poema 27, que la inaugura, se titula «Tocar fondo y… ¿subir?» y termina en tres preguntas sin respuesta: «¿detenerse? / ¿subir? / ¿buscar la salida / en medio de este territorio / que tú convertiste en abismo?». El renacimiento no empieza con una afirmación, sino con una duda. Y el poema 34, ya avanzada la recuperación, se titula «De tu fuerza no me fío» y advierte que «El ojo de la tormenta / también engaña». El libro sabe que la curación no es un punto de llegada, sino un estado vigilante.
El centro simbólico está desplazado con inteligencia. El poema 33 —«Te secuestré la victoria», con el subtítulo «Treinta y tres: el número donde la luz vence»— no ocupa el centro geométrico del libro, sino el clímax del cuarto movimiento, y es allí donde las dos pérdidas se encuentran por fin en el mismo texto: la madre a la que «enviaste la muerte» y la esposa a la que la sombra vino a buscar después. Colocar el poema más cargado biográficamente en la posición 33 —y no en la 18, que sería el centro— revela una voluntad constructiva que no es frecuente en un primer libro.
Cierra el volumen una línea exenta, sin numerar, que funciona como colofón moral: «Que la luz venza siempre, incluso cuando no se ve».
3. Voz poética y perspectiva
La cuestión más compleja del libro es la de su sujeto. Hay, en rigor, tres instancias: un tú que es la ansiedad, un ella que la padece y un yo que observa y ama. La mayor parte de los poemas se construyen sobre la tensión entre esas tres posiciones, y el desplazamiento entre ellas es el principal recurso expresivo del volumen.
El tú apostrofado es la ansiedad personificada. No es una metáfora decorativa: el libro la trata con coherencia como un agente con voluntad, estrategia y territorio. «Te instalaste en sus sentidos / como un huésped clandestino», dice el primer poema. En el segundo, el registro cambia de la copla al verso libre, pero el interlocutor es el mismo: «Llegas sin anunciarte, / como una grieta que se abre en el aire». Y más adelante la personificación se vuelve francamente militar: «Porque dominas el territorio / y las palabras ajenas / solo rebotan en su superficie».
El ella es la esposa, aunque el libro nunca la nombre. Esa reticencia es un acierto: al no individualizarla, la convierte en figura reconocible para cualquier lector que haya visto a alguien atravesar lo mismo. El retrato es, además, específico y no sentimental. La vemos intentar un gesto imposible —«Cuando intenta sonreír, / el gesto no responde»— y la vemos ante el botiquín como ante un mapa inservible: «Ella mira los frascos / como quien observa un mapa roto».
El yo aparece de forma intermitente y siempre en posición subordinada. Cuando irrumpe, lo hace para declarar su insuficiencia: «La llevo a caminar, / a tocar la naturaleza, / a sentir el mundo sin ruido. / Pero la cabeza se aprieta». El poema 21, «Ya no está la mujer», es el único que se entrega por completo a la voz del acompañante, y produce el verso más desnudo del libro: «mi gigante colibrí», aposición de dos palabras que resume en un oxímoron toda una biografía conyugal.
Hay en esta arquitectura pronominal un riesgo que conviene señalar: al hablar de ella y no por ella, el libro corre el peligro de convertir a la persona enferma en objeto de contemplación. Lozada Fernández lo esquiva casi siempre concediéndole agencia —«Sigue buscando, / porque sabe que en algún lugar / las emociones perdidas / esperan ser encontradas»— y culminando el trayecto en la sección IV, donde ella recupera la iniciativa verbal y física.
4. Temas centrales
La enfermedad como ocupación territorial. El libro entiende la ansiedad en clave espacial antes que psicológica. El poema 4, «Sin espacio donde estar», recorre la casa habitación por habitación y comprueba que ninguna queda libre: «si camina hacia la cocina / la envuelves sin compasión». El 5 lleva la desposesión al límite: «Ya no hay paredes ni suelo, / ni ventanas, / ni portales». Y el 23 traza el mapa del repliegue: el cine, el teatro, la discoteca y la feria se sustituyen por un itinerario clínico, «El centro médico es su ruta, / la habitación su guarida». Esta insistencia topográfica es una de las decisiones temáticas más productivas del volumen: convierte un estado interior en geografía, y la geografía puede describirse.
La invisibilidad y su coste social. El subtítulo del proyecto —la batalla contra lo que no se ve— se despliega en varios poemas que abordan la incomprensión ajena. El más logrado es el 7, «Mil voces sin eco», donde los consejos bienintencionados se comparan con «quien arroja piedras al agua: / se hunden sin dejar reflejo». El 13 endurece el juicio con una imagen inesperada y eficaz: los que aconsejan son quienes no tienen «el alien dentro». Y el 24, «Los fantasmas que nadie ve», sitúa el conflicto en el lugar exacto donde la medicina se queda corta: «Los niveles dan normal / cuando llega a emergencia; / pero toda esa experiencia / le hiere lo espiritual».
La fractura entre cuerpo y mente. Es el tema que sostiene la tercera sección y el que produce el mejor hallazgo conceptual del libro. El poema 19 lo formula como una figura jurídica: lo que ocurre no es una enfermedad, es una separación legal entre dos partes que antes eran una. «Su cuerpo, dispuesto a luchar, / su mente, perdida en la niebla. / Y en esa separación involuntaria / se instala la verdad clínica: / un divorcio incomprendido». El poema 30 cierra el arco al describir la reconciliación con idéntica sobriedad: «El cuerpo, que siempre estuvo listo, / recibe por fin a la mente».
La memoria de la madre. Atraviesa el libro en sordina hasta estallar en el poema 33. La dedicatoria ya lo anunciaba —una herida «que aprendió a hablar en versos»—, y el texto final lo confirma sin adornos: «a mi madre / enviaste la muerte / y a ella vino a buscar». El libro hace algo arriesgado y lo resuelve bien: convierte la derrota anterior en la razón de la victoria presente. Si a la madre no pudo salvarla, a la esposa le arrebató a la enfermedad el desenlace, y de ahí el título del poema, «Te secuestré la victoria», donde el verbo secuestrar —habitualmente negativo— se carga de sentido positivo por inversión.
El cuidador como sujeto poético. Menos explícito, pero presente en todo el volumen. El libro documenta una forma específica de agotamiento, la del que mira sin poder intervenir, y le da dignidad literaria sin convertirla en protagonismo. Es, probablemente, su aportación más original al corpus de la poesía sobre la enfermedad mental.
5. Recursos estilísticos y técnica poética
La característica formal más visible del libro es su bimetría: Lozada Fernández alterna con naturalidad estrofas de metro y rima tradicionales con poemas de verso libre extenso, y lo hace de forma no arbitraria.
La estrofa cerrada. Buena parte de los poemas —el 1, el 4, el 5, el 8, el 9, el 10, el 12, el 17, el 21, el 22, el 23, el 24, el 26, el 28, el 29, el 31, el 32 y el 33— se construyen sobre el octosílabo con rima consonante, mayoritariamente en cuartetas de rima abrazada. El poema 5 ofrece un ejemplo de manual: «Intenta apoyar los pies / y avanzar / hacia la puerta, / pero la calma desierta / le roba el día otra vez». Esta elección no es nostálgica: el metro corto y la rima cerrada producen un efecto de encierro que replica formalmente el contenido. El poema que habla de no tener dónde estar está, él mismo, encerrado en una estrofa sin salida.
La fragmentación tipográfica. Sobre esa base métrica tradicional el autor introduce una operación contemporánea: parte los versos en la página. «y no veo / la razón / que tu llegada ejercita» es un único octosílabo distribuido en tres líneas. El recurso, sistemático en todo el libro, produce una doble lectura —la del oído, que restituye la medida; la del ojo, que percibe la interrupción— y traduce visualmente la respiración entrecortada que el libro describe. Es el hallazgo técnico más personal del volumen.
La anáfora. Aparece con función estructural en varios textos. El poema 8, «Oscuras ventanas del alma», se construye entero sobre la interjección oh, en una letanía que remeda el lamento clásico: «Oh, ¿qué has hecho con sus ojos, / ansiedad que los oscureces?». El poema 7 la usa en clave acumulativa: «Hablan todos. / Hablan a la vez. / Hablan como si el ruido fuera ayuda». Y el 11 la emplea para escenificar el fracaso en serie: «Pero nada se acomoda, / nada se asienta, / nada la sostiene».
El léxico clínico desplazado. Uno de los rasgos más distintivos del libro es la importación de vocabulario técnico a un contexto lírico, con resultados frecuentemente notables. «En su pecho / se instala una sismología íntima» funde geología y anatomía en tres palabras. «un infarto enmascarado / que solo existe en la sombra» nombra con exactitud clínica lo que el poema no puede nombrar de otro modo. Y el poema 9 construye toda su imaginería sobre el campo semántico de la ingeniería de sistemas: «y el sistema emocional / pierde su orden interno, / su respuesta natural».
El oxímoron y la paradoja. Estructuran varios títulos —«La impaciencia paciente», «Fuerte debilidad», «La oscuridad que deslumbra»— y alcanzan su mejor formulación en el interior de los poemas. El 25 define la oscuridad por exceso y no por defecto: «No es ausencia de luz: / es una densidad que brilla». Y el 18 alcanza la formulación más lúcida del libro sobre la mecánica del trastorno: «Porque la ansiedad / no castiga la falta de fuerza: / castiga el deseo de tenerla».
La imagen sensorial. Predominan el tacto y la respiración sobre la vista. «como si el aire sobrara / pero no supiera entrar» describe la disnea ansiosa mejor que cualquier definición. «la respiración se vuelve territorio vigilado» convierte un automatismo fisiológico en zona ocupada. El oído aparece asociado al ruido ajeno; el gusto, prácticamente ausente, solo asoma en las infusiones inútiles del poema 11.
6. Tradición e influencias
El libro se inscribe con naturalidad en dos linajes que no suelen convivir.
El primero es el de la poesía popular hispánica de estrofa cerrada: la copla, la redondilla, la décima. El autor es cubano, y la décima —forma nacional de la isla, vehículo del punto guajiro— está detrás del pulso octosilábico que recorre el volumen, aunque Lozada Fernández prefiera la cuarteta a la espinela. La referencia a la charada cubana en la introducción, donde el treinta y tres significa madre, confirma un anclaje cultural que el libro no exhibe pero tampoco oculta.
El segundo linaje es el de la poesía contemporánea del cuerpo y la enfermedad, escrita en verso libre y de dicción analítica. Los poemas largos del volumen —el 2, el 7, el 11, el 14, el 19, el 25, el 30— trabajan con la frase como unidad, con la enumeración y con un tono de constatación que recuerda a la poesía del duelo de las últimas décadas.
Hay además un eco literario explícito y bien administrado: el poema 28, «Una guerrera contra mil molinos», reescribe el episodio cervantino invirtiendo su sentido. Aquí los molinos no son una alucinación del que ataca, sino una realidad para la que nadie está armado: «La ansiedad, molino oscuro, / giró / con fuerza implacable». El poema 35 acude a otra figura de la cultura popular, Robin Hood, para construir la alegoría del arco y la sonrisa. Son referencias accesibles, no eruditas, y funcionan porque el libro no pretende en ningún momento disfrazarse de lo que no es.
En el terreno hispánico contemporáneo, el lector encontrará afinidades con la poesía de la enfermedad y el cuidado que han cultivado autores como Piedad Bonnett en Lo que no tiene nombre o Chantal Maillard en su escritura del dolor: no por semejanza de estilo, sino por identidad de posición —la del testigo que escribe desde el borde de una experiencia que no es suya y sin embargo le pertenece.
7. Interpretación global
Cuando falta la ansiedad es, en última instancia, un libro sobre la propiedad. Sobre quién posee un cuerpo, una casa, una mañana, una sonrisa. La ansiedad es descrita una y otra vez como usurpadora —se adueña, acampa, ocupa, domina el territorio, marca el suelo «como si fuera tuyo, / pero ya no lo es»— y la recuperación se narra, coherentemente, como una reconquista. No como una curación médica, sino como la restitución de unos bienes embargados: las calles, el parque, los colores, el arco de una sonrisa.
De ahí que el título funcione tan bien. Cuando falta la ansiedad no celebra la ausencia de la enfermedad: nombra el hueco extraño que deja cuando se retira, la rareza de habitar de nuevo una vida que se había aprendido a perder. El poema 32 lo dice con una sorpresa casi incrédula: «Es extraño continuar / cuando el miedo / ya no aprieta; / la vida se vuelve quieta / y le invita a regresar». El libro tiene la honestidad de registrar que el final no es euforia, sino desconcierto.
La segunda lectura posible es teológica, y el libro la sugiere sin imponerla. El treinta y tres es la edad de Cristo y la cifra de la madre; la victoria se describe como un «milagro encendido / en la noche más oscura»; la fe aparece nombrada sin ironía. Pero la salvación que el poemario propone no procede de lo alto: procede de una instancia interior a la que el autor da un nombre memorable en el poema 15, la psicología del alma, definida por lo que no hace: «No eres doctora, / pero sabes calmar. / No das diagnósticos, / pero das espacio».
La tercera lectura es la más sencilla y la que probablemente explique el alcance del libro fuera del circuito estrictamente literario: se trata de un testimonio útil. Un lector que esté acompañando a alguien reconocerá aquí, con precisión inusual, la impotencia de los consejos, el peregrinaje a urgencias, el silencio de las pruebas que salen normales y el miedo a la recaída incluso en la calma.
8. Conclusión
El principal mérito de Cuando falta la ansiedad es haber convertido una experiencia difícilmente comunicable en un objeto verbal con estructura, progresión y cierre. Lozada Fernández no escribe desde la teoría sino desde la observación prolongada, y esa observación produce hallazgos que no se improvisan: el divorcio incomprendido, la sismología íntima del pecho, la oscuridad que deslumbra, la impaciencia paciente, el secuestro de la victoria.
El libro tiene desniveles. La alternancia entre estrofa cerrada y verso libre no siempre está justificada por el contenido, y algunos poemas de la segunda sección insisten en imágenes ya desplegadas con más fuerza en poemas anteriores. La rima consonante, sostenida durante tantos textos, arrastra en ocasiones la sintaxis hacia soluciones previsibles. Son limitaciones propias de un primer libro que aún está calibrando sus propios recursos.
Pero el conjunto se sostiene, y se sostiene por una razón que no es técnica: hay una necesidad real detrás de cada poema, y el autor ha resistido la tentación de convertirla en espectáculo. El pudor con que se administran los datos biográficos —la madre muerta, la esposa enferma, nunca nombradas— es una decisión de escritor, no de principiante. Por ese pudor, y por la docena larga de imágenes que el lector se llevará consigo, este libro merece existir y merece leerse entero.





