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«La psicología del alma»: recursos simbólicos frente al malestar en Cuando falta la ansiedad, de Daisel Lozada Fernández

Ensayo

Ángela Isabel de Claudia Soneira · Grupo Editorial Pérez-Ayala
ORCID: 0009-0000-7439-6149

Estudio sobre Cuando falta la ansiedad, de Daisel Lozada Fernández (Editorial Poesía eres tú, Madrid, 2026. ISBN 979-13-87806-53-8).

1. Introducción: un poema que nombra su propio remedio

Cuando falta la ansiedad, de Daisel Lozada Fernández (Madrid, Editorial Poesía eres tú, 2026), reúne treinta y seis poemas distribuidos en cuatro secciones cuyos títulos trazan, sin ambigüedad, una curva argumental: “La irrupción de lo invisible”, “El caos interior y sus sombras”, “La pérdida, el miedo y la resistencia” y “La luz que regresa”. El libro se ocupa de un trastorno de ansiedad padecido por una tercera persona —la esposa del hablante— y de la posición de quien acompaña. En ese conjunto hay un poema, el decimoquinto, que se sale del procedimiento general del volumen. No describe un síntoma ni interpela a la enfermedad: nombra un recurso. Se titula “La psicología del alma” y su asunto es la aparición, dentro de la enferma, de una instancia interior capaz de sostenerla cuando nada exterior lo consigue.

Ese poema plantea un problema de lectura que este ensayo quiere abordar. Un libro escrito sobre un padecimiento psíquico que introduce en su centro un recurso de consuelo declaradamente no clínico se acerca peligrosamente a un territorio literario muy transitado y muy desacreditado: el de la autoayuda, que promete curaciones por vía del trabajo interior y desplaza al sujeto la responsabilidad de su propio bienestar. La hipótesis que aquí se defiende es la contraria. El poema 15 construye ese recurso con una cautela formal sostenida y verificable en el texto: lo define por negación, le retira toda competencia médica, no le atribuye ningún resultado, no lo propone a nadie y no lo opone al tratamiento. Es esa cautela, y no el asunto, lo que separa Cuando falta la ansiedad del discurso de la automejora.

La tesis de este trabajo puede enunciarse así: el poema 15 nombra un recurso de consuelo explícitamente no clínico sin convertirlo en alternativa médica ni en promesa de curación, y ese gesto —repetido con variantes en los poemas del fármaco, de la fe y del calendario— constituye la operación simbólica que articula la cuarta sección del libro. Lo que el volumen pone en escena no es una terapia, sino un repertorio: un conjunto de materiales culturales heredados (el diálogo interior, el ritual, la fiesta, la fe, la figura del arco, la del molino) con los que un sujeto reorganiza su experiencia del malestar. Ese repertorio no cura en el texto; ordena. Y la distancia entre curar y ordenar es, precisamente, lo que este ensayo se propone medir.

El interés del caso excede al libro. En la poesía española contemporánea que se ocupa del cuerpo y de la mente enfermos, el recurso simbólico suele aparecer bajo dos formas igualmente problemáticas: o como superstición que el poema denuncia, o como redención que el poema abraza. Lozada Fernández opta por una tercera vía, menos cómoda y menos frecuente: presenta el recurso, lo describe con precisión, declara lo que no hace y deja abierto el resultado. Esa opción merece ser descrita con las herramientas de la crítica literaria y de la antropología del símbolo, no con las de la evaluación terapéutica —que, como se dirá enseguida, quedan fuera por completo del alcance de estas páginas.

El ensayo procede en once epígrafes de desarrollo y unas conclusiones. Tras la nota metodológica (epígrafe 2) se establece el marco conceptual de la distinción entre padecimiento y enfermedad (3), se rastrea la genealogía cultural del sintagma que da título al poema (4) y se aplica al texto el modelo de curación simbólica de James Dow (5). Los epígrafes 6 a 10 examinan los recursos concretos que el libro despliega —el soliloquio, el fármaco, la ambivalencia, la fe y el calendario, y el repertorio figurativo de la recuperación—, y el epígrafe 11 discute la distancia del volumen respecto de la literatura de autoayuda. Las conclusiones recogen los hallazgos y precisan la aportación.

Conviene una advertencia preliminar sobre las fuentes. La bibliografía de este trabajo combina crítica literaria, sociología de la cultura terapéutica, antropología médica e investigación cualitativa sobre la experiencia de la medicación. Ninguna de estas últimas se emplea como aval clínico de nada. Se emplean como descripción del marco cultural dentro del cual el libro escribe, porque un poema que nombra una psicología del alma y otro que enumera sales y compuestos por su denominación química están operando con materiales que la cultura ha cargado de significado mucho antes de que este autor los recogiera. Reconstruir esa carga es tarea literaria; juzgar su eficacia no lo es.

2. Nota metodológica: alcance, límites y marco teórico

Este ensayo es estrictamente literario. No emite ni insinúa recomendación terapéutica alguna. No valora la eficacia de ningún tratamiento, farmacológico o no, ni la conveniencia de iniciarlo, mantenerlo o interrumpirlo. No lee los poemas de Cuando falta la ansiedad como testimonio clínico de un caso, ni infiere de ellos diagnóstico, pronóstico o evolución de persona real alguna. El objeto de análisis es un texto y los procedimientos con que ese texto organiza un material simbólico; no es una enfermedad, ni una paciente, ni una decisión sanitaria. La bibliografía médica y psicológica que se cita funciona como marco cultural e histórico —permite situar lo que el libro hace con ciertas palabras y ciertos objetos—, nunca como respaldo de una afirmación sobre salud. Cuando el análisis roza ese límite, lo declara y se detiene.

Esta cautela no es un formalismo. Un libro sobre la ansiedad se lee, inevitablemente, en un espacio público donde circulan promesas de curación, y la crítica que lo comenta puede, sin proponérselo, prestar autoridad literaria a una de esas promesas. El procedimiento adoptado aquí para evitarlo consiste en no salir nunca del texto: toda afirmación sobre lo que el poema “hace” se apoya en un rasgo verificable del poema —una negación, una elección de persona gramatical, una omisión, una estructura de repetición—, y toda afirmación sobre el contexto se apoya en una fuente académica identificada. Lo que el texto no dice no se completa; se registra como silencio.

El marco teórico se articula en cuatro frentes. El primero es la distinción, formulada por Arthur Kleinman (1988), entre illness y disease: el padecimiento tal como lo vive y lo narra quien lo sufre y su entorno, frente a la entidad nosológica tal como la construye el saber médico. Es una distinción descriptiva, no evaluativa, y es el eje del análisis, porque Cuando falta la ansiedad se instala enteramente del lado del padecimiento vivido y del relato del acompañante, y nunca del lado de la entidad clínica.

El segundo frente es la crítica sociológica de la cultura terapéutica: Philip Rieff (1987), Frank Furedi (2004), Eva Illouz (2007, 2008) y Micki McGee (2005), completados en el ámbito hispánico por Fernando Ampudia de Haro (2006), Rosario Ruiz Castro (2014) y Roberto Rodríguez-López (2024). Este conjunto permite reconstruir qué significa culturalmente hoy un discurso que ofrece herramientas interiores para el malestar, y sobre todo cuáles son sus rasgos característicos: la traducción de problemas sociales a lenguaje psicológico, la noción de un yo permanentemente trabajado y la imputación de la solución al propio sujeto. Disponer de ese catálogo de rasgos permite comprobar, uno a uno, cuáles aparecen en el libro y cuáles están ausentes.

El tercer frente es la antropología del símbolo. El modelo de curación simbólica propuesto por James Dow (1986) describe una estructura en cuatro pasos —un mundo mítico compartido, un mediador que lo particulariza para el sujeto, la vinculación del sujeto a un símbolo de ese mundo y la manipulación de ese símbolo— que se ha mostrado útil para analizar prácticas muy distintas entre sí. Aquí no se emplea para sostener que el poema 15 describa una curación, sino para lo contrario: para mostrar con precisión en qué punto del modelo el texto se interrumpe.

El cuarto frente reúne los materiales sobre el habla interior y sobre la experiencia de la medicación. Para lo primero se combinan la tradición literaria del soliloquio, estudiada por Jesús Gómez (2004), y el trabajo experimental de Ethan Kross y colaboradores (2014) sobre el autodistanciamiento lingüístico. Para lo segundo, la síntesis de estudios cualitativos de Pandora Pound y colaboradores (2005), su actualización por Nicky Britten, Ruth Riley y Myfanwy Morgan (2010), la meta-etnografía de Alice Malpass y colaboradores (2009) y el estudio cultural de Jonathan Metzl (2003) sobre el fármaco psicotrópico como objeto cargado de significados. También aquí el uso es descriptivo: esas investigaciones documentan que la ambivalencia ante la medicación es un hecho social ampliamente registrado, lo cual permite leer los poemas 11 y 26 como participación en un repertorio cultural y no como declaración de una postura.

A este marco se añaden dos referencias de historia literaria. María Victoria Utrera Torremocha (2015) reconstruye las poéticas de la enfermedad en la literatura moderna y permite situar el libro respecto de una tradición que asocia dolencia y creación; Arthur W. Frank (1997) ofrece la tipología de relatos de enfermedad —restitución, caos y búsqueda— que se empleará puntualmente para caracterizar la curva del volumen. Ninguna de las dos se aplica mecánicamente: se usan como puntos de contraste.

Sobre el uso de las citas: en este ensayo, las comillas angulares « » señalan exclusivamente texto copiado literalmente de Cuando falta la ansiedad. Los conceptos, las paráfrasis, los tecnicismos y las expresiones tomadas de la bibliografía secundaria van entre comillas rectas. Esta convención es rígida y se mantiene sin excepción, de modo que el lector puede saber en todo momento si lee al poeta o lee a la crítica. Las referencias a los poemas se hacen por su número, tal como aparecen en el índice del volumen.

3. Padecimiento sin entidad clínica: la posición del libro

La distinción de Kleinman (1988) entre el padecimiento vivido y la enfermedad construida por el saber médico es, antes que nada, una distinción de narrador. El padecimiento es lo que el enfermo y quienes lo rodean cuentan: una experiencia con textura, cronología propia, geografía doméstica y consecuencias en los vínculos. La enfermedad es lo que el clínico reconstruye: una entidad con criterios, curso esperable y tratamiento indicado. Kleinman insiste en que la segunda no agota a la primera y en que el relato del padecimiento tiene una consistencia propia que merece atención por sí misma.

Cuando falta la ansiedad se instala por completo en el primer plano. El libro no contiene un solo término diagnóstico. No aparece el nombre de ningún trastorno, ni una escala, ni un fármaco designado por su principio activo psicotrópico, ni una consulta de especialista con su resultado. Lo que sí aparece, y con abundancia, es la topografía del padecimiento: el salón, la cocina, la habitación, el pasillo, el baño (poema 4); las urgencias y el centro médico (poema 23); el botiquín (poema 26). Y aparece la cronología: el desorden que irrumpe, el deterioro, la pérdida, el repliegue, la reconstrucción.

Hay un momento en que esa frontera se hace visible en el propio texto. En el poema 24, el hablante consigna que «Los niveles dan normal cuando llega a emergencia; pero toda esa experiencia le hiere lo espiritual». Es la formulación más económica que el libro ofrece de su propia posición: la prueba objetiva no registra nada, y sin embargo el daño existe y se localiza en un plano que la prueba no mide. No hay aquí impugnación de la medicina; hay constatación de que el instrumento y el padecimiento no coinciden. El libro no dice que el análisis se equivoque: dice que el análisis mide otra cosa.

Esa constatación tiene una consecuencia formal de largo alcance. Si el padecimiento no se deja capturar por el vocabulario clínico, el poema debe construir un vocabulario propio, y eso es exactamente lo que hace el volumen: un léxico de invasión y territorio en las dos primeras secciones, uno de combate y pérdida en la tercera, uno de retorno y reconocimiento en la cuarta. El poema 19 acuña para el fenómeno una imagen jurídica y doméstica —el divorcio de mente y cuerpo— y el poema 20 una imagen geológica; el poema 9 una imagen técnica, la de la señal que se interfiere. Ninguna es una metáfora médica. Todas son metáforas de experiencia.

Conviene subrayar lo que esta descripción no implica. No implica que el libro rechace el tratamiento, ni que lo recomiende, ni que tome posición alguna sobre él. Implica algo mucho más modesto y más verificable: que el volumen elige narrar desde la experiencia y no desde la nosología, y que esa elección condiciona todos sus recursos. Un libro que hubiera elegido lo contrario —narrar desde la nosología— no habría podido escribir el poema 15, porque la instancia que ese poema nombra no tiene lugar en un vocabulario diagnóstico.

La elección tiene además un antecedente literario identificable. Utrera Torremocha (2015) ha mostrado cómo la poética moderna construyó una asociación fuerte entre enfermedad y creación, hasta convertir la dolencia en génesis y metáfora de una literatura nueva; el artista enfermo y rebelde es, en esa tradición, una figura de grandeza. Lozada Fernández no hereda esa asociación, y conviene decirlo con claridad porque marca la diferencia: en Cuando falta la ansiedad la enfermedad no produce nada, no eleva a nadie y no confiere ninguna lucidez. Es pura sustracción. Lo que el libro rescata del repertorio moderno no es la enfermedad como fuente, sino la enfermedad como desposesión, y el recurso simbólico aparece precisamente para nombrar lo que resiste a esa desposesión.

Frank (1997) distingue tres formas de relato de enfermedad: el de restitución, que cuenta el retorno al estado anterior; el de caos, que no consigue contar nada porque el desorden impide la sintaxis; y el de búsqueda, que convierte la experiencia en un recorrido con hallazgo. La curva del volumen, leída con esa tipología, recorre las tres: la primera sección todavía espera la restitución, la segunda se acerca al caos —los poemas 9, 12 y 13 construyen deliberadamente una sintaxis de repetición y bloqueo—, y la cuarta se organiza como búsqueda. El poema 15, situado al final de la segunda sección, es el punto donde la búsqueda empieza sin que el caos haya terminado. De ahí su rareza y su importancia estructural.

4. Genealogía de un sintagma: qué nombra una psicología del alma

El título del poema 15 es una expresión inestable. Une un término técnico moderno, psicología, con un término teológico antiguo, alma, y produce un sintagma que la disciplina psicológica contemporánea no reconoce como propio. Esa inestabilidad no es un descuido: es el procedimiento. El poema necesita designar algo que no es ni clínico ni religioso, y construye el nombre por colisión de dos vocabularios que la modernidad separó.

La historia de esa separación está bien documentada. Rieff (1987) describió el desplazamiento por el cual el hombre terapéutico sustituye al hombre religioso: cuando las instituciones de fe dejan de imponer sus orientaciones como vinculantes, el saber psicológico ocupa el hueco y ofrece una guía mínima de funcionamiento. Illouz (2008) reconstruye con detalle cómo el lenguaje de la psicología se hizo omnipresente en la cultura hasta constituirse en el núcleo de la identidad moderna, y cómo el complejo de la autoayuda transformó la vida emocional contemporánea. Furedi (2004) documenta el correlato de ese proceso: una redefinición de la persona en la que la vulnerabilidad pasa a ser el rasgo definitorio de la psicología de cualquiera.

En el ámbito hispánico, Ampudia de Haro (2006) analizó la literatura de autoayuda publicada en España como soporte de un código de gestión del comportamiento y de la emocionalidad, y Ruiz Castro (2014) la examinó como tecnología del yo en sentido foucaultiano, orientada a producir un sujeto obligado a ser libre y obligado a ser feliz. Rodríguez-López (2024) ha mostrado, sobre material editorial español reciente, cómo la categoría psicológica se extiende a los microespacios de la vida cotidiana y termina ofreciendo soluciones personales a problemas sociales. Este es el paisaje cultural en el que un lector español de 2026 encuentra la expresión que titula el poema 15.

Frente a ese paisaje, el poema hace algo inesperado: retira a su instancia todos los atributos del experto. La define por lo que no es y por lo que no hace. «No eres doctora, pero sabes calmar. No das diagnósticos, pero das espacio. No impones soluciones, pero abres caminos.» La estructura es rigurosamente simétrica: tres negaciones de competencia profesional —título, diagnóstico, prescripción— seguidas cada una de una capacidad que no requiere ninguna de las tres. Calmar, dar espacio y abrir caminos son acciones que cualquier presencia puede ejercer; ninguna es un acto clínico, y el poema se encarga de que no lo parezca.

El mismo procedimiento gobierna la aparición de esa instancia. No llega como revelación ni como intervención: «no con estruendo, no con milagros, sino con esa calma profunda que no exige, que no presiona, que solo escucha.» La negación de lo milagroso es aquí decisiva, porque cierra la vía religiosa con la misma firmeza con que las negaciones anteriores habían cerrado la vía médica. Lo que queda entre ambas clausuras es un espacio estrecho: una escucha sin autoridad. El poema construye su objeto por sustracción, exactamente igual que el volumen construye el padecimiento por sustracción de la vida anterior.

Hay, sin embargo, un resto del vocabulario clínico que el poema conserva y que merece atención. La instancia interior tiene una paciente: «Ella, sin darse cuenta, se convirtió en tu paciente.» El término es médico y el poema lo sabe. Pero obsérvese la construcción: el verbo es reflexivo y el complemento circunstancial anula la deliberación. No hay decisión, no hay consulta solicitada, no hay ingreso. La paciente lo es sin saberlo y sin haberlo buscado, lo cual desactiva la escena terapéutica en el momento mismo de invocarla. Es un uso irónico del léxico médico, no una reivindicación de él.

El sintagma, en suma, funciona como lo que en retórica podría llamarse una designación de compromiso: nombra algo para lo que no hay nombre disponible echando mano de dos vocabularios agotados y neutralizando ambos. Esa neutralización doble es la primera de las cautelas del libro, y la más visible.

5. El modelo de la curación simbólica y el punto en que el poema se detiene

Dow (1986) propuso una síntesis teórica de lo que las distintas prácticas de curación simbólica tienen en común, desde la psicoterapia occidental hasta el chamanismo. Su modelo consta de cuatro momentos: existe un mundo mítico compartido por la cultura; un mediador particulariza ese mundo general para el sujeto concreto, de modo que el sujeto reconozca su situación en él; el mediador vincula la emoción del sujeto a un símbolo de ese mundo particularizado; y, finalmente, el mediador manipula ese símbolo para modificar la emoción vinculada. La potencia descriptiva del modelo reside en que no exige creer en la eficacia del procedimiento para reconocer su estructura.

Aplicado al poema 15, el modelo se cumple en sus tres primeros momentos y se interrumpe en el cuarto. El mundo mítico existe y es reconocible: es el de la interioridad como lugar habitable, un mundo culturalmente disponible que combina, como se ha visto, herencia religiosa y vocabulario psicológico. La particularización ocurre: el poema afirma que esa instancia estuvo siempre ahí, esperando, y que un día apareció para esta mujer y no para nadie más. La vinculación emocional se produce en la escena del habla: «Cuando la ven hablando sola no es hechizo, no es magia oculta. Es el diálogo íntimo que sostiene contigo, la consulta silenciosa que la ayuda a atravesar los desmanes que la ansiedad provoca.»

El cuarto momento, en cambio, no llega. El poema no manipula el símbolo para producir un cambio de estado. Al contrario: su cierre reconoce explícitamente que la ansiedad sigue actuando. La instancia interior permanece «firme, discreta, profunda», y lo que hace no es eliminar nada sino recordar algo: «recordándole que dentro de ella existe un lugar donde aún puede respirar.» Todo el peso semántico recae en un adverbio, aún, que presupone la continuidad de la amenaza. El poema no promete curación; promete un lugar donde todavía es posible respirar mientras la amenaza dura.

Esta interrupción del modelo es el hallazgo central de este análisis, y conviene formularlo con precisión. No se trata de que el poema fracase en completar una estructura: se trata de que la detiene deliberadamente. El propio texto lo hace explícito en una concesiva triple —el poema admite que la ansiedad insiste, que intenta bloquear y que quiere retorcer cada avance— antes de afirmar la permanencia del alma. La sintaxis concesiva es la figura de la cautela: reconoce la fuerza del adversario y afirma solo la subsistencia, no la victoria.

Compárese este final con el de otros poemas del volumen y se verá que la diferencia es de diseño. El poema 32, que da título al libro, sí construye una victoria: allí la ansiedad falta, el miedo no aprieta y «ya no marcas su camino cuando falta la ansiedad». El poema 33 declara que el dolor quedó vencido. El poema 36 celebra la recuperación de lo perdido. El libro, por tanto, sabe escribir finales triunfales y los escribe cuando quiere. Que el poema 15 no lo haga, situado como está en mitad del recorrido y dedicado precisamente al recurso de consuelo, es una decisión y no una limitación.

Hay una razón estructural para ello. Si el poema 15 hubiera completado el cuarto momento del modelo, el libro habría situado la curación en la interioridad y habría convertido el resto del recorrido —los poemas de la pérdida, del miedo y de la resistencia— en un trámite. La cuarta sección no tendría función. Al detener el modelo, el texto conserva el conflicto y obliga a que la recuperación, cuando llegue, se construya con otros materiales y en otro tiempo. La cautela ética y la economía narrativa coinciden aquí en la misma decisión formal, y es esa coincidencia lo que hace el gesto sólido: no es un escrúpulo añadido desde fuera, sino una exigencia interna de la arquitectura del volumen.

6. Hablar sola: soliloquio, segunda persona y autodistanciamiento

La escena central del poema 15 es la de una mujer que habla sola y a la que se observa hacerlo. El texto anticipa el juicio ajeno y lo desactiva antes de que se formule, negando dos interpretaciones posibles —el hechizo y la magia oculta— para proponer una tercera. Esa operación merece análisis detenido, porque en ella se concentra buena parte del trabajo simbólico del libro.

Lo primero que conviene observar es que las dos interpretaciones rechazadas pertenecen al campo de lo sobrenatural, y no al de la patología. El poema no dice que hablar sola no sea un síntoma; dice que no es brujería. La elección es significativa. Al situar el malentendido posible en el terreno de la superstición popular y no en el del diagnóstico, el texto se ahorra tener que pronunciarse sobre lo clínico, que es justamente el terreno que el libro evita en todo momento. Lo que ofrece en sustitución es una categoría intermedia: el diálogo íntimo, la consulta silenciosa. Ambas expresiones toman prestada la escena de la terapia —hay consulta, hay quien escucha— y le retiran el profesional.

La tradición literaria de esa escena es antigua y está bien estudiada. Jesús Gómez (2004) ha descrito el soliloquio como un género de tradición agustiniana con perfil propio, distinto del diálogo clásico: en él un yo se dirige a una instancia que no responde —Dios, el alma, la Razón—, y el discurso resultante es monológico aunque emplee recursos dialógicos como el dialogismo y la sermocinatio. Gómez señala que lo característico del género es la búsqueda interior de la verdad o de la divinidad junto con la reflexión expiatoria del yo, y que en los soliloquios apócrifos atribuidos a Agustín la interioridad se consuma hasta el punto de que la instancia invocada está dentro del que habla.

El paralelo con el poema 15 es estructural y no de contenido. La instancia del poema tampoco responde con palabras: escucha, da espacio, abre caminos. Está dentro. El discurso se construye en segunda persona dirigida a ella. Y la escena se produce en soledad y es malinterpretada desde fuera, exactamente como ocurre con el que soliloquia. Lo que Lozada Fernández hace, en términos de historia literaria, es recuperar una forma con seiscientos años de recorrido y vaciarla de su contenido teológico, sustituyendo la divinidad por una instancia psicológica sin credenciales. La forma resiste el trasvase porque nunca dependió de lo que había al otro lado: dependía de que no respondiera.

Hay un segundo marco, contemporáneo y de otra naturaleza, que ilumina la misma escena. Kross y colaboradores (2014) documentaron experimentalmente que el lenguaje con que una persona se refiere a sí misma durante la introspección modifica cómo piensa y siente: el uso de la segunda persona o del propio nombre, frente al pronombre de primera persona, facilita una toma de distancia sobre la experiencia. Los autores denominan a ese efecto autodistanciamiento lingüístico y lo describen como un mecanismo regulador de bajo coste.

La pertinencia de este trabajo para el análisis literario es indirecta pero real, y debe enunciarse con cuidado. No se afirma aquí que la escena del poema tenga efecto alguno sobre persona alguna, ni que el libro proponga una técnica, ni que la investigación citada respalde nada de lo que el volumen hace. Lo que se afirma es que la segunda persona es, en Cuando falta la ansiedad, la persona gramatical dominante, y que el poema 15 la emplea de un modo distinto al resto del libro. En los otros treinta y cinco poemas, el tú es la ansiedad: una entidad hostil a la que se interpela para acusarla. En el poema 15, el tú es el recurso: una entidad protectora a la que se interpela para reconocerla. El libro no cambia de procedimiento; cambia de destinatario.

Esa inversión tiene consecuencias de lectura. Un lector que llega al poema 15 tras catorce poemas de apóstrofe acusatorio encuentra el mismo molde sintáctico ocupado por un contenido opuesto, y el efecto es el de una permutación repentina. La ansiedad y el alma comparten posición gramatical: ambas están dentro, ambas actúan sin ser vistas, ambas preceden a la conciencia que las descubre. El poema las presenta incluso en competencia directa: la ansiedad se adelantaba, interrumpía, bloqueaba, impedía el descubrimiento. Es una escena de disputa por el mismo lugar.

Conviene contrastar este soliloquio con el que el libro había presentado tres poemas antes. El poema 12 describe una repetición que no es diálogo sino atasco: la misma frase que vuelve, la misma duda, y un cierre que formula con exactitud la trampa: «la mente interpreta que repetir es sostener». La diferencia entre ambos poemas es la diferencia entre la rumia y el soliloquio: la primera vuelve sobre lo mismo sin producir nada, el segundo se dirige a un interlocutor interior y abre un espacio. El libro, por tanto, no celebra el habla interior sin más; distingue dos formas de ella y les asigna valores opuestos. Esa distinción es un rasgo de precisión poco común y merece registrarse.

7. El fármaco como símbolo: frascos, nombres y mapas rotos

Dos poemas del volumen se ocupan de las sustancias: el 11, “Química imperfecta”, y el 26, “Ingenuo envenenamiento”. Ambos son centrales para esta lectura porque son el lugar donde un libro sobre malestar psíquico podría haberse pronunciado sobre el tratamiento, y no lo hace. Analizar cómo evita ese pronunciamiento es analizar la cautela del volumen en su punto más expuesto.

El poema 11 abre con una escena de contemplación: «Ella mira los frascos como quien observa un mapa roto. Magnesio, sodio, citrato… nombres que prometen calma pero no encajan en su cuerpo». Conviene reparar en qué sustancias se nombran. Magnesio, sodio y citrato no son psicofármacos: son minerales y una sal orgánica, productos de parafarmacia disponibles sin prescripción. La elección es deliberada y resuelve un problema de escritura. El poema puede así construir toda una escena de búsqueda química sin mencionar un solo medicamento sujeto a receta, y por tanto sin que ninguna afirmación del texto recaiga sobre el tratamiento médico.

La imagen del mapa roto formula el estatuto de esos objetos con notable exactitud. Un mapa es un dispositivo de orientación; roto, conserva la promesa de orientar y pierde la capacidad de hacerlo. Los frascos, en el poema, no son tóxicos ni inútiles: son promesas parciales. Y lo que el verso subraya no es que fallen, sino que prometen: son «nombres que prometen calma». El poema examina un acto de habla —la promesa— antes que una sustancia.

El grupo versal siguiente amplía el repertorio con materiales que ya no son químicos: «Piensa en tés, en infusiones que otros recomiendan, en rituales que dicen funcionar cuando la tormenta se desata. Pero nada se acomoda, nada se asienta, nada la sostiene.» El término ritual aparece aquí explícitamente y en el mismo plano que el té y la infusión, es decir, en el plano de lo recomendado por otros. Esta equiparación es importante para la tesis de este ensayo: el libro coloca en un mismo nivel el remedio doméstico, la sustancia de parafarmacia y el rito, y a los tres les aplica la misma tríada de negaciones. Ninguno se acomoda, ninguno se asienta, ninguno sostiene.

Obsérvese que el fracaso no se atribuye a los objetos sino a su relación con el cuerpo. El poema no dice que el magnesio sea inútil ni que las infusiones engañen: dice que no encajan en su cuerpo, que no se acomodan, que no la sostienen a ella. El sujeto de la insuficiencia es siempre la relación, no la sustancia. Esa construcción evita cualquier afirmación general sobre la eficacia de nada, que es exactamente lo que un texto literario no está en condiciones de emitir.

El poema incorpora además una fantasía que merece comentario: la de un laboratorio propio donde mezclar una fórmula personal, probar sin miedo, sin juicio y sin la presión de acertar. Es una imagen de autonomía que la crítica de la cultura terapéutica reconocería de inmediato como la figura del yo que se administra a sí mismo. Pero el poema la desactiva en el verso siguiente: cada experimento se rompe en sus manos antes de comenzar. La fantasía se enuncia y se cancela en el mismo movimiento. El libro muestra el deseo de autogestión y muestra su imposibilidad, sin proponerlo como programa.

El cierre del poema 11 formula el resultado en términos que vuelven sobre la promesa: la química imperfecta no obedece, no calma, no promete; solo deja preguntas donde debería haber alivio. La cuarta negación —no promete— es la más significativa de todas, porque el poema había abierto precisamente con nombres que prometían. El movimiento completo del texto va de la promesa a su retirada, y lo que queda al final no es una tesis sobre la medicación sino una constatación sobre el lenguaje de los remedios.

8. La ambivalencia no es rechazo: un repertorio culturalmente compartido

El poema 26, “Ingenuo envenenamiento”, es el más delicado del volumen para esta lectura, porque es el único que menciona un objeto inequívocamente médico. «Un botiquín abismal le ofrece medicamento, pero en su pensamiento algo vibra desigual.» Y a continuación formula el temor: «Teme a la dependencia, a perder su propio paso». La pregunta crítica es qué hace el poema con ese temor.

Lo primero que hace es no resolverlo. El poema termina en interrogación: pregunta qué sendero habrá de escoger para desvanecer ese envenenamiento ingenuo, y no responde. No hay decisión narrada, ni consecuencia, ni moraleja. El poema deja la cuestión abierta y pasa a otra cosa; en la sección siguiente, la recuperación ocurre sin que el texto informe de si medió tratamiento alguno. Esa omisión sostenida es, en sí misma, la posición del libro: no informar.

Lo segundo que hace es cargar el título de ambigüedad. El sintagma “ingenuo envenenamiento” admite al menos dos lecturas contrarias. Puede designar el envenenamiento que produciría una ingesta candorosa de fármacos, y entonces el adjetivo califica a quien toma. O puede designar un envenenamiento que es ingenuo porque no llega a serlo —porque el temor lo imagina más que la sustancia lo produce—, y entonces el adjetivo califica al miedo. El poema no desambigua, y la interrogación final refuerza la indecisión. Un texto que quisiera desaconsejar la medicación no habría dejado su título en esa cuerda floja.

Aquí resulta iluminador el cuerpo de investigación cualitativa sobre la experiencia de tomar medicamentos, que permite situar el temor del poema como fenómeno cultural ampliamente documentado y no como postura del autor. Pound y colaboradores (2005) sintetizaron un número considerable de estudios cualitativos sobre la toma de medicinas y concluyeron que la conducta más frecuente no es ni la adhesión pasiva ni el rechazo, sino lo que denominan resistencia: una evaluación activa que sopesa efectos, costes y significados. Britten, Riley y Morgan (2010) actualizaron ese modelo para los psicotrópicos y documentaron que la preocupación por la dependencia y por la pérdida de autonomía es uno de los ejes recurrentes en los relatos de los usuarios.

Malpass y colaboradores (2009) añadieron a esa descripción una distinción productiva: la experiencia de la medicación combina lo que llaman una trayectoria de medicación —las decisiones sucesivas sobre tomar o no tomar— y una trayectoria moral —la elaboración del significado de tomar, incluido el estigma y el efecto sobre la idea que uno tiene de sí mismo. Los dos versos del poema 26 sobre el temor a la dependencia y a perder el propio paso pertenecen exactamente a esa segunda trayectoria: no hablan de efectos, hablan de identidad.

Es necesario repetir aquí la advertencia del epígrafe 2. Estas investigaciones no se invocan para decidir si el temor del poema está justificado, ni para orientar a nadie sobre el uso de medicación, ni para sugerir que la posición del texto sea correcta o incorrecta. Se invocan para una operación exclusivamente literaria: mostrar que el material con que el poema trabaja —la ambivalencia ante el fármaco— es un lugar común culturalmente disponible y no una invención del autor. Reconocerlo como tal permite leer el poema como participación en un repertorio y no como alegato.

Metzl (2003) proporciona el último elemento del marco. Su historia cultural de tres fármacos —Miltown, Valium, Prozac— muestra hasta qué punto los psicotrópicos han funcionado en la cultura contemporánea como portadores de significados que exceden con mucho su farmacología, y en particular de significados relativos al género y a la identidad. Un libro que escribe sobre una mujer que duda ante un botiquín está trabajando, lo sepa o no, con ese sedimento. Que el poema 26 se limite a exponer la duda sin resolverla es, desde esta perspectiva, la opción más prudente disponible: consigna un hecho cultural sin añadirle una prescripción.

9. Fe, calendario y fiesta: los recursos heredados

El repertorio simbólico del volumen no se agota en la interioridad. La cuarta sección incorpora dos materiales de origen colectivo —la fe religiosa y el calendario festivo— que operan de modo distinto al del poema 15 y que conviene analizar por separado, porque su tratamiento confirma la regla general del libro.

El poema 33, “Te secuestré la victoria”, es el más extenso del volumen y su eje simbólico declarado. El propio autor lo señala en la introducción: el número treinta y tres remite, en la charada cubana, a la madre, y remite también a la edad en que Jesús culminó su misión. El poema articula dos duelos —el consumado por la madre y el temido por la esposa— y sitúa en su centro un momento de inflexión: «La fe abrió su claridad, y la esperanza dio su paso». Es la única mención explícita de la fe en todo el libro.

Obsérvese lo que el verso hace y lo que no hace. La fe abre una claridad; no cura, no interviene, no salva. El verbo abrir designa una operación de espacio, exactamente como en el poema 15 la instancia interior daba espacio y abría caminos. Y la esperanza da un paso, verbo de desplazamiento mínimo. Ninguno de los dos términos teológicos recibe en el poema una función causal. El texto no dice que la fe haya producido la recuperación; dice que apareció y que algo se abrió. La estrofa siguiente refuerza la cautela: la lucha fue sin descanso, el combate sin testigos.

El poema lo declara además de forma directa: no hubo triunfo repentino, ni luz fácil, ni atajo. Es una negación triple que desmonta las tres figuras típicas del relato de conversión —la súbita, la luminosa y la abreviada— y las sustituye por un ascenso trabajoso. Pargament, Koenig y Perez (2000) construyeron un instrumento para medir el amplio abanico de métodos de afrontamiento religioso, distinguiendo entre los que se asocian a mejor ajuste y los que se asocian a peor; entre los primeros figura la reevaluación benévola, y entre los segundos las formas que delegan por completo la agencia. El poema 33, leído con esa distinción como mera rejilla descriptiva, se sitúa claramente del lado de la reevaluación y no del de la delegación: el sujeto sigue luchando después de que la fe aparezca, y la última estrofa atribuye el resultado a una acción del hablante, no a una intervención sobrenatural.

El segundo material heredado es el calendario. El poema 31, “Como Navidad, regresó”, organiza toda la experiencia sobre una fecha: la ansiedad llegó en Navidad y en Navidad se retiró. «Y cual guirnalda que encendió, brindando paz y alegría, para olvidar aquel día, como Navidad regresó.» El procedimiento es el de la comparación ritual: el retorno del bienestar se equipara al retorno anual de la fiesta, y la guirnalda funciona como objeto que enciende y señala.

Lo interesante de este poema es que el símbolo no pertenece a la enferma ni al hablante: pertenece a la cultura entera, y precisamente por eso funciona. El calendario festivo ofrece una estructura de repetición que no depende de la voluntad de nadie: la Navidad regresa haya o no haya mejoría. Al superponer la recuperación a ese ciclo, el poema le presta una forma que ella no tiene por sí misma. Es, en términos de Dow (1986), el caso más claro de particularización de un mundo mítico compartido: un calendario colectivo se convierte en cronología privada.

Conviene notar, sin embargo, que tampoco aquí hay causalidad. El poema dice que ocurrió de forma tan repentina como había ocurrido la llegada, y menciona la ayuda y la confianza como circunstancias, no como causas identificadas. La estructura lógica es la de la coincidencia temporal, no la del efecto. El libro mantiene, también en este poema, su norma: describir la forma del retorno sin explicar su mecanismo.

Hay un tercer elemento, menos visible, que pertenece al mismo orden: el epígrafe que cierra el volumen, «Que la luz venza siempre, incluso cuando no se ve». Su forma es la del deseo —subjuntivo optativo—, no la de la constatación, y su segunda mitad admite explícitamente la posibilidad de que la victoria no sea perceptible. Es una fórmula de cierre que no afirma nada verificable y que, por su construcción, resiste cualquier lectura como promesa. Un libro que quisiera prometer habría cerrado en indicativo.

10. El arco, el molino y la guerrera: figuras de la reconstrucción

La cuarta sección despliega un repertorio figurativo denso que merece examen conjunto, porque en él se juega el modo en que el libro representa la recuperación. Tres figuras destacan: el molino, la guerrera y el arco. Las tres proceden de fondos culturales identificables y las tres son sometidas al mismo tratamiento.

El poema 28, “Una guerrera contra mil molinos”, convoca sin nombrarlo el episodio cervantino y lo invierte con cuidado. En el modelo, los molinos son inofensivos y el combatiente se equivoca al verlos como gigantes; aquí la relación se altera: «La ansiedad, molino oscuro, giró con fuerza implacable». El molino es real y su fuerza también. La alusión no sirve para ridiculizar al combatiente, como en el hipotexto, sino para afirmar que el combate era necesario y que la desproporción era cierta. Es una reescritura que conserva la imagen y le invierte el juicio, procedimiento frecuente en la reelaboración popular de los grandes mitos literarios.

La figura de la guerrera, sostenida en los poemas 28, 29 y 34, procede del repertorio bélico que atraviesa todo el volumen y que la crítica ha discutido ampliamente en relación con los relatos de enfermedad. El poema 29 cierra con un lema explícito: «se construyó como lema: empuñar, pelear y vencer.» La formulación es interesante porque el verbo principal no es vencer sino construirse: el sujeto no vence, se fabrica un lema. Lo que el texto describe es la adopción de un dispositivo retórico, no la obtención de un resultado.

El poema 34 introduce sobre ese repertorio una cautela notable: «La calma que reina ahora es clara, pero no ingenua.» El verso desconfía de su propio final feliz. Y añade una imagen precisa, la del ojo del huracán, que promete paz mientras oculta el golpe. Un libro de autoayuda no escribe esto; un libro de autoayuda necesita que la calma sea fiable para poder venderla. Aquí la calma se declara provisional y se prepara el regreso posible de la tormenta. La recuperación, en Cuando falta la ansiedad, no cancela el riesgo: lo administra.

El poema 35, “El arco de su sonrisa”, es el más elaborado de los tres y el que mejor muestra el procedimiento simbólico del libro. Parte de una equivalencia mínima —la sonrisa es un arco, por su curva— y de ahí desarrolla un campo entero: tensar, apuntar, disparar, dar en el blanco, las flechas, la cacería. La equivalencia es geométrica, casi pueril, y el poema la asume sin disimulo. Sobre ella monta una escena de acción que devuelve al sujeto la capacidad de dirigir algo.

A mitad del poema aparece la única referencia cultural explícita: «Pero hasta Robin Hood sabe que cuando se lucha por amor y por causa justa, el arco se tensa, se ajusta, se vuelve arma de luz contra cualquier enemigo.» La elección del personaje no es indiferente. Robin Hood es una figura de justicia popular, no de heroísmo aristocrático; su arco es un instrumento de corrección de un desequilibrio. El poema lo usa para justificar el uso del arma por la causa y no por la fuerza, y así evita que la imagen bélica derive hacia la celebración del combate en sí.

El cierre del poema es una escena de acto: respira, apunta, realiza el disparo, sonríe y da en el blanco. Es la única vez en todo el volumen en que la mujer ejecuta una secuencia completa de acciones voluntarias y la concluye con éxito. Estructuralmente, esa secuencia es el reverso exacto de la del poema 5, donde intentaba apoyar los pies y avanzar hacia la puerta y no podía. El libro cierra así un arco compositivo con el mismo material con que lo había abierto: la posibilidad o imposibilidad de un movimiento dirigido.

El poema 30, “El acople corporal”, proporciona el término medio de esa curva: «El cuerpo, que siempre estuvo listo, recibe por fin a la mente.» Es la reparación explícita del divorcio que el poema 19 había diagnosticado. Nótese que el reencuentro se describe con verbos de reconocimiento —dos partes que se reconocen, dos funciones que se buscan— y no con verbos de curación, y que el poema insiste en que la alegría no llega de golpe sino que se instala despacio. También aquí la gradualidad hace el trabajo de la cautela.

11. La línea que el libro no cruza

Llegados a este punto es posible formular con precisión en qué se diferencia Cuando falta la ansiedad de la literatura de autoayuda, y hacerlo con el catálogo de rasgos que la sociología ha establecido para ese género. Ampudia de Haro (2006) describe la autoayuda como soporte de un código de gestión del comportamiento y de la emocionalidad, cuyo eje es la persona desdoblada reflexivamente en emisor y receptor de la ayuda. Ruiz Castro (2014) subraya su función de tecnología del yo orientada a producir un sujeto obligado a ser feliz y entrenado para la autoinspección permanente. McGee (2005) documenta cómo el ciclo de la automejora, lejos de mejorar al yo, lo sobrecarga indefinidamente. Rodríguez-López (2024) muestra que la operación característica del discurso es la retraducción psicológica de problemáticas con raíces sociales, de modo que se ofrecen soluciones personales a problemas colectivos.

Cuatro rasgos, por tanto: el desdoblamiento del sujeto en quien ayuda y quien es ayudado; la prescripción de un procedimiento; la promesa de un resultado; y la imputación al individuo de la responsabilidad sobre su estado. Examinemos el libro contra cada uno.

El primero se cumple parcialmente y merece decirse con franqueza: el poema 15 sí construye un desdoblamiento, puesto que la instancia interior y la mujer son la misma persona y una atiende a la otra. Sería inexacto negarlo. Pero el desdoblamiento del libro carece de la propiedad decisiva del de la autoayuda: no es un desdoblamiento operativo. En el género, el yo que ayuda dispone de un método que aplica al yo ayudado; aquí el yo que ayuda solo escucha y da espacio, y el propio texto se encarga de negarle toda competencia técnica. Es un desdoblamiento de compañía, no de intervención.

El segundo no se cumple en absoluto. No hay en todo el volumen una sola instrucción, un solo imperativo dirigido al lector, un solo paso numerado, una sola técnica descrita como aplicable. El libro no explica cómo se accede a la instancia del poema 15; dice que ella no sabía que estaba allí y que un día apareció, lo cual es lo contrario de un método. La aparición se narra como acontecimiento, no como procedimiento reproducible.

El tercero tampoco. Como se ha mostrado en el epígrafe 5, el poema 15 se detiene antes de la transformación y cierra con un adverbio que presupone la continuidad de la amenaza. El poema 34 declara que la calma no es ingenua y prepara el regreso posible de la tormenta. El epígrafe final del libro formula un deseo en subjuntivo y admite que la victoria puede no verse. Tres cierres distintos, tres negativas a prometer.

El cuarto es el que separa a este libro de manera más nítida del género. La autoayuda atribuye al individuo la responsabilidad de su propio estado; Cuando falta la ansiedad dedica tres poemas —el 7, el 13 y el 22— a denunciar exactamente esa atribución. El poema 13 cita textualmente las fórmulas de la imputación y las desmonta: «Pon de tu parte; decía quien no tiene el alien dentro». El poema 7 describe el mecanismo: «Cada voz trae una receta, un remedio improvisado, una teoría sin experiencia, una sentencia disfrazada de cariño.» La palabra sentencia, con su doble valor judicial y verbal, condensa el diagnóstico del libro sobre el consejo bienintencionado: es un fallo condenatorio disfrazado.

Esta es la clave de la coherencia del volumen. Un libro que dedica una parte sustancial de su segunda sección a desmontar el discurso del consejo no puede, veinte poemas después, ofrecer un consejo propio sin contradecirse. La cautela del poema 15 no es un escrúpulo aislado: es la condición de posibilidad de que el libro entero se sostenga. Si la psicología del alma fuera un método, el libro habría hecho exactamente lo que reprocha a las mil voces sin eco.

Queda una diferencia más, de orden estructural. La autoayuda se dirige al lector y lo convierte en destinatario de su programa; Cuando falta la ansiedad se dirige a la ansiedad, y el lector es siempre un tercero que escucha. La única declaración de propósito del volumen está en la introducción del autor y es explícitamente antiprogramática: «Este libro no pretende dar respuestas. Pretende acompañar.» La frase podría leerse como fórmula de modestia convencional; el análisis de los poemas muestra que describe con exactitud el funcionamiento del texto.

12. Conclusiones

Este ensayo ha examinado el modo en que Cuando falta la ansiedad, de Daisel Lozada Fernández (Editorial Poesía eres tú, 2026), construye un repertorio de recursos simbólicos frente al malestar sin convertirlos en alternativa médica ni en promesa de curación. La investigación ha partido del poema 15, “La psicología del alma”, por ser el único del volumen que nombra explícitamente un recurso de consuelo, y ha extendido el análisis a los poemas del fármaco (11 y 26), de la fe y el calendario (31 y 33) y del repertorio figurativo de la reconstrucción (28, 29, 30, 34, 35 y 36). Los hallazgos pueden resumirse en seis puntos.

Primero: el libro se instala íntegramente del lado del padecimiento vivido y no del de la entidad clínica, en el sentido en que Kleinman (1988) distingue ambos planos. No hay en sus treinta y seis poemas un solo término diagnóstico, y el poema 24 formula esa posición de manera explícita al consignar que los niveles resultan normales mientras el daño se localiza en un plano que la prueba no mide. Esa elección de plano no es una impugnación de la medicina: es una decisión de perspectiva narrativa que condiciona todo el sistema de recursos del volumen, porque obliga a construir un vocabulario de experiencia allí donde no se dispone de un vocabulario nosológico.

Segundo: el sintagma que titula el poema 15 se construye por colisión y neutralización de dos vocabularios agotados. La expresión une el término técnico de la modernidad psicológica con el término teológico que esa modernidad desplazó —el proceso que Rieff (1987) describió y que Illouz (2008), Furedi (2004) y McGee (2005) han documentado en detalle— y a continuación retira a la instancia resultante toda competencia en ambos campos. Tres negaciones cancelan la autoridad médica y otras dos cancelan la autoridad milagrosa. Lo que queda entre las dos clausuras es una escucha sin credenciales: un objeto construido enteramente por sustracción, coherente con el modo en que el libro entero construye el padecimiento como desposesión.

Tercero, y es el hallazgo principal: aplicado al poema 15, el modelo de curación simbólica de Dow (1986) se cumple en sus tres primeros momentos —mundo mítico compartido, particularización para el sujeto, vinculación emocional a un símbolo— y se interrumpe deliberadamente en el cuarto, el de la manipulación del símbolo para modificar el estado. El poema no transforma nada. Cierra con una concesiva triple que admite la persistencia de la ansiedad y con un adverbio, aún, que presupone la continuidad de la amenaza. Que esa interrupción sea deliberada y no accidental queda demostrado por el hecho de que el libro sabe escribir finales triunfales y los escribe cuando quiere, como muestran los poemas 32, 33 y 36. La cautela ética y la economía compositiva coinciden aquí en una misma decisión formal: si el poema 15 hubiera completado el modelo, la cuarta sección del volumen habría quedado sin función.

Cuarto: el libro distingue con precisión dos formas de habla interior y les asigna valores opuestos. La rumia del poema 12, que vuelve sobre lo mismo y confunde repetir con sostener, y el soliloquio del poema 15, que se dirige a un interlocutor interior que no responde. Esta segunda forma tiene una genealogía literaria identificable: es la del soliloquio de tradición agustiniana descrito por Gómez (2004), un género en el que el yo interpela a una instancia silenciosa que habita en su interior, y cuya forma resiste el vaciado de su contenido teológico precisamente porque nunca dependió de la naturaleza del destinatario sino de su mutismo. A ese marco literario se superpone, sin que el texto lo sepa ni lo necesite, el fenómeno del autodistanciamiento lingüístico que Kross y colaboradores (2014) documentaron experimentalmente. La observación pertinente para la crítica no es de eficacia sino de procedimiento: el libro emplea la misma persona gramatical —el tú— para la ansiedad y para el alma, y esa coincidencia convierte al poema 15 en una escena de disputa por un mismo lugar interior.

Quinto: en los dos poemas de las sustancias, el volumen mantiene su cautela mediante procedimientos verificables. El poema 11 nombra únicamente compuestos de parafarmacia disponibles sin prescripción, con lo que puede construir una escena completa de búsqueda química sin que ninguna afirmación recaiga sobre el tratamiento médico; atribuye además la insuficiencia a la relación entre objeto y cuerpo, nunca a la sustancia; y enuncia y cancela en el mismo movimiento la fantasía de autogestión del propio remedio. El poema 26 menciona el único objeto médico del libro y deja la cuestión en interrogación, sin decisión ni consecuencia narrada, con un título cuya ambigüedad no se resuelve. La investigación cualitativa sobre la experiencia de tomar medicamentos —Pound y colaboradores (2005), Britten, Riley y Morgan (2010), Malpass y colaboradores (2009)— y la historia cultural del psicofármaco de Metzl (2003) permiten reconocer ese material como un lugar común culturalmente compartido, y por tanto leer el poema como participación en un repertorio y no como alegato sobre el tratamiento.

Sexto: contrastado con los cuatro rasgos que la sociología atribuye a la literatura de autoayuda —desdoblamiento operativo del sujeto, prescripción de un método, promesa de un resultado e imputación de la responsabilidad al individuo—, el libro cumple solo el primero, y de forma degradada. El desdoblamiento del poema 15 es de compañía y no de intervención, puesto que a la instancia que ayuda se le ha retirado toda técnica. No hay método, no hay promesa y, sobre todo, hay una impugnación activa del cuarto rasgo: los poemas 7, 13 y 22 desmontan explícitamente el discurso que traslada a la enferma la responsabilidad de su estado. Esa impugnación es la condición de coherencia del volumen entero: un libro que dedica parte de su segunda sección a denunciar el consejo bienintencionado no puede ofrecer después un consejo propio sin contradecirse, y la cautela del poema 15 es lo que impide esa contradicción.

De estos seis puntos se sigue la demostración de la tesis enunciada al comienzo. El poema 15 nombra un recurso de consuelo explícitamente no clínico sin convertirlo en alternativa médica ni en promesa de curación, y lo hace mediante una serie de operaciones formales identificables: negación de competencias, negación de lo milagroso, uso irónico del léxico médico, interrupción del modelo de curación simbólica, cierre concesivo y adverbio de continuidad. Ninguna de estas operaciones es un juicio del crítico sobre las intenciones del autor; todas son rasgos verificables del texto. Y el conjunto de ellas constituye, en la economía del libro, la línea que separa el acompañamiento de la prescripción.

La aportación de este trabajo puede formularse en tres planos. En el plano del análisis de la obra, ofrece la primera lectura sistemática del poema 15 como pieza estructural del volumen y no como episodio aislado, y muestra que la cuarta sección del libro funciona como despliegue de un repertorio simbólico cuya regla de composición —describir la forma del retorno sin explicar su mecanismo— es constante en la fe, el calendario, el arco y el acople corporal. En el plano metodológico, propone un procedimiento de lectura para textos literarios que tratan del malestar psíquico: emplear el modelo de curación simbólica no para demostrar que un texto cura, sino para localizar con precisión el punto en que decide no hacerlo, procedimiento que convierte un modelo antropológico en un instrumento de descripción formal. En el plano de la crítica de la cultura terapéutica, aporta un caso en el que los rasgos del género de la autoayuda pueden contrastarse uno a uno contra un texto concreto, con resultado negativo en tres de cuatro y degradado en el restante, lo cual sugiere que la mera presencia de un recurso interior de consuelo en una obra literaria no basta para adscribirla a ese género.

Quedan abiertas dos líneas que este ensayo no ha podido recorrer. La primera es comparativa: convendría examinar si el procedimiento aquí descrito —nombrar un recurso y retirarle simultáneamente toda competencia— aparece en otras obras de la poesía española contemporánea que se ocupan del malestar psíquico, y si constituye una estrategia reconocible o un caso singular. La segunda es de recepción: este trabajo ha analizado lo que el texto hace, no lo que los lectores encuentran en él, y es perfectamente posible que un lector busque en el poema 15 la prescripción que el poema se niega a dar. Esa distancia entre el funcionamiento del texto y su uso social constituye un objeto de estudio por derecho propio, y no puede abordarse con las herramientas empleadas aquí.

Termínese con una observación sobre los límites de este ensayo, que son los que se declararon en el epígrafe 2 y que conviene reafirmar al cerrar. Nada de lo dicho aquí constituye recomendación terapéutica, valoración de tratamiento alguno ni lectura clínica de los poemas. El objeto ha sido un texto y sus procedimientos. Si el análisis ha mostrado que Cuando falta la ansiedad se abstiene con notable disciplina de prometer lo que no puede cumplir, esa abstención es un rasgo literario del libro y debe leerse como tal: no como un aval de nada ni como una recomendación para nadie. El propio volumen lo había dicho antes y mejor en su introducción, y la crítica no tiene por qué añadir más: «Este libro no pretende dar respuestas. Pretende acompañar.»

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DOI: 10.5281/zenodo.22848234
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