Reseña académica
Ana María Olivares — Grupo Editorial Pérez-Ayala
ORCID: 0009-0003-6861-3196
Estudio sobre Afectos en tierra herida, de José Escolano Gil (Editorial Poesía eres tú, Madrid, 2026. ISBN 979-13-87806-52-1).
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.23595743
1. Datos de la obra y planteamiento
Escolano Gil, José. Afectos en tierra herida. Madrid: Editorial Poesía eres tú, 2026. ISBN 979-13-87806-52-1.
Afectos en tierra herida es el poemario de José Escolano Gil que publica en 2026 la Editorial Poesía eres tú. El volumen reúne ciento noventa y cinco poemas distribuidos en cuatro partes, “Amor”, “Desamor”, “Ecopoesía” y “Desarmonías vivenciales”, y los acompaña de un prólogo firmado por “El autor”, de un epígrafe que funciona como dedicatoria general y de un índice final. El texto del libro no incluye nota biográfica, de modo que esta reseña se atiene a lo que el propio volumen permite comprobar y no atribuye al autor ningún dato que no conste en él. Su objeto es describir la estructura y los contenidos del libro, examinar sus procedimientos formales más característicos, atender a su diálogo con la tradición y valorar sus logros y sus limitaciones en el contexto de la poesía española contemporánea.
El título combina dos términos que el libro desarrolla de manera desigual. “Afectos”, en plural, designa un repertorio emocional que no se agota en el amor: la ternura, el duelo, la indignación, la compasión y la esperanza reciben, a lo largo de las cuatro partes, un tratamiento propio. “Tierra herida” designa a la vez el planeta, el suelo que se cultiva y el territorio compartido de un pueblo, y pasa del título a la tercera parte, cuyo rótulo es “Ecopoesía / Tierra herida”. La expresión reaparece en el interior de un poema, “Comparaciones odiosas” (p. 114), que habla de una «Alborada mancillada donde la tierra herida» bebe «el cianuro de un futuro olvidadizo». Esa polisemia de la palabra “tierra” es uno de los hilos que dan unidad a un conjunto de materiales muy diversos.
El prólogo formula el programa del libro con una claridad poco habitual. Su primera frase es una declaración de principios: «Escribir poesía en estos tiempos no es un acto de vanidad; es una declaración de insumisión.» El texto presenta la obra como un «fragmento de vida hecho verso», afirma que «las heridas del corazón a menudo sangran al mismo ritmo que las heridas de nuestra sociedad» y sostiene que «No hay ecología sin justicia social, ni justicia social sin una sensibilidad que nos devuelva la empatía perdida». La tradición de reflexión sobre la poesía y la historia, que Octavio Paz sistematizó en El arco y la lira, ofrece el marco en el que esta declaración resulta legible: el poema no se concibe como un objeto autónomo, sino como un acto que interviene en el mundo. La reseña examinará hasta qué punto los poemas cumplen lo que el prólogo promete.
2. Estructura y contenidos
La disposición del libro es rigurosa y está señalada con un rótulo triple que combina el número de la parte, su categoría y un subtítulo: “I / Amor / Destellos de amor tierno”, “II / Desamor / Desilusiones amorosas”, “III / Ecopoesía / Tierra herida” y “IV / Desarmonías vivenciales / Daños colaterales”. Las dos primeras partes forman una pareja de contrarios; las dos últimas ensanchan el horizonte desde la pareja hasta la naturaleza y la sociedad. El reparto de los poemas es muy desigual: sesenta en la primera parte, veintinueve en la segunda, treinta y ocho en la tercera y sesenta y ocho en la cuarta. La parte más extensa es, por tanto, la dedicada a las “desarmonías” sociales, que ocupa más de un tercio del volumen y confirma que el libro tiene su centro de gravedad en la mirada colectiva y no en la lírica amorosa con la que se abre.
La primera parte contiene un conjunto de cuarenta y siete poemas de amor y una subsección, “El mar nada en el amor” (p. 61), que reúne otros trece poemas en torno al mar como amada, como cielo reflejado y como espacio del recuerdo. Predomina el registro de la ternura y de la celebración: el cuerpo de la amada es luz, paisaje y música, y el amor se expresa mediante imágenes de vuelo, de oleaje y de floración. Dentro de la primera parte aparecen, sin embargo, notas que anticipan las siguientes: “Hermana” (p. 33), dedicado a una hermana «víctima del COVID», es una elegía; “A las madres” (p. 17) es un elogio de la maternidad; “Recuerdos sentidos” (p. 51) rompe el tono amoroso para interpelar a quienes olvidan el desahucio de los desvalidos y los misiles de los mutilados. La subsección marítima ofrece los poemas más logrados del tramo, entre ellos “Anoche soñé que era el mar” (p. 63), en el que el hablante se identifica con el mar mientras niños y piratas excavan su arena, y “El cielo y el mar” (p. 74), un poema a dos voces que se cierra con una inversión de su verso inicial.
La segunda parte, sin subsecciones, reúne veintinueve poemas sobre la ruptura. El motivo central es el agua que falta: «Como mar sin agua, robada con indecencia» es la comparación con que arranca “Duele el amor” (p. 89), y las metáforas de la sequía, del desierto, del naufragio y de la ventana abierta al recuerdo recorren todo el tramo. En algunos poemas, como “Negación en el fango” (p. 98), la relación se describe con léxico bélico, con «paramilitares duras botas» y «trincheras», de modo que el desamor se presenta como una guerra privada que prefigura las guerras de la cuarta parte. Cierra la serie “Vuelo clásico” (p. 106), que narra una reconciliación con Afrodita y Eros y prepara, con su apelación a Eolo, la reapertura del libro hacia el mundo.
La tercera parte contiene treinta y ocho poemas organizados en tres tramos: siete poemas iniciales de diagnóstico ecológico, la subsección “Progreso estancado” (p. 119), con once poemas de denuncia, y la subsección “Ecos de esperanza” (p. 133), con veinte poemas de signo reparador. Los poemas iniciales fijan la imaginería de la contaminación: la rosa de plástico de “Adulteración floral”, el oxígeno «vendido en latas» de “Futuro incierto” (p. 115), los misiles de “El reflejo dorado” (p. 113). “Progreso estancado” identifica a los responsables con una galería de figuras (el domador de “Afán circense”, el banquero de “Ecosistemas blanqueados”, el negacionista de “Egoísta usurero”) y presenta la naturaleza como víctima del cálculo económico. “Ecos de esperanza” invierte el signo: un joven renuncia a talar un árbol en “Árbol indefenso” (p. 135), un jilguero escapa de su jaula en “Liberación” (p. 139), una gaviota promete regresar a unas playas limpias en “Un gran regreso” (p. 145). El tramo se cierra con el único soneto del libro, “Vuelven las oscuras golondrinas” (p. 153), y con “Latidos de la naturaleza” (p. 154), que afirma la resistencia de los ecosistemas «al ecocidio».
La cuarta parte, la más extensa, se articula también en tres tramos: veintidós poemas bajo el rótulo general “Daños colaterales”, la subsección “Defensores de la impostura” (p. 179), con veintiún poemas satíricos, y la subsección “Canto a la esperanza” (p. 203), con veinticinco poemas de resistencia y de utopía. El primer tramo se ocupa de los niños muertos de hambre y de guerra (“Genocidio”, p. 163), de los migrantes ahogados (“Miserables pateras”, p. 171) y de los ancianos muertos en la pandemia (“Pensar en el futuro”, p. 172). El segundo retrata a banqueros, políticos y jueces mediante fábula, tautograma y sátira. El tercero, que culmina el libro, enumera las acciones necesarias (“Infinitivos necesarios”, p. 212), proclama que «Nunca habrá paz» sin reparto de la riqueza y termina con “Voces aladas” (p. 229), cuyo último verso anuncia un futuro «en la que todos viviremos como hermanos».
La simetría de la composición es un rasgo notable. Tanto la tercera como la cuarta parte terminan con una subsección de esperanza, “Ecos de esperanza” y “Canto a la esperanza”, de modo que cada despliegue de la denuncia lleva consigo su contrapeso. El libro evita así que la acumulación de daños desemboque en el nihilismo y deja claro, desde su estructura, que la mirada crítica no es una complacencia en el desastre.
3. Procedimientos formales
El verso del libro es predominantemente libre, de extensión irregular y sin rima estructural, pero el poemario recurre a un número inusual de formas cerradas y de juegos de ingenio que rompen la uniformidad. Contiene cuatro acrósticos, que el propio libro rotula entre paréntesis: “Esencia amorosa” (p. 29), cuyas iniciales repiten tres veces la palabra AMOR; “Flácido tallo” (p. 138), que forma AMAPOLA; “Prioridades” (p. 101), que forma PRIORIDADES; y “Sin comprensión” (p. 190), que forma SIN COMPRENSIÓN. Contiene también seis composiciones rotuladas como tautogramas, es decir, textos en los que casi todas las palabras empiezan por la misma letra: “Amorosa alba” (p. 30), “Enaltecedor encuentro” (p. 31), “BBV” (p. 123), “Comerciante parloteo” (p. 187), “Humillación” (p. 188) y “Potentado pedestal” (p. 189). A ellos se suman un polisíndeton rotulado, “El día del libro” (p. 161), un poema a dos voces, un poema sonoro, “Adiós forever” (p. 81), y una composición de tabla, “Balanza” (p. 112). Esta variedad convierte al libro en un pequeño muestrario de las posibilidades formales del verso libre contemporáneo.
El empleo de estos recursos no es meramente decorativo. Los dos primeros tautogramas, con las letras A y E, se ponen al servicio del elogio amoroso y conservan el tono de la primera parte; los otros cuatro se orientan hacia la sátira. El libro descubre así que la aliteración sostenida, que en un contexto de ternura produce una musicalidad envolvente, en un contexto de denuncia funciona como parodia del discurso del poder: «Potentado picarón parrafea pomposa plática» es un verso que se burla de la retórica vacía precisamente por la insistencia de su sonido. “BBV”, rotulado como “semitautograma B”, resulta el más complejo, porque abandona la letra inicial a mitad del poema y continúa con la C, de modo que la propia forma sugiere la sustitución de un discurso por otro.
Un segundo conjunto de procedimientos lo constituye la estructura repetitiva. La anáfora ordena poemas enteros: «Nunca habrá paz» abre las cuatro estrofas de “Sobre la guerra” (p. 220); «Qué más puedo» inicia casi todas las estrofas de “Qué más quieres” (p. 50); la fórmula «Solamente dos horas de ausencia», seguida de «dos días» y de «dos semanas», dispone en “Dos ausencias” (p. 90) una gradación temporal. “Pensar en el futuro” (p. 172) utiliza un estribillo que progresa de «no me atrevo» a «no deseo» y a «no quiero», es decir, de la timidez a la renuncia y a la negativa. En “Árbol indefenso” una sola palabra cambia el sentido del poema: el verso «Una sierra espera su turno para talar el árbol.» se convierte, en la última línea, en «Ninguna sierra espera su turno para talar el árbol.» La sustitución del indefinido por el negativo es el mecanismo narrativo de la composición y quizá la mejor muestra de economía expresiva de todo el libro.
El léxico del poemario combina un registro culto y a veces rebuscado con la imagen concreta. Abundan los sustantivos abstractos (“resplandor”, “vibración”, “magnificencia”), los adjetivos de plenitud (“deslumbrador”, “sublime”, “radiante”) y las formaciones poco frecuentes, como «despertar adónico», «neófitas flores» o «acúleos», palabra con la que “Duele el amor” nombra las espinas de las rosas. Junto a ese registro aparecen ocasionalmente giros coloquiales o paródicos, como «¡oenc, oenc! ¡oinc, oinc!» en “Orador nato” (p. 194), cuyo protagonista es un cerdo que arenga al pueblo. La coexistencia de ambos extremos produce un efecto de variedad, aunque, como se verá, la tendencia a la abstracción es también una de las debilidades del conjunto.
4. El diálogo con la tradición
El libro mantiene una relación abierta y a menudo lúdica con la tradición literaria. La más visible es la del soneto de la tercera parte, “Vuelven las oscuras golondrinas”, cuyo título transforma el primer verso de la Rima LIII de Gustavo Adolfo Bécquer, “Volverán las oscuras golondrinas”. El cambio del futuro al presente tiene un valor interpretativo: donde Bécquer escribía la pérdida irreparable, Escolano Gil escribe una llegada. Su soneto, que sigue el esquema ABBA ABBA CDC DCD, anuncia con la golondrina «la primavera que se avecina» y se cierra con una celebración de la «grandiosidad». La réplica tiene la forma de una contradicción amable, no la de una polémica.
Otra referencia evidente es Quevedo. “A preguntas necias…” (p. 197) es un interrogatorio en el que el hablante pregunta a coches, plantas, aviones, barcos, montañas y animales por la verdad, el amor y la libertad, y recibe como respuesta el silencio; solo cuando interroga a «políticos y banqueros» obtiene contestación, y esta consiste en afirmar que en sus bolsillos «vive cabalgando poderoso caballero», alusión transparente a la letrilla de Quevedo “Poderoso caballero es don Dinero”. La estructura del poema, que acumula preguntas sin respuesta hasta una réplica final cínica, aprovecha el procedimiento clásico de la letrilla satírica y lo traslada al presente.
Otra alusión, de tono más jocoso, se encuentra en “Singular maestra” (p. 41), cuyo primer verso es «En un lugar de alegre lluvia» y reescribe el arranque del Quijote. La mitología clásica, por último, es una presencia constante: Afrodita surge de la marea en “Amor de ensueño” (p. 19); Hermes, el mensajero, aparece «de móvil disfrazado» en “Cartas de amor” (p. 25); el rey Midas es el modelo del especulador en “Egoísta usurero” (p. 126); el león de Nemea simboliza al poderoso que acecha a «indefensa gacela» en “Jueces y sus juicios” (p. 192); y “Hundimiento de un Titánic” (p. 226) trae al presente el mito moderno del naufragio de la opulencia. Estas referencias, que cualquier lector reconoce sin ayuda del aparato erudito, tienen una función de fondo común más que de diálogo agónico, en el sentido que Harold Bloom dio a la influencia poética. El libro no se mide con sus precursores; se apoya en ellos como en un lenguaje compartido.
5. Valoración crítica
El principal logro de Afectos en tierra herida es su arquitectura. La progresión de lo íntimo a lo colectivo, la simetría de las dos subsecciones de esperanza y la correspondencia entre el rótulo de la tercera parte y el título del libro dan al conjunto una coherencia que no es habitual en los poemarios de esta extensión. Con ciento noventa y cinco poemas, el volumen podría haberse disuelto en una antología de textos independientes; la organización en partes y subsecciones, con rótulos que anuncian el movimiento de cada tramo, lo evita.
Un segundo logro es la capacidad de algunos poemas para condensar una escena en pocas imágenes. Los textos más eficaces del libro tienden a ser pequeñas parábolas: “Árbol indefenso”, con su cambio final de una palabra; “Efusivos saltos” (p. 149), en el que un delfín queda atrapado en una red y un pescador corta el hilo que lo retiene; “Orador nato”, fábula de un cerdo cuyo discurso lo engorda para la matanza; “Sonriendo” (p. 225), en el que una sonrisa sin hogar es acogida por un perrito; o “Decisión valiente” (p. 224), que contrapone el cálculo de beneficios de quien provoca una guerra a la escena de tres seres que agradecen la luz del sol. En todos ellos la imagen narrativa sostiene el sentido sin necesidad de glosa, y el efecto es más persuasivo que el de los poemas que enuncian directamente la tesis.
Un tercer logro es la puesta en circulación, dentro de la poesía de intención ética, de recursos formales que suelen asociarse al juego. El tautograma satírico, el acróstico que deletrea una consigna y la repetición anafórica como principio compositivo permiten combinar compromiso y humor, y ensanchan el registro de una poesía cívica que a menudo se limita al tono solemne. En este aspecto, el libro se sitúa en la línea de la poesía de compromiso que Luis Bagué Quílez describió en Poesía en pie de paz, una poesía que recurre a los moldes de la tradición, desde el epigrama y la sátira hasta los procedimientos de vanguardia, para recuperar una eficacia crítica sin renunciar a la conciencia de sus límites.
El libro presenta también limitaciones que una reseña académica debe consignar. La primera es la tendencia a la abstracción. Una proporción considerable de los poemas de la primera parte se construye con una cadena de sustantivos abstractos y de adjetivos de intensidad que apenas distinguen unos textos de otros: la amada es «deslumbradora luz», «sublime espacio de neones», «magnificente corazón». La acumulación produce una sensación de uniformidad, y en un tramo de sesenta poemas la repetición de las mismas imágenes de vuelo, mar y néctar reduce el efecto de cada una. La segunda limitación es el tono admonitorio de algunos textos. “Nuevo despertar” (p. 143) se dirige al lector con un «Deberías sensible criatura humana» que pasa del testimonio a la prescripción, y “Intenso fluir” (p. 141) encadena imperativos de autoayuda. Este tono contradice la promesa del prólogo de una poesía de «insumisión» que no persigue complacer, y se acerca al género del consejo que la tradición lírica ha tendido a evitar.
La tercera limitación se refiere a la distancia entre el prólogo y el cuerpo del libro. El prólogo habla de un amor «despojado de los mitos románticos de propiedad», pero buena parte de la primera parte recurre sin distancia crítica a los tópicos del idealismo amoroso, con diosas, sirenas y musas. Del mismo modo, la declaración de que la poesía «se ensucia las manos con el barro de la calle» queda matizada por el hecho de que, en la parte social, abundan los marcos genéricos y escasean las referencias concretas: los poderosos, los banqueros y los “magnates” aparecen como tipos sin nombres, lugares ni fechas, de modo que la denuncia gana en universalidad lo que pierde en precisión. Esta decisión es coherente con el carácter parabólico del libro, pero conviene advertir que expone los poemas al riesgo de la consigna.
Un último reparo atañe a la repetición de fórmulas entre poemas. Los versos «a las llamaradas fraternas que atraviesan / los poros negros de la mujer enamorada» de “Negación en el fango” reaparecen con una variante mínima en “Sin sentimientos” (p. 103), donde se leen «de llamaradas fraternas que atraviesan / los agujeros negros de mujer enamorada». La reescritura puede interpretarse como un eco deliberado, pero en un libro tan extenso resulta difícil distinguirla de la reutilización de material.
6. Los niños como figura ética
Un aspecto del libro que merece atención separada es la presencia reiterada de la infancia como figura moral. La cuarta parte convierte al niño en el criterio con que se mide la injusticia: “Genocidio” afirma que «Los niños caen muertos de hambre, también de criminal guerra», y concluye que «A una madre no se la humilla con la osadía de arrancar la flor que germinó en su interior»; “Miserables pateras” evoca a los «niños de patera sumergidos» que duermen en el fondo del mar; “Nanas del lamento” (p. 168) transforma la canción de cuna en lamento «sin cunas, brazos ni madres»; “No exterminéis a los niños” (p. 207), rotulado “(No a la guerra)”, empieza como una invitación a despertar «a ese niño interior» y desemboca en la comparación entre los juegos infantiles y los camiones de madera «que no transportaban agua ni alimentos para los más necesitados».
La infancia aparece, en esos poemas, como la edad del juego y de la ternura, pero también como la edad de la mayor vulnerabilidad. El libro le asigna una función precisa: el niño es el testigo inocente cuya presencia hace insostenible cualquier justificación de la violencia. “Misiva urgente” (p. 222) lo dice con una petición dirigida a los Reyes Magos para que «no se sesguen infantiles vidas», y “Sonriendo” lo muestra al revés, como el espacio del que se ha retirado la sonrisa. Judith Butler, en Marcos de guerra, planteó que el reconocimiento público del duelo no se distribuye por igual y que la guerra se sostiene en una distinción entre vidas que merecen ser lloradas y vidas que no; la insistencia del poemario en los niños sin duelo, sin cuna y sin nombre puede leerse como una reclamación de ese reconocimiento. Susan Sontag, en Ante el dolor de los demás, advirtió que la contemplación del sufrimiento ajeno no basta para modificar su causa; la salida que ofrece el libro, la de la acción solidaria y la de la palabra que insiste, responde en parte a esa advertencia.
7. Situación en el panorama de la poesía española contemporánea
Afectos en tierra herida se inscribe en la corriente de poesía de intención cívica que, desde las últimas décadas del siglo XX, ha incorporado a su repertorio la protesta ecológica, la crítica de la globalización y la denuncia de las guerras. Bagué Quílez ha estudiado esa corriente y ha mostrado que el nuevo compromiso poético convive con las formas de la tradición y con una conciencia crítica de la eficacia de la palabra. El libro de Escolano Gil participa de esa tendencia, pero la formula con una voz más cercana al canto popular y a la parábola que a la ironía distanciada de la poesía de la experiencia.
En su dimensión ecopoética, el libro puede situarse en el ámbito de la ecocrítica, que Greg Garrard describió como el estudio de las relaciones entre la literatura y el medio ambiente y de las maneras en que la cultura representa la contaminación, el apocalipsis, el habitar y los animales. La tercera parte del libro recorre, con las diferencias de tono que impone el verso, ese mismo repertorio. En el ámbito hispánico, el volumen colectivo Ecocríticas, editado por Carmen Flys Junquera, José Manuel Marrero Henríquez y Julia Barella Vigal, ofrece un marco más amplio para leer el vínculo entre naturaleza y cultura que el poemario propone, y los trabajos de Niall Binns sobre la crisis ecológica en la poesía hispanoamericana permiten situar su denuncia dentro de una tradición de lectura crítica de la poesía.
Al mismo tiempo, el libro conecta con la reflexión de María Zambrano en Filosofía y poesía sobre la capacidad de la palabra poética para recoger lo que la razón sistemática deja fuera. El poemario no pretende argumentar su tesis ética, sino hacerla sentir. Esta voluntad, que explica tanto sus aciertos como sus excesos, es la que justifica el título y el lugar que concede a los afectos.
8. Conclusión
Afectos en tierra herida es un poemario de construcción deliberada, que recorre en cuatro movimientos el camino que va del amor y el desamor a la ecología y a la crítica social, y que cierra cada ampliación de su mirada con una subsección dedicada a la esperanza. Su estructura simétrica, la variedad de sus formas cerradas y lúdicas y la eficacia de sus poemas-parábola le dan una identidad reconocible dentro de la poesía española contemporánea de intención cívica.
Sus principales aportaciones son la integración del juego formal en la poesía de compromiso, la elaboración de la infancia como figura ética y la ampliación del campo de lo íntimo hacia lo ecológico y lo social. Sus limitaciones, que se refieren sobre todo a la abstracción de buena parte de la primera parte, al tono prescriptivo de algunos poemas y a la generalidad de la denuncia, no comprometen la solidez del conjunto, pero señalan las direcciones en que la escritura del autor podría ganar en concreción y en economía. El libro se dirige a un lector que acepte la invitación del prólogo, la de pasar las páginas sin prisa, y le ofrece, en sus mejores momentos, imágenes que se retienen: un árbol al que ya nadie espera con la sierra, un delfín liberado por el pescador que corta el hilo, una sonrisa que encuentra por fin dónde instalarse. Esas imágenes justifican su lugar en los estudios sobre la poesía española del presente.
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Registro en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.23595743. Publicado en la comunidad Afectos en tierra herida: Investigaciones Académicas.
