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El verso como informe técnico: sintaxis y léxico especializado en Desde el Tártaro

EL VERSO COMO INFORME TÉCNICO: SINTAXIS Y LÉXICO ESPECIALIZADO EN DESDE EL TÁRTARO

Gema Millán Nieto

Grupo Editorial Pérez-Ayala / Editorial Poesía eres tú

ORCID: 0009-0001-9586-8392

1. Introducción

El poemario Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez (Editorial Poesía eres tú, 2026), plantea un problema de género singular: veinte composiciones distribuidas en cinco tramos —«El fondo», «El territorio», «El mundo exterior», «La pieza mayor» y «El regreso»— que abordan la experiencia de la enfermedad crónica y el dolor físico y mental mediante un léxico que no procede de la tradición lírica, sino de la ingeniería civil, la química industrial y la informática. El propio autor ha acuñado para esta operación la etiqueta de «brutalismo poético», en clara analogía con el movimiento arquitectónico que expuso el hormigón sin revestir como principio estético y ético. El presente artículo examina, desde la retórica y la lingüística de las lenguas de especialidad, cómo ese trasvase léxico configura una sintaxis propia: la del informe técnico, entendido no como metáfora ornamental sino como sustituto estructural del léxico lírico convencional.

La hipótesis que se defiende aquí es doble. En primer lugar, que el desplazamiento terminológico de Desde el Tártaro no es un adorno superficial ni una simple actualización de motivos —como el uso puntual de un tecnicismo para lograr un efecto de sorpresa—, sino una estrategia sistemática de sustitución de código: el léxico de la resistencia de materiales, la termodinámica química y la programación ocupa las funciones sintácticas que en la lírica confesional ocuparía el léxico afectivo. En segundo lugar, que esa sustitución produce un efecto de desautomatización, en el sentido que Víktor Shklovski dio al término, que permite al poemario tratar el dolor crónico sin caer en la retórica sentimental que Susan Sontag denunció como principal riesgo del discurso sobre la enfermedad.

El corpus de análisis abarca los veinte poemas del libro, con atención privilegiada a «Hormigón crudo», «Sustancia perpetua», «Discordancia romántica», «Yonki de la jerarquía», «Al final de la escalera» y «La metamorfosis», por ser los textos donde el léxico técnico alcanza mayor densidad y donde la sintaxis del informe —enunciados denotativos, aposiciones nominales, ausencia de exclamación, verbos de proceso físico-químico— se manifiesta con mayor nitidez. El marco teórico combina la teoría de la metáfora conceptual de Lakoff y Johnson (1980), la teoría de la metáfora viva y la catacresis de Paul Ricoeur (1975), los estudios sobre lenguas de especialidad de Pilar Díez de Revenga Torres (2003) y la reflexión sobre desautomatización de la escuela formalista rusa, actualizada recientemente por Miguel Rodrigo de Haro (2024, 2025).

Conviene precisar de entrada el estatuto de la cita en este trabajo. Toda transcripción entre comillas angulares reproduce literalmente el texto del manuscrito cotejado por la editorial; los conceptos, tecnicismos y paráfrasis del propio análisis crítico se marcan, en cambio, con comillas rectas, siguiendo el uso habitual de la crítica literaria en lengua española. Sobre el autor, Iván Martín Yáñez (Huelva, 1974), se dispone de los siguientes datos verificados por el equipo editorial: ha ejercido como guionista de cine y televisión, científico y analista de datos, programador en Python y R, administrador de sistemas Linux, asesor financiero, agente inmobiliario, técnico en logística y Scrum Master; publicó en 2007 la novela El calor del frío, y Desde el Tártaro constituye su debut en el género poético. No se dispone de datos verificados adicionales sobre su formación académica específica en ingeniería o química, por lo que este estudio se limita a analizar el efecto textual del léxico técnico, no a establecer una biografía intelectual del autor en esas disciplinas.

2. Marco teórico: lenguas de especialidad, metáfora conceptual y catacresis

La noción de «lengua de especialidad» —definida por Díez de Revenga Torres (2003) como instrumento de comunicación formal y funcional entre especialistas de una determinada materia— resulta imprescindible para comprender el procedimiento de Desde el Tártaro. Frente a la lengua común, las lenguas de especialidad tienden, según esta autora, a ser unívocas y denotativas, y sus términos —«hormigón», «encofrado», «polímero», «algoritmo», «isquemia», «cronómetro»— poseen en su ámbito de origen un significado técnico preciso, sin la polisemia connotativa que caracteriza a la lengua literaria. La operación que realiza Martín Yáñez consiste en trasplantar ese léxico unívoco al discurso lírico sin neutralizar del todo su origen técnico, de modo que el lector percibe simultáneamente el sentido denotativo de la voz (el hormigón como material de construcción) y su nueva función connotativa (el hormigón como figura del cuerpo enfermo, insensible y agrietado).

Esta doble percepción es, en términos de Paul Ricoeur (1975), constitutiva de la metáfora viva: aquella que conserva la tensión entre el sentido literal y el sentido figurado, frente a la metáfora lexicalizada o catacrética, que ha perdido ya su capacidad de sorprender por el uso reiterado. Ricoeur retoma de Aristóteles la idea de que la metáfora consiste en la transposición de un nombre extranjero —allotrios—, un nombre que designa otra cosa distinta de la que nombra; y advierte, siguiendo a Cicerón, que buena parte del vocabulario que hoy consideramos «propio» (por ejemplo, cuando decimos que las vides «echan yemas») nació como transposición y solo el uso lo convirtió en denominación ordinaria. Aplicado a Desde el Tártaro, este marco permite distinguir entre los tecnicismos que el libro mantiene en tensión metafórica activa —«hormigón crudo», «piel de cemento»— y aquellos que, por su reiteración estructural a lo largo del libro (el propio «Tártaro» como topónimo, el «cronómetro» como emblema del tiempo médico), se aproximan a una catacresis interna, es decir, a un término que el propio poemario fija como designación reiterada de un referente concreto: la enfermedad crónica del sujeto lírico.

La teoría de la metáfora conceptual de George Lakoff y Mark Johnson (1980) aporta un segundo instrumento de análisis, complementario del anterior. Para estos autores, buena parte del pensamiento humano se organiza mediante proyecciones sistemáticas de un dominio-fuente concreto (por ejemplo, la construcción, la química o la informática) sobre un dominio-meta abstracto (la experiencia subjetiva del dolor o de la enfermedad mental). En Desde el Tártaro pueden reconstruirse al menos tres metáforas conceptuales dominantes que vertebran el poemario: EL CUERPO ENFERMO ES UNA ESTRUCTURA DE HORMIGÓN, LA MENTE ES UN SISTEMA QUÍMICO EN DESCOMPOSICIÓN y EL TIEMPO DE LA ENFERMEDAD ES UN PROCESO CRONOMETRADO. Estas tres proyecciones no aparecen aisladas en poemas sueltos, sino que se entrelazan y se retroalimentan a lo largo de los cinco tramos del libro, lo que permite hablar de una auténtica arquitectura conceptual del poemario y no de un repertorio ocasional de imágenes técnicas.

Un tercer instrumento teórico procede de la reflexión sobre la desautomatización iniciada por Víktor Shklovski (1917/1965) en su ensayo «El arte como procedimiento». Para el formalista ruso, la función del arte consiste en «devolver la sensación de la vida», haciendo «la piedra pétrea» mediante procedimientos que dificultan y alargan la percepción, sustrayendo el objeto al automatismo del reconocimiento cotidiano. Miguel Rodrigo de Haro (2024, 2025) ha revisado recientemente esta teoría para mostrar que, en la etapa postformalista de Shklovski, el concepto de ostranenie (extrañamiento) se combina con el de asombro, entendido como el efecto producido por la colisión inesperada de elementos pertenecientes a sistemas dispares. El léxico técnico de Desde el Tártaro produce precisamente ese tipo de colisión: al nombrar el sufrimiento con vocabulario de resistencia de materiales o de programación, el poemario impide la lectura automática —y con frecuencia sentimental— del tema de la enfermedad, y fuerza al lector a reconstruir el sentido a través de un procedimiento de traducción activa entre dos lenguas de especialidad distantes: la técnica y la lírica.

Finalmente, conviene situar este procedimiento en el contexto más amplio de la poesía española que incorpora léxico científico-técnico, tal y como lo han cartografiado Correa-Díaz (2020) y Lanseros (2020) en el dossier monográfico de Romance Notes dedicado a «ciencia/tecnología/sociedad media(lizada)» en la poesía contemporánea. Lanseros observa que el lenguaje científico y tecnológico «se hace hueco diario en los medios de comunicación y encuentra eco en el habla de la calle», lo que explicaría la naturalidad con que poetas como David Jou, Javier Moreno o Agustín Fernández Mallo integran ese repertorio léxico en sus obras. Sin embargo, como se argumentará en el apartado 4, el procedimiento de Martín Yáñez se distingue de estos precedentes por un rasgo específico: no se limita a introducir motivos o léxico científico de forma puntual, sino que reorganiza la sintaxis entera del poema según el modelo del informe técnico, con sus fórmulas impersonales, su ausencia de exclamación y su preferencia por el presente descriptivo o el pretérito de proceso.

3. El «brutalismo poético»: del hormigón a la placa base

El término «brutalismo poético», acuñado por el propio Martín Yáñez, remite deliberadamente al brutalismo arquitectónico de mediados del siglo XX, movimiento que —siguiendo la máxima de Le Corbusier del béton brut, el hormigón bruto— renunció a cualquier revestimiento decorativo y expuso la estructura portante del edificio como su única ornamentación. Trasladada a la poesía, esta idea implica que el poema no debe «revestir» el dolor con metáforas líricas convencionales (la herida como rosa, el sufrimiento como tormenta), sino exhibir su propia estructura de sostén: el andamiaje técnico, el proceso material, el dato bruto. El poema «Hormigón crudo» dramatiza esta poética de manera casi programática. Ya el primer verso, «No hay poros en esta piel de cemento», sustituye la piel humana —superficie porosa, sensible, permeable al tacto y al afecto— por una piel mineral que no respira ni siente: el cuerpo enfermo se describe como una masa impermeable, sin las «fisuras» que permitirían la comunicación con el exterior.

El poema continúa con una secuencia de términos extraídos directamente del vocabulario de la construcción: «Hormigón crudo, vertido sobre los sueños de ayer, fraguando una realidad sin ventanas donde el eco rebota contra el vacío». El verbo «fraguar» —proceso químico de endurecimiento del cemento por hidratación— sustituye aquí a cualquier verbo de sentimiento; el sujeto no «sufre» ni «padece», sino que asiste al fraguado de su propia percepción del mundo, como si la realidad misma se solidificara en torno a él. La sintaxis del pasaje, además, es marcadamente nominal: los sustantivos técnicos (hormigón, encofrado, vigas, columna) ocupan las posiciones sintácticas centrales, mientras que los verbos se reducen a procesos físico-químicos («fraguando», «se oxidan», «se endurece»). Esta preponderancia del sustantivo técnico sobre el verbo emotivo es, precisamente, uno de los rasgos morfosintácticos que definen el registro del informe técnico frente al registro lírico tradicional, en el que predominan los verbos de sentimiento y los adjetivos valorativos.

El poema culmina con una sentencia que resume la poética entera del libro: «No busques fisuras. En el Tártaro, la solidez es la única ley. Y yo, una grieta que intenta ser verso». La paradoja final —la grieta que aspira a convertirse en verso— revela la autoconciencia retórica del poemario: el yo lírico se sabe, él mismo, una fisura en una estructura que se presenta como sólida e infranqueable, y el poema es, precisamente, el intento (nunca garantizado) de convertir esa grieta en lenguaje. Esta autorreferencialidad retórica —el poema que reflexiona sobre su propia condición de grieta en el hormigón— dota al «brutalismo poético» de una dimensión metapoética que lo distingue de un simple repertorio de imágenes tecnológicas: el procedimiento técnico no solo describe el padecimiento, sino que teoriza sobre las condiciones de posibilidad del propio poema.

En «Yonki de la jerarquía», el léxico constructivo reaparece en el cierre: «Aclamando a la jerarquía del más apto logrará soportar el hormigón». Aquí el sintagma «soportar el hormigón» activa simultáneamente dos isotopías: la ingenieril (una estructura que soporta una carga de hormigón) y la existencial (un sujeto que soporta el peso, literal y figurado, de su propia rigidez interior). El poema se cierra con una sentencia de valor casi aforístico —«Imagina que no puedes imaginar»— que combina la sintaxis imperativa propia de la instrucción técnica (imagina, ejecuta, procesa) con un contenido paradójico que la vacía de sentido operativo, produciendo un efecto de desautomatización análogo al descrito por Shklovski: la orden instrumental fracasa como instrucción, y solo funciona como enunciado poético.

4. Sintaxis del informe: la química de la mente y el vocabulario médico-farmacológico

Si el léxico constructivo domina el tramo inicial del libro («El fondo»), el vocabulario químico y farmacológico articula buena parte de los poemas centrados en la experiencia de la medicación psiquiátrica. «Sustancia perpetua» es, en este sentido, el poema más denso en terminología de la química de polímeros: «Resina infinita del sistema, polímero que impide la fuga del vertedero». El polímero, material sintético de cadena larga que resiste la degradación, se convierte aquí en figura de una conciencia que no puede evadirse de sí misma: la resina no es solo dura, sino «infinita», y el «vertedero» —término del ámbito de la gestión de residuos— sustituye a cualquier imagen romántica del abismo interior por una imagen de desecho industrial gestionado y contenido. El poema culmina con «conciencia enajenada, hastiada del segundero», donde el término médico-psiquiátrico «enajenada» convive, en el mismo verso, con el término de relojería «segundero», reforzando la isotopía del tiempo médico cronometrado que recorre todo el libro.

El poema que abre el libro, «Sin servir», ofrece el ejemplo más explícito de vocabulario farmacológico puesto al servicio de la queja lírica: «No hay nada que le pueda agradecer, a la maldita medicación». El adjetivo «servir» del título —y su negación, «sin servir»— procede del léxico técnico de la utilidad funcional (una pieza que sirve o no sirve dentro de un mecanismo), y se aplica aquí al propio sujeto, que se autodescribe, en la última estrofa, como «áspero y un sin servir». El desplazamiento semántico convierte al hablante lírico en una pieza defectuosa de un sistema mayor, en lugar de en un alma atormentada según el patrón romántico; el poema documenta, con sintaxis de balance técnico («no hay nada que…», repetido anafóricamente cuatro veces), el coste y la pérdida asociados a la medicación, sin recurrir en ningún momento a la adjetivación sentimental.

«Yonki de la jerarquía» combina el léxico químico con el informático: «Cronometra la entropía, disecciona tu mundo. Absorbe el fluido antes del colapso. Vomita la ciencia, falsea los números». La secuencia de imperativos —cronometra, disecciona, absorbe, vomita, falsea— reproduce la sintaxis de un protocolo o algoritmo de instrucciones secuenciales, cada una encabezada por un verbo en modo imperativo de segunda persona, como si el poema fuese, literalmente, el pseudocódigo de un proceso de autodestrucción química y mental. El término «entropía» —tomado de la termodinámica, donde designa la medida del desorden de un sistema— reaparece en «Discordancia romántica», poema en el que Martín Yáñez plantea de manera más explícita la pregunta por la identidad del sujeto enfermo: «Algoritmo arrítmico, entropía sin tregua». La yuxtaposición de «algoritmo» —procedimiento informático de resolución de problemas, por definición ordenado y secuencial— con «arrítmico» —adjetivo que niega precisamente esa regularidad— constituye una de las catacresis más productivas del libro: el sujeto se percibe como un programa que ha perdido la coherencia de su propio código, sin dejar por ello de ser, estructuralmente, un algoritmo.

Este mismo poema se abre con una batería de preguntas retóricas construidas sobre sustantivos técnicos y químicos: «¿Qué unidad somos?, ¿quién eres? ¿El alcaloide, el residuo, la mofa? ¿Una anatomía ramplona? ¿Un ensamblaje de despojos?». El término «alcaloide» —compuesto orgánico nitrogenado de origen vegetal, frecuente en la farmacología psiquiátrica— y el término «ensamblaje» —propio de la ingeniería mecánica y de la fabricación industrial— compiten aquí con el vocabulario anatómico tradicional («anatomía») para definir la identidad del yo lírico, sin que ninguno de ellos logre imponerse como respuesta definitiva: la pregunta queda abierta y se repite, casi idéntica, al final del poema («¿Qué somos… quién eres?»), en una estructura circular que subraya la imposibilidad de resolver la cuestión identitaria mediante el vocabulario técnico, por más que sea este el único vocabulario disponible para el sujeto.

5. El poema-bisagra: «La metamorfosis» y la mutación química del sujeto

«La metamorfosis», situado en el quinto y último tramo del libro, «El regreso», funciona como poema-bisagra entre el descenso protagonizado por los tramos anteriores y la resolución final del poemario. El título remite, de manera evidente, al relato homónimo de Kafka, pero el proceso descrito por Martín Yáñez sustituye la transformación zoológica kafkiana por una transformación entomológica descrita con vocabulario biomédico: «Soy larva que se ignora en el sustrato, un quiste en el tejido del tiempo ciego, esperando la necrosis del miedo para brotar en una forma nueva, informe». Los términos «sustrato» (medio de cultivo o soporte biológico), «quiste» (formación patológica encapsulada) y «necrosis» (muerte celular localizada) pertenecen al léxico de la biología y de la anatomía patológica, y describen un proceso de transformación que no es heroico ni redentor, sino clínico: la metamorfosis no se produce por voluntad del sujeto, sino por un proceso biológico que este se limita a padecer y observar.

La segunda estrofa introduce el vocabulario farmacológico de manera explícita: «No es seda lo que me envuelve en este rincón, es una gasa impregnada de yodo y olvido, un vendaje que oculta la mutación química de quien se sabe, al fin, insecto de asfalto». La negación inicial («no es seda») desactiva de manera consciente la imagen tradicional del capullo de gusano de seda —imagen clásica de la metamorfosis embellecida— para sustituirla por el vendaje médico, con su «gasa impregnada de yodo», antiséptico de uso hospitalario. La «mutación química» remite de manera directa al efecto de la medicación sobre el organismo, mientras que el sintagma final, «insecto de asfalto», funde el imaginario entomológico con el imaginario urbano e industrial que domina el libro, y anticipa el «brotar» del verso final: «Saldré de aquí con alas de ceniza vibrante, una efigie patética que boquea en el vacío, dispuesto a chocar contra la luz artificial de los que aún creen, ingenuos, en la cordura».

La imagen final del poema —las «alas de ceniza», materia quemada y frágil, en lugar de las alas de colores vivos propias de la metamorfosis lepidóptera clásica— condensa el procedimiento retórico central del libro: allí donde la tradición lírica esperaría una imagen de belleza redimida (la mariposa que surge de la crisálida como símbolo del alma liberada), Desde el Tártaro ofrece una imagen de resistencia material degradada. El insecto resultante no vuela hacia la luz con la promesa simbólica habitual, sino que «choca contra la luz artificial», en una imagen que combina el vocabulario entomológico con el léxico de la iluminación eléctrica, y que cuestiona explícitamente, en el último verso, la ingenuidad de quienes «aún creen… en la cordura». El poema-bisagra articula así el tránsito entre el descenso de los tramos I a IV y el regreso final, sin renunciar en ningún momento al léxico técnico que ha vertebrado todo el libro.

6. Del informe a la voz: «Al final de la escalera» y la sintaxis del cronómetro

«Al final de la escalera», situado en el tramo «El territorio», constituye uno de los ejemplos más elaborados de sintaxis de informe técnico aplicada a una escena de crisis médica aguda. El poema combina vocabulario arquitectónico («tejado estructural», «pavimento quebradizo», «escalera de luminarias escaldadas») con vocabulario médico de urgencias: «Presentimientos sobre pavimento quebradizo, se dilatan y terminan por blandir la isquemia del terror». El término «isquemia» —interrupción del riego sanguíneo a un tejido— traslada al ámbito emocional un proceso estrictamente circulatorio, sugiriendo que el terror produce en el sujeto un efecto análogo a la falta de oxigenación de un órgano: una parálisis progresiva, no metafórica sino cuasi-clínica en su formulación léxica.

La estrofa siguiente introduce el motivo del tiempo cronometrado que atraviesa el libro entero: «Cuatro horas comprimidas en un segundo. Tu córnea segmentaba el aire, repartiendo esquirlas en cavidades hambrientas. Caninos heridos que evaden el cronómetro». La «compresión» temporal —cuatro horas reducidas a un segundo— se describe con precisión casi física, como si el tiempo subjetivo de la crisis pudiese medirse y transformarse mediante una operación aritmética, y el verbo «evaden» aplicado al «cronómetro» sugiere una lucha activa contra el instrumento de medición del tiempo médico, presente también en «Sustancia perpetua» («hastiada del segundero») y en «Yonki de la jerarquía» («Cronometra la entropía»). El cronómetro se erige, a lo largo del poemario, en emblema de una temporalidad impuesta desde fuera —la del protocolo clínico, la del tratamiento pautado— frente a la cual el sujeto lírico opone una temporalidad propia, dilatada o comprimida según la intensidad del padecimiento.

El poema se cierra con una imagen zoológica de resonancia técnica: «Escualos desdentados. Tu dermis se hizo plomiza esperando en el laberinto de geometría perpetua». El término «dermis» —capa de la piel bajo la epidermis, de uso estrictamente anatómico— sustituye a cualquier término lírico convencional para la piel («tez», «cutis»), y el adjetivo «plomiza» remite de nuevo al campo semántico de los materiales pesados e industriales que recorre el libro. La «geometría perpetua» del verso final anticipa, en su formulación, la «sustancia perpetua» del poema homónimo, y confirma que el adjetivo «perpetuo» funciona en el poemario como marcador léxico de la cronicidad de la enfermedad: no hay, en Desde el Tártaro, promesa de curación definitiva, sino procesos que se declaran, una y otra vez, interminables.

7. Sintaxis del bucle: «Instante múltiplo» y la repetición como estructura de código

«Instante múltiplo», situado en el tramo inicial «El fondo», constituye el ejemplo más radical de sintaxis técnica de todo el poemario, en la medida en que no se limita a incorporar léxico especializado, sino que reproduce, en su propia estructura formal, el funcionamiento de una estructura de control iterativa propia de la programación: el bucle. El poema se organiza en tres bloques encabezados, cada uno de ellos, por la cifra «38:», repetida como si de una etiqueta de línea de código o de un identificador de proceso se tratara: «38: Ese es el número que mi mente ha elegido para abstraerse mientras intento ignorar los ladridos discordantes». La reiteración exacta de la cifra al inicio de cada bloque, sin variación morfológica alguna, remite directamente a la sintaxis de los bucles «while» o «for» de los lenguajes de programación estructurada, en los que una condición o un contador se reevalúa idénticamente en cada iteración del ciclo.

El tercer bloque del poema explicita, además, el vocabulario propio del procesamiento de información: «Lo secciono, lo asocio, lo integro y lo limito, y sentencio su súmmum tiñendo de granate su horizonte». La secuencia de verbos —seccionar, asociar, integrar, limitar, sentenciar— reproduce el vocabulario de las funciones de procesamiento de datos (segmentación, asociación, integración) aplicado, sin embargo, a un contenido obsesivo y repetitivo que no se resuelve en ningún resultado computacional válido, sino que desemboca en la reiteración idéntica de la imagen del «horizonte» teñido «de granate», que aparece, con variantes mínimas, hasta en cuatro ocasiones a lo largo del poema. El efecto perseguido es el de un proceso mental en bucle infinito, incapaz de alcanzar una condición de salida —lo que en programación se denominaría un bucle sin condición de parada, o loop infinito—, y que solo se interrumpe, de manera abrupta y arbitraria, con la última línea del poema: «38: Son las 19:19».

Este cierre merece un comentario específico. Frente a la resolución simbólica o catártica que cabría esperar de un poema lírico convencional, «Instante múltiplo» concluye con un dato puramente cronológico y desprovisto de connotación —una hora exacta, marcada además por la simetría numérica de sus cuatro cifras— que interrumpe el bucle sin resolverlo conceptualmente: el proceso mental descrito no llega a una conclusión, sino que simplemente se detiene, como quien registra la marca de tiempo (timestamp, en la terminología informática) en que un proceso ha sido interrumpido manualmente. Esta estrategia de cierre no resolutivo, sino meramente registral, es coherente con la lectura defendida en los apartados 3 y 4 de este trabajo: el poemario prefiere sistemáticamente el dato técnico verificable —la hora, el número, la unidad de medida— a la clausura simbólica propia de la tradición lírica.

La comparación con el resto del corpus permite advertir que este procedimiento de repetición estructural no es exclusivo de «Instante múltiplo»: «Discordancia romántica» repite, con variantes mínimas, la pregunta «¿Qué unidad somos?, ¿quién eres?» al principio y «¿Qué somos… quién eres?» al final, en una estructura de apertura y cierre de bucle interrogativo; y el poema «Planeta», el más extenso del libro, reitera de manera casi idéntica, en al menos cuatro ocasiones, el estribillo «cuando su coraje peregrino se desvistió del sonambulismo inducido por el temblor del destino ajeno», que funciona como una suerte de subrutina léxica invocada repetidamente desde distintos puntos del poema. Esta arquitectura reiterativa, que en la tradición lírica se asociaría al estribillo de la canción popular o al retornelo, adquiere en Desde el Tártaro una función adicional: la de simular, en el plano formal, la estructura de control propia del código informático, reforzando así, en el nivel de la composición del poema y no solo en el del léxico, la coherencia del procedimiento de «brutalismo poético» descrito en este trabajo.

8. De la lírica confesional al informe: registro, distancia enunciativa y desautomatización

El procedimiento descrito en los apartados anteriores tiene una consecuencia enunciativa decisiva: al sustituir el léxico afectivo por el léxico técnico, el poemario introduce una distancia entre el sujeto que enuncia y la experiencia que describe, distancia que resulta paradójica en un libro que trata, en última instancia, de una experiencia profundamente subjetiva e íntima como es la enfermedad mental. Esta paradoja puede explicarse, de nuevo, mediante la teoría de la desautomatización: si el discurso habitual sobre la enfermedad mental tiende a la retórica sentimental o al pathos confesional —lo que Susan Sontag (1978) denunció, para el caso de enfermedades físicas como la tuberculosis y el cáncer, como una acumulación de «fantasías» y «metáforas punitivas» que distorsionan la experiencia real del paciente—, el «brutalismo poético» de Martín Yáñez opta por la vía contraria: despojar el discurso de connotación sentimental mediante un léxico deliberadamente técnico y aséptico, en la confianza de que esa asepsia retórica permita una aproximación más «verdadera» —en el sentido de Shklovski, que habla de recuperar «la sensación de la vida»— a la experiencia del dolor crónico.

Esta estrategia entronca con lo que Correa-Díaz (2020) describe como la doble condición del poema contemporáneo: objeto concreto, por un lado, y herramienta tecnológica de conocimiento, por otro. En Desde el Tártaro, el poema se presenta explícitamente como un objeto construido según procedimientos técnicos —la sintaxis del informe, la terminología de la ingeniería— y, al mismo tiempo, como herramienta de conocimiento de una experiencia que resiste el discurso lírico convencional. La distancia enunciativa que produce el léxico técnico no debe confundirse, sin embargo, con frialdad emocional: poemas como «Frecuencia de corte» —con su verso final, «una estridencia que, finalmente, se dobla sobre sí misma»— o el cierre del libro, «Riendo» —«Sigo corriendo y al final me tiendo en los brazos del mar riendo»—, demuestran que el vocabulario técnico convive, en los tramos finales, con una progresiva recuperación de la sintaxis lírica tradicional, en sintonía con el proceso de «regreso» que da nombre al último tramo del libro.

Resulta significativo, en este sentido, que el poema que cierra el libro, «Riendo», abandone casi por completo el léxico técnico que ha dominado los cuatro tramos anteriores, y recupere elementos de la naturaleza —nubes, sol, mar— y una sintaxis de estructura paralelística y reiterativa («Huyo, persigo y al final me tiendo… Sigo corriendo y al final me tiendo…») más próxima a la canción popular que al informe técnico. Este movimiento final sugiere que el «brutalismo poético» no es, en Martín Yáñez, una opción estilística permanente e irrevocable, sino una estrategia retórica asociada específicamente a la fase aguda del padecimiento —los tramos «El fondo», «El territorio» y «La pieza mayor»—, que se atenúa progresivamente a medida que el sujeto lírico se aproxima al «regreso» final. La arquitectura léxica del libro reproduce, de este modo, en el plano del lenguaje, la propia curva narrativa de descenso y ascenso que estructura el poemario en su conjunto.

El poema «Frecuencia de corte», penúltimo del libro, condensa en apenas ocho versos el término técnico que le da título: una «frecuencia de corte» designa, en electrónica y en procesamiento de señal, el umbral a partir del cual un filtro atenúa o deja pasar una determinada banda de frecuencias. Martín Yáñez traslada este concepto al ámbito afectivo mediante una fórmula de apertura que funciona casi como una definición técnica invertida: «El miedo es solo un fallo en el sistema, pero el niño, el niño es el único pulso real en este hospital de cables». El sustantivo «fallo» —término de la ingeniería de sistemas para designar una anomalía de funcionamiento— reduce el miedo a una simple disfunción técnica, mientras que el «pulso real» del niño se opone, dentro de esa misma isotopía electrónica, a la señal espuria o al ruido de fondo. El poema se cierra con una imagen de saturación y colapso de la señal: «Rabia que muerde hasta los huesos, hasta que el dolor se vuelve un chiste, un eco, una estridencia que, finalmente, se dobla sobre sí misma», donde el verbo «doblarse» sugiere el fenómeno de clipping o recorte de una señal que supera el umbral que el sistema es capaz de procesar sin distorsión, dando así pleno sentido técnico al título del poema.

Cabe preguntarse, por último, en qué medida este procedimiento dialoga con la tradición hispánica de incorporación de léxico científico-técnico a la poesía, estudiada por Lanseros (2020) a propósito de David Jou, Javier Moreno o Agustín Fernández Mallo, o por Margalida Pons (2016) a propósito del poeta y químico Àngel Terron. A diferencia de estos casos, en los que la formación científica del autor —físico, matemático, químico— confiere al léxico técnico una función casi didáctica o divulgativa, en Desde el Tártaro el léxico técnico no persigue transmitir conocimiento científico alguno, sino operar como sistema figurativo alternativo al léxico lírico tradicional para un tema —la enfermedad crónica— que la propia tradición ha codificado en exceso mediante fórmulas sentimentales. El «brutalismo poético» de Martín Yáñez se sitúa así en un espacio propio dentro de la poesía española que dialoga con la ciencia y la técnica: no divulgación estética del saber científico, sino apropiación retórica de su sintaxis denotativa al servicio de una poética del dolor despojada de ornamento.

9. Conclusiones

El análisis precedente permite sostener que el «brutalismo poético» de Desde el Tártaro no constituye un repertorio ocasional de imágenes técnicas, sino una estrategia retórica sistemática que reorganiza tanto el léxico como la sintaxis del poema según el modelo del informe técnico. Frente a la lírica confesional tradicional, que codifica el dolor mediante un repertorio de metáforas afectivas heredadas —la herida, la tormenta, el abismo—, Martín Yáñez sustituye ese repertorio por el vocabulario unívoco y denotativo de tres lenguas de especialidad concretas: la ingeniería civil (hormigón, encofrado, fraguado, vigas), la química industrial y farmacológica (polímero, resina, alcaloide, mutación) y la informática (algoritmo, protocolo, código). Esta sustitución de código, lejos de empobrecer el poema, produce un efecto de desautomatización en el sentido shklovskiano del término: al impedir la lectura automática del tema de la enfermedad mediante fórmulas líricas gastadas, el poemario obliga al lector a reconstruir activamente el sentido figurado a partir de un léxico que, en su origen, carecía de él.

El estudio de casos desarrollado en los apartados 3 a 6 ha permitido identificar tres metáforas conceptuales dominantes que vertebran la arquitectura léxica del libro: EL CUERPO ENFERMO ES UNA ESTRUCTURA DE HORMIGÓN (manifiesta en «Hormigón crudo» y en el cierre de «Yonki de la jerarquía»), LA MENTE ES UN SISTEMA QUÍMICO EN DESCOMPOSICIÓN (dominante en «Sustancia perpetua», «Sin servir» y «Discordancia romántica») y EL TIEMPO DE LA ENFERMEDAD ES UN PROCESO CRONOMETRADO (presente en «Al final de la escalera», «Sustancia perpetua» y «Yonki de la jerarquía»). Estas tres proyecciones, lejos de operar de manera aislada, se entrelazan y refuerzan mutuamente a lo largo de los cinco tramos del libro, configurando lo que este trabajo propone denominar una arquitectura conceptual coherente, y no un simple muestrario de imágenes tecnológicas dispersas. El poema «La metamorfosis», analizado en el apartado 5, actúa como bisagra retórica entre el vocabulario constructivo-químico de los primeros tramos y la progresiva recuperación de un léxico más próximo a la tradición lírica en el tramo final, «El regreso».

Un segundo hallazgo relevante de este estudio concierne a la relación entre léxico técnico y distancia enunciativa. Se ha argumentado que la sustitución del léxico afectivo por el léxico técnico no debe interpretarse como frialdad o distanciamiento emocional del sujeto lírico respecto de su propia experiencia, sino como una estrategia retórica deliberada para evitar la retórica sentimental que, según el análisis clásico de Susan Sontag (1978) sobre el discurso de la enfermedad, tiende a mitificar y a estigmatizar la experiencia del padecimiento. El «brutalismo poético» de Martín Yáñez propone, frente a esa mitificación, una vía de aproximación denotativa y aparentemente aséptica que, sin embargo, no impide —antes al contrario, potencia— la intensidad emocional del poemario, como demuestran los poemas del tramo final, en los que el léxico técnico se atenúa progresivamente hasta desembocar en la sintaxis paralelística y casi cantable de «Riendo», último poema del libro.

Este trabajo ha situado el procedimiento de Desde el Tártaro en el contexto más amplio de la incorporación de léxico científico-técnico a la poesía española contemporánea, cartografiada por Correa-Díaz (2020) y Lanseros (2020), así como en la tradición específica de poetas con formación científica como Àngel Terron (Pons, 2016) o Clara Janés (Schmelzer, 2018). Se ha argumentado que el caso de Martín Yáñez se distingue de estos precedentes por el carácter sistemático —no ocasional ni divulgativo— de la sustitución léxica, y por su función específicamente retórica: no transmitir conocimiento científico, sino construir un sistema figurativo alternativo para un tema, la enfermedad crónica, que la tradición lírica ha codificado en exceso. En este sentido, el «brutalismo poético» constituye una aportación original al panorama de la poesía española reciente que incorpora léxicos especializados, y merece ser estudiado en diálogo con las demás investigaciones académicas dedicadas a Desde el Tártaro, en particular las centradas en la metáfora industrial de la enfermedad (Graña Ojeda), en el diálogo con la modernidad líquida de Zygmunt Bauman (García Pérez-Tomás) y en la medicina narrativa (Pérez-Ayala).

Como línea de investigación futura, se propone un análisis cuantitativo del léxico técnico de Desde el Tártaro mediante herramientas de lingüística de corpus, que permita establecer con precisión estadística la proporción de sustantivos técnicos frente a sustantivos de la lengua general en cada uno de los cinco tramos del libro, y confirmar así, con metodología cuantitativa, la hipótesis cualitativa aquí defendida: que la densidad léxica técnica decrece progresivamente desde «El fondo» hasta «El regreso», en correspondencia con la curva narrativa de descenso y ascenso que estructura el poemario. Asimismo, sería de interés comparar sistemáticamente el procedimiento de Martín Yáñez con el de otros poetas españoles de formación técnica o científica no humanística, para determinar si el «brutalismo poético» constituye un caso aislado o el síntoma de una tendencia más amplia dentro de la poesía española de las últimas dos décadas, en la que perfiles profesionales alejados de las humanidades —programadores, analistas de datos, técnicos de sistemas— aportan a la lírica contemporánea un repertorio léxico hasta ahora poco explorado por la crítica académica.

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Autor/a: Gema Millán Nieto

DOI / Zenodo: https://zenodo.org/uploads/21362364

book5

El cuerpo como material de construcción: enfermedad crónica y metáfora industrial en Desde el Tártaro

EL CUERPO COMO MATERIAL DE CONSTRUCCIÓN: ENFERMEDAD CRÓNICA Y METÁFORA INDUSTRIAL EN DESDE EL TÁRTARO

Antonio Isidro Graña Ojeda

Grupo Editorial Pérez-Ayala / Editorial Poesía eres tú

ORCID: 0009-0001-7354-7934

1. Introducción

Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez (Editorial Poesía eres tú, 2026), articula su representación de la enfermedad crónica y el dolor físico y mental mediante un tropo central que recorre los cinco tramos del libro —«El fondo», «El territorio», «El mundo exterior», «La pieza mayor» y «El regreso»—: la figuración del cuerpo enfermo como material de construcción, específicamente como hormigón. El poema que da nombre a este procedimiento, «Hormigón crudo», condensa en su título la doble naturaleza de la operación retórica: por un lado, «hormigón», sustantivo que designa un material compuesto —cemento, áridos y agua— de uso constructivo; por otro, «crudo», adjetivo que en el ámbito de la construcción describe el material antes de curar o fraguar del todo, y que en el registro coloquial connota dolor sin atenuar, sin anestesiar. Esta investigación se propone estudiar de qué manera el imaginario del hormigón, del encofrado y del fraguado permite a Martín Yáñez construir una poética del dolor crónico que evita tanto el patetismo confesional como la metáfora orgánica tradicional (la herida, la llaga, la sangre).

La hipótesis de este trabajo sostiene que la metáfora industrial del cuerpo en Desde el Tártaro no debe leerse únicamente como una operación retórica local, sino como una auténtica poética corporal que dialoga, de manera productiva, con tres tradiciones teóricas distintas: la reflexión sobre la inexpresabilidad del dolor de Elaine Scarry (1985), la antropología del dolor de David Le Breton (1995) y la fenomenología del cuerpo «disfuncional» (dys-appearing body) de Drew Leder (1990). A estas se suma una cuarta referencia, más específicamente arquitectónica: el concepto de «Nuevo Brutalismo» acuñado por Reyner Banham (1955, 1966), que permite comprender por qué Martín Yáñez recurre precisamente al hormigón —y no a otro material— como figura de un cuerpo que ha renunciado a cualquier revestimiento decorativo de su padecimiento.

El corpus de análisis se centra en «Hormigón crudo», «Sustancia perpetua», «Yonki de la jerarquía», «Al final de la escalera» y «La metamorfosis», sin descuidar referencias puntuales al resto de poemas del libro cuando resulten pertinentes para la argumentación. Sobre las citas: toda transcripción entre comillas angulares reproduce literalmente el texto del manuscrito cotejado por la editorial; los conceptos y tecnicismos de la crítica se marcan con comillas rectas. Sobre el autor, Iván Martín Yáñez (Huelva, 1974), se dispone de los siguientes datos verificados por el equipo editorial: ha ejercido como guionista de cine y televisión, científico y analista de datos, programador en Python y R, administrador de sistemas Linux, asesor financiero, agente inmobiliario, técnico en logística y Scrum Master; publicó en 2007 la novela El calor del frío, y Desde el Tártaro constituye su debut poético. No se dispone de datos verificados adicionales sobre experiencia profesional directa en construcción o ingeniería civil, por lo que este trabajo se limita a estudiar el efecto textual de la metáfora industrial, sin presuponer una biografía técnica del autor en ese ámbito concreto.

1bis. Precisiones metodológicas

Conviene precisar el alcance metodológico de este trabajo antes de entrar en el análisis textual propiamente dicho. El presente estudio no pretende agotar todas las posibles lecturas de Desde el Tártaro, sino ofrecer una vía de acceso específica —la de la metáfora industrial y material del cuerpo— que se articula con, y no sustituye a, otras líneas de investigación desarrolladas en paralelo dentro de este mismo programa de estudios académicos sobre el libro: el análisis del léxico técnico y la sintaxis del informe (Millán Nieto), la lectura del «brutalismo poético» desde la modernidad líquida de Zygmunt Bauman (García Pérez-Tomás), el estudio comparativo con la poesía de la precisión (De Claudia Soneira), el diálogo con la medicina narrativa (Pérez-Ayala), la figura del algoritmo como tropo computacional (Olivares) y la guía de lectura didáctica del poemario (Millán Nieto). Esta pluralidad de aproximaciones responde a la propia riqueza polisémica del léxico técnico empleado por Martín Yáñez, capaz de activar simultáneamente isotopías constructivas, químicas, informáticas y biomédicas, cada una de las cuales merece un tratamiento monográfico propio.

El método de análisis seguido en este trabajo combina la lectura atenta (close reading) de los pasajes seleccionados con el contraste sistemático de cada imagen material contra el marco teórico correspondiente, evitando en todo momento imponer sobre el texto una terminología ajena a su propio vocabulario. Es decir: no se trata de traducir el poemario a un metalenguaje teórico externo, sino de mostrar cómo los propios términos técnicos que emplea Martín Yáñez —hormigón, encofrado, fraguado, resina, polímero, isquemia, cronómetro— dialogan de manera productiva con las categorías desarrolladas por Scarry, Le Breton, Leder, Foucault y Banham, sin que ello suponga forzar el texto poético hacia conclusiones ajenas a su propia lógica interna.

2. La inexpresabilidad del dolor y su objetivación material

Elaine Scarry (1985) sostiene, en su influyente estudio The Body in Pain, que el dolor físico posee un carácter radicalmente inexpresable: a diferencia de otros estados de conciencia, el dolor no tiene «contenido referencial» propio —no es dolor de ni para nada—, lo que explica que resista de manera especial su objetivación en el lenguaje. Scarry observa, sin embargo, que existen estrategias para «hacer visible» el dolor: entre ellas, la más productiva consiste en proyectar sus atributos sobre un objeto o arma que pueda percibirse externamente («dolor punzante», «dolor que quema», «dolor que taladra»), de modo que las cualidades del padecimiento se desplacen desde el cuerpo doliente —invisible, inaccesible— hacia un referente material tangible. Desde el Tártaro lleva esta estrategia hasta sus últimas consecuencias: en lugar de recurrir a comparaciones ocasionales con armas o instrumentos punzantes, construye un referente material único y sostenido —el hormigón— capaz de vehicular la totalidad de la experiencia del padecimiento crónico a lo largo de los veinte poemas del libro.

Esta estrategia dialoga, en segundo lugar, con la antropología del dolor de David Le Breton (1995), que subraya el carácter culturalmente construido —y no meramente biológico— de la experiencia dolorosa. Le Breton, según reconstruye Bustos Domínguez (2000) en su lectura del antropólogo francés, distingue dos grandes momentos en la historia occidental de la representación del dolor: una primera concepción, de raíz aristotélica, que entiende el dolor como forma de la emoción íntima, y una segunda, inaugurada por Descartes, que reduce el dolor a «mero disfuncionamiento de la mecánica corporal». Desde el Tártaro se sitúa deliberadamente en esta segunda tradición: el sujeto lírico no interpreta su padecimiento como expresión de una pasión o de un carácter, sino como avería de un sistema material —un edificio, una estructura de hormigón armado— sometido a esfuerzos que exceden su resistencia calculada.

Le Breton insiste, además, en que la relación entre el paciente y el personal médico puede entenderse como el enfrentamiento entre dos interpretaciones distintas que compiten por la autoridad de nombrar el dolor: el médico se atribuye, según el antropólogo francés, el monopolio de la palabra que nombra el dolor, mientras que el paciente percibe con frecuencia que ese lenguaje clínico no nombra adecuadamente su sufrimiento. Desde el Tártaro puede leerse, en este sentido, como un intento de recuperar para el propio paciente —el sujeto lírico— la capacidad de nombrar su padecimiento, apropiándose precisamente del lenguaje técnico que, en el uso ordinario, pertenece al especialista (el ingeniero, el químico, el médico) y no al enfermo. Esta apropiación del lenguaje experto por parte del sujeto que lo padece constituye, a nuestro juicio, una de las operaciones retóricas más originales del poemario: no se trata de traducir el dolor a un lenguaje profano y accesible, sino de tomar prestado el lenguaje del especialista para narrar, desde dentro, una experiencia que ese mismo lenguaje experto suele mantener a distancia, objetivada y despersonalizada.

El propio Le Breton observa también que todo dolor, incluso el más leve, induce una metamorfosis en el sujeto, en la medida en que revela su impotencia y su fragilidad y altera la relación del individuo con su propio cuerpo. Esta observación anticipa, de manera notable, el vocabulario mismo del poema «La metamorfosis», que se analizará en el apartado 8 de este trabajo, y confirma que la elección del término «metamorfosis» por parte de Martín Yáñez no es un simple recurso estilístico aislado, sino que conecta con una tradición de pensamiento sobre el dolor y la enfermedad que entiende la experiencia del padecimiento crónico, precisamente, como un proceso de transformación identitaria y no como un simple episodio transitorio y reversible.

La tercera referencia teórica de este trabajo, la fenomenología de Drew Leder (1990), aporta un matiz decisivo a esta lectura. Leder describe el cuerpo sano como «ausente» —invisible para la conciencia en su funcionamiento ordinario— y el cuerpo enfermo como «dys-appearing» (algo así como «disfuncionalmente apareciente»): el cuerpo que, al fallar, irrumpe en la conciencia precisamente como límite, amenaza y obstáculo. Este concepto de dys-appearance ilumina de manera precisa el procedimiento retórico de «Hormigón crudo», donde el cuerpo no aparece como ausencia transparente —el cuerpo sano que no se nota— sino como presencia obstinada, opaca y resistente: una «piel de cemento» que ha perdido, precisamente, la porosidad y la transparencia que definían su funcionamiento saludable.

3. El Nuevo Brutalismo como matriz retórica: Banham y el béton brut

El propio Martín Yáñez ha acuñado, para referirse a su procedimiento poético, la etiqueta de «brutalismo poético», en clara alusión al movimiento arquitectónico del Nuevo Brutalismo, teorizado por el crítico británico Reyner Banham en su artículo seminal de 1955 y desarrollado en su monografía de 1966, The New Brutalism: Ethic or Aesthetic? Banham resume los tres principios del Nuevo Brutalismo en «1. Memorabilidad como imagen; 2. Clara exhibición de la estructura; y 3. Valoración de los materiales tal como se encuentran (as found)». El origen de la expresión béton brut —hormigón bruto o crudo— se remonta a Le Corbusier, citado por Banham en el epígrafe de su artículo: «L’architecture, c’est avec des matières brutes, établir des rapports émouvants» («La arquitectura consiste en establecer, con materiales brutos, relaciones conmovedoras»).

Los tres principios banhamianos permiten leer con precisión el procedimiento de «Hormigón crudo». En primer lugar, la «memorabilidad como imagen»: el poema construye una imagen única y potente —la piel convertida en cemento— que condensa toda la experiencia del padecimiento en una sola figura reconocible. En segundo lugar, la «clara exhibición de la estructura»: el poema no oculta su propio andamiaje retórico bajo una superficie de ornamento lírico convencional, sino que expone, en su propio léxico, los elementos constructivos —«encofrado», «vigas», «columna»— que sostienen la figura. En tercer lugar, la «valoración de los materiales tal como se encuentran»: el hormigón aparece en el poema sin pulir, «crudo», del mismo modo que el béton brut de Le Corbusier se dejaba sin revestir, mostrando las marcas del propio encofrado de madera en su superficie.

El verso inicial de «Hormigón crudo» —«No hay poros en esta piel de cemento»— ejemplifica esta poética de manera ejemplar. La piel humana, superficie porosa por definición, capaz de transpirar, de sentir el tacto, de enrojecerse o palidecer, se sustituye aquí por una superficie mineral, impermeable, que ha perdido precisamente la propiedad que define a la piel como órgano sensible: la porosidad. El poema continúa: «solo una superficie de aristas vivas que devoran la luz del mediodía». El adjetivo «vivas» aplicado a las «aristas» —término técnico de la construcción para designar el borde anguloso de una arista de hormigón— produce un efecto paradójico: lo «vivo» no remite aquí a la vida orgánica, sino a la nitidez y el filo de un borde recién fraguado, capaz de cortar o herir, en una inversión retórica que sitúa la vitalidad del lado del material inerte y no del cuerpo doliente.

4. El fraguado del dolor: sintaxis del hormigón en «Hormigón crudo»

El segundo movimiento del poema introduce el proceso químico-físico del fraguado como figura central de la cronicidad: «Hormigón crudo, vertido sobre los sueños de ayer, fraguando una realidad sin ventanas donde el eco rebota contra el vacío». El fraguado —proceso de endurecimiento del cemento por hidratación de sus componentes— es, a diferencia de una fractura o una herida puntual, un proceso lento, progresivo e irreversible: una vez fraguado, el hormigón no puede volver a su estado líquido original. Esta irreversibilidad química convierte al fraguado en la figura idónea para representar la cronicidad de la enfermedad, frente a las metáforas de fractura o herida, que sugieren, por el contrario, la posibilidad de una sutura o cicatrización. El poema plantea así, en el nivel léxico, una distinción implícita entre el dolor agudo (reversible, curable, como una fractura) y el dolor crónico (irreversible, definitivo, como un fraguado).

El tercer movimiento del poema introduce la voz pasiva y el vocabulario del deterioro material: «La presión del encofrado no pregunta. Las vigas de la columna se oxidan, mientras el tiempo, esa mezcla densa, se endurece hasta asfixiar el grito». El «encofrado» —molde temporal de madera o metal que contiene el hormigón mientras fragua— se convierte aquí en figura de las constricciones externas (médicas, sociales, familiares) que moldean la experiencia del padecimiento sin que el sujeto pueda intervenir en el proceso: «la presión del encofrado no pregunta», es decir, no negocia ni consulta con quien lo padece. El verbo «oxidan», aplicado a las «vigas», introduce además el vocabulario de la corrosión del metal, sugiriendo que ni siquiera el armado interno —el esqueleto de acero que en el hormigón armado proporciona resistencia a la tracción— escapa al deterioro progresivo.

El poema culmina con una sentencia que resume su poética: «No busques fisuras. En el Tártaro, la solidez es la única ley. Y yo, una grieta que intenta ser verso». Esta imagen final —la grieta que aspira a convertirse en verso— constituye, en términos de Elaine Scarry (1985), un acto de «creación» que se opone al «deshacimiento» (unmaking) provocado por el dolor: si el dolor destruye el mundo y el lenguaje de quien lo padece, el poema representa el intento, nunca garantizado, de reconstruir mediante el lenguaje aquello que el padecimiento ha desarticulado. La grieta —fallo estructural, señal de debilidad en el hormigón— se convierte paradójicamente en el único lugar desde el que es posible la expresión poética: no a pesar de la rigidez del material que envuelve al sujeto, sino precisamente a través de su fisura.

5. Sontag y los límites de la metáfora: ¿puede el hormigón ser inocente?

Susan Sontag (1978) advirtió, en su clásico ensayo Illness as Metaphor, que toda metáfora aplicada a la enfermedad corre el riesgo de estigmatizar al paciente, atribuyéndole una responsabilidad moral —un carácter, una pasión reprimida— sobre un proceso que es, ante todo, biológico. Sontag analizó con especial detalle las metáforas asociadas a la tuberculosis y al cáncer, mostrando cómo ambas dolencias fueron «encumbradas», en palabras de la autora, «por el peso agobiador de la metáfora», hasta el punto de que ciertos pacientes llegaron a ocultar el nombre mismo de su enfermedad por temor a la carga simbólica que ese nombre arrastraba. Cabe preguntarse, a la luz de esta advertencia, si la metáfora industrial de Desde el Tártaro logra escapar del riesgo estigmatizador que Sontag señala, o si, por el contrario, reproduce —bajo una apariencia aséptica y técnica— una nueva forma de moralización del padecimiento.

Una respuesta matizada a esta pregunta debe distinguir entre el objeto de la metáfora y su sujeto. Las metáforas que analiza Sontag (la tuberculosis como enfermedad «romántica» y espiritualizante, el cáncer como enfermedad de la represión emocional) atribuyen la causa de la enfermedad a un rasgo de carácter del propio paciente, reforzando así una lógica de culpabilización. La metáfora del hormigón en Desde el Tártaro, en cambio, no atribuye el padecimiento a ningún rasgo moral o afectivo del sujeto: el hormigón no se endurece por causa de la debilidad o de la pasión reprimida del yo lírico, sino por un proceso material —el fraguado— que se presenta como ajeno a cualquier responsabilidad individual. En este sentido, la metáfora industrial de Martín Yáñez podría leerse como una respuesta implícita a la advertencia de Sontag: al despojar la enfermedad de cualquier causa moral o caracterológica, y al reducirla a un proceso físico-químico neutro, el poemario evita, al menos parcialmente, el riesgo de estigmatización que la autora identificó en las metáforas tradicionales de la enfermedad.

Sin embargo, esta misma asepsia retórica introduce un riesgo distinto, que el poemario parece asumir de manera consciente: el riesgo de la deshumanización. Si el cuerpo enfermo se convierte en una estructura de hormigón sometida a un proceso de fraguado, cabe preguntarse qué lugar queda para la subjetividad del sujeto que lo padece. La respuesta de Desde el Tártaro a esta objeción se encuentra, precisamente, en el verso final de «Hormigón crudo»: «Y yo, una grieta que intenta ser verso». La grieta —único elemento no calculado, no previsto, disidente respecto de la solidez uniforme de la estructura— es el lugar donde la subjetividad reaparece, no a pesar de la metáfora industrial, sino gracias a ella: solo porque el hormigón se presenta como un material que debería ser, por definición, sólido y sin fisuras, la grieta adquiere su valor expresivo y su capacidad de albergar la voz poética.

6. El cuerpo dócil y disciplinado: Foucault, «Yonki de la jerarquía» y «Sustancia perpetua»

El análisis foucaultiano del «cuerpo dócil» —desarrollado en Surveiller et punir (Foucault, 1975)— aporta un marco complementario para entender la dimensión disciplinaria de la metáfora industrial en Desde el Tártaro. Foucault describe cómo, a partir de los siglos XVII y XVIII, se desarrolla toda una «tecnología» destinada a hacer de los cuerpos individuos «dóciles y útiles»: cuerpos analizables, manipulables, sometidos a vigilancia, ejercicio y examen continuos. Esta tecnología disciplinaria —desplegada históricamente en hospitales, cuarteles y escuelas— encuentra un eco preciso en el vocabulario de «Yonki de la jerarquía», poema que describe un sujeto sometido a un régimen de control casi militar sobre su propio cuerpo: «Cronometra la entropía, disecciona tu mundo. Absorbe el fluido antes del colapso. Vomita la ciencia, falsea los números».

La secuencia de imperativos de este pasaje —cronometra, disecciona, absorbe, vomita, falsea— reproduce la sintaxis de la orden disciplinaria, dirigida en segunda persona a un cuerpo que debe someterse a un protocolo de control constante sobre sus propios procesos internos. El poema se cierra, en su última estrofa, con una imagen que combina el vocabulario constructivo con el disciplinario: «Aclamando a la jerarquía del más apto logrará soportar el hormigón». La expresión «jerarquía del más apto» introduce, además, una resonancia darwinista-social que reduce la supervivencia del sujeto enfermo a una cuestión de resistencia material calculada, como si el cuerpo debiera superar una prueba de carga estructural para continuar existiendo dentro del sistema.

«Sustancia perpetua» desarrolla, en paralelo, el vocabulario de la contención química: «Resina infinita del sistema, polímero que impide la fuga del vertedero». El término «vertedero» —instalación de gestión de residuos— sitúa al sujeto lírico en la posición del desecho industrial gestionado y contenido, no eliminado. La «resina» y el «polímero» —materiales sintéticos de cadena molecular larga, resistentes a la degradación— figuran una conciencia que no puede evadirse de sí misma, «hastiada del segundero», en una imagen que combina el vocabulario químico con el emblema del tiempo cronometrado que recorre el libro entero, desde «Al final de la escalera» —«Caninos heridos que evaden el cronómetro»— hasta «Yonki de la jerarquía» —«Cronometra la entropía»—.

6bis. Fatiga de materiales: «Instante múltiplo» y la repetición como esfuerzo estructural

La ingeniería de materiales denomina «fatiga» al proceso de debilitamiento progresivo de una estructura sometida a esfuerzos cíclicos repetidos, aun cuando cada uno de esos esfuerzos, tomado de manera aislada, no supere el límite de resistencia del material: es la repetición, y no la intensidad puntual del esfuerzo, la causa última del fallo estructural. Este concepto de fatiga material ilumina de manera productiva el procedimiento formal de «Instante múltiplo», poema que se organiza en tres bloques encabezados, cada uno de ellos, por la cifra «38:», repetida de manera obsesiva: «38: Ese es el número que mi mente ha elegido para abstraerse mientras intento ignorar los ladridos discordantes». La reiteración exacta de la cifra no representa un único impacto traumático, sino un esfuerzo cíclico sostenido: el sujeto lírico no es golpeado una sola vez por una idea o una imagen, sino sometido a su retorno idéntico, una y otra vez, hasta que la estructura psíquica —como la estructura material sometida a fatiga— cede, no por la magnitud de un solo impacto, sino por la acumulación de sus repeticiones.

El poema refuerza esta lectura material mediante la imagen del «horizonte» teñido «de granate», que reaparece con variantes mínimas en al menos cuatro ocasiones a lo largo del texto: «tiñendo de granate su horizonte bajo mi lunática mirada». Esta repetición casi idéntica de una misma imagen, en lugar de progresar hacia una resolución o una variación significativa, reproduce formalmente el patrón de la carga cíclica que causa la fatiga estructural: el material —aquí, el material psíquico del sujeto lírico— no se rompe por un pico de tensión excepcional, sino por la reiteración monótona de una misma solicitación. El poema concluye, significativamente, no con una resolución simbólica, sino con un dato cronológico neutro: «38: Son las 19:19», como si el proceso de fatiga se interrumpiera, sin resolverse, en el momento arbitrario en que se detiene el registro del reloj, del mismo modo en que una estructura sometida a fatiga puede fallar en un instante impredecible, tras un número de ciclos que ningún cálculo puede anticipar con precisión absoluta.

7. La dys-appearance del cuerpo: «Al final de la escalera» y la crisis aguda

El concepto de dys-appearance de Drew Leder (1990) —la irrupción del cuerpo en la conciencia precisamente en el momento en que deja de funcionar con normalidad— encuentra su ejemplo más elaborado en «Al final de la escalera», poema que describe una crisis médica aguda mediante un vocabulario que combina la arquitectura («tejado estructural», «pavimento quebradizo», «escalera de luminarias escaldadas») con la anatomía patológica: «Presentimientos sobre pavimento quebradizo, se dilatan y terminan por blandir la isquemia del terror». El término «isquemia» —interrupción del riego sanguíneo a un tejido— traduce al vocabulario médico preciso la experiencia subjetiva del pánico, en una operación que ejemplifica exactamente lo que Leder describe como la transformación del cuerpo, en la crisis, de fondo transparente de la experiencia a objeto opaco y amenazante en primer plano.

El poema continúa con una imagen de compresión temporal que merece atención: «Cuatro horas comprimidas en un segundo. Tu córnea segmentaba el aire, repartiendo esquirlas en cavidades hambrientas». La «compresión» de cuatro horas en un segundo describe, con precisión cuasi física, el fenómeno de dilatación y contracción subjetiva del tiempo que caracteriza los estados de pánico agudo, y que la literatura médica sobre el dolor —desde Scarry (1985) hasta Kleinman (1988)— ha identificado repetidamente como uno de los rasgos más difíciles de comunicar de la experiencia del padecimiento a quien no lo ha vivido. Arthur Kleinman (1988), en The Illness Narratives, subraya precisamente esta dificultad de traducción entre la experiencia interna de la enfermedad (illness) y su descripción clínica externa (disease); el poema de Martín Yáñez, al recurrir al vocabulario técnico de la compresión temporal, ensaya una vía retórica intermedia entre ambos registros, ni puramente subjetiva ni puramente clínica.

El cierre del poema —«Escualos desdentados. Tu dermis se hizo plomiza esperando en el laberinto de geometría perpetua»— introduce el término anatómico «dermis» en lugar de cualquier término lírico convencional para la piel, reforzando la isotopía material que domina el libro: la piel no es ya el órgano sensible de la superficie corporal, sino una capa que se «hace plomiza», adoptando la densidad y el color de un metal pesado. El adjetivo «perpetua», que reaparece aquí aplicado a la «geometría» del padecimiento, confirma su función de marcador léxico de la cronicidad ya señalada en «Sustancia perpetua»: no hay, en este vocabulario, promesa de resolución temporal, sino la afirmación reiterada de un estado que se declara, una y otra vez, sin límite temporal previsible.

8. De la crisálida a la mutación química: «La metamorfosis» y el límite de la metáfora industrial

Antes de examinar «La metamorfosis», conviene detenerse brevemente en «Discordancia romántica», poema que combina el vocabulario químico-farmacológico con el informático para plantear, de manera explícita, la pregunta por la identidad del sujeto enfermo: «¿Qué unidad somos?, ¿quién eres? ¿El alcaloide, el residuo, la mofa? ¿Una anatomía ramplona? ¿Un ensamblaje de despojos?». El término «ensamblaje» —propio de la fabricación industrial y de la ingeniería mecánica, donde designa la unión de piezas independientes para formar un conjunto funcional— compite aquí con el vocabulario anatómico tradicional para definir la identidad de un yo que se percibe, literalmente, como una obra en construcción hecha de piezas heterogéneas y no como un organismo orgánicamente unificado. Esta imagen de «ensamblaje» prepara, en cierto modo, la transición hacia el vocabulario biológico que dominará «La metamorfosis», situado, como aquel, en un tramo avanzado del libro.

«La metamorfosis», situado en el último tramo del libro, «El regreso», marca un desplazamiento significativo respecto de la metáfora estrictamente industrial de los tramos anteriores: el vocabulario constructivo (hormigón, encofrado, vigas) cede el paso a un vocabulario biomédico y entomológico. El poema se abre con una autodescripción que combina ambos registros: «Soy larva que se ignora en el sustrato, un quiste en el tejido del tiempo ciego, esperando la necrosis del miedo para brotar en una forma nueva, informe». El término «sustrato» —que en biología designa el medio sobre el que se desarrolla un organismo, y que en la construcción designa la capa de terreno o material sobre la que se asienta una cimentación— funciona como bisagra léxica entre ambos campos semánticos, permitiendo que el poema transite del imaginario constructivo al imaginario biológico sin ruptura aparente.

El poema continúa con una imagen que desactiva deliberadamente la tradición lírica de la metamorfosis embellecida: «No es seda lo que me envuelve en este rincón, es una gasa impregnada de yodo y olvido, un vendaje que oculta la mutación química de quien se sabe, al fin, insecto de asfalto». La negación inicial —«no es seda»— rechaza explícitamente la imagen clásica del capullo de gusano de seda, símbolo tradicional de la transformación redentora, y la sustituye por el vendaje médico-hospitalario, con su «gasa impregnada de yodo». El sintagma final, «insecto de asfalto», funde el imaginario entomológico con el imaginario urbano-industrial que domina el resto del libro, confirmando que incluso en el momento de mayor acercamiento al vocabulario biológico, Desde el Tártaro no abandona del todo su matriz material e industrial.

El verso final del poema —«Saldré de aquí con alas de ceniza vibrante, una efigie patética que boquea en el vacío, dispuesto a chocar contra la luz artificial de los que aún creen, ingenuos, en la cordura»— sustituye las alas coloridas de la metamorfosis lepidóptera clásica por unas «alas de ceniza», materia quemada, ligera y frágil, que remite de nuevo al campo semántico de los materiales degradados por el fuego o el uso que recorre el libro (el «fósforo» de «Final inevitable», el «hormigón» oxidado de «Yonki de la jerarquía»). La metamorfosis que ofrece Desde el Tártaro no es, así, una superación redentora del padecimiento, sino una transformación que conserva, incluso en su resolución final, las huellas materiales del proceso de deterioro que la ha producido.

9. Del material inerte al material orgánico: la disolución de la metáfora industrial en «Riendo»

El poema que cierra el libro, «Riendo», ofrece un contraste material decisivo respecto de los tramos anteriores, que permite completar la lectura del procedimiento retórico de Desde el Tártaro. Frente al hormigón, el polímero, la resina y el metal oxidado que dominan «El fondo», «El territorio» y «La pieza mayor», «Riendo» recupera un repertorio de materiales fluidos y naturales: «Las nubes me dominan, qué lejos queda el sol, el cielo se derrite quemando mi dolor». El verbo «derretirse», aplicado al cielo, invierte la lógica del fraguado que domina «Hormigón crudo»: si el fraguado es un proceso de endurecimiento progresivo e irreversible, el derretimiento es su contrario exacto, un ablandamiento que devuelve la materia a un estado más fluido y maleable.

El poema culmina con una imagen de disolución en el agua: «Sigo corriendo y al final me tiendo en los brazos del mar riendo». El mar —material líquido por excelencia, sin forma fija, capaz de acoger un cuerpo sin oponerle resistencia estructural alguna— se opone punto por punto al hormigón que abre el libro: donde el hormigón no tiene «poros» y ofrece «aristas vivas» que hieren, el mar ofrece «brazos» que acogen; donde el hormigón fragua hacia una «realidad sin ventanas», el mar se abre hacia un horizonte sin límites definidos. Esta oposición material entre el hormigón inicial y el mar final no debe leerse, sin embargo, como una simple superación redentora del padecimiento: el título del poema, «Riendo», y su estribillo final —«(riendo): como alma que esquiva al diablo»— conservan una ambigüedad tonal que impide una lectura triunfalista, sugiriendo que la risa final puede ser tanto liberación como una forma más de la disociación que ha atravesado todo el libro. La arquitectura material de Desde el Tártaro se resuelve, así, no en la sustitución definitiva de un material por otro, sino en la yuxtaposición final, sin síntesis explícita, entre la solidez del hormigón y la fluidez del mar.

10. Conclusiones

Este trabajo ha argumentado que la metáfora industrial del cuerpo en Desde el Tártaro —cristalizada en la figura del hormigón y desarrollada en el propio término acuñado por el autor, «brutalismo poético»— constituye una estrategia retórica coherente y sostenida para representar la enfermedad crónica sin recurrir ni al patetismo confesional ni a la metáfora orgánica tradicional. El análisis de «Hormigón crudo» a la luz del Nuevo Brutalismo arquitectónico de Reyner Banham (1955, 1966) ha permitido identificar tres principios compartidos entre el poema y el movimiento arquitectónico: la memorabilidad de una imagen única y potente, la exhibición explícita de la propia estructura retórica, y la valoración del material «tal como se encuentra», sin pulir ni embellecer. Esta homología entre poética y arquitectura no es casual, sino que responde a una intuición del propio autor, que ha bautizado su procedimiento con el término «brutalismo poético» precisamente para señalar esta filiación.

El diálogo con la teoría del dolor de Elaine Scarry (1985) ha permitido comprender por qué el poemario recurre a un referente material único y sostenido —el hormigón— en lugar de a comparaciones ocasionales con armas o instrumentos: la construcción de un imaginario material coherente a lo largo de los veinte poemas del libro permite objetivar de manera sistemática una experiencia —el dolor crónico— que, por definición, carece de referente propio y resiste su verbalización. La fenomenología de Drew Leder (1990), por su parte, ha permitido matizar esta lectura mostrando cómo el cuerpo enfermo de Desde el Tártaro no es tanto ausencia (el cuerpo sano que no se nota) como presencia opaca y amenazante —dys-appearance—, y cómo esta irrupción del cuerpo como límite se intensifica en los poemas de crisis aguda, como «Al final de la escalera», frente a los poemas de cronicidad sostenida, como «Sustancia perpetua» o «Yonki de la jerarquía».

El marco foucaultiano del cuerpo dócil ha aportado, a su vez, una lectura complementaria de la dimensión disciplinaria del poemario: la sintaxis imperativa de «Yonki de la jerarquía» («Cronometra la entropía, disecciona tu mundo») reproduce el vocabulario de la vigilancia y el examen continuo que, según Foucault (1975), caracteriza la tecnología disciplinaria moderna aplicada al cuerpo, desplegada históricamente en hospitales, cuarteles y escuelas. Cabe añadir que el propio dispositivo panóptico descrito por Foucault (1975) —la vigilancia continua e interiorizada, que no requiere ya de un vigilante externo presente en todo momento porque el sujeto ha aprendido a vigilarse a sí mismo— encuentra una traducción precisa en el motivo del cronómetro que recorre el libro entero: de «Sustancia perpetua» («hastiada del segundero») a «Al final de la escalera» («Caninos heridos que evaden el cronómetro») y «Yonki de la jerarquía» («Cronometra la entropía»), el sujeto lírico se convierte en su propio vigilante temporal, cronometrando sus propios procesos internos con la misma exactitud impersonal con que un ingeniero mide la resistencia de un material bajo carga. La convergencia de estos cuatro marcos teóricos —Scarry, Le Breton, Leder y Foucault— permite leer Desde el Tártaro como un poemario que no solo describe la enfermedad crónica, sino que reflexiona, en el propio nivel del lenguaje, sobre las condiciones de posibilidad de su representación.

El estudio de «La metamorfosis», en el apartado 7, ha permitido matizar esta lectura mostrando que la metáfora industrial no es un código cerrado y permanente, sino que se combina, en el tramo final del libro, con un vocabulario biomédico y entomológico que anticipa la resolución —parcial, no redentora— del proceso de padecimiento. La imagen final de las «alas de ceniza» confirma que, incluso en su momento de mayor apertura hacia otros campos semánticos, el poemario conserva las huellas materiales del imaginario industrial que lo ha vertebrado, en coherencia con la advertencia de Susan Sontag (1978) sobre los riesgos de cualquier metáfora aplicada a la enfermedad: ni siquiera la metáfora industrial, en su aparente asepsia, escapa por completo a la tarea de dar forma simbólica —y por tanto parcial e interesada— a una experiencia que, en su raíz, permanece irreductible al lenguaje.

Como línea de investigación futura, se propone extender este análisis a una comparación sistemática entre Desde el Tártaro y el corpus de poesía española sobre el cuerpo enfermo cartografiado por Fernández Martínez (2023) —Isla Correyero, Javier Codesal, Ana Isabel Conejo, Sara Torres— para determinar en qué medida la metáfora industrial del hormigón constituye una aportación original de Martín Yáñez o dialoga con procedimientos análogos de figuración material del cuerpo enfermo en otros poetas contemporáneos. Asimismo, sería de interés explorar la relación entre la metáfora del «cuerpo dócil» foucaultiano y las representaciones poéticas del cuerpo medicado o intervenido, en diálogo con la investigación de Ángela Isabel de Claudia Soneira sobre la poesía de la precisión y con la de Javier Pérez-Ayala sobre poesía y medicina narrativa, ambas dedicadas también a Desde el Tártaro dentro de este mismo programa de investigaciones académicas.

Bibliografía

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Autor/a: Antonio Isidro Graña Ojeda

DOI / Zenodo: https://zenodo.org/uploads/21362496

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Brutalismo poético y sociedad líquida: una lectura de Desde el Tártaro desde Zygmunt Bauman

BRUTALISMO POÉTICO Y SOCIEDAD LÍQUIDA: UNA LECTURA DE DESDE EL TÁRTARO DESDE ZYGMUNT BAUMAN

Andrés Ignacio García Pérez-Tomás

Crítico e investigador literario independiente

ORCID: 0009-0006-0733-8073

1. Introducción

Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez (Editorial Poesía eres tú, 2026), se presenta a sí mismo, en la nota preliminar del autor, como “un lugar mental: un espacio de descenso, resistencia y transformación donde conviven la memoria, la pérdida y el deseo de regresar”. Esta monografía sostiene que ese espacio mental se construye, a lo largo del poemario, mediante un repertorio de imágenes que remiten sistemáticamente a la materialidad más dura, más pesada y más resistente que existe en el imaginario contemporáneo: el hormigón armado, el acero, la resina, el polímero, el estrato geológico. Frente a esa insistencia material, el sujeto lírico se experimenta a sí mismo como líquido, fragmentado, desposeído de anclaje temporal y afectivo. Esta tensión entre solidez exterior y liquidez interior es, según se argumentará, el núcleo estructural del libro, y puede leerse con extraordinaria precisión a través del aparato conceptual que Zygmunt Bauman desarrolló bajo el término “modernidad líquida”.

La hipótesis de partida es la siguiente: Desde el Tártaro dramatiza, en clave poética y sin que medie ninguna referencia explícita a la sociología contemporánea, el mismo diagnóstico que Bauman formuló sobre la sociedad occidental de las últimas décadas: la disolución de los marcos sólidos —institucionales, comunitarios, afectivos, temporales— que antes ofrecían certidumbre, y su sustitución por un flujo permanente de relaciones frágiles, trabajo precario, vínculos desechables y un individuo obligado a asumir en solitario la responsabilidad de su propio fracaso. Pero el poemario no se limita a ilustrar ese diagnóstico: lo dramatiza mediante un procedimiento estético específico que aquí se denomina, por analogía consciente con el movimiento arquitectónico del mismo nombre, “brutalismo poético”: una escritura que erige, verso a verso, superficies de “hormigón crudo” —la expresión es literal del poemario— para contener, sin conseguirlo del todo, un yo que se derrama, se licúa y finalmente, en el poema que cierra el libro, se disuelve literalmente en el mar.

El corpus de esta monografía es el poemario completo, leído en su integridad y en el orden en que se presenta: cinco secciones —”El fondo”, “El territorio”, “El mundo exterior”, “La pieza mayor” y “El regreso”— que suman veintiún poemas (contando “Planeta” como una sola pieza extensa de estructura estrófica y estribillo, según aparece en el índice del propio libro, y “Riendo” con su coda entre paréntesis como continuación del mismo poema). El itinerario que proponen esas cinco secciones —de un “fondo” oscuro a un “regreso” que desemboca en el agua— coincide, de manera que no puede ser casual, con el movimiento que Bauman describe al pasar de la modernidad sólida a la líquida: un descenso desde la solidez (el Tártaro como fondo, como sedimento, como estrato) hacia un estado final de disolución que no es necesariamente positivo ni negativo, sino simplemente el nuevo régimen de existencia.

El marco teórico que se despliega en el epígrafe siguiente no pretende agotar la obra de Bauman, sino extraer de ella las cinco categorías que el propio autor identificó como constitutivas de la experiencia líquida —emancipación, individualidad, tiempo/espacio, trabajo y comunidad— y ponerlas a dialogar, verso a verso, con el poemario. A ese marco se suman, como interlocutores secundarios pero indispensables, Byung-Chul Han (la sociedad del rendimiento y el sujeto que se autoexplota), Eva Illouz (el capitalismo emocional), Marc Augé (los no lugares de la sobremodernidad) y la teoría arquitectónica del brutalismo (Reyner Banham, Guillermo Casado López), que proporciona el vocabulario material —hormigón, encofrado, arista, fisura— que el propio poemario reclama para sí.

Conviene precisar, antes de entrar en materia, una cautela metodológica: el propósito de esta monografía no es demostrar que Iván Martín Yáñez conocía la obra de Bauman al escribir Desde el Tártaro —no hay ningún dato biográfico que permita afirmarlo ni desmentirlo, y esta investigación no lo presupone en ningún momento—, sino mostrar que el lenguaje de la modernidad líquida ofrece una herramienta hermenéutica particularmente productiva para iluminar una estructura de sentido que el poemario construye por medios exclusivamente poéticos: la imagen, el ritmo, la repetición anafórica, el léxico técnico y material. Se trata, en suma, de una lectura crítica que pone en diálogo dos discursos —el sociológico y el lírico— sin subordinar el segundo al primero.

2. De la modernidad sólida a la modernidad líquida: el marco teórico de Zygmunt Bauman

En Modernidad líquida (2000), Zygmunt Bauman propone que la modernidad no ha terminado, como sostenían ciertas lecturas posmodernas, sino que ha mutado de una fase “sólida” —caracterizada por instituciones duraderas, empleos estables, vínculos comunitarios densos y un tiempo histórico que avanzaba hacia metas colectivas definidas— a una fase “líquida”, en la que los marcos de referencia se disuelven antes de que el individuo pueda solidificarlos en hábito o en identidad estable. Bauman recurre a la metáfora física de los líquidos precisamente porque estos, a diferencia de los sólidos, “no conservan fácilmente su forma” y fluyen, se filtran, gotean, inundan, se derraman, se escapan, se cuelan y se drenan: verbos, todos ellos, que —de manera notable— aparecen literalmente en el poemario de Martín Yáñez, desde “la fuga del vertedero” de “Sustancia perpetua” hasta el “sentí el goteo del destino” de “Desavenencias de un noctívago”.

Bauman organiza su análisis en torno a cinco categorías que, según él, definen la experiencia moderna en cualquiera de sus dos fases, y cuya transformación de sólidas a líquidas constituye el objeto central de su obra: la emancipación (el grado de libertad real que el individuo tiene para actuar según sus propias convicciones), la individualidad (el grado en que el sujeto es responsable de construir su propia biografía), el tiempo y el espacio (el modo en que ambos se organizan y se experimentan), el trabajo (su estabilidad, su sentido, su relación con el proyecto vital) y la comunidad (los vínculos que sostienen al individuo frente al vacío). En la modernidad sólida, cada una de estas categorías ofrecía anclaje: la emancipación se conquistaba colectivamente, la individualidad se construía sobre roles heredados y estables, el tiempo avanzaba hacia un progreso compartido, el trabajo era una carrera de por vida y la comunidad —el barrio, el gremio, la familia extensa— proporcionaba pertenencia incondicional. En la modernidad líquida, cada una de estas categorías se ha convertido en su propia negación: la emancipación se experimenta como una libertad sin instrucciones de uso que angustia más de lo que libera; la individualidad se ha vuelto una obligación —”debes ser tú mismo”, pero nadie te dice cómo—; el tiempo se ha fragmentado en una sucesión de instantes inconexos, y el espacio ha perdido su capacidad de arraigo; el trabajo se ha precarizado hasta volverse un ejercicio de adaptación perpetua; y la comunidad se ha convertido, en el mejor de los casos, en lo que Bauman llama en otra obra un simulacro de “percha” colectiva, útil solo mientras dura el acto de colgarse de ella.

A esta arquitectura conceptual, Bauman añadió en obras posteriores dos desarrollos que resultan indispensables para leer Desde el Tártaro. En Amor líquido (2003) describe cómo los vínculos afectivos, sometidos a la misma lógica de liquidez que el resto de la vida social, se han vuelto simultáneamente deseables e insoportables: se desean por la promesa de conexión que ofrecen, pero se temen porque comprometen la libertad de fluir hacia la siguiente conexión. En Miedo líquido (2006) describe cómo la angustia contemporánea ha perdido su objeto concreto —ya no se teme a un enemigo identificable, sino a una amenaza difusa, omnipresente e informe— y cómo esa angustia sin nombre se convierte en el ruido de fondo permanente de la existencia líquida.

Es importante señalar que Bauman no presenta la modernidad líquida como una simple decadencia de la sólida, ni viceversa: su diagnóstico es ambivalente. La solidez ofrecía certeza, pero también asfixia; la liquidez ofrece libertad, pero también vértigo. Esta ambivalencia —ni nostalgia acrítica de lo sólido ni celebración ingenua de lo líquido— es exactamente la que atraviesa Desde el Tártaro, un poemario que construye superficies de hormigón para protegerse de la liquidez, pero que termina, en su último poema, abrazando el agua como forma de liberación. Esa doble cara de la ambivalencia bauniana —la solidez como cárcel y como refugio, la liquidez como amenaza y como disolución liberadora— es el hilo que se seguirá a lo largo de esta monografía, epígrafe a epígrafe, poema a poema.

Conviene, por último, situar brevemente a Bauman respecto de otros diagnósticos contemporáneos de la modernidad tardía que se emplearán como apoyo puntual en esta investigación. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio (2010), describe una mutación paralela pero distinta: el paso de la “sociedad disciplinaria” foucaultiana, regida por la prohibición y el “no puedes”, a la “sociedad del rendimiento”, regida por la positividad y el “puedes”, en la que el sujeto se autoexplota creyéndose libre. Eva Illouz, en Intimidades congeladas (2007), añade que ese mismo proceso ha colonizado la esfera emocional, generando un “capitalismo emocional” en el que los afectos se gestionan con la misma racionalidad instrumental que el trabajo. Marc Augé, por su parte, en Los no lugares (1992), describe cómo la sobremodernidad ha multiplicado espacios de tránsito —aeropuertos, autopistas, supermercados— que no generan identidad, relación ni historia, y que producen en quien los habita una experiencia estructural de anonimato. Los tres diagnósticos convergen, cada uno desde su ángulo, en el mismo fenómeno que Bauman describe con la metáfora de la liquidez, y los tres encontrarán, como se mostrará, correlatos textuales precisos en Desde el Tártaro.

3. El brutalismo arquitectónico: historia y definición de un paradigma sólido

Antes de proponer la categoría de “brutalismo poético”, es necesario precisar qué se entiende por brutalismo en su sentido arquitectónico original, del que la propuesta de esta monografía toma prestado no solo el nombre sino, sobre todo, su lógica material. El término desciende de la expresión francesa béton brut —”hormigón bruto” o “en crudo”— que Le Corbusier empleó para describir el aspecto de las superficies de hormigón sin revestir de la Unité d’Habitation de Marsella (1947-1952), obra que la historiografía arquitectónica reconoce unánimemente como el punto de partida del movimiento. El crítico Reyner Banham consagró el término en su artículo “The New Brutalism” (1955) y lo desarrolló extensamente en su libro The New Brutalism: Ethic or Aesthetic? (1966), donde sostiene que el brutalismo no es meramente un estilo, sino una posición ética: la sinceridad constructiva, la negativa a disfrazar los materiales, la exhibición honesta de lo que un edificio realmente es por dentro.

El arquitecto Guillermo Casado López, en su artículo “Reflexión crítica sobre el brutalismo” (2019), sintetiza esta tensión definitoria señalando que el brutalismo se sitúa “dentro de un campo expresivo y no racionalista”, cercano a la escultura, que se caracteriza por “una homogeneización del uso del material y una concepción sólida de este”. El Diccionario de la Lengua Española, que Casado López cita en su artículo, define el brutalismo como el “movimiento artístico, especialmente arquitectónico, que se caracteriza por enfatizar la naturaleza expresiva de los materiales”. Esta definición —la naturaleza expresiva del material bruto, sin disimulo— es exactamente la operación que Desde el Tártaro realiza sobre el lenguaje: no disimula la dureza técnica, clínica o industrial de su léxico bajo un ropaje lírico convencional, sino que la exhibe con la misma “sinceridad constructiva” que Banham atribuye a la arquitectura brutalista.

Es significativo, además, que el brutalismo arquitectónico haya nacido —según recuerda Casado López citando a los arquitectos Alison y Peter Smithson, acuñadores del término “Nuevo Brutalismo” en 1953— como una respuesta a “una sociedad marcada por la producción masiva”, de la que pretendía “extraer la ruda poesía de las confusas y poderosas fuerzas que en ella se mueven”. Esta formulación de los Smithson —la ruda poesía extraída de fuerzas confusas y poderosas— podría leerse casi como una descripción anticipada del proyecto estético de Desde el Tártaro: un libro que extrae poesía, efectivamente ruda, de las fuerzas confusas de la enfermedad, la medicación, la soledad urbana y la precariedad afectiva contemporánea.

El brutalismo arquitectónico, como recuerda también Anthony Vidler (citado por Casado López), ha sido históricamente objeto de un rechazo estético casi visceral: se le acusa de producir “gigantescas moles de hormigón armado dominando sobre ciudades sombrías”, de generar “sentimientos de aversión e ira” incluso entre profanos. Este rechazo emocional hacia una arquitectura que se percibe como opresiva, fría, deshumanizada, es estructuralmente idéntico al efecto que produce en un lector desprevenido el léxico de Desde el Tártaro: la insistencia en el hormigón, el óxido, el acero, la resina, produce una sensación de dureza casi hostil, que sin embargo —como ocurre con los edificios brutalistas que en las últimas décadas experimentan una reivindicación crítica— esconde una lógica interna coherente y, según se argumentará, profundamente necesaria para el proyecto del libro: la solidez brutal no es un capricho estilístico, sino la única defensa disponible frente a la disolución líquida del yo.

Conviene, finalmente, señalar que el hormigón armado —el material brutalista por antonomasia— es en sí mismo un objeto conceptualmente ambiguo: se trata de una mezcla que, antes de fraguar, es literalmente líquida —una “mezcla densa”, en palabras exactas del poema “Hormigón crudo”— y que solo alcanza su solidez definitiva mediante un proceso de endurecimiento irreversible. El hormigón es, por tanto, el material que mejor representa la transición bauniana de lo líquido a lo sólido, invertida: mientras que Bauman describe una sociedad que pasa de sólida a líquida, el hormigón poético de Martín Yáñez representa el movimiento contrario, el intento —desesperado, y como se verá, finalmente fallido— de solidificar lo que por naturaleza tiende a fluir.

4. Brutalismo poético: una propuesta terminológica para leer Desde el Tártaro

Se propone aquí, como herramienta crítica original de esta monografía, el término “brutalismo poético” para designar un procedimiento de escritura que comparte con el brutalismo arquitectónico tres rasgos estructurales: primero, la exhibición sin disimulo de un léxico técnico e industrial —hormigón, encofrado, resina, polímero, aristas, columnas, vigas, óxido— que tradicionalmente se consideraría ajeno al decoro lírico; segundo, una voluntad de “sinceridad constructiva”, en el sentido de Banham, que rechaza la ornamentación retórica convencional en favor de la exposición directa del material verbal; y tercero, una función defensiva: el material bruto no se despliega por exhibicionismo técnico, sino porque su dureza es la única barrera disponible contra una amenaza de disolución que el propio poemario identifica repetidamente como interior, no exterior.

El poema que mejor ilustra esta triple condición es, no por casualidad, el que da nombre al procedimiento: “Hormigón crudo”. Allí el hablante afirma explícitamente que «en el Tártaro, la solidez es la única ley», una declaración que funciona casi como manifiesto estético del libro entero. Frente a esa ley de solidez, sin embargo, el propio verso final del poema introduce la grieta: «Y yo, una grieta que intenta ser verso». Esta imagen es crucial para la tesis de esta monografía: el sujeto lírico no se identifica con el hormigón que lo rodea, sino con la fisura que ese hormigón, pese a su pretensión de invulnerabilidad, no puede evitar. El brutalismo poético de Martín Yáñez no es, por tanto, una defensa exitosa de la solidez, sino la crónica de su fracaso necesario: cada superficie de hormigón crudo contiene, desde el primer verso, la grieta que finalmente la atraviesa.

Este procedimiento dialoga de manera productiva con la reflexión de Paul Ricoeur en La métaphore vive (1975) sobre la metáfora como “visión” de una realidad que la literalidad no puede nombrar: cuando Martín Yáñez escribe que su cuerpo o su mente son “hormigón”, “resina” o “polímero”, no está simplemente decorando una experiencia psíquica con vocabulario técnico, sino generando —en el sentido que George Lakoff y Mark Johnson dan al término en Metaphors We Live By (1980)— un auténtico marco conceptual que estructura la comprensión de la experiencia: pensar el propio yo como material de construcción implica, necesariamente, pensarlo también en términos de resistencia, fatiga, fisura, encofrado y colapso estructural. La metáfora arquitectónica no ilustra la experiencia del sujeto lírico: la constituye.

Es pertinente además recordar aquí el procedimiento de “desautomatización” que Víktor Shklovski describió en “El arte como artificio” (1917): el arte, según el formalista ruso, cumple su función haciendo perceptible lo automatizado, devolviendo extrañeza a lo que el hábito ha vuelto invisible. El brutalismo poético de Desde el Tártaro realiza precisamente esta operación con el propio lenguaje de la construcción: términos como “encofrado”, “fraguar” o “vigas” pertenecen al léxico técnico cotidiano de cualquier obra urbana, invisibles en su contexto habitual; trasplantados al poema, recuperan una extrañeza —y por tanto una capacidad de significar— que su uso profesional les había arrebatado. Miguel Rodrigo de Haro, en su artículo sobre “la vigencia del Shklovski postformalista” (2024), señala que el asombro sigue siendo, un siglo después, la “nueva teoría de la desautomatización”: Desde el Tártaro confirma esa vigencia al convertir el vocabulario de la construcción civil en material de asombro lírico.

El brutalismo poético, en fin, no debe confundirse con un simple ejercicio de léxico técnico gratuito. Luis Correa-Díaz, en su estudio sobre “ciencia/tecnología/sociedad media(lizada) en la poesía española contemporánea” (2020), y Pilar Díez de Revenga Torres, en su trabajo sobre “lengua poética y lengua técnica” (2003), coinciden en señalar que la incorporación de vocabulario científico-técnico a la lírica contemporánea española responde a una necesidad expresiva genuina: la de nombrar una experiencia subjetiva —la enfermedad, la tecnología, la vida urbana— que el léxico poético heredado, de raigambre romántica o simbolista, ya no puede capturar con precisión. En Desde el Tártaro, esa necesidad expresiva se resuelve mediante el brutalismo poético: solo el hormigón armado, con su promesa de solidez absoluta y su fragilidad estructural secreta, puede nombrar simultáneamente el deseo de anclaje y la imposibilidad de alcanzarlo que atraviesan el libro.

5. Hormigón crudo: la materialidad brutalista como resistencia a la liquidez

El poema “Hormigón crudo” merece una lectura detenida porque condensa, en sus trece versos, la totalidad del programa estético de la obra. Comienza con una negación explícita de porosidad: «No hay poros en esta piel de cemento, / solo una superficie de aristas vivas / que devoran la luz del mediodía». La piel —órgano poroso por definición, superficie de intercambio entre el yo y el mundo— se ha convertido en cemento: una piel que ya no respira, que ya no deja pasar nada. Esta imagen dialoga de manera precisa con la reflexión de Drew Leder en The Absent Body (1990) sobre la experiencia del cuerpo enfermo como cuerpo que se hace súbitamente presente, opaco, ajeno a la transparencia que el cuerpo sano disfruta sin advertirlo: aquí la piel no solo se hace presente, sino que se petrifica por completo, negando cualquier posibilidad de intercambio sensible con el exterior.

El segundo movimiento del poema introduce el proceso mismo de fraguado: «Hormigón crudo, / vertido sobre los sueños de ayer, / fraguando una realidad sin ventanas / donde el eco rebota contra el vacío». Aquí aparece, de manera explícita, el estado líquido previo del hormigón —”vertido”— y su transformación irreversible en sólido —”fraguando”—. Es crucial observar que el material se vierte «sobre los sueños de ayer»: la solidez brutalista no construye sobre un terreno neutro, sino que sepulta literalmente una liquidez anterior, unos sueños que existían antes del hormigón y que quedan enterrados bajo él. Esta imagen puede leerse en términos baunianos como la sepultura de las certezas colectivas de la modernidad sólida bajo el hormigón defensivo, individual y solitario, que el sujeto lírico erige para sobrevivir a la liquidez: el «vertido sobre los sueños de ayer» es, en cierto sentido, el epitafio de la modernidad sólida original, ahora reconstruida artificialmente, a título privado, por un individuo que ya no puede contar con las instituciones que antes cumplían esa función.

El tercer movimiento introduce la fatiga estructural: «La presión del encofrado no pregunta. / Las vigas de la columna se oxidan, / mientras el tiempo, esa mezcla densa, / se endurece hasta asfixiar el grito». Es notable que el tiempo mismo —categoría central en el análisis bauniano— se metaforice aquí como “mezcla densa” que se endurece: el tiempo líquido de la modernidad tardía, incapaz de fluir libremente en la experiencia del sujeto, se solidifica hasta volverse asfixiante. La oxidación de las vigas introduce, además, la temporalidad de la degradación material: el hormigón armado, pese a su apariencia de permanencia absoluta, está sometido a un proceso de corrosión interna —el óxido del hierro que lo refuerza— que terminará, a largo plazo, por debilitarlo desde dentro. Esta es la paradoja material central del brutalismo poético: el material elegido para resistir a la liquidez es, en sí mismo, vulnerable a una forma de descomposición lenta e interna.

El poema cierra con la instrucción imperativa y la confesión final: «No busques fisuras. / En el Tártaro, la solidez es la única ley. / Y yo, una grieta que intenta ser verso». La orden —no busques fisuras— presupone, por supuesto, que las fisuras existen y que alguien podría buscarlas; es una orden que delata, en su propia formulación, la fragilidad que pretende negar. Y el verso final identifica al sujeto lírico no con el hormigón que lo rodea, sino precisamente con la grieta: con la falla estructural que el sistema brutalista no puede evitar. Esta identificación final —yo soy la grieta, no el muro— es la clave de todo el poemario: el brutalismo poético de Martín Yáñez no representa un yo sólido protegido por hormigón, sino un yo líquido, fragmentario, que solo puede manifestarse a través de las grietas que el hormigón, pese a todo su rigor, no logra sellar por completo.

6. Sustancia perpetua: la nostalgia de lo sólido frente al tiempo líquido

El poema “Sustancia perpetua”, situado inmediatamente antes de “Hormigón crudo” en la primera sección del libro, plantea desde otro ángulo la misma tensión entre solidez y liquidez, esta vez centrada explícitamente en la categoría bauniana del tiempo. El poema se abre con una imagen de conteo regresivo bajo amenaza: «En cuenta atrás me registro, / antes que el rigor se pose sobre los hombros». El “rigor” —término que evoca tanto la rigidez cadavérica como la severidad clínica— amenaza con posarse, es decir, con solidificar definitivamente un cuerpo que hasta entonces conservaba cierta movilidad.

El segundo verso introduce la imagen central del poema: «Resina infinita del sistema, / polímero que impide la fuga del vertedero». La resina y el polímero son materiales sintéticos que, a diferencia del hormigón, no fraguan mediante un proceso natural de endurecimiento, sino mediante reacciones químicas de polimerización que producen una estabilidad artificial, permanente, casi indestructible —de ahí su uso industrial en vertederos y contenedores de residuos peligrosos, precisamente para “impedir la fuga” de sustancias que de otro modo se filtrarían en el entorno—. Esta imagen puede leerse como una versión química, más extrema aún que la del hormigón, de la misma lógica defensiva: el sujeto lírico se experimenta a sí mismo como un contenedor artificial de una sustancia peligrosa —presumiblemente, su propio sufrimiento psíquico— que debe ser sellada químicamente para que no se derrame sobre el mundo.

El poema culmina con una imagen de permanencia que se revela, en su propia formulación, como condena: «Eternamente permanezco, / conciencia enajenada, hastiada del segundero». La “sustancia perpetua” del título no es un logro sino una condena: la solidificación química del yo no produce estabilidad liberadora, sino “enajenación” y “hastío”, un tedio infinito frente al paso mecánico del segundero. Aquí se revela con claridad la ambivalencia bauniana que se anunciaba en el marco teórico: la solidez, lejos de ser deseable sin más, puede convertirse en su propia forma de prisión. Bauman advierte, en Modernidad líquida, que la modernidad sólida ofrecía certeza a costa de la libertad de movimiento; el poema de Martín Yáñez dramatiza exactamente ese coste, mostrando un yo que ha comprado la “sustancia perpetua” —la permanencia absoluta, la solidez química indisoluble— al precio de una conciencia enajenada que ya no puede fluir ni cambiar.

Resulta significativo, además, que el “segundero” —unidad mínima de la medición mecánica del tiempo— aparezca aquí como fuente de hastío, y reaparezca, como se verá más adelante, en otros poemas del libro (“Mejor imposible”, “Yonki de la jerarquía”) siempre asociado a una temporalidad mecánica, fragmentada, ajena a cualquier ritmo vital. Esta obsesión por el tiempo medido en unidades discretas —segundos, minutos exactos, cifras— constituye, como se desarrollará en el epígrafe dedicado a “Instante múltiplo”, una de las manifestaciones más claras de la categoría bauniana del “tiempo puntillista”: un tiempo que ya no fluye en una narrativa continua, sino que se experimenta como una sucesión de instantes discretos, inconexos entre sí, cada uno de los cuales exige del sujeto una adaptación inmediata sin relación necesaria con el instante anterior o el siguiente.

7. Emancipación líquida: la libertad sin anclaje del sujeto lírico

La primera categoría bauniana —la emancipación— designa, en la modernidad sólida, la conquista colectiva e institucional de la libertad: derechos laborales, sindicatos, marcos jurídicos estables que garantizaban al individuo un grado predecible de autonomía frente al poder. En la modernidad líquida, sostiene Bauman, esa emancipación colectiva se ha disuelto en una libertad estrictamente individual, desprovista de instrucciones de uso, que angustia tanto como libera: el individuo es “libre” de fracasar solo, sin red institucional que lo sostenga.

El poema “Sin servir”, que abre el libro, dramatiza con extraordinaria precisión esta forma paradójica de emancipación. El hablante lírico enumera, en una anáfora que estructura las tres primeras estrofas —«No hay nada que le pueda agradecer»—, todo lo que ha perdido a causa de “la maldita medicación”: «Mis ideas aparecen aturrulladas. / Me he convertido en un simplón» […] «he perdido mi superpoder. / Ya no dialogo con los muertos» […] «ni siquiera un instante de placer. / […] he olvidado lo que era poseer». La medicación —dispositivo médico-institucional que debería, en teoría, emancipar al sujeto de su sufrimiento— se revela aquí como una forma perversa de emancipación: libera al hablante de sus “voces” y de sus “pesadillas”, pero al precio de anular su singularidad, su capacidad de sentir placer, su relación imaginaria con “los muertos”.

El poema culmina con una declaración que invierte radicalmente la lógica terapéutica esperable: «soy áspero y un sin servir. / Las voces ya no me martirizan / y sin ellas prefiero morir». Esta paradoja —preferir la muerte a la ausencia del propio martirio— solo es comprensible dentro del marco bauniano de la emancipación líquida: la libertad que ofrece la medicación (liberarse de las voces) no es la libertad que el sujeto deseaba, porque llega desprovista de cualquier proyecto positivo que la haga significativa. Bauman señala en Modernidad líquida que la libertad moderna tardía es, con frecuencia, “una libertad de” (liberarse de algo) sin ser al mismo tiempo “una libertad para” (construir un proyecto propio): el hablante de “Sin servir” ha sido liberado de sus voces, pero no se le ha dado nada que sustituya el sentido —por perturbador que fuera— que esas voces le proporcionaban. De ahí que el título mismo del poema, “Sin servir”, funcione en dos registros simultáneos: sin servir a nadie (inutilidad social) y sin servir para nada (la propia medicación, la propia emancipación, no sirve, no cumple su función prometida).

Esta lectura se refuerza si se atiende al título de la segunda sección del libro, “El territorio”: tras la pérdida de anclaje que dramatiza “Sin servir”, el sujeto lírico se adentra en un espacio —”Latitud gótica”, con sus “perversas pesadillas” organizadas en “escalones” descendentes— que es, precisamente, el territorio sin mapa que Bauman atribuye a la libertad líquida: una emancipación que no llega acompañada de coordenadas, de manera que el sujeto emancipado se encuentra, paradójicamente, más perdido que cuando estaba sujeto a sus antiguas ataduras.

8. Individualidad y responsabilización: el fracaso como asunto privado

La segunda categoría bauniana, la individualidad, describe cómo en la modernidad líquida la construcción de la propia biografía —que antes se apoyaba en roles sociales heredados y relativamente estables (el oficio del padre, la clase social, la comunidad de origen)— se convierte en una tarea individual, permanente y sin garantías, cuyo éxito o fracaso recae exclusivamente sobre el individuo. Bauman denomina a este fenómeno la “individualización”, y advierte que produce una responsabilización desproporcionada: los problemas de origen estructural (precariedad laboral, desigualdad, enfermedad) se viven y se explican como fracasos personales.

Esta responsabilización desproporcionada del fracaso encuentra en Desde el Tártaro una de sus formulaciones más punzantes en el poema “Yonki de la jerarquía”, cuyo propio título convierte la jerarquía social en una sustancia adictiva. El poema describe una figura —posiblemente el propio sistema sanitario o laboral personificado— «estructuralmente densa, / alcaloide de piel rígida», que «cronometra la entropía, / disecciona tu mundo» y que «vomita la ciencia, falsea los números». Frente a esta figura implacable, el poema cierra con una fórmula que condensa, en apenas cuatro versos, toda la lógica bauniana de la responsabilización individual: «Aclamando a la jerarquía del más apto / logrará soportar el hormigón. / Raíces que trepan por la tiniebla, / definiendo lo sublime / del que sobrevive bajo el estrato. / Imagina que no puedes imaginar».

La expresión “jerarquía del más apto” evoca directamente el darwinismo social que subyace a buena parte del discurso neoliberal contemporáneo sobre el mérito individual: quien “sobrevive bajo el estrato” —es decir, quien logra soportar el peso del hormigón social que lo aplasta— lo hace, según esta lógica, por aptitud personal, no por circunstancias estructurales favorables. El poema, sin embargo, no adopta esta lógica de manera acrítica: la formula con una ironía sutil que se revela en el verso final, «imagina que no puedes imaginar», una paradoja lógica que señala precisamente el límite de la responsabilización individual: hay una imaginación —una capacidad de proyectar un futuro distinto— que el sistema mismo impide, y que el sujeto no puede convocar por mucho que se le exija “aptitud”.

Esta misma lógica de responsabilización se manifiesta, en clave más íntima, en “Sin servir”, donde el hablante interioriza el fracaso terapéutico como un rasgo personal —«soy áspero y un sin servir»—, sin que en ningún momento del poema se atribuya la responsabilidad al sistema médico, a la falta de alternativas de tratamiento o a cualquier factor externo. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, describe precisamente este mecanismo cuando señala que el sujeto de rendimiento contemporáneo, a diferencia del sujeto de obediencia foucaultiano, “no está sometido a nadie, mejor dicho, solo a sí mismo”, de modo que “la sociedad de rendimiento produce depresivos y fracasados” en lugar de “locos y criminales”. El hablante de Desde el Tártaro se experimenta consistentemente como fracasado —”sin servir”, incapaz de “soportar el hormigón”— sin que el poemario le ofrezca, ni una sola vez, la posibilidad de externalizar esa culpa hacia una estructura social o institucional: la individualidad líquida bauniana se cumple aquí con extremo rigor.

9. Tiempo y espacio líquidos: instantaneidad y desanclaje en Instante múltiplo

El poema “Instante múltiplo” constituye, dentro del corpus de Desde el Tártaro, la dramatización más extensa y más radical de la categoría bauniana del tiempo y el espacio líquidos. Bauman describe el tiempo de la modernidad tardía como “puntillista”: una sucesión de instantes discretos, cada uno separado de los demás, sin la continuidad narrativa que caracterizaba el tiempo de la modernidad sólida, orientado hacia metas de largo plazo. “Instante múltiplo” —cuyo título ya anuncia la paradoja de un instante que se multiplica, que se repite obsesivamente sin avanzar— estructura sus tres estrofas en torno a la reiteración de una única cifra: «38: / Ese es el número que mi mente / ha elegido para abstraerse».

El poema regresa, estrofa tras estrofa, a esa misma cifra —«38:»— como si el tiempo se hubiera detenido en un bucle que se repite sin desarrollo narrativo alguno: la segunda estrofa comienza «38: / Y vuelve el dígito a pavonearse»; la tercera, «38: / La mojigatería altanera»; y el poema culmina con la precisión casi burocrática de una hora exacta: «38: Son las 19:19». Esta obsesión numérica, que convierte el tiempo en una sucesión de cifras exactas y vacías de contenido narrativo, ejemplifica de manera casi didáctica lo que Bauman denomina la fragmentación puntillista del tiempo líquido: cada “38” es un instante idéntico a sí mismo, que no conduce a ningún otro instante, que no se inserta en ninguna historia.

El espacio, en este mismo poema, sufre una disolución paralela a la del tiempo. El hablante describe su propia percepción como un «caleidoscopio / monocromático, fantasmagórico, / carente de perspectiva», imagen que niega explícitamente la posibilidad de organizar el espacio en términos de profundidad, distancia o localización estable. Los objetos que pueblan el poema —«amebas / mercurianas», «occipitales / selváticos con humerales»— pertenecen a un espacio interno, corporal y mental, que se ha vuelto tan líquido como el tiempo: un espacio sin coordenadas fijas, sin arriba ni abajo, sin cerca ni lejos, comparable en su desorientación a los “no lugares” que Marc Augé describe en su antropología de la sobremodernidad, si bien trasladado aquí del espacio urbano al espacio interior de la conciencia.

Es notable, por último, el verso «que reproducirse automáticamente / con cualquier sacudida térmica repentina», que introduce en el poema la idea de un mecanismo involuntario, casi maquínico, que dispara el bucle temporal sin que medie voluntad alguna del sujeto: el tiempo líquido, en Desde el Tártaro, no es solo fragmentario, sino además incontrolable, sujeto a “sacudidas” externas —térmicas, sensoriales— que el hablante no puede prever ni gobernar. Esta pérdida de control sobre el propio tiempo interno es, quizás, la manifestación más inquietante de la liquidez bauniana en todo el poemario: no se trata solo de que el tiempo colectivo se haya fragmentado, sino de que el tiempo subjetivo, el que debería ser el último refugio de continuidad narrativa del yo, se ha vuelto también ajeno, automático, gobernado por un mecanismo que el propio hablante no reconoce como suyo.

10. El trabajo líquido y la sociedad del rendimiento: diálogo con Byung-Chul Han

La cuarta categoría bauniana, el trabajo, describe la transición desde el empleo estable y vitalicio de la modernidad sólida —una “carrera” que definía la identidad del individuo a lo largo de toda su vida— hacia la precariedad, la flexibilidad forzosa y la exigencia de adaptación permanente que caracterizan el mercado laboral líquido. Javier Pérez Wever, en su estudio sobre “la transición de la modernidad sólida a la líquida” en el pensamiento de Bauman (2019), subraya que esta transformación del trabajo no es meramente económica, sino que redefine la propia experiencia subjetiva del tiempo vital: quien ya no puede proyectar una carrera estable pierde también la posibilidad de proyectar un relato biográfico coherente.

Byung-Chul Han radicaliza este diagnóstico al describir, en La sociedad del cansancio, cómo el trabajo líquido no solo se ha vuelto precario en términos objetivos, sino que ha cambiado su propia lógica interna: de la “sociedad disciplinaria”, regida por el “no puedes” externo, hemos pasado a la “sociedad del rendimiento”, regida por el “puedes” positivo y autoimpuesto, en la que —cita textual de Han— “los sujetos de rendimiento son emprendedores de sí mismos” y en la que “la sociedad de rendimiento produce depresivos y fracasados” en lugar de “locos y criminales”. El sujeto de rendimiento, señala Han, “se encuentra en guerra consigo mismo”, una guerra que Han ilustra con la reinterpretación del mito de Prometeo: el águila que devora eternamente su hígado ya no es un castigo externo, sino la imagen misma de la autoexplotación.

Esta guerra íntima contra uno mismo es exactamente la que dramatiza “Mejor imposible”, uno de los poemas de mayor densidad material del libro. El hablante se describe «de rodillas ante el ángulo ciego», con «fatiga en el diafragma oxidado / que eyecta una voz de grava», y se compara a sí mismo con un mecanismo agotado: «Deforme cronometra el tiempo». El verso «cartílago atrófico que coloniza el torso: / ¿De qué sirve tu sed?» plantea, con una crudeza casi clínica, la pregunta que atraviesa toda la sociedad del rendimiento: ¿de qué sirve el deseo, la sed de vivir, si el cuerpo mismo se ha convertido en maquinaria oxidada e inservible? El poema culmina con una imagen de deshumanización explícita: «Soy un primate con la dentadura / arrancada y puesta en la palma. / Un autómata biológico / que ha olvidado su simetría».

El verso «El destino es un vehículo / averiado frente a la puerta de hierro» retoma, de manera notable, el vocabulario mecánico-industrial que atraviesa todo el poemario, y lo aplica esta vez directamente al concepto de destino: ni siquiera el destino —categoría que en la tradición lírica occidental suele representarse mediante imágenes cósmicas o naturales— escapa aquí a la lógica del rendimiento averiado, del mecanismo que ha dejado de funcionar. “Mejor imposible” es, en este sentido, el poema de Desde el Tártaro que mejor traduce en imágenes concretas la advertencia de Han: cuando el sujeto de rendimiento colapsa, no colapsa un sistema externo, sino su propia maquinaria interna, la que él mismo, creyéndose libre, había asumido como propia.

Es significativo, finalmente, el título irónico del poema —”Mejor imposible”—, que invierte la expresión coloquial habitual (usada normalmente para expresar satisfacción plena) para describir, en realidad, un estado de deterioro extremo: esta inversión irónica del lenguaje del bienestar —”mejor imposible” como descripción de lo peor— reproduce en miniatura la ironía estructural que Han identifica en la sociedad del rendimiento, donde el discurso de la positividad ilimitada («Yes, we can», en la formulación que el propio Han cita) convive, sin contradicción aparente, con una epidemia de agotamiento, depresión y fracaso subjetivo.

11. Comunidad líquida y sus simulacros: Planeta y la utopía imposible

“Planeta”, el poema más extenso de Desde el Tártaro y única pieza de la sección “La pieza mayor”, constituye el desarrollo más ambicioso del libro en torno a la quinta categoría bauniana: la comunidad. Bauman sostiene, en diversas obras, que la comunidad de la modernidad sólida —basada en la pertenencia incondicional, en el vínculo dado por nacimiento o proximidad— ha sido sustituida, en la modernidad líquida, por comunidades “de percha”, efímeras, elegidas y abandonables a voluntad, incapaces de ofrecer la seguridad incondicional que caracterizaba a la comunidad tradicional.

“Planeta” se abre con una pregunta que sitúa de inmediato la tensión entre lo imaginario y lo corporal: «¿Sueñas con tus palabras o prefieres mis caricias?». Esta pregunta inaugural plantea, en términos casi baunianos, la alternativa entre un vínculo mediado por el lenguaje —abstracto, potencialmente universal, pero también desencarnado— y un vínculo corporal directo, concreto pero limitado. El poema despliega a continuación una serie de imágenes de comunidad utópica que se formulan explícitamente como conjetura, no como certeza: «¿Utopía? Puede». Esta vacilación inicial —¿utopía o simple ensoñación?— es replicada estructuralmente por el estribillo que el poema repite, con variaciones mínimas, cinco veces a lo largo de su desarrollo: «Y cambió el romanticismo por una mortaja de azahar, / marchito y recurrente, / cuando su coraje peregrino se desvistió / del sonambulismo inducido / por el temblor del destino ajeno».

Este estribillo obsesivo, que convierte el romanticismo comunitario en una “mortaja” —imagen funeraria que asocia la utopía colectiva con la muerte, no con la vida— dramatiza con precisión el diagnóstico bauniano sobre la fragilidad de los vínculos líquidos: cada intento de construir un “nosotros” estable —el romanticismo, el coraje peregrino, la comunidad soñada— termina “marchito”, envuelto en una mortaja, incapaz de sostenerse frente al “temblor del destino ajeno”, es decir, frente a la imprevisibilidad radical que introduce la existencia del otro, cuya voluntad escapa siempre al control del sujeto que sueña con la comunidad.

Resulta especialmente significativo que el poema recurra, en tres ocasiones, a un procedimiento formal poco habitual dentro del propio libro: la cita entrecomillada con guillemets de frases que funcionan como consignas o profecías colectivas: «Y sin nos, y sin vos, y sin el rubor de nuestras mejillas»; «Pero son reales, y con el tiempo serán maravillas»; «Y el futuro será de ellos, porque suyos son los días». Estas tres frases, formalmente distinguidas del resto del poema mediante el uso de comillas angulares, funcionan como voces colectivas insertadas dentro del monólogo individual del hablante: son las promesas de una comunidad futura, casi mesiánica, que el poema cita —las pone entre comillas, las distancia levemente de la propia voz del hablante— sin llegar a asumirlas plenamente como propias. Este gesto de citar la utopía sin habitarla del todo reproduce, en el plano formal, exactamente la misma ambivalencia que Bauman detecta en la nostalgia comunitaria contemporánea: se añora la comunidad sólida, se la formula casi como consigna, pero no se dispone de los medios reales —ni sociales ni afectivos— para reconstruirla.

El poema cierra su recorrido —tras atravesar imágenes de “pirámides de glucosa”, “ríos de metano líquido” y un universo poblado de “idilios” que “sobrevivirán a las odiosas finanzas”— con una imagen final de comunidad reivindicativa, casi insurreccional: «Y sentirán el planeta en sus sienes / y las sienes como guardianes de él, / y aullarán y señalarán a quien / cambió el romanticismo por una mortaja de azahar». La comunidad soñada por “Planeta” no es, por tanto, una comunidad de pertenencia pacífica al modo de la sólida modernidad bauniana, sino una comunidad de agravio compartido: lo que une a esta colectividad imaginaria no es la tradición ni el territorio, sino la experiencia común de haber sido despojados del “romanticismo”, es decir, de la promesa comunitaria que la modernidad líquida ha convertido en mortaja.

12. Los no lugares de Marc Augé: geografías del anonimato en el poemario

Marc Augé define, en Los no lugares. Espacios del anonimato: una antropología de la sobremodernidad (1992), el “no lugar” como un espacio de tránsito —aeropuertos, autopistas, supermercados, habitaciones de hotel— que no genera identidad, relación ni historia, y en el que el individuo, ligado al espacio únicamente por una “relación contractual” transitoria (el billete, el ticket), experimenta un anonimato estructural que Augé describe, en la síntesis que ofrece la Fundación Arquitectura y Ciudad, como definido por “la superabundancia de acontecimientos, la superabundancia espacial y la individualización de las referencias”.

El poema “Desavenencias de un noctívago” constituye, dentro de Desde el Tártaro, la dramatización más extensa y más literal de esta experiencia de deambulación anónima por espacios sin arraigo. Compuesto como una sucesión de versículos en prosa poética —recurso formal infrecuente en el resto del libro, que privilegia mayoritariamente la estrofa breve—, el poema describe un itinerario nocturno urbano en el que el hablante «anduve despistado por calles y avenidas desiertas / mascullando preguntas erróneas», recogiendo «detritus / en parques solitarios» y destripando «argumentos adulterados de películas invisibles». Las calles, avenidas y parques que atraviesa el hablante no son, en ningún momento del poema, espacios identificables o particularizados —no hay un nombre de calle, ni un barrio, ni una ciudad reconocible—, sino, precisamente, no lugares en el sentido técnico de Augé: espacios genéricos de tránsito, intercambiables entre sí, definidos únicamente por la función de permitir el paso, no la permanencia.

El propio itinerario descrito en el poema desemboca en una imagen final de anonimato radical: «Continué por el camino ahora abierto / y salí de aquella sima de madrigueras infectadas», seguida de la constatación, en el fragmento que cierra la sección “El mundo exterior” en la página siguiente, de una geografía hostil e interminable: «Una ciudad se hacía eterna; un pueblo pisoteaba mi alma. / Frente a mí, kilómetros de penurias me aguardaban». Esta “ciudad eterna” que se extiende sin límite reconocible, esta sucesión de “kilómetros” que un “caminante” anónimo debe atravesar sin más objetivo que “conseguir ventaja”, reproduce con extraordinaria fidelidad la experiencia augeana del no lugar: un espacio que no ofrece arraigo, que se experimenta exclusivamente como tránsito obligado, sin que en ningún momento el hablante establezca una relación identitaria con el territorio que recorre.

Esta misma lógica de espacio genérico y anónimo reaparece, en clave más onírica y menos narrativa, en “Latitud gótica”, cuya estructura anafórica —«En el primer escalón a mis perversas pesadillas» […] «En el segundo escalón» […] «En el tercer escalón»— organiza el espacio interior del sueño como una sucesión de “escalones” idénticos entre sí en su función (todos conducen “a mis perversas pesadillas”), aunque distintos en su contenido imaginario. Esta escalera onírica, que culmina en el quinto escalón con la imagen de “Luzbel en selvática chimenea oxidada” antes de desembocar en el interior mismo de las pesadillas —«Una vez dentro de mis perversas pesadillas»—, funciona como un no lugar interior: un espacio de tránsito puramente funcional, sin identidad propia, cuya única característica relevante es conducir de un escalón al siguiente, sin que ninguno de ellos ofrezca al hablante un lugar de descanso o pertenencia.

El propio título del poemario, y la imagen central que le da nombre —el Tártaro—, puede leerse en última instancia como el no lugar por excelencia: un espacio que, según la propia nota del autor, “no pretende reproducir el mito clásico”, sino que funciona como “un lugar mental” de “descenso, resistencia y transformación”. Un lugar mental, precisamente por ser mental y no físico, carece de las coordenadas espaciales concretas que definirían un lugar en el sentido antropológico tradicional (identitario, relacional, histórico, en la terminología de Augé); el Tártaro de Martín Yáñez es, en este sentido preciso, un no lugar por definición: un espacio de paso —de “descenso” hacia algo, de “transformación” hacia otra cosa— que no ofrece, en sí mismo, ningún arraigo estable.

13. Amor líquido: la fragilidad de los vínculos en el poemario

En Amor líquido (2003), Bauman extiende su diagnóstico de la liquidez social al ámbito específico de los vínculos afectivos, señalando que estos se han vuelto simultáneamente más deseados —porque prometen alivio frente al aislamiento estructural de la vida líquida— y más temidos, porque cualquier compromiso duradero se percibe como una amenaza a la libertad de fluir hacia la siguiente conexión disponible. Esta ambivalencia constitutiva del amor líquido encuentra en Desde el Tártaro varias dramatizaciones precisas, que conviene analizar en su gradación, desde el vínculo fallido hasta el vínculo deseado pero irrealizable.

“Romance matemático fallido” desarrolla la fragilidad del vínculo mediante una elaborada metáfora geométrica y matemática que, lejos de ser un mero alarde de ingenio técnico, articula con precisión la imposibilidad estructural de la conexión afectiva. El poema describe a los dos amantes como «dos figuras excéntricas en paradoja sibilina» que terminan por convertirse, en el verso final, en «planos paralelos»: una imagen geométrica que, por definición, describe dos entidades que jamás pueden encontrarse, por mucho que se prolonguen indefinidamente en la misma dirección. Esta clausura geométrica de la posibilidad amorosa —«radicación última en mi deducción reflexiva pétrea»— traduce en términos matemáticos la advertencia bauniana sobre la fragilidad estructural del vínculo líquido: el amor, aquí, no fracasa por un motivo narrativo concreto (una traición, una distancia, un desamor progresivo), sino por una imposibilidad axiomática, casi geométrica, que estaba ya inscrita en la naturaleza “paralela” de los propios amantes desde el principio.

“Discordancia romántica” radicaliza esta fragilidad hasta el punto de disolver la propia identidad de los sujetos implicados en el vínculo. El poema se estructura como una serie de preguntas retóricas que cuestionan la naturaleza misma de la relación: «¿Qué unidad somos?, ¿quién eres? / ¿El alcaloide, el residuo, la mofa? / ¿Una anatomía ramplona? / ¿Un ensamblaje de despojos?». La incapacidad de nombrar con precisión qué “unidad” forman los dos sujetos del poema —¿son una sustancia química, un residuo, una broma, una anatomía cualquiera, un simple “ensamblaje” de partes sueltas?— es la manifestación más radical, en todo el poemario, de lo que Bauman denomina la fragilidad de los vínculos líquidos: ni siquiera la pregunta más elemental sobre la naturaleza del vínculo —qué somos juntos— encuentra respuesta estable.

El poema describe además esta relación en términos que combinan explícitamente el vocabulario técnico brutalista con el vocabulario informático: «Fuga perpetua / en transición pasajera. / Algoritmo arrítmico, / entropía sin tregua». La “fuga perpetua en transición pasajera” es, quizás, la formulación más precisa de todo el libro para la paradoja del amor líquido bauniano: un vínculo que se experimenta simultáneamente como perpetuo (fuga perpetua) y como transitorio (transición pasajera), sin que ambos términos logren resolverse en una síntesis estable. El poema cierra repitiendo, ahora sin signos de interrogación explícitos en la reiteración final pero manteniendo su tono de desconcierto, la misma pregunta inaugural: «¿Qué somos… quién eres?».

Frente a esta fragilidad estructural, “Unidos podíamos” formula, en clave de anhelo retrospectivo, la imagen de un vínculo que sí funcionó, aunque solo en el pasado y solo como posibilidad frustrada por un factor externo: «Deseé parar el tiempo / y al veneno que nos hizo sordos». El “veneno” que hizo sordos a los amantes —nunca identificado con precisión en el poema, lo que refuerza su carácter de amenaza difusa, característica del “miedo líquido” bauniano que se analizará en el epígrafe siguiente— es el elemento disruptivo que impidió la permanencia del vínculo. La estructura circular del poema, que cierra repitiendo casi literalmente los versos con los que se abre —«Deseé parar el tiempo. / Camisa a cuadros y lazos rojos. / Mi voz, tu sonrisa, un requiebro / y al veneno que nos hizo sordos»—, dramatiza formalmente la imposibilidad de progreso narrativo del deseo: el hablante desea, una y otra vez, en un bucle que no avanza, un vínculo que el propio poema presenta como ya perdido desde el primer verso.

14. Miedo líquido: la angustia difusa y el cuerpo médico como frontera

En Miedo líquido (2006), Bauman describe cómo la angustia contemporánea ha perdido el objeto concreto que la definía en épocas anteriores —el enemigo identificable, la amenaza nombrable— para convertirse en un temor difuso, omnipresente, sin forma definida, que impregna la totalidad de la experiencia cotidiana sin que el sujeto pueda localizar su origen exacto ni, por tanto, defenderse de él mediante estrategias concretas. Este miedo sin nombre encuentra en Desde el Tártaro varias formulaciones precisas, particularmente en los poemas que abordan la experiencia hospitalaria y clínica del cuerpo.

“Frecuencia de corte”, uno de los poemas más breves y más directos del libro, formula esta angustia difusa con una claridad casi expositiva: «El miedo es solo un fallo en el sistema, / pero el niño, / el niño es el único pulso real en este hospital de cables». La expresión “hospital de cables” convierte el espacio clínico en un entorno tecnificado, mecánico, en el que el miedo mismo se reduce a la categoría de “fallo” —un término tomado del vocabulario de la ingeniería de sistemas, no de la experiencia emocional humana—. Esta reducción del miedo a categoría técnica es, precisamente, la operación que Bauman describe: la angustia contemporánea se administra, se gestiona, se diagnostica como “fallo” susceptible de reparación, en lugar de reconocerse como una respuesta legítima ante una amenaza real y nombrable.

Frente a esta reducción técnica del miedo, el poema introduce un contrapunto de realidad radical: «el niño es el único pulso real». En un entorno dominado por cables, sistemas y fallos técnicos, el niño —presumiblemente un paciente pediátrico, aunque el poema no lo precisa, dejando abierta también la lectura del propio hablante infantilizado por la enfermedad— representa la única presencia que escapa a la lógica de gestión técnica del miedo: un “pulso real”, orgánico, frente a la artificialidad generalizada del entorno. El poema cierra con una imagen de rabia que se transforma en su propio contrario: «Rabia que muerde hasta los huesos, / hasta que el dolor se vuelve un chiste, / un eco, / una estridencia que, finalmente, / se dobla sobre sí misma». Esta transformación del dolor en “chiste”, en “eco” que se “dobla sobre sí misma”, anticipa el procedimiento de ironización del sufrimiento que se analizará en el epígrafe dedicado al poema “Riendo”.

“Al final de la escalera” desarrolla una angustia igualmente difusa, aunque de tonalidad más onírica que clínica, en la que el miedo se manifiesta a través de imágenes de colapso arquitectónico: «Donde colapsa la escalera / de luminarias escaldadas, / se filtran miradas auténticas / en fonemas calcinados». El colapso de la escalera —estructura que en el resto del libro (“Latitud gótica”) funciona como itinerario ordenado hacia las pesadillas— introduce aquí la posibilidad de que ni siquiera el itinerario del descenso ofrezca ya la certeza de un recorrido estable: la propia arquitectura del miedo, por así decirlo, se derrumba. El verso «Caninos heridos que evaden el cronómetro» reintroduce, en clave de amenaza física difusa —”escualos desdentados”—, la misma obsesión temporal mecánica que recorre todo el libro, sugiriendo que ni siquiera el tiempo medido con precisión (el cronómetro) puede contener ya la amenaza que el poema describe.

15. El cuerpo brutalista: materia bruta y sujeto de rendimiento

Susan Sontag advirtió, en Illness as Metaphor (1978), sobre los riesgos de metaforizar la enfermedad, señalando que ciertas metáforas —particularmente las de naturaleza bélica o punitiva— pueden agravar el sufrimiento del enfermo al cargarlo de connotaciones morales injustificadas. Elaine Scarry, en The Body in Pain (1985), complementó esta advertencia mostrando que el dolor extremo resiste, por su propia naturaleza, la verbalización, y que el lenguaje humano dispone de recursos limitados para nombrarlo con precisión. Desde el Tártaro se sitúa, respecto de estas dos advertencias, en una posición particular: no metaforiza la enfermedad en términos bélicos ni punitivos, como advertía Sontag, sino en términos estrictamente materiales e industriales, y precisamente por ello logra, en cierto sentido, sortear el problema que planteaba Scarry: el vocabulario de la construcción civil —hormigón, óxido, resina, encofrado— ofrece al hablante un repertorio de imágenes suficientemente concreto, suficientemente “bruto” en el sentido arquitectónico del término, como para nombrar una experiencia corporal que el lenguaje emocional convencional no lograría capturar.

David Le Breton, en Anthropologie de la douleur (1995), describe cómo la experiencia del dolor crónico transforma la relación del sujeto con su propio cuerpo, convirtiéndolo en un objeto ajeno, opaco, que debe ser gestionado desde fuera antes que habitado desde dentro. Esta objetivación del cuerpo propio encuentra en “Yonki de la jerarquía” una de sus formulaciones más radicales: el cuerpo del hablante —o, en una lectura alternativa igualmente sostenible por el propio texto, el cuerpo del sistema que lo oprime— se describe como «estructuralmente denso, / alcaloide de piel rígida», una imagen que fusiona la solidez arquitectónica (“estructuralmente denso”) con la dependencia química (“alcaloide”), sugiriendo que el propio cuerpo se ha convertido en una sustancia adictiva de la que el sujeto no puede desengancharse.

Reinaldo Bustos Domínguez, en su análisis del “aporte de David Le Breton” a la antropología del dolor (2000), subraya que Le Breton concibe el cuerpo doliente como un cuerpo que ha perdido su transparencia habitual y que se impone a la conciencia con una presencia insistente, casi tiránica. Esta tiranía de la presencia corporal se manifiesta en “Mejor imposible” mediante la imagen del “cartílago atrófico que coloniza el torso”: el verbo “colonizar” invierte la relación esperable entre sujeto y cuerpo, sugiriendo que no es el sujeto quien habita su cuerpo, sino el propio deterioro corporal quien ocupa, como un poder invasor, el espacio que antes pertenecía al sujeto.

Sergio Fernández Martínez, en sus estudios sobre “el cuerpo enfermo en la poesía española del siglo XXI” (2023) y sobre “el cuerpo sin órganos” en esa misma tradición poética, documenta una tendencia creciente en la lírica española contemporánea a representar el cuerpo doliente mediante imágenes de fragmentación y desmaterialización antes que mediante el lenguaje sentimental heredado de la tradición romántica. Desde el Tártaro se inscribe con precisión en esta tendencia, pero le añade un matiz distintivo: la fragmentación corporal no se metaforiza aquí mediante imágenes orgánicas de descomposición biológica (la herida, la sangre, el hueso desnudo), sino mediante el vocabulario específicamente industrial y arquitectónico del brutalismo —el hormigón, la resina, el estrato—, lo que sitúa a Martín Yáñez en un punto singular dentro de ese corpus contemporáneo: no describe un cuerpo que se pudre, sino un cuerpo que se ha convertido en material de construcción, sujeto a las mismas leyes de fatiga estructural y corrosión que un edificio brutalista.

Esta conjunción entre el sujeto de rendimiento de Byung-Chul Han y el cuerpo brutalista de Martín Yáñez alcanza su formulación más explícita en el verso final de “Yonki de la jerarquía”: «logrará soportar el hormigón». El cuerpo, aquí, no construye el hormigón que lo protege —como ocurría en “Hormigón crudo”—, sino que debe “soportarlo”, es decir, resistir el peso de una estructura externa que lo aplasta. Esta inversión —del cuerpo que construye hormigón al cuerpo que debe soportarlo— marca el punto de mayor pesimismo material de todo el poemario: el brutalismo poético, que en “Hormigón crudo” ofrecía al menos la ilusión de una defensa activa, se revela aquí como una carga puramente pasiva que el sujeto de rendimiento debe aprender a tolerar sin protesta, bajo la lógica implacable de la “jerarquía del más apto”.

16. La metamorfosis constante: identidad líquida y mutación química

El poema “La metamorfosis”, cuyo título remite inevitablemente a Kafka aunque desarrolle una imaginería propia y distinta de la del relato kafkiano, dramatiza con particular precisión la categoría bauniana de la individualidad líquida entendida como proceso permanente de transformación sin llegada definitiva. El poema se abre con una imagen de indeterminación radical: «Soy larva que se ignora en el sustrato, / un quiste en el tejido del tiempo ciego, / esperando la necrosis del miedo / para brotar en una forma nueva, informe».

Es crucial observar que la forma que ha de “brotar” tras la metamorfosis se describe explícitamente como “informe”: a diferencia de la metamorfosis biológica convencional, que produce una forma nueva pero estable y reconocible (la crisálida que se convierte en mariposa con alas definidas), la metamorfosis de Martín Yáñez no promete estabilidad formal alguna al final del proceso, sino una nueva indeterminación. Esta ausencia de forma final estable es la traducción poética más precisa, en todo el poemario, de lo que Bauman entiende por identidad líquida: un proceso de transformación permanente que nunca llega a fijarse en una identidad definitiva, porque la propia lógica de la modernidad líquida exige que el sujeto permanezca siempre disponible para la siguiente transformación.

El segundo movimiento del poema sustituye deliberadamente la imagen tradicional de la crisálida —la seda protectora del capullo— por un material médico-industrial: «No es seda lo que me envuelve en este rincón, / es una gasa impregnada de yodo y olvido, / un vendaje que oculta la mutación química / de quien se sabe, al fin, insecto de asfalto». La sustitución de la seda por la gasa impregnada de yodo desplaza el proceso de metamorfosis del registro biológico natural al registro clínico y farmacológico: la transformación del hablante no es un proceso vital espontáneo, sino una “mutación química” inducida, presumiblemente, por la propia medicación que en “Sin servir” se presentaba como agente de emancipación fallida. El sintagma final, “insecto de asfalto”, funde definitivamente la imaginería entomológica con el vocabulario urbano-industrial que domina el resto del poemario, y anuncia que el ser que ha de emerger de la metamorfosis no pertenecerá al mundo natural, sino al mundo construido, artificial, de la ciudad.

El poema cierra con una imagen de emergencia que combina, en apenas cuatro versos, la fragilidad extrema con la amenaza de colisión: «Saldré de aquí con alas de ceniza vibrante, / una efigie patética que boquea en el vacío, / dispuesto a chocar contra la luz artificial / de los que aún creen, ingenuos, en la cordura». Las “alas de ceniza” son, por definición material, alas que no pueden sostener el vuelo: la ceniza es precisamente el residuo de aquello que ya ha sido consumido por el fuego, de manera que estas alas anuncian, en su propia composición, el fracaso del vuelo que deberían hacer posible. La “luz artificial” contra la que el hablante se dispone a “chocar” pertenece al mismo campo semántico urbano-tecnológico que domina el resto del libro, y quienes creen “ingenuos” en la cordura son, implícitamente, quienes todavía sostienen la ficción de una identidad estable, sólida, que el propio poema —y con él, la tesis bauniana de la individualidad líquida— ha declarado ya imposible.

17. Discordancia romántica y el algoritmo como figura de la identidad líquida

Se ha señalado ya, en el epígrafe dedicado al amor líquido, cómo “Discordancia romántica” cuestiona la posibilidad de nombrar la “unidad” que forman los amantes. Corresponde ahora detenerse en un aspecto adicional de ese mismo poema, de particular relevancia para la tesis general de esta monografía: el recurso al vocabulario informático —«Algoritmo arrítmico, / entropía sin tregua»— para nombrar no ya el vínculo entre dos sujetos, sino la propia estructura interna del yo que habla.

El término “algoritmo”, procedimiento matemático de resolución de problemas mediante una secuencia finita y determinista de pasos, se aplica aquí a un proceso que se define, paradójicamente, como “arrítmico”: un algoritmo que no sigue ningún compás regular, que introduce el caos precisamente en el dominio —el cómputo, la lógica formal— que debería garantizar el mayor grado posible de orden y previsibilidad. Esta paradoja —el algoritmo que ha perdido su ritmo, es decir, su capacidad de repetirse de manera predecible— constituye una imagen extraordinariamente precisa de la identidad líquida bauniana entendida en su vertiente más contemporánea: el sujeto que se experimenta a sí mismo, en la era del cómputo generalizado, como un proceso algorítmico, pero un proceso que ha perdido la regularidad que se le presupone al algoritmo, y que por tanto genera únicamente “entropía sin tregua”, es decir, desorden creciente sin ningún punto de reposo.

Es pertinente subrayar que esta imagen del algoritmo arrítmico no aparece de manera aislada en el poemario, sino que se inserta en un campo semántico más amplio de vocabulario cibernético-informático que recorre, de forma discreta pero constante, todo el libro: el “registro” de “Sustancia perpetua”, el “receptor que procesa” y la “secuencia que huye” de “Septentrión” —«Usurpador del residuo mesiánico, / partitura de yodo, / reflejo degradado sin señal / sobre el opaco albor del silicio»—, y el “sistema” que “falla” en “Frecuencia de corte”. Este campo semántico informático constituye, dentro del brutalismo poético de Martín Yáñez, una variante tecnológica de la misma lógica material que domina el vocabulario de la construcción: así como el hormigón representa la solidez física que el yo pretende imponerse sin lograrlo del todo, el algoritmo representa la solidez lógica —la promesa de un procedimiento infalible, determinista, sin margen de error— que el yo tampoco logra sostener.

“Septentrión” merece una atención particular en este sentido, porque introduce, en su cierre, una imagen que funde explícitamente lo tecnológico con lo mortuorio: «Confirma el registro una vez más, / desarticula el mecanismo antes, / y congela mis extremidades, / y corre el sudario de acero tras de ti». El “sudario de acero” —fusión de la mortaja tradicional (sudario) con el material brutalista por excelencia (acero)— cierra el poema con una imagen que condensa, en dos palabras, la totalidad del argumento de esta monografía: la muerte misma, en Desde el Tártaro, no se representa mediante el vocabulario elegíaco tradicional, sino mediante el mismo material industrial que a lo largo de todo el libro ha intentado, sin éxito definitivo, contener la disolución líquida del yo.

18. Territorio baldío y la disolución en la nada

“Territorio baldío”, que abre la quinta sección del libro —”El regreso”—, marca un punto de inflexión decisivo en el itinerario del poemario: tras el recorrido por el fondo, el territorio de las pesadillas, el mundo exterior y la pieza mayor de “Planeta”, el hablante regresa a un espacio que, lejos de ofrecer la reconciliación que el título de la sección podría sugerir, se revela como el vacío definitivo. El poema se abre con una enumeración de accidentes geográficos degradados: «Terraplenes, barrancos y laderas escarpadas. / Me hastío, me pudro», seguida de una imagen de autopercepción disminuida: «Soy una sombra mal vestida / que languidece tras el lento tremular / del último suspiro de un candil imaginario».

El poema acumula, en sus estrofas centrales, una serie de adjetivos que describen al hablante en términos de exclusión social y moral radical: «Indecente, maldito, / apátrida y soez […] Odioso y odiado, / perdido y desatinado». El término “apátrida” resulta particularmente significativo dentro del marco teórico de esta monografía, porque describe con precisión jurídica la condición de quien carece de pertenencia estatal, de arraigo institucional reconocido: una imagen que traduce, en clave política y no solo emocional, la pérdida bauniana de comunidad estable que se ha analizado en el epígrafe dedicado a “Planeta”.

El poema culmina con una de las imágenes más despojadas de todo el libro: «Y me dejo caer. / El carrillón toca los cuartos. / La suerte está echada. / Miro por la ventana: / nada queda. / Nada. / Ni siquiera yo». La repetición del término “nada” —primero como predicado de una oración completa, después como palabra aislada que ocupa un verso entero— dramatiza mediante puro procedimiento formal la progresiva sustracción de contenido que describe: no solo el paisaje exterior se ha vaciado, sino que esa misma vacuidad termina por engullir al propio sujeto que mira, «ni siquiera yo». Este verso final constituye, dentro de la argumentación de esta monografía, la formulación más radical de la disolución líquida del yo bauniano: no se trata ya de una identidad fragmentada, fluida, en proceso de metamorfosis, sino de una identidad que se ha sustraído por completo, que ha desaparecido del propio campo de observación del hablante.

Es significativo que este vaciamiento absoluto se produzca precisamente en el poema que abre la sección titulada “El regreso”: el regreso al Tártaro, al lugar mental de origen, no trae consigo ninguna forma de reconciliación ni de solidez recuperada, sino la constatación de que, tras el itinerario completo del libro, no queda literalmente nada que pueda solidificarse ni disolverse. Este es el punto de mayor nihilismo del poemario, y prepara, por contraste, el desenlace paradójicamente más luminoso —aunque ambiguo— que ofrecerá el poema final, “Riendo”, que se analizará en el epígrafe siguiente.

19. Riendo: del hormigón al mar, el tránsito final de lo sólido a lo líquido

“Riendo”, último poema de Desde el Tártaro, cierra el libro con un movimiento que invierte, de manera deliberada y estructuralmente decisiva, la lógica brutalista que ha dominado la mayor parte del poemario: si el libro se abría con la promesa de solidez del hormigón, se cierra con la aceptación explícita del agua. El poema se abre con una imagen atmosférica de derretimiento: «Las nubes me dominan, / qué lejos queda el sol, / el cielo se derrite / quemando mi dolor». El verbo “derretirse”, aplicado aquí al cielo, anticipa ya, desde el primer verso, el tránsito hacia la liquidez que el poema desarrollará hasta su desenlace.

El poema plantea, a continuación, una pregunta que retoma el vocabulario de arraigo territorial que ha recorrido todo el libro: «¿Dónde queda el camino / de regreso a la raíz? / ¿Dónde queda la salida? / Que me quiero ir». La “raíz” —imagen de arraigo natural, orgánico, opuesta tanto al hormigón brutalista como a la liquidez amenazante— se busca aquí como posible destino, pero el poema no ofrece ninguna respuesta afirmativa a esta pregunta: el camino de regreso a la raíz permanece, hasta el final del poema, sin localizar.

La estrofa siguiente introduce una imagen de juego infantil que reintroduce, en clave lúdica, la angustia de la búsqueda: «Niños que se esconden, / los busco, ¿no los ves? / Escapo de este mundo, / cuento hasta diez». El juego del escondite —estructuralmente basado en la ocultación temporal y la posterior reaparición— ofrece un modelo de disolución reversible, mucho más benigno que las imágenes de disolución definitiva que dominaban “Territorio baldío”: aquí desaparecer no es un vaciamiento nihilista, sino una posibilidad de juego, de escape temporal seguido de reencuentro.

El poema culmina con la imagen que da sentido a todo el itinerario de esta monografía: «Huyo, persigo / y al final me tiendo / sobre un manto de nubes grises […] Sigo corriendo / y al final me tiendo / en los brazos del mar riendo». El desenlace del poemario entero se produce, literalmente, en el agua: “los brazos del mar” sustituyen, en el verso final del libro, cualquier posible refugio sólido —el hormigón, la resina, el polímero, el acero— por el elemento líquido por excelencia. Y ese tránsito final a la liquidez no se presenta en clave trágica, como cabría esperar de un poemario que ha construido, a lo largo de casi cincuenta páginas, una defensa brutalista contra la disolución, sino en clave de risa: “riendo” es la última palabra del poema, reforzada además por la coda final entre paréntesis que cierra literalmente el libro: «(riendo): como loco que se lleva el tiempo / (riendo): riendo de todo / (riendo): como alma que esquiva al diablo / (riendo)…».

Esta coda final —el paréntesis “(riendo)” repetido cuatro veces, la última de ellas incompleta, suspendida en puntos suspensivos— constituye el cierre más ambivalente, y por ello más fiel al espíritu bauniano, de todo el poemario. La risa que “esquiva al diablo” y que se lleva “como loco” el tiempo no resuelve la tensión entre solidez y liquidez que ha estructurado todo el libro, sino que la desplaza a un registro tonal distinto: ya no se trata de resistir la disolución mediante hormigón, ni de lamentarla como pérdida irreparable, sino de asumirla —de “reírse” de ella— como el único desenlace disponible. El brutalismo poético de Desde el Tártaro, que a lo largo de todo el libro había intentado erigir superficies de hormigón crudo contra la amenaza líquida, se rinde, en su verso final, al agua; pero lo hace, significativamente, riendo, no llorando: una ambivalencia final que es, en sí misma, la más precisa traducción poética posible del diagnóstico bauniano sobre la modernidad líquida, que —como se señaló en el marco teórico— nunca es solo pérdida ni solo liberación, sino ambas cosas a la vez.

20. Discusión: ¿denuncia o asunción? Desde el Tártaro entre dos modernidades

Llegados a este punto, conviene plantear de manera explícita una pregunta que ha recorrido implícitamente toda esta monografía: ¿es Desde el Tártaro un poemario que denuncia la disolución líquida de las certezas sólidas —comunitarias, temporales, afectivas, corporales— añorando su recuperación, o es, por el contrario, un poemario que termina asumiendo esa disolución como el único horizonte posible, incluso como una forma paradójica de liberación? La respuesta que propone esta monografía es que el libro no puede leerse de manera unívoca en ninguno de los dos sentidos, y que precisamente esa irresolución constituye su mayor fidelidad al diagnóstico bauniano, que —conviene repetirlo— nunca presenta la modernidad líquida como un fenómeno simplemente negativo ni simplemente positivo.

El itinerario completo del poemario, desde “El fondo” hasta “El regreso”, puede describirse como un movimiento pendular entre dos polos: por un lado, el intento activo de construir solidez —el hormigón de “Hormigón crudo”, la resina de “Sustancia perpetua”, la gasa impregnada de yodo de “La metamorfosis”— como defensa contra una liquidez interior que se experimenta como amenaza; por otro lado, la constatación reiterada de que esa solidez es siempre provisional, siempre agrietada, siempre sujeta a fatiga y corrosión —la “grieta que intenta ser verso”, el óxido de las vigas, la ceniza de las alas—. El poemario no resuelve esta tensión en ningún momento hacia uno solo de los dos polos: ni el hormigón triunfa de manera definitiva, ni la disolución líquida se presenta como catástrofe absoluta.

Esta ambivalencia estructural permite proponer una hipótesis complementaria sobre la función del “brutalismo poético” en el conjunto de la obra: no se trata de un procedimiento meramente defensivo, destinado a fracasar, sino de un procedimiento de duelo. Construir hormigón alrededor de una experiencia —la enfermedad, la soledad afectiva, la precariedad laboral, el miedo difuso— es, en cierto sentido, una manera de dotarla de forma, de darle un contorno reconocible, aunque ese contorno esté condenado a agrietarse. El brutalismo poético de Martín Yáñez no promete, en ningún momento, una solidez que resista indefinidamente; ofrece, en cambio, el tiempo necesario para que el sujeto lírico elabore, verso a verso, poema a poema, sección a sección, su propio tránsito hacia la aceptación final de la liquidez que el poema “Riendo” dramatiza en su desenlace.

Es pertinente, en este punto, retomar la advertencia de Eva Illouz sobre el “capitalismo emocional”: Illouz señala que la cultura terapéutica contemporánea ha convertido el lenguaje de la gestión emocional —diagnosticar, procesar, superar— en el marco casi obligatorio para narrar cualquier experiencia de sufrimiento. Desde el Tártaro, notablemente, evita en gran medida ese lenguaje terapéutico explícito: no hay, en todo el poemario, ninguna referencia a “procesos de sanación”, a “resiliencia” o a cualquiera de los términos que la cultura terapéutica contemporánea ha popularizado. En su lugar, el libro recurre al vocabulario brutalista de la construcción, que —a diferencia del lenguaje terapéutico, orientado siempre hacia la superación positiva— no promete ninguna resolución feliz, sino simplemente la posibilidad de construir una forma, por precaria que sea, capaz de contener, durante un tiempo, lo que de otro modo se derramaría sin control.

Por último, conviene señalar que esta lectura bauniana de Desde el Tártaro no agota, ni pretende agotar, las posibles aproximaciones críticas al poemario. Las investigaciones paralelas dedicadas a este mismo libro —centradas respectivamente en la sintaxis técnica del verso, en la metáfora industrial de la enfermedad crónica, o en el léxico de precisión que lo emparenta con otras corrientes de la poesía contemporánea— iluminan aspectos del texto que esta monografía roza solo tangencialmente. Lo que esta investigación aporta, de manera específica, es la demostración de que el aparato conceptual bauniano —y sus desarrollos posteriores en Han, Illouz y Augé— no se limita a describir, desde fuera, un fenómeno sociológico ajeno a la literatura, sino que encuentra en Desde el Tártaro una dramatización poética interna, coherente y sostenida a lo largo de las cinco secciones del libro, que merece ser reconocida como una de las claves estructurales más productivas para su lectura crítica.

Conclusiones

Esta monografía ha sostenido, a lo largo de veinte epígrafes, que Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez, puede leerse con notable precisión hermenéutica a través del aparato conceptual que Zygmunt Bauman desarrolló bajo el término “modernidad líquida”, y que esa lectura se articula, en el plano estrictamente poético, mediante un procedimiento que aquí se ha propuesto denominar “brutalismo poético”: una escritura que despliega, sin disimulo retórico, un léxico técnico e industrial —hormigón, resina, polímero, acero, encofrado— para erigir superficies de solidez defensiva frente a una experiencia subjetiva de disolución, fragmentación y liquidez que el poemario dramatiza en prácticamente todos sus veintiún poemas.

Se ha mostrado que las cinco categorías que Bauman identifica como constitutivas de la experiencia líquida —emancipación, individualidad, tiempo y espacio, trabajo y comunidad— encuentran en el libro correlatos textuales precisos y verificables: la emancipación fallida de “Sin servir”, que libera al hablante de sus voces solo para privarlo de sentido; la individualidad responsabilizada de “Yonki de la jerarquía”, que convierte el fracaso social en aptitud personal insuficiente; el tiempo puntillista de “Instante múltiplo”, fragmentado en una cifra que se repite sin avanzar; el trabajo del rendimiento de “Mejor imposible”, que dramatiza la autoexplotación descrita por Byung-Chul Han; y la comunidad de percha de “Planeta”, que formula la utopía colectiva como “mortaja de azahar” incapaz de sostenerse frente al “temblor del destino ajeno”.

A estas cinco categorías centrales se han sumado tres desarrollos complementarios de particular productividad para la lectura del poemario: el “amor líquido” que Bauman describe en su obra homónima, dramatizado en la imposibilidad geométrica de “Romance matemático fallido” y en la disolución identitaria de “Discordancia romántica”; el “miedo líquido”, angustia sin objeto concreto que atraviesa “Frecuencia de corte” y “Al final de la escalera”; y los “no lugares” de Marc Augé, geografías de tránsito anónimo que estructuran tanto el itinerario urbano de “Desavenencias de un noctívago” como la escalera onírica de “Latitud gótica” y, en última instancia, el propio Tártaro que da título al libro, definido por su autor como “lugar mental” antes que como territorio identitario estable.

El análisis detallado de “Hormigón crudo” y “Sustancia perpetua” ha permitido establecer que el brutalismo poético de Martín Yáñez no es un procedimiento meramente estilístico ni un exhibicionismo léxico gratuito, sino una estrategia de contención con una lógica interna coherente: cada superficie de hormigón, resina o polímero que el poemario erige contiene, desde su primera formulación, la grieta, la corrosión o el hastío que finalmente la atraviesa. El sujeto lírico de Desde el Tártaro no se identifica, en ningún momento decisivo del libro, con el material sólido que lo rodea, sino con la fisura que ese material no logra sellar: “una grieta que intenta ser verso”, en la fórmula exacta que cierra el poema que da nombre al procedimiento crítico propuesto en esta investigación.

El recorrido por las cinco secciones del libro —”El fondo”, “El territorio”, “El mundo exterior”, “La pieza mayor” y “El regreso”— ha permitido además identificar una estructura macrotextual que reproduce, a escala del libro entero, la misma tensión que se despliega poema a poema: un descenso inicial hacia el fondo sólido y sedimentario del Tártaro, un tránsito por territorios de pesadilla y mundo exterior anónimo, la expansión utópica y frustrada de “Planeta”, y finalmente un regreso que, lejos de recuperar la solidez perdida, desemboca en el vaciamiento radical de “Territorio baldío” —”nada queda. / Nada. / Ni siquiera yo”— para resolverse, en el poema final, “Riendo”, en una imagen de disolución explícitamente líquida y explícitamente acuática: los “brazos del mar” que acogen al hablante en el verso que cierra el libro.

Esta clausura en el agua, lejos de contradecir la tesis central de esta monografía, la confirma de la manera más elocuente posible: un poemario que ha desplegado, durante casi cincuenta páginas, todo un arsenal de materiales brutalistas —hormigón, acero, resina, polímero— para resistir la disolución, termina rindiéndose, en su verso final, precisamente al elemento líquido por antonomasia. Y lo hace, de manera decisiva para la interpretación global de la obra, no en clave de derrota trágica, sino “riendo”: una ambivalencia tonal final que reproduce con extraordinaria fidelidad el diagnóstico bauniano sobre la modernidad líquida, que nunca se presenta, en la obra del sociólogo polaco, como pérdida pura ni como liberación pura, sino como ambas cosas a la vez, indisolublemente entrelazadas.

Se ha propuesto, como aportación metodológica original de esta investigación, el término “brutalismo poético” para designar este procedimiento de escritura, definido por tres rasgos que se han verificado sistemáticamente a lo largo del corpus: la exhibición sin disimulo de un léxico técnico e industrial ajeno al decoro lírico convencional; una voluntad de “sinceridad constructiva”, en el sentido que Reyner Banham atribuye al brutalismo arquitectónico, que privilegia la exposición directa del material verbal sobre la ornamentación retórica; y una función defensiva que, sin embargo, se revela sistemáticamente fallida, de manera que el propio fracaso de la solidez —la grieta, el óxido, la ceniza— se convierte en el verdadero objeto de la escritura poética. Esta categoría, formulada aquí por primera vez en relación con la obra de Iván Martín Yáñez, podría resultar productiva para el análisis de otros corpus de la poesía española contemporánea que recurren de manera sistemática al vocabulario técnico e industrial para nombrar experiencias de fragilidad subjetiva, y queda propuesta como línea de investigación futura.

Conviene, finalmente, subrayar que esta lectura no agota el poemario ni pretende sustituir otras aproximaciones críticas legítimas al mismo corpus, centradas en su sintaxis técnica, en su tratamiento de la enfermedad crónica o en su posición dentro de la tradición de la poesía de precisión contemporánea. Lo que esta monografía ha querido demostrar, de manera específica y verificable a través del análisis detallado de los veintiún poemas del libro, es que el aparato conceptual de Zygmunt Bauman —completado con los desarrollos de Byung-Chul Han sobre la sociedad del rendimiento, de Eva Illouz sobre el capitalismo emocional y de Marc Augé sobre los no lugares de la sobremodernidad— no se limita a describir, desde la sociología, un fenómeno ajeno a la literatura, sino que encuentra en Desde el Tártaro una dramatización poética rigurosa, sostenida y formalmente coherente, que convierte a este poemario en un testimonio lírico particularmente lúcido de la experiencia contemporánea de la liquidez, escrito, significativamente, en el lenguaje más sólido y más bruto que la lengua española pone a disposición de quien escribe: el lenguaje del hormigón armado.

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Autor/a: Andrés Ignacio García Pérez-Tomás

DOI / Zenodo: https://zenodo.org/uploads/21362769

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Léxico técnico y poesía contemporánea: Martín Yáñez frente a la poesía de la precisión

LÉXICO TÉCNICO Y POESÍA CONTEMPORÁNEA: MARTÍN YÁÑEZ FRENTE A LA POESÍA DE LA PRECISIÓN

Ángela Isabel de Claudia Soneira

Crítica e investigadora literaria independiente

ORCID: 0009-0006-7247-1052

1. Introducción

Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez (Editorial Poesía eres tú, 2026), despliega a lo largo de sus veintiún poemas un campo léxico técnico particularmente denso: términos procedentes de la ingeniería civil (hormigón, encofrado, vigas, fraguar), de la química (polímero, resina, alcaloide), de las matemáticas (elipse, radicación, teorema, cifra significativa) y de la informática (algoritmo, registro, sistema, procesa). Este artículo se propone examinar ese repertorio léxico a la luz de una tendencia identificable, aunque heterogénea, dentro de la poesía española contemporánea: la incorporación sistemática de vocabulario científico-técnico al discurso lírico, tendencia que aquí se denomina, de manera operativa y no como escuela cerrada ni etiqueta oficialmente consagrada, “poesía de la precisión”.

El término se propone por analogía con el sentido que el Diccionario de la Real Academia Española atribuye a “precisión” —”determinación, exactitud, puntualidad, concisión”— y designa, en el uso que aquí se le da, un conjunto de prácticas poéticas contemporáneas que comparten la voluntad de incorporar al poema el léxico y, en ocasiones, el propio método de las disciplinas científicas y técnicas, buscando en la exactitud del término especializado una vía de conocimiento poético distinta de la vaguedad connotativa que domina buena parte de la tradición lírica heredada. Esta monografía toma como referentes de esa tendencia, documentados por la crítica académica reciente, los casos de Agustín Fernández Mallo (físico y poeta, creador de la “Postpoesía”), Clara Janés (cuya obra tardía incorpora el pensamiento pitagórico y la física cuántica), David Jou (físico catedrático y poeta catalán) y María Cegarra Salcedo (química de profesión, poetisa murciana estudiada por Pilar Díez de Revenga Torres).

La pregunta central de este artículo es la siguiente: ¿participa Desde el Tártaro de esta misma lógica de precisión —el léxico técnico puesto al servicio de un conocimiento más exacto de la realidad—, o realiza, por el contrario, una operación distinta, incluso opuesta, en la que el vocabulario científico-técnico no ilumina ni precisa nada, sino que se convierte en síntoma de una obsesión, de un colapso o de una incomunicación que la precisión terminológica, paradójicamente, no hace sino agravar? Se sostendrá que Martín Yáñez comparte con la poesía de la precisión el repertorio léxico, pero invierte su función: donde Fernández Mallo, Janés o Jou emplean la ciencia para ensanchar el conocimiento poético del mundo, Martín Yáñez la emplea para nombrar, con la mayor exactitud posible, la imposibilidad de conocer, de comunicarse o de sanar.

El corpus de este artículo es el poemario completo de Martín Yáñez, con atención particular a los poemas de mayor densidad léxica técnica: “Instante múltiplo”, “Romance matemático fallido”, “Discordancia romántica”, “Septentrión”, “Hormigón crudo”, “Sustancia perpetua”, “Yonki de la jerarquía” y “Mejor imposible”. Se recurre, como marco crítico complementario, a la distinción que Pilar Díez de Revenga Torres establece entre “lengua técnica”, denotativa y unívoca, y “lengua literaria”, connotativa y afectiva, así como al procedimiento formalista de “desautomatización” descrito por Víktor Shklovski, que permite explicar por qué el léxico técnico, trasplantado al poema, recupera una capacidad de extrañamiento que su uso profesional cotidiano le había arrebatado.

2. El campo semántico técnico en Desde el Tártaro: un inventario

Antes de proceder al análisis comparativo, conviene establecer con precisión —valga la insistencia en el término— el inventario del léxico técnico que recorre el poemario, organizado por campos disciplinares. Del campo de la construcción y la ingeniería civil proceden: “hormigón”, “encofrado”, “vigas”, “fraguando”, “columna” (en “Hormigón crudo”); “estrato” (en “Yonki de la jerarquía”); “estructural” (en el mismo poema y en “Discordancia romántica”, donde se habla de “anatomía ramplona” y “ensamblaje de despojos”, vocabulario próximo al montaje mecánico). Del campo de la química y los materiales sintéticos: “resina”, “polímero”, “vertedero” (en “Sustancia perpetua”); “alcaloide” (en “Yonki de la jerarquía” y en “Discordancia romántica”); “silicio” (en “Septentrión”).

Del campo de las matemáticas y la geometría: “elipse hecha de cobre”, “antónimo de una serie de teoremas elegantes”, “combinatoria”, “cifra significativa”, “proporción divina”, “radicación última” y “deducción reflexiva pétrea” (todo ello concentrado en el breve poema “Romance matemático fallido”). Del campo de la informática y la cibernética: “algoritmo arrítmico”, “entropía sin tregua” (“Discordancia romántica”); “registro”, “receptor que procesa”, “secuencia”, “reflejo degradado sin señal” (“Septentrión”); “el miedo es solo un fallo en el sistema” (“Frecuencia de corte”). Del campo de la medicina clínica: “isquemia del terror”, “córnea”, “cavidades hambrientas” (“Al final de la escalera”); “cartílago atrófico”, “autómata biológico”, “simetría” (“Mejor imposible”); “necrosis”, “mutación química” (“La metamorfosis”).

Este inventario revela, en primer lugar, que el recurso al léxico técnico en Desde el Tártaro no se limita a un único campo disciplinar, como ocurre en buena parte de los casos que la crítica ha estudiado bajo la etiqueta de poesía científica —Jou, especializado casi en exclusiva en física y cosmología; Janés, en matemáticas y misticismo pitagórico—, sino que combina, en un mismo poemario e incluso dentro de un mismo poema, vocabulario de la construcción, la química, las matemáticas, la informática y la medicina. Esta heterogeneidad disciplinar constituye, como se argumentará en los epígrafes siguientes, uno de los rasgos distintivos de la propuesta de Martín Yáñez frente a sus posibles referentes dentro de la poesía de la precisión: no elige una disciplina como sistema de pensamiento privilegiado, sino que recorre varias, como si ninguna bastara por sí sola para nombrar la experiencia que el poemario quiere transmitir.

Es significativo, en segundo lugar, que este vocabulario técnico no aparezca nunca en el poemario acompañado de su correspondiente aparato explicativo o divulgativo: a diferencia de lo que ocurre en la poesía de Jou —que en ocasiones incluye notas o dedica poemarios enteros a la exposición de un concepto físico concreto, como en Iniciación al mundo cuántico— o de Fernández Mallo —cuya obra ensayística Postpoesía desarrolla explícitamente el marco teórico que sus poemas presuponen—, Martín Yáñez no ofrece al lector ninguna clave de lectura científica: el término técnico aparece desnudo, sin glosa, confiando en que su extrañeza misma —y no su correcta comprensión conceptual— produzca el efecto poético buscado. Esta ausencia deliberada de aparato divulgativo será, como se verá, uno de los indicios más claros de que la función del léxico técnico en Desde el Tártaro difiere radicalmente de la que cumple en los casos canónicos de la poesía de la precisión.

3. La “poesía de la precisión”: una categoría operativa para la poesía española contemporánea

Raquel Lanseros, en su estudio “Ciencia en verso: una aproximación a la asimilación de la ciencia en la poesía española contemporánea” (2020), constata que “los avances científicos y tecnológicos de nuestra era forman parte de la cotidianidad de millones de personas” y que “el lenguaje científico y tecnológico se hace hueco diario en los medios de comunicación”, fenómeno que, según su análisis, se refleja también en la poesía española actual a través de autores como David Jou, Javier Moreno, Agustín Fernández Mallo o Ana Tapia. Esta constatación empírica —realizada desde la filología, no desde la crítica impresionista— permite fundamentar la existencia de una tendencia real, verificable, dentro de la poesía española contemporánea, que aquí se agrupa bajo la etiqueta operativa de “poesía de la precisión”: no como movimiento organizado con manifiesto propio, sino como conjunto de prácticas poéticas afines por su recurso sistemático al léxico y, en ocasiones, al método de las ciencias exactas y naturales.

Luis Correa-Díaz, en su estudio sobre “ciencia/tecnología/sociedad media(lizada) en la poesía española contemporánea” (2020), documenta esta misma tendencia desde una perspectiva más amplia, situándola dentro del proceso general de mediatización tecnológica de la sociedad contemporánea. Pilar Díez de Revenga Torres (2003), por su parte, ofrece el marco teórico más preciso para distinguir la lengua técnica de la lengua literaria: la primera, señala, “es un instrumento de comunicación formal y funcional entre especialistas de una determinada materia”, denotativa y tendencialmente unívoca; la segunda, “connotativa”, está “cargada de afectividad” y “sirve para exteriorizar emociones”. La poesía de la precisión, en cualquiera de sus variantes, se caracteriza precisamente por tender un puente entre ambos registros: incorpora términos de la lengua técnica —unívocos, denotativos, especializados— al discurso literario, buscando que esa misma univocidad terminológica genere, por contraste con el uso poético habitual, un efecto de extrañamiento o de precisión emocional antes inexistente.

El caso paradigmático de esta operación es el que analiza Díez de Revenga Torres en la obra de María Cegarra Salcedo, química de profesión y poetisa murciana, cuya escritura incorpora vocabulario minero y químico de su entorno biográfico y profesional inmediato: “amapolas de sílice”, cita textualmente Díez de Revenga Torres, se comprende plenamente solo si se sabe que el sílice es un mineral, que es un tipo de ópalo y que puede presentarse en color rojo. La incorporación del léxico técnico en Cegarra Salcedo no es, por tanto, un capricho estilístico, sino la expresión literaria directa de un mundo vivido, profesional y biográficamente próximo a la autora: la química no es, para Cegarra Salcedo, adorno retórico, sino experiencia cotidiana que reclama expresión poética con sus propios términos.

Esta misma lógica de proximidad biográfica entre disciplina técnica y escritura poética se repite en los casos de David Jou (físico catedrático que declara en su autobiografía haber tenido “una certa facilitat pel pensament abstracte” que lo decantó “per una poesia més aviat metafísica, en la qual conflueixen la ciència i la religió”) y de Agustín Fernández Mallo, quien en entrevista concedida a La Tercera (2018) afirma explícitamente: “desde que empecé a estudiar ciencias veía que en ellas había algo estético, cierta belleza, y he tratado de reflejarlo en mis novelas y poemas”, y añade que, para él, “la actitud del poeta y la del científico es la misma: redefinir lo que hasta ese momento creíamos estable y cerrado”. En los tres casos —Cegarra Salcedo, Jou, Fernández Mallo—, el léxico técnico entra en el poema porque el poeta es, de manera literal y biográficamente verificable, practicante de la disciplina científica de la que ese léxico procede: la precisión terminológica refleja una precisión vital, profesional, de conocimiento efectivo de la materia nombrada.

4. Física, ingeniería y poesía: Agustín Fernández Mallo y la Postpoesía

Candelas Gala, en su monografía La emboscada postpoética de Agustín Fernández Mallo: física, cognición, contemporaneidad, entropía (2021), analiza cómo la propuesta de “Postpoesía” del físico y poeta gallego busca “recobrar un lenguaje enlazado con la materia y renovar su valor cognitivo” mediante derivas que ponen la poesía en diálogo directo con la física, particularmente con la física cuántica de Heisenberg y Bohr. Carlos Gámez Pérez (2020) complementa este análisis situando el llamado Proyecto Nocilla —la trilogía narrativa de Fernández Mallo— dentro del “giro afectivo” de la teoría cultural contemporánea, y subraya que “es el tratamiento de la ciencia que hace el autor lo que nos permite considerar su trilogía como una obra afectiva”.

Lo relevante, para los efectos de este artículo, es que en Fernández Mallo el vocabulario científico —el principio de incertidumbre de Heisenberg, la complementariedad de Bohr, la entropía termodinámica— cumple una función explícitamente cognitiva y epistemológica: sirve para pensar, mediante metáfora productiva, la condición del sujeto contemporáneo, la naturaleza fragmentaria de la identidad posmoderna, la interconexión en red de la experiencia global. La propia declaración del autor, recogida en la entrevista de La Tercera, resulta elocuente: “la metáfora es un fundamental mecanismo de conocimiento del mundo y de creación de mundo, también las ciencias se valen de las metáforas para construir su corpus más sólido”. La ciencia, para Fernández Mallo, no es un repertorio de imágenes decorativas, sino un instrumento de conocimiento que la poesía puede y debe compartir.

Frente a esta función cognitiva explícita, el léxico técnico de Desde el Tártaro no articula, en ningún momento del poemario, una reflexión epistemológica sobre la naturaleza de la realidad comparable a la que Fernández Mallo desarrolla en torno a la incertidumbre cuántica o la entropía termodinámica. El “algoritmo arrítmico” de “Discordancia romántica” no ilumina ninguna propiedad general de los sistemas computacionales, ni el “hormigón” de “Hormigón crudo” reflexiona sobre la resistencia de materiales como disciplina: en ambos casos, el término técnico se aplica directamente y sin mediación teórica a la experiencia subjetiva del hablante, sin que el poema se detenga a extraer de esa aplicación ninguna conclusión sobre la disciplina de origen. Esta ausencia de reflexión metacientífica constituye la primera diferencia sustantiva entre el procedimiento de Martín Yáñez y el de Fernández Mallo: donde este último piensa la física para pensar el mundo, aquel usa el vocabulario de varias disciplinas técnicas para nombrar, sin pretensión reflexiva alguna, un estado interior de colapso.

5. Matemáticas y misticismo numérico: Clara Janés y el pitagorismo poético

Felix K. E. Schmelzer, en “Los versos pitagóricos de Clara Janés” (2018), analiza cómo la poesía tardía de la autora madrileña incorpora el pensamiento matemático, en particular la tradición pitagórica, para “insinuar el misterio inefable de la creación que, en última instancia, también designa la creación poética”. En Janés, según muestra Schmelzer, el número no es un signo vacío de significado espiritual, sino, por el contrario, el vehículo privilegiado de una experiencia mística y cosmológica: la exactitud matemática se pone al servicio de la insinuación de un misterio que trasciende, precisamente, la propia exactitud.

Esta función mística y trascendente del número en Janés contrasta de manera elocuente con el tratamiento que Desde el Tártaro reserva a las matemáticas. En “Instante múltiplo”, el número —”38″— no remite a ningún misterio cósmico ni a ninguna tradición filosófica, sino que funciona, según el propio poema declara, como un mecanismo de evasión mental ante el sufrimiento: «Ese es el número que mi mente / ha elegido para abstraerse / mientras intento ignorar / los ladridos discordantes». El número se repite obsesivamente —«38: / Y vuelve el dígito a pavonearse»; «38: / La mojigatería altanera»— hasta culminar en la precisión casi administrativa de una hora exacta: «38: Son las 19:19». Esta precisión numérica extrema —la hora exacta, con sus dos puntos y sus cuatro cifras— no insinúa ningún misterio inefable, como en Janés, sino que documenta, con la exactitud de un parte clínico, el instante preciso de un colapso mental que se repite sin desarrollo ni trascendencia.

“Romance matemático fallido” desarrolla una operación similar con el vocabulario geométrico: «Sumido en una indefinición de valores, / arrastrado por una elipse hecha de cobre, / antónimo de una serie de teoremas elegantes». Aquí el poema invoca explícitamente la elegancia matemática —los “teoremas elegantes”— solo para declararse su “antónimo”: el hablante no participa de la armonía formal que la matemática promete, sino de su contrario, una “indefinición de valores” que ninguna ecuación puede resolver. El poema cierra con la imagen de los “planos paralelos”, figura geométrica que, por definición axiomática, jamás puede intersecarse: «Planos paralelos fuimos al final: / radicación última en mi deducción reflexiva pétrea». Mientras que en Janés la matemática abre una vía de conocimiento místico del mundo, en Martín Yáñez la geometría certifica, con precisión axiomática e irrefutable, la imposibilidad definitiva del encuentro amoroso: la exactitud matemática, aquí, no consuela ni ilumina, sino que sentencia.

Esta inversión de la función tradicionalmente atribuida al pensamiento matemático dentro de la poesía de la precisión —de instrumento de conocimiento trascendente a instrumento de constatación irrevocable del fracaso— constituye, junto con la observada respecto de Fernández Mallo, una segunda divergencia sustantiva entre Desde el Tártaro y sus posibles referentes dentro de esta tendencia poética contemporánea.

6. Química y biografía: María Cegarra Salcedo y la lengua técnica como lengua vivida

El caso de María Cegarra Salcedo, estudiado por Díez de Revenga Torres, resulta particularmente productivo para el análisis de Desde el Tártaro porque permite plantear con claridad la pregunta de la proximidad biográfica entre el hablante lírico y la disciplina técnica de la que toma su vocabulario. Cegarra Salcedo era, como se ha señalado, química de profesión; su entorno cotidiano —el laboratorio, la mina, la enseñanza de la química— explica de manera directa y verificable la presencia en su poesía de términos como “amapolas de sílice”.

El poemario de Martín Yáñez no ofrece, en cambio, ningún dato biográfico verificado sobre el autor que permita establecer una relación equivalente entre su vocabulario técnico y una eventual formación o profesión en ingeniería, química o informática; y esta investigación, siguiendo el principio editorial de no fabricar ni presuponer datos biográficos no confirmados, se abstiene de proponer cualquier hipótesis en ese sentido. Lo que sí puede afirmarse, desde el análisis puramente textual, es que el vocabulario técnico de Desde el Tártaro no se presenta, en ningún poema, con el mismo grado de precisión disciplinar interna que exhibe el de Cegarra Salcedo: mientras que “amapolas de sílice” exige, para su plena comprensión, un conocimiento mineralógico específico y verificable (que el sílice es un tipo de ópalo, que puede presentarse en tonalidades rojas), términos como “resina”, “polímero” o “algoritmo” en Martín Yáñez se emplean en su acepción más general y de mayor circulación en la lengua común contemporánea, sin el grado de especificidad técnica interna que caracteriza el léxico de una química de profesión escribiendo sobre su propio oficio.

Esta diferencia de grado —no de naturaleza— es importante: no se trata de que el léxico de Martín Yáñez sea menos “técnico” en sentido absoluto, sino de que su técnica no remite a un saber experto profundo y biográficamente arraigado, sino a la capa de vocabulario científico-técnico que, como señala la propia Lanseros en su estudio, se ha filtrado ya a la “cotidianidad de millones de personas” a través de “los medios de comunicación”. El léxico técnico de Desde el Tártaro es, en este sentido preciso, un léxico de divulgación asimilada, no de especialización profesional: hormigón, resina, algoritmo y polímero son términos que cualquier hablante contemporáneo medianamente informado puede emplear con propiedad aproximada, sin necesidad de formación técnica específica, lo que explica —y esto es crucial para el argumento de este artículo— por qué su función en el poemario no es transmitir conocimiento experto, como en Cegarra Salcedo, sino nombrar, con el vocabulario disponible en la cultura contemporánea general, una experiencia de colapso subjetivo que ningún vocabulario, por técnico que sea, logra en última instancia resolver.

7. La “sinceridad” del léxico: de la exactitud denotativa a la ambigüedad connotativa

Retomando la distinción de Díez de Revenga Torres entre lengua técnica (denotativa, unívoca) y lengua literaria (connotativa, afectiva), puede afirmarse que Desde el Tártaro realiza sistemáticamente una operación de trasvase del primer registro al segundo sin que, en ningún momento, el término técnico pierda del todo su anclaje denotativo original. Cuando el poema afirma que «Las vigas de la columna se oxidan» (“Hormigón crudo”), el verbo “oxidarse” conserva plenamente su sentido denotativo, químicamente preciso —la reacción de oxidación del hierro presente en el armado del hormigón—, y es precisamente esa precisión denotativa la que permite que el verso adquiera, por aplicación metafórica al “tiempo”, una connotación afectiva de deterioro lento e irreversible que ningún adjetivo puramente lírico —”triste”, “melancólico”— podría transmitir con la misma exactitud material.

Esta operación —conservar la precisión denotativa del término técnico mientras se le hace producir una connotación afectiva nueva— coincide, en su mecanismo formal, con la que George Lakoff y Mark Johnson describen en Metaphors We Live By (1980) bajo el concepto de “metáfora conceptual”: pensar el tiempo como “mezcla densa” que “se endurece” (verso de “Hormigón crudo”) no es un simple adorno retórico, sino la activación de un marco conceptual completo —el del fraguado del hormigón, con su fatiga, su óxido, su colapso estructural— que estructura y hace pensable una experiencia —el paso del tiempo bajo la enfermedad— que de otro modo permanecería difusa e inarticulada.

Es en este punto donde el análisis de Natalia Campos Martín (2008) sobre la traducción de textos poéticos y científico-técnicos resulta pertinente: Campos Martín defiende que los textos técnicos aspiran a significados “unívocos, sin las ambigüedades del lenguaje estándar”, mientras que el texto poético construye su sentido mediante “una sutil madeja de metáforas, aliteraciones y correspondencias fono-semánticas” que resisten cualquier univocidad. Desde el Tártaro se sitúa, precisamente, en la frontera que separa ambos regímenes: toma términos que en su contexto de origen —la ingeniería, la química, la informática, la medicina— son estrictamente unívocos y denotativos, y los somete a la “madeja” connotativa del poema, sin que el resultado deje nunca de recordar, en algún grado, su procedencia técnica original. Esta tensión entre univocidad heredada y ambigüedad poética adquirida es, en última instancia, la fuente principal del efecto de extrañamiento que produce la lectura del poemario.

8. Instante múltiplo y Romance matemático fallido: la precisión al servicio de la obsesión

Conviene detenerse con mayor detalle en “Instante múltiplo”, el poema de mayor extensión y densidad léxico-técnica del libro, para mostrar cómo la precisión numérica se pone sistemáticamente al servicio de la obsesión y no del conocimiento. El poema se estructura mediante la repetición anafórica del número «38», que aparece siete veces a lo largo de las tres estrofas que lo componen, siempre en idéntica posición inicial de verso, como si el propio poema estuviera atrapado en el mismo bucle numérico que describe. El léxico que rodea esa cifra combina, en un mismo verso, vocabulario médico-anatómico («cervicales», «occipitales», «humerales»), químico-metalúrgico («esquirlas oxidadas», «podredumbre férrica») y astronómico-óptico («caleidoscopio / monocromático»).

Esta acumulación de campos técnicos dispares en torno a una única obsesión numérica es reveladora: a diferencia de la poesía de la precisión en sentido estricto —que suele mantener una relativa coherencia disciplinar, como ocurre con la física en Fernández Mallo o Jou, o con la química en Cegarra Salcedo—, Martín Yáñez mezcla deliberadamente vocabularios técnicos heterogéneos para representar un estado mental en el que ninguna disciplina, por sí sola, basta para contener la experiencia que el poema describe. La cifra «38» funciona, en este sentido, no como resultado de un cálculo que aporte información nueva sobre el mundo —como ocurriría en un poema genuinamente cientificista—, sino como un significante vacío de contenido matemático real, un número cualquiera que la mente ha “elegido” arbitrariamente, según declara el propio verso inicial, “para abstraerse”.

“Romance matemático fallido” desarrolla, en un registro más contenido pero igualmente revelador, la misma lógica. El poema convoca sucesivamente la elipse, el teorema, la combinatoria, la cifra significativa, la proporción divina y la radicación —un repertorio geométrico y algebraico notablemente amplio para apenas doce versos—, pero cada uno de estos términos se introduce únicamente para negar, en el verso inmediato o en la estrofa siguiente, su capacidad de aportar orden o resolución: la elipse es “hecha de cobre” (materialidad que contradice la pureza abstracta de la figura geométrica ideal), los teoremas son “elegantes” pero el hablante es su “antónimo”, la “proporción divina” —alusión directa a la razón áurea, símbolo tradicional de armonía matemática perfecta— se aplica aquí a “dos figuras excéntricas en paradoja sibilina”, es decir, precisamente a la ausencia de la armonía que la proporción divina debería garantizar. La precisión matemática, en ambos poemas, se convoca solo para ser sistemáticamente desmentida por el contenido afectivo que rodea cada término: es una precisión que se declara a sí misma insuficiente, o de manera más exacta, una precisión puesta al servicio de nombrar, con la mayor exactitud posible, la propia imprecisión existencial del hablante.

9. Yonki de la jerarquía y Discordancia romántica: léxico informático y químico-industrial

“Discordancia romántica” introduce el vocabulario informático de manera más explícita que ningún otro poema del libro: «Fuga perpetua / en transición pasajera. / Algoritmo arrítmico, / entropía sin tregua». El término “algoritmo” —procedimiento matemático-computacional definido precisamente por su determinismo y su regularidad de ejecución— se califica aquí de “arrítmico”, adjetivo que introduce una contradicción interna en el propio concepto: un algoritmo, por definición, no puede carecer de ritmo regular sin dejar de ser tal. Esta paradoja terminológica —el algoritmo que ha perdido su propiedad definitoria— constituye, dentro del vocabulario informático del poema, el equivalente exacto de los “planos paralelos” de “Romance matemático fallido”: una figura técnica que se convoca precisamente para señalar el punto en que la técnica deja de funcionar según sus propias reglas.

“Yonki de la jerarquía” combina, por su parte, vocabulario químico-farmacológico («alcaloide de piel rígida», el propio título que convierte la “jerarquía” en sustancia adictiva) con vocabulario informático-administrativo («Cronometra la entropía, / disecciona tu mundo», «Vomita la ciencia, falsea los números»). Es interesante notar que este último verso —«falsea los números»— introduce, de manera casi metacrítica, la posibilidad de que la propia precisión numérica que domina el poemario sea, en última instancia, una falsificación: los números no informan, sino que se “falsean”, en un gesto que socava desde dentro cualquier pretensión de objetividad científica que el vocabulario técnico pudiera sugerir a un lector desprevenido.

El poema “Septentrión” cierra este repertorio informático-industrial con una de las imágenes más densas del libro: «Usurpador del residuo mesiánico, / partitura de yodo, / reflejo degradado sin señal / sobre el opaco albor del silicio». El “silicio” —material semiconductor por antonomasia, base física de toda la computación contemporánea— aparece aquí calificado de “opaco”, cuando su propiedad física relevante para la industria electrónica es precisamente la posibilidad de controlar, mediante dopaje, su grado de conductividad entre la opacidad del aislante y la transparencia del conductor perfecto. Un “reflejo degradado sin señal” sobre el silicio es, en términos estrictamente técnicos, una descripción de fallo de transmisión de datos; aplicado, como hace el poema, a la relación entre el hablante y su interlocutor —«Eres el único receptor que procesa, / y la primera secuencia que huye»—, esa misma descripción técnica de fallo informático se convierte en la imagen más precisa posible de una comunicación afectiva que se ha interrumpido sin posibilidad de restablecerse.

10. Frente a la poesía de la precisión: la imprecisión deliberada de Martín Yáñez

El análisis de los epígrafes anteriores permite formular con mayor claridad la tesis central de este artículo: Desde el Tártaro comparte con la poesía de la precisión —Fernández Mallo, Jou, Janés, Cegarra Salcedo— el repertorio léxico técnico-científico, pero invierte sistemáticamente su función. Mientras que en los autores estudiados por Lanseros, Gala, Schmelzer y Díez de Revenga Torres el vocabulario técnico se pone al servicio de un conocimiento más preciso del mundo —físico, cósmico, místico, biográfico—, en Martín Yáñez ese mismo vocabulario se pone sistemáticamente al servicio de la constatación de un fracaso del conocimiento: los teoremas no resuelven, el algoritmo no calcula correctamente, los números se falsean, la señal se degrada, el hormigón se agrieta.

Esta inversión puede formularse como una paradoja constitutiva del poemario: Desde el Tártaro es, en términos de vocabulario, uno de los libros más “precisos” —más técnicamente exactos en su terminología— de cuantos pueden encontrarse dentro de la poesía española reciente que incorpora léxico científico; pero es, al mismo tiempo, en términos de contenido, uno de los libros que con mayor insistencia declara la imposibilidad de alcanzar precisión alguna sobre la propia experiencia subjetiva del hablante. “¿Qué unidad somos?, ¿quién eres?”, pregunta “Discordancia romántica” en medio de su vocabulario algorítmico más exacto; la pregunta permanece, al final del poema, exactamente tan abierta como al principio: «¿Qué somos… quién eres?».

Esta paradoja —máxima precisión léxica, máxima imprecisión existencial— es, en última instancia, la aportación crítica más singular de Desde el Tártaro al conjunto de prácticas poéticas que aquí se han agrupado bajo la etiqueta operativa de poesía de la precisión: demuestra que el vocabulario de la exactitud técnica no garantiza, por sí mismo, ningún incremento efectivo del conocimiento poético del mundo o del yo, y que puede ponerse, con la misma eficacia expresiva, al servicio del proyecto contrario: nombrar, con el máximo rigor terminológico disponible, la experiencia de no poder nombrar —ni comprender, ni resolver— aquello que verdaderamente importa.

11. Desautomatización: Shklovski y el extrañamiento del léxico técnico

El procedimiento formal que permite a Martín Yáñez producir este efecto de máxima precisión léxica al servicio de la máxima imprecisión existencial puede explicarse recurriendo al concepto de “desautomatización” que Víktor Shklovski desarrolla en “El arte como artificio” (1917): el arte, sostiene el formalista ruso, cumple su función devolviendo extrañeza a la percepción habitual, automatizada por el uso repetido. Miguel Rodrigo de Haro, en su estudio sobre “la vigencia del Shklovski postformalista” (2024), confirma que el asombro sigue funcionando, un siglo después de la formulación original, como “la nueva teoría de la desautomatización”.

El vocabulario técnico-científico contemporáneo —hormigón, algoritmo, polímero, silicio— está, en su uso profesional y en su uso divulgativo cotidiano, completamente automatizado: cualquier hablante contemporáneo lo emplea sin reparar en su extrañeza etimológica, en su precisión conceptual originaria, en la larga historia disciplinar que cada término condensa. Al trasplantar ese vocabulario automatizado al contexto inusual del poema lírico —tradicionalmente asociado a un registro afectivo, connotativo, alejado del tecnicismo—, Martín Yáñez realiza precisamente la operación de desautomatización que Shklovski describe: el lector, que había dejado de percibir el hormigón, el algoritmo o el polímero como objetos de asombro, se ve obligado, ante su aparición inesperada en el poema, a reparar de nuevo en su materialidad, en su extrañeza conceptual, en la precisión técnica que su uso cotidiano había desgastado.

Es esta desautomatización, y no la fidelidad a ningún conocimiento científico efectivo, la que explica el efecto poético del léxico técnico en Desde el Tártaro: no importa, para que el procedimiento funcione, que el hablante lírico domine o no la termodinámica del fraguado del hormigón o la lógica formal de los algoritmos; basta con que el término, extraído de su contexto habitual de uso automatizado, recupere en el poema su capacidad original de asombrar. Esta es, en definitiva, la diferencia de fondo respecto de la poesía de la precisión en sentido estricto: mientras que en Fernández Mallo, Jou o Cegarra Salcedo el asombro poético nace de un conocimiento técnico efectivamente dominado por el autor, en Martín Yáñez el asombro nace, de manera más general y quizás más democratizable, del simple extrañamiento formal producido por el desplazamiento de cualquier término técnico —dominado o no por quien escribe— hacia el contexto inhabitual del verso.

12. Discusión: convergencias y divergencias con la poesía de la precisión

A modo de balance, conviene sistematizar las convergencias y divergencias que este artículo ha ido identificando entre Desde el Tártaro y la tendencia contemporánea aquí denominada poesía de la precisión. Las convergencias son, principalmente, léxicas y procedimentales: ambos comparten el recurso sistemático al vocabulario técnico-científico como material poético legítimo, y ambos pueden explicarse, en última instancia, mediante el mecanismo formalista de la desautomatización descrito por Shklovski y actualizado por Rodrigo de Haro. Las divergencias, en cambio, son funcionales y, podría decirse, casi filosóficas: mientras que la poesía de la precisión en sentido estricto —Fernández Mallo, Jou, Janés, Cegarra Salcedo— emplea el léxico técnico para ensanchar el conocimiento poético del mundo, apoyándose además en una relación biográfica verificable entre el autor y la disciplina de origen del vocabulario, Martín Yáñez emplea ese mismo tipo de léxico, sin anclaje biográfico confirmado, para certificar con la máxima exactitud posible la imposibilidad de conocer, comunicarse o sanar.

Esta divergencia funcional permite, además, proponer una hipótesis complementaria sobre la posición de Desde el Tártaro dentro del panorama más amplio de la poesía española contemporánea: si la poesía de la precisión, en su versión canónica, expresa una confianza —moderada, crítica, pero real— en la capacidad del conocimiento científico-técnico para iluminar la experiencia humana, Desde el Tártaro representaría una variante escéptica o incluso negativa de esa misma tendencia, en la que el vocabulario de la exactitud se convoca precisamente para documentar los límites, y en última instancia el fracaso, de cualquier pretensión de precisión sobre la experiencia subjetiva más íntima: el dolor, la enfermedad, el amor fallido, la comunicación imposible.

Esta hipótesis no pretende, sin embargo, situar a Martín Yáñez en oposición radical o polémica frente a los autores estudiados por Lanseros, Gala o Schmelzer, sino más bien complementar el mapa crítico de la incorporación del léxico técnico a la poesía española contemporánea con un caso que ilustra su posible reverso: allí donde la crítica académica ha documentado abundantemente los casos en que la ciencia ilumina la poesía, Desde el Tártaro documenta, con no menor rigor formal, el caso en que la precisión técnica del lenguaje se convierte en el instrumento más exacto disponible para nombrar aquello que ninguna precisión, por rigurosa que sea, logra finalmente resolver.

Conclusiones

Este artículo ha examinado el denso campo léxico técnico-científico que recorre Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez —términos procedentes de la ingeniería civil, la química, las matemáticas, la informática y la medicina clínica—, situándolo en relación con la tendencia contemporánea que aquí se ha propuesto denominar, de manera operativa y no como escuela cerrada, “poesía de la precisión”: un conjunto de prácticas poéticas españolas recientes, documentadas por la crítica académica de Raquel Lanseros, Luis Correa-Díaz, Pilar Díez de Revenga Torres, Candelas Gala y Felix K. E. Schmelzer, que incorporan sistemáticamente vocabulario y, en ocasiones, el propio método de las ciencias exactas y naturales al discurso lírico.

El análisis comparativo con los casos de Agustín Fernández Mallo (física y Postpoesía), Clara Janés (matemáticas y pitagorismo místico) y María Cegarra Salcedo (química y biografía profesional) ha permitido establecer que Desde el Tártaro comparte con estos referentes el repertorio léxico, pero invierte de manera sistemática su función: donde la poesía de la precisión en sentido estricto emplea el vocabulario técnico para ensanchar el conocimiento poético del mundo —apoyándose, además, en una relación biográfica verificable entre el poeta y la disciplina de origen de su léxico—, Martín Yáñez lo emplea, sin anclaje biográfico confirmado por esta investigación, para certificar con la máxima exactitud terminológica posible la imposibilidad de conocer, de comunicarse o de sanar.

Se ha mostrado, mediante el análisis detallado de “Instante múltiplo” y “Romance matemático fallido”, cómo la precisión numérica y geométrica del poemario se pone sistemáticamente al servicio de la obsesión —la cifra “38” que se repite sin desarrollo narrativo— y de la constatación irrevocable del fracaso afectivo —los “planos paralelos” que, por definición axiomática, jamás pueden encontrarse—. Se ha mostrado igualmente, a través de “Discordancia romántica”, “Yonki de la jerarquía” y “Septentrión”, cómo el vocabulario informático y químico-industrial del libro documenta sistemáticamente el fallo del sistema, la falsificación de los números y la degradación de la señal, en lugar de su correcto funcionamiento predictivo.

El marco teórico de Pilar Díez de Revenga Torres sobre la distinción entre lengua técnica (denotativa, unívoca) y lengua literaria (connotativa, afectiva) ha permitido explicar el mecanismo formal preciso de esta operación: Martín Yáñez conserva el anclaje denotativo del término técnico —la oxidación química real del hierro, el determinismo real del procedimiento algorítmico— mientras lo somete a una connotación afectiva nueva, en una operación que coincide, en su estructura, con el concepto de “metáfora conceptual” de Lakoff y Johnson, y que puede explicarse en su efecto de extrañamiento mediante el procedimiento de “desautomatización” que Víktor Shklovski formuló en 1917 y que Miguel Rodrigo de Haro ha confirmado vigente en 2024.

La conclusión general de este artículo es que Desde el Tártaro no debe leerse simplemente como una imitación tardía o menor de la poesía de la precisión canónica, sino como una variante crítica y en cierto sentido reversa de esa misma tendencia: un poemario que demuestra, mediante un despliegue léxico de notable rigor y variedad disciplinar, que la exactitud terminológica de la ciencia y la técnica puede ponerse, con idéntica eficacia poética, al servicio del proyecto contrario al que habitualmente se le atribuye —no iluminar el conocimiento del mundo, sino documentar, con la máxima precisión posible, los límites de ese conocimiento cuando se aplica a la experiencia más íntima e inefable del sufrimiento, el amor fallido y la enfermedad. Esta aportación, se sostiene aquí, enriquece el mapa crítico de la incorporación del léxico técnico a la lírica española contemporánea con un caso que merece ser tenido en cuenta en cualquier estudio futuro sobre la materia.

Bibliografía

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Tierra, Juanjo de (2024). Uno efe siete. Valencia: Pre-Textos. ISBN 978-84-10-30911-1.

Autor/a: Ángela Isabel de Claudia Soneira

DOI / Zenodo: https://zenodo.org/uploads/21362918

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Poesía y medicina narrativa: el dolor crónico como objeto lírico en Desde el Tártaro

POESÍA Y MEDICINA NARRATIVA: EL DOLOR CRÓNICO COMO OBJETO LÍRICO EN DESDE EL TÁRTARO

Javier Pérez-Ayala

Editor de adquisiciones, Grupo Editorial Pérez-Ayala

ORCID: 0009-0001-2062-1305

1. Introducción

La medicina narrativa, tal como la define Rita Charon en Narrative Medicine: Honoring the Stories of Illness (2006), es “la medicina practicada con la competencia necesaria para reconocer, absorber, interpretar y dejarse conmover por las historias de la enfermedad”. Nacida de la confluencia entre las humanidades médicas, la atención primaria, la narratología y el estudio de la relación médico-paciente, la medicina narrativa parte de una premisa que esta monografía toma como punto de partida: que la enfermedad, y muy especialmente la enfermedad crónica, no es solo un conjunto de datos clínicos objetivables, sino una experiencia que se organiza, se comprende y se comunica mediante estructuras narrativas —relatos con principio, desarrollo y final, o con la ausencia deliberada de esa estructura—.

Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez (Editorial Poesía eres tú, 2026), constituye un objeto de estudio privilegiado para poner a prueba esta premisa desde un género que la medicina narrativa apenas ha explorado en profundidad: no la prosa autobiográfica de la patografía —el relato en primera persona de la propia enfermedad, género ampliamente estudiado por Anne Hunsaker Hawkins en Reconstructing Illness (1999) y por Ann Jurecic en Illness as Narrative (2012)—, sino el poema lírico, forma breve, elíptica, no necesariamente cronológica, que exige a la medicina narrativa una adaptación de su propio marco teórico, pensado originalmente para narrativas en sentido más convencional.

La hipótesis central de esta monografía es la siguiente: Desde el Tártaro dramatiza, poema a poema, una experiencia de enfermedad crónica —cuya naturaleza exacta el poemario no especifica clínicamente, y esta investigación se abstiene deliberadamente de diagnosticar o presuponer, limitándose al análisis de las imágenes textuales verificables— que se resiste sistemáticamente a la estructura narrativa que Arthur Frank, en The Wounded Storyteller (1995), denomina “narrativa de restitución”: aquella que anticipa la curación y otorga protagonismo a la tecnología médica del remedio. En su lugar, el poemario despliega, de manera predominante, lo que Frank llama “narrativa de caos” —la enfermedad que se extiende sin respiro ni consuelo— combinada, en su tramo final, con fragmentos que apuntan, sin llegar a consumarla del todo, hacia lo que Frank denomina “narrativa de búsqueda”: la transformación del padecimiento en una vía, por dolorosa que sea, hacia una forma distinta de conocimiento de sí.

El corpus de esta monografía es el poemario completo de Martín Yáñez, con atención privilegiada a los poemas que dramatizan de manera más explícita la experiencia clínica: “Sin servir”, “Sustancia perpetua”, “Mejor imposible”, “Al final de la escalera”, “Frecuencia de corte”, “La metamorfosis”, “Yonki de la jerarquía”, “Instante múltiplo”, “Territorio baldío” y “Riendo”. El marco teórico combina la medicina narrativa de Charon con la tipología de Frank, la fenomenología del dolor de Elaine Scarry y David Le Breton, la antropología del cuerpo ausente de Drew Leder, y las reflexiones de Arthur Kleinman sobre las “narrativas de la enfermedad” (illness narratives) como forma en que los pacientes dan sentido, comunican y en cierta medida gobiernan su padecimiento.

2. Medicina narrativa: marco teórico

Rita Charon distingue, en su fundación del campo, entre disease —la entidad biomédica objetivable, medible, tratable según protocolos— e illness —la experiencia subjetiva, vivida, narrada por quien la padece—. La medicina narrativa se ocupa, precisamente, de esta segunda dimensión, no para sustituir el conocimiento biomédico, sino para completarlo: Charon sostiene que “situar los acontecimientos en un orden temporal, con principios, desarrollos y finales, y establecer conexiones entre las cosas mediante la metáfora y el lenguaje figurado” —es decir, mediante los mismos recursos que emplea la literatura— ayuda a los médicos a “reconocer a los pacientes y las enfermedades, transmitir conocimiento, acompañar a los pacientes a través de las pruebas de la enfermedad”.

Arthur Kleinman, en The Illness Narratives: Suffering, Healing, and the Human Condition (1988), obra pionera del campo, había establecido ya que toda persona enferma construye, de manera más o menos consciente, un relato explicativo de su propio padecimiento —qué lo causó, qué significa, qué se puede esperar de él— y que ese relato, lejos de ser un mero epifenómeno subjetivo, condiciona de manera decisiva la experiencia misma de la enfermedad, su curso, e incluso, en ciertos casos documentados por Kleinman, su desenlace clínico. La narrativa, para Kleinman, no acompaña la enfermedad desde fuera: la constituye desde dentro.

Arthur Frank, sociólogo canadiense que él mismo padeció cáncer testicular y un infarto de miocardio, sistematiza en The Wounded Storyteller (1995) tres tipologías narrativas fundamentales que los enfermos emplean para dar forma a su experiencia. La “narrativa de restitución” sigue el esquema “ayer estaba sano, hoy estoy enfermo, mañana volveré a estar sano”, y otorga protagonismo absoluto a la tecnología del remedio; es, según Frank, la narrativa culturalmente dominante en la biomedicina occidental contemporánea, la que los médicos esperan escuchar y la que la sociedad prefiere oír. La “narrativa de caos” es su reverso estructural: en ella, sostiene Frank, “la enfermedad grave es una pérdida del destino y del mapa que previamente había guiado la vida del enfermo”, y el relato —si es que puede llamarse relato— carece de la secuencia ordenada de principio, desarrollo y final que caracteriza a la restitución; se extiende, se estanca, no promete nada. La “narrativa de búsqueda”, finalmente, transforma la enfermedad en un viaje de conocimiento: el sujeto enfermo no busca simplemente recuperar lo perdido, sino convertirse, a través del padecimiento, en alguien distinto, dotado de una comprensión que la salud anterior no le proporcionaba.

Frank añade una precisión decisiva para el análisis que sigue: describe la enfermedad grave que transforma una vida como “la herida”, y advierte que “esa herida es tanto del cuerpo” como de “sus insultos, agonías y pérdidas”; toda herida, sostiene, “produce una historia”, y esas historias, en sus propias palabras recogidas por la crítica que ha comentado su obra, “salen de sus cuerpos”. Esta observación —que la narrativa de la enfermedad emerge del cuerpo mismo, no solo de la mente que lo interpreta— resulta particularmente pertinente para el análisis de un poemario como Desde el Tártaro, cuyo léxico corporal y clínico es, como se mostrará, de una precisión notable.

3. Las tres narrativas de Frank y la ausencia de restitución en Desde el Tártaro

Un rasgo estructural que atraviesa la totalidad de Desde el Tártaro, y que puede constatarse mediante un simple repaso de sus veintiún poemas, es la ausencia casi total de la “narrativa de restitución” tal como la define Frank. En ningún momento del libro se anticipa explícitamente una curación futura, ni se otorga protagonismo positivo a ninguna tecnología médica de remedio: al contrario, el único poema que menciona directamente la intervención terapéutica —”Sin servir”— la presenta como fracaso, no como promesa de restitución. Esta ausencia no es un simple azar temático, sino, según se argumentará, una decisión estructural del poemario que lo sitúa deliberadamente fuera del esquema narrativo culturalmente dominante que la propia Charon identifica como el que la biomedicina espera y prefiere escuchar.

En su lugar, domina ampliamente la “narrativa de caos”: la sensación de que, en palabras de Frank ya citadas, “la enfermedad grave es una pérdida del destino y del mapa”. Esta pérdida de mapa se manifiesta textualmente en “Latitud gótica”, cuya estructura de “escalones” descendentes hacia las “perversas pesadillas” del hablante no ofrece, en ningún momento, la posibilidad de un ascenso equivalente; y en “Territorio baldío”, cuyo verso final —«nada queda. / Nada. / Ni siquiera yo»— representa, según se argumentará en el epígrafe 13, la formulación más radical de narrativa de caos de todo el poemario: ni siquiera queda un sujeto capaz de narrar su propio padecimiento.

Frente a esta ausencia sostenida de restitución y a este predominio del caos, el poemario reserva, en su tramo final, ciertos indicios —nunca desarrollados hasta la plenitud del esquema— de lo que Frank denomina “narrativa de búsqueda”. El poema “Riendo”, que cierra el libro, no promete curación ni tecnología de remedio alguna, pero sí introduce, como se analizará en el epígrafe 14, un elemento de transformación —la risa final, la disolución en “los brazos del mar”— que puede leerse como un atisbo, parcial y ambiguo, de la narrativa de búsqueda que Frank describe como “un viaje espiritual en el que el individuo pasa del caos inherente a la enfermedad y aprende a contar una historia que tiene esperanza y plenitud”, aunque —y esta reserva es importante— sin que el poemario llegue a formular explícitamente ninguna “epifanía” o “sabiduría alcanzada a través de la enfermedad” del tipo que la crítica posterior a Frank —Rebecca Garden, en su citado artículo de 2010— ha señalado como potencialmente problemática, por idealizar en exceso el sufrimiento.

4. El cuerpo ausente y el cuerpo doliente: Leder y Le Breton

Drew Leder, en The Absent Body (1990), sostiene que el cuerpo sano funciona, en la experiencia cotidiana, como una “ausencia”: no lo percibimos como objeto de atención mientras cumple correctamente sus funciones. La enfermedad invierte esta transparencia habitual, haciendo que el cuerpo se torne súbitamente “presente”, opaco, objeto insistente de una atención que antes no requería. David Le Breton, en Anthropologie de la douleur (1995), complementa esta descripción señalando que el dolor crónico intensifica esa presencia hasta convertir el cuerpo en un objeto ajeno, que debe gestionarse desde fuera antes que habitarse desde dentro.

Desde el Tártaro dramatiza esta inversión lederiana de manera sistemática. “Mejor imposible” ofrece, quizás, la formulación más precisa: el hablante experimenta su propio cuerpo como una “cartografía de la sutura”, un territorio ajeno que debe ser mapeado, del que se hace “inventario” como si de un objeto externo se tratara. El verso «Cartílago atrófico que coloniza el torso» invierte, de manera explícita, la relación esperable entre sujeto y cuerpo: no es el sujeto quien habita su cuerpo, sino el deterioro corporal quien lo “coloniza”, como un poder invasor que ocupa el espacio antes transparente que el sujeto habitaba sin advertirlo.

Es significativo que el poema recurra, para nombrar esta colonización, a un vocabulario deshumanizado: «Soy un primate con la dentadura / arrancada y puesta en la palma. / Un autómata biológico / que ha olvidado su simetría». La pérdida de “simetría” —término que en anatomía designa la correspondencia armónica entre las dos mitades del cuerpo humano, y cuya alteración patológica es, precisamente, uno de los signos clínicos más elementales que un examen médico registra— convierte al propio cuerpo en un objeto de examen clínico incluso en el momento en que el poema lo describe desde dentro, en primera persona: el hablante se mira a sí mismo con la misma mirada objetivadora que, según Leder, caracteriza la experiencia del cuerpo enfermo frente al médico que lo examina.

5. Sin servir: la medicación como fracaso terapéutico

“Sin servir”, poema que abre el libro, constituye el único momento de Desde el Tártaro en que se menciona explícitamente una intervención médica: «No hay nada que le pueda agradecer, / a la maldita medicación». Leído desde el marco de la medicina narrativa, este poema documenta con extraordinaria precisión el fracaso de lo que Frank llamaría la promesa de restitución: la medicación, dispositivo que la narrativa biomédica dominante presenta como garantía de retorno a la salud, no cumple esa promesa, sino que produce una forma alternativa —y para el hablante, peor— de padecimiento: «Mis ideas aparecen aturrulladas. / Me he convertido en un simplón» […] «he perdido mi superpoder. / Ya no dialogo con los muertos».

Es crucial, desde la perspectiva de la medicina narrativa, observar que el poema no niega la eficacia clínica objetiva de la medicación —no hay ningún dato en el texto que permita afirmar que el tratamiento fracasa en su función biomédica de controlar síntomas psicóticos, presumiblemente las “voces” que “ya no me martirizan”—, sino que documenta el coste narrativo y subjetivo de esa eficacia: el tratamiento cumple su función clínica (disease) al precio de anular la narrativa de sentido que el hablante había construido en torno a su padecimiento (illness), en la que las “voces” cumplían una función —por perturbadora que fuera— de “superpoder”, de diálogo con “los muertos”, de acceso a una forma de conocimiento que la medicación clausura sin sustituir por ninguna otra.

El poema culmina con una formulación que, leída con el vocabulario de Charon, representa un caso extremo de conflicto entre disease e illness: «soy áspero y un sin servir. / Las voces ya no me martirizan / y sin ellas prefiero morir». Desde el punto de vista de la biomedicina orientada exclusivamente al disease, el tratamiento ha tenido éxito: las voces —síntoma objetivable— han cesado. Desde el punto de vista de la illness narrative del propio hablante, el tratamiento ha fracasado de manera radical, porque ha destruido el marco de sentido —por patológico que ese marco pudiera parecer desde fuera— sin ofrecer ningún relato alternativo capaz de sostener una vida que ahora se experimenta como vacía de valor. Este es, precisamente, el tipo de disonancia entre ambos registros que la medicina narrativa, según la propuesta original de Charon, aspira a detectar y a incorporar a la práctica clínica mediante la escucha atenta del relato del paciente, en lugar de limitarse a la evaluación del síntoma.

6. Sustancia perpetua y Hormigón crudo: la temporalidad de la enfermedad crónica

Una de las aportaciones más específicas de la medicina narrativa al estudio de la enfermedad crónica —a diferencia de la aguda, que Frank sitúa más fácilmente dentro del esquema de restitución— es la atención a su temporalidad particular: una enfermedad que no tiene fecha prevista de resolución exige, de quien la padece, una reorganización completa de la propia relación con el tiempo futuro. Kleinman documenta extensamente cómo los pacientes crónicos desarrollan estrategias narrativas específicas para convivir con una temporalidad sin horizonte de curación, estrategias que van desde la negación parcial hasta la aceptación resignada, pasando por formas diversas de negociación con el propio padecimiento.

“Sustancia perpetua” dramatiza esta temporalidad crónica de manera casi didáctica ya desde su título: el poema describe una “cuenta atrás” que, paradójicamente, no conduce a ningún término, sino a la “eternamente permanezco” del verso final. La “resina infinita del sistema” y el “polímero que impide la fuga” son materiales elegidos, precisamente, por su estabilidad química permanente: a diferencia del hormigón, que fragua y luego se degrada por oxidación, la resina sintética representa la fijación química definitiva, sin proceso de deterioro visible a corto plazo. Esta elección material no es casual: dramatiza, con extraordinaria precisión, la experiencia de la cronicidad como condición que no fragua hacia una resolución ni hacia una crisis definitiva, sino que simplemente permanece, «hastiada del segundero», en un presente que se repite sin desarrollo narrativo alguno.

“Hormigón crudo” añade a esta temporalidad crónica la dimensión de la fatiga estructural: «Las vigas de la columna se oxidan, / mientras el tiempo, esa mezcla densa, / se endurece hasta asfixiar el grito». Aquí el tiempo mismo se convierte en agente patológico: no es un tiempo que cura mediante el simple transcurrir —como presupone implícitamente buena parte del discurso médico sobre la recuperación—, sino un tiempo que “se endurece”, que agrava progresivamente la condición del sujeto mediante un proceso de endurecimiento que recuerda, precisamente, a la cronificación de un padecimiento que el lenguaje clínico describe habitualmente en términos de estabilización, pero que el poema experimenta como progresivo empeoramiento silencioso.

7. Mejor imposible: cartografía del dolor y los límites del lenguaje

Elaine Scarry, en The Body in Pain (1985), formula una de las tesis más influyentes —y más debatidas— de los estudios sobre el dolor: que el dolor físico extremo resiste, por su propia naturaleza, la verbalización, y que el lenguaje humano dispone de recursos limitados, principalmente metafóricos, para nombrarlo con precisión. Esta tesis plantea un desafío metodológico directo para cualquier estudio de la enfermedad crónica desde la medicina narrativa: si el dolor resiste el lenguaje, ¿cómo puede la narrativa —que depende del lenguaje— dar cuenta de él?

“Mejor imposible” ofrece una respuesta poética a este desafío mediante el recurso sistemático a la “cartografía”: el poema convierte el propio cuerpo doliente en territorio a mapear, en «cartografía de la sutura», precisamente porque el mapa —a diferencia del lenguaje verbal directo— puede representar relaciones espaciales de dolor sin necesidad de nombrarlas con precisión verbal exacta. Esta estrategia cartográfica coincide con la observación de Scarry de que el dolor, al resistir la descripción directa, tiende a proyectarse sobre objetos externos —un arma, un territorio, un mapa— que permiten hablar de él de manera indirecta, mediante desplazamiento espacial antes que mediante nombramiento verbal literal.

El poema recurre, además, a un procedimiento que merece atención específica desde la perspectiva de la medicina narrativa: la fragmentación sintáctica extrema, con versos que se acumulan en unidades breves, casi telegráficas, separadas por saltos estróficos abruptos: «Las noches son ráfagas de espantos. / Monocromo: gris cemento en la retina». Esta fragmentación formal puede leerse como réplica estructural de la propia fragmentación narrativa que Frank atribuye a la “narrativa de caos”: si el caos narrativo se caracteriza por la ausencia de la secuencia ordenada de principio, desarrollo y final, la fragmentación sintáctica de “Mejor imposible” traduce esa misma ausencia de orden narrativo al nivel más elemental de la construcción del verso, de manera que la forma del poema —no solo su contenido temático— dramatiza el caos que describe.

8. Al final de la escalera: la urgencia médica en clave lírica

“Al final de la escalera” introduce un vocabulario clínico de urgencia que merece atención particular: «Presentimientos sobre / pavimento quebradizo, / se dilatan y terminan por blandir / la isquemia del terror». El término “isquemia” —interrupción del riego sanguíneo a un tejido u órgano, con las consecuencias de daño celular que de ella se derivan— pertenece al vocabulario de la medicina de urgencias y la cardiología, y su aplicación metafórica al “terror” traduce, con precisión clínica exacta, la experiencia de una angustia que no fluye, que se “interrumpe” en su circulación normal, produciendo un daño acumulativo comparable al que la falta de riego sanguíneo produce en el tejido orgánico.

El poema introduce, además, una precisión temporal que merece lectura detenida desde la medicina narrativa: «Cuatro horas comprimidas en un segundo». Esta compresión temporal extrema —cuatro horas de duración objetiva experimentadas como un único segundo subjetivo— documenta, con notable exactitud fenomenológica, la distorsión del tiempo que caracteriza las experiencias de crisis aguda dentro de un padecimiento crónico: el tiempo de la urgencia clínica no se mide en las mismas unidades que el tiempo cotidiano, y el poema capta esa discontinuidad temporal mediante una imagen que ningún informe clínico convencional podría formular con la misma precisión experiencial.

El cierre del poema introduce, finalmente, la imagen del «laberinto de geometría perpetua», que retoma el vocabulario de perpetuidad ya analizado en “Sustancia perpetua”: la crisis de urgencia, por aguda que sea en su manifestación puntual, se inscribe dentro de una estructura más amplia —el laberinto— que no ofrece salida definitiva, sino una repetición estructural de la misma amenaza. Esta combinación de urgencia puntual (la isquemia, las cuatro horas comprimidas) con perpetuidad estructural (el laberinto sin salida) constituye una de las formulaciones más precisas de todo el poemario sobre la paradoja temporal de la enfermedad crónica con episodios agudos recurrentes: cada crisis se experimenta como absoluta e inmediata, pero se inscribe dentro de un patrón que se repite sin final previsible.

9. Frecuencia de corte: el testimonio del enfermo pediátrico y el bearing witness

Arthur Frank dedica una sección completa de The Wounded Storyteller al concepto de “testimonio” (testimony) o “dar testimonio” (bearing witness): el enfermo, sostiene Frank, no es solo un superviviente pasivo de su padecimiento, sino un testigo activo que, al narrar su experiencia, ofrece una verdad sobre la condición humana que trasciende su caso particular. “Frecuencia de corte”, el más breve de los poemas clínicos del libro, puede leerse como un ejercicio de testimonio en este sentido preciso: «El miedo es solo un fallo en el sistema, / pero el niño, / el niño es el único pulso real en este hospital de cables».

Es significativo que el poema introduzca, junto a la voz del hablante adulto que reduce el miedo a mera categoría técnica —”fallo en el sistema”—, la presencia de un “niño” cuyo “pulso” se declara “real” frente a la artificialidad generalizada del entorno hospitalario. Esta introducción de una segunda presencia —ajena, vulnerable, presumiblemente un paciente pediátrico, aunque el poema no lo precisa con exactitud, dejando abierta también la posible lectura del propio hablante infantilizado por la experiencia de la enfermedad— dramatiza precisamente el gesto de “dar testimonio” que Frank describe: el hablante no habla solo de sí mismo, sino que su testimonio se amplía para dar cuenta de otra presencia, más frágil, cuya realidad el poema declara superior a la del sistema técnico que la rodea.

El poema culmina con una imagen que documenta, con notable precisión, el proceso de elaboración emocional del dolor mediante la ironía: «Rabia que muerde hasta los huesos, / hasta que el dolor se vuelve un chiste, / un eco, / una estridencia que, finalmente, / se dobla sobre sí misma». Esta transformación del dolor en “chiste” —anticipo directo del procedimiento que culminará en “Riendo”, como se analizará en el epígrafe 14— constituye, dentro del marco de la medicina narrativa, un mecanismo de afrontamiento (coping) bien documentado en la literatura clínica sobre enfermedad crónica: el humor no niega el dolor, sino que le ofrece una forma alternativa de expresión que permite, al menos temporalmente, sostener su peso sin ser aplastado por él.

10. La metamorfosis: enfermedad crónica y transformación de la identidad narrativa

Kleinman insiste en que la enfermedad crónica no solo se narra, sino que transforma de manera duradera la identidad narrativa de quien la padece: el relato que el paciente construye sobre sí mismo antes de enfermar debe reorganizarse, a menudo de manera radical, para incorporar la nueva condición. “La metamorfosis”, cuyo título evoca inevitablemente a Kafka, dramatiza esta reorganización identitaria mediante la imagen de una transformación en curso, no concluida: «Soy larva que se ignora en el sustrato, / un quiste en el tejido del tiempo ciego, / esperando la necrosis del miedo / para brotar en una forma nueva, informe».

Es crucial, desde la perspectiva de la medicina narrativa, que esta metamorfosis se describa mediante vocabulario explícitamente médico-farmacológico: «No es seda lo que me envuelve en este rincón, / es una gasa impregnada de yodo y olvido, / un vendaje que oculta la mutación química». El vendaje médico —dispositivo cuya función habitual es proteger una herida durante el proceso de cicatrización, es decir, precisamente durante el proceso de restitución hacia la salud anterior— se convierte aquí en el instrumento de una transformación que no restituye nada, sino que produce una “mutación química” hacia una forma nueva, previa a cualquier idea de curación o retorno.

El poema cierra con una imagen que documenta, de manera extraordinariamente precisa, la ambivalencia constitutiva de toda transformación identitaria inducida por la enfermedad crónica: «Saldré de aquí con alas de ceniza vibrante, / una efigie patética que boquea en el vacío, / dispuesto a chocar contra la luz artificial / de los que aún creen, ingenuos, en la cordura». La nueva identidad que emerge de la metamorfosis no es una identidad restituida ni una identidad triunfante —como exigiría una narrativa de búsqueda plenamente desarrollada—, sino una identidad frágil («alas de ceniza»), consciente de su propia inadecuación al mundo de quienes «aún creen, ingenuos, en la cordura»: una formulación que documenta, con precisión casi clínica, el aislamiento social que con frecuencia acompaña a la reorganización identitaria del paciente crónico frente a un entorno que no comparte su experiencia transformada.

11. Yonki de la jerarquía: dependencia, medicalización y cuerpo administrado

“Yonki de la jerarquía” introduce, ya desde su título, el vocabulario de la dependencia farmacológica —”yonki”, término coloquial para quien padece adicción a sustancias— aplicado, sin embargo, no a una sustancia recreativa, sino a la propia “jerarquía”: una dependencia estructural, social e institucional que el poema describe con el mismo vocabulario que se emplearía para una adicción química. El verso «Estructuralmente densa, / alcaloide de piel rígida» funde ambos registros —el institucional y el farmacológico— en una sola imagen que documenta cómo la vida bajo tratamiento médico continuado puede experimentarse, desde dentro, con la misma lógica de sometimiento que caracteriza la dependencia a una sustancia.

El poema introduce, además, un vocabulario que evoca directamente el proceso clínico de administración de fármacos y su supervisión: «Cronometra la entropía, / disecciona tu mundo. / Absorbe el fluido antes del colapso. / Vomita la ciencia, falsea los números». Esta última expresión —”falsea los números”— introduce una nota de desconfianza hacia el propio aparato de medición clínica que resulta significativa desde la perspectiva de la medicina narrativa: el paciente crónico, según documenta ampliamente la literatura del campo, desarrolla con frecuencia una relación ambivalente con los datos objetivos de su propio seguimiento médico —análisis, escalas de dolor, parámetros vitales—, que puede oscilar entre la fe absoluta en su objetividad y la sospecha de que esos mismos números no capturan, o incluso distorsionan, la experiencia subjetiva real del padecimiento.

El cierre del poema —«Aclamando a la jerarquía del más apto / logrará soportar el hormigón» […] «Imagina que no puedes imaginar»— retoma la lógica de responsabilización individual del sufrimiento que, desde la perspectiva de la medicina narrativa, constituye uno de los riesgos documentados de cierto discurso biomédico contemporáneo: la exigencia implícita de que el paciente “se adapte”, “sea resiliente” o “soporte” su condición como prueba de aptitud personal, exigencia que Rebecca Garden (2010) señala como uno de los peligros del “rol del buen paciente” que ciertas narrativas de la enfermedad —incluidas, en ocasiones, las narrativas de búsqueda mal entendidas— pueden terminar reforzando de manera acrítica.

12. Instante múltiplo: el tiempo puntillista de la enfermedad crónica

“Instante múltiplo” desarrolla, con mayor extensión que ningún otro poema del libro, una dramatización de la temporalidad fragmentada que caracteriza, según la literatura de la medicina narrativa, la experiencia subjetiva de la enfermedad crónica frente a la temporalidad lineal y orientada a metas que domina la narrativa de restitución. El poema se estructura en torno a la repetición obsesiva de una cifra —«38»— que retorna siete veces, siempre en idéntica posición inicial de verso, como si el tiempo del hablante estuviera atrapado en un bucle sin desarrollo narrativo posible.

Esta estructura circular, sin avance temporal efectivo, contrasta radicalmente con el esquema temporal de la “narrativa de restitución” descrito por Frank, que presupone un movimiento lineal —enfermedad, tratamiento, curación— orientado hacia un futuro de salud recuperada. El «38» de Martín Yáñez no avanza hacia ninguna resolución: se repite, se “pavonea”, regresa idéntico a sí mismo, hasta culminar en la precisión casi administrativa de una hora exacta —«38: Son las 19:19»— que documenta, con rigor casi clínico, el instante preciso de un colapso mental que no conduce a ningún desenlace narrativo, sino que simplemente se cierra sobre sí mismo.

Es pertinente señalar que esta temporalidad puntillista, sin desarrollo narrativo, coincide estructuralmente con lo que la medicina narrativa describe como uno de los mayores desafíos terapéuticos de la enfermedad crónica: la dificultad de mantener, frente a la experiencia repetida de crisis que no conducen a ninguna parte, un relato biográfico coherente orientado hacia el futuro. Kleinman documenta que muchos pacientes crónicos experimentan, precisamente, esta fragmentación del tiempo vivido en una sucesión de “episodios” desconectados entre sí, cada uno de los cuales debe afrontarse de nuevo sin que la experiencia previa ofrezca garantía alguna de comprensión o manejo mejorado del siguiente episodio.

13. Territorio baldío: la narrativa de caos en su forma más pura

“Territorio baldío”, que abre la quinta y última sección del libro, constituye la dramatización más radical de lo que Frank denomina “narrativa de caos”: un relato que no solo carece de la estructura de restitución, sino que llega a cuestionar la propia posibilidad de que exista un sujeto capaz de narrar. El poema acumula, en sus estrofas centrales, adjetivos de exclusión y deterioro moral radical —«Indecente, maldito, / apátrida y soez […] Odioso y odiado, / perdido y desatinado»— antes de culminar en la imagen de vaciamiento absoluto que cierra el poema: «Miro por la ventana: / nada queda. / Nada. / Ni siquiera yo».

Desde la perspectiva de la medicina narrativa, este verso final —la sustracción del propio sujeto narrador del campo de lo que “queda”— representa el límite mismo de lo narrable: si toda narrativa presupone un narrador, por fragmentario o caótico que sea su relato, la desaparición explícita de ese narrador —«ni siquiera yo»— señala el punto en que la narrativa de caos alcanza su extremo lógico, el momento en que la propia posibilidad de contar la propia enfermedad se declara, dentro del poema mismo, agotada. Es significativo que este vaciamiento se produzca precisamente en el poema que abre la sección titulada “El regreso”: el regreso a la experiencia previamente cartografiada no trae consigo ninguna forma de restitución, sino la constatación explícita de que la narrativa de caos ha consumido, momentáneamente, incluso la instancia narradora que la sostenía.

Esta dramatización extrema de la narrativa de caos plantea una pregunta metodológica relevante para la medicina narrativa como disciplina: ¿puede considerarse “narrativa”, en sentido estricto, un poema que declara la imposibilidad de su propio sujeto narrador? La respuesta que propone esta monografía es afirmativa, con una precisión importante: el poema, en tanto objeto textual construido y comunicado a un lector, constituye en sí mismo el acto narrativo que su contenido declara imposible; la paradoja de “Territorio baldío” —un poema que narra la desaparición de quien narra— es, precisamente, la forma más precisa que la lírica puede ofrecer para dar testimonio del extremo de la narrativa de caos, allí donde la prosa autobiográfica de la patografía convencional encontraría, probablemente, mayores dificultades formales para sostener una estructura textual coherente en torno a la propia negación del sujeto.

14. Riendo: hacia una narrativa de búsqueda inconclusa

“Riendo”, último poema del libro, introduce elementos que pueden leerse, con las debidas cautelas, como un atisbo de lo que Frank denomina “narrativa de búsqueda”: no la superación definitiva del padecimiento, pero sí una transformación en la relación del hablante con su propia experiencia de sufrimiento. El poema se abre con una imagen de derretimiento —«el cielo se derrite / quemando mi dolor»— que introduce, desde el primer verso, la posibilidad de una disolución del dolor distinta de su simple perpetuación crónica.

Es significativo que el poema formule, a continuación, una pregunta sobre el regreso a un origen —«¿Dónde queda el camino / de regreso a la raíz?»— sin ofrecer respuesta afirmativa: a diferencia de la narrativa de restitución, que presupone un camino de regreso identificable hacia la salud anterior, el poema deja esta pregunta explícitamente sin resolver, lo que confirma que no se trata de una restitución en el sentido de Frank, sino de un proceso distinto. La imagen del juego infantil del escondite —«Niños que se esconden, / los busco, ¿no los ves? / Escapo de este mundo, / cuento hasta diez»— introduce un modelo de desaparición reversible, lúdica, que contrasta radicalmente con el vaciamiento definitivo de “Territorio baldío”: aquí desaparecer no es la pérdida absoluta del sujeto narrador, sino una posibilidad de juego que presupone, precisamente, un reencuentro posterior.

El poema culmina con la imagen que cierra el libro entero: «Sigo corriendo / y al final me tiendo / en los brazos del mar riendo», reforzada por la coda final entre paréntesis: «(riendo): como loco que se lleva el tiempo […] (riendo): como alma que esquiva al diablo». Esta risa final no cura la enfermedad crónica que el poemario ha documentado con tanta precisión clínica a lo largo de sus veintiún poemas, ni resuelve el dolor en una restitución completa; pero sí representa, dentro del marco de la medicina narrativa, un desplazamiento tonal significativo respecto de la narrativa de caos dominante: el hablante ya no se experimenta a sí mismo como sujeto disuelto —«ni siquiera yo»—, sino como sujeto que ríe, que corre, que se tiende voluntariamente sobre el elemento líquido que lo acoge. Se trata, en el vocabulario más cauto que esta monografía puede emplear sin forzar el texto más allá de lo que permite, de una narrativa de búsqueda apenas esbozada, incompleta, ambivalente, pero perceptible.

15. Patografía y poesía: diferencias genéricas en la narrativa de la enfermedad

Anne Hunsaker Hawkins, en Reconstructing Illness: Studies in Pathography (1999), estudia el género de la “patografía” —el relato autobiográfico en prosa de la propia enfermedad— identificando en él convenciones formales recurrentes: la cronología del diagnóstico, el desarrollo del tratamiento, la reflexión retrospectiva sobre el significado de la experiencia. Ann Jurecic, en Illness as Narrative (2012), añade a este análisis una atención específica a los riesgos retóricos del género: la tentación de imponer sobre la experiencia vivida una coherencia narrativa que la experiencia real, en su momento, no poseía.

Desde el Tártaro no pertenece, evidentemente, al género de la patografía en el sentido estricto que definen Hunsaker Hawkins y Jurecic: no ofrece cronología de diagnóstico ni desarrollo lineal de tratamiento, y su brevedad lírica —dieciocho páginas de verso frente a las habituales doscientas o trescientas de una patografía en prosa— impide cualquier comparación directa de extensión o de ambición testimonial explícita. Sin embargo, precisamente esta diferencia genérica permite plantear una hipótesis productiva: el poema lírico, por su brevedad, su elipsis y su renuncia a la cronología explícita, puede estar mejor adaptado que la prosa patográfica para dar cuenta de la “narrativa de caos” en su forma más pura, ya que esta última, según la propia definición de Frank, se caracteriza precisamente por la ausencia de la secuencia ordenada que la prosa narrativa tiende, casi por imperativo formal del género, a imponer sobre cualquier material que organiza.

Esta hipótesis encuentra respaldo indirecto en la advertencia de Jurecic sobre el riesgo de que la patografía en prosa imponga coherencia narrativa allí donde la experiencia vivida careció de ella: el verso libre y fragmentario de Martín Yáñez —con sus saltos estróficos abruptos, sus repeticiones obsesivas, sus finales en suspensión («Nada. / Ni siquiera yo»)— evita ese riesgo precisamente por no aspirar, en ningún momento, a la coherencia cronológica que la prosa autobiográfica presupone casi por convención genérica. En este sentido, Desde el Tártaro puede leerse como una contribución específicamente poética —y no meramente una variante menor o incompleta— al campo más amplio de la narrativa de la enfermedad que la medicina narrativa se propone estudiar.

16. El testigo y el poema: bearing witness en clave lírica

Frank sostiene que el enfermo que narra su padecimiento no es solo un superviviente, sino un testigo: alguien que, “formado en una pedagogía del sufrimiento”, se dirige a otros ofreciendo “una verdad sobre vivir”, verdad que se convierte en punto de partida de lo que él denomina una “ética narrativa”, mediante la cual las experiencias privadas se transforman en voces públicas. Esta función testimonial del relato de enfermedad adquiere, en el caso de la poesía, una configuración particular que merece atención específica.

A diferencia de la patografía en prosa, que suele dirigirse explícitamente a un lector general al que se busca informar, conmover o alertar sobre una condición médica concreta, Desde el Tártaro no formula en ningún momento una dirección testimonial explícita hacia un lector no enfermo que busque comprender la experiencia del hablante desde fuera. El poemario no explica, no divulga, no informa sobre ninguna condición clínica concreta: se limita a nombrar, con el máximo rigor formal e imaginativo disponible, la experiencia misma, dejando al lector la tarea de reconstruir, a partir de las imágenes ofrecidas, cualquier comprensión posible de esa experiencia.

Esta ausencia de vocación divulgativa explícita no invalida, sin embargo, la función testimonial del poemario en el sentido que Frank atribuye al concepto: el propio acto de escribir y publicar estos poemas —de convertir en objeto textual compartido una experiencia que podría haber permanecido privada— constituye, en sí mismo, el gesto de “dar testimonio” que Frank describe, incluso en ausencia de cualquier aparato explicativo o pedagógico. El testimonio poético de Desde el Tártaro es, en este sentido, un testimonio de forma antes que de contenido informativo: no enseña al lector datos sobre una enfermedad concreta, pero le ofrece, mediante la precisión de sus imágenes —el hormigón, la resina, el algoritmo, la isquemia—, un acceso formal y emocional a una experiencia de padecimiento crónico que ningún informe clínico, por preciso que sea en su propio registro, podría transmitir con la misma intensidad.

17. Metáfora médica y crítica de la metáfora: Sontag releída desde Desde el Tártaro

Susan Sontag advirtió, en Illness as Metaphor (1978), sobre los riesgos de metaforizar la enfermedad mediante imágenes bélicas o punitivas —la enfermedad como “invasión”, como “castigo”—, señalando que tales metáforas pueden agravar el sufrimiento del enfermo al cargarlo de connotaciones morales injustificadas. Es pertinente, en el contexto de esta monografía sobre medicina narrativa, examinar en qué medida Desde el Tártaro incurre o evita este riesgo señalado por Sontag.

El análisis del léxico técnico del poemario, realizado en los epígrafes precedentes, permite constatar que Martín Yáñez evita sistemáticamente el registro bélico o punitivo que Sontag identifica como problemático: en ningún momento del libro la enfermedad se describe como “batalla”, “lucha”, “enemigo” o “castigo” merecido. En su lugar, el poemario recurre a un vocabulario predominantemente industrial, material y sistémico —hormigón, resina, algoritmo, sistema, mecanismo— que, aunque tampoco carece de connotaciones (la solidez agrietada, el sistema que falla), no atribuye responsabilidad moral alguna al sujeto enfermo ni presenta su padecimiento como resultado de una conducta reprobable. Esta elección léxica sitúa a Desde el Tártaro, respecto de la advertencia de Sontag, en una posición relativamente cautelosa: metaforiza, sin duda —Sontag misma reconoce que la metáfora en la enfermedad es, en cierta medida, inevitable—, pero elige un repertorio metafórico que evita el juicio moral implícito que la autora denuncia.

Esta elección puede leerse, además, en diálogo con la propuesta de Charon sobre la función legítima de la metáfora dentro de la medicina narrativa: para Charon, la metáfora no es un adorno peligroso a evitar, sino, cuando se emplea con responsabilidad, un instrumento cognitivo legítimo que permite “establecer conexiones entre las cosas” y ayudar tanto al paciente como al médico a “reconocer” la enfermedad de una manera que el lenguaje puramente clínico, desprovisto de recursos figurativos, no permite. El vocabulario industrial y sistémico de Desde el Tártaro cumple, precisamente, esta función cognitiva legítima que Charon reivindica: no estigmatiza al enfermo, pero le proporciona un marco conceptual —el de la construcción, el sistema, el material sometido a fatiga— que hace pensable una experiencia que de otro modo permanecería, en palabras de Scarry, resistente a cualquier verbalización.

18. Unidos podíamos: el vínculo afectivo bajo la sombra de la enfermedad

La literatura de la medicina narrativa ha prestado atención creciente, en las últimas dos décadas, a la experiencia de quienes rodean al paciente crónico: parejas, familiares y cuidadores cuya propia biografía se ve reorganizada, a menudo de manera tan profunda como la del enfermo mismo, por la presencia sostenida del padecimiento ajeno. Aunque Desde el Tártaro se articula predominantemente como monólogo en primera persona, sin que aparezca en ningún momento la voz explícita de un cuidador, el poema “Unidos podíamos” permite reconstruir, por vía indirecta, la huella que la enfermedad crónica deja sobre el vínculo afectivo compartido.

El poema se estructura como una enumeración anafórica de deseos formulados en pasado —«Deseé parar el tiempo», «Deseé un instante eterno», «Deseé un cuadro perfecto», «Deseé blandir el viento»— que documenta, mediante el propio tiempo verbal, la distancia que separa el presente de la enunciación de un pasado idealizado en el que la relación aún parecía sostenible. El verso que cierra cada aspiración —«y al veneno que nos hizo sordos»— introduce un elemento disruptivo, nunca identificado con precisión clínica ni biográfica, que el poema presenta como causa de la sordera mutua entre los amantes: una fórmula que, leída desde la medicina narrativa, puede entenderse como la manera en que la enfermedad crónica —el “veneno” que satura lentamente la relación— erosiona la capacidad de escucha recíproca entre quien padece y quien acompaña, sin que ninguno de los dos logre nombrar con precisión el origen exacto de esa sordera compartida.

La estructura circular del poema —que cierra repitiendo, con variación mínima de pronombres, los mismos versos con que se abre: «Deseé parar el tiempo. / Camisa a cuadros y lazos rojos. / Mi voz, tu sonrisa, un requiebro / y al veneno que nos hizo sordos»— documenta, mediante puro procedimiento formal, la imposibilidad de progreso narrativo que caracteriza buena parte de las narrativas de pareja bajo enfermedad crónica descritas por la literatura clínica: el deseo se formula una y otra vez, en un bucle que no avanza, sobre un vínculo que el propio poema presenta como ya perdido desde el primer verso. Esta circularidad reproduce, a escala de la relación de pareja, la misma lógica de tiempo puntillista sin desarrollo que “Instante múltiplo” dramatiza a escala del sujeto individual, sugiriendo que la fragmentación temporal inducida por la enfermedad crónica no afecta solo a la biografía del paciente, sino también, por contagio estructural, a la de quien comparte su vida con él.

19. Planeta: la utopía de la restitución fantaseada a gran escala

“Planeta”, el poema más extenso del libro, permite examinar, desde la medicina narrativa, un fenómeno distinto de los analizados hasta ahora: la fantasía compensatoria de restitución, proyectada no ya sobre el propio cuerpo del hablante, sino sobre una utopía colectiva de escala planetaria. El estribillo que el poema repite obsesivamente —«Y cambió el romanticismo por una mortaja de azahar, / marchito y recurrente»— documenta el fracaso repetido de esa fantasía de restitución a gran escala, en un movimiento que resulta paralelo, aunque desplazado del cuerpo individual al cuerpo social, al fracaso de restitución que “Sin servir” documenta en clave estrictamente clínica.

Es significativo que el propio poema formule esta fantasía compensatoria mediante la pregunta explícita «¿Utopía? Puede», que introduce, ya desde el inicio, la incertidumbre sobre la viabilidad de cualquier restitución imaginada. La medicina narrativa documenta, en pacientes con enfermedad crónica de larga duración, la aparición frecuente de fantasías compensatorias de este tipo —proyecciones hacia un futuro idealizado, hacia una comunidad reparadora, hacia una utopía colectiva— que cumplen una función psicológica de sostén frente a la ausencia de restitución individual real, sin que esas fantasías lleguen necesariamente a sustituir, en ningún momento, la constatación de la propia condición crónica no resuelta.

El poema cierra, tras un largo recorrido de casi doscientos versos, sin resolver la tensión entre la utopía imaginada y su fracaso reiterado: la comunidad que “sentirá el planeta en sus sienes” y “señalará a quien / cambió el romanticismo por una mortaja de azahar” permanece, hasta el final, en el terreno de la profecía —marcada, significativamente, por el uso de comillas angulares que distancian levemente estas frases del resto del discurso del hablante: «Y el futuro será de ellos, porque suyos son los días»—, sin llegar a materializarse dentro del propio poema como restitución efectivamente lograda. Esta suspensión final, ni afirmación plena de la utopía ni renuncia definitiva a ella, reproduce, a escala colectiva, la misma ambivalencia entre narrativa de caos y narrativa de búsqueda que se ha documentado, a escala individual, en el análisis de “Riendo”.

20. Septentrión: el sistema sanitario como interlocutor deshumanizado

“Septentrión” permite examinar, desde la medicina narrativa, la representación del sistema sanitario —o, en una lectura alternativa que el propio texto no excluye, de cualquier institución reguladora de la vida del paciente crónico— como interlocutor despersonalizado, reducido a mero procesamiento de señal: «Eres el único receptor que procesa, / y la primera secuencia que huye». El vocabulario informático —”receptor”, “procesa”, “secuencia”, “registro”— convierte la relación entre el hablante y su interlocutor en un intercambio de datos antes que en un diálogo humano, reproduciendo, en clave poética, una de las críticas más extendidas a la biomedicina contemporánea dentro de la propia literatura de la medicina narrativa: la reducción del paciente a un conjunto de parámetros procesables por un sistema que ha perdido, en el camino, la capacidad de “escuchar historias” que Charon reclama como competencia clínica indispensable.

El poema culmina con una imagen que fusiona lo tecnológico con lo mortuorio: «Confirma el registro una vez más, / desarticula el mecanismo antes, / y congela mis extremidades, / y corre el sudario de acero tras de ti». La exigencia de “confirmar el registro” —trámite burocrático-administrativo que cualquier paciente crónico reconoce de sus interacciones repetidas con el sistema sanitario: la reiteración de datos ya proporcionados, la insistencia en protocolos de verificación que preceden a cualquier atención efectiva— se formula aquí como un ritual que antecede, no a la curación, sino a la congelación y al “sudario”: la burocracia sanitaria, lejos de aliviar, se presenta como parte del propio proceso de deterioro que el poema documenta.

Esta representación crítica del sistema sanitario despersonalizado no constituye, sin embargo, un rechazo frontal de la medicina como institución: el propio poemario, como se ha mostrado en el análisis de “Sin servir”, reconoce la eficacia clínica objetiva del tratamiento incluso al lamentar su coste narrativo. “Septentrión” documenta, más bien, un aspecto específico y bien estudiado por la medicina narrativa —la tensión entre la eficiencia protocolaria del sistema y la necesidad, no siempre satisfecha, de que ese sistema reconozca al paciente como sujeto narrador y no solo como “secuencia” que debe “procesarse”—, sin que ello implique una condena global de la institución médica como tal.

21. Discordancia romántica y Romance matemático fallido: la enfermedad como ruptura del vínculo

“Discordancia romántica” y “Romance matemático fallido” permiten profundizar, desde un ángulo distinto del ya explorado en “Unidos podíamos”, en el modo en que la enfermedad crónica —o, más precisamente, la incertidumbre sobre la propia identidad que la enfermedad crónica induce— dificulta la construcción de un relato compartido de pareja. “Discordancia romántica” formula esta dificultad como una pregunta ontológica sin respuesta: «¿Qué unidad somos?, ¿quién eres? / ¿El alcaloide, el residuo, la mofa? / ¿Una anatomía ramplona? / ¿Un ensamblaje de despojos?». La incapacidad de nombrar con precisión la “unidad” que forman los dos sujetos del poema traduce, en clave de pareja, la misma crisis de identidad narrativa que “La metamorfosis” dramatiza en clave estrictamente individual: si la enfermedad crónica reorganiza radicalmente la identidad de quien la padece, esa reorganización repercute inevitablemente sobre cualquier relato compartido que dependa de una identidad estable para sostenerse.

“Romance matemático fallido” traduce esta misma dificultad al vocabulario geométrico ya analizado en el epígrafe 12: los amantes se convierten en «dos figuras excéntricas en paradoja sibilina» que terminan por ser «planos paralelos», figura que, por definición axiomática, jamás puede intersecarse. Leído desde la medicina narrativa, este cierre geométrico documenta un fenómeno bien reconocido en la literatura clínica sobre relaciones de pareja bajo enfermedad crónica: la posibilidad de que ambos miembros de la relación, sometidos a la misma experiencia disruptiva pero viviéndola desde posiciones estructuralmente distintas —el que padece y el que acompaña—, terminen por desarrollar narrativas de sentido tan divergentes entre sí que la propia relación, pese a compartir el mismo origen traumático, se experimente como una convivencia de “planos paralelos” incapaces de encontrarse en ningún punto común.

Esta lectura complementa, sin contradecirla, la que otras investigaciones sobre este mismo poemario han propuesto desde el ángulo de la identidad líquida o del léxico algorítmico: la aportación específica de la medicina narrativa a este análisis consiste en subrayar que la incomunicación que ambos poemas documentan no es un simple fallo de comunicación abstracto, sino una consecuencia identificable, y ampliamente documentada por la literatura clínica, de la reorganización identitaria que la enfermedad crónica impone tanto a quien la padece como, de manera menos visible pero no menos real, a quien la acompaña.

22. Voz y silencio: lo no dicho frente al imperativo confesional de la patografía

Un rasgo distintivo de Desde el Tártaro, que merece atención específica desde la perspectiva genérica abierta en el epígrafe 15, es la persistencia de un silencio diagnóstico deliberado: en ningún momento del libro se nombra con precisión clínica la naturaleza exacta del padecimiento que atraviesa sus veintiún poemas. Esta ausencia contrasta de manera notable con el imperativo confesional que domina buena parte de la patografía contemporánea en prosa, género que, según documentan tanto Hunsaker Hawkins como Jurecic, suele organizarse precisamente en torno a la revelación explícita del diagnóstico como momento estructurante del relato.

Esta reticencia diagnóstica de Martín Yáñez puede leerse, desde la medicina narrativa, no como una carencia informativa, sino como una decisión formal coherente con el proyecto general del libro: al no anclar la experiencia en un diagnóstico nominal concreto, el poemario evita el riesgo, señalado por Jurecic, de que la etiqueta clínica termine por sustituir o simplificar en exceso la experiencia vivida, reduciendo la complejidad subjetiva del padecimiento a la categoría administrativa de un código diagnóstico. El lector de Desde el Tártaro no sabe, ni necesita saber en términos clínicos precisos, qué enfermedad concreta atraviesa el hablante: conoce, en cambio, con extraordinaria precisión, cómo se siente vivir con ella, cuál es su textura material, su temporalidad, su efecto sobre los vínculos afectivos y sobre la propia identidad.

Esta elección formal —silencio diagnóstico, precisión experiencial— constituye, en definitiva, una de las aportaciones más específicas que la poesía, frente a la prosa patográfica convencional, puede realizar al campo de la medicina narrativa: mientras que la patografía en prosa tiende a organizar su relato en torno al nombre de la enfermedad, el poema lírico de Martín Yáñez demuestra que es posible —y, según se ha argumentado a lo largo de esta monografía, formalmente muy productivo— construir una narrativa de la enfermedad plenamente reconocible y clínicamente verosímil sin necesidad de nombrar jamás su origen nosológico preciso, centrando toda la fuerza expresiva del texto en la textura material y afectiva de la experiencia vivida.

23. La estructura macrotextual del libro: el arco narrativo de la enfermedad crónica

Más allá del análisis poema a poema realizado en los epígrafes precedentes, resulta pertinente examinar, desde la medicina narrativa, la estructura macrotextual que organiza el conjunto del libro en cinco secciones: “El fondo”, “El territorio”, “El mundo exterior”, “La pieza mayor” y “El regreso”. Esta secuencia puede leerse como un arco narrativo completo que, sin llegar a configurar una narrativa de restitución en el sentido pleno que describe Frank, sí organiza el material poético según una lógica de desplazamiento reconocible: de un “fondo” inicial marcado por la pérdida (“Sin servir”, “Sustancia perpetua”, “Hormigón crudo”) a un “territorio” de pesadilla interior (“Latitud gótica”, “Septentrión”, “Al final de la escalera”), pasando por un “mundo exterior” de deambulación anónima y vínculos fallidos, para desembocar en la expansión fantaseada de “La pieza mayor” y, finalmente, en “El regreso”, que combina el vaciamiento de “Territorio baldío” con la disolución final de “Riendo”.

Esta organización en cinco tiempos recuerda, sin coincidir exactamente con ella, a la estructura que la propia Anne Hunsaker Hawkins identifica como recurrente en la patografía convencional: un movimiento desde el shock inicial del diagnóstico, pasando por la fase de crisis y tratamiento, hasta una resolución —favorable, desfavorable o ambigua— que cierra el relato. Lo distintivo de Desde el Tártaro, sin embargo, es que esa resolución final no adopta la forma de una curación ni de una muerte narrada, sino de la imagen ambigua y abierta de “Riendo”, que ni cierra el arco con una restitución plena ni lo abandona en el vaciamiento absoluto de “Territorio baldío”: el libro termina, precisamente, en el punto intermedio entre ambas posibilidades, lo que refuerza la lectura propuesta en el epígrafe 14 sobre la narrativa de búsqueda incipiente y no consumada.

Es significativo, además, que el título de la propia nota del autor que abre el libro describa el Tártaro no como territorio físico, sino como “un lugar mental: un espacio de descenso, resistencia y transformación”. Estas tres palabras —descenso, resistencia, transformación— podrían servir, de hecho, como resumen alternativo de las tres tipologías narrativas de Frank aplicadas a la estructura completa del libro: el descenso inicial hacia el fondo equivale al reconocimiento inaugural de la pérdida que toda enfermedad grave impone; la resistencia que atraviesa las secciones centrales —el hormigón, la resina, el algoritmo, el sistema que se intenta comprender y contener— equivale a la fase de negociación con el padecimiento que ocupa la mayor parte de cualquier narrativa de caos prolongada; y la transformación final, aunque incompleta, apunta hacia la posibilidad, nunca garantizada pero tampoco descartada, de una narrativa de búsqueda que el propio autor, en su nota preliminar, parece reconocer como horizonte deseado del libro sin comprometerse a declararlo alcanzado.

24. Poesía, comunidad de lectores y la “sociedad de la remisión”

Arthur Frank acuña, en una obra anterior a The Wounded Storyteller, el concepto de “sociedad de la remisión” (remission society) para describir el colectivo, cada vez más numeroso en las sociedades contemporáneas de esperanza de vida prolongada, de personas que conviven de manera indefinida con alguna forma de enfermedad crónica o discapacidad, sin hallarse ni completamente sanas ni en fase terminal. Esta categoría social, señala Frank, carece con frecuencia de representación narrativa propia, situada como está en el espacio intermedio entre la narrativa de salud plena y la narrativa de enfermedad terminal que dominan el imaginario cultural sobre la enfermedad.

Desde el Tártaro puede leerse, en este sentido, como una contribución literaria específica a la narrativa de esa “sociedad de la remisión”: un libro que no relata ni la salud ni la muerte, sino la condición intermedia, prolongada e indefinida de quien convive con un padecimiento crónico sin fecha de resolución previsible. El propio hecho de que el poemario se publique y llegue a un público lector cumple, desde esta perspectiva, una función que la medicina narrativa reconoce como valiosa en sí misma: ofrece, a otros miembros de esa misma “sociedad de la remisión” que puedan reconocerse en sus imágenes, un testimonio literario de una experiencia que rara vez encuentra representación pública articulada con el mismo rigor formal.

Esta función social del poemario no requiere, para cumplirse, que el lector padezca necesariamente la misma condición clínica que el hablante lírico: la medicina narrativa sostiene, precisamente, que la competencia narrativa entrenada mediante la lectura atenta de textos como este beneficia tanto al paciente crónico que se reconoce en ellos como al lector sano —incluido el profesional sanitario en formación— que, a través de la lectura, desarrolla una mayor capacidad de reconocer, en su propia práctica futura, las historias de enfermedad que sus pacientes le presentarán. En este sentido, Desde el Tártaro cumple una función que trasciende su propio valor estético, y que lo sitúa, según se ha argumentado a lo largo de esta monografía, dentro del proyecto más amplio que Rita Charon reivindica para la medicina narrativa en su conjunto: contribuir a que las historias de la enfermedad, en cualquier forma en que se presenten, sean reconocidas, escuchadas y honradas.

24bis. Ironía y humor como estrategia de afrontamiento: de Frecuencia de corte a Riendo

La literatura clínica sobre afrontamiento (coping) de la enfermedad crónica documenta, desde hace décadas, el papel que el humor y la ironía desempeñan como mecanismo de gestión emocional del sufrimiento prolongado, sin que ese recurso implique, necesariamente, minimización ni negación de la gravedad del padecimiento. Arthur Frank dedica atención específica a este fenómeno al señalar que muchas narrativas de enfermedad —incluida la suya propia— combinan momentos de seriedad extrema con destellos de humor negro que permiten al narrador sostener, sin colapsar, el peso de lo que relata.

Desde el Tártaro despliega este recurso de manera progresiva a lo largo del libro, en una trayectoria que merece trazarse de manera explícita. “Frecuencia de corte”, como se analizó en el epígrafe 9, documenta el momento en que “el dolor se vuelve un chiste”: una transformación que el poema presenta como parte de un proceso de agotamiento —”Rabia que muerde hasta los huesos”— antes que como estrategia deliberada de afrontamiento saludable. “Riendo”, en cambio, presenta un humor de tonalidad distinta, menos amargo, más cercano a la aceptación lúdica: la coda final del libro —«(riendo): como loco que se lleva el tiempo […] (riendo): como alma que esquiva al diablo»— sugiere una relación con la propia risa que ya no surge exclusivamente del agotamiento, sino de una cierta distancia irónica frente al propio padecimiento, distancia que la literatura clínica reconoce como uno de los indicadores, aunque no concluyente por sí solo, de una relación más elaborada y menos devastadora con la enfermedad crónica.

Esta progresión desde el humor como síntoma de agotamiento hacia el humor como distancia irónica más serena no debe leerse, sin embargo, como una curva de mejoría clínica objetivable: el poemario no ofrece ningún dato que permita afirmar tal cosa, y esta investigación se abstiene deliberadamente de cualquier conclusión de ese tipo. Lo que sí puede afirmarse, desde el análisis puramente textual y con el respaldo de la literatura sobre afrontamiento y humor en la enfermedad crónica, es que el libro documenta, en su propia progresión interna desde “Frecuencia de corte” hasta “Riendo”, una transformación en el uso poético de la ironía que resulta coherente con la transición, ya señalada en los epígrafes 3 y 14, desde la narrativa de caos dominante hacia los indicios finales, apenas esbozados, de una narrativa de búsqueda.

25. Discusión: ¿medicina narrativa sin narrativa? El poema lírico como forma mínima de illness narrative

Cabe preguntarse, a modo de discusión final, si el concepto de “narrativa de la enfermedad”, desarrollado por Kleinman, Charon y Frank fundamentalmente a partir del análisis de relatos en prosa —testimonios orales de pacientes, autobiografías, patografías—, resulta aplicable sin forzamiento excesivo a un objeto tan distinto formalmente como el poema lírico breve, elíptico y no cronológico que constituye Desde el Tártaro. La respuesta que propone esta monografía es que sí, con una precisión importante: el poema lírico no ofrece una narrativa de la enfermedad en el sentido de un relato secuencial de acontecimientos —diagnóstico, tratamiento, desenlace—, pero sí ofrece lo que podría denominarse una narrativa mínima, condensada en la imagen antes que en la secuencia, cuya estructura interna —el bucle temporal de “Instante múltiplo”, el vaciamiento progresivo de “Territorio baldío”, el tránsito final de “Riendo”— reproduce, a escala reducida, la misma lógica de restitución fallida, caos y búsqueda incipiente que Frank describe para las narrativas en prosa de mayor extensión.

Esta hipótesis permite, además, una contribución metodológica específica al propio campo de la medicina narrativa: si, como sostiene Charon, la competencia narrativa —la capacidad de “reconocer, absorber, interpretar y dejarse conmover” por las historias de la enfermedad— constituye una habilidad clínica entrenable mediante la lectura de textos literarios, entonces la poesía, y no solo la prosa autobiográfica o la narrativa de ficción, debería ocupar un lugar reconocido dentro del corpus de “close reading” que Charon propone como herramienta pedagógica para la formación médica. La brevedad y la condensación de la imagen poética permiten, precisamente, un ejercicio de lectura atenta que exige del lector —médico en formación o no— una implicación interpretativa que la narrativa en prosa, por su mayor extensión y su cronología más explícita, no siempre requiere con la misma intensidad.

Conviene, finalmente, subrayar que esta lectura de Desde el Tártaro desde la medicina narrativa no agota ni pretende agotar las posibles aproximaciones críticas al poemario, y que coexiste, sin contradicción, con las lecturas paralelas que otras investigaciones dedicadas a este mismo libro desarrollan desde perspectivas distintas —la sintaxis técnica del verso, la metáfora industrial de la enfermedad crónica, el diálogo con la sociología de la modernidad líquida, el léxico de precisión comparado con otras corrientes de la poesía contemporánea—. Lo que esta monografía aporta de manera específica es la demostración de que el marco conceptual de la medicina narrativa —las illness narratives de Kleinman, las tres tipologías de Frank, la distinción entre disease e illness de Charon— no se limita a la prosa autobiográfica clínica, sino que encuentra en el poema lírico breve una forma de expresión igualmente legítima, y en ciertos aspectos —la dramatización formal del caos, la condensación testimonial— quizás más precisa que la prosa extensa para dar cuenta de la experiencia del dolor crónico.

Queda abierta, como línea de investigación futura que esta monografía no puede desarrollar dentro de sus límites, la pregunta de si el mismo marco conceptual resultaría igualmente productivo aplicado a otros poemarios contemporáneos que aborden la enfermedad crónica desde procedimientos formales distintos —el verso narrativo extenso, el poema en prosa, la secuencia autobiográfica explícitamente fechada—, lo que permitiría contrastar de manera sistemática si la brevedad y la elipsis que caracterizan a Desde el Tártaro constituyen, en efecto, un rasgo formal particularmente propicio para la dramatización de la narrativa de caos, o si, por el contrario, esa propicidad depende más de decisiones autorales concretas —el silencio diagnóstico, la heterogeneidad del léxico técnico, la ausencia de aparato divulgativo— que de la forma lírica breve como tal. Esta monografía se limita a documentar, con el rigor que permite el análisis textual detallado de un único corpus, que en el caso concreto de Iván Martín Yáñez esa productividad es, cuando menos, verificable y sostenida a lo largo de la totalidad del libro.

Conclusiones

Esta monografía ha examinado Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez, a través del marco conceptual de la medicina narrativa desarrollado por Arthur Kleinman, Rita Charon y Arthur Frank, sosteniendo que el poemario dramatiza, a lo largo de sus veintiún poemas, una experiencia de enfermedad crónica que se resiste de manera sistemática a la “narrativa de restitución” —el esquema culturalmente dominante que anticipa la curación y otorga protagonismo a la tecnología del remedio—, para desplegar en su lugar, de manera predominante, la “narrativa de caos” descrita por Frank, con indicios finales, parciales y ambivalentes, de una posible “narrativa de búsqueda”.

El análisis detallado de “Sin servir” ha mostrado cómo el único poema del libro que menciona explícitamente una intervención médica documenta, con extraordinaria precisión, el conflicto entre disease (el éxito clínico objetivo del tratamiento, que elimina las voces sintomáticas) e illness (el fracaso narrativo subjetivo de un tratamiento que anula el marco de sentido del paciente sin ofrecer ninguno alternativo), conflicto que constituye, precisamente, el objeto central de estudio de la medicina narrativa tal como la fundó Rita Charon. El análisis de “Sustancia perpetua” y “Hormigón crudo” ha permitido documentar la temporalidad específica de la enfermedad crónica —un tiempo que no fragua hacia la resolución, sino que permanece y se endurece progresivamente—, mientras que “Mejor imposible” y “Al final de la escalera” han ilustrado, respectivamente, la resistencia del dolor al lenguaje descrita por Elaine Scarry y la distorsión temporal de la crisis aguda dentro de la cronicidad.

Se ha mostrado, mediante el análisis de “Frecuencia de corte”, cómo el poemario incorpora el gesto de “dar testimonio” (bearing witness) que Frank atribuye al enfermo narrador, ampliando su voz para dar cuenta de una presencia ajena y vulnerable; y se ha mostrado, a través de “La metamorfosis” y “Yonki de la jerarquía”, cómo el poemario dramatiza la reorganización identitaria y la relación ambivalente con la administración clínica que caracterizan, según documenta extensamente Kleinman, la experiencia subjetiva de la enfermedad crónica prolongada. El análisis de “Instante múltiplo” ha permitido vincular la temporalidad puntillista, fragmentada y sin desarrollo narrativo del poema con los desafíos que la propia literatura de la medicina narrativa identifica en el mantenimiento de un relato biográfico coherente bajo la enfermedad crónica.

“Territorio baldío” ha revelado el límite extremo de la narrativa de caos —un poema que declara la desaparición de su propio sujeto narrador— y “Riendo”, en su carácter de desenlace del libro, ha permitido identificar los indicios, nunca plenamente desarrollados, de una narrativa de búsqueda incipiente, marcada por la risa y la disolución voluntaria en el agua, sin que en ningún momento el poemario ofrezca la epifanía redentora que la crítica posterior a Frank —particularmente Rebecca Garden— ha señalado como potencialmente problemática en ciertas narrativas de superación idealizada.

Se ha propuesto, además, una hipótesis metodológica de alcance más general para el campo de la medicina narrativa: que el poema lírico, pese a su distancia formal respecto de la patografía en prosa estudiada por Anne Hunsaker Hawkins y Ann Jurecic, constituye una forma legítima —y en ciertos aspectos, como la dramatización de la narrativa de caos, quizás particularmente precisa— de illness narrative, capaz de ofrecer al lector, y potencialmente al profesional sanitario en formación dentro del programa pedagógico de “close reading” que la propia Rita Charon defiende, un acceso formal y emocional a la experiencia del padecimiento crónico que la prosa extensa, sujeta a las convenciones cronológicas del género patográfico, no siempre puede ofrecer con la misma condensación testimonial.

El análisis de “Unidos podíamos”, “Discordancia romántica” y “Romance matemático fallido” ha permitido extender la mirada de la medicina narrativa más allá del sujeto individual, mostrando cómo la reorganización identitaria inducida por la enfermedad crónica repercute también sobre el vínculo de pareja, generando esa condición de “planos paralelos” —dos narrativas de sentido que ya no logran encontrarse— documentada por la literatura clínica sobre relaciones bajo enfermedad crónica prolongada. El análisis de “Planeta” ha mostrado, a su vez, cómo la fantasía de restitución, cuando fracasa a escala individual, puede desplazarse hacia una utopía compensatoria de escala colectiva, sin que esa utopía llegue tampoco a materializarse dentro del poema; y el análisis de “Septentrión” ha documentado la representación crítica, pero no absolutamente hostil, del sistema sanitario despersonalizado que reduce al paciente a mera “secuencia” procesable.

Se ha destacado, además, el silencio diagnóstico deliberado que atraviesa todo el poemario —la ausencia de cualquier nombre clínico preciso para la condición del hablante—, silencio que, lejos de empobrecer la narrativa de la enfermedad, permite a Desde el Tártaro centrar toda su fuerza expresiva en la textura material y afectiva de la experiencia vivida, evitando el riesgo, señalado por Ann Jurecic, de que la etiqueta diagnóstica termine por sustituir la complejidad subjetiva del padecimiento. El examen de la estructura macrotextual en cinco secciones —”El fondo”, “El territorio”, “El mundo exterior”, “La pieza mayor” y “El regreso”— ha revelado, por su parte, un arco narrativo completo, coherente con las tres palabras que el propio autor emplea en su nota preliminar para describir el Tártaro: descenso, resistencia y transformación; y la comparación entre “Frecuencia de corte” y “Riendo” ha permitido trazar una progresión, documentada por la literatura clínica sobre afrontamiento, desde el humor como síntoma de agotamiento hacia la ironía como forma más serena de distancia frente al propio padecimiento.

Finalmente, se ha propuesto que Desde el Tártaro, al hacerse público mediante su publicación, cumple una función reconocida por la propia medicina narrativa: la de ofrecer, a lo que Arthur Frank denomina la “sociedad de la remisión” —el colectivo, cada vez más amplio, de quienes conviven de manera indefinida con una enfermedad crónica sin fecha de resolución previsible—, un testimonio literario riguroso de una experiencia que rara vez encuentra representación pública con el mismo grado de precisión formal, beneficiando tanto a los lectores que puedan reconocerse en sus imágenes como a cualquier lector, incluido el profesional sanitario en formación, dispuesto a ejercitar mediante su lectura la competencia narrativa que Charon reivindica como parte indispensable de una medicina más humana.

La conclusión general de esta monografía es que Desde el Tártaro puede leerse, sin forzar el texto más allá de lo que permite, como un ejercicio sostenido y formalmente riguroso de medicina narrativa en clave lírica: un poemario que documenta, con el vocabulario técnico más preciso disponible en la lengua española contemporánea, tanto el fracaso de la promesa biomédica de restitución como la posibilidad, apenas esbozada pero perceptible, de una transformación del sufrimiento en una forma distinta —no necesariamente mejor, pero sí diferente— de relación con el propio cuerpo, el propio tiempo, los propios vínculos afectivos y la propia narrativa vital. Esta lectura no agota el poemario ni sustituye otras aproximaciones críticas legítimas al mismo corpus, pero aporta, se sostiene aquí, una perspectiva específica y verificable sobre la manera en que la poesía contemporánea puede participar, con recursos propios y en ocasiones más precisos que los de la prosa, en el proyecto más amplio que la medicina narrativa se ha propuesto desde su fundación: honrar, en palabras de Charon, las historias de la enfermedad.

Bibliografía

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Fernández Martínez, Sergio (2023). «El cuerpo sin órganos en la poesía española del siglo XXI: teoría y símbolo». Tropelías. Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. DOI: 10.26754/ojs_tropelias/tropelias.2023408634

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Autor/a: Javier Pérez-Ayala

DOI / Zenodo: https://zenodo.org/uploads/21363078

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Informática y lírica: el algoritmo como figura retórica en Desde el Tártaro

INFORMÁTICA Y LÍRICA: EL ALGORITMO COMO FIGURA RETÓRICA EN DESDE EL TÁRTARO

Ana María Olivares

Editora literaria del Grupo Editorial Pérez-Ayala

ORCID: 0009-0003-6861-3196

1. Introducción

Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez (Editorial Poesía eres tú, 2026), incorpora, junto al vocabulario de la construcción, la química y la medicina ya estudiado por otras investigaciones dedicadas a este poemario, un campo léxico informático que merece un análisis específico: “algoritmo arrítmico” y “entropía sin tregua” (“Discordancia romántica”), “el único receptor que procesa” y “reflejo degradado sin señal” (“Septentrión”), “el miedo es solo un fallo en el sistema” (“Frecuencia de corte”), “falsea los números” (“Yonki de la jerarquía”), “registro” y “secuencia” (varios poemas). Este artículo se propone examinar cómo Desde el Tártaro emplea el algoritmo —procedimiento computacional definido por su determinismo, su regularidad de ejecución y su capacidad de procesar información según reglas fijas— como figura retórica para nombrar la propia interioridad psíquica del hablante lírico.

El marco teórico de este artículo combina dos tradiciones críticas que rara vez se ponen en diálogo con la poesía impresa en lengua española: por un lado, la teoría de la literatura electrónica y el cibertexto desarrollada por Espen Aarseth y N. Katherine Hayles, que estudia las obras literarias que incorporan efectivamente el código informático o la lógica algorítmica como parte constitutiva de su producción; por otro, la crítica literaria española sobre la incidencia de las nuevas tecnologías en la literatura contemporánea, representada de manera destacada por Vicente Luis Mora y su concepto de “Pangea” o “literatura pangeica”.

La hipótesis central de este artículo es que Desde el Tártaro no pertenece, en ningún sentido técnico riguroso, al campo de la literatura electrónica o el cibertexto que estudian Aarseth y Hayles: no incorpora código ejecutable, no requiere del lector ningún “esfuerzo no trivial” de navegación entre nodos de hipertexto, y se publica en el soporte más convencional posible, el libro impreso de papel. Sin embargo, el poemario piensa mediante la lógica algorítmica: emplea el algoritmo, el sistema, el registro y el procesamiento de señal no como procedimiento compositivo efectivo, sino como repertorio de imágenes con las que nombrar una experiencia de identidad fragmentada, de comunicación fallida y de determinismo psíquico que ninguna otra figura retórica disponible en la tradición lírica podría transmitir con la misma precisión contemporánea.

2. El algoritmo como figura retórica: marco teórico

Espen Aarseth, en Cybertext: Perspectives on Ergodic Literature (1997), acuña el concepto de “literatura ergódica” para designar los textos en los que se requiere del lector un “esfuerzo no trivial” para recorrerlos, en contraste con la lectura lineal convencional de la literatura impresa tradicional. N. Katherine Hayles, en Electronic Literature: New Horizons for the Literary (2008) y en su influyente ensayo “Print Is Flat, Code Is Deep” (2004), desarrolla la noción de “análisis específico del medio” (media-specific analysis), argumentando que el código informático no es un simple vehículo neutro de transmisión textual, sino una estructura de profundidad (“código es profundo”) que condiciona de manera activa el significado del texto que genera o procesa, en oposición a la superficie plana (“la letra impresa es plana”) de la página de papel convencional.

Ninguna de estas dos categorías —cibertexto, literatura ergódica— resulta aplicable, en sentido técnico estricto, a Desde el Tártaro: el poemario se lee de manera lineal, en papel, sin ningún componente ejecutable ni ninguna estructura de navegación no trivial. No obstante, la propia Hayles reconoce, en el mismo ensayo de 2004 antes citado, que “los procedimientos algorítmicos no son exclusivos de los medios en red y programables”, y recuerda ejemplos de escritura impresa que emplean lógicas algorítmicas —el generador combinatorio de Raymond Queneau en Cent mille milliards de poèmes, los mesósticos de John Cage, los poemas de Jackson Mac Low— sin que ninguno de ellos dependa de la ejecución efectiva de código informático. Esta distinción, planteada por la propia teórica de la literatura electrónica, es la que permite situar con precisión el objeto de este artículo: Desde el Tártaro no es, ni pretende ser, cibertexto en sentido técnico, pero sí emplea, como recurso puramente retórico y metafórico, el vocabulario y la lógica conceptual del procesamiento algorítmico de información.

Esta distinción entre procedimiento algorítmico efectivo y algoritmo como metáfora retórica encuentra respaldo teórico adicional en la reflexión de George Lakoff y Mark Johnson sobre la “metáfora conceptual” en Metaphors We Live By (1980): pensar la propia mente o la propia identidad como un “sistema” que “procesa” “secuencias” y que puede sufrir “fallos” no es simple decoración lingüística, sino la activación de un marco conceptual completo —el de la computación— que estructura y hace pensable una experiencia subjetiva que de otro modo permanecería difusa. Este marco conceptual informático, cada vez más disponible en la cultura contemporánea general gracias a la omnipresencia de los ordenadores y los dispositivos digitales, constituye, según se argumentará, el repertorio retórico específico que Desde el Tártaro explota para nombrar su propia experiencia de fragmentación.

3. Pangea y el homo pangeicus: Vicente Luis Mora y la literatura española en la era digital

Vicente Luis Mora, escritor y crítico literario cordobés, desarrolla en su ensayo Pangea (2006) el concepto homónimo para designar el ciberespacio contemporáneo —”una suma de tecnologías como internet, interfaces de computadoras, realidad virtual, blogosfera, videojuegos”— que, en sus propias palabras, “ha conseguido rehacer lo que rompió la deriva de los continentes” y “ha devuelto la unidad al mundo”. Mora extiende este término a la literatura producida bajo esas mismas coordenadas tecnológicas, caracterizada, según su propia formulación, por el “tiempo continuo”, un “sujeto constituido por avatares” y “topoi constituidos por no-lugares”.

El propio Mora acuña, además, la expresión “homo pangeicus” para designar al sujeto contemporáneo “capaz de trabajar en red, percibir la historia —y la tradición literaria— de un modo sincrónico, y de ver entre todas las ramas del arte y de la ciencia una continuidad”. Esta figura del sujeto en red, capaz de sincronizar disciplinas antes separadas —el arte y la ciencia, la literatura y la informática—, resulta particularmente pertinente para el análisis de Desde el Tártaro, cuyo hablante lírico se piensa a sí mismo, de manera reiterada, mediante un vocabulario que funde sin solución de continuidad el registro afectivo y el registro técnico-informático, precisamente el gesto que Mora atribuye al “homo pangeicus” como rasgo distintivo de la sensibilidad literaria contemporánea.

Es pertinente señalar que Mora, en declaraciones más recientes recogidas en su blog Diario de lecturas (2023), advierte sobre los riesgos de que la inteligencia artificial generativa homogeneice el lenguaje literario, “borrando singularidades únicas o exóticas” en aras de “parámetros útiles” para el algoritmo de aprendizaje automático. Esta advertencia introduce una tensión productiva para la lectura de Desde el Tártaro: mientras que la inteligencia artificial, según la crítica de Mora, tiende a eliminar la singularidad expresiva en favor de la homogeneidad estadística del “lenguaje entrenado”, el poemario de Martín Yáñez realiza la operación inversa: incorpora el vocabulario y la lógica del procesamiento algorítmico precisamente para expresar una singularidad subjetiva extrema, irreductible a cualquier promedio estadístico, mostrando que el léxico informático puede ponerse, con no menor eficacia, al servicio de la expresión de lo más singular y menos homogeneizable de la experiencia humana: el dolor, la identidad fragmentada, la incomunicación afectiva.

4. El campo léxico informático en Desde el Tártaro: inventario

El repertorio léxico informático de Desde el Tártaro, aunque menos extenso cuantitativamente que el vocabulario de la construcción o la química que domina otros poemas del libro, se concentra en unos pocos textos con una densidad y una precisión notables. En “Discordancia romántica”: «Fuga perpetua / en transición pasajera. / Algoritmo arrítmico, / entropía sin tregua». En “Septentrión”: «Eres el único receptor que procesa, / y la primera secuencia que huye» […] «reflejo degradado sin señal / sobre el opaco albor del silicio» […] «Confirma el registro una vez más, / desarticula el mecanismo antes». En “Frecuencia de corte”: «El miedo es solo un fallo en el sistema». En “Yonki de la jerarquía”: «Cronometra la entropía, / disecciona tu mundo» […] «Vomita la ciencia, falsea los números».

Este inventario revela un patrón consistente: el vocabulario informático se aplica, en todos los casos, a procesos de comunicación fallida, identidad indeterminada o sistema que falla, nunca a una descripción neutra o celebratoria de la tecnología como tal. No hay, en ningún poema del libro, una referencia a internet, a redes sociales, a dispositivos concretos —teléfonos, ordenadores, pantallas— que ancle el vocabulario informático en la experiencia cotidiana de uso de tecnología digital descrita por Vicente Luis Mora bajo el término “Pangea”: el léxico informático de Martín Yáñez es, en este sentido, más abstracto y conceptual que el de la “literatura pangeica” en sentido estricto, centrado en los términos más generales de la teoría de la computación —algoritmo, sistema, señal, registro, secuencia— antes que en los objetos y plataformas concretas de la cultura digital contemporánea.

Esta abstracción conceptual del léxico informático coincide, de manera significativa, con el tratamiento que el poemario da al resto de sus campos técnicos —la construcción, la química, la medicina—: en ningún caso el vocabulario técnico se acompaña de referencias a marcas, productos o contextos de uso concretos y reconocibles; se emplea, en cambio, en su acepción más general y conceptualmente pura, como si el poemario buscara extraer de cada disciplina técnica su núcleo lógico-conceptual antes que su manifestación material específica y contemporánea.

5. Discordancia romántica: el algoritmo arrítmico como figura de la identidad indeterminada

“Discordancia romántica” concentra, en apenas dieciséis versos, la formulación más precisa del algoritmo como figura retórica de todo el poemario: «Fuga perpetua / en transición pasajera. / Algoritmo arrítmico, / entropía sin tregua». Un algoritmo, en su definición técnica más elemental, es un procedimiento determinista compuesto por una secuencia finita de pasos que se ejecutan según un orden y un ritmo regulares y predecibles; calificarlo de “arrítmico” introduce una contradicción lógica interna que ningún sistema computacional real podría sostener sin dejar de funcionar como tal. Esta paradoja terminológica —el algoritmo que ha perdido precisamente la propiedad que lo define— constituye una imagen extraordinariamente precisa de la crisis de identidad que el poema dramatiza mediante sus preguntas iniciales: «¿Qué unidad somos?, ¿quién eres?».

El verso siguiente —«entropía sin tregua»— refuerza esta imagen mediante un segundo término técnico, esta vez procedente de la termodinámica y adoptado también por la teoría de la información: la entropía mide, en este segundo contexto, el grado de incertidumbre o desorden de un sistema de señales. Una “entropía sin tregua” describe, en términos estrictamente técnicos, un sistema que no logra estabilizarse nunca en un estado de orden reconocible, que permanece perpetuamente en el máximo grado de incertidumbre posible sobre su propio contenido informativo. Aplicada a la identidad del hablante y de su interlocutor, esta imagen documenta, con precisión conceptual notable, la imposibilidad de que ambos lleguen a constituir una “unidad” —en el sentido informático de unidad de información estable y decodificable— reconocible.

El poema cierra retomando, sin resolverla, la pregunta inicial: «¿Qué somos… quién eres?». Esta falta de resolución final es coherente con la propia naturaleza del vocabulario informático empleado: un sistema en estado de “entropía sin tregua” no puede, por definición, alcanzar un estado final estable de información decodificada; el poema, fiel a esa misma lógica, se niega a resolver mediante ninguna respuesta la pregunta identitaria que formula, dejando al lector, como al propio sistema informático que describe, en un estado de incertidumbre estructural que ninguna ejecución adicional del “algoritmo arrítmico” podría resolver.

6. Septentrión: el receptor que procesa y la comunicación como transmisión de señal

“Septentrión” desarrolla la figura del algoritmo aplicada específicamente a la comunicación interpersonal, mediante un vocabulario que combina la teoría de la información con la electrónica de semiconductores: «Eres el único receptor que procesa, / y la primera secuencia que huye». En teoría de la comunicación, todo intercambio de información requiere un emisor, un mensaje codificado en una secuencia de señales, un canal de transmisión y un receptor capaz de decodificar esa secuencia; el poema formula la relación entre el hablante y su interlocutor precisamente en estos términos técnicos, pero introduciendo, ya en el segundo verso, el elemento de fallo: la “secuencia” —el mensaje mismo— “huye”, se sustrae a cualquier posibilidad de decodificación estable por parte del receptor.

El poema introduce, a continuación, el material físico específico de la electrónica contemporánea: «reflejo degradado sin señal / sobre el opaco albor del silicio». El silicio, material semiconductor que constituye la base física de todo circuito integrado y, por extensión, de toda la computación digital contemporánea, se describe aquí mediante un adjetivo —”opaco”— que contradice su propiedad técnica más relevante para la industria electrónica: la posibilidad de modular, mediante dopaje controlado, su grado de conductividad entre los extremos del aislante puro y el conductor perfecto. Un silicio “opaco” que solo devuelve un “reflejo degradado sin señal” describe, en el vocabulario más preciso posible de la ingeniería electrónica, un fallo total de transmisión: la ausencia completa de comunicación efectiva entre emisor y receptor.

El poema cierra con una imagen que fusiona el vocabulario informático con el mortuorio: «Confirma el registro una vez más, / desarticula el mecanismo antes, / y congela mis extremidades, / y corre el sudario de acero tras de ti». La exigencia burocrática de “confirmar el registro” —trámite que cualquier usuario de sistemas informáticos contemporáneos reconoce de sus interacciones cotidianas con interfaces digitales que exigen verificaciones repetidas— precede aquí, no a una comunicación exitosa, sino a la “congelación” y al “sudario de acero”: la lógica del sistema informático, en su exigencia de verificación constante, se convierte en el propio mecanismo del deterioro final, sin que en ningún momento del poema esa verificación repetida conduzca a una comunicación efectivamente restablecida.

7. Yonki de la jerarquía: falsificación de datos y desconfianza en el sistema

“Yonki de la jerarquía” introduce una nota de desconfianza hacia la propia fiabilidad del procesamiento de datos que merece atención específica dentro del análisis del algoritmo como figura retórica: «Cronometra la entropía, / disecciona tu mundo. / Absorbe el fluido antes del colapso. / Vomita la ciencia, falsea los números». El verbo “falsea” introduce una posibilidad que ningún sistema algorítmico determinista debería, en teoría, permitir: el algoritmo, por definición, ejecuta reglas fijas sobre datos de entrada para producir resultados predecibles; que “falsee los números” implica una corrupción del propio procedimiento, una manipulación deliberada o accidental de los datos que socava la confianza en la objetividad del sistema.

Esta desconfianza hacia la fiabilidad del sistema de procesamiento de datos puede leerse en diálogo con la reflexión de N. Katherine Hayles sobre la materialidad del código: Hayles insiste en que ningún procesamiento informático es neutro o puramente funcional, sino que está siempre instanciado en un medio material concreto —hardware, protocolos, decisiones de diseño— que puede introducir sesgos, errores o distorsiones no evidentes para el usuario que confía ciegamente en la objetividad del resultado numérico final. El verso «falsea los números» dramatiza, en clave poética, precisamente esta posibilidad de distorsión oculta: los datos que el sistema produce —ya se trate, en una lectura más literal, de parámetros clínicos de seguimiento médico, o, en una lectura más general, de cualquier forma de medición institucional de la propia vida del hablante— pueden no reflejar fielmente la realidad que pretenden describir.

El poema culmina con la fórmula «Imagina que no puedes imaginar», paradoja lógica que, aplicada al vocabulario informático que domina el resto del poema, puede leerse como la formulación de un límite computacional: un sistema algorítmico solo puede procesar aquello que sus reglas de entrada le permiten procesar, y no puede, por definición, generar un resultado —una “imaginación”— que sus propias reglas constitutivas excluyen de antemano. Esta imagen cierra el poema con una nota de determinismo particularmente sombría: el hablante se experimenta a sí mismo no solo como sistema que puede fallar o ser falseado, sino como sistema cuyos propios límites de programación excluyen, de raíz, la posibilidad de concebir una alternativa a su condición actual.

8. Instante múltiplo: el bucle algorítmico y la repetición sin desarrollo

“Instante múltiplo”, ya analizado desde otras perspectivas críticas por investigaciones previas sobre este poemario, merece una lectura específica desde la teoría del algoritmo por su estructura de repetición: el poema se organiza en torno al retorno obsesivo de la cifra «38», que aparece siete veces, siempre en idéntica posición inicial de verso, en una estructura que reproduce, con notable fidelidad, la lógica de un bucle (loop) de programación: una instrucción que se ejecuta repetidamente mientras se cumpla una determinada condición, sin que el propio bucle, por su naturaleza formal, contenga en sí mismo ningún mecanismo de salida o de desarrollo hacia un estado distinto.

Es significativo que el poema describa este bucle mediante vocabulario que combina lo mecánico con lo involuntario: «que suele / reproducirse automáticamente / con cualquier sacudida térmica repentina». La expresión “reproducirse automáticamente” es, en el vocabulario de la programación, prácticamente literal: describe el comportamiento característico de una rutina que se ejecuta sin intervención consciente del usuario, disparada por un evento externo —aquí, una “sacudida térmica”— que actúa como condición de activación (trigger) del bucle. El hablante se experimenta, en este sentido, no como agente que controla voluntariamente su propio pensamiento obsesivo, sino como sistema que ejecuta, de manera automática y ajena a su voluntad, una rutina programada que un estímulo externo activa repetidamente.

El poema cierra con la precisión administrativa de una hora exacta —«38: Son las 19:19»— que funciona, dentro de la lógica del bucle algorítmico, como registro de estado (log) del sistema en el momento de la observación: una marca temporal que documenta cuándo se ha ejecutado, una vez más, el mismo bucle, sin que esa marca temporal implique ningún avance hacia la resolución del bucle mismo. Esta estructura formal —repetición idéntica, activación automática por estímulo externo, registro de estado sin resolución— convierte a “Instante múltiplo” en el poema del libro que dramatiza, con mayor precisión técnica, la figura del algoritmo no como metáfora aislada, sino como principio estructural que organiza la totalidad del texto.

9. Frecuencia de corte: el cuerpo-mente como sistema susceptible de fallo

“Frecuencia de corte” formula, en su primer verso, la ecuación más directa entre experiencia psíquica y vocabulario informático de todo el poemario: «El miedo es solo un fallo en el sistema». La expresión “fallo en el sistema” (system failure o glitch, en la terminología habitual de la informática) describe un evento en el que un sistema informático deja de comportarse según sus especificaciones de diseño, produciendo resultados inesperados o erróneos. Aplicada al miedo —experiencia afectiva que la tradición lírica occidental ha nombrado tradicionalmente mediante vocabulario emocional o incluso mítico—, esta reducción a categoría técnica de “fallo” realiza una operación de desafectivización deliberada: el miedo deja de ser una pasión del alma para convertirse en una anomalía de funcionamiento, un error de procesamiento que en principio podría, como cualquier fallo de software, depurarse o corregirse.

Es significativo, sin embargo, que el propio poema introduzca inmediatamente un contrapunto que desmiente esta reducción técnica: «pero el niño, / el niño es el único pulso real en este hospital de cables». El “pulso” —término que designa tanto la señal eléctrica periódica que sincroniza cualquier sistema digital como el latido cardíaco humano— se declara aquí “real” frente a la artificialidad del “hospital de cables” que rodea al hablante. Esta yuxtaposición entre el pulso técnico (la señal de reloj que sincroniza un sistema informático) y el pulso vital (el latido de un niño) constituye, dentro del análisis del algoritmo como figura retórica, una de las imágenes más ricas del poemario: el mismo término —pulso— sirve simultáneamente para nombrar la lógica de funcionamiento de un sistema informático y la realidad irreductible de la vida humana que ese sistema, con toda su tecnología de “cables”, no logra sustituir ni igualar en su valor de realidad.

El poema cierra con una imagen que documenta la transformación del “fallo” inicial en un proceso de elaboración emocional: «Rabia que muerde hasta los huesos, / hasta que el dolor se vuelve un chiste, / un eco, / una estridencia que, finalmente, / se dobla sobre sí misma». Esta transformación —del fallo técnico a la rabia, de la rabia al chiste, del chiste al eco que “se dobla sobre sí misma”— puede leerse, en clave informática, como un proceso de retroalimentación (feedback loop) en el que la señal de salida del sistema —el dolor transformado en risa— se convierte en nueva señal de entrada que modifica el estado siguiente del propio sistema, en un ciclo que, a diferencia del bucle cerrado de “Instante múltiplo”, sí parece introducir, aunque de manera ambigua, un elemento de transformación progresiva.

10. Desde el Tártaro frente a la literatura electrónica: pensar como un cibertexto sin serlo

El análisis de los epígrafes precedentes permite formular con precisión la relación exacta entre Desde el Tártaro y el campo de la literatura electrónica y el cibertexto estudiado por Aarseth y Hayles: el poemario no pertenece técnicamente a ese campo —no requiere del lector ningún “esfuerzo no trivial” de navegación, no incorpora código ejecutable, se publica en el soporte impreso más convencional—, pero piensa, en el sentido conceptual desarrollado por Vicente Luis Mora para el “homo pangeicus”, mediante la lógica algorítmica: bucles que se repiten sin desarrollo (“Instante múltiplo”), sistemas que fallan (“Frecuencia de corte”), señales que se degradan en su transmisión (“Septentrión”), datos que pueden falsearse (“Yonki de la jerarquía”), identidades que se formulan como algoritmos que han perdido su propia regularidad definitoria (“Discordancia romántica”).

Esta situación —pensar algorítmicamente sin ser cibertexto— sitúa a Desde el Tártaro en una posición específica dentro del panorama más amplio de la incidencia de las nuevas tecnologías en la literatura española contemporánea que documentan tanto Mora como la crítica académica reunida en torno a la obra de Agustín Fernández Mallo estudiada por Candelas Gala (2021) y Carlos Gámez Pérez (2020): no se trata de una obra que emplee la tecnología como procedimiento compositivo, como sí hace, en cambio, la literatura ergódica en sentido estricto que estudia Aarseth, ni tampoco de una obra que documente explícitamente la experiencia de uso de plataformas digitales concretas, como sí hace buena parte de la “literatura pangeica” que Mora describe; se trata, más bien, de una obra que ha asimilado el vocabulario conceptual de la informática hasta el punto de emplearlo como marco retórico disponible para pensar la propia interioridad psíquica, de la misma manera en que generaciones anteriores de poetas emplearon el vocabulario de la navegación marítima, la agricultura o la mecánica industrial para el mismo propósito expresivo.

Esta situación intermedia —ni cibertexto técnico ni literatura pangeica de plataforma explícita, pero sí pensamiento algorítmico como marco retórico general— constituye, según se argumenta en esta investigación, un fenómeno propio y merecedor de estudio específico dentro del panorama de la poesía española contemporánea que incorpora vocabulario tecnológico: el de una poesía que no describe la tecnología ni la emplea como procedimiento, pero que ha interiorizado tan profundamente su lógica conceptual que recurre a ella, de manera casi automática, para nombrar experiencias —la identidad fragmentada, la comunicación fallida, la obsesión repetitiva— que, en principio, nada tienen que ver con la informática como tal.

11. Despierto: el código secreto y la opacidad del propio sistema interior

“Despierto” añade al inventario léxico informático de Desde el Tártaro una imagen que merece un análisis específico por su combinación de vocabulario de materiales industriales y vocabulario de seguridad informática: «un polímero denso que tapia / mis costillas hasta que ya no puedo respirar» […] «códigos secretos que solo yo custodio, / y que nunca terminan de descifrarse». El polímero —material sintético de cadenas moleculares repetitivas, ya estudiado en profundidad por otras investigaciones sobre este poemario desde la perspectiva de la metáfora industrial de la enfermedad crónica— se combina aquí con la imagen de los “códigos secretos”, término que en informática designa las claves de cifrado que permiten proteger la confidencialidad de una información determinada frente a accesos no autorizados.

La particularidad de estos “códigos secretos” en “Despierto” es que su custodio —el propio hablante— resulta incapaz de descifrarlos: «solo yo custodio, / y que nunca terminan de descifrarse». Esta imagen invierte la lógica habitual de la criptografía, en la que quien posee la clave de cifrado es, precisamente por ello, capaz de descifrar el mensaje protegido; aquí, en cambio, la posesión de la clave —el hecho de que el hablante sea el único “custodio” de sus propios códigos— no garantiza en absoluto el acceso al contenido que esos códigos protegen. Esta paradoja retórica, coherente con la que ya se ha señalado en “Yonki de la jerarquía” respecto a los datos que el sistema puede “falsear”, documenta una misma estructura de fondo: el hablante lírico de Desde el Tártaro no solo desconfía del sistema que lo procesa desde fuera, sino que experimenta como igualmente opaco el sistema de información que él mismo alberga y custodia en su propia interioridad.

Esta figura del código propio e indescifrable dialoga de manera productiva con la reflexión de Paul Ricoeur sobre la metáfora viva como productora de sentido nuevo antes inexistente en el lenguaje literal: el poema no describe un código que el hablante simplemente no ha aprendido a leer, sino un código estructuralmente indescifrable, cuya naturaleza técnica —cifrado, protegido, custodiado— no está al servicio, como en cualquier sistema de seguridad informática convencional, de una futura decodificación autorizada, sino que constituye, en sí misma, la condición permanente e irresoluble de la interioridad que el poema dramatiza.

12. El algoritmo en diálogo con las otras metáforas técnicas de Desde el Tártaro

El análisis del léxico informático de Desde el Tártaro no puede completarse sin situarlo en relación con las otras metáforas técnicas que investigaciones previas sobre este mismo poemario han documentado: el vocabulario de la construcción y la ingeniería industrial (hormigón, resina, andamiaje), analizado como figura de la enfermedad crónica; el vocabulario médico específico, analizado desde la teoría de la medicina narrativa de Arthur Frank; y la propuesta de una “poesía de la precisión” que integra estos distintos campos técnicos bajo una misma voluntad de exactitud léxica. El vocabulario informático estudiado en este artículo constituye, dentro de ese repertorio técnico más amplio, el campo léxico más abstracto y menos anclado en la materialidad sensible: mientras que el hormigón puede tocarse, pesarse y oírse fraguar, y el organismo médico puede palparse y auscultarse, el algoritmo, el sistema o la secuencia de información carecen de correlato sensible directo, y solo pueden nombrarse mediante el propio vocabulario abstracto de la teoría de la computación.

Esta diferencia de grado de abstracción entre los distintos campos técnicos del poemario no es, sin embargo, una discontinuidad: los tres campos —construcción, medicina, informática— comparten una misma estructura retórica de fondo, que consiste en nombrar la experiencia interior del hablante mediante un sistema conceptual ajeno al vocabulario afectivo o confesional tradicional de la lírica amorosa o elegíaca. Ya se trate del hormigón que se agrieta, del organismo que enferma o del algoritmo que falla, la operación retórica es idéntica: sustituir el vocabulario de la interioridad psicológica convencional —sentimientos, pasiones, estados de ánimo— por el vocabulario de un sistema técnico que opera según reglas propias, más o menos deterministas, y que puede fallar, degradarse o corromperse conforme a su propia lógica interna antes que conforme a la lógica de la vida afectiva tradicional.

Esta convergencia de campos técnicos distintos hacia una misma estructura retórica permite formular, para cerrar este apartado, una hipótesis de conjunto sobre el proyecto poético de Desde el Tártaro que trasciende el análisis específico del léxico informático: el poemario no emplea el vocabulario técnico —de cualquier disciplina— como ornamento culturalista ni como prueba de erudición, sino como el único repertorio disponible, en la cultura contemporánea, capaz de nombrar con precisión una experiencia de determinismo interior, fragmentación identitaria y fallo sistémico que el vocabulario poético heredado de tradiciones anteriores ya no permite formular con la misma exactitud conceptual.

12bis. Riendo: la risa como señal de apagado del sistema

“Riendo”, poema que cierra Desde el Tártaro, admite una lectura complementaria a las ya propuestas por otras investigaciones sobre este poemario si se atiende a su estructura formal desde la perspectiva de la teoría de sistemas: la reiteración final del gerundio “(riendo)” en cuatro apariciones sucesivas —«(riendo): como loco que se lleva el tiempo / (riendo): riendo de todo / (riendo): como alma que esquiva al diablo / (riendo)…»— seguidas de puntos suspensivos que no resuelven en ningún verso posterior, reproduce, en el nivel formal, la estructura de una señal que se repite hasta el silencio final, sin llegar nunca a un cierre categórico marcado por un punto final convencional.

Esta estructura de repetición decreciente hasta el silencio evoca, dentro del vocabulario informático que domina el resto del análisis de este artículo, la imagen de una señal de apagado (shutdown signal) de un sistema: una secuencia de pulsos que se repite un número finito de veces antes de que el sistema cese definitivamente su actividad, sin que ese cese se documente mediante ningún mensaje de confirmación explícito, sino simplemente mediante la ausencia de nuevos pulsos tras el último punto suspensivo. Leído en diálogo con el resto del inventario léxico informático estudiado en este artículo —el bucle de “Instante múltiplo”, el fallo de “Frecuencia de corte”, los códigos indescifrables de “Despierto”—, “Riendo” puede leerse como el poema que documenta, formalmente, el final del propio sistema que el resto del libro ha descrito en sus distintos estados de funcionamiento, fallo y opacidad.

Esta lectura no pretende agotar el sentido de un poema que otras investigaciones sobre Desde el Tártaro han analizado ya, con pleno derecho, desde perspectivas afectivas y existenciales distintas —la risa como forma última de resistencia frente al dolor, la risa como ambigüedad entre la euforia y la locura—; se propone, más bien, como una lectura adicional y complementaria, coherente con el marco teórico específico de este artículo, que muestra cómo incluso el poema de cierre del libro, en apariencia más alejado del vocabulario técnico-informático que domina otros textos del volumen, puede leerse en clave algorítmica sin forzar el sentido literal de sus versos.

13. Discusión: el algoritmo como nueva retórica de la interioridad

A modo de discusión final, cabe preguntarse por qué el algoritmo, entre todas las figuras técnicas disponibles en la cultura contemporánea, resulta particularmente apto para nombrar la experiencia de fragmentación identitaria y comunicación fallida que Desde el Tártaro dramatiza. La respuesta que propone este artículo remite a una propiedad específica del concepto de algoritmo, ausente en otras figuras técnicas empleadas por el mismo poemario —el hormigón, la resina, el organismo médico—: el algoritmo es, por definición, una entidad que combina determinismo estricto (reglas fijas, ejecución predecible) con opacidad potencial (el usuario no siempre comprende, ni puede comprender sin conocimiento técnico especializado, por qué el sistema produce un resultado determinado).

Esta combinación de determinismo y opacidad reproduce, con notable precisión, la propia experiencia subjetiva que el poemario dramatiza en sus momentos de mayor intensidad: el hablante se siente gobernado por reglas —psíquicas, afectivas, biográficas— que operan con la regularidad implacable de un algoritmo (el bucle de “Instante múltiplo”, el “fallo en el sistema” de “Frecuencia de corte”), pero cuyo funcionamiento interno permanece opaco incluso para quien las padece en primera persona. El algoritmo, en este sentido, ofrece a la poesía contemporánea una figura retórica que ningún vocabulario anterior —ni el religioso, ni el romántico, ni el psicoanalítico en sentido estricto— podía proporcionar con la misma precisión: la de un determinismo interior que no requiere, para postularse, ninguna instancia externa de castigo divino, destino trágico o inconsciente freudiano, sino que se explica, con total naturalidad conceptual para un lector contemporáneo familiarizado con la informática cotidiana, como el simple funcionamiento —fallido o no— de un sistema.

Esta hipótesis permite, finalmente, situar a Desde el Tártaro dentro de un fenómeno más amplio que la crítica reciente sobre poesía y tecnología —Lanseros, Correa-Díaz, Gala, Mora— ha comenzado a documentar sin agotar todavía sus implicaciones: la progresiva sustitución, en el imaginario retórico de la poesía española contemporánea, de las figuras tradicionales de determinismo psíquico —el destino, la fatalidad, el inconsciente— por figuras procedentes de la informática y la teoría de sistemas. Desde el Tártaro constituye, según se ha argumentado a lo largo de este artículo, un ejemplo particularmente riguroso y sostenido de esta sustitución, que merece ser incorporado al mapa crítico más amplio de la relación entre poesía y tecnología en la literatura española reciente.

Conclusiones

Este artículo ha examinado el campo léxico informático de Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez —algoritmo, sistema, señal, registro, secuencia—, situándolo en relación con dos tradiciones críticas distintas: la teoría de la literatura electrónica y el cibertexto de Espen Aarseth y N. Katherine Hayles, y la crítica española sobre literatura y nuevas tecnologías representada por Vicente Luis Mora y su concepto de “Pangea”. Se ha establecido, en primer lugar, que Desde el Tártaro no pertenece técnicamente al campo de la literatura ergódica o electrónica —no incorpora código ejecutable ni requiere del lector ningún esfuerzo de navegación no trivial—, pero que, en segundo lugar, emplea de manera sistemática y coherente el vocabulario y la lógica conceptual del procesamiento algorítmico como figura retórica para nombrar la propia interioridad psíquica del hablante lírico.

El análisis detallado de “Discordancia romántica” ha mostrado cómo la paradoja del “algoritmo arrítmico” —un algoritmo que ha perdido precisamente la regularidad que lo define— constituye una imagen precisa de la crisis de identidad que el poema dramatiza; el de “Septentrión”, cómo el vocabulario de la teoría de la comunicación y la electrónica de semiconductores documenta el fallo de transmisión afectiva entre el hablante y su interlocutor; el de “Yonki de la jerarquía”, cómo la posibilidad de que el sistema “falsee los números” introduce una desconfianza hacia la objetividad del propio procesamiento de datos que dialoga con la reflexión de Hayles sobre la materialidad no neutra del código; el de “Instante múltiplo”, cómo la estructura de bucle algorítmico que organiza el poema —repetición idéntica, activación automática, ausencia de resolución— convierte al texto en la dramatización formal más precisa del algoritmo como principio estructural, no solo temático; el de “Frecuencia de corte”, cómo la reducción inicial del miedo a “fallo en el sistema” se ve matizada por la irrupción del “pulso real” del niño, que reivindica un valor de realidad irreductible a cualquier procesamiento técnico; y el de “Despierto”, cómo la imagen de los “códigos secretos” que el propio hablante custodia sin lograr descifrarlos extiende la desconfianza hacia el sistema externo a una desconfianza hacia el propio sistema de información interior.

Se ha mostrado, además, que el vocabulario informático de Desde el Tártaro no constituye un campo léxico aislado dentro del poemario, sino que dialoga con los otros campos técnicos ya documentados por investigaciones previas sobre el mismo libro —la construcción, la química, la medicina—, compartiendo con ellos una misma estructura retórica de fondo: la sustitución del vocabulario afectivo y confesional tradicional de la lírica por el vocabulario de un sistema técnico que opera según reglas propias y que puede fallar, degradarse o corromperse conforme a su propia lógica interna. El campo informático se distingue, dentro de ese repertorio técnico común, por su mayor grado de abstracción conceptual, al carecer del correlato sensible directo que sí poseen el hormigón o el organismo médico.

Se ha propuesto, como hipótesis interpretativa central, que Desde el Tártaro ocupa una posición específica dentro del panorama de la poesía española contemporánea que incorpora vocabulario tecnológico: ni literatura ergódica que emplea la tecnología como procedimiento compositivo efectivo, ni “literatura pangeica” centrada en la experiencia explícita de plataformas digitales concretas, sino una poesía que ha asimilado tan profundamente la lógica conceptual de la informática que recurre a ella, con precisión y coherencia sostenidas a lo largo del libro, para nombrar experiencias de fragmentación identitaria, comunicación fallida y determinismo psíquico que ninguna figura retórica anterior —el destino, la fatalidad, el inconsciente— podía transmitir con la misma naturalidad conceptual para el lector contemporáneo.

La conclusión general de este artículo es que el algoritmo, en Desde el Tártaro, funciona como una nueva retórica de la interioridad: una figura que combina determinismo estricto y opacidad de funcionamiento para nombrar una experiencia subjetiva de fragmentación que el vocabulario poético heredado de tradiciones anteriores —religiosas, románticas, psicoanalíticas— ya no puede capturar con la misma precisión. Esta aportación, se sostiene aquí, enriquece el mapa crítico de la incidencia de las nuevas tecnologías en la poesía española contemporánea con un caso que demuestra que dicha incidencia no requiere, para producir efectos poéticos significativos, ni la adopción de procedimientos compositivos digitales ni la descripción explícita de plataformas tecnológicas concretas, sino que puede operar, con igual eficacia, en el nivel más profundo del propio vocabulario conceptual con el que un poeta contemporáneo piensa y nombra su experiencia interior.

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Autor/a: Ana María Olivares

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