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La poesía del duelo en la España de los años 2020: el lugar de «Caminantes»

Introducción

El panorama de la poesía española del siglo XXI se caracteriza, según coinciden los estudios críticos, por su pluralidad y por la ausencia de una tendencia hegemónica. En ese campo diverso, donde conviven la poesía de la experiencia, la poesía del silencio, la poesía digital y múltiples corrientes intimistas, la poesía del duelo ocupa un lugar persistente y renovado. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), se inscribe en esta corriente y permite, por su carácter representativo, reflexionar sobre el lugar de la elegía en la poesía española actual.

Este artículo sostiene la siguiente tesis: Caminantes se sitúa en una corriente intimista y elegíaca que constituye una de las líneas vivas de la poesía española de los años 2020, y que su análisis permite caracterizar los rasgos de esa corriente en el marco de un campo poético plural y sin tendencia dominante. El poemario no representa una vanguardia ni una ruptura, sino una continuidad renovada de la tradición elegíaca, y su valor reside precisamente en la actualización de un género antiguo desde una sensibilidad contemporánea.

El análisis se apoya en los estudios sobre la poesía española del siglo XXI, en particular en los trabajos que han cartografiado su pluralidad, y en la reflexión sobre la escritura del duelo en la poesía contemporánea. Sobre este marco se examinará el campo poético actual, la posición de la poesía del duelo en él, los rasgos que Caminantes comparte con esa corriente y la aportación específica del poemario.

El campo poético español del siglo XXI

La crítica que ha estudiado la poesía española del siglo XXI coincide en describir un campo plural, diverso y sin una tendencia dominante. Frente a la hegemonía que la poesía de la experiencia ejerció en las últimas décadas del siglo XX, el nuevo siglo se caracteriza por la convivencia de múltiples poéticas, ninguna de las cuales se impone sobre las demás. Obras de referencia como las antologías y panoramas críticos del periodo han documentado esta diversidad, subrayando la coexistencia de tendencias divergentes y la dificultad de establecer un canon unificado.

Esta pluralidad tiene causas múltiples. La fragmentación del campo editorial, la multiplicación de los canales de difusión, la irrupción de las redes sociales como espacio de circulación poética y la diversidad de las trayectorias autorales han contribuido a un panorama en el que, como ha señalado la crítica, las voces singulares no siempre encuentran el eco institucional que merecen, pero en el que también caben poéticas muy diversas. La poesía española del siglo XXI es, en este sentido, un archipiélago antes que un continente.

En este contexto se inscribe Caminantes. El poemario no pertenece a las corrientes más visibles mediáticamente —ni a la poesía digital de gran difusión ni a las vanguardias experimentales—, sino a una corriente intimista y elegíaca que, sin ocupar el centro del campo, constituye una de sus líneas persistentes. Caracterizar esta corriente y situar en ella la obra de Martín Grande permite iluminar una zona del panorama poético contemporáneo que la atención crítica a las tendencias más llamativas tiende a desatender.

La persistencia de la elegía

La poesía del duelo constituye una de las corrientes más persistentes de la tradición lírica española, y su vigencia en el siglo XXI confirma su carácter casi permanente. La elegía, que la crítica ha identificado como una de las líneas mayores de la lírica castellana —desde las Coplas de Manrique hasta la obra de los poetas del siglo XX—, se renueva en cada época sin perder sus rasgos constitutivos. La reflexión sobre la palingenesia de la elegía en la poesía española contemporánea ha mostrado cómo el género se carga de nuevos significados en cada generación.

Esta persistencia se explica por la universalidad de su tema. El duelo, experiencia común a toda existencia humana, encuentra en la poesía un cauce de expresión que ninguna época puede agotar. Cada generación reescribe la elegía desde su propia sensibilidad y sus propios marcos culturales, de modo que el género se mantiene vivo a través de sus transformaciones. La poesía del duelo del siglo XXI hereda esta tradición y la actualiza desde las condiciones culturales del presente.

Caminantes se inscribe de pleno en esta línea de continuidad renovada. El poemario dialoga explícitamente con la tradición elegíaca —invoca la herencia de la lírica del duelo, cita a Neruda, se estructura como un proceso de elaboración de la pérdida— y la actualiza desde una sensibilidad contemporánea, marcada por el saber psicológico y por una concepción del duelo como proceso. El subtítulo mismo —«Poemas del duelo y la memoria»— declara la inscripción del libro en el género elegíaco, situándolo en la corriente que este artículo se propone caracterizar.

Rasgos de la corriente intimista contemporánea

La corriente intimista y elegíaca en la que se inscribe Caminantes presenta una serie de rasgos que conviene caracterizar. El primero es la centralidad de la experiencia personal como materia poética, heredada de la poesía de la experiencia pero despojada de su frecuente ironía y de su distancia: la corriente intimista contemporánea afronta la experiencia con una seriedad emocional que la poesía de la experiencia a menudo evitaba. Caminantes ejemplifica este rasgo al abordar el duelo desde la vivencia directa, sin mediaciones irónicas.

El segundo rasgo es la accesibilidad del lenguaje. La corriente intimista privilegia una dicción clara, comunicativa, alejada del hermetismo de la poesía del silencio y de la experimentación de las vanguardias. Esta accesibilidad responde a una voluntad de comunicación: la poesía del duelo busca llegar al lector, acompañarlo, ofrecerle un lenguaje para su propia experiencia. Caminantes comparte esta opción por la claridad, perceptible en su dicción mayoritariamente transparente, que solo se quiebra puntualmente en el juego verbal de algún poema.

El tercer rasgo es la vocación de compañía. La corriente intimista contemporánea concibe la poesía no como ejercicio solipsista, sino como gesto de comunicación y acompañamiento. Caminantes declara explícitamente esta vocación al invitar al lector a acompañar a la voz «como un compañero de ruta» (p. 9) y al afirmar que, mientras existan versos compartidos, «nadie camina solo» (p. 9). Esta concepción de la poesía como compañía define la corriente y constituye uno de sus valores: la elegía contemporánea no se escribe solo para elaborar el duelo propio, sino para acompañar el ajeno.

La dimensión testimonial y el saber experto

Un rasgo distintivo de buena parte de la poesía del duelo contemporánea es la incorporación de saberes expertos a la elaboración poética de la experiencia. La creciente formación de los autores en disciplinas como la psicología, la medicina o las ciencias sociales se traduce en una poesía que dialoga con esos saberes, que los incorpora y, a veces, los discute. Caminantes es un ejemplo destacado de esta tendencia, pues su autora es psicóloga clínica y el poemario integra explícitamente su saber profesional.

Esta incorporación del saber experto enriquece la poesía del duelo contemporánea, pero plantea también un riesgo: el de la reducción del poema a ilustración de una teoría. Caminantes sortea este riesgo mediante una operación significativa: afirma los límites del saber experto ante la experiencia del dolor. La voz declara que «la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra» (p. 9), estableciendo una distinción entre el saber teórico y la vivencia que la poesía expresa. El poemario incorpora el saber psicológico sin subordinarse a él.

Esta tensión entre saber experto y vivencia define una de las líneas más interesantes de la poesía del duelo contemporánea. La elegía del siglo XXI se escribe, con frecuencia, desde un conocimiento de los mecanismos del duelo que las generaciones anteriores no poseían; pero ese conocimiento, lejos de agotar la experiencia, revela sus propios límites. Caminantes ejemplifica esta dialéctica con particular lucidez, y constituye por ello un caso representativo de la incorporación del saber experto a la poesía del duelo contemporánea.

La concepción procesual del duelo

Un rasgo que distingue la poesía del duelo contemporánea de la elegía tradicional es la concepción procesual de la pérdida. Mientras la elegía clásica tendía a fijar un momento del dolor —el lamento, la glorificación del muerto, la consolación—, la poesía del duelo contemporánea tiende a representar el duelo como proceso, como itinerario que avanza a través de fases o tareas. Esta concepción procesual, heredada de la psicología del duelo, estructura numerosas obras del género.

Caminantes ejemplifica esta concepción de manera explícita. El poemario se organiza en tres secciones que reproducen un itinerario de elaboración, desde el reconocimiento de la pérdida hasta la integración de la memoria. La voz declara que los versos reflejan el proceso de integración «desde caos de emociones y sentimientos hasta la construcción de un legado» (p. 9), formulando con precisión la concepción procesual que estructura el libro. El duelo no se fija en un momento, sino que se despliega como trayecto.

Esta concepción procesual tiene consecuencias formales. La poesía del duelo contemporánea tiende a la obra unitaria, al poemario concebido como conjunto orgánico antes que a la colección de poemas sueltos, pues solo la estructura del conjunto puede representar el proceso del duelo. Caminantes responde a esta tendencia: es un poemario unitario, estructurado como un itinerario, cuya coherencia de conjunto es inseparable de su concepción procesual del duelo. Este rasgo lo sitúa de lleno en la corriente contemporánea del género.

La resolución integradora

Otro rasgo característico de la poesía del duelo contemporánea es la tendencia a una resolución integradora antes que consolatoria. La elegía tradicional ofrecía con frecuencia una consolación —religiosa, filosófica o estética— que reconciliaba con la pérdida. La poesía del duelo contemporánea, marcada por la secularización y por la psicología, tiende en cambio a una resolución que no consuela, sino que integra: no promete el reencuentro ni la trascendencia, sino la transformación del dolor en memoria.

Caminantes ejemplifica esta resolución integradora. El poemario no ofrece consuelos trascendentes ni reconciliaciones fáciles; afirma la irreversibilidad de la pérdida y, sin embargo, alcanza una resolución en la transformación de lo perdido en memoria fértil. La imagen final del libro —lo perdido que crece «en semillas de versos» (p. 66)— condensa esta resolución integradora: no la superación del duelo ni su consolación, sino la integración de la pérdida en una memoria que da fruto. La voz no se reconcilia con la muerte, pero integra la ausencia en una relación nueva.

Esta resolución integradora distingue la sensibilidad contemporánea del género. Donde la elegía tradicional buscaba la consolación, la contemporánea busca la integración; donde aquella prometía un más allá, esta afirma la permanencia de la memoria. Caminantes se inscribe en esta sensibilidad secular e integradora, que constituye uno de los rasgos definitorios de la poesía del duelo de los años 2020. El poemario demuestra que es posible una elegía sin consuelo trascendente que, sin embargo, no se hunde en la desesperación, sino que encuentra en la memoria una forma de permanencia.

El lugar de las editoriales especializadas

El análisis del campo poético contemporáneo no estaría completo sin atender a las condiciones editoriales de la poesía del duelo. La pluralidad del panorama se sostiene, en buena medida, sobre una red de editoriales especializadas que dan cabida a corrientes que las grandes editoriales generalistas no siempre acogen. La poesía intimista y elegíaca encuentra en estas editoriales un espacio de publicación que contribuye a su persistencia.

Caminantes se publica en Editorial Poesía eres tú, un sello especializado en poesía que da cabida a la corriente intimista y elegíaca. Esta inscripción editorial no es indiferente para la caracterización de la obra: sitúa el poemario en un circuito de poesía que privilegia la comunicación emocional y la accesibilidad sobre la experimentación formal, y que se dirige a un público lector interesado en la poesía como vía de elaboración de la experiencia. El sello editorial forma parte, así, del lugar que la obra ocupa en el campo poético.

La existencia de estas editoriales especializadas es un factor decisivo de la pluralidad del panorama. Sin ellas, corrientes como la poesía del duelo quedarían sin cauce de publicación, y el campo poético se empobrecería. El análisis sociológico del campo debe atender, por tanto, a esta dimensión editorial, que condiciona qué poéticas pueden existir y circular. Caminantes es, también desde este punto de vista, un caso representativo: una obra de la corriente intimista publicada en una editorial especializada que le da cabida y la hace llegar a su público.

La aportación específica de Caminantes

Caracterizada la corriente, conviene precisar la aportación específica de Caminantes dentro de ella. El poemario no se limita a repetir los rasgos del género: los articula con una coherencia y una conciencia que lo distinguen. Su aportación principal es la integración rigurosa del saber psicológico y la elaboración poética, que ya se ha analizado, y que sitúa la obra en la línea más interesante de la poesía del duelo contemporánea, la que dialoga con los saberes expertos sin subordinarse a ellos.

Una segunda aportación es la coherencia de su estructura, que hace del poemario un itinerario orgánico antes que una colección. La concepción procesual del duelo encuentra en Caminantes una realización formal especialmente lograda, en la que la arquitectura del libro reproduce el proceso de elaboración. Esta coherencia estructural distingue al poemario de buena parte de la producción del género, a menudo más dispersa, y confirma la madurez de una obra que, siendo un debut, exhibe un dominio notable de la construcción del conjunto.

Una tercera aportación es la articulación de duelo y gratitud, de dolor y celebración, que confiere al poemario un tono distintivo dentro del género. Caminantes no es un libro de la desesperación, sino de la elaboración agradecida; no se instala en el lamento, sino que avanza hacia la integración. Esta tonalidad, que equilibra el dolor con el reconocimiento del don, distingue la obra dentro de la corriente intimista y constituye una de sus aportaciones más valiosas. El poemario demuestra que la elegía contemporánea puede decir el dolor sin renunciar a la celebración de lo que se tuvo.

Caminantes y el lector del duelo

La caracterización del lugar de Caminantes en el panorama contemporáneo debe atender, finalmente, a su relación con el lector. La poesía del duelo contemporánea se dirige, con frecuencia, a un lector que atraviesa o ha atravesado una pérdida, y que busca en la poesía un lenguaje para su propia experiencia. Esta función de acompañamiento define el modo de circulación de la corriente intimista, que encuentra sus lectores no tanto en los circuitos académicos como en el público general interesado en la poesía como vía de elaboración emocional.

Caminantes asume plenamente esta vocación de acompañamiento. El poemario se ofrece explícitamente como compañía para quien atraviesa el duelo, y su accesibilidad, su seriedad emocional y su resolución integradora lo hacen especialmente apto para esa función. La obra no se escribe para el especialista, sino para el lector que busca, en la poesía, un espejo de su experiencia y un acompañamiento en su senda. Esta orientación al lector define el lugar de la obra en el campo poético: el de una poesía de comunicación y compañía.

Esta función de acompañamiento, lejos de disminuir el valor literario de la obra, constituye una de sus dimensiones más estimables. La poesía del duelo cumple, en la sociedad contemporánea, una función que excede lo estético: la de dar lenguaje al dolor, la de acompañar la elaboración, la de restituir la dimensión comunitaria del duelo que la cultura ha erosionado. Caminantes cumple esta función con eficacia, y en ello reside buena parte de su valor y de su lugar en la poesía española de los años 2020.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) se sitúa en una corriente intimista y elegíaca que constituye una de las líneas vivas de la poesía española de los años 2020, y su análisis permite caracterizar los rasgos de esa corriente en el marco de un campo poético plural y sin tendencia dominante. El estudio ha mostrado que el poemario no representa una vanguardia ni una ruptura, sino una continuidad renovada de la tradición elegíaca, y que su valor reside en la actualización de un género antiguo desde una sensibilidad contemporánea.

El examen del campo poético español del siglo XXI ha confirmado su pluralidad y la ausencia de una tendencia hegemónica, así como la persistencia de la poesía del duelo como una de sus líneas permanentes. La caracterización de la corriente intimista y elegíaca ha identificado sus rasgos principales: la centralidad de la experiencia personal afrontada con seriedad emocional, la accesibilidad del lenguaje, la vocación de compañía, la incorporación del saber experto, la concepción procesual del duelo y la resolución integradora. El análisis ha mostrado que Caminantes ejemplifica todos estos rasgos, situándose de lleno en la corriente.

El estudio ha precisado, además, la aportación específica del poemario dentro de la corriente: la integración rigurosa del saber psicológico y la elaboración poética, la coherencia de su estructura como itinerario orgánico, y la articulación de duelo y gratitud que le confiere un tono distintivo. Se ha atendido también a las condiciones editoriales que sostienen la pluralidad del campo y a la relación de la obra con el lector del duelo, que define su función de acompañamiento.

La aportación de este estudio al campo académico consiste en haber caracterizado, a partir de un caso representativo, una corriente de la poesía española contemporánea que la atención crítica a las tendencias más visibles tiende a desatender, y en haber situado en ella una obra reciente cuyo análisis ilumina los rasgos del género en el presente. Caminantes demuestra que la poesía del duelo conserva, en los años 2020, plena vigencia y capacidad de renovación, y que la elegía, lejos de ser un género agotado, sigue ofreciendo a la poesía española contemporánea uno de sus cauces más fecundos. En la caracterización de ese cauce y en la determinación del lugar que la obra de Isabel Martín Grande ocupa en él reside el interés de este estudio para la historia de la poesía española actual.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582307

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Tiempo, ausencia y presencia: una lectura fenomenológica de «Caminantes»

Introducción

El duelo plantea una paradoja fenomenológica de primer orden: la de una presencia que persiste en la ausencia, la de un ser que ya no está y que, sin embargo, sigue determinando la experiencia de quien lo ha perdido. Esta paradoja, que la conciencia común expresa diciendo que el muerto sigue presente en el recuerdo, exige para su análisis los instrumentos de la fenomenología, la disciplina que ha hecho de la presencia de lo ausente uno de sus problemas centrales. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), constituye una exploración poética excepcionalmente lúcida de esta paradoja.

Este ensayo sostiene la siguiente tesis: la dialéctica de presencia y ausencia que estructura Caminantes, así como la peculiar temporalidad del duelo que el poemario despliega, encuentran su iluminación más adecuada en la fenomenología de la memoria de Paul Ricoeur, que permite comprender el recuerdo no como reproducción del pasado, sino como presencia de lo ausente, y el duelo no como olvido, sino como reconocimiento. El poemario realiza, en el plano poético, el análisis que la fenomenología desarrolla en el plano conceptual: la descripción de cómo lo perdido sigue presente en una modalidad nueva.

El análisis se apoya en La memoria, la historia, el olvido de Ricoeur, con referencia a la tradición fenomenológica del análisis del tiempo y la memoria. Sobre este marco se examinará la paradoja de la presencia ausente en el poemario, la temporalidad detenida del duelo, la dialéctica del reconocimiento frente al olvido, y la concepción de la memoria como modalidad de presencia que estructura toda la obra.

La fenomenología de la memoria de Ricoeur

Paul Ricoeur, en La memoria, la historia, el olvido, retoma y renueva el análisis fenomenológico de la memoria iniciado por la tradición que va de Aristóteles a Husserl. Su punto de partida es una distinción fundamental: la memoria no es una simple reproducción del pasado, sino la presencia actual de algo ausente. Recordar es hacer presente lo que ya no está, pero hacerlo presente en su misma condición de ausente, reconociéndolo como pasado. La memoria es, así, la paradójica presencia de la ausencia.

Ricoeur distingue, en este sentido, entre la memoria como evocación —la simple aparición de un recuerdo— y la memoria como reconocimiento, que implica la identificación del recuerdo como representación fiel de algo efectivamente sucedido. El reconocimiento es el momento en que la memoria alcanza su plenitud: cuando lo recordado se reconoce como lo que fue, en su verdad de pasado. Esta distinción es decisiva para el análisis del duelo, pues el trabajo del luto consiste precisamente en pasar de la evocación dolorosa del ausente a su reconocimiento como presencia interior.

Ricoeur articula, además, la dialéctica entre memoria y olvido como condición de la temporalidad humana. El olvido no es solo pérdida: es también la condición que hace posible el recuerdo, el fondo sobre el que la memoria se recorta. El duelo se sitúa en esta dialéctica: no consiste en olvidar al ausente —lo que sería su segunda muerte—, ni en retenerlo intacto —lo que sería la fijación melancólica—, sino en encontrar la justa relación entre memoria y olvido que permite conservar al ausente transformándolo. Caminantes explora poéticamente esta dialéctica.

La paradoja de la presencia ausente

El núcleo fenomenológico de Caminantes es la afirmación reiterada de que el ausente sigue presente. El poema «El instante gigante» formula esta paradoja en su verso central y en su cierre: «En tu ausencia,» «sigues siendo presencia» (p. 64). La formulación es de una precisión fenomenológica notable: no afirma que el ausente esté presente a pesar de su ausencia, sino que sigue siendo presencia en su ausencia misma, en una modalidad de presencia que la ausencia no anula sino que constituye.

Esta paradoja recorre todo el poemario y encuentra formulaciones cada vez más precisas. En «La sinfonía del agua», la voz declara que puede «Puedo verte sin mirarte» (p. 62) y «Puedo vivirte sin tocarte» (p. 62), describiendo una modalidad de presencia que prescinde de la percepción sensorial. Ver sin mirar, vivir sin tocar: estas formulaciones describen con exactitud la presencia memorial, que no requiere la presencia física del objeto, sino que lo hace presente en su ausencia mediante el recuerdo. La fenomenología de la memoria encuentra aquí su correlato poético.

La paradoja se resuelve, fenomenológicamente, en la distinción entre modalidades de presencia. El ausente no está presente del modo en que lo estaría un objeto percibido, sino del modo en que lo está un objeto recordado: como presencia intencional, dada a la conciencia en la modalidad del recuerdo. Caminantes describe esta modalidad con una lucidez que la aproxima al análisis fenomenológico: la voz no confunde la presencia memorial con la presencia física, no cae en la alucinación, sino que reconoce al ausente como presente en la modalidad propia de la memoria. Esta lucidez distingue el duelo elaborado de la melancolía.

El tiempo detenido del duelo

La temporalidad del duelo constituye el segundo gran tema fenomenológico del poemario. Caminantes describe reiteradamente una experiencia del tiempo que se aparta del tiempo cronológico ordinario: un tiempo detenido, suspendido, sustraído al fluir de la sucesión. El poema «La detención del tiempo» lo formula explícitamente: en el instante del abrazo, «el tiempo permaneció» «para siempre detenido» (p. 29). La experiencia amorosa, y luego su recuerdo, instauran un tiempo distinto del tiempo del reloj.

Esta detención del tiempo tiene una explicación fenomenológica. El tiempo de la conciencia, según la fenomenología, no coincide con el tiempo objetivo de los relojes: es un tiempo vivido, en el que el presente se dilata o se contrae según la intensidad de la experiencia. El instante intenso —el del amor, el del recuerdo— se sustrae a la sucesión y se vuelve, en cierto sentido, eterno: no porque dure indefinidamente, sino porque escapa a la medida cronológica. Caminantes describe esta dilatación del presente vivido, este tiempo de la conciencia que el duelo intensifica.

La imagen de la voz como «inmóvil roca» que permanece en su «eterno aquí y ahora», ajena al fluir, que aparece en «La orilla quieta», refuerza esta concepción. La voz se sitúa en un presente detenido, en un aquí y ahora que resiste el paso del tiempo cronológico. El gesto reiterado de «miro, miro y miro» (p. 42) figura esta suspensión: la mirada que no avanza, que permanece fija en el mismo punto, instaura un tiempo detenido que es el tiempo propio del duelo. La fenomenología del tiempo vivido encuentra en estas imágenes su realización poética.

La dialéctica del reconocimiento

El trabajo del duelo, en términos ricoeurianos, consiste en pasar de la evocación dolorosa del ausente a su reconocimiento como presencia interior. Caminantes describe este tránsito a lo largo de sus tres secciones. La evocación dolorosa domina la sección de la despedida, donde el recuerdo irrumpe como herida; el reconocimiento se alcanza en los poemas finales, donde el ausente se reconoce como presencia permanente. El poemario realiza, así, el movimiento que Ricoeur describe como el paso de la memoria-evocación a la memoria-reconocimiento.

El reconocimiento implica una transformación de la relación con el pasado. En la evocación dolorosa, el pasado irrumpe como ausencia insoportable, como falta; en el reconocimiento, el pasado se acepta como pasado, se reconoce en su verdad, y por ello deja de ser pura falta para convertirse en posesión interior. El poema «La sinfonía del agua» registra este tránsito en su estructura circular: comienza en la evocación de la marcha del ausente y termina en el reconocimiento de su permanencia, «Ahora que te quedas conmigo» (p. 62). El mismo adverbio que abría el poema en la ausencia lo cierra en la presencia reconocida.

Este reconocimiento no suprime el dolor, pero lo transforma. Reconocer al ausente como presencia interior no equivale a dejar de echarlo de menos, sino a integrarlo en una relación nueva, en la que la ausencia física coexiste con la presencia memorial. El poemario describe esta coexistencia con precisión: la voz reconoce simultáneamente que el ausente no está y que sigue estando, sin confundir ambas cosas. Esta capacidad de sostener la paradoja —de reconocer la ausencia física y la presencia memorial a la vez— constituye el logro del trabajo del duelo y la marca de su elaboración madura.

El nombre y la invocación

La fenomenología de la presencia ausente se concreta en Caminantes en el motivo del nombre y la invocación. Nombrar al ausente, dirigirse a él, invocarlo, son actos que lo hacen presente en la modalidad del lenguaje. El poema «El abrigo del silencio» explora la fenomenología de la invocación con notable lucidez: la voz declara «Quisiera llamarte» (p. 60), pero advierte la paradoja de que «Pero si te llamo sería porque no estás. Y estás» (p. 60). La invocación confirma la ausencia —se llama a quien no está— y a la vez instaura la presencia —al llamarlo, se lo hace presente.

Esta paradoja de la invocación es fenomenológicamente precisa. El acto de nombrar tiene una estructura intencional: apunta hacia su objeto, lo hace presente a la conciencia como aquello a lo que se dirige. Nombrar al ausente es, por tanto, hacerlo presente intencionalmente, constituirlo como destinatario aunque no pueda responder. La voz de Caminantes comprende esta estructura: sabe que llamar al ausente confirma su ausencia, pero sabe también que en ese llamar el ausente se hace presente. La invocación es el acto fenomenológico por excelencia del duelo.

El poemario explora, además, la dimensión temporal de la invocación. Llamar al ausente es traerlo al presente, actualizarlo, sustraerlo momentáneamente al pasado en que la muerte lo ha inscrito. La invocación instaura un presente del recuerdo en el que el ausente vuelve a estar, aunque sea en la modalidad del lenguaje. Esta capacidad del lenguaje de hacer presente lo ausente es el fundamento de la poesía del duelo, y Caminantes la ejerce con plena conciencia de su estructura. El nombre es el último asidero de la presencia: mientras el nombre se pronuncie, el ausente no ha desaparecido del todo.

El espejo y la interioridad

Un motivo fenomenológicamente significativo del poemario es el del espejo, que figura la interiorización del ausente. En «El eco en el rostro», la voz se declara «soy espejo» «para verte entero» (p. 58), asumiendo la función de reflejar y conservar la imagen del ausente. El espejo no produce la presencia física del reflejado, pero la hace presente en la modalidad de la imagen: presencia mediada, interior, que depende del sujeto que refleja.

Esta imagen del espejo describe con precisión la estructura de la memoria como presencia de lo ausente. El sujeto que recuerda es como un espejo que conserva la imagen del ausente, que lo hace presente en su interioridad. La presencia memorial es, en este sentido, una presencia refleja: no la del objeto mismo, sino la de su imagen conservada en la conciencia. El poema «La luz en voz baja» desarrolla esta concepción al describir al ausente y a la voz como «dos espejos fluyendo», y al afirmar que lo que perdura no es la sombra de lo que fueron, «sino lo que estábamos siendo» (p. 23).

La concepción del sujeto como espejo del ausente tiene consecuencias fenomenológicas precisas. Significa que la presencia del ausente depende del sujeto que la sostiene, que la memoria es una actividad y no una pasividad, que conservar al ausente requiere un trabajo continuo de reflexión interior. La voz de Caminantes asume este trabajo: se hace espejo, se hace soporte de la presencia memorial, sostiene activamente la imagen del ausente. Esta concepción activa de la memoria, que la entiende como trabajo de conservación y no como simple persistencia pasiva, coincide con el análisis fenomenológico del recuerdo como acto intencional de la conciencia.

El año del duelo: tiempo cíclico y tiempo lineal

La temporalidad del duelo en Caminantes combina, fenomenológicamente, el tiempo cíclico y el tiempo lineal. El poemario mide el duelo por el ciclo del año —las estaciones que se suceden, el aniversario que regresa— y, a la vez, por el avance lineal de la elaboración. El poema «La caja de Pandora» registra «un año de tu ausencia», marcando el ciclo anual como unidad de medida del duelo, mientras que el conjunto del libro traza un avance lineal desde el dolor hacia la integración.

Esta combinación de tiempo cíclico y lineal es característica de la experiencia del duelo. El aniversario, el regreso de las fechas significativas, reactiva el dolor cíclicamente, en una temporalidad de la repetición; pero cada regreso encuentra al doliente en un punto distinto de su elaboración, en una temporalidad del avance. El duelo se vive, así, como una espiral: la combinación de un movimiento circular —el del ciclo que regresa— y un movimiento lineal —el de la elaboración que avanza—. Caminantes describe esta temporalidad espiral con precisión.

La fenomenología del tiempo permite comprender esta estructura. El tiempo vivido no es ni puramente lineal ni puramente cíclico, sino que combina ambas dimensiones: la sucesión irreversible y el retorno de lo semejante. El duelo intensifica esta combinación, pues somete al doliente a la vez al regreso cíclico del dolor y al avance lineal de su elaboración. El poemario realiza poéticamente este análisis al estructurar el duelo como un año que se recorre y, a la vez, como un proceso que avanza hacia la germinación de la memoria. La temporalidad de Caminantes es, en este sentido, fenomenológicamente exacta.

El olvido como amenaza y como condición

La dialéctica ricoeuriana entre memoria y olvido encuentra en Caminantes una exploración matizada. El olvido aparece, en primer lugar, como amenaza: la posibilidad de que el ausente desaparezca del todo, de que su presencia memorial se extinga. El poemario se constituye, en buena medida, como resistencia a esta amenaza, como esfuerzo de conservación de la presencia del ausente frente al olvido que la muerte y el tiempo amenazan con imponer.

Pero el olvido aparece también, en una concepción más profunda, como condición de la memoria. Ricoeur muestra que no hay memoria sin olvido, que el recuerdo se recorta sobre un fondo de olvido que lo hace posible. Caminantes registra esta función del olvido en los poemas de la integración, donde la voz acepta que no puede retenerlo todo, que algunas cosas se pierden, y que esa pérdida parcial es la condición para conservar lo esencial. El poema «El presente abrillantado» figura este olvido necesario en la imagen de barrer el olvido para despejar el presente: un gesto que no suprime la memoria, sino que la depura.

La justa relación entre memoria y olvido que el poemario alcanza define el éxito del trabajo del duelo. No se trata de recordarlo todo —lo que sería la fijación melancólica— ni de olvidarlo todo —lo que sería la segunda muerte del ausente—, sino de encontrar el equilibrio en que la memoria conserva lo esencial sobre el fondo de un olvido que la hace soportable. Caminantes describe la conquista de este equilibrio, que es la conquista de la elaboración madura del duelo. La dialéctica ricoeuriana entre memoria y olvido encuentra, así, en el poemario su ilustración poética más precisa.

Las preguntas sin respuesta: los límites del sentido

La fenomenología del duelo incluye la confrontación con los límites del sentido, con aquello que la conciencia no puede comprender ni integrar. Caminantes registra esta confrontación en el motivo de las preguntas sin respuesta. El poema «La caja de Pandora» evoca «mil preguntas» «no contestadas» (p. 54) que la voz guarda como piedras en la boca. La muerte plantea preguntas que no tienen respuesta, que resisten toda comprensión, y el duelo debe aprender a convivir con esa resistencia.

Esta confrontación con lo incomprensible tiene una dimensión fenomenológica precisa. La conciencia tiende a dar sentido, a integrar la experiencia en un horizonte de comprensión; pero la muerte del otro introduce un exceso que resiste la integración, una opacidad que el sentido no puede disipar. El duelo no consiste en responder las preguntas que la muerte plantea —pues son irrespondibles—, sino en aprender a sostenerlas, a convivir con su falta de respuesta. Caminantes describe este aprendizaje al figurar las preguntas como piedras que la voz guarda sin poder formularlas ni responderlas.

La aceptación de los límites del sentido es parte del trabajo del duelo. La voz de Caminantes no pretende comprender la muerte, no busca una explicación que la haga aceptable; aprende, en cambio, a habitar la pregunta sin respuesta, a sostener la opacidad de la pérdida. Esta sabiduría —la de quien renuncia a comprender lo incomprensible y aprende a convivir con ello— constituye una de las formas más altas de la elaboración del duelo. El poemario demuestra que la integración de la pérdida no requiere su comprensión, sino la aceptación de su carácter en parte incomprensible.

La memoria como modalidad de presencia

La síntesis de estos análisis permite formular la concepción de la memoria que el poemario propone: la memoria como modalidad de presencia. Caminantes no entiende la memoria como mera conservación de imágenes del pasado, sino como una forma activa de hacer presente al ausente, de sostener su presencia en una modalidad distinta de la física. Recordar es, para el poemario, una manera de seguir teniendo al ausente, de mantenerlo presente en la interioridad.

Esta concepción coincide con el análisis ricoeuriano de la memoria como presencia de lo ausente. Para Ricoeur, recordar no es contemplar una imagen muerta del pasado, sino hacer presente lo ausente en su condición de pasado, reconocerlo como lo que fue y lo que sigue siendo en la memoria. Caminantes realiza poéticamente este análisis al describir la memoria como una presencia viva, activa, que sostiene al ausente y lo hace germinar. La memoria del poemario no es pasiva ni inerte: es generativa, productiva, capaz de transformar lo perdido en presencia nueva.

La culminación de esta concepción se encuentra en la imagen final de la germinación, donde la memoria se figura como semilla que da fruto. La memoria-presencia de Caminantes no se limita a conservar: crea, fecunda, hace renacer. El ausente, conservado en la memoria, no permanece como reliquia inerte, sino que se transforma en presencia activa que sigue determinando la vida de la voz. Esta concepción de la memoria como modalidad de presencia viva constituye la aportación fenomenológica más original del poemario, y la razón última de su lucidez sobre la paradoja de la presencia ausente.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: la dialéctica de presencia y ausencia que estructura Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) y la peculiar temporalidad del duelo que el poemario despliega encuentran su iluminación más adecuada en la fenomenología de la memoria de Paul Ricoeur, que permite comprender el recuerdo como presencia de lo ausente y el duelo como reconocimiento. El estudio ha mostrado que el poemario realiza, en el plano poético, el análisis que la fenomenología desarrolla en el plano conceptual: la descripción de cómo lo perdido sigue presente en una modalidad nueva.

El examen de la paradoja de la presencia ausente ha revelado la precisión fenomenológica del poemario, capaz de distinguir la presencia memorial de la presencia física y de describir modalidades de presencia que prescinden de la percepción sensorial. El análisis de la temporalidad ha mostrado que Caminantes describe el tiempo detenido del duelo —el tiempo vivido de la conciencia, sustraído a la sucesión cronológica— y la combinación de tiempo cíclico y lineal que da al duelo su estructura espiral. El estudio de la dialéctica del reconocimiento ha documentado el tránsito de la evocación dolorosa al reconocimiento del ausente como presencia interior, que constituye el trabajo del duelo en términos ricoeurianos.

El análisis ha mostrado, además, la lucidez del poemario sobre la fenomenología de la invocación —el nombre que confirma la ausencia y a la vez instaura la presencia—, sobre la interiorización del ausente figurada en el motivo del espejo, sobre la dialéctica entre memoria y olvido, y sobre la confrontación con los límites del sentido en el motivo de las preguntas sin respuesta. La síntesis de estos análisis ha permitido formular la concepción de la memoria que el poemario propone: la memoria como modalidad de presencia viva, generativa, que no se limita a conservar el pasado, sino que hace renacer al ausente en una presencia nueva.

La aportación de este estudio al campo académico consiste en haber leído una obra reciente de poesía del duelo con los instrumentos de la fenomenología de la memoria, mostrando la afinidad profunda entre la exploración poética y el análisis filosófico de la presencia de lo ausente. Caminantes demuestra que la poesía del duelo puede alcanzar una lucidez fenomenológica que la aproxima al análisis conceptual, y que la fenomenología, a su vez, puede iluminar la estructura de la experiencia que la poesía describe. En esa convergencia entre poesía y fenomenología —entre la descripción poética y el análisis filosófico de la presencia ausente— reside el logro del poemario y la razón de su interés para los estudios sobre la memoria, el tiempo y el duelo.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582305

book3

El duelo en la modernidad líquida: «Caminantes» frente a la negación cultural de la muerte

Introducción

Las sociedades contemporáneas mantienen con la muerte una relación de evitación. Lo que en otras épocas fue acontecimiento público, ritualizado e integrado en la vida comunitaria, se ha vuelto en la modernidad tardía un asunto privado, medicalizado y, en buena medida, silenciado. El dolor del duelo, en consecuencia, se experimenta como una anomalía que conviene resolver con rapidez y discreción, antes que como una experiencia con sentido propio. En este contexto cultural se publica Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), una obra que, frente a la tendencia dominante, reivindica el dolor de la pérdida como experiencia que merece ser dicha, habitada y elaborada.

Este ensayo sostiene la siguiente tesis: Caminantes constituye una respuesta poética a la negación cultural de la muerte y del dolor característica de la modernidad líquida y de lo que se ha denominado la sociedad paliativa; y que esa respuesta consiste en reivindicar el duelo como proceso significativo frente a su gestión acelerada, y el dolor como experiencia con sentido frente a su anestesia generalizada. El poemario se opone, así, no solo estéticamente, sino culturalmente, a las formas contemporáneas de evitación de la finitud.

El análisis se apoya en el pensamiento de Zygmunt Bauman sobre las estrategias sociales ante la mortalidad y en la crítica de Byung-Chul Han a la sociedad paliativa, con referencia a la historia cultural de las actitudes ante la muerte. Sobre este marco se examinará cómo el poemario, al dar tiempo y palabra al duelo, al nombrar el dolor sin anestesiarlo y al reivindicar la memoria frente al olvido, se constituye en contracorriente cultural y en defensa del valor del sufrimiento elaborado.

La negación moderna de la muerte

La historia cultural de las actitudes ante la muerte ha documentado el progresivo desplazamiento de la finitud desde el centro de la vida social hacia sus márgenes. Si en épocas anteriores la muerte era un acontecimiento público, presidido por rituales colectivos que integraban la pérdida en la vida de la comunidad, la modernidad la ha recluido en el ámbito privado y la ha entregado a la gestión técnica de las instituciones sanitarias. La muerte se ha vuelto, en expresión consagrada, invisible: se oculta, se silencia, se delega.

Esta ocultación tiene consecuencias directas sobre el duelo. Privado de los marcos rituales que antes lo sostenían, el doliente queda solo ante su dolor, sin un lenguaje compartido ni un tiempo socialmente reconocido para elaborarlo. La presión cultural lo empuja a superar rápidamente la pérdida, a reincorporarse cuanto antes a la normalidad productiva, a no incomodar a los demás con la exhibición de su sufrimiento. El duelo se convierte, así, en un asunto vergonzante que debe resolverse en privado y con prontitud.

Caminantes se opone frontalmente a esta tendencia. El poemario no solo dice el duelo: lo dice extensamente, lo despliega en treinta y seis poemas, le concede el tiempo y el espacio que la cultura contemporánea le niega. La autora declara su propósito de acompañar al lector en el duelo «como un compañero de ruta» (p. 9), restituyendo así la dimensión comunitaria que la modernidad ha eliminado. El libro recupera, en el espacio de la página, la función que antes cumplían los rituales colectivos: dar forma compartida al dolor de la pérdida.

Bauman: las estrategias ante la mortalidad

El pensamiento de Zygmunt Bauman ofrece un marco preciso para comprender esta negación. En Mortality, Immortality and Other Life Strategies, Bauman analiza cómo las sociedades organizan su relación con la mortalidad mediante estrategias culturales. La estrategia moderna, sostiene, consiste en deconstruir la mortalidad: en traducir el problema insoluble de la muerte en una multiplicidad de problemas concretos de salud, en principio solubles. La muerte como tal se vuelve impensable; en su lugar se gestionan enfermedades, riesgos y factores, en una huida hacia adelante que evita la confrontación con la finitud.

Bauman identifica, además, una estrategia posmoderna que deconstruye la inmortalidad: la vida se transforma en un ensayo continuo de muertes reversibles, de desapariciones temporales, que sustituyen la confrontación con la muerte definitiva. La cultura contemporánea, saturada de finales que no son finales, de pérdidas que se reponen, de novedades que sustituyen lo perdido, desactiva la conciencia de la irreversibilidad. Todo se vuelve provisional, reemplazable, líquido.

Caminantes resiste ambas estrategias. Frente a la deconstrucción moderna de la muerte en problemas técnicos, el poemario afirma la irreductibilidad de la pérdida: «No puede ser verdad» «que un cuerpo ya no te tenga» (p. 47), declara la voz, enfrentando directamente la realidad de la muerte que la cultura técnica disuelve. Y frente a la deconstrucción posmoderna de la irreversibilidad, el poemario afirma el carácter definitivo de la pérdida, la imposibilidad de reponer al ausente. La muerte de Caminantes no es reversible ni soluble: es la muerte real, irreparable, que la voz se niega a edulcorar.

La irreversibilidad frente a la cultura líquida

La afirmación de la irreversibilidad constituye uno de los gestos más contraculturales del poemario. En una cultura que, según Bauman, ha hecho de la sustitución y la provisionalidad su principio, Caminantes afirma lo insustituible. El ausente no puede ser reemplazado, su pérdida no puede ser repuesta, y la voz no busca consuelo en sustitutos. Esta fidelidad a lo irreparable se opone a la lógica líquida del reemplazo continuo.

El poema «La agonía de los segundos» formula con precisión esta conciencia de la irreversibilidad en su verso final: «aunque yo aún sea luz» «y tú ya no seas vida» (p. 51). La asimetría irreparable entre quien permanece y quien se ha ido se enuncia sin atenuantes: no hay reversibilidad posible, no hay reencuentro, no hay sustitución. La voz asume la finitud en toda su crudeza, sin recurrir a las consolaciones que la cultura ofrece para evitar la confrontación con lo definitivo.

Esta asunción de la irreversibilidad no conduce, sin embargo, a la desesperación nihilista, sino a la elaboración. Caminantes demuestra que es posible afirmar el carácter definitivo de la pérdida y, al mismo tiempo, encontrar en la memoria una forma de permanencia. La voz no niega la irreversibilidad de la muerte para consolarse, pero tampoco se hunde en ella: la integra, y desde esa integración construye una relación nueva con el ausente. Frente a la cultura líquida que evita lo definitivo, el poemario propone afrontarlo y, afrontándolo, transformarlo en memoria.

Byung-Chul Han: la sociedad paliativa

La crítica de Byung-Chul Han a la sociedad paliativa, expuesta en su ensayo homónimo, complementa el análisis de Bauman al centrarse en la actitud contemporánea ante el dolor. Han sostiene que la sociedad actual ha hecho del dolor una amenaza que debe ser eliminada a toda costa. El mandato de bienestar permanente, promovido por el neoliberalismo, la autoayuda y las redes sociales, ha convertido el sufrimiento en algo intolerable, en una anomalía que la anestesia generalizada se encarga de suprimir. La sociedad paliativa es la que ha perdido la capacidad de dar sentido al dolor.

Esta anestesia tiene un coste. Para Han, la supresión del dolor implica también la supresión de la experiencia profunda, de la verdad, del arte que nace del sufrimiento. Una sociedad que no tolera el dolor se vuelve incapaz de las experiencias que solo el dolor hace posibles: el duelo, la pasión, la transformación. La eliminación del sufrimiento conduce a una existencia anestesiada, superficial, incapaz de profundidad. El dolor, lejos de ser un mero mal a suprimir, es condición de ciertas experiencias humanas fundamentales.

Caminantes se opone radicalmente a la sociedad paliativa. El poemario no anestesia el dolor: lo nombra, lo despliega, lo habita. La voz declara que «mi corazón se desgarra» (p. 47) y da forma a «un incendio de rabia» (p. 47) sin filtrarlo por el mandato del bienestar. El libro reivindica el derecho a sufrir, a no estar bien, a habitar el dolor el tiempo que sea necesario. Frente a la anestesia generalizada, Caminantes afirma el valor del dolor elaborado como vía de verdad y de transformación.

El dolor como experiencia con sentido

La reivindicación del dolor que el poemario realiza no es una exaltación masoquista del sufrimiento, sino la afirmación de su sentido. Caminantes no celebra el dolor por sí mismo, sino que lo reconoce como parte ineludible de la experiencia de la pérdida y como vía de su elaboración. El dolor del duelo es la medida del amor perdido: solo duele lo que se amó, y negar el dolor sería negar el valor del vínculo. La voz asume esta lógica al dar al dolor el espacio que merece.

El poema «El incendio de la rabia» registra el momento en que la voz rechaza las consolaciones fáciles: «son cenizas y no sirven» (p. 47), declara de las respuestas que ofrecen los libros ante el dolor. El verso rechaza la paliación, la consolación técnica, el remedio que suprime sin elaborar. La voz prefiere el dolor verdadero a la consolación falsa, la experiencia plena de la pérdida a su anestesia. Esta preferencia es, en términos de Han, profundamente contracultural: afirma el valor de una experiencia que la sociedad paliativa querría suprimir.

El sentido del dolor se revela, finalmente, en su capacidad de transformación. El poemario muestra que el dolor elaborado, lejos de destruir, fecunda: lo perdido «crecéis» «en semillas de versos» (p. 66), y la memoria germina precisamente porque el dolor fue habitado y no suprimido. La transformación del dolor en memoria fértil solo es posible si el dolor se vive plenamente, si no se anestesia. Caminantes demuestra, así, que la sociedad paliativa, al suprimir el dolor, suprime también la posibilidad de su transformación, y que reivindicar el dolor es reivindicar la posibilidad del sentido.

El tiempo del duelo frente a la aceleración

Una de las formas en que la modernidad líquida niega el duelo es la imposición de su aceleración. La cultura contemporánea, regida por la velocidad y la productividad, no concede al duelo el tiempo lento que requiere. Se espera que el doliente supere pronto su pérdida, que no se demore en el dolor, que vuelva cuanto antes a la normalidad. El duelo prolongado se patologiza, se considera anomalía que requiere intervención.

Caminantes opone a esta aceleración el tiempo lento del duelo. El poemario se demora, vuelve una y otra vez sobre la pérdida, mide el dolor por estaciones y aniversarios. La voz registra «El vacío permanece» (p. 47) a lo largo del año entero, recorriendo el calendario del duelo desde el verano «hasta el sabor helado del invierno» (p. 47). El poemario reivindica, así, el derecho a un duelo prolongado, a un dolor que dura, a un tiempo lento que la cultura de la velocidad no tolera.

Esta reivindicación del tiempo lento tiene un valor cultural preciso. Frente a la lógica de la aceleración, que exige resultados inmediatos y superaciones rápidas, Caminantes afirma que el duelo tiene su propio ritmo, que no puede ser forzado ni acelerado. La elaboración requiere tiempo, y negar ese tiempo es negar la posibilidad de la elaboración. El poemario, al concederse y conceder al lector el tiempo lento del duelo, resiste la presión cultural de la aceleración y restituye al dolor su temporalidad propia.

La muerte como ciudad ajena

Una de las imágenes más reveladoras del poemario para el análisis cultural es la representación de la muerte como una ciudad a la que el ausente se ha trasladado. En «La agonía de los segundos», la voz describe cómo el muerto «Escogiste otra ciudad de amante», una «metrópoli de mármol» «de un tiempo que ya no late» (p. 50). La imagen de la muerte como metrópoli de mármol —fría, mineral, detenida— ofrece una figuración de la finitud que contrasta con la evitación cultural contemporánea.

La fuerza de esta imagen reside en que nombra la muerte sin eufemismos. La cultura paliativa recurre a circunloquios para evitar la palabra: se dice que alguien nos ha dejado, que ha partido, que descansa. Caminantes nombra la muerte como lo que es: un traslado definitivo a una ciudad de la que no se regresa, un tiempo que ha dejado de latir. La metáfora no atenúa la finitud: la figura con precisión, dándole cuerpo sin disolverla en el eufemismo. La voz mira la muerte de frente y le da un nombre.

Esta capacidad de nombrar la muerte es, en el contexto de la sociedad paliativa, un gesto de resistencia. Nombrar lo que la cultura silencia, dar forma a lo que se evita, es restituir a la muerte su lugar en el discurso. Caminantes recupera, mediante imágenes como la de la metrópoli de mármol, la capacidad de decir la muerte que la modernidad ha perdido. El poemario demuestra que la poesía puede cumplir la función cultural que los rituales antes cumplían: dar palabra a lo indecible, integrar la finitud en el discurso de la comunidad.

La memoria frente al olvido programado

La modernidad líquida no solo acelera el duelo: programa el olvido. La cultura del reemplazo continuo, que sustituye constantemente lo viejo por lo nuevo, favorece el olvido de lo perdido como condición de la adaptación. Recordar es, en cierto sentido, contracultural: implica resistir la lógica de la sustitución, mantener la fidelidad a lo que ya no está, conservar lo que la cultura empuja a olvidar.

Caminantes es, en su núcleo, una obra de la memoria contra el olvido. El subtítulo mismo —«Poemas del duelo y la memoria»— declara esta orientación. El poemario se propone conservar al ausente, mantener su presencia, resistir el olvido que la muerte y la cultura amenazan con imponer. La escritura es el instrumento de esta resistencia: escribir el nombre del ausente es preservarlo, hacerlo permanecer más allá de la desaparición física y de la presión cultural hacia el olvido.

Esta reivindicación de la memoria culmina en la imagen de la germinación. La memoria de Caminantes no es conservación inerte, sino memoria fértil, que germina y da fruto. Lo perdido no se conserva como reliquia muerta, sino que se transforma en semilla de vida nueva. Frente al olvido programado de la cultura líquida, el poemario propone una memoria activa, generativa, que no se limita a retener el pasado, sino que lo hace fructificar en el presente. Esta concepción de la memoria como fuerza viva constituye la respuesta última del poemario a la cultura del olvido.

La poesía como ritual restituido

El análisis cultural permite comprender la función social que Caminantes asume. En las sociedades tradicionales, los rituales del duelo cumplían funciones precisas: dar forma compartida al dolor, marcar el tiempo de la elaboración, integrar la pérdida en la vida de la comunidad, sostener al doliente. La modernidad ha erosionado estos rituales, dejando al doliente sin marcos para su dolor. Caminantes propone, en el espacio de la literatura, una restitución de esas funciones.

El poemario da forma compartida al dolor al ofrecer al lector un lenguaje para su propia experiencia; marca el tiempo de la elaboración al desplegar el duelo en una secuencia ordenada; integra la pérdida al inscribirla en una tradición literaria; y sostiene al doliente al acompañarlo en su senda. La literatura asume, así, funciones que antes correspondían al ritual colectivo, convirtiéndose en un espacio de elaboración comunitaria del duelo en una cultura que ha perdido sus marcos rituales.

Esta función restitutiva confiere al poemario un valor que excede lo estético. Caminantes no es solo una obra de arte: es una intervención cultural, una propuesta de cómo afrontar el duelo en una sociedad que ha desaprendido a hacerlo. Al reivindicar el dolor, el tiempo lento, la memoria y la palabra compartida, el poemario ofrece una alternativa a la gestión paliativa del duelo, un modelo de elaboración que recupera la sabiduría que la modernidad ha perdido. En esta dimensión cultural reside buena parte de la importancia de la obra.

La autora frente a la cultura paliativa

La condición de la autora como psicóloga clínica confiere a esta dimensión cultural una significación adicional. Martín Grande conoce desde dentro la gestión técnica del sufrimiento, los protocolos, los marcos clínicos. Y sin embargo, su poemario afirma los límites de esa gestión: declara que el lector «no encontrará un manual tradicional para el duelo» (p. 9) y que «la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra» (p. 9). La autora, desde su competencia profesional, reconoce que el saber técnico no agota la experiencia del dolor.

Esta posición es significativa en el contexto de la sociedad paliativa. La crítica de Han se dirige, en parte, a la medicalización del sufrimiento, a su reducción a problema técnico. Que una profesional de la salud mental afirme los límites de la teoría y reivindique la palabra poética como vía de elaboración constituye una crítica desde dentro del propio sistema. La autora no rechaza el saber clínico —que posee y ejerce—, pero afirma que la experiencia del duelo requiere algo más que su gestión técnica: requiere palabra, tiempo, memoria, sentido.

Caminantes propone, así, una complementariedad entre el saber clínico y la elaboración poética del dolor. El poemario no se opone a la psicología, sino a la reducción del duelo a su gestión paliativa. Reivindica, frente a la anestesia, la elaboración; frente a la aceleración, el tiempo lento; frente al olvido, la memoria. Y lo hace desde la autoridad de quien conoce los límites de la teoría por haberlos experimentado en carne propia. Esta crítica desde dentro confiere al poemario una particular fuerza como intervención cultural.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) constituye una respuesta poética a la negación cultural de la muerte y del dolor característica de la modernidad líquida y de la sociedad paliativa, y esa respuesta consiste en reivindicar el duelo como proceso significativo frente a su gestión acelerada, y el dolor como experiencia con sentido frente a su anestesia generalizada. El estudio ha mostrado que el poemario se opone a las estrategias de evitación de la finitud analizadas por Bauman y a la supresión del dolor criticada por Han, constituyéndose en contracorriente cultural.

El examen de los procedimientos del poemario ha revelado varias formas de esta resistencia. Frente a la deconstrucción de la muerte en problemas técnicos y a la lógica líquida del reemplazo, Caminantes afirma la irreversibilidad y el carácter insustituible de la pérdida. Frente a la sociedad paliativa, el poemario nombra el dolor sin anestesiarlo y reivindica su sentido como vía de verdad y transformación. Frente a la aceleración cultural, afirma el tiempo lento del duelo. Frente al olvido programado, propone una memoria activa y generativa. Y mediante imágenes como la de la muerte como metrópoli de mármol, recupera la capacidad de nombrar la finitud que la cultura ha perdido.

El análisis ha mostrado, además, que el poemario asume una función cultural restitutiva, ocupando en el espacio de la literatura el lugar que antes correspondía a los rituales colectivos del duelo, y que esta función adquiere particular fuerza por proceder de una autora con formación clínica, capaz de afirmar los límites de la gestión técnica del sufrimiento desde dentro del propio sistema. Caminantes propone, así, una complementariedad entre el saber clínico y la elaboración poética, y una crítica de la reducción del duelo a su gestión paliativa.

La aportación de este estudio al campo académico consiste en haber leído una obra reciente de poesía del duelo en el marco de la sociología y la filosofía contemporáneas de la muerte, mostrando que la poesía puede constituir una intervención cultural y no solo una realización estética. Caminantes demuestra que la poesía del duelo tiene, en la sociedad contemporánea, una función crítica: la de resistir la negación de la muerte y del dolor, y la de restituir al sufrimiento su sentido y su tiempo. En una cultura que ha desaprendido a morir y a llorar, el poemario de Isabel Martín Grande recuerda que el dolor elaborado es vía de verdad, que la memoria es resistencia al olvido y que la palabra poética puede acompañar lo que la técnica solo gestiona. En esa dimensión cultural reside el alcance último de la obra y la razón de su interés para los estudios sobre la muerte en la cultura contemporánea.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582303

book2

Voz femenina del duelo: subjetividad y ética del cuidado en «Caminantes»

Introducción

La poesía española escrita por mujeres ha conquistado en las últimas décadas un espacio propio en el que la subjetividad femenina se articula sin las mediaciones que durante siglos la silenciaron o la sometieron a modelos ajenos. Dentro de ese espacio, la poesía del duelo ofrece un campo particularmente revelador, pues el dolor de la pérdida pone a prueba el modo en que una voz se constituye en relación con el otro. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), constituye un caso significativo de esa articulación: una voz femenina que dice el duelo desde una posición que este estudio propone caracterizar como ética del cuidado.

Este artículo sostiene la siguiente tesis: la subjetividad poética de Caminantes se construye no como un yo autónomo y autosuficiente, sino como un yo relacional, definido por su vínculo con el otro y por una disposición al cuidado que persiste más allá de la muerte; y que esa configuración, lejos de ser una limitación, constituye una aportación específica de la voz femenina a la poesía del duelo. La obra articula el luto no como pérdida de sí, sino como continuación del cuidado por otros medios, en una poética que convierte la memoria en forma de sostener al ausente.

El análisis se apoya en los estudios sobre la construcción del yo en la poesía española escrita por mujeres y en la ética del cuidado como marco interpretativo. Sobre esta base, se examinará la configuración relacional de la voz, las imágenes del cuidado y la sustentación que recorren el poemario, la dimensión generativa y maternal de su imaginería, y el modo en que el libro transforma el duelo en una forma de cuidado prolongado.

La construcción del yo en la poesía femenina

La crítica sobre la poesía española escrita por mujeres ha mostrado que uno de sus rasgos distintivos es la construcción de un yo lírico que se define en relación, frente al modelo del yo autónomo y soberano de buena parte de la tradición canónica. Los estudios de Biruté Ciplijauskaité sobre la construcción del yo femenino en la literatura, así como las antologías y panoramas que desde los años ochenta han cartografiado esta producción, coinciden en señalar la centralidad de la relacionalidad, del cuerpo y de la experiencia vinculada como ejes de esta poesía.

Esta configuración relacional no debe entenderse como dependencia ni como falta de autonomía, sino como una concepción alternativa del sujeto, que se reconoce constituido por sus vínculos. El yo de esta poesía no preexiste a la relación, sino que se forma en ella; no se afirma contra el otro, sino con el otro. Esta concepción tiene consecuencias decisivas para la poesía del duelo, pues si el sujeto se constituye en la relación, la pérdida del otro amenaza la propia identidad, y el trabajo del duelo se convierte en un trabajo de reconstrucción del yo.

Caminantes se inscribe de lleno en esta tradición. Su voz no es la de un sujeto que contempla la pérdida desde una posición de exterioridad, sino la de un yo que se reconoce constituido por el vínculo perdido y que debe, por ello, reconstruirse sin disolverse. La estructura dialógica del poemario —la apelación constante a un tú ausente— es la forma poética de esta concepción relacional del sujeto: la voz existe en tanto se dirige al otro, y su identidad se sostiene en esa dirección. Analizar esta voz exige, por tanto, atender a su constitución relacional.

El yo relacional ante la pérdida

La pérdida pone a prueba la concepción relacional del sujeto. Si el yo se constituye en el vínculo, la muerte del otro lo deja, en principio, sin fundamento. Caminantes afronta esta amenaza no mediante la afirmación de una autonomía recuperada, sino mediante la conservación del vínculo en una forma nueva. La voz no se reconstruye contra el ausente, prescindiendo de él, sino con él, manteniéndolo como interlocutor interior.

Esta estrategia se manifiesta en la persistencia de la segunda persona a lo largo de todo el libro. La voz sigue dirigiéndose al ausente, sigue tratándolo como un tú, y en esa persistencia conserva la estructura relacional que la constituye. El poema «El eco en el rostro» formula esta conservación con una imagen reveladora: la voz se declara «soy espejo» «para verte entero» (p. 58), asumiendo la función de sostener la imagen del ausente, de reflejarlo, de mantenerlo presente. El yo se define aquí por su capacidad de albergar al otro, de ser el lugar donde el ausente persiste.

Esta configuración tiene una dimensión ética. La voz no busca liberarse del vínculo para recuperar su autonomía, sino conservarlo como responsabilidad. Ser «espejo» del ausente es asumir el cuidado de su memoria, hacerse cargo de su permanencia. El duelo se convierte, así, no en un proceso de desligamiento, sino en un proceso de relevo: la voz toma a su cargo la presencia que la muerte amenaza con borrar. Esta asunción del cuidado del ausente define la postura ética del poemario y constituye su aportación específica a la poesía del duelo.

La ética del cuidado como marco

El concepto de ética del cuidado, desarrollado en el pensamiento contemporáneo como alternativa a las éticas de la justicia abstracta, ofrece el marco más adecuado para interpretar esta postura. La ética del cuidado parte de la premisa de que el sujeto es interdependiente, de que existe en una red de relaciones de responsabilidad mutua, y de que la atención al otro concreto constituye un valor moral fundamental. Frente a la ética de los principios universales, la del cuidado privilegia el vínculo particular, la atención a la necesidad del otro, la responsabilidad por su bienestar.

Esta perspectiva ilumina la configuración de la voz de Caminantes. El duelo del poemario no es un duelo egocéntrico, centrado en el dolor del yo, sino un duelo orientado al cuidado del otro, incluso del otro ausente. La voz se preocupa por el ausente, lo sostiene, lo acompaña, asume la responsabilidad de su memoria. El poema «Hilos de Ariadna» atribuye al ausente una función de cuidado —«Tú, invisiblemente sanando clanes» (p. 36)— y a la voz, una función de sostén recíproco, en una imagen de cuidado mutuo que la muerte no interrumpe.

La ética del cuidado permite comprender por qué el duelo de Caminantes no concluye en la liberación del vínculo, sino en su transformación en responsabilidad permanente. Cuidar al ausente, mantener su memoria, hacerse cargo de su permanencia: estas son las tareas que la voz se impone, y que definen su postura ética. El poemario propone, así, una concepción del duelo como continuación del cuidado, como relevo de una responsabilidad que la muerte no cancela sino que transfiere. Esta concepción, profundamente arraigada en la tradición de la poesía femenina, constituye la clave interpretativa del libro.

Imágenes de la sustentación

La ética del cuidado se materializa en Caminantes en una imaginería específica: la de la sustentación, el sostén y el abrazo. El poemario está poblado de imágenes de manos que aferran, de brazos que contienen, de respaldos que sostienen. El poema «La ruta peregrina» ofrece la formulación más explícita de esta imaginería al describir el vínculo como «abrazo que contiene» «respaldo que empuja, besa y sostiene» (p. 33), en una acumulación de verbos de cuidado que define la relación como sostén mutuo.

La imagen de la «mochila compartida» (p. 33), que aparece en el mismo poema, refuerza esta concepción: el vínculo se figura como una carga llevada entre dos, como una responsabilidad repartida. El amor no es aquí fusión ni posesión, sino colaboración en el sostén de una carga común. Esta concepción del vínculo como cuidado compartido es característica de la ética que el poemario encarna, y la distingue de las poéticas amorosas centradas en el deseo o en la posesión.

La persistencia de estas imágenes de sustentación a lo largo del libro configura una poética del cuidado que estructura la relación amorosa y, tras la pérdida, el duelo. La voz que ha sido sostenida por el ausente asume, tras su muerte, la tarea de sostenerlo a él en la memoria. El cuidado, antes recíproco, se vuelve unilateral pero no por ello menos activo: la voz sigue sosteniendo, sigue conteniendo, sigue abrazando, aunque el objeto de su cuidado sea ya solo un recuerdo. La imaginería de la sustentación traduce, así, la continuidad del cuidado más allá de la muerte.

La dimensión generativa y maternal

Un aspecto particularmente significativo de la voz femenina de Caminantes es su dimensión generativa, perceptible en una imaginería de la fecundidad y el nacimiento que culmina en la metáfora final de la semilla. La voz se concibe a sí misma como tierra fértil que da fruto: en “La bendición del aire” declara que las lágrimas de la ausencia germinan «en mi tierra fecunda» (p. 43), y que de ese suelo nace una escritura «de versos parida» (p. 43). La elección del verbo parir, que remite a la maternidad, configura la escritura como un acto generativo, como un dar a luz.

Esta imaginería maternal de la creación tiene una larga tradición en la poesía escrita por mujeres, que ha reivindicado la generación —biológica y simbólica— como modelo de la creatividad frente al modelo masculino de la construcción o la conquista. En Caminantes, la escritura no se concibe como edificación ni como dominio, sino como gestación: los versos se paren, la memoria germina, lo perdido crece como semilla. La metáfora final del libro —lo perdido que crece «en semillas de versos» (p. 66)— culmina esta poética generativa, que convierte el duelo en un proceso de fecundación de la memoria.

La dimensión generativa enlaza con la ética del cuidado, pues parir y cuidar son las dos caras de una misma disposición hacia la vida del otro. La voz que pare versos cuida, mediante esa generación, la permanencia del ausente: lo hace renacer en la palabra. La maternidad simbólica de la escritura es, así, la forma última del cuidado, la que vence a la muerte no negándola, sino generando vida nueva a partir de la pérdida. Esta concepción generativa del duelo constituye una de las aportaciones más originales de la voz femenina de Caminantes.

El cuidado de sí: la voz que se sostiene

La ética del cuidado que el poemario encarna no se orienta únicamente hacia el otro: incluye también el cuidado de sí, necesario para que la voz no se disuelva en el duelo. Caminantes registra este cuidado de sí en imágenes de permanencia y resistencia que equilibran la entrega al ausente. La voz se declara «soy faro luminoso» (p. 42) y «permanezco por si resucitas» (p. 42), afirmando una permanencia que es a la vez espera del otro y conservación de sí.

Este equilibrio entre el cuidado del otro y el cuidado de sí distingue la ética del poemario de una entrega autodestructiva. La voz no se aniquila en el duelo, no se pierde en el otro: se sostiene para poder seguir sosteniéndolo. El poema «El incendio de la rabia» registra el momento de la elaboración en que la voz «Aprendo a llevarte conmigo» (p. 48) de otra manera, y declara que continúa hacia adelante «enarbolando tu legado» (p. 48). El cuidado del ausente se vuelve compatible con la continuación de la propia vida.

La culminación de este cuidado de sí se encuentra en la afirmación de la autonomía recuperada sin ruptura del vínculo. La voz declara que «bailo mis propios pasos» (p. 48), afirmando un ritmo propio que no niega la memoria del otro, sino que la integra. El cuidado de sí no se opone aquí al cuidado del otro: ambos se articulan en una ética del duelo que conserva el vínculo sin sacrificar la vida. Esta articulación equilibrada, que evita tanto el olvido como la autodestrucción melancólica, constituye la madurez ética del poemario.

El duelo como continuación del cuidado

La síntesis de estos análisis permite formular la concepción del duelo que el poemario propone: el duelo como continuación del cuidado por otros medios. La voz de Caminantes no entiende el duelo como un proceso de desligamiento que culmina en el olvido, sino como una transformación del cuidado que la muerte vuelve unilateral pero no cancela. Cuidar al ausente, mantener su memoria, hacerlo renacer en la palabra: estas son las formas del cuidado que sobreviven a la pérdida.

Esta concepción se opone a los modelos del duelo centrados en la superación y el desapego. Para Caminantes, el duelo bien elaborado no consiste en dejar de cuidar al otro, sino en aprender a cuidarlo de otro modo, en su nueva condición de ausente. El poema «La encrucijada de los guerreros» registra esta transformación al describir cómo la voz, tras la separación, «hilando primaveras entre mis ruinas» (p. 32), continúa una labor de cuidado que reconstruye sobre la pérdida. El cuidado no cesa: cambia de forma.

Esta concepción del duelo como cuidado prolongado constituye la aportación específica de la voz femenina de Caminantes a la poesía del género. Frente a la elegía tradicional, a menudo centrada en el dolor del yo o en la glorificación del muerto, el poemario propone una elegía del cuidado, orientada a la responsabilidad por la permanencia del otro. Esta orientación, arraigada en la tradición de la poesía escrita por mujeres y en la ética del cuidado, renueva el género al desplazar su centro de gravedad del dolor a la responsabilidad, del lamento al sostén.

Cuerpo, memoria y huella

La poética del cuidado de Caminantes tiene un fundamento corporal que merece análisis. La voz inscribe la memoria del ausente en su propio cuerpo, que se convierte en archivo y soporte de la presencia. El poema «El eco en el rostro» desarrolla esta inscripción corporal al describir cómo los rasgos de la voz conservan las marcas del ausente, cómo el cuerpo propio guarda la huella del otro. El cuerpo es aquí el lugar del cuidado: donde la memoria se aloja y se sostiene.

Esta corporalidad de la memoria es característica de la poesía escrita por mujeres, que ha reivindicado el cuerpo como lugar del conocimiento y de la experiencia frente a su tradicional relegación. En Caminantes, el cuerpo no es objeto del deseo ajeno, sino sujeto del cuidado: es el cuerpo que sostiene la memoria, que la alberga, que se hace cargo de ella. La inscripción de la huella del ausente en el cuerpo propio es la forma corporal del cuidado, la que hace del yo el soporte físico de la permanencia del otro.

Esta concepción corporal del duelo enlaza con la imaginería generativa antes analizada: el cuerpo que guarda la huella es también el cuerpo que pare versos, el cuerpo fértil del que nace la memoria. Cuerpo, cuidado y generación se articulan, así, en una poética unitaria que sitúa en la corporalidad femenina el fundamento de la elaboración del duelo. La voz cuida al ausente con su cuerpo, lo alberga en su carne, lo hace renacer en su escritura: el cuidado es, en última instancia, una operación corporal, y en esa corporalidad reside la especificidad de la voz femenina del poemario.

La gratitud como forma del cuidado

Un rasgo que distingue la ética del cuidado de Caminantes de una elegía meramente doliente es la presencia de la gratitud. La voz no solo lamenta la pérdida: agradece haber tenido el vínculo. El poema “La bendición del aire” se construye sobre la fórmula «Gracias infinitas» (p. 43), y llega a agradecer no solo la presencia, sino también la ausencia, calificada paradójicamente como «por tu ausencia, mil veces bendita» (p. 43). La gratitud por la ausencia es una formulación extrema de la ética del cuidado: agradecer incluso el dolor, en tanto prueba del valor del vínculo.

Esta gratitud transforma el duelo. El lamento, que mira hacia la pérdida, se equilibra con el agradecimiento, que mira hacia el don recibido. La voz no se instala en el resentimiento contra el destino ni en la queja contra la muerte, sino que reconoce el valor de lo que tuvo y lo agradece. Esta disposición agradecida es una forma del cuidado, pues honra al ausente reconociendo lo que aportó, y honra también a la propia vida reconociendo su riqueza pese a la pérdida.

La gratitud confiere al poemario su tono distintivo, que lo aleja del lamento puro y lo aproxima a una celebración doliente. Caminantes no es un libro de la desesperación, sino de la elaboración agradecida: un libro que llora la pérdida sin renegar del don. Esta articulación de duelo y gratitud, característica de una ética del cuidado madura, constituye uno de los logros emocionales y morales más notables de la obra, y confirma que la voz femenina del poemario afronta el duelo desde una posición de generosidad y no de carencia.

La inscripción en la tradición poética femenina

Situar Caminantes en la tradición de la poesía española escrita por mujeres permite valorar tanto su filiación como su aportación. El poemario comparte con esa tradición la concepción relacional del sujeto, la centralidad del cuerpo, la imaginería generativa y la ética del cuidado. Se inscribe, así, en una genealogía que las antologías y los estudios críticos de las últimas décadas han contribuido a visibilizar, y que ha conquistado para la voz femenina un espacio propio en el canon poético contemporáneo.

Pero Caminantes aporta a esa tradición una inflexión específica: la aplicación de la ética del cuidado al territorio del duelo. Si la poesía femenina ha explorado el cuidado en el ámbito del amor, la maternidad o la relación, Caminantes lo extiende al ámbito de la pérdida, mostrando que el cuidado puede sobrevivir a la muerte del otro y convertirse en el principio organizador del duelo. Esta extensión enriquece tanto la poesía del duelo —al dotarla de una ética del cuidado— como la poesía femenina —al mostrar la productividad de su ética en un territorio nuevo.

La aportación tiene, además, un valor de género en sentido amplio. Al proponer una elegía del cuidado, Caminantes ofrece un modelo de duelo alternativo al de la tradición elegíaca masculina, centrada a menudo en el dolor del yo o en la glorificación heroica del muerto. El modelo del cuidado, orientado a la responsabilidad por la permanencia del otro y compatible con la continuación de la propia vida, propone una forma de duelo más sostenible y, en cierto sentido, más sabia. La voz femenina de Caminantes aporta, así, no solo una sensibilidad, sino una ética.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: la subjetividad poética de Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) se construye como un yo relacional, definido por su vínculo con el otro y por una disposición al cuidado que persiste más allá de la muerte, y esa configuración constituye una aportación específica de la voz femenina a la poesía del duelo. El estudio ha mostrado que el poemario se inscribe en la tradición de la poesía española escrita por mujeres, de la que hereda la concepción relacional del sujeto, la centralidad del cuerpo y la imaginería generativa, y que aplica la ética del cuidado al territorio del duelo de un modo que renueva el género.

El examen de la configuración de la voz ha revelado que el yo de Caminantes no se reconstruye contra el ausente, prescindiendo de él, sino con él, conservándolo como interlocutor interior y asumiendo la responsabilidad de su memoria. Las imágenes de la sustentación —el abrazo que contiene, el respaldo que sostiene, la mochila compartida— configuran una poética del cuidado que estructura la relación amorosa y, tras la pérdida, el duelo. La dimensión generativa de la imaginería —la tierra fecunda, los versos paridos, la semilla— convierte la escritura en un acto de gestación que hace renacer al ausente en la palabra.

El análisis ha mostrado, además, que la ética del cuidado del poemario incluye el cuidado de sí, necesario para que la voz no se disuelva en el duelo, y que se articula con la gratitud, que equilibra el lamento con el reconocimiento del don recibido. La concepción del duelo que resulta de esta articulación —el duelo como continuación del cuidado por otros medios— se opone a los modelos centrados en la superación y el desapego, y propone una elegía del cuidado orientada a la responsabilidad por la permanencia del otro y compatible con la continuación de la propia vida.

La aportación de este estudio al campo académico consiste en haber documentado, mediante el análisis textual, la articulación entre la subjetividad femenina y la ética del cuidado en una obra reciente de poesía del duelo, y en haber mostrado la productividad de esa articulación para la renovación del género elegíaco. Caminantes demuestra que la voz femenina aporta a la poesía del duelo no solo una sensibilidad, sino una ética: la del cuidado que sobrevive a la muerte y convierte el luto en responsabilidad por la memoria del otro. En esa propuesta de una elegía del cuidado, arraigada en la tradición de la poesía escrita por mujeres, reside el logro del poemario y la razón de su interés para los estudios de género y para la teoría de la poesía contemporánea.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582301

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Ecos de Neruda en «Caminantes»: la herencia sensorial en clave elegíaca

Introducción

La huella de Pablo Neruda en la poesía amorosa en lengua española es tan amplia que resulta casi inevitable para cualquier autor que aborde el amor desde una poética de los sentidos. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), hace de esa herencia algo más que una influencia difusa: la convierte en cita explícita, en homenaje y en punto de partida. Pero lo que distingue a Caminantes no es la mera continuidad de la poética nerudiana, sino su reelaboración en un registro que Neruda apenas frecuentó: el de la elegía.

Este ensayo sostiene la siguiente tesis: Caminantes hereda de Neruda la poética sensorial —la concepción del amor como experiencia táctil, marina y material— pero la somete a una inversión elegíaca, de modo que el lenguaje de la plenitud amorosa se pone al servicio de la expresión de la pérdida. Donde Neruda celebra el cuerpo presente, Martín Grande lamenta el cuerpo ausente; donde el chileno construye una erótica de la presencia, la autora española construye una elegía de la memoria. La continuidad del lenguaje sensorial sobre el fondo de una intención opuesta produce el efecto poético característico del libro.

El análisis se apoya en la lectura clásica de la poética nerudiana realizada por Amado Alonso y en el reconocimiento de la tradición amorosa hispánica que va de Bécquer a Neruda. Sobre este marco, se examinará la cita explícita de Neruda en el poemario, se rastrearán los ecos de su imaginería sensorial y marina en los poemas de Martín Grande, y se mostrará el procedimiento de inversión elegíaca mediante el cual la autora transforma la herencia recibida en voz propia.

La cita explícita: Neruda en el centro del poemario

Caminantes no oculta su deuda: la declara. En el poema cuarto, «Poemas de la arena», la voz evoca un gesto fundacional del vínculo amoroso al recordar que entregó al amado los versos del poeta chileno: «Te entregué temprano» (p. 16), comienza, y precisa que se trataba de poemas «garabateados, de Neruda, sus poemas» (p. 16). La cita no es un adorno erudito, sino un dato biográfico de la relación: Neruda fue el lenguaje compartido del amor, el código en que se cifró la intimidad.

El gesto tiene una doble significación. En el plano narrativo, sitúa la poesía de Neruda en el origen del vínculo, como mediadora del encuentro amoroso. En el plano poético, declara la filiación de la propia voz: al entregar los versos de Neruda, la autora reconoce de quién ha aprendido a decir el amor. La poética sensorial que recorre el libro encuentra aquí su genealogía explícita, y el lector queda autorizado a leer el poemario en diálogo con la tradición nerudiana.

Significativamente, esta cita aparece en un poema enmarcado por la repetición del mismo verso —el libro abre y cierra «Poemas de la arena» con la entrega de los poemas de Neruda—, de modo que el homenaje queda inscrito en una estructura circular. La herencia nerudiana no es un préstamo puntual, sino un eje en torno al cual gira uno de los poemas del encuentro. Desde este núcleo declarado, los ecos de Neruda se irradian al resto del libro, donde operan de manera ya no explícita, sino formal.

La poética sensorial de Neruda

Para calibrar el alcance de esta herencia conviene recordar en qué consiste la poética sensorial de Neruda. Amado Alonso, en su estudio clásico sobre la poesía del chileno, mostró que la lírica nerudiana se construye sobre una percepción del mundo intensamente material y sensorial, en la que el amor se vive como experiencia del cuerpo y de la naturaleza. El amor nerudiano es tacto, temperatura, sabor; se dice a través de los elementos —el mar, la tierra, el viento— y de las sustancias —la sal, la piedra, la madera—. La amada no es una abstracción, sino un cuerpo inscrito en el cosmos material.

Esta poética alcanzó su formulación más popular en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, donde el amor se nombra a través de una dicción sensorial inmediata, y su forma más madura en Cien sonetos de amor, donde la materialidad del mundo se pone al servicio de la celebración de la amada. El rasgo común es la confianza en los sentidos como vía de conocimiento amoroso: amar es percibir, y decir el amor es traducir esa percepción en imágenes concretas.

Caminantes hereda íntegramente esta concepción. El amor se dice también aquí a través de los sentidos y de las sustancias, en una imaginería que privilegia el tacto, el sabor y, sobre todo, el mar. Pero esta herencia se ejerce sobre un fondo distinto: el del duelo. La poética sensorial, que en Neruda sirve a la celebración del cuerpo presente, sirve en Martín Grande a la evocación del cuerpo ausente. La continuidad del procedimiento sobre la discontinuidad de la situación define el diálogo del poemario con su modelo.

El amor como materia: tacto y temperatura

El rasgo más nerudiano de Caminantes es la concepción del amor como sustancia táctil y térmica. La voz no enuncia el amor en abstracto, sino que lo materializa en imágenes de temperatura y contacto, en la línea de la erótica sensorial del chileno. La formulación más acabada se encuentra en «Poemas de la arena», donde el amor se define como «un pulso de sal y cal viva» (p. 16), imagen que funde lo mineral y lo orgánico, el latido y la materia, en una síntesis profundamente nerudiana.

La elección de las sustancias es reveladora. La sal y la cal viva no son materias inertes: la sal es la del mar y la de las lágrimas, y la cal viva es sustancia ardiente, que quema. El amor se dice, así, como una experiencia a la vez marina y abrasadora, en una imagen que reúne los dos grandes campos de la poética nerudiana —el agua y el fuego— en un solo sintagma. El amor es temperatura, contacto, pulso: una experiencia del cuerpo antes que del concepto.

Esta materialización del afecto, que recorre todo el poemario, encuentra en Neruda su precedente más claro. Pero hay una diferencia decisiva: en Neruda, la materia del amor es la del cuerpo presente, gozado; en Martín Grande, es la del cuerpo recordado, perdido. La misma imaginería sensorial sirve a una intención opuesta. El amor «con luz intensa» (p. 16) que la voz proclama no es ya el amor de la presencia, sino el del recuerdo, y esa transposición de la materia sensorial al territorio de la ausencia constituye la aportación elegíaca del poemario a la herencia nerudiana.

El mar nerudiano y el mar de Caminantes

Si hay un elemento que vincula a Caminantes con Neruda por encima de todos, es el mar. El océano es en Neruda el gran espacio del amor y de la existencia, la materia primordial en la que el yo se reconoce. Caminantes hereda esta centralidad del mar, que recorre el poemario como correlato del vínculo y de su pérdida. El amor se inscribe en un «Sendero marino estelado» (p. 15), y la voz aspira a saborear «la sal al llegar del océano» (p. 19), en imágenes que reproducen la fusión nerudiana del amor y el mar.

Pero el mar de Caminantes es también, y sobre todo, el mar de la pérdida. La imagen más reveladora de esta inflexión elegíaca se encuentra en «El abandono marinero», donde la ausencia se figura como «el abandono marinero» «de un puerto sin faro» (p. 56). El mar nerudiano de la plenitud se ha convertido aquí en el mar de la orfandad: el puerto sin faro es el mundo sin el ausente, la travesía sin guía. La misma materia marina que servía a la celebración del amor sirve ahora a la expresión del desamparo.

Esta doble valencia del mar —espacio del amor y espacio de la pérdida— constituye el eje del diálogo de Caminantes con Neruda. La autora no se limita a heredar el mar nerudiano: lo desdobla, lo carga de una ambivalencia que Neruda apenas exploró. El mar de la plenitud y el mar del duelo coexisten en el poemario, y su coexistencia produce la tensión característica del libro: la de un lenguaje aprendido para celebrar que debe ahora servir para lamentar. El faro apagado es el emblema de esa transformación.

La arena y la playa: erotismo y duelo

El cuarto poema del libro, que contiene la cita explícita de Neruda, sitúa la escena amorosa en un espacio nerudiano por excelencia: la playa. La voz recuerda al amado caminando «en la playa de Las Gaviotas» (p. 16), y lo describe como «cangrejo desnudo» (p. 16) que recorría la orilla. La imagen reúne el erotismo de la desnudez con la concreción del paisaje marino, en una escena que podría figurar en cualquier poema amoroso de Neruda.

La oposición cromática que el poema desarrolla —«blanca era la tuya» «y oscura la de la arena» (p. 16)— contrapone la piel del amado y la materia de la playa en un juego de claros y oscuros de raíz sensorial. El cuerpo se inscribe en el paisaje, se mide con él, se distingue de él: la operación es nerudiana en su confianza en la percepción como vía del amor. La arena, sustancia del tiempo que se escurre, aporta además una connotación elegíaca: la playa es el lugar del amor, pero también el de la huella que el mar borra.

Es en esta connotación donde se aprecia de nuevo la inflexión elegíaca. La playa nerudiana es escenario de la plenitud; la de Caminantes es ya escenario del recuerdo, lugar evocado desde la ausencia. El amado es «Trovador y poeta» (p. 16) que se alzaba en grandeza, pero el verbo en pasado delata que esa grandeza pertenece a lo perdido. La escena erótica se tiñe de duelo, y el erotismo nerudiano se convierte en memoria erótica, en evocación de un cuerpo que ya no está. La arena, que en Neruda sería materia del presente, es en Martín Grande materia del tiempo ido.

La sal y el océano: lo sensorial sublimado

El poema séptimo, «El río en la mirada», ofrece uno de los pasajes más nerudianos del libro y, a la vez, más reveladores de su transformación. La voz imagina lo que el amado percibiría si pudiera ver a través de su mirada, y despliega un catálogo de sensaciones marinas: saborearía «la sal al llegar del océano» (p. 19), vería «cuerpos volviéndose espuma en trozos» (p. 19) y «palmeras de frutos que no conocen la prisa» (p. 19). La acumulación sensorial, el inventario de percepciones, la confianza en el mar como espacio de plenitud: todo remite a la poética nerudiana.

Pero el marco de este despliegue sensorial es ya elegíaco. La voz no celebra una percepción compartida, sino que imagina la que el ausente tendría si viviera, si pudiera mirar a través de ella. El catálogo de sensaciones marinas se ofrece, así, como un don imposible, como aquello que la voz quisiera dar al ausente y no puede. La plenitud sensorial nerudiana se convierte en objeto del deseo imposible, en lo que la muerte ha vuelto inalcanzable.

Esta sublimación de lo sensorial es característica del modo en que Caminantes hereda a Neruda. La autora conserva la riqueza perceptiva del modelo, su confianza en los sentidos, su imaginería marina, pero la desplaza del plano de la experiencia al plano del deseo y la memoria. Lo sensorial ya no se goza: se recuerda o se anhela. Y en ese desplazamiento, la poética de la presencia se convierte en poética de la ausencia, sin renunciar a su lenguaje. La herencia nerudiana se ejerce, por tanto, no por imitación, sino por transformación.

De la celebración a la elegía: la inversión del modelo

El procedimiento central del diálogo de Caminantes con Neruda puede describirse como una inversión elegíaca del modelo amoroso. Neruda construyó una poética de la celebración: el amor como afirmación gozosa del cuerpo y del mundo. Martín Grande hereda el lenguaje de esa celebración, pero lo pone al servicio de la elegía, del lamento por lo perdido. La inversión no afecta a los medios —la imaginería sensorial, el mar, la materia—, sino al fin: lo que celebraba la presencia lamenta ahora la ausencia.

Esta inversión produce un efecto poético específico. El lenguaje de la plenitud, aplicado a la pérdida, genera un contraste doloroso: cuanto más vívida es la evocación sensorial del cuerpo amado, más aguda se vuelve la conciencia de su ausencia. La riqueza perceptiva, que en Neruda servía al goce, sirve en Martín Grande a la intensificación del duelo. La belleza de la imagen mide la profundidad de la pérdida. El procedimiento es de una eficacia notable: la herencia nerudiana, lejos de suavizar la elegía, la agudiza.

Esta inversión sitúa a Caminantes en una tradición elegíaca que ha sabido utilizar el lenguaje del amor para decir la muerte del amor. La elegía amorosa, que llora no un amor cualquiera sino el amor perdido por la muerte, encuentra en la poética sensorial su instrumento más eficaz, pues solo la evocación vívida del cuerpo gozado puede dar la medida de lo que se ha perdido. Martín Grande hereda de Neruda los medios de esa evocación y los pone al servicio de un fin que el chileno raramente persiguió, demostrando la productividad de una herencia ejercida a contracorriente.

Ecos becquerianos: la tradición intermedia

La herencia nerudiana de Caminantes no llega en estado puro, sino filtrada por la tradición romántica española que el propio Neruda recogió. La poesía amorosa de Neruda dialoga con la herencia de Gustavo Adolfo Bécquer, cuyas Rimas fijaron en lengua española un modelo de lírica amorosa íntima, musical y melancólica. Caminantes participa también de esta herencia becqueriana, perceptible en su tono confidencial, en su musicalidad y en su tendencia a la apelación directa al ser amado.

El cruce de las dos tradiciones —la sensorial de Neruda y la íntima de Bécquer— enriquece la voz del poemario. De Neruda hereda la materialidad, el mar, la confianza en los sentidos; de Bécquer, la intimidad confidencial, el tono menor, la musicalidad melancólica. La síntesis de ambas produce una voz que es a la vez sensorial e íntima, material y confidencial, y que escapa por ello a la mera imitación de cualquiera de sus modelos. La autora no copia a Neruda: lo lee a través de la tradición española que el chileno mismo había asimilado.

Esta filiación múltiple confirma que la herencia de Caminantes no es servil, sino crítica. La autora selecciona de cada modelo lo que conviene a su proyecto elegíaco: de Neruda, la capacidad de dar cuerpo material al amor; de Bécquer, la intimidad de la apelación al ausente. La combinación de ambos elementos sobre el fondo del duelo produce una voz reconocible, que dialoga con la tradición sin disolverse en ella. La originalidad del poemario reside, precisamente, en esa apropiación selectiva de una herencia compleja.

La diferencia: del amor presente al amor ausente

Conviene precisar, para no exagerar la continuidad, en qué se aparta decisivamente Caminantes de su modelo nerudiano. La diferencia fundamental es de tiempo verbal y de situación enunciativa. La poesía amorosa de Neruda se enuncia mayoritariamente en presente, desde la situación del amor vivido; la de Martín Grande se enuncia en pasado y en una apelación a un tú ausente, desde la situación del amor perdido. Esta diferencia gramatical traduce una diferencia ontológica: el amor nerudiano es, el de Caminantes fue.

De esta diferencia derivan todas las demás. El erotismo nerudiano de la presencia se convierte en memoria erótica; la celebración del cuerpo, en evocación del cuerpo ausente; el goce sensorial, en deseo imposible. La poética sensorial, idéntica en sus medios, cambia radicalmente de sentido al desplazarse del presente al pasado, de la presencia a la ausencia. Caminantes es, en este sentido, una poesía amorosa escrita desde el otro lado de la pérdida, un Neruda leído desde el duelo.

Esta inflexión define la aportación específica del poemario. Martín Grande no añade nada al repertorio sensorial nerudiano; lo que añade es la conciencia de la pérdida, que resignifica todo el repertorio. La sal, el mar, la arena, la temperatura del amor: todos los elementos heredados adquieren, leídos desde el duelo, una densidad nueva. La herencia se vuelve original no por innovación formal, sino por desplazamiento de sentido. Y ese desplazamiento —de la celebración a la elegía, de la presencia a la ausencia— constituye el gesto fundador de la voz de Caminantes.

La herencia y la voz propia

El balance del diálogo de Caminantes con Neruda permite valorar la madurez de la voz de Martín Grande. Heredar a un poeta tan poderoso como Neruda entraña el riesgo de la imitación servil, de la disolución de la voz propia en la del modelo. Caminantes evita ese riesgo mediante la inversión elegíaca, que convierte la herencia en punto de partida y no en destino. La autora no escribe como Neruda: escribe con los medios de Neruda al servicio de un proyecto que es suyo.

La declaración explícita de la deuda, lejos de subordinar la voz, la libera. Al reconocer abiertamente su filiación —al entregar «de Neruda, sus poemas» (p. 16)—, la autora se sitúa en una tradición sin pretender originalidad absoluta, y desde esa humildad genealógica construye su diferencia. La voz propia no surge de la ruptura con el modelo, sino de su transformación. Caminantes demuestra que la originalidad puede consistir en heredar bien, en seleccionar de la tradición lo que conviene al proyecto y en desplazarlo hacia un territorio nuevo.

Este modo de relación con la tradición tiene, además, un valor ejemplar. En un panorama poético que a menudo confunde la originalidad con la ruptura, Caminantes recuerda que la innovación puede nacer de un diálogo respetuoso con los maestros. La autora hereda a Neruda no para repetirlo ni para negarlo, sino para extender su poética a un territorio que él apenas frecuentó. La herencia sensorial nerudiana, puesta al servicio de la elegía, se renueva en Caminantes y, al renovarse, confirma su vigencia.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) hereda de Neruda la poética sensorial —la concepción del amor como experiencia táctil, marina y material— pero la somete a una inversión elegíaca que pone el lenguaje de la plenitud amorosa al servicio de la expresión de la pérdida. El estudio ha mostrado que esta herencia se declara explícitamente en el poemario, mediante la cita de los poemas de Neruda en el cuarto poema, y que se ejerce de manera formal a lo largo del libro a través de la imaginería sensorial, marina y material que constituye la marca de estilo de la obra.

El examen de los procedimientos concretos —la concepción del amor como sustancia táctil y térmica, la centralidad ambivalente del mar, la escena erótica en la playa, la sublimación de lo sensorial— ha revelado que la autora conserva los medios de la poética nerudiana al tiempo que invierte su finalidad. Donde Neruda celebra la presencia del cuerpo amado, Martín Grande lamenta su ausencia; donde el chileno construye una erótica del presente, la española construye una elegía de la memoria. La continuidad del lenguaje sobre la discontinuidad de la situación produce el efecto poético característico del libro: la evocación vívida del cuerpo perdido intensifica la conciencia de su ausencia.

El análisis ha mostrado, además, que la herencia nerudiana de Caminantes llega filtrada por la tradición becqueriana, de la que el poemario recoge la intimidad confidencial y la musicalidad melancólica. La síntesis de ambas tradiciones produce una voz que escapa a la mera imitación y que se apropia selectivamente de una herencia compleja. La diferencia decisiva respecto al modelo —el desplazamiento del presente a la apelación al ausente, de la presencia a la ausencia— constituye el gesto fundador de la voz de Martín Grande.

La aportación de este estudio al campo académico consiste en haber documentado, mediante el análisis textual, un caso de herencia poética ejercida por transformación y no por imitación, y en haber mostrado la productividad de la inversión elegíaca como procedimiento de apropiación de la tradición. Caminantes demuestra que la poética sensorial de Neruda, lejos de agotarse en la celebración amorosa, admite una extensión al territorio del duelo que renueva su vigencia. La obra de Isabel Martín Grande se inscribe, así, en la larga descendencia de Neruda, no como eco pasivo, sino como reelaboración consciente que confirma, al transformarla, la fecundidad de la herencia. En esa capacidad de heredar bien y de desplazar lo heredado hacia un territorio propio reside el logro del poemario y la razón de su interés para el estudio de la tradición amorosa en lengua española.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582299

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Escritura creativa y gestión emocional: el testimonio clínico-poético de «Caminantes»

Introducción

La relación entre la escritura y la elaboración del sufrimiento constituye uno de los territorios más fértiles del cruce entre la psicología y los estudios literarios. La psicología contemporánea ha documentado de manera consistente que la traducción de la experiencia emocional a lenguaje estructurado favorece su procesamiento y mitiga sus efectos adversos sobre la salud. La literatura, por su parte, ha sabido siempre que escribir el dolor es un modo de habitarlo. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), ofrece un caso privilegiado para examinar ese cruce, pues lo encarna en su misma génesis: la autora, psicóloga clínica de formación, declara haber escrito el libro como instrumento de elaboración de su propio duelo.

Este artículo sostiene la siguiente tesis: Caminantes puede leerse como una realización poética del paradigma de la escritura expresiva, en la medida en que la obra no solo tematiza la elaboración del duelo, sino que la ejecuta mediante procedimientos formales que reproducen el proceso terapéutico de integración del trauma. No se trata de reducir el poemario a un documento clínico ni de evaluar su eficacia psicológica, sino de mostrar la convergencia entre la lógica de la escritura terapéutica y la lógica poética del libro, y de analizar cómo la autora articula su doble condición de profesional de la salud mental y de sujeto en duelo.

El análisis se apoya en el modelo de la escritura expresiva formulado por James W. Pennebaker, en la síntesis de la evidencia clínica realizada por Kirsten Baikie y Kay Wilhelm, y en el modelo de tareas del duelo de J. William Worden, con referencia al concepto freudiano de trabajo del duelo. Sobre este marco, se examinará la nota preliminar de la autora como declaración de poética terapéutica, y se mostrará cómo los poemas del libro realizan, en su forma, la transformación del caos emocional en relato integrado que la teoría describe.

El paradigma de la escritura expresiva

El estudio sistemático de los efectos de la escritura sobre la salud emocional tiene su origen en los trabajos de James W. Pennebaker, cuyo paradigma experimental, desarrollado a partir de la década de 1980 y sintetizado en Opening Up: The Healing Power of Expressing Emotions, demostró que escribir sobre experiencias emocionalmente perturbadoras produce beneficios medibles en la salud física y psíquica. El procedimiento clásico consiste en escribir de forma continuada durante varios días sobre la experiencia traumática, explorándola desde distintas perspectivas hasta articular un relato coherente.

El hallazgo central de esta línea de investigación es decisivo para el análisis que aquí se propone: la mera descarga emocional no basta para producir beneficios; estos requieren la traducción de la experiencia a lenguaje. No es el desahogo, sino la verbalización estructurada, lo que favorece el procesamiento del trauma. Pennebaker sostiene que la escritura obliga a organizar la experiencia, a darle forma narrativa, y que ese trabajo de organización es el que permite integrar lo vivido. El paso del caos afectivo a la estructura verbal constituye, así, el núcleo del efecto terapéutico.

Esta concepción tiene una afinidad evidente con la operación poética. Si la escritura expresiva exige traducir la emoción a lenguaje organizado, la poesía es la forma más alta de esa organización: somete la experiencia no solo a la sintaxis, sino al ritmo, a la imagen, a la estructura. Caminantes lleva el paradigma de Pennebaker a su grado extremo, pues no se limita a narrar el duelo, sino que lo somete a la disciplina de la forma poética. La autora, que conoce este marco por su formación, lo declara explícitamente cuando afirma haber recurrido a la escritura creativa para reordenar sus pensamientos y emociones, y ese reordenamiento es, precisamente, el trabajo que la escritura expresiva describe.

La evidencia clínica de la escritura terapéutica

La consolidación del paradigma de la escritura expresiva como herramienta clínica ha sido documentada en numerosas revisiones. La síntesis de Kirsten Baikie y Kay Wilhelm, publicada en Advances in Psychiatric Treatment, recoge los beneficios emocionales y físicos observados en estudios controlados: reducción de síntomas depresivos y ansiosos, mejora del bienestar psicológico y efectos positivos sobre indicadores fisiológicos. Las autoras subrayan que la escritura resulta especialmente útil en el procesamiento de pérdidas y duelos, donde la verbalización de la experiencia facilita la reorganización cognitiva y emocional.

Lo relevante de esta evidencia para el análisis literario no es su valor estadístico, sino el modelo de funcionamiento que propone. La escritura terapéutica opera mediante la construcción de un relato coherente que integra el acontecimiento traumático en la biografía del sujeto. El trauma, por definición, resiste la integración: irrumpe como un exceso que la conciencia no puede asimilar. La escritura ofrece el marco en el que ese exceso puede ser progresivamente elaborado, nombrado, ordenado. La coherencia narrativa no es un efecto secundario, sino el mecanismo mismo de la curación.

Caminantes exhibe este mecanismo con claridad. El poemario no es una colección dispersa de textos sobre la pérdida, sino una estructura ordenada en tres secciones —Encuentro, Abrazos, Despedida— que reproducen un itinerario de integración. La obra construye, así, el relato coherente que la escritura terapéutica persigue: no narra el caos, sino que lo organiza en una secuencia con sentido. La autora declara que el poemario refleja «el proceso psicodinámico de la integración del trauma» (p. 9), y la estructura del libro realiza esa integración en el plano formal, transformando la dispersión del dolor en arquitectura.

Del trauma al relato: la integración narrativa

El concepto de integración narrativa permite precisar el modo en que Caminantes realiza el trabajo de la escritura expresiva. La teoría sostiene que la elaboración del trauma requiere convertir la experiencia fragmentaria en relato, dotarla de principio, desarrollo y sentido. El poemario de Martín Grande ejecuta esta operación mediante su disposición secuencial: comienza por el encuentro amoroso, reconstruye la plenitud del vínculo y solo después afronta la pérdida, para culminar en una transformación de lo perdido en memoria fértil.

Este orden es significativo desde el punto de vista terapéutico. La autora no comienza por la muerte —que sería el orden cronológico del trauma—, sino por el amor, lo que permite que la pérdida adquiera su peso y, sobre todo, que el trabajo de elaboración disponga de un material previo que integrar. La secuencia reproduce el procedimiento clínico de reconstruir el vínculo antes de despedirlo, de reactivar el objeto perdido para poder, finalmente, reubicarlo. El poemario narra, así, no el acontecimiento aislado de la muerte, sino el proceso completo de su elaboración.

La integración narrativa culmina en el poema final, donde la transformación se hace explícita: «Ahora, crecéis» (p. 66), repite la voz, y precisa que lo perdido se convierte «en semillas de versos» (p. 66). El verso condensa el resultado del trabajo de elaboración: lo que era herida se ha vuelto creación, lo que era pérdida se ha integrado como memoria que germina. La escritura ha cumplido su función terapéutica, no porque haya suprimido el dolor, sino porque lo ha integrado en un relato que le confiere sentido. Caminantes es, en este sentido, el registro de un proceso de integración llevado a término en el acto mismo de escribir.

La nota de la autora como declaración de poética terapéutica

La nota preliminar de Caminantes constituye un documento excepcional para el análisis, pues en ella la autora explicita la concepción terapéutica de la escritura que sustenta el libro. Allí declara que el poemario «nació para unir estos dos mundos míos: mi trayectoria como profesional de la salud mental y mi propia experiencia con el dolor de las pérdidas» (p. 9). La afirmación sitúa el origen del libro en la confluencia entre el saber clínico y la vivencia personal, y autoriza una lectura que ponga ambos en relación.

La nota precisa, además, el mecanismo. La autora afirma que su trabajo clínico le ha permitido «usar métodos de gestión emocional, como la escritura creativa y la poesía, para reordenar mis pensamientos y emociones» (p. 9), y describe el resultado como la transformación del desorden interno en «este libro de poemas» (p. 9). La formulación reproduce con exactitud el modelo de la escritura expresiva: el paso del desorden interno —el caos afectivo del trauma— a una forma compartible —el relato organizado—. La autora no solo practica la escritura terapéutica: la teoriza desde su doble competencia.

Es decisivo, sin embargo, el matiz que la nota introduce respecto a la teoría. La autora advierte que el lector «no encontrará un manual tradicional para el duelo, sino la vivencia de quien sabe que la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra» (p. 9). La declaración establece una distinción fundamental: el libro no expone el saber clínico, sino que lo encarna en la experiencia. La poesía no es aquí divulgación de la psicología, sino su realización vivida. Esta advertencia previene contra una lectura reduccionista que viera en el poemario una mera aplicación de teorías, y orienta el análisis hacia lo que el libro tiene de testimonio: la escritura terapéutica no descrita, sino ejercida.

La traducción del caos a la forma

El núcleo del análisis reside en mostrar cómo Caminantes realiza formalmente la transformación del caos emocional en estructura que la escritura expresiva describe. La autora declara haber logrado «transformar el desorden interno» (p. 9) en obra, y el poemario ejecuta esa transformación en cada uno de sus niveles. El más evidente es el de la imagen: la emoción informe se materializa en sustancias concretas, manipulables, que la voz puede ordenar. El amor se fija en imágenes minerales, la pérdida en objetos, el tiempo en horas que se cuentan y se guardan. La materialización es, en términos terapéuticos, una forma de dar asidero a lo que de otro modo permanecería difuso e inmanejable.

El poema «El presente abrillantado» ofrece una imagen explícita de este trabajo de ordenación: la voz declara «He sacado la escoba» «para barrer el olvido» (p. 41), y describe el acto de limpiar y pulir el presente como una tarea doméstica de reorganización. La metáfora del aseo traduce con precisión el trabajo de la escritura terapéutica: ordenar el espacio interior, despejar lo que estorba, preparar un presente habitable. La emoción no se reprime ni se niega; se gestiona, se dispone, se somete a un orden que la vuelve soportable.

Esta gestión formal de la emoción se aprecia también en el tratamiento del recuerdo como afán deliberado. En «El afán de la respiración», la voz afirma que «Recordarte es el afán» «para seguir respirando» (p. 53), formulando el recuerdo no como invasión involuntaria, sino como esfuerzo consciente de elaboración. El verso expresa la transformación del recuerdo doloroso en acto de supervivencia, que es precisamente el objetivo de la escritura terapéutica: convertir la rumiación pasiva en elaboración activa. La forma poética proporciona el marco de esa conversión, pues somete el recuerdo a la disciplina del verso y, al hacerlo, lo transforma de síntoma en obra.

La poesía frente al manual: los límites de la teoría

La advertencia de la autora sobre el desplome de la teoría merece un análisis detenido, pues define la especificidad de la escritura poética del duelo frente a la intervención clínica convencional. El poemario afirma, en «El incendio de la rabia», que «son cenizas y no sirven» (p. 47) las respuestas que ofrecen los libros ante el dolor de la pérdida. El verso establece una jerarquía: frente al saber expositivo, que se revela inútil en el momento del desgarro, se alza la palabra poética como única capaz de acompañar la experiencia.

Esta crítica de la teoría no es un rechazo del saber psicológico —que la autora posee y ejerce—, sino una afirmación de los límites del discurso expositivo ante el sufrimiento. La teoría explica el duelo; no lo acompaña. El manual describe las fases; no consuela a quien las atraviesa. La poesía, en cambio, no describe el dolor desde fuera, sino que lo dice desde dentro, y al decirlo crea un espacio de identificación en el que el doliente reconoce su experiencia. La escritura terapéutica, llevada a la poesía, gana en eficacia acompañante lo que pierde en sistematicidad expositiva.

El poema «El incendio de la rabia» dramatiza este contraste al dar voz a la rabia del duelo sin filtrarla por el discurso clínico. La voz declara que «un incendio de rabia» (p. 47) la arrasa, y expresa el deseo de haber dicho lo que calló. La escritura no domestica esta emoción: la nombra en toda su crudeza, y al nombrarla la elabora. Aquí se aprecia la diferencia entre la gestión clínica y la realización poética: el manual recomendaría reconocer la rabia; el poema la encarna, la pone en palabras, la convierte en forma. La poesía hace, así, lo que la teoría solo puede prescribir.

El duelo elaborado: del incendio a la semilla

La trayectoria emocional de Caminantes reproduce el itinerario de la elaboración del duelo descrito por la teoría. El modelo de tareas de Worden establece que el duelo exige aceptar la realidad de la pérdida, elaborar el dolor, adaptarse a la ausencia y reubicar emocionalmente al fallecido para continuar viviendo. El poemario recorre estas tareas en su secuencia: del reconocimiento de la pérdida en la sección de la despedida, a través de la elaboración del dolor en sus formas más crudas, hasta la reubicación final del ausente como presencia interior y memoria fértil.

El concepto freudiano de trabajo del duelo ilumina esta trayectoria. Para Freud, el duelo es un proceso lento por el que la libido se retira progresivamente del objeto perdido, reactivando cada recuerdo para poder finalmente desligarse. Caminantes reproduce este trabajo en su demora: el poemario no se apresura hacia la superación, sino que se detiene en cada recuerdo, lo reactiva, lo elabora. La escritura es el medio de esa reactivación: nombrar al ausente, convocarlo, dirigirse a él es reinvestirlo afectivamente para poder, al final, reubicarlo de otro modo.

La transformación culmina en la imagen de la semilla. Si el duelo comienza en el incendio de la rabia, termina en la germinación: lo perdido «crecéis en semillas de versos» (p. 66), y la voz declara que la memoria «al fin, germina». El paso del fuego a la semilla figura el resultado del trabajo del duelo: la energía destructiva de la pérdida se transforma en energía creadora. La escritura ha cumplido su función terapéutica, convirtiendo el desorden interno en obra y la herida en legado. El poema “La bendición del aire” lo formula con precisión al declarar que, para no morir el ausente, la voz «escribí» «tu nombre en este barro maleable» (p. 43): el acto de escribir es, literalmente, el medio de la elaboración, y el poema, su resultado.

La estructura dialógica como reactivación del vínculo

Un rasgo formal de Caminantes especialmente significativo desde la perspectiva terapéutica es su estructura dialógica. La práctica totalidad de los poemas se construye como apelación a un tú ausente, al que la voz se dirige, interroga y convoca. Esta forma no es un mero recurso retórico: reproduce el mecanismo que el modelo de Worden sitúa en el centro de la elaboración del duelo, la reubicación emocional del fallecido. Para reubicar al ausente, el doliente debe primero mantener vivo el vínculo, reactivarlo, dialogar con él; solo así puede transformarlo de presencia perdida en presencia interior.

La escritura ofrece el espacio privilegiado de esa reactivación. Dirigirse al ausente en el poema es reinvestirlo afectivamente, devolverle, siquiera ficticiamente, la condición de interlocutor. El poemario realiza este trabajo en cada apóstrofe: la voz no habla del muerto, sino con él, y en ese diálogo imposible elabora el vínculo. La estructura dialógica de Caminantes es, por tanto, la forma poética de la tarea terapéutica de reubicación: mantiene la relación el tiempo necesario para transformarla, y la transforma sin suprimirla.

Esta función explica por qué el poemario no busca el olvido ni la ruptura del vínculo, sino su metamorfosis. El duelo elaborado no consiste en dejar de amar al ausente, sino en aprender a amarlo de otro modo, en su nueva condición de memoria. El diálogo sostenido a lo largo del libro es el instrumento de ese aprendizaje, y su persistencia hasta el final del poemario demuestra que la elaboración no ha pasado por la negación del vínculo, sino por su lenta reconfiguración. La escritura terapéutica, en su versión poética, conserva para transformar.

La materialización del afecto como técnica de manejo emocional

La psicología del manejo emocional subraya la importancia de dar forma concreta a los estados afectivos difusos para poder regularlos. Nombrar una emoción, identificarla, situarla, es el primer paso de su gestión. Caminantes lleva esta operación al plano de la imagen: la emoción informe se convierte sistemáticamente en sustancia concreta, en objeto que la voz puede contemplar y manejar. Este procedimiento, que en el plano estético constituye la marca de estilo del libro, cumple en el plano terapéutico la función de externalizar el afecto para hacerlo manejable.

El recurso opera con particular eficacia en el tratamiento del tiempo del duelo. En lugar de enunciar abstractamente el transcurso doloroso, el poemario lo materializa en horas que se cuentan y se guardan, en estaciones que se suceden, en imágenes de sequía y germinación. La emoción se ancla en lo concreto, y al anclarse se vuelve aprehensible. La voz no se ve arrastrada por un afecto difuso e incontrolable, sino que dispone de objetos en los que depositarlo, ordenarlo y, finalmente, transformarlo. La materialización es, así, una técnica de regulación: convierte el desbordamiento en algo que tiene contornos.

Este procedimiento conecta con el hallazgo central de la escritura expresiva: lo terapéutico no es la descarga, sino la organización. Materializar la emoción en imágenes es una forma de organizarla, de someterla a la disciplina de lo concreto. El poemario demuestra que la imagen poética puede cumplir una función reguladora análoga a la del lenguaje narrativo en la escritura terapéutica: ambos dan forma a lo informe, y al darle forma lo vuelven elaborable. La aportación específica de la poesía es la intensidad de esa forma, que concentra en una imagen lo que la prosa diluiría en una explicación.

El lenguaje íntimo y la pérdida del código compartido

Un aspecto del duelo que la teoría suele desatender, pero que Caminantes aborda con originalidad, es la pérdida del lenguaje compartido. Toda relación íntima desarrolla un código privado, una lengua común hecha de sobrentendidos, apodos y giros que solo dos personas conocen. La muerte del otro implica la muerte de ese código, que se vuelve intraducible al quedar sin interlocutor. El poema «El lenguaje del encuentro» tematiza esta dimensión mediante la deformación deliberada del idioma: «Despáceme escribicio» (p. 14), escribe la voz, en una sucesión de neologismos que culmina en «Trabalenguas traviesos» (p. 14).

La función terapéutica de este poema es doble. Por un lado, conserva el lenguaje íntimo al reproducirlo en el texto, de modo que la escritura rescata del olvido un código que de otro modo desaparecería con el ausente. Por otro, lo elabora al someterlo a la forma poética, transformando lo que era pura pérdida en material creativo. El juego verbal, que la voz asocia explícitamente con la risa —«para reírnos de todo» «Para vivirnos de nuevo» (p. 14)—, introduce además un registro lúdico que contrasta con el tono elegíaco dominante y que cumple una función regenerativa: recordar la alegría compartida es parte del trabajo del duelo.

Este poema demuestra que la elaboración del duelo no se limita a procesar el dolor, sino que incluye la recuperación de lo gozoso. La escritura terapéutica, en su versión poética, no solo da forma a la pérdida, sino que rescata la totalidad del vínculo, incluida su dimensión lúdica e íntima. Caminantes integra, así, en su trabajo de elaboración, la lengua privada del amor, y al hacerlo demuestra una comprensión del duelo más rica que la de los modelos centrados exclusivamente en el procesamiento del trauma. Recuperar la risa compartida es también una forma de sanar.

Del ejercicio privado al don compartido

La culminación del proceso terapéutico que el poemario realiza no es la mera elaboración privada del duelo, sino su conversión en don compartido. La autora declara que ha logrado transformar su desorden interno en algo «que puedo compartir» (p. 9), y esa voluntad de compartir distingue a Caminantes del ejercicio íntimo de escritura que la terapia suele prescribir. El poemario no se escribe para ser guardado, sino para ser leído; no concluye en el alivio personal, sino en la oferta de compañía a otros dolientes.

Esta dimensión comunitaria del libro tiene un fundamento explícito en su concepción. La autora invita al lector a acompañarla «como un compañero de ruta» (p. 9), y formula el propósito último de la obra en la afirmación de que, mientras existan versos y abrazos compartidos, nadie camina solo. La escritura terapéutica trasciende aquí su función individual para convertirse en gesto de cuidado hacia los demás: el proceso íntimo de elaboración se ofrece como recurso para quien atraviese una pérdida semejante.

Esta transformación del ejercicio privado en don compartido define la especificidad de la poesía del duelo frente a la escritura terapéutica convencional. La terapia escribe para sanar a quien escribe; la poesía, además, sana a quien lee, al ofrecerle un espacio de reconocimiento e identificación. Caminantes realiza ambas funciones simultáneamente: elabora el duelo de su autora y acompaña el de sus lectores. En esa duplicación de la eficacia terapéutica —del autor al lector— reside la dimensión más valiosa del libro y la justificación última de su publicación. La obra demuestra que la escritura, cuando alcanza la forma del arte, multiplica su poder curativo al hacerse compartible.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) constituye una realización poética del paradigma de la escritura expresiva, en la medida en que la obra no solo tematiza la elaboración del duelo, sino que la ejecuta mediante procedimientos formales que reproducen el proceso terapéutico de integración del trauma. La convergencia entre la lógica de la escritura terapéutica y la lógica poética del libro se ha mostrado en varios planos: en la estructura secuencial que construye un relato coherente de integración, en la materialización de la emoción que la vuelve manejable, en el tratamiento del recuerdo como afán deliberado y en la trayectoria que conduce del incendio de la rabia a la semilla de la memoria.

El examen de la nota preliminar ha revelado que la autora teoriza explícitamente esta concepción terapéutica de la escritura, situando el origen del libro en la confluencia entre su saber clínico y su vivencia personal, y describiendo el poemario como la transformación del desorden interno en forma compartible. Pero el análisis ha mostrado también que el libro introduce un matiz decisivo respecto a la teoría: la poesía no expone el saber psicológico, sino que lo encarna; no describe el duelo, sino que lo dice desde dentro. La advertencia de la autora sobre el desplome de la teoría ante el desgarro del corazón define la especificidad de la escritura poética del duelo, que gana en eficacia acompañante lo que el discurso expositivo no puede ofrecer.

La aportación de este estudio al campo académico es doble. En primer lugar, ofrece una lectura de Caminantes que articula con rigor el marco de la psicología de la escritura expresiva y el análisis literario, evitando tanto la reducción del poema a documento clínico como el desconocimiento de su dimensión terapéutica declarada. En segundo lugar, propone un modelo de lectura aplicable a la creciente producción de poesía del duelo escrita por autores con formación clínica, un fenómeno que el cruce contemporáneo entre las humanidades y las ciencias de la salud hace cada vez más frecuente. La obra de Isabel Martín Grande, por su explícita conciencia del proceso que ejecuta, constituye un caso ejemplar de ese cruce.

En definitiva, Caminantes demuestra que la escritura creativa puede ser, simultáneamente, obra de arte y herramienta de gestión emocional, sin que ninguna de las dos dimensiones anule a la otra. El poemario realiza el trabajo del duelo en el acto de escribirlo, y al compartirlo lo ofrece como compañía a otros dolientes. La escritura terapéutica alcanza aquí su forma más alta: no la del ejercicio privado que se guarda, sino la de la obra que, habiendo elaborado el dolor de quien la escribe, se vuelve útil para quien la lee. En esa transformación del proceso íntimo en don compartido reside el logro mayor del libro y la razón de su interés para el estudio del cruce entre literatura y salud emocional.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582297

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La estructura circular como figuración del duelo en «Caminantes», de Isabel Martín Grande

Introducción

La poesía del duelo se enfrenta a un problema que es, antes que temático, formal: cómo dar cuenta de una experiencia que la conciencia común describe como un proceso —con principio, desarrollo y final—, pero que quien la atraviesa vive como un retorno incesante de lo mismo. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), resuelve esa tensión por medios estrictamente poéticos. Este estudio sostiene la siguiente tesis: la estructura circular —entendida como sistema integrado de versos-marco, anáforas, paralelismos y estribillos— constituye en Caminantes el procedimiento formal mediante el cual la obra figura icónicamente la recursividad del duelo, y que esa misma circularidad, lejos de cerrarse sobre sí misma, se reabre al final del libro en una forma espiral que dramatiza el tránsito desde el caos emocional hasta la integración de la pérdida.

La hipótesis de partida es que existe una correspondencia rigurosa entre la forma y el contenido de la obra: que la repetición no es en Caminantes un recurso ornamental ni una limitación expresiva, sino el instrumento privilegiado con el que la autora traduce la temporalidad específica del luto. Para demostrarlo, este trabajo articula el análisis formal del poemario con dos marcos teóricos complementarios. Del lado de la teoría literaria, se moviliza la noción de función poética de Roman Jakobson y su tesis sobre la recurrencia como rasgo constitutivo del mensaje poético. Del lado de la comprensión del duelo, se recurre al modelo procesual de Sigmund Freud y a la reformulación en tareas de J. William Worden, así como a la fenomenología de la memoria de Paul Ricoeur, que permite pensar la relación entre repetición, tiempo y olvido.

La pertinencia de este enfoque se justifica por la propia naturaleza de la obra. Martín Grande, psicóloga clínica de formación, declara en su nota preliminar que el poemario refleja «el proceso psicodinámico de la integración del trauma: desde caos de emociones y sentimientos hasta la construcción de un legado» (p. 9). La autora ofrece, así, una clave de lectura que este estudio toma en serio sin reducir el texto a su ilustración: se trata de mostrar cómo esa concepción del duelo se inscribe en la materia verbal del libro, en su sintaxis y en su disposición, y no únicamente en sus enunciados temáticos. El análisis recorrerá, en consecuencia, los distintos planos en que opera la circularidad —arquitectónico, estrófico, sintáctico y léxico— para concluir con su función global en la economía del poemario y con la inscripción de la obra en la tradición elegíaca española.

El duelo como proceso no lineal: marco psicológico

La psicología contemporánea del duelo ha desplazado progresivamente el modelo de las fases sucesivas hacia concepciones que subrayan el carácter no lineal, recursivo e individual del proceso. El texto fundacional de esta comprensión es Duelo y melancolía de Sigmund Freud, redactado en 1915 y publicado en 1917, donde el autor describe el duelo no como un estado sino como un trabajo: el lento y costoso proceso por el que la libido se retira, fragmento a fragmento, del objeto perdido. Freud insiste en que cada recuerdo y cada expectativa ligados al objeto deben ser reactivados y sobreinvestidos para poder ser, finalmente, desligados. Esta concepción tiene una consecuencia formal decisiva para una poética del duelo: el trabajo del luto es, por definición, iterativo. No se avanza en línea recta, sino volviendo una y otra vez sobre lo mismo, sobre cada huella del vínculo, hasta agotar su carga.

La reformulación de J. William Worden en términos de tareas del duelo —aceptar la realidad de la pérdida, elaborar el dolor, adaptarse a un entorno en el que el ausente ya no está y reubicar emocionalmente al fallecido para continuar viviendo— refuerza esta dimensión. Worden subraya expresamente que las tareas no siguen un orden fijo y que el duelo es un proceso y no un estado, de modo que el doliente regresa repetidamente a tareas que creía resueltas. Esa estructura de retorno, en la que cada vuelta no es idéntica a la anterior sino que incorpora una mínima elaboración, describe con precisión lo que la forma circular de Caminantes pone en escena.

La autora, como profesional de la salud mental, conoce este marco y lo declara en su prosa liminar, donde opone explícitamente la teoría a la vivencia: «el lector no encontrará un manual tradicional para el duelo, sino la vivencia de quien sabe que la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra» (p. 9). La afirmación no invalida el marco psicológico, sino que lo desplaza del plano del saber expositivo al de la experiencia encarnada en la forma. De ahí que el análisis no deba buscar en el poemario una exposición de teorías del duelo, sino su traducción a procedimientos verbales. La circularidad es el primero y el más importante de ellos.

La recurrencia como principio poético: Jakobson

Para fundamentar el análisis de la repetición en Caminantes conviene partir de la teoría de la función poética formulada por Roman Jakobson en su célebre conferencia de clausura sobre lingüística y poética. Jakobson define la función poética como la orientación del mensaje hacia sí mismo, hacia su propia forma, y la sitúa en relación con un procedimiento técnico preciso: la proyección del principio de equivalencia del eje de la selección sobre el eje de la combinación. En términos operativos, esto significa que en el discurso poético las unidades equivalentes —fónicas, morfológicas, sintácticas o semánticas— tienden a sucederse, a repetirse y a paralelizarse, de modo que la recurrencia se convierte en el rasgo constructivo dominante. El paralelismo gramatical, en particular, es para Jakobson el medio por excelencia mediante el cual la lengua atrae la atención sobre la forma del mensaje.

Esta perspectiva resulta especialmente productiva para Caminantes porque permite leer su insistente repetición no como pobreza de recursos, sino como activación deliberada de la función poética. Cuando un poema regresa a su verso inicial, cuando una estrofa se abre con la misma fórmula que la anterior o cuando un sintagma reaparece como estribillo, la obra está proyectando equivalencias sobre la línea del discurso y, con ello, intensificando su poeticidad. Pero en este libro la recurrencia cumple además una función mimética: la forma que Jakobson describe como constitutiva de todo poema se carga aquí de un valor semántico añadido, pues imita la estructura temporal del duelo. La circularidad es, simultáneamente, principio poético y figura del contenido.

Conviene precisar que no toda repetición es circular en sentido estricto. Este estudio distingue cuatro modalidades de recurrencia operativas en Caminantes: la circularidad arquitectónica, que afecta a la disposición del libro en su conjunto; la circularidad estrófica, esto es, el poema que se cierra retomando su apertura; la recurrencia sintáctica, principalmente la anáfora y el paralelismo; y la recurrencia léxica, que abarca el estribillo y la palabra-eje. El análisis abordará cada una de estas modalidades para mostrar cómo todas convergen en una misma función figurativa.

La arquitectura tripartita del poemario

El primer nivel en que opera la circularidad es el de la macroestructura. Caminantes se organiza en treinta y seis poemas distribuidos en tres secciones cuyos títulos, leídos en serie, componen una narración del proceso de duelo: “El reconocimiento de la huella (Encuentro)”, «La estancia sagrada (Abrazos)» y «La memoria que germina (Despedida)». La secuencia no reproduce el orden cronológico de los hechos —que situaría la muerte como punto de partida del luto—, sino el orden de la elaboración psíquica, que necesita reconstruir el vínculo antes de poder despedirlo.

Esta arquitectura responde con exactitud al modelo procesual descrito por Freud y Worden. La primera sección reactiva el objeto perdido en su plenitud, lo reconstruye en el recuerdo del encuentro amoroso: «Antes de ser nosotros fuimos caminatas perdidas: dos soledades errantes» (p. 17). Es la fase de la sobreinvestidura, en la que el doliente vuelve a poblar de presencia al ausente. La segunda sección, la de los abrazos, se demora en la conciencia simultánea de la plenitud y de su pérdida; en ella el tiempo se vuelve a la vez detenido y fugitivo. La tercera afronta directamente la muerte y el trabajo del luto, pero culmina no en la resignación sino en una transformación: «Ahora, crecéis en semillas de versos» (p. 66).

El movimiento global del libro describe, así, un círculo que se reabre: parte de la huella —la marca de lo que fue— y regresa a ella convertida en semilla, es decir, en huella fértil. El término «huella» del primer título y el término «memoria» del tercero enmarcan el conjunto en una relación de eco que el propio léxico subraya. La estructura mayor del poemario es, por tanto, circular en su diseño y espiral en su sentido: vuelve al punto de partida, pero a otro nivel. Esta doble condición —cierre formal y apertura semántica— anticipa en el plano arquitectónico lo que los poemas individuales realizarán en el plano estrófico.

El verso-marco: la circularidad estrófica

El procedimiento más visible y más característico de Caminantes es el verso-marco: numerosos poemas abren y cierran con el mismo verso o con una variante mínima de él, de modo que el texto regresa sobre su punto de partida. Este recurso, que la retórica clásica conoce como redición o, en su forma de marco, como inclusio, adquiere en el poemario un valor sistemático y una función figurativa precisa.

El caso más diáfano es «La orilla quieta». El poema se abre con los versos «En la orilla quieta del tiempo perdido, miro, miro y miro» (p. 42) y se cierra retomándolos casi literalmente, con una sola adición significativa: el río, antes nombrado sin más, reaparece como «el río esquivo» (p. 42). El marco produce una sensación de tiempo detenido —la voz permanece anclada en la misma orilla, en el mismo gesto de mirar— pero la variación final introduce una diferencia: lo que se contempla se ha vuelto huidizo. La estructura circular figura aquí la fijación del doliente, su imposibilidad de avanzar, y al mismo tiempo registra el mínimo desplazamiento que toda repetición conlleva. No se vuelve nunca al idéntico punto: se vuelve a un punto levemente alterado por el haber vuelto.

El mismo procedimiento organiza «Poemas de la arena», enmarcado por la imagen de la entrega de los versos de Neruda, y «La ruta peregrina», cuyo «sendero de barro entre la alborada y el ocaso» (p. 33) abre y cierra el texto. En todos estos casos la circularidad estrófica reproduce, a escala del poema individual, el movimiento de retorno que define el trabajo del duelo: la conciencia regresa obsesivamente al mismo lugar, al mismo recuerdo, al mismo dolor, y cada regreso incorpora una variación mínima que es, justamente, la marca del avance imperceptible de la elaboración.

La eficacia de este recurso reside en su iconicidad. El lector experimenta en la lectura la misma estructura temporal que el poema describe: al llegar al final, es devuelto al principio, de manera que la forma le impone físicamente la circularidad del duelo. La repetición deja de ser un contenido enunciado para convertirse en una experiencia formal. En esto consiste, precisamente, la proyección de la equivalencia sobre el eje de la combinación que Jakobson identifica como núcleo de la función poética.

La anáfora como motor del retorno

Si el verso-marco organiza la circularidad a escala del poema entero, la anáfora la organiza en el interior de la estrofa. Caminantes recurre sistemáticamente a la repetición de un mismo sintagma al comienzo de versos o estrofas sucesivas, generando un ritmo de letanía que imita el carácter obsesivo del recuerdo doliente.

El ejemplo mayor es «La contabilidad de los latidos», construido sobre la reiteración de «Cuántas de tantas horas» (p. 30) al frente de cada estrofa. La anáfora convierte el poema en un inventario interminable del tiempo compartido, en una enumeración que no puede concluir porque el duelo no admite saldo final. La repetición del sintagma cuantificador —«cuántas»— sin respuesta posible dramatiza la imposibilidad de cerrar la cuenta, de fijar definitivamente lo que la pérdida ha sustraído. La forma anafórica encarna así la insistencia del pensamiento que vuelve, una y otra vez, sobre la misma pregunta sin respuesta.

Un funcionamiento análogo se observa en «Caligrafía del gozo», articulado en torno a la fórmula «Si me escribes, Amor» (p. 39), que abre cada movimiento del poema y lo organiza como una serie de condiciones e instrucciones dirigidas al ausente. La anáfora sostiene aquí la estructura dialógica del libro: la voz se dirige a un tú que no puede responder, y la repetición de la apelación mantiene viva la ficción del diálogo. También «El vendaval ausente» se ordena mediante la reiteración de «Habías venido» (p. 49), cuya insistencia subraya la oscilación entre la presencia recordada y la ausencia presente.

La anáfora cumple, pues, una triple función. En el plano rítmico, impone la cadencia salmódica propia de la plegaria y del lamento. En el plano sintáctico, genera el paralelismo que Jakobson considera constitutivo de la poeticidad. Y en el plano semántico, figura la recurrencia del duelo, el regreso del pensamiento al mismo punto de partida. La anáfora es, en este sentido, el motor microestructural de la circularidad: cada estrofa vuelve a empezar donde empezó la anterior, de modo que el poema avanza retrocediendo.

El paralelismo y la conjugación del ser

Una variante particularmente elaborada de la recurrencia sintáctica es el paralelismo gramatical que organiza «Escultura del verbo», uno de los poemas más ambiciosos del conjunto. El texto se estructura en cuatro movimientos encabezados por las formas verbales del verbo ser desplegadas en el tiempo: ERAS, SIENDO, HABRÍAS SIDO, SERÁS. El paralelismo no afecta aquí a un sintagma, sino a una categoría gramatical entera, la conjugación, que se convierte en el principio constructivo del poema y, simultáneamente, en su tema.

El procedimiento alcanza su formulación explícita en los versos que nombran «La conjunción simultánea de todas las formas del verbo ser» (p. 22). El poema realiza lo que enuncia: convoca todas las formas temporales del ser para afirmar que el ausente las habita todas a la vez, que su existencia, sustraída al tiempo cronológico por la muerte, se vuelve simultánea en la memoria. La estructura paralelística figura una temporalidad no lineal —la del recuerdo, que reúne en un mismo presente lo que el tiempo separó— y se enlaza así con la concepción del duelo como abolición provisional de la sucesión.

Este poema ilustra de manera ejemplar la tesis de este estudio. La forma —el paralelismo de las conjugaciones— no ilustra el contenido desde fuera, sino que lo constituye: el poema no habla de la simultaneidad de los tiempos del ser, sino que la produce mediante su disposición paralelística. La recurrencia jakobsoniana se revela aquí en su máxima potencia significante, pues la equivalencia proyectada sobre el eje sintagmático genera directamente el sentido. La circularidad del duelo, su capacidad de reunir pasado, presente y futuro en el instante del recuerdo, encuentra en este paralelismo verbal su figura más precisa.

El estribillo y la palabra-eje

La cuarta modalidad de recurrencia es la léxica, que se manifiesta principalmente en el estribillo y en la palabra-eje. El estribillo —la repetición de un verso o grupo de versos a intervalos regulares— aparece de forma destacada en «El brindis del retorno», cuyos tres movimientos se cierran invariablemente con el verso «Y para no morirte, brindo y bebo» (p. 63). La reiteración del estribillo cumple aquí una función ritual: el brindis, gesto de celebración, se convierte en conjuro contra el olvido, repetido como una fórmula mágica que debe pronunciarse cada vez para que surta efecto. La progresión de los adjetivos que califican el retorno del ausente —de lo «estruendoso e inevitable» a lo «gozoso y amable» (p. 63)— introduce la variación dentro de la repetición, de modo que el estribillo, idéntico en su forma, cambia de matiz a cada aparición.

La palabra-eje, por su parte, es el término que reaparece a lo largo del poemario hasta constituir su columna semántica. En Caminantes esa palabra es «camino», con todo su campo derivado —senda, vereda, huella, peregrino, ruta, paso—, que da título al libro y articula la metáfora central del duelo como travesía. La recurrencia léxica de este campo crea una red de ecos que cohesiona el conjunto y que refuerza, en el plano del vocabulario, la circularidad que opera en los demás niveles. El lector que avanza por el poemario regresa constantemente a la imagen del camino, de modo que su lectura reproduce el andar reiterado del caminante.

A estas recurrencias se suma la repetición expresiva llevada al extremo en «La sinfonía del agua», donde el monosílabo «Gotas.» se aísla y se reitera tres veces consecutivas (p. 62), marcando el compás del goteo del agua y del llanto. La repetición pura, despojada de variación, figura aquí la insistencia mecánica del dolor, su carácter de proceso que se cuenta gota a gota. El poema demuestra que la recurrencia puede operar incluso en su grado mínimo, el de la palabra sola repetida, sin perder su valor figurativo.

Circularidad y temporalidad del duelo: una lectura desde Ricoeur

La convergencia de estas cuatro modalidades de recurrencia plantea una pregunta de fondo: ¿qué concepción del tiempo subyace a la forma circular de Caminantes? La fenomenología de la memoria de Paul Ricoeur, expuesta en La memoria, la historia, el olvido, ofrece el marco más adecuado para responderla. Ricoeur distingue la memoria como mera reproducción del pasado de la memoria como reconocimiento, como presencia de lo ausente, y articula la dialéctica entre el recuerdo y el olvido como condición de la temporalidad humana. El duelo, en estos términos, es el trabajo por el cual lo ausente se hace presente de un modo nuevo, no como retorno alucinatorio de lo perdido, sino como reconocimiento de su ausencia transformada en presencia interior.

La estructura circular de Caminantes pone en escena exactamente esta dialéctica. El retorno formal —el verso que regresa, la anáfora que reabre la estrofa, el estribillo que se repite— figura la repetición del recuerdo; pero la variación que acompaña a cada retorno —el río que se vuelve esquivo, el adjetivo que cambia, la cuenta que no cierra— figura la elaboración, el trabajo de la memoria que no se limita a reproducir, sino que reconoce y reubica. La fórmula que cierra el poemario en «El instante gigante» condensa esta concepción: «En tu ausencia, sigues siendo presencia» (p. 64). El verso enuncia la paradoja ricoeuriana de la presencia de lo ausente, y lo hace, además, en un poema de estructura circular que abre y cierra con esa misma afirmación, de modo que la forma reduplica el sentido.

La temporalidad del duelo que el libro construye no es, por tanto, ni la del olvido —que aboliría al ausente— ni la de la fijación melancólica —que lo retendría intacto e impediría toda elaboración—. Es la temporalidad intermedia del reconocimiento, en la que el pasado regresa transformado. La circularidad de Caminantes es la forma de esa temporalidad: una repetición que, a fuerza de variar mínimamente en cada vuelta, conduce de la herida a la memoria fértil. Aquí se aprecia con claridad por qué la estructura del libro debe describirse como espiral antes que como círculo cerrado: el movimiento regresa, pero no al mismo punto.

La imagen mineral y la fijación de la pérdida

La circularidad formal se refuerza con un procedimiento de orden imaginario: la materialización mineral de la emoción, que opera como complemento figurativo de la repetición. A lo largo del poemario, los sentimientos se convierten en sustancias sólidas —barro, sal, piedra, óxido, cal—, en una operación que fija lo intangible y lo vuelve manipulable por la memoria. El amor se nombra como «un pulso de sal y cal viva» (p. 16); la soledad, en una imagen oximorónica memorable, se cosifica como corrosión inerte: «La soledad se torna un óxido muerto» (p. 23).

Esta imaginería mineral se enlaza con la estructura circular en virtud de una lógica común: ambas responden a la necesidad de detener el flujo, de fijar lo que la pérdida amenaza con disolver. Si la circularidad detiene el tiempo haciéndolo regresar, la imagen mineral detiene la emoción haciéndola materia. El emblema máximo de esta operación es el barro, sustancia de la creación bíblica que el poemario convierte en metáfora de la escritura: «Para no morirte escribí tu nombre en este barro maleable» (p. 43). El verso revela la poética profunda del libro: frente a la muerte, que deshace, la palabra modela; y lo que modela es una forma —el poema— que, por circular, resiste al tiempo lineal de la desaparición.

La conjunción de circularidad e imagen mineral define, así, el sistema figurativo de Caminantes. La pérdida, que por naturaleza es flujo y desaparición, queda contenida en formas que la fijan: el círculo del poema y la materia de la metáfora. Esta doble estrategia de detención es la respuesta estética de la autora al problema del duelo, y constituye la aportación más original de la obra al género elegíaco.

Del círculo a la espiral: la integración

Llegados a este punto, conviene matizar la noción de circularidad para evitar un malentendido. Si el poemario se limitara a repetir formas cerradas, figuraría únicamente la fijación melancólica, el duelo detenido que Freud opone al duelo elaborado. Pero Caminantes no se cierra en el círculo: lo transforma en espiral. La diferencia es decisiva y se localiza en la sección final, «La memoria que germina (Despedida)», donde la repetición incorpora un principio de crecimiento.

El poema que clausura el libro, «Semillas de versos», es a la vez el más circular y el más abierto. Construido sobre la anáfora «Ahora, crecéis» (p. 66), repite cuatro veces la misma fórmula, pero cada repetición describe una fase de transformación de lo perdido: de recuerdo en presente, de presente en belleza, de belleza en semilla. La recurrencia ya no figura la fijación, sino el crecimiento; el regreso ya no es estancamiento, sino germinación. El verso final —«Mientras los corazones dolientes vivimos bajo la memoria, que, al fin, germina» (p. 66)— resignifica retrospectivamente toda la circularidad del libro: las vueltas no eran un girar en el vacío, sino el trabajo lento de una semilla que, bajo tierra, se prepara para brotar.

Esta resolución espiral es coherente con el modelo de Worden, en el que la última tarea del duelo consiste en reubicar emocionalmente al fallecido de manera que el doliente pueda continuar viviendo. La integración no suprime el vínculo ni lo congela: lo transforma en una presencia interior que acompaña sin paralizar. La forma del poemario realiza esa tarea: la circularidad obsesiva de las primeras secciones, figura del dolor que vuelve, se convierte al final en circularidad fértil, figura de la memoria que germina. El libro demuestra formalmente que es posible salir del círculo del duelo sin renunciar a la repetición que lo constituye: basta con que cada vuelta añada una mínima diferencia, y que esa diferencia, acumulada, se vuelva crecimiento.

Caminantes en la tradición elegíaca española

La inscripción de Caminantes en la tradición elegíaca española confirma y enriquece esta lectura. El hispanista Bruce W. Wardropper identificó la existencia de una continuidad elegíaca en la lírica castellana, una línea que vincula las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique con el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Federico García Lorca y la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández. Manuel J. Ramos Ortega, en su estudio sobre la palingenesia de la elegía en la poesía española contemporánea, ha mostrado cómo el género se renueva en el siglo XX cargándose de nuevos significados sin perder sus rasgos constitutivos.

Caminantes dialoga con esta tradición y la actualiza. Comparte con ella el procedimiento estructural de la repetición: las Coplas de Manrique avanzan mediante la reiteración de la pregunta ubi sunt, y el Llanto lorquiano se organiza en torno al estribillo “a las cinco de la tarde”. La circularidad que este estudio ha analizado en Martín Grande pertenece, por tanto, al repertorio histórico de la elegía castellana, donde la repetición ha sido siempre el recurso privilegiado para figurar la insistencia del dolor. La aportación de Caminantes consiste en haber sistematizado ese recurso —desplegándolo en cuatro modalidades convergentes— y en haberle conferido una resolución espiral que lo aleja del lamento estático y lo aproxima a una poética de la integración.

A ello se añade un diálogo explícito con Pablo Neruda, citado en el cuerpo del poemario en «Poemas de la arena», donde la voz entrega «temprano garabateados, de Neruda, sus poemas» (p. 16). La herencia nerudiana se percibe en la entrega sensorial y en la confianza en el amor como fuerza que sobrevive a la pérdida. Caminantes se sitúa así en un cruce de tradiciones —la elegíaca castellana y la amorosa hispanoamericana— desde el cual construye una voz propia y reconocible, cuya marca distintiva es precisamente el uso figurativo de la estructura circular.

La estructura dialógica y el apóstrofe al ausente

Un rasgo que sostiene y refuerza la circularidad del poemario es su estructura dialógica. La práctica totalidad de los poemas de Caminantes se construye como apelación a un tú ausente: la voz se dirige al ser perdido, lo interroga, le da órdenes, lo convoca. Este apóstrofe sostenido tiene una consecuencia formal directa sobre la circularidad, pues instaura una situación comunicativa imposible —un diálogo con quien no puede responder— que solo puede mantenerse mediante la repetición de la llamada. Cada nueva apelación reabre el intercambio que la muerte ha clausurado, de modo que la insistencia dialógica es, en sí misma, una forma de recurrencia.

El poema que tematiza con mayor lucidez esta paradoja es «El abrigo del silencio», cuya formulación central —«Quisiera llamarte… A… Amigo», seguida del razonamiento «Pero si te llamo sería porque no estás. Y estás» (p. 60)— expone la lógica del apóstrofe doliente: nombrar al ausente confirma su ausencia, pero a la vez lo hace presente en el acto de nombrarlo. La estructura del poema, que regresa a la apelación inicial tras desplegar este razonamiento, encarna la circularidad del vínculo que la muerte no logra cortar. El tú permanece como destinatario aunque haya dejado de existir como interlocutor, y esa permanencia se mantiene únicamente por la fuerza de la repetición.

El apóstrofe enlaza, además, con la tradición elegíaca, en la que la interpelación al muerto es un procedimiento constitutivo. Desde las Coplas de Manrique hasta la elegía hernandiana, el poeta se dirige al desaparecido como si pudiera oírlo, y de esa ficción comunicativa extrae la elegía su patetismo. Caminantes radicaliza el recurso al convertirlo en estructura: no hay en el libro una voz que describa la pérdida desde fuera, sino una voz que se constituye enteramente en la relación con el ausente. La consecuencia es que la circularidad no es solo un rasgo de la forma, sino la condición misma de la enunciación: la voz existe en tanto vuelve a llamar.

La ruptura del significante: recurrencia y desvío

La sistematicidad de la repetición en Caminantes se hace tanto más visible cuanto que el poemario incluye un poema que la rompe deliberadamente. «El lenguaje del encuentro» introduce, en medio de un libro de dicción mayoritariamente clásica, una deformación radical del idioma: «Despáceme escribicio» (p. 14), seguido de una sucesión de neologismos y trabalenguas que culmina en «Trabalenguas traviesos» (p. 14). Este desvío, lejos de contradecir la tesis de este estudio, la confirma desde su reverso, pues introduce la diferencia que la repetición necesita para no degenerar en mera identidad.

El procedimiento merece análisis detenido. La deformación del significante en este poema no es arbitraria: imita el lenguaje privado de la intimidad amorosa, esa lengua compartida que las parejas inventan y que resulta intraducible para terceros. La función poética jakobsoniana alcanza aquí su grado extremo, pues el mensaje se vuelve hacia su propia materialidad fónica hasta hacerse casi opaco al sentido. Pero esa opacidad tiene un valor semántico preciso en la economía del duelo: el lenguaje íntimo, intraducible, es lo primero que se pierde con el otro, y su reaparición deformada en el poema es un modo de conservarlo. La ruptura del significante figura, así, la persistencia de un código que solo dos personas conocían.

La presencia de este poema-desvío en el conjunto cumple una función estructural análoga a la de la variación dentro de la repetición. Del mismo modo que el verso-marco regresa con una mínima alteración, el poemario en su conjunto incluye un poema que se aparta de la norma dominante para luego retornar a ella. La recurrencia se define, en última instancia, por contraste con la diferencia: sin el desvío de «El lenguaje del encuentro», la circularidad del libro podría leerse como monotonía; con él, se revela como sistema deliberado que admite y necesita la excepción. La autora demuestra dominar tanto la repetición como su quiebra, y esa conciencia del recurso es prueba de la madurez técnica de la obra.

El título y la figura del caminante

La palabra que da título al libro condensa, por sí sola, buena parte de la poética que este estudio ha venido analizando. Caminantes, en plural, designa simultáneamente a la voz que escribe y al ausente al que se dirige, pero también, por extensión, a todo lector que atraviese el duelo. El plural inscribe desde la portada la estructura dialógica del poemario y su vocación de compañía: no hay un caminante solitario, sino una pluralidad de quienes recorren la misma senda. La autora lo explicita en su nota preliminar al invitar al lector a acompañarla «como un compañero de ruta» (p. 9).

La figura del caminante articula, además, la metáfora central del duelo como travesía, que el campo léxico del libro —senda, vereda, huella, peregrino, ruta, mochila, paso— despliega de manera insistente. Esta metáfora tiene una afinidad profunda con la estructura circular: el camino del duelo no es una línea recta hacia una meta, sino un sendero que vuelve sobre sí mismo, que obliga a desandar lo andado, que conduce, como en «La ruta peregrina», a un «eterno paso» (p. 33) sin destino fijo. El caminante del duelo avanza sin progresar en el sentido convencional, porque su meta no es llegar a ningún lugar, sino aprender a habitar el trayecto.

La recurrencia del campo léxico del camino refuerza, en el plano del vocabulario, la circularidad que opera en los demás niveles del poemario. Cada aparición de la senda, de la huella o del peregrino devuelve al lector a la imagen matriz del libro, de modo que la lectura misma se convierte en un caminar reiterado por un paisaje conocido. El título no es, por tanto, un mero rótulo, sino la clave de bóveda de un sistema poético en el que forma, tema e imagen convergen en una misma figura: la del camino que regresa.

Close reading: «El afán de la respiración» y el aniversario del duelo

La pertinencia del modelo propuesto se comprueba en el análisis de «El afán de la respiración», uno de los poemas más extensos y logrados de la tercera sección, en el que la circularidad opera simultáneamente en sus cuatro modalidades. El texto se enmarca en la datación del aniversario de la pérdida —«porque hace un año» (p. 52)—, fórmula que abre y cierra el poema y lo dota de la estructura de verso-marco. La repetición del cómputo temporal figura la fijación del doliente en la fecha, el regreso obsesivo al momento de la ausencia, y convierte el aniversario en eje de la composición.

En el interior del poema, la enumeración de los meses transcurridos —septiembre, octubre, noviembre— traza una sucesión que no avanza hacia la superación, sino que insiste en la pérdida acumulada. La variación dentro de la recurrencia, rasgo definitorio del poemario, se manifiesta aquí en el desplazamiento de la acción de la voz: la hablante, que primero se describe buscando al ausente, se reconoce más tarde «aprendiendo a no encontrarte». El paso de buscar a aprender a no encontrar, dentro de un mismo poema, condensa en miniatura el movimiento espiral del conjunto: la misma acción regresa transformada, pues ambos gestos son momentos de un único proceso de elaboración.

El plano léxico refuerza esta lectura mediante imágenes de sequía y marchitamiento: las tardes que se marchitan «sin apenas besarlas» (p. 52), el viento seco, las nubes sin lluvia. La materialización de la emoción en imágenes de aridez prepara por contraste la imagen final de germinación que clausurará el poemario, de modo que «El afán de la respiración» se integra en la economía circular del libro no solo por su estructura interna, sino por su función dentro de la secuencia. El poema demuestra que la circularidad de Caminantes no es un esquema impuesto desde fuera, sino un principio que opera orgánicamente en cada texto: el poema vuelve sobre su fecha, sobre su búsqueda y sobre su léxico, y en ese volver reiterado cumple el trabajo del duelo que el libro entero pone en escena.

Ritmo, salmodia y la herencia de la oración

La circularidad de Caminantes hunde sus raíces en una tradición formal anterior a la elegía culta: la de la oración y el salmo. La estructura anafórica y el estribillo, identificados como modalidades de la recurrencia, son procedimientos característicos del discurso litúrgico, donde la repetición cumple una función a la vez mnemotécnica y performativa. Rezar es repetir; y la repetición de la plegaria no busca informar, sino instaurar un estado, sostener una relación con lo invisible. Caminantes hereda esta dimensión orante de la repetición y la pone al servicio del duelo.

El poema «Caligrafía del gozo», con su anáfora «Si me escribes, Amor» (p. 39), adopta abiertamente la forma de la invocación, y su destinatario, designado con mayúscula reverencial, oscila entre el amante y una instancia trascendente. La ambigüedad no es casual: en la economía del duelo, el ausente ocupa el lugar de lo sagrado, y dirigirse a él participa de la estructura de la plegaria. La salmodia que genera la anáfora confiere al poema un ritmo de letanía que el lector experimenta físicamente, y ese ritmo es, en sí mismo, una forma de consuelo: la repetición acompasa el dolor, lo somete a una medida, lo vuelve soportable.

Esta herencia litúrgica permite comprender por qué la circularidad de Caminantes no produce monotonía sino sosiego. La repetición orante tiene un efecto apaciguador que la distingue de la repetición mecánica: al volver sobre las mismas palabras, la voz no se estanca, sino que se sostiene. La forma circular del poemario cumple, en este sentido, una función análoga a la que la autora, desde su práctica clínica, atribuye a la escritura: reordenar el caos interno mediante una estructura repetida que contiene la emoción sin reprimirla. La salmodia es la forma sonora de esa contención, y la circularidad, su arquitectura.

Estado de la cuestión y precisiones metodológicas

Conviene situar este análisis en el marco de los estudios sobre la repetición poética y precisar sus límites metodológicos. La reflexión teórica sobre la recurrencia como rasgo constitutivo del lenguaje literario tiene en Roman Jakobson su formulación canónica, pero se inscribe en una tradición más amplia que abarca desde la retórica clásica —que catalogó las figuras de repetición: anáfora, epífora, anadiplosis, polipote— hasta la semiótica de la cultura. La aportación específica de este trabajo no consiste en inventariar tales figuras en Caminantes, sino en demostrar que su empleo responde a una función figurativa unitaria: la representación icónica del tiempo del duelo.

Esta orientación exige una precisión. El análisis no postula que la autora haya empleado conscientemente cada recurso con la intención de figurar la recursividad del luto; tal afirmación sería indemostrable e irrelevante para la interpretación. Lo que se sostiene es que el texto, como objeto verbal, presenta una organización formal cuyo efecto es la figuración de esa temporalidad, con independencia del grado de conciencia técnica de su autora. La iconicidad de la forma es una propiedad del texto, no una hipótesis sobre la psicología de la creación. Este desplazamiento del plano de la intención al del funcionamiento textual es metodológicamente necesario para que el análisis se mantenga en el terreno verificable de la descripción formal.

Conviene asimismo delimitar el corpus. Caminantes es un poemario breve y de factura homogénea, lo que favorece un análisis exhaustivo pero impone cautela a la hora de generalizar. Las conclusiones valen, en primer lugar, para esta obra concreta; su proyección hacia una teoría general de la poesía del duelo se ofrece como hipótesis de trabajo, no como resultado establecido. Con estas salvedades, el análisis puede proceder a su síntesis final con la confianza de haber descrito un sistema formal real y de haberlo interpretado en relación con marcos teóricos pertinentes y verificables.

Close reading: «La caja de Pandora» y la contabilidad del tiempo

«La caja de Pandora» reúne con particular densidad los procedimientos de la circularidad. El texto se organiza sobre la anáfora «Estas pocas horas» (p. 54), que abre cada estrofa y funciona como una contabilidad obsesiva del tiempo sustraído por la pérdida. La reiteración del sintagma demostrativo —«estas» horas, señaladas como si pudieran tocarse— materializa el tiempo y lo convierte en objeto manipulable, en consonancia con la estrategia mineralizadora del poemario. Las horas no se narran: se cuentan, se guardan, se agolpan, en una serie de verbos de manipulación que tratan el tiempo como sustancia física.

El poema resemantiza, además, la imagen titular. La caja de Pandora del mito encierra los males del mundo; la del poema encierra las horas no vividas con el ausente: «voy guardándolas en esa caja de Pandora, con tu nombre en lápida gris y piedra tallada» (p. 54). La sustitución es reveladora: lo que la voz atesora no es un bien, sino un dolor, y el gesto de guardar coincide con el de enterrar, pues la caja se confunde con la lápida. Conservar y sepultar se vuelven el mismo acto, y en esa coincidencia se cifra la ambivalencia del duelo, que retiene aquello mismo que debe dejar partir.

La estructura del poema confirma la lógica circular del conjunto. La anáfora no avanza hacia una resolución, sino que regresa una y otra vez al mismo punto de partida, de modo que la forma reproduce la imposibilidad de cerrar la cuenta del tiempo perdido. El poema termina sin saldar la deuda temporal que enumera, y esa ausencia de cierre es, paradójicamente, su forma de cierre: la contabilidad queda abierta porque el duelo, en el momento que el poema capta, aún no ha concluido su trabajo. El texto demuestra que la circularidad de Caminantes opera con la misma precisión en el poema individual que en la arquitectura del libro.

El agua como figura del fluir: circularidad y disolución

Junto al campo léxico del camino, el del agua constituye el segundo gran sistema de imágenes del poemario, y su análisis revela una tensión productiva con la circularidad. El agua —marea, océano, gotas, río, lluvia— es por naturaleza la figura del fluir, de lo que pasa y no regresa, y se opondría por tanto a la fijación que la estructura circular persigue. Sin embargo, Caminantes resuelve esta tensión sometiendo el agua misma a la lógica del retorno, de modo que el elemento del fluir se integra en la forma circular del libro.

El ejemplo más acabado es «La sinfonía del agua», donde la lluvia y las gotas, imágenes del transcurrir, quedan capturadas en una estructura rigurosamente circular: el poema abre y cierra con la palabra «Ahora», que cambia de signo entre el principio —la marcha del ausente— y el final —su permanencia en la memoria—. El agua, que fluye, queda detenida en el marco del poema, y su goteo —«Gotas» (p. 62)— se vuelve, por la repetición, ritmo y no mero transcurso. La voz declara que puede escuchar «en el pentagrama del silencio» (p. 62) la lluvia de palabras que el ausente dejó: el fluir del agua se convierte en partitura, en forma que se puede leer y releer, es decir, en algo circular.

Una operación semejante se observa en «La orilla quieta», donde la voz se sitúa en el punto en que el agua corre pero el observador permanece: «soy inmóvil roca» (p. 42) frente al fluir del ocaso y la aurora. La oposición entre el río que pasa y la roca que permanece sintetiza la dialéctica del poemario: el duelo es el trabajo de quien, ante el fluir irreversible del tiempo y de la pérdida, busca un punto de permanencia desde el cual la ausencia pueda volverse presencia. La circularidad de la forma es ese punto de permanencia; el agua, el fluir que la forma logra contener. La integración del campo del agua en la estructura circular demuestra la coherencia del sistema poético del libro.

La dimensión terapéutica de la forma circular

La condición de la autora como psicóloga clínica invita a considerar una última dimensión de la circularidad: su función terapéutica. Sin caer en el biografismo que reduciría el poema a documento clínico, es legítimo observar que la concepción del duelo que sostiene el libro coincide con los modelos terapéuticos contemporáneos de la escritura como herramienta de elaboración emocional. La autora declara haber utilizado «la escritura creativa y la poesía, para reordenar mis pensamientos y emociones» (p. 9), y esa función reordenadora se realiza, precisamente, mediante la forma circular.

La repetición tiene un valor contenedor. Frente al caos emocional que la propia autora describe como punto de partida del duelo, la estructura repetida impone una medida, un ritmo, un orden que no suprime la emoción pero la vuelve soportable. La salmodia de las anáforas, el regreso de los versos-marco, la cadencia de los estribillos: todos estos procedimientos someten el dolor a una forma, y al someterlo lo elaboran. La circularidad no es, en este sentido, solo una figura del duelo, sino también un instrumento de su tramitación.

Esta dimensión enlaza con la investigación sobre la escritura expresiva, que sostiene que la traducción de la experiencia a lenguaje estructurado favorece su procesamiento emocional. En Caminantes, la estructura que realiza esa traducción es la circular: el poemario convierte el caos del duelo en una arquitectura de retornos que, al cerrarse en espiral, figura y a la vez propicia la integración de la pérdida. La forma no ilustra el contenido, sino que lo realiza, y en este caso lo realiza no solo en el plano de la representación, sino en el de la elaboración efectiva de la experiencia.

La circularidad y la experiencia del lector

Un último aspecto merece consideración: el efecto que la estructura circular produce en quien lee. La iconicidad de la forma, en la que este estudio ha insistido, no es una propiedad meramente descriptiva, sino que se actualiza en el acto de lectura. Cuando el lector llega al final de un poema construido sobre el verso-marco y reconoce que el último verso reproduce el primero, experimenta físicamente el regreso: su mirada es devuelta al comienzo, de modo que la forma le impone la circularidad que el poema enuncia. La lectura de Caminantes reproduce, así, la estructura temporal del duelo, y esa reproducción es la vía por la que el poemario cumple su vocación de compañía.

Este efecto explica la dimensión empática de la obra. El lector que atraviesa un duelo encuentra en la circularidad del libro un correlato de su propia experiencia: el regreso obsesivo al recuerdo, la imposibilidad de avanzar en línea recta, la lenta variación que cada vuelta introduce. La forma del poemario no describe el duelo desde fuera, sino que lo hace habitable desde dentro, ofreciendo al lector una estructura que reconoce como propia. La circularidad se revela, en última instancia, como un procedimiento de identificación: a través de ella, el dolor singular de la voz poética se vuelve forma compartible, y el lector deja de estar solo en su senda. En esa transformación de la experiencia individual en forma comunicable reside la eficacia última del recurso y, con ella, el sentido del título plural que preside la obra.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada en la introducción: en Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) la estructura circular constituye el procedimiento formal mediante el cual la obra figura icónicamente la recursividad del duelo, y esa circularidad se reabre al final del libro en una forma espiral que dramatiza el tránsito desde el caos emocional hasta la integración de la pérdida. La demostración ha procedido por niveles, mostrando que la circularidad no es un rasgo aislado ni ornamental, sino un sistema integrado que opera simultáneamente en la macroestructura del poemario, en la disposición estrófica de los poemas individuales, en su sintaxis y en su léxico.

En el plano arquitectónico, se ha mostrado que la división tripartita del libro —Encuentro, Abrazos, Despedida— reproduce el orden de la elaboración psíquica del duelo descrito por Freud y Worden, y que el conjunto describe un movimiento que regresa de la huella a la semilla, es decir, una espiral antes que un círculo cerrado. En el plano estrófico, el análisis del verso-marco en poemas como «La orilla quieta» ha revelado la iconicidad del procedimiento: la forma impone al lector la experiencia de la circularidad que el poema describe. En el plano sintáctico, la anáfora de «La contabilidad de los latidos» y el paralelismo de las conjugaciones en «Escultura del verbo» han demostrado que la recurrencia, en el sentido jakobsoniano de proyección de la equivalencia sobre el eje de la combinación, genera directamente el sentido del duelo como tiempo no lineal. En el plano léxico, el estribillo de «El brindis del retorno» y la palabra-eje del camino han evidenciado la función cohesiva y ritual de la repetición.

La articulación de estos cuatro niveles con el marco teórico ha permitido precisar la concepción del tiempo que subyace a la forma del libro. Desde la fenomenología de la memoria de Ricoeur, se ha caracterizado la temporalidad de Caminantes como la del reconocimiento, intermedia entre el olvido que aboliría al ausente y la fijación melancólica que lo congelaría: una repetición que, variando mínimamente en cada vuelta, conduce de la herida a la memoria fértil. La imagen mineral, complemento figurativo de la circularidad, se ha interpretado como una segunda estrategia de detención del flujo, coherente con la primera y orientada al mismo fin: contener la pérdida en formas que resistan al tiempo de la desaparición. El análisis del campo del agua ha mostrado, por su parte, que incluso las imágenes del fluir quedan subordinadas a la lógica del retorno, prueba de la coherencia del sistema.

La aportación de este estudio al campo académico es doble. En primer lugar, ofrece una lectura formal rigurosa de una obra reciente que la crítica aún no ha abordado, mostrando que su aparente sencillez esconde un sistema poético de notable coherencia. En segundo lugar, propone un modelo de análisis —la distinción de cuatro modalidades de recurrencia y su función figurativa— que puede resultar productivo para el estudio de la poesía del duelo en general, más allá del caso particular de Martín Grande. La elegía contemporánea, heredera de una larga tradición castellana que va de Manrique a Miguel Hernández, encuentra en la estructura circular un recurso privilegiado para resolver el problema constitutivo del género: cómo dar forma verbal a una experiencia que se vive como retorno.

Caminantes demuestra, en definitiva, que la forma puede pensar. La autora, psicóloga clínica antes que poeta, no se ha limitado a exponer un saber sobre el duelo: lo ha traducido a la materia misma del poema, de modo que la estructura circular del libro no ilustra la recursividad del luto, sino que la realiza. En esa coincidencia rigurosa entre forma y experiencia reside el logro mayor de la obra y la razón de su interés para los estudios literarios. El poemario confirma que la poesía del duelo no es solo un decir sobre la pérdida, sino una forma de elaborarla; y que la repetición, lejos de ser síntoma de estancamiento, puede convertirse —cuando se vuelve espiral— en el camino mismo de la integración. Con ello, Caminantes se inscribe de pleno derecho en la tradición elegíaca española y aporta a ella una voz contemporánea cuya marca distintiva es la conciencia, hecha forma, de que el duelo se recorre, como un camino, volviendo.

Queda, por último, una observación de orden más general que el caso de Caminantes permite formular. Si la poesía del duelo se enfrenta al problema de figurar una experiencia que se vive como retorno, y si la estructura circular constituye la respuesta formal a ese problema, entonces el estudio de la circularidad debería ocupar un lugar central en el análisis del género. Este trabajo ha mostrado, sobre una obra concreta, que la repetición admite una tipología precisa —arquitectónica, estrófica, sintáctica y léxica— y que su valor no es ornamental sino figurativo y, en su resolución espiral, terapéutico. La extensión de este modelo a un corpus más amplio de la elegía contemporánea permitiría contrastar hasta qué punto la solución que Caminantes ofrece es compartida por otras voces o constituye una aportación singular. En cualquier caso, el poemario de Isabel Martín Grande demuestra que la forma, lejos de ser un recipiente neutro, es el lugar donde el duelo se piensa y se elabora; y que leerla con atención formal es, también, una manera de comprender cómo la palabra acompaña a quien ha perdido.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582295