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Ecos de Neruda en «Caminantes»: la herencia sensorial en clave elegíaca

Introducción

La huella de Pablo Neruda en la poesía amorosa en lengua española es tan amplia que resulta casi inevitable para cualquier autor que aborde el amor desde una poética de los sentidos. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), hace de esa herencia algo más que una influencia difusa: la convierte en cita explícita, en homenaje y en punto de partida. Pero lo que distingue a Caminantes no es la mera continuidad de la poética nerudiana, sino su reelaboración en un registro que Neruda apenas frecuentó: el de la elegía.

Este ensayo sostiene la siguiente tesis: Caminantes hereda de Neruda la poética sensorial —la concepción del amor como experiencia táctil, marina y material— pero la somete a una inversión elegíaca, de modo que el lenguaje de la plenitud amorosa se pone al servicio de la expresión de la pérdida. Donde Neruda celebra el cuerpo presente, Martín Grande lamenta el cuerpo ausente; donde el chileno construye una erótica de la presencia, la autora española construye una elegía de la memoria. La continuidad del lenguaje sensorial sobre el fondo de una intención opuesta produce el efecto poético característico del libro.

El análisis se apoya en la lectura clásica de la poética nerudiana realizada por Amado Alonso y en el reconocimiento de la tradición amorosa hispánica que va de Bécquer a Neruda. Sobre este marco, se examinará la cita explícita de Neruda en el poemario, se rastrearán los ecos de su imaginería sensorial y marina en los poemas de Martín Grande, y se mostrará el procedimiento de inversión elegíaca mediante el cual la autora transforma la herencia recibida en voz propia.

La cita explícita: Neruda en el centro del poemario

Caminantes no oculta su deuda: la declara. En el poema cuarto, «Poemas de la arena», la voz evoca un gesto fundacional del vínculo amoroso al recordar que entregó al amado los versos del poeta chileno: «Te entregué temprano» (p. 16), comienza, y precisa que se trataba de poemas «garabateados, de Neruda, sus poemas» (p. 16). La cita no es un adorno erudito, sino un dato biográfico de la relación: Neruda fue el lenguaje compartido del amor, el código en que se cifró la intimidad.

El gesto tiene una doble significación. En el plano narrativo, sitúa la poesía de Neruda en el origen del vínculo, como mediadora del encuentro amoroso. En el plano poético, declara la filiación de la propia voz: al entregar los versos de Neruda, la autora reconoce de quién ha aprendido a decir el amor. La poética sensorial que recorre el libro encuentra aquí su genealogía explícita, y el lector queda autorizado a leer el poemario en diálogo con la tradición nerudiana.

Significativamente, esta cita aparece en un poema enmarcado por la repetición del mismo verso —el libro abre y cierra «Poemas de la arena» con la entrega de los poemas de Neruda—, de modo que el homenaje queda inscrito en una estructura circular. La herencia nerudiana no es un préstamo puntual, sino un eje en torno al cual gira uno de los poemas del encuentro. Desde este núcleo declarado, los ecos de Neruda se irradian al resto del libro, donde operan de manera ya no explícita, sino formal.

La poética sensorial de Neruda

Para calibrar el alcance de esta herencia conviene recordar en qué consiste la poética sensorial de Neruda. Amado Alonso, en su estudio clásico sobre la poesía del chileno, mostró que la lírica nerudiana se construye sobre una percepción del mundo intensamente material y sensorial, en la que el amor se vive como experiencia del cuerpo y de la naturaleza. El amor nerudiano es tacto, temperatura, sabor; se dice a través de los elementos —el mar, la tierra, el viento— y de las sustancias —la sal, la piedra, la madera—. La amada no es una abstracción, sino un cuerpo inscrito en el cosmos material.

Esta poética alcanzó su formulación más popular en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, donde el amor se nombra a través de una dicción sensorial inmediata, y su forma más madura en Cien sonetos de amor, donde la materialidad del mundo se pone al servicio de la celebración de la amada. El rasgo común es la confianza en los sentidos como vía de conocimiento amoroso: amar es percibir, y decir el amor es traducir esa percepción en imágenes concretas.

Caminantes hereda íntegramente esta concepción. El amor se dice también aquí a través de los sentidos y de las sustancias, en una imaginería que privilegia el tacto, el sabor y, sobre todo, el mar. Pero esta herencia se ejerce sobre un fondo distinto: el del duelo. La poética sensorial, que en Neruda sirve a la celebración del cuerpo presente, sirve en Martín Grande a la evocación del cuerpo ausente. La continuidad del procedimiento sobre la discontinuidad de la situación define el diálogo del poemario con su modelo.

El amor como materia: tacto y temperatura

El rasgo más nerudiano de Caminantes es la concepción del amor como sustancia táctil y térmica. La voz no enuncia el amor en abstracto, sino que lo materializa en imágenes de temperatura y contacto, en la línea de la erótica sensorial del chileno. La formulación más acabada se encuentra en «Poemas de la arena», donde el amor se define como «un pulso de sal y cal viva» (p. 16), imagen que funde lo mineral y lo orgánico, el latido y la materia, en una síntesis profundamente nerudiana.

La elección de las sustancias es reveladora. La sal y la cal viva no son materias inertes: la sal es la del mar y la de las lágrimas, y la cal viva es sustancia ardiente, que quema. El amor se dice, así, como una experiencia a la vez marina y abrasadora, en una imagen que reúne los dos grandes campos de la poética nerudiana —el agua y el fuego— en un solo sintagma. El amor es temperatura, contacto, pulso: una experiencia del cuerpo antes que del concepto.

Esta materialización del afecto, que recorre todo el poemario, encuentra en Neruda su precedente más claro. Pero hay una diferencia decisiva: en Neruda, la materia del amor es la del cuerpo presente, gozado; en Martín Grande, es la del cuerpo recordado, perdido. La misma imaginería sensorial sirve a una intención opuesta. El amor «con luz intensa» (p. 16) que la voz proclama no es ya el amor de la presencia, sino el del recuerdo, y esa transposición de la materia sensorial al territorio de la ausencia constituye la aportación elegíaca del poemario a la herencia nerudiana.

El mar nerudiano y el mar de Caminantes

Si hay un elemento que vincula a Caminantes con Neruda por encima de todos, es el mar. El océano es en Neruda el gran espacio del amor y de la existencia, la materia primordial en la que el yo se reconoce. Caminantes hereda esta centralidad del mar, que recorre el poemario como correlato del vínculo y de su pérdida. El amor se inscribe en un «Sendero marino estelado» (p. 15), y la voz aspira a saborear «la sal al llegar del océano» (p. 19), en imágenes que reproducen la fusión nerudiana del amor y el mar.

Pero el mar de Caminantes es también, y sobre todo, el mar de la pérdida. La imagen más reveladora de esta inflexión elegíaca se encuentra en «El abandono marinero», donde la ausencia se figura como «el abandono marinero» «de un puerto sin faro» (p. 56). El mar nerudiano de la plenitud se ha convertido aquí en el mar de la orfandad: el puerto sin faro es el mundo sin el ausente, la travesía sin guía. La misma materia marina que servía a la celebración del amor sirve ahora a la expresión del desamparo.

Esta doble valencia del mar —espacio del amor y espacio de la pérdida— constituye el eje del diálogo de Caminantes con Neruda. La autora no se limita a heredar el mar nerudiano: lo desdobla, lo carga de una ambivalencia que Neruda apenas exploró. El mar de la plenitud y el mar del duelo coexisten en el poemario, y su coexistencia produce la tensión característica del libro: la de un lenguaje aprendido para celebrar que debe ahora servir para lamentar. El faro apagado es el emblema de esa transformación.

La arena y la playa: erotismo y duelo

El cuarto poema del libro, que contiene la cita explícita de Neruda, sitúa la escena amorosa en un espacio nerudiano por excelencia: la playa. La voz recuerda al amado caminando «en la playa de Las Gaviotas» (p. 16), y lo describe como «cangrejo desnudo» (p. 16) que recorría la orilla. La imagen reúne el erotismo de la desnudez con la concreción del paisaje marino, en una escena que podría figurar en cualquier poema amoroso de Neruda.

La oposición cromática que el poema desarrolla —«blanca era la tuya» «y oscura la de la arena» (p. 16)— contrapone la piel del amado y la materia de la playa en un juego de claros y oscuros de raíz sensorial. El cuerpo se inscribe en el paisaje, se mide con él, se distingue de él: la operación es nerudiana en su confianza en la percepción como vía del amor. La arena, sustancia del tiempo que se escurre, aporta además una connotación elegíaca: la playa es el lugar del amor, pero también el de la huella que el mar borra.

Es en esta connotación donde se aprecia de nuevo la inflexión elegíaca. La playa nerudiana es escenario de la plenitud; la de Caminantes es ya escenario del recuerdo, lugar evocado desde la ausencia. El amado es «Trovador y poeta» (p. 16) que se alzaba en grandeza, pero el verbo en pasado delata que esa grandeza pertenece a lo perdido. La escena erótica se tiñe de duelo, y el erotismo nerudiano se convierte en memoria erótica, en evocación de un cuerpo que ya no está. La arena, que en Neruda sería materia del presente, es en Martín Grande materia del tiempo ido.

La sal y el océano: lo sensorial sublimado

El poema séptimo, «El río en la mirada», ofrece uno de los pasajes más nerudianos del libro y, a la vez, más reveladores de su transformación. La voz imagina lo que el amado percibiría si pudiera ver a través de su mirada, y despliega un catálogo de sensaciones marinas: saborearía «la sal al llegar del océano» (p. 19), vería «cuerpos volviéndose espuma en trozos» (p. 19) y «palmeras de frutos que no conocen la prisa» (p. 19). La acumulación sensorial, el inventario de percepciones, la confianza en el mar como espacio de plenitud: todo remite a la poética nerudiana.

Pero el marco de este despliegue sensorial es ya elegíaco. La voz no celebra una percepción compartida, sino que imagina la que el ausente tendría si viviera, si pudiera mirar a través de ella. El catálogo de sensaciones marinas se ofrece, así, como un don imposible, como aquello que la voz quisiera dar al ausente y no puede. La plenitud sensorial nerudiana se convierte en objeto del deseo imposible, en lo que la muerte ha vuelto inalcanzable.

Esta sublimación de lo sensorial es característica del modo en que Caminantes hereda a Neruda. La autora conserva la riqueza perceptiva del modelo, su confianza en los sentidos, su imaginería marina, pero la desplaza del plano de la experiencia al plano del deseo y la memoria. Lo sensorial ya no se goza: se recuerda o se anhela. Y en ese desplazamiento, la poética de la presencia se convierte en poética de la ausencia, sin renunciar a su lenguaje. La herencia nerudiana se ejerce, por tanto, no por imitación, sino por transformación.

De la celebración a la elegía: la inversión del modelo

El procedimiento central del diálogo de Caminantes con Neruda puede describirse como una inversión elegíaca del modelo amoroso. Neruda construyó una poética de la celebración: el amor como afirmación gozosa del cuerpo y del mundo. Martín Grande hereda el lenguaje de esa celebración, pero lo pone al servicio de la elegía, del lamento por lo perdido. La inversión no afecta a los medios —la imaginería sensorial, el mar, la materia—, sino al fin: lo que celebraba la presencia lamenta ahora la ausencia.

Esta inversión produce un efecto poético específico. El lenguaje de la plenitud, aplicado a la pérdida, genera un contraste doloroso: cuanto más vívida es la evocación sensorial del cuerpo amado, más aguda se vuelve la conciencia de su ausencia. La riqueza perceptiva, que en Neruda servía al goce, sirve en Martín Grande a la intensificación del duelo. La belleza de la imagen mide la profundidad de la pérdida. El procedimiento es de una eficacia notable: la herencia nerudiana, lejos de suavizar la elegía, la agudiza.

Esta inversión sitúa a Caminantes en una tradición elegíaca que ha sabido utilizar el lenguaje del amor para decir la muerte del amor. La elegía amorosa, que llora no un amor cualquiera sino el amor perdido por la muerte, encuentra en la poética sensorial su instrumento más eficaz, pues solo la evocación vívida del cuerpo gozado puede dar la medida de lo que se ha perdido. Martín Grande hereda de Neruda los medios de esa evocación y los pone al servicio de un fin que el chileno raramente persiguió, demostrando la productividad de una herencia ejercida a contracorriente.

Ecos becquerianos: la tradición intermedia

La herencia nerudiana de Caminantes no llega en estado puro, sino filtrada por la tradición romántica española que el propio Neruda recogió. La poesía amorosa de Neruda dialoga con la herencia de Gustavo Adolfo Bécquer, cuyas Rimas fijaron en lengua española un modelo de lírica amorosa íntima, musical y melancólica. Caminantes participa también de esta herencia becqueriana, perceptible en su tono confidencial, en su musicalidad y en su tendencia a la apelación directa al ser amado.

El cruce de las dos tradiciones —la sensorial de Neruda y la íntima de Bécquer— enriquece la voz del poemario. De Neruda hereda la materialidad, el mar, la confianza en los sentidos; de Bécquer, la intimidad confidencial, el tono menor, la musicalidad melancólica. La síntesis de ambas produce una voz que es a la vez sensorial e íntima, material y confidencial, y que escapa por ello a la mera imitación de cualquiera de sus modelos. La autora no copia a Neruda: lo lee a través de la tradición española que el chileno mismo había asimilado.

Esta filiación múltiple confirma que la herencia de Caminantes no es servil, sino crítica. La autora selecciona de cada modelo lo que conviene a su proyecto elegíaco: de Neruda, la capacidad de dar cuerpo material al amor; de Bécquer, la intimidad de la apelación al ausente. La combinación de ambos elementos sobre el fondo del duelo produce una voz reconocible, que dialoga con la tradición sin disolverse en ella. La originalidad del poemario reside, precisamente, en esa apropiación selectiva de una herencia compleja.

La diferencia: del amor presente al amor ausente

Conviene precisar, para no exagerar la continuidad, en qué se aparta decisivamente Caminantes de su modelo nerudiano. La diferencia fundamental es de tiempo verbal y de situación enunciativa. La poesía amorosa de Neruda se enuncia mayoritariamente en presente, desde la situación del amor vivido; la de Martín Grande se enuncia en pasado y en una apelación a un tú ausente, desde la situación del amor perdido. Esta diferencia gramatical traduce una diferencia ontológica: el amor nerudiano es, el de Caminantes fue.

De esta diferencia derivan todas las demás. El erotismo nerudiano de la presencia se convierte en memoria erótica; la celebración del cuerpo, en evocación del cuerpo ausente; el goce sensorial, en deseo imposible. La poética sensorial, idéntica en sus medios, cambia radicalmente de sentido al desplazarse del presente al pasado, de la presencia a la ausencia. Caminantes es, en este sentido, una poesía amorosa escrita desde el otro lado de la pérdida, un Neruda leído desde el duelo.

Esta inflexión define la aportación específica del poemario. Martín Grande no añade nada al repertorio sensorial nerudiano; lo que añade es la conciencia de la pérdida, que resignifica todo el repertorio. La sal, el mar, la arena, la temperatura del amor: todos los elementos heredados adquieren, leídos desde el duelo, una densidad nueva. La herencia se vuelve original no por innovación formal, sino por desplazamiento de sentido. Y ese desplazamiento —de la celebración a la elegía, de la presencia a la ausencia— constituye el gesto fundador de la voz de Caminantes.

La herencia y la voz propia

El balance del diálogo de Caminantes con Neruda permite valorar la madurez de la voz de Martín Grande. Heredar a un poeta tan poderoso como Neruda entraña el riesgo de la imitación servil, de la disolución de la voz propia en la del modelo. Caminantes evita ese riesgo mediante la inversión elegíaca, que convierte la herencia en punto de partida y no en destino. La autora no escribe como Neruda: escribe con los medios de Neruda al servicio de un proyecto que es suyo.

La declaración explícita de la deuda, lejos de subordinar la voz, la libera. Al reconocer abiertamente su filiación —al entregar «de Neruda, sus poemas» (p. 16)—, la autora se sitúa en una tradición sin pretender originalidad absoluta, y desde esa humildad genealógica construye su diferencia. La voz propia no surge de la ruptura con el modelo, sino de su transformación. Caminantes demuestra que la originalidad puede consistir en heredar bien, en seleccionar de la tradición lo que conviene al proyecto y en desplazarlo hacia un territorio nuevo.

Este modo de relación con la tradición tiene, además, un valor ejemplar. En un panorama poético que a menudo confunde la originalidad con la ruptura, Caminantes recuerda que la innovación puede nacer de un diálogo respetuoso con los maestros. La autora hereda a Neruda no para repetirlo ni para negarlo, sino para extender su poética a un territorio que él apenas frecuentó. La herencia sensorial nerudiana, puesta al servicio de la elegía, se renueva en Caminantes y, al renovarse, confirma su vigencia.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) hereda de Neruda la poética sensorial —la concepción del amor como experiencia táctil, marina y material— pero la somete a una inversión elegíaca que pone el lenguaje de la plenitud amorosa al servicio de la expresión de la pérdida. El estudio ha mostrado que esta herencia se declara explícitamente en el poemario, mediante la cita de los poemas de Neruda en el cuarto poema, y que se ejerce de manera formal a lo largo del libro a través de la imaginería sensorial, marina y material que constituye la marca de estilo de la obra.

El examen de los procedimientos concretos —la concepción del amor como sustancia táctil y térmica, la centralidad ambivalente del mar, la escena erótica en la playa, la sublimación de lo sensorial— ha revelado que la autora conserva los medios de la poética nerudiana al tiempo que invierte su finalidad. Donde Neruda celebra la presencia del cuerpo amado, Martín Grande lamenta su ausencia; donde el chileno construye una erótica del presente, la española construye una elegía de la memoria. La continuidad del lenguaje sobre la discontinuidad de la situación produce el efecto poético característico del libro: la evocación vívida del cuerpo perdido intensifica la conciencia de su ausencia.

El análisis ha mostrado, además, que la herencia nerudiana de Caminantes llega filtrada por la tradición becqueriana, de la que el poemario recoge la intimidad confidencial y la musicalidad melancólica. La síntesis de ambas tradiciones produce una voz que escapa a la mera imitación y que se apropia selectivamente de una herencia compleja. La diferencia decisiva respecto al modelo —el desplazamiento del presente a la apelación al ausente, de la presencia a la ausencia— constituye el gesto fundador de la voz de Martín Grande.

La aportación de este estudio al campo académico consiste en haber documentado, mediante el análisis textual, un caso de herencia poética ejercida por transformación y no por imitación, y en haber mostrado la productividad de la inversión elegíaca como procedimiento de apropiación de la tradición. Caminantes demuestra que la poética sensorial de Neruda, lejos de agotarse en la celebración amorosa, admite una extensión al territorio del duelo que renueva su vigencia. La obra de Isabel Martín Grande se inscribe, así, en la larga descendencia de Neruda, no como eco pasivo, sino como reelaboración consciente que confirma, al transformarla, la fecundidad de la herencia. En esa capacidad de heredar bien y de desplazar lo heredado hacia un territorio propio reside el logro del poemario y la razón de su interés para el estudio de la tradición amorosa en lengua española.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582299

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