Introducción
La poesía española escrita por mujeres ha conquistado en las últimas décadas un espacio propio en el que la subjetividad femenina se articula sin las mediaciones que durante siglos la silenciaron o la sometieron a modelos ajenos. Dentro de ese espacio, la poesía del duelo ofrece un campo particularmente revelador, pues el dolor de la pérdida pone a prueba el modo en que una voz se constituye en relación con el otro. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), constituye un caso significativo de esa articulación: una voz femenina que dice el duelo desde una posición que este estudio propone caracterizar como ética del cuidado.
Este artículo sostiene la siguiente tesis: la subjetividad poética de Caminantes se construye no como un yo autónomo y autosuficiente, sino como un yo relacional, definido por su vínculo con el otro y por una disposición al cuidado que persiste más allá de la muerte; y que esa configuración, lejos de ser una limitación, constituye una aportación específica de la voz femenina a la poesía del duelo. La obra articula el luto no como pérdida de sí, sino como continuación del cuidado por otros medios, en una poética que convierte la memoria en forma de sostener al ausente.
El análisis se apoya en los estudios sobre la construcción del yo en la poesía española escrita por mujeres y en la ética del cuidado como marco interpretativo. Sobre esta base, se examinará la configuración relacional de la voz, las imágenes del cuidado y la sustentación que recorren el poemario, la dimensión generativa y maternal de su imaginería, y el modo en que el libro transforma el duelo en una forma de cuidado prolongado.
La construcción del yo en la poesía femenina
La crítica sobre la poesía española escrita por mujeres ha mostrado que uno de sus rasgos distintivos es la construcción de un yo lírico que se define en relación, frente al modelo del yo autónomo y soberano de buena parte de la tradición canónica. Los estudios de Biruté Ciplijauskaité sobre la construcción del yo femenino en la literatura, así como las antologías y panoramas que desde los años ochenta han cartografiado esta producción, coinciden en señalar la centralidad de la relacionalidad, del cuerpo y de la experiencia vinculada como ejes de esta poesía.
Esta configuración relacional no debe entenderse como dependencia ni como falta de autonomía, sino como una concepción alternativa del sujeto, que se reconoce constituido por sus vínculos. El yo de esta poesía no preexiste a la relación, sino que se forma en ella; no se afirma contra el otro, sino con el otro. Esta concepción tiene consecuencias decisivas para la poesía del duelo, pues si el sujeto se constituye en la relación, la pérdida del otro amenaza la propia identidad, y el trabajo del duelo se convierte en un trabajo de reconstrucción del yo.
Caminantes se inscribe de lleno en esta tradición. Su voz no es la de un sujeto que contempla la pérdida desde una posición de exterioridad, sino la de un yo que se reconoce constituido por el vínculo perdido y que debe, por ello, reconstruirse sin disolverse. La estructura dialógica del poemario —la apelación constante a un tú ausente— es la forma poética de esta concepción relacional del sujeto: la voz existe en tanto se dirige al otro, y su identidad se sostiene en esa dirección. Analizar esta voz exige, por tanto, atender a su constitución relacional.
El yo relacional ante la pérdida
La pérdida pone a prueba la concepción relacional del sujeto. Si el yo se constituye en el vínculo, la muerte del otro lo deja, en principio, sin fundamento. Caminantes afronta esta amenaza no mediante la afirmación de una autonomía recuperada, sino mediante la conservación del vínculo en una forma nueva. La voz no se reconstruye contra el ausente, prescindiendo de él, sino con él, manteniéndolo como interlocutor interior.
Esta estrategia se manifiesta en la persistencia de la segunda persona a lo largo de todo el libro. La voz sigue dirigiéndose al ausente, sigue tratándolo como un tú, y en esa persistencia conserva la estructura relacional que la constituye. El poema «El eco en el rostro» formula esta conservación con una imagen reveladora: la voz se declara «soy espejo» «para verte entero» (p. 58), asumiendo la función de sostener la imagen del ausente, de reflejarlo, de mantenerlo presente. El yo se define aquí por su capacidad de albergar al otro, de ser el lugar donde el ausente persiste.
Esta configuración tiene una dimensión ética. La voz no busca liberarse del vínculo para recuperar su autonomía, sino conservarlo como responsabilidad. Ser «espejo» del ausente es asumir el cuidado de su memoria, hacerse cargo de su permanencia. El duelo se convierte, así, no en un proceso de desligamiento, sino en un proceso de relevo: la voz toma a su cargo la presencia que la muerte amenaza con borrar. Esta asunción del cuidado del ausente define la postura ética del poemario y constituye su aportación específica a la poesía del duelo.
La ética del cuidado como marco
El concepto de ética del cuidado, desarrollado en el pensamiento contemporáneo como alternativa a las éticas de la justicia abstracta, ofrece el marco más adecuado para interpretar esta postura. La ética del cuidado parte de la premisa de que el sujeto es interdependiente, de que existe en una red de relaciones de responsabilidad mutua, y de que la atención al otro concreto constituye un valor moral fundamental. Frente a la ética de los principios universales, la del cuidado privilegia el vínculo particular, la atención a la necesidad del otro, la responsabilidad por su bienestar.
Esta perspectiva ilumina la configuración de la voz de Caminantes. El duelo del poemario no es un duelo egocéntrico, centrado en el dolor del yo, sino un duelo orientado al cuidado del otro, incluso del otro ausente. La voz se preocupa por el ausente, lo sostiene, lo acompaña, asume la responsabilidad de su memoria. El poema «Hilos de Ariadna» atribuye al ausente una función de cuidado —«Tú, invisiblemente sanando clanes» (p. 36)— y a la voz, una función de sostén recíproco, en una imagen de cuidado mutuo que la muerte no interrumpe.
La ética del cuidado permite comprender por qué el duelo de Caminantes no concluye en la liberación del vínculo, sino en su transformación en responsabilidad permanente. Cuidar al ausente, mantener su memoria, hacerse cargo de su permanencia: estas son las tareas que la voz se impone, y que definen su postura ética. El poemario propone, así, una concepción del duelo como continuación del cuidado, como relevo de una responsabilidad que la muerte no cancela sino que transfiere. Esta concepción, profundamente arraigada en la tradición de la poesía femenina, constituye la clave interpretativa del libro.
Imágenes de la sustentación
La ética del cuidado se materializa en Caminantes en una imaginería específica: la de la sustentación, el sostén y el abrazo. El poemario está poblado de imágenes de manos que aferran, de brazos que contienen, de respaldos que sostienen. El poema «La ruta peregrina» ofrece la formulación más explícita de esta imaginería al describir el vínculo como «abrazo que contiene» «respaldo que empuja, besa y sostiene» (p. 33), en una acumulación de verbos de cuidado que define la relación como sostén mutuo.
La imagen de la «mochila compartida» (p. 33), que aparece en el mismo poema, refuerza esta concepción: el vínculo se figura como una carga llevada entre dos, como una responsabilidad repartida. El amor no es aquí fusión ni posesión, sino colaboración en el sostén de una carga común. Esta concepción del vínculo como cuidado compartido es característica de la ética que el poemario encarna, y la distingue de las poéticas amorosas centradas en el deseo o en la posesión.
La persistencia de estas imágenes de sustentación a lo largo del libro configura una poética del cuidado que estructura la relación amorosa y, tras la pérdida, el duelo. La voz que ha sido sostenida por el ausente asume, tras su muerte, la tarea de sostenerlo a él en la memoria. El cuidado, antes recíproco, se vuelve unilateral pero no por ello menos activo: la voz sigue sosteniendo, sigue conteniendo, sigue abrazando, aunque el objeto de su cuidado sea ya solo un recuerdo. La imaginería de la sustentación traduce, así, la continuidad del cuidado más allá de la muerte.
La dimensión generativa y maternal
Un aspecto particularmente significativo de la voz femenina de Caminantes es su dimensión generativa, perceptible en una imaginería de la fecundidad y el nacimiento que culmina en la metáfora final de la semilla. La voz se concibe a sí misma como tierra fértil que da fruto: en “La bendición del aire” declara que las lágrimas de la ausencia germinan «en mi tierra fecunda» (p. 43), y que de ese suelo nace una escritura «de versos parida» (p. 43). La elección del verbo parir, que remite a la maternidad, configura la escritura como un acto generativo, como un dar a luz.
Esta imaginería maternal de la creación tiene una larga tradición en la poesía escrita por mujeres, que ha reivindicado la generación —biológica y simbólica— como modelo de la creatividad frente al modelo masculino de la construcción o la conquista. En Caminantes, la escritura no se concibe como edificación ni como dominio, sino como gestación: los versos se paren, la memoria germina, lo perdido crece como semilla. La metáfora final del libro —lo perdido que crece «en semillas de versos» (p. 66)— culmina esta poética generativa, que convierte el duelo en un proceso de fecundación de la memoria.
La dimensión generativa enlaza con la ética del cuidado, pues parir y cuidar son las dos caras de una misma disposición hacia la vida del otro. La voz que pare versos cuida, mediante esa generación, la permanencia del ausente: lo hace renacer en la palabra. La maternidad simbólica de la escritura es, así, la forma última del cuidado, la que vence a la muerte no negándola, sino generando vida nueva a partir de la pérdida. Esta concepción generativa del duelo constituye una de las aportaciones más originales de la voz femenina de Caminantes.
El cuidado de sí: la voz que se sostiene
La ética del cuidado que el poemario encarna no se orienta únicamente hacia el otro: incluye también el cuidado de sí, necesario para que la voz no se disuelva en el duelo. Caminantes registra este cuidado de sí en imágenes de permanencia y resistencia que equilibran la entrega al ausente. La voz se declara «soy faro luminoso» (p. 42) y «permanezco por si resucitas» (p. 42), afirmando una permanencia que es a la vez espera del otro y conservación de sí.
Este equilibrio entre el cuidado del otro y el cuidado de sí distingue la ética del poemario de una entrega autodestructiva. La voz no se aniquila en el duelo, no se pierde en el otro: se sostiene para poder seguir sosteniéndolo. El poema «El incendio de la rabia» registra el momento de la elaboración en que la voz «Aprendo a llevarte conmigo» (p. 48) de otra manera, y declara que continúa hacia adelante «enarbolando tu legado» (p. 48). El cuidado del ausente se vuelve compatible con la continuación de la propia vida.
La culminación de este cuidado de sí se encuentra en la afirmación de la autonomía recuperada sin ruptura del vínculo. La voz declara que «bailo mis propios pasos» (p. 48), afirmando un ritmo propio que no niega la memoria del otro, sino que la integra. El cuidado de sí no se opone aquí al cuidado del otro: ambos se articulan en una ética del duelo que conserva el vínculo sin sacrificar la vida. Esta articulación equilibrada, que evita tanto el olvido como la autodestrucción melancólica, constituye la madurez ética del poemario.
El duelo como continuación del cuidado
La síntesis de estos análisis permite formular la concepción del duelo que el poemario propone: el duelo como continuación del cuidado por otros medios. La voz de Caminantes no entiende el duelo como un proceso de desligamiento que culmina en el olvido, sino como una transformación del cuidado que la muerte vuelve unilateral pero no cancela. Cuidar al ausente, mantener su memoria, hacerlo renacer en la palabra: estas son las formas del cuidado que sobreviven a la pérdida.
Esta concepción se opone a los modelos del duelo centrados en la superación y el desapego. Para Caminantes, el duelo bien elaborado no consiste en dejar de cuidar al otro, sino en aprender a cuidarlo de otro modo, en su nueva condición de ausente. El poema «La encrucijada de los guerreros» registra esta transformación al describir cómo la voz, tras la separación, «hilando primaveras entre mis ruinas» (p. 32), continúa una labor de cuidado que reconstruye sobre la pérdida. El cuidado no cesa: cambia de forma.
Esta concepción del duelo como cuidado prolongado constituye la aportación específica de la voz femenina de Caminantes a la poesía del género. Frente a la elegía tradicional, a menudo centrada en el dolor del yo o en la glorificación del muerto, el poemario propone una elegía del cuidado, orientada a la responsabilidad por la permanencia del otro. Esta orientación, arraigada en la tradición de la poesía escrita por mujeres y en la ética del cuidado, renueva el género al desplazar su centro de gravedad del dolor a la responsabilidad, del lamento al sostén.
Cuerpo, memoria y huella
La poética del cuidado de Caminantes tiene un fundamento corporal que merece análisis. La voz inscribe la memoria del ausente en su propio cuerpo, que se convierte en archivo y soporte de la presencia. El poema «El eco en el rostro» desarrolla esta inscripción corporal al describir cómo los rasgos de la voz conservan las marcas del ausente, cómo el cuerpo propio guarda la huella del otro. El cuerpo es aquí el lugar del cuidado: donde la memoria se aloja y se sostiene.
Esta corporalidad de la memoria es característica de la poesía escrita por mujeres, que ha reivindicado el cuerpo como lugar del conocimiento y de la experiencia frente a su tradicional relegación. En Caminantes, el cuerpo no es objeto del deseo ajeno, sino sujeto del cuidado: es el cuerpo que sostiene la memoria, que la alberga, que se hace cargo de ella. La inscripción de la huella del ausente en el cuerpo propio es la forma corporal del cuidado, la que hace del yo el soporte físico de la permanencia del otro.
Esta concepción corporal del duelo enlaza con la imaginería generativa antes analizada: el cuerpo que guarda la huella es también el cuerpo que pare versos, el cuerpo fértil del que nace la memoria. Cuerpo, cuidado y generación se articulan, así, en una poética unitaria que sitúa en la corporalidad femenina el fundamento de la elaboración del duelo. La voz cuida al ausente con su cuerpo, lo alberga en su carne, lo hace renacer en su escritura: el cuidado es, en última instancia, una operación corporal, y en esa corporalidad reside la especificidad de la voz femenina del poemario.
La gratitud como forma del cuidado
Un rasgo que distingue la ética del cuidado de Caminantes de una elegía meramente doliente es la presencia de la gratitud. La voz no solo lamenta la pérdida: agradece haber tenido el vínculo. El poema “La bendición del aire” se construye sobre la fórmula «Gracias infinitas» (p. 43), y llega a agradecer no solo la presencia, sino también la ausencia, calificada paradójicamente como «por tu ausencia, mil veces bendita» (p. 43). La gratitud por la ausencia es una formulación extrema de la ética del cuidado: agradecer incluso el dolor, en tanto prueba del valor del vínculo.
Esta gratitud transforma el duelo. El lamento, que mira hacia la pérdida, se equilibra con el agradecimiento, que mira hacia el don recibido. La voz no se instala en el resentimiento contra el destino ni en la queja contra la muerte, sino que reconoce el valor de lo que tuvo y lo agradece. Esta disposición agradecida es una forma del cuidado, pues honra al ausente reconociendo lo que aportó, y honra también a la propia vida reconociendo su riqueza pese a la pérdida.
La gratitud confiere al poemario su tono distintivo, que lo aleja del lamento puro y lo aproxima a una celebración doliente. Caminantes no es un libro de la desesperación, sino de la elaboración agradecida: un libro que llora la pérdida sin renegar del don. Esta articulación de duelo y gratitud, característica de una ética del cuidado madura, constituye uno de los logros emocionales y morales más notables de la obra, y confirma que la voz femenina del poemario afronta el duelo desde una posición de generosidad y no de carencia.
La inscripción en la tradición poética femenina
Situar Caminantes en la tradición de la poesía española escrita por mujeres permite valorar tanto su filiación como su aportación. El poemario comparte con esa tradición la concepción relacional del sujeto, la centralidad del cuerpo, la imaginería generativa y la ética del cuidado. Se inscribe, así, en una genealogía que las antologías y los estudios críticos de las últimas décadas han contribuido a visibilizar, y que ha conquistado para la voz femenina un espacio propio en el canon poético contemporáneo.
Pero Caminantes aporta a esa tradición una inflexión específica: la aplicación de la ética del cuidado al territorio del duelo. Si la poesía femenina ha explorado el cuidado en el ámbito del amor, la maternidad o la relación, Caminantes lo extiende al ámbito de la pérdida, mostrando que el cuidado puede sobrevivir a la muerte del otro y convertirse en el principio organizador del duelo. Esta extensión enriquece tanto la poesía del duelo —al dotarla de una ética del cuidado— como la poesía femenina —al mostrar la productividad de su ética en un territorio nuevo.
La aportación tiene, además, un valor de género en sentido amplio. Al proponer una elegía del cuidado, Caminantes ofrece un modelo de duelo alternativo al de la tradición elegíaca masculina, centrada a menudo en el dolor del yo o en la glorificación heroica del muerto. El modelo del cuidado, orientado a la responsabilidad por la permanencia del otro y compatible con la continuación de la propia vida, propone una forma de duelo más sostenible y, en cierto sentido, más sabia. La voz femenina de Caminantes aporta, así, no solo una sensibilidad, sino una ética.
Conclusiones
El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: la subjetividad poética de Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) se construye como un yo relacional, definido por su vínculo con el otro y por una disposición al cuidado que persiste más allá de la muerte, y esa configuración constituye una aportación específica de la voz femenina a la poesía del duelo. El estudio ha mostrado que el poemario se inscribe en la tradición de la poesía española escrita por mujeres, de la que hereda la concepción relacional del sujeto, la centralidad del cuerpo y la imaginería generativa, y que aplica la ética del cuidado al territorio del duelo de un modo que renueva el género.
El examen de la configuración de la voz ha revelado que el yo de Caminantes no se reconstruye contra el ausente, prescindiendo de él, sino con él, conservándolo como interlocutor interior y asumiendo la responsabilidad de su memoria. Las imágenes de la sustentación —el abrazo que contiene, el respaldo que sostiene, la mochila compartida— configuran una poética del cuidado que estructura la relación amorosa y, tras la pérdida, el duelo. La dimensión generativa de la imaginería —la tierra fecunda, los versos paridos, la semilla— convierte la escritura en un acto de gestación que hace renacer al ausente en la palabra.
El análisis ha mostrado, además, que la ética del cuidado del poemario incluye el cuidado de sí, necesario para que la voz no se disuelva en el duelo, y que se articula con la gratitud, que equilibra el lamento con el reconocimiento del don recibido. La concepción del duelo que resulta de esta articulación —el duelo como continuación del cuidado por otros medios— se opone a los modelos centrados en la superación y el desapego, y propone una elegía del cuidado orientada a la responsabilidad por la permanencia del otro y compatible con la continuación de la propia vida.
La aportación de este estudio al campo académico consiste en haber documentado, mediante el análisis textual, la articulación entre la subjetividad femenina y la ética del cuidado en una obra reciente de poesía del duelo, y en haber mostrado la productividad de esa articulación para la renovación del género elegíaco. Caminantes demuestra que la voz femenina aporta a la poesía del duelo no solo una sensibilidad, sino una ética: la del cuidado que sobrevive a la muerte y convierte el luto en responsabilidad por la memoria del otro. En esa propuesta de una elegía del cuidado, arraigada en la tradición de la poesía escrita por mujeres, reside el logro del poemario y la razón de su interés para los estudios de género y para la teoría de la poesía contemporánea.
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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582301





