Mockup del libro De entre sonidos (6) – De entre sonidos, de David García Lamela

De entre sonidos de David García Lamela: elementos destacados

1. Los tres versos más poderosos

«hay sonidos / que enmudecen una vida entera.» («Atrapado en el tiempo», p. 27)

El poema recuerda un timbre que sigue sonando en la memoria y que se asocia a «una imagen en la calle signando el final.» El cierre condensa la idea que recorre todo el libro: el sonido no solo acompaña la vida, también puede clausurarla. La fuerza del verso está en la paradoja de un sonido que produce mudez. La técnica es el paralelismo: el verso responde a otro, «Hay sonidos / que jamás vuelven a sonar igual;», con la misma construcción y un final más grave. La repetición de «hay sonidos» prepara al lector, y el segundo término cae con todo el peso de lo que no se dice: no se nombra qué ocurrió en la calle. El poema confía en la elipsis y deja que el lector complete la escena.

«¿Lo oyes tú? ¿No? Yo sí.» («Oda por los niños muertos», pp. 45-47)

Es el verso que sostiene el poema más extenso y más político del libro. Dos preguntas y una afirmación de dos palabras bastan para plantear el conflicto entre quien escucha y quien prefiere no escuchar. El verso regresa en cada aparición del estribillo y, al repetirse, deja de ser una pregunta retórica para convertirse en una acusación al lector. Su eficacia procede de la brevedad y de la oralidad: está escrito para ser dicho en voz alta. El estribillo completo lo acompaña con una precisión que evita la consigna: el quebranto «No está en los versos que canto, / sino en las bocas enterradas.» El poeta reconoce los límites de su propio canto y desplaza el protagonismo a los muertos.

«Existes / por el silencio que provocas.» («Apenas un milagro», p. 78)

En un poema de cinco versos, García Lamela invierte la relación habitual entre ser y sonido. No existimos por lo que decimos, sino por el silencio que dejamos alrededor. El verso es memorable porque concentra la poética del libro en una fórmula que se puede retener de una lectura. La técnica es el encabalgamiento: «Existes» queda solo en la línea, como afirmación absoluta, y el verso siguiente la condiciona. El poema termina con «Apenas un milagro sostenido en el aire.», que rebaja cualquier solemnidad con el adverbio apenas.

2. La imagen más original

«Esa voz melodiosa se ha huido / y ya no gamberreamos chuches / guardadas en tu bolsa de tela junto al butacón.» («Nada ha cambiado, Wisława», p. 50).

La originalidad de la imagen no está en una metáfora difícil, sino en el punto de vista. Quien habla es un animal doméstico que espera a alguien que ya no está, y el duelo se cuenta desde la complicidad cotidiana: las golosinas compartidas a escondidas, la bolsa de tela, el butacón. El verbo gamberrear usado como transitivo, «gamberreamos chuches», es un uso poco habitual, de registro coloquial, que en un poema elegíaco produce un efecto de verdad. El resto del poema mantiene esa perspectiva, con un animal que promete enfadarse: «y te juro que te bufaré con las patas levantadas,». El duelo humano queda dicho a través de la conducta de un animal, y esa distancia lo vuelve más preciso.

3. La arquitectura del poemario

La decisión estructural más inteligente es la división en tres partes que repiten la misma fórmula de entrada, De entre sonidos…, y cambian solo su ámbito: De la persona, De la sociedad, De la naturaleza. El lector entiende desde el índice que el libro va a escuchar tres veces, con tres radios distintos.

Dentro de esa simetría, el libro coloca piezas que se responden. «Galerías del alma I» (p. 66) y «Galerías del alma II» (p. 82) son casi el mismo poema. La primera versión dice «Cae el alma,» y la segunda «Despierta el alma,»; la primera «Abro los ojos a las galerías del alma.» y la segunda «Abro los ojos a las galerías del alma nuestra.» La primera cierra casi la parte de la sociedad y la segunda pertenece ya a la de la naturaleza, y la diferencia de una palabra mide lo que el sujeto ha atravesado entre una y otra: del alma propia al alma compartida. Esta decisión eleva el conjunto porque convierte la lectura lineal en una experiencia de eco, coherente con el título.

4. La voz: qué la hace inconfundible

El primer rasgo es la ética de la duda. La voz no se presenta como superior a nadie; se corrige a sí misma. En «El cielo deshabitado» (p. 32), después de señalar a quienes pasan de largo, añade: «O tal vez soy yo quien tiene las manos largas.»

El segundo rasgo es la mezcla de registros. Junto a cultismos como «conticinio» aparecen expresiones coloquiales que rompen la solemnidad: «Algo debemos hacer, digo yo.» («Algo debemos hacer, digo yo.», pp. 48-49). Ese giro final, «digo yo.», introduce el tono de la conversación en un poema que habla del caos del mundo.

El tercer rasgo es el humor melancólico. En «Lista de cosas fáciles de perder» (pp. 93-94), tras una despedida de una paloma criada en casa, el poema termina con una ironía hacia el poeta al que se dedica: «Habrá que hacer una doble lista, Simón, / para poner a las dichosas y desagradecidas palomas / en la lista de cosas fáciles de perder.»

Lo que David García Lamela hace que nadie más hace en este libro es escuchar el duelo desde fuera del que lo sufre: desde un animal que espera, desde un niño que nace, desde un pájaro que perdió el canto.

5. El poema central

Estoy y es suficiente

EN un campo de humedales ha nacido un silencio.
En un campo de saladas y rojas amapolas
cortadas de cuajo que todavía llevan vida.
El drama cayó en segundos,
sin piedad, maléfico e inoportuno.
Mientras pueda amaré la vida
como si fuera el último segundo,
porque realmente así es.
Estoy aquí;
ya no soy el hombre que pude ser.
Ya no tengo que cumplir tus sueños,
ya no sueño qué hacer mañana.
Ahora estoy aquí. Mírame bien.
Ya no tengo certezas que alcanzar.
Ya no tengo más sueño
que estar despierto ante la muerte.
Ya no sufriré cada día tu vieja muerte.
Ya no entraré descalzo en las sinagogas.
Ya no expiaré culpable de mis no pecados.
Ya no miraré extasiado tus llagas sangrantes en la frente.
Ya no tengo más oscuridad
que mi luz esparciendo sombras.
Estoy aquí,
ya no soy nada: silencio que renombra.
Estoy aquí, desnudo y descalzo de todo.
Estoy, y ya es suficiente.
Estoy aquí en este instante
y no me importa que lo recuerdes después.
Estoy aquí: ya, ahora, soy.
La voz de las palabras.

«Estoy y es suficiente» (p. 17) es el poema que mejor explica el libro, porque en él la voz se presenta por despojamiento antes de empezar a escuchar el mundo. Comienza con una imagen de pérdida, unas amapolas «cortadas de cuajo que todavía llevan vida.», y con un drama que «cayó en segundos,». A partir de ahí, la anáfora «Ya no» enumera todo lo que el sujeto abandona: los sueños ajenos, las certezas, la culpa religiosa, la contemplación dolorida de las llagas. Cada renuncia aligera la voz hasta dejarla en un presente sin adornos.

El poema no termina en la nada, sino en una afirmación mínima y rotunda, «Estoy aquí: ya, ahora, soy.», seguida de un último verso que conecta con la sección de apertura del libro, «La voz de las cosas»: «La voz de las palabras.» Es el poema central porque fija la posición desde la que se escribe todo lo demás: alguien que ya no necesita demostrar nada y que, precisamente por eso, puede oír.

Síntesis final

De entre sonidos merece ser leído porque convierte un sentido, el oído, en una manera de estar en el mundo. Sus poemas van del paritorio al aula, del álbum familiar al Mediterráneo y del jardín abandonado al campo arado, y en todos ellos el sonido es testimonio de algo que existió. David García Lamela escribe con una voz que duda de sí misma, que alterna el cultismo y la expresión coloquial y que sabe ceder la palabra a un animal o a un niño. El libro está construido con una simetría de tres partes y nueve secciones que convierte la lectura en una experiencia de eco. Para los materiales promocionales, una formulación que el propio libro autoriza: un poemario que escucha lo que el ruido del mundo tapa, porque, como dice uno de sus versos, «hay sonidos / que enmudecen una vida entera.»