LÉXICO TÉCNICO Y POESÍA CONTEMPORÁNEA: MARTÍN YÁÑEZ FRENTE A LA POESÍA DE LA PRECISIÓN
Ángela Isabel de Claudia Soneira
Crítica e investigadora literaria independiente
ORCID: 0009-0006-7247-1052
1. Introducción
Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez (Editorial Poesía eres tú, 2026), despliega a lo largo de sus veintiún poemas un campo léxico técnico particularmente denso: términos procedentes de la ingeniería civil (hormigón, encofrado, vigas, fraguar), de la química (polímero, resina, alcaloide), de las matemáticas (elipse, radicación, teorema, cifra significativa) y de la informática (algoritmo, registro, sistema, procesa). Este artículo se propone examinar ese repertorio léxico a la luz de una tendencia identificable, aunque heterogénea, dentro de la poesía española contemporánea: la incorporación sistemática de vocabulario científico-técnico al discurso lírico, tendencia que aquí se denomina, de manera operativa y no como escuela cerrada ni etiqueta oficialmente consagrada, “poesía de la precisión”.
El término se propone por analogía con el sentido que el Diccionario de la Real Academia Española atribuye a “precisión” —”determinación, exactitud, puntualidad, concisión”— y designa, en el uso que aquí se le da, un conjunto de prácticas poéticas contemporáneas que comparten la voluntad de incorporar al poema el léxico y, en ocasiones, el propio método de las disciplinas científicas y técnicas, buscando en la exactitud del término especializado una vía de conocimiento poético distinta de la vaguedad connotativa que domina buena parte de la tradición lírica heredada. Esta monografía toma como referentes de esa tendencia, documentados por la crítica académica reciente, los casos de Agustín Fernández Mallo (físico y poeta, creador de la “Postpoesía”), Clara Janés (cuya obra tardía incorpora el pensamiento pitagórico y la física cuántica), David Jou (físico catedrático y poeta catalán) y María Cegarra Salcedo (química de profesión, poetisa murciana estudiada por Pilar Díez de Revenga Torres).
La pregunta central de este artículo es la siguiente: ¿participa Desde el Tártaro de esta misma lógica de precisión —el léxico técnico puesto al servicio de un conocimiento más exacto de la realidad—, o realiza, por el contrario, una operación distinta, incluso opuesta, en la que el vocabulario científico-técnico no ilumina ni precisa nada, sino que se convierte en síntoma de una obsesión, de un colapso o de una incomunicación que la precisión terminológica, paradójicamente, no hace sino agravar? Se sostendrá que Martín Yáñez comparte con la poesía de la precisión el repertorio léxico, pero invierte su función: donde Fernández Mallo, Janés o Jou emplean la ciencia para ensanchar el conocimiento poético del mundo, Martín Yáñez la emplea para nombrar, con la mayor exactitud posible, la imposibilidad de conocer, de comunicarse o de sanar.
El corpus de este artículo es el poemario completo de Martín Yáñez, con atención particular a los poemas de mayor densidad léxica técnica: “Instante múltiplo”, “Romance matemático fallido”, “Discordancia romántica”, “Septentrión”, “Hormigón crudo”, “Sustancia perpetua”, “Yonki de la jerarquía” y “Mejor imposible”. Se recurre, como marco crítico complementario, a la distinción que Pilar Díez de Revenga Torres establece entre “lengua técnica”, denotativa y unívoca, y “lengua literaria”, connotativa y afectiva, así como al procedimiento formalista de “desautomatización” descrito por Víktor Shklovski, que permite explicar por qué el léxico técnico, trasplantado al poema, recupera una capacidad de extrañamiento que su uso profesional cotidiano le había arrebatado.
2. El campo semántico técnico en Desde el Tártaro: un inventario
Antes de proceder al análisis comparativo, conviene establecer con precisión —valga la insistencia en el término— el inventario del léxico técnico que recorre el poemario, organizado por campos disciplinares. Del campo de la construcción y la ingeniería civil proceden: “hormigón”, “encofrado”, “vigas”, “fraguando”, “columna” (en “Hormigón crudo”); “estrato” (en “Yonki de la jerarquía”); “estructural” (en el mismo poema y en “Discordancia romántica”, donde se habla de “anatomía ramplona” y “ensamblaje de despojos”, vocabulario próximo al montaje mecánico). Del campo de la química y los materiales sintéticos: “resina”, “polímero”, “vertedero” (en “Sustancia perpetua”); “alcaloide” (en “Yonki de la jerarquía” y en “Discordancia romántica”); “silicio” (en “Septentrión”).
Del campo de las matemáticas y la geometría: “elipse hecha de cobre”, “antónimo de una serie de teoremas elegantes”, “combinatoria”, “cifra significativa”, “proporción divina”, “radicación última” y “deducción reflexiva pétrea” (todo ello concentrado en el breve poema “Romance matemático fallido”). Del campo de la informática y la cibernética: “algoritmo arrítmico”, “entropía sin tregua” (“Discordancia romántica”); “registro”, “receptor que procesa”, “secuencia”, “reflejo degradado sin señal” (“Septentrión”); “el miedo es solo un fallo en el sistema” (“Frecuencia de corte”). Del campo de la medicina clínica: “isquemia del terror”, “córnea”, “cavidades hambrientas” (“Al final de la escalera”); “cartílago atrófico”, “autómata biológico”, “simetría” (“Mejor imposible”); “necrosis”, “mutación química” (“La metamorfosis”).
Este inventario revela, en primer lugar, que el recurso al léxico técnico en Desde el Tártaro no se limita a un único campo disciplinar, como ocurre en buena parte de los casos que la crítica ha estudiado bajo la etiqueta de poesía científica —Jou, especializado casi en exclusiva en física y cosmología; Janés, en matemáticas y misticismo pitagórico—, sino que combina, en un mismo poemario e incluso dentro de un mismo poema, vocabulario de la construcción, la química, las matemáticas, la informática y la medicina. Esta heterogeneidad disciplinar constituye, como se argumentará en los epígrafes siguientes, uno de los rasgos distintivos de la propuesta de Martín Yáñez frente a sus posibles referentes dentro de la poesía de la precisión: no elige una disciplina como sistema de pensamiento privilegiado, sino que recorre varias, como si ninguna bastara por sí sola para nombrar la experiencia que el poemario quiere transmitir.
Es significativo, en segundo lugar, que este vocabulario técnico no aparezca nunca en el poemario acompañado de su correspondiente aparato explicativo o divulgativo: a diferencia de lo que ocurre en la poesía de Jou —que en ocasiones incluye notas o dedica poemarios enteros a la exposición de un concepto físico concreto, como en Iniciación al mundo cuántico— o de Fernández Mallo —cuya obra ensayística Postpoesía desarrolla explícitamente el marco teórico que sus poemas presuponen—, Martín Yáñez no ofrece al lector ninguna clave de lectura científica: el término técnico aparece desnudo, sin glosa, confiando en que su extrañeza misma —y no su correcta comprensión conceptual— produzca el efecto poético buscado. Esta ausencia deliberada de aparato divulgativo será, como se verá, uno de los indicios más claros de que la función del léxico técnico en Desde el Tártaro difiere radicalmente de la que cumple en los casos canónicos de la poesía de la precisión.
3. La “poesía de la precisión”: una categoría operativa para la poesía española contemporánea
Raquel Lanseros, en su estudio “Ciencia en verso: una aproximación a la asimilación de la ciencia en la poesía española contemporánea” (2020), constata que “los avances científicos y tecnológicos de nuestra era forman parte de la cotidianidad de millones de personas” y que “el lenguaje científico y tecnológico se hace hueco diario en los medios de comunicación”, fenómeno que, según su análisis, se refleja también en la poesía española actual a través de autores como David Jou, Javier Moreno, Agustín Fernández Mallo o Ana Tapia. Esta constatación empírica —realizada desde la filología, no desde la crítica impresionista— permite fundamentar la existencia de una tendencia real, verificable, dentro de la poesía española contemporánea, que aquí se agrupa bajo la etiqueta operativa de “poesía de la precisión”: no como movimiento organizado con manifiesto propio, sino como conjunto de prácticas poéticas afines por su recurso sistemático al léxico y, en ocasiones, al método de las ciencias exactas y naturales.
Luis Correa-Díaz, en su estudio sobre “ciencia/tecnología/sociedad media(lizada) en la poesía española contemporánea” (2020), documenta esta misma tendencia desde una perspectiva más amplia, situándola dentro del proceso general de mediatización tecnológica de la sociedad contemporánea. Pilar Díez de Revenga Torres (2003), por su parte, ofrece el marco teórico más preciso para distinguir la lengua técnica de la lengua literaria: la primera, señala, “es un instrumento de comunicación formal y funcional entre especialistas de una determinada materia”, denotativa y tendencialmente unívoca; la segunda, “connotativa”, está “cargada de afectividad” y “sirve para exteriorizar emociones”. La poesía de la precisión, en cualquiera de sus variantes, se caracteriza precisamente por tender un puente entre ambos registros: incorpora términos de la lengua técnica —unívocos, denotativos, especializados— al discurso literario, buscando que esa misma univocidad terminológica genere, por contraste con el uso poético habitual, un efecto de extrañamiento o de precisión emocional antes inexistente.
El caso paradigmático de esta operación es el que analiza Díez de Revenga Torres en la obra de María Cegarra Salcedo, química de profesión y poetisa murciana, cuya escritura incorpora vocabulario minero y químico de su entorno biográfico y profesional inmediato: “amapolas de sílice”, cita textualmente Díez de Revenga Torres, se comprende plenamente solo si se sabe que el sílice es un mineral, que es un tipo de ópalo y que puede presentarse en color rojo. La incorporación del léxico técnico en Cegarra Salcedo no es, por tanto, un capricho estilístico, sino la expresión literaria directa de un mundo vivido, profesional y biográficamente próximo a la autora: la química no es, para Cegarra Salcedo, adorno retórico, sino experiencia cotidiana que reclama expresión poética con sus propios términos.
Esta misma lógica de proximidad biográfica entre disciplina técnica y escritura poética se repite en los casos de David Jou (físico catedrático que declara en su autobiografía haber tenido “una certa facilitat pel pensament abstracte” que lo decantó “per una poesia més aviat metafísica, en la qual conflueixen la ciència i la religió”) y de Agustín Fernández Mallo, quien en entrevista concedida a La Tercera (2018) afirma explícitamente: “desde que empecé a estudiar ciencias veía que en ellas había algo estético, cierta belleza, y he tratado de reflejarlo en mis novelas y poemas”, y añade que, para él, “la actitud del poeta y la del científico es la misma: redefinir lo que hasta ese momento creíamos estable y cerrado”. En los tres casos —Cegarra Salcedo, Jou, Fernández Mallo—, el léxico técnico entra en el poema porque el poeta es, de manera literal y biográficamente verificable, practicante de la disciplina científica de la que ese léxico procede: la precisión terminológica refleja una precisión vital, profesional, de conocimiento efectivo de la materia nombrada.
4. Física, ingeniería y poesía: Agustín Fernández Mallo y la Postpoesía
Candelas Gala, en su monografía La emboscada postpoética de Agustín Fernández Mallo: física, cognición, contemporaneidad, entropía (2021), analiza cómo la propuesta de “Postpoesía” del físico y poeta gallego busca “recobrar un lenguaje enlazado con la materia y renovar su valor cognitivo” mediante derivas que ponen la poesía en diálogo directo con la física, particularmente con la física cuántica de Heisenberg y Bohr. Carlos Gámez Pérez (2020) complementa este análisis situando el llamado Proyecto Nocilla —la trilogía narrativa de Fernández Mallo— dentro del “giro afectivo” de la teoría cultural contemporánea, y subraya que “es el tratamiento de la ciencia que hace el autor lo que nos permite considerar su trilogía como una obra afectiva”.
Lo relevante, para los efectos de este artículo, es que en Fernández Mallo el vocabulario científico —el principio de incertidumbre de Heisenberg, la complementariedad de Bohr, la entropía termodinámica— cumple una función explícitamente cognitiva y epistemológica: sirve para pensar, mediante metáfora productiva, la condición del sujeto contemporáneo, la naturaleza fragmentaria de la identidad posmoderna, la interconexión en red de la experiencia global. La propia declaración del autor, recogida en la entrevista de La Tercera, resulta elocuente: “la metáfora es un fundamental mecanismo de conocimiento del mundo y de creación de mundo, también las ciencias se valen de las metáforas para construir su corpus más sólido”. La ciencia, para Fernández Mallo, no es un repertorio de imágenes decorativas, sino un instrumento de conocimiento que la poesía puede y debe compartir.
Frente a esta función cognitiva explícita, el léxico técnico de Desde el Tártaro no articula, en ningún momento del poemario, una reflexión epistemológica sobre la naturaleza de la realidad comparable a la que Fernández Mallo desarrolla en torno a la incertidumbre cuántica o la entropía termodinámica. El “algoritmo arrítmico” de “Discordancia romántica” no ilumina ninguna propiedad general de los sistemas computacionales, ni el “hormigón” de “Hormigón crudo” reflexiona sobre la resistencia de materiales como disciplina: en ambos casos, el término técnico se aplica directamente y sin mediación teórica a la experiencia subjetiva del hablante, sin que el poema se detenga a extraer de esa aplicación ninguna conclusión sobre la disciplina de origen. Esta ausencia de reflexión metacientífica constituye la primera diferencia sustantiva entre el procedimiento de Martín Yáñez y el de Fernández Mallo: donde este último piensa la física para pensar el mundo, aquel usa el vocabulario de varias disciplinas técnicas para nombrar, sin pretensión reflexiva alguna, un estado interior de colapso.
5. Matemáticas y misticismo numérico: Clara Janés y el pitagorismo poético
Felix K. E. Schmelzer, en “Los versos pitagóricos de Clara Janés” (2018), analiza cómo la poesía tardía de la autora madrileña incorpora el pensamiento matemático, en particular la tradición pitagórica, para “insinuar el misterio inefable de la creación que, en última instancia, también designa la creación poética”. En Janés, según muestra Schmelzer, el número no es un signo vacío de significado espiritual, sino, por el contrario, el vehículo privilegiado de una experiencia mística y cosmológica: la exactitud matemática se pone al servicio de la insinuación de un misterio que trasciende, precisamente, la propia exactitud.
Esta función mística y trascendente del número en Janés contrasta de manera elocuente con el tratamiento que Desde el Tártaro reserva a las matemáticas. En “Instante múltiplo”, el número —”38″— no remite a ningún misterio cósmico ni a ninguna tradición filosófica, sino que funciona, según el propio poema declara, como un mecanismo de evasión mental ante el sufrimiento: «Ese es el número que mi mente / ha elegido para abstraerse / mientras intento ignorar / los ladridos discordantes». El número se repite obsesivamente —«38: / Y vuelve el dígito a pavonearse»; «38: / La mojigatería altanera»— hasta culminar en la precisión casi administrativa de una hora exacta: «38: Son las 19:19». Esta precisión numérica extrema —la hora exacta, con sus dos puntos y sus cuatro cifras— no insinúa ningún misterio inefable, como en Janés, sino que documenta, con la exactitud de un parte clínico, el instante preciso de un colapso mental que se repite sin desarrollo ni trascendencia.
“Romance matemático fallido” desarrolla una operación similar con el vocabulario geométrico: «Sumido en una indefinición de valores, / arrastrado por una elipse hecha de cobre, / antónimo de una serie de teoremas elegantes». Aquí el poema invoca explícitamente la elegancia matemática —los “teoremas elegantes”— solo para declararse su “antónimo”: el hablante no participa de la armonía formal que la matemática promete, sino de su contrario, una “indefinición de valores” que ninguna ecuación puede resolver. El poema cierra con la imagen de los “planos paralelos”, figura geométrica que, por definición axiomática, jamás puede intersecarse: «Planos paralelos fuimos al final: / radicación última en mi deducción reflexiva pétrea». Mientras que en Janés la matemática abre una vía de conocimiento místico del mundo, en Martín Yáñez la geometría certifica, con precisión axiomática e irrefutable, la imposibilidad definitiva del encuentro amoroso: la exactitud matemática, aquí, no consuela ni ilumina, sino que sentencia.
Esta inversión de la función tradicionalmente atribuida al pensamiento matemático dentro de la poesía de la precisión —de instrumento de conocimiento trascendente a instrumento de constatación irrevocable del fracaso— constituye, junto con la observada respecto de Fernández Mallo, una segunda divergencia sustantiva entre Desde el Tártaro y sus posibles referentes dentro de esta tendencia poética contemporánea.
6. Química y biografía: María Cegarra Salcedo y la lengua técnica como lengua vivida
El caso de María Cegarra Salcedo, estudiado por Díez de Revenga Torres, resulta particularmente productivo para el análisis de Desde el Tártaro porque permite plantear con claridad la pregunta de la proximidad biográfica entre el hablante lírico y la disciplina técnica de la que toma su vocabulario. Cegarra Salcedo era, como se ha señalado, química de profesión; su entorno cotidiano —el laboratorio, la mina, la enseñanza de la química— explica de manera directa y verificable la presencia en su poesía de términos como “amapolas de sílice”.
El poemario de Martín Yáñez no ofrece, en cambio, ningún dato biográfico verificado sobre el autor que permita establecer una relación equivalente entre su vocabulario técnico y una eventual formación o profesión en ingeniería, química o informática; y esta investigación, siguiendo el principio editorial de no fabricar ni presuponer datos biográficos no confirmados, se abstiene de proponer cualquier hipótesis en ese sentido. Lo que sí puede afirmarse, desde el análisis puramente textual, es que el vocabulario técnico de Desde el Tártaro no se presenta, en ningún poema, con el mismo grado de precisión disciplinar interna que exhibe el de Cegarra Salcedo: mientras que “amapolas de sílice” exige, para su plena comprensión, un conocimiento mineralógico específico y verificable (que el sílice es un tipo de ópalo, que puede presentarse en tonalidades rojas), términos como “resina”, “polímero” o “algoritmo” en Martín Yáñez se emplean en su acepción más general y de mayor circulación en la lengua común contemporánea, sin el grado de especificidad técnica interna que caracteriza el léxico de una química de profesión escribiendo sobre su propio oficio.
Esta diferencia de grado —no de naturaleza— es importante: no se trata de que el léxico de Martín Yáñez sea menos “técnico” en sentido absoluto, sino de que su técnica no remite a un saber experto profundo y biográficamente arraigado, sino a la capa de vocabulario científico-técnico que, como señala la propia Lanseros en su estudio, se ha filtrado ya a la “cotidianidad de millones de personas” a través de “los medios de comunicación”. El léxico técnico de Desde el Tártaro es, en este sentido preciso, un léxico de divulgación asimilada, no de especialización profesional: hormigón, resina, algoritmo y polímero son términos que cualquier hablante contemporáneo medianamente informado puede emplear con propiedad aproximada, sin necesidad de formación técnica específica, lo que explica —y esto es crucial para el argumento de este artículo— por qué su función en el poemario no es transmitir conocimiento experto, como en Cegarra Salcedo, sino nombrar, con el vocabulario disponible en la cultura contemporánea general, una experiencia de colapso subjetivo que ningún vocabulario, por técnico que sea, logra en última instancia resolver.
7. La “sinceridad” del léxico: de la exactitud denotativa a la ambigüedad connotativa
Retomando la distinción de Díez de Revenga Torres entre lengua técnica (denotativa, unívoca) y lengua literaria (connotativa, afectiva), puede afirmarse que Desde el Tártaro realiza sistemáticamente una operación de trasvase del primer registro al segundo sin que, en ningún momento, el término técnico pierda del todo su anclaje denotativo original. Cuando el poema afirma que «Las vigas de la columna se oxidan» (“Hormigón crudo”), el verbo “oxidarse” conserva plenamente su sentido denotativo, químicamente preciso —la reacción de oxidación del hierro presente en el armado del hormigón—, y es precisamente esa precisión denotativa la que permite que el verso adquiera, por aplicación metafórica al “tiempo”, una connotación afectiva de deterioro lento e irreversible que ningún adjetivo puramente lírico —”triste”, “melancólico”— podría transmitir con la misma exactitud material.
Esta operación —conservar la precisión denotativa del término técnico mientras se le hace producir una connotación afectiva nueva— coincide, en su mecanismo formal, con la que George Lakoff y Mark Johnson describen en Metaphors We Live By (1980) bajo el concepto de “metáfora conceptual”: pensar el tiempo como “mezcla densa” que “se endurece” (verso de “Hormigón crudo”) no es un simple adorno retórico, sino la activación de un marco conceptual completo —el del fraguado del hormigón, con su fatiga, su óxido, su colapso estructural— que estructura y hace pensable una experiencia —el paso del tiempo bajo la enfermedad— que de otro modo permanecería difusa e inarticulada.
Es en este punto donde el análisis de Natalia Campos Martín (2008) sobre la traducción de textos poéticos y científico-técnicos resulta pertinente: Campos Martín defiende que los textos técnicos aspiran a significados “unívocos, sin las ambigüedades del lenguaje estándar”, mientras que el texto poético construye su sentido mediante “una sutil madeja de metáforas, aliteraciones y correspondencias fono-semánticas” que resisten cualquier univocidad. Desde el Tártaro se sitúa, precisamente, en la frontera que separa ambos regímenes: toma términos que en su contexto de origen —la ingeniería, la química, la informática, la medicina— son estrictamente unívocos y denotativos, y los somete a la “madeja” connotativa del poema, sin que el resultado deje nunca de recordar, en algún grado, su procedencia técnica original. Esta tensión entre univocidad heredada y ambigüedad poética adquirida es, en última instancia, la fuente principal del efecto de extrañamiento que produce la lectura del poemario.
8. Instante múltiplo y Romance matemático fallido: la precisión al servicio de la obsesión
Conviene detenerse con mayor detalle en “Instante múltiplo”, el poema de mayor extensión y densidad léxico-técnica del libro, para mostrar cómo la precisión numérica se pone sistemáticamente al servicio de la obsesión y no del conocimiento. El poema se estructura mediante la repetición anafórica del número «38», que aparece siete veces a lo largo de las tres estrofas que lo componen, siempre en idéntica posición inicial de verso, como si el propio poema estuviera atrapado en el mismo bucle numérico que describe. El léxico que rodea esa cifra combina, en un mismo verso, vocabulario médico-anatómico («cervicales», «occipitales», «humerales»), químico-metalúrgico («esquirlas oxidadas», «podredumbre férrica») y astronómico-óptico («caleidoscopio / monocromático»).
Esta acumulación de campos técnicos dispares en torno a una única obsesión numérica es reveladora: a diferencia de la poesía de la precisión en sentido estricto —que suele mantener una relativa coherencia disciplinar, como ocurre con la física en Fernández Mallo o Jou, o con la química en Cegarra Salcedo—, Martín Yáñez mezcla deliberadamente vocabularios técnicos heterogéneos para representar un estado mental en el que ninguna disciplina, por sí sola, basta para contener la experiencia que el poema describe. La cifra «38» funciona, en este sentido, no como resultado de un cálculo que aporte información nueva sobre el mundo —como ocurriría en un poema genuinamente cientificista—, sino como un significante vacío de contenido matemático real, un número cualquiera que la mente ha “elegido” arbitrariamente, según declara el propio verso inicial, “para abstraerse”.
“Romance matemático fallido” desarrolla, en un registro más contenido pero igualmente revelador, la misma lógica. El poema convoca sucesivamente la elipse, el teorema, la combinatoria, la cifra significativa, la proporción divina y la radicación —un repertorio geométrico y algebraico notablemente amplio para apenas doce versos—, pero cada uno de estos términos se introduce únicamente para negar, en el verso inmediato o en la estrofa siguiente, su capacidad de aportar orden o resolución: la elipse es “hecha de cobre” (materialidad que contradice la pureza abstracta de la figura geométrica ideal), los teoremas son “elegantes” pero el hablante es su “antónimo”, la “proporción divina” —alusión directa a la razón áurea, símbolo tradicional de armonía matemática perfecta— se aplica aquí a “dos figuras excéntricas en paradoja sibilina”, es decir, precisamente a la ausencia de la armonía que la proporción divina debería garantizar. La precisión matemática, en ambos poemas, se convoca solo para ser sistemáticamente desmentida por el contenido afectivo que rodea cada término: es una precisión que se declara a sí misma insuficiente, o de manera más exacta, una precisión puesta al servicio de nombrar, con la mayor exactitud posible, la propia imprecisión existencial del hablante.
9. Yonki de la jerarquía y Discordancia romántica: léxico informático y químico-industrial
“Discordancia romántica” introduce el vocabulario informático de manera más explícita que ningún otro poema del libro: «Fuga perpetua / en transición pasajera. / Algoritmo arrítmico, / entropía sin tregua». El término “algoritmo” —procedimiento matemático-computacional definido precisamente por su determinismo y su regularidad de ejecución— se califica aquí de “arrítmico”, adjetivo que introduce una contradicción interna en el propio concepto: un algoritmo, por definición, no puede carecer de ritmo regular sin dejar de ser tal. Esta paradoja terminológica —el algoritmo que ha perdido su propiedad definitoria— constituye, dentro del vocabulario informático del poema, el equivalente exacto de los “planos paralelos” de “Romance matemático fallido”: una figura técnica que se convoca precisamente para señalar el punto en que la técnica deja de funcionar según sus propias reglas.
“Yonki de la jerarquía” combina, por su parte, vocabulario químico-farmacológico («alcaloide de piel rígida», el propio título que convierte la “jerarquía” en sustancia adictiva) con vocabulario informático-administrativo («Cronometra la entropía, / disecciona tu mundo», «Vomita la ciencia, falsea los números»). Es interesante notar que este último verso —«falsea los números»— introduce, de manera casi metacrítica, la posibilidad de que la propia precisión numérica que domina el poemario sea, en última instancia, una falsificación: los números no informan, sino que se “falsean”, en un gesto que socava desde dentro cualquier pretensión de objetividad científica que el vocabulario técnico pudiera sugerir a un lector desprevenido.
El poema “Septentrión” cierra este repertorio informático-industrial con una de las imágenes más densas del libro: «Usurpador del residuo mesiánico, / partitura de yodo, / reflejo degradado sin señal / sobre el opaco albor del silicio». El “silicio” —material semiconductor por antonomasia, base física de toda la computación contemporánea— aparece aquí calificado de “opaco”, cuando su propiedad física relevante para la industria electrónica es precisamente la posibilidad de controlar, mediante dopaje, su grado de conductividad entre la opacidad del aislante y la transparencia del conductor perfecto. Un “reflejo degradado sin señal” sobre el silicio es, en términos estrictamente técnicos, una descripción de fallo de transmisión de datos; aplicado, como hace el poema, a la relación entre el hablante y su interlocutor —«Eres el único receptor que procesa, / y la primera secuencia que huye»—, esa misma descripción técnica de fallo informático se convierte en la imagen más precisa posible de una comunicación afectiva que se ha interrumpido sin posibilidad de restablecerse.
10. Frente a la poesía de la precisión: la imprecisión deliberada de Martín Yáñez
El análisis de los epígrafes anteriores permite formular con mayor claridad la tesis central de este artículo: Desde el Tártaro comparte con la poesía de la precisión —Fernández Mallo, Jou, Janés, Cegarra Salcedo— el repertorio léxico técnico-científico, pero invierte sistemáticamente su función. Mientras que en los autores estudiados por Lanseros, Gala, Schmelzer y Díez de Revenga Torres el vocabulario técnico se pone al servicio de un conocimiento más preciso del mundo —físico, cósmico, místico, biográfico—, en Martín Yáñez ese mismo vocabulario se pone sistemáticamente al servicio de la constatación de un fracaso del conocimiento: los teoremas no resuelven, el algoritmo no calcula correctamente, los números se falsean, la señal se degrada, el hormigón se agrieta.
Esta inversión puede formularse como una paradoja constitutiva del poemario: Desde el Tártaro es, en términos de vocabulario, uno de los libros más “precisos” —más técnicamente exactos en su terminología— de cuantos pueden encontrarse dentro de la poesía española reciente que incorpora léxico científico; pero es, al mismo tiempo, en términos de contenido, uno de los libros que con mayor insistencia declara la imposibilidad de alcanzar precisión alguna sobre la propia experiencia subjetiva del hablante. “¿Qué unidad somos?, ¿quién eres?”, pregunta “Discordancia romántica” en medio de su vocabulario algorítmico más exacto; la pregunta permanece, al final del poema, exactamente tan abierta como al principio: «¿Qué somos… quién eres?».
Esta paradoja —máxima precisión léxica, máxima imprecisión existencial— es, en última instancia, la aportación crítica más singular de Desde el Tártaro al conjunto de prácticas poéticas que aquí se han agrupado bajo la etiqueta operativa de poesía de la precisión: demuestra que el vocabulario de la exactitud técnica no garantiza, por sí mismo, ningún incremento efectivo del conocimiento poético del mundo o del yo, y que puede ponerse, con la misma eficacia expresiva, al servicio del proyecto contrario: nombrar, con el máximo rigor terminológico disponible, la experiencia de no poder nombrar —ni comprender, ni resolver— aquello que verdaderamente importa.
11. Desautomatización: Shklovski y el extrañamiento del léxico técnico
El procedimiento formal que permite a Martín Yáñez producir este efecto de máxima precisión léxica al servicio de la máxima imprecisión existencial puede explicarse recurriendo al concepto de “desautomatización” que Víktor Shklovski desarrolla en “El arte como artificio” (1917): el arte, sostiene el formalista ruso, cumple su función devolviendo extrañeza a la percepción habitual, automatizada por el uso repetido. Miguel Rodrigo de Haro, en su estudio sobre “la vigencia del Shklovski postformalista” (2024), confirma que el asombro sigue funcionando, un siglo después de la formulación original, como “la nueva teoría de la desautomatización”.
El vocabulario técnico-científico contemporáneo —hormigón, algoritmo, polímero, silicio— está, en su uso profesional y en su uso divulgativo cotidiano, completamente automatizado: cualquier hablante contemporáneo lo emplea sin reparar en su extrañeza etimológica, en su precisión conceptual originaria, en la larga historia disciplinar que cada término condensa. Al trasplantar ese vocabulario automatizado al contexto inusual del poema lírico —tradicionalmente asociado a un registro afectivo, connotativo, alejado del tecnicismo—, Martín Yáñez realiza precisamente la operación de desautomatización que Shklovski describe: el lector, que había dejado de percibir el hormigón, el algoritmo o el polímero como objetos de asombro, se ve obligado, ante su aparición inesperada en el poema, a reparar de nuevo en su materialidad, en su extrañeza conceptual, en la precisión técnica que su uso cotidiano había desgastado.
Es esta desautomatización, y no la fidelidad a ningún conocimiento científico efectivo, la que explica el efecto poético del léxico técnico en Desde el Tártaro: no importa, para que el procedimiento funcione, que el hablante lírico domine o no la termodinámica del fraguado del hormigón o la lógica formal de los algoritmos; basta con que el término, extraído de su contexto habitual de uso automatizado, recupere en el poema su capacidad original de asombrar. Esta es, en definitiva, la diferencia de fondo respecto de la poesía de la precisión en sentido estricto: mientras que en Fernández Mallo, Jou o Cegarra Salcedo el asombro poético nace de un conocimiento técnico efectivamente dominado por el autor, en Martín Yáñez el asombro nace, de manera más general y quizás más democratizable, del simple extrañamiento formal producido por el desplazamiento de cualquier término técnico —dominado o no por quien escribe— hacia el contexto inhabitual del verso.
12. Discusión: convergencias y divergencias con la poesía de la precisión
A modo de balance, conviene sistematizar las convergencias y divergencias que este artículo ha ido identificando entre Desde el Tártaro y la tendencia contemporánea aquí denominada poesía de la precisión. Las convergencias son, principalmente, léxicas y procedimentales: ambos comparten el recurso sistemático al vocabulario técnico-científico como material poético legítimo, y ambos pueden explicarse, en última instancia, mediante el mecanismo formalista de la desautomatización descrito por Shklovski y actualizado por Rodrigo de Haro. Las divergencias, en cambio, son funcionales y, podría decirse, casi filosóficas: mientras que la poesía de la precisión en sentido estricto —Fernández Mallo, Jou, Janés, Cegarra Salcedo— emplea el léxico técnico para ensanchar el conocimiento poético del mundo, apoyándose además en una relación biográfica verificable entre el autor y la disciplina de origen del vocabulario, Martín Yáñez emplea ese mismo tipo de léxico, sin anclaje biográfico confirmado, para certificar con la máxima exactitud posible la imposibilidad de conocer, comunicarse o sanar.
Esta divergencia funcional permite, además, proponer una hipótesis complementaria sobre la posición de Desde el Tártaro dentro del panorama más amplio de la poesía española contemporánea: si la poesía de la precisión, en su versión canónica, expresa una confianza —moderada, crítica, pero real— en la capacidad del conocimiento científico-técnico para iluminar la experiencia humana, Desde el Tártaro representaría una variante escéptica o incluso negativa de esa misma tendencia, en la que el vocabulario de la exactitud se convoca precisamente para documentar los límites, y en última instancia el fracaso, de cualquier pretensión de precisión sobre la experiencia subjetiva más íntima: el dolor, la enfermedad, el amor fallido, la comunicación imposible.
Esta hipótesis no pretende, sin embargo, situar a Martín Yáñez en oposición radical o polémica frente a los autores estudiados por Lanseros, Gala o Schmelzer, sino más bien complementar el mapa crítico de la incorporación del léxico técnico a la poesía española contemporánea con un caso que ilustra su posible reverso: allí donde la crítica académica ha documentado abundantemente los casos en que la ciencia ilumina la poesía, Desde el Tártaro documenta, con no menor rigor formal, el caso en que la precisión técnica del lenguaje se convierte en el instrumento más exacto disponible para nombrar aquello que ninguna precisión, por rigurosa que sea, logra finalmente resolver.
Conclusiones
Este artículo ha examinado el denso campo léxico técnico-científico que recorre Desde el Tártaro, de Iván Martín Yáñez —términos procedentes de la ingeniería civil, la química, las matemáticas, la informática y la medicina clínica—, situándolo en relación con la tendencia contemporánea que aquí se ha propuesto denominar, de manera operativa y no como escuela cerrada, “poesía de la precisión”: un conjunto de prácticas poéticas españolas recientes, documentadas por la crítica académica de Raquel Lanseros, Luis Correa-Díaz, Pilar Díez de Revenga Torres, Candelas Gala y Felix K. E. Schmelzer, que incorporan sistemáticamente vocabulario y, en ocasiones, el propio método de las ciencias exactas y naturales al discurso lírico.
El análisis comparativo con los casos de Agustín Fernández Mallo (física y Postpoesía), Clara Janés (matemáticas y pitagorismo místico) y María Cegarra Salcedo (química y biografía profesional) ha permitido establecer que Desde el Tártaro comparte con estos referentes el repertorio léxico, pero invierte de manera sistemática su función: donde la poesía de la precisión en sentido estricto emplea el vocabulario técnico para ensanchar el conocimiento poético del mundo —apoyándose, además, en una relación biográfica verificable entre el poeta y la disciplina de origen de su léxico—, Martín Yáñez lo emplea, sin anclaje biográfico confirmado por esta investigación, para certificar con la máxima exactitud terminológica posible la imposibilidad de conocer, de comunicarse o de sanar.
Se ha mostrado, mediante el análisis detallado de “Instante múltiplo” y “Romance matemático fallido”, cómo la precisión numérica y geométrica del poemario se pone sistemáticamente al servicio de la obsesión —la cifra “38” que se repite sin desarrollo narrativo— y de la constatación irrevocable del fracaso afectivo —los “planos paralelos” que, por definición axiomática, jamás pueden encontrarse—. Se ha mostrado igualmente, a través de “Discordancia romántica”, “Yonki de la jerarquía” y “Septentrión”, cómo el vocabulario informático y químico-industrial del libro documenta sistemáticamente el fallo del sistema, la falsificación de los números y la degradación de la señal, en lugar de su correcto funcionamiento predictivo.
El marco teórico de Pilar Díez de Revenga Torres sobre la distinción entre lengua técnica (denotativa, unívoca) y lengua literaria (connotativa, afectiva) ha permitido explicar el mecanismo formal preciso de esta operación: Martín Yáñez conserva el anclaje denotativo del término técnico —la oxidación química real del hierro, el determinismo real del procedimiento algorítmico— mientras lo somete a una connotación afectiva nueva, en una operación que coincide, en su estructura, con el concepto de “metáfora conceptual” de Lakoff y Johnson, y que puede explicarse en su efecto de extrañamiento mediante el procedimiento de “desautomatización” que Víktor Shklovski formuló en 1917 y que Miguel Rodrigo de Haro ha confirmado vigente en 2024.
La conclusión general de este artículo es que Desde el Tártaro no debe leerse simplemente como una imitación tardía o menor de la poesía de la precisión canónica, sino como una variante crítica y en cierto sentido reversa de esa misma tendencia: un poemario que demuestra, mediante un despliegue léxico de notable rigor y variedad disciplinar, que la exactitud terminológica de la ciencia y la técnica puede ponerse, con idéntica eficacia poética, al servicio del proyecto contrario al que habitualmente se le atribuye —no iluminar el conocimiento del mundo, sino documentar, con la máxima precisión posible, los límites de ese conocimiento cuando se aplica a la experiencia más íntima e inefable del sufrimiento, el amor fallido y la enfermedad. Esta aportación, se sostiene aquí, enriquece el mapa crítico de la incorporación del léxico técnico a la lírica española contemporánea con un caso que merece ser tenido en cuenta en cualquier estudio futuro sobre la materia.
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Autor/a: Ángela Isabel de Claudia Soneira
DOI / Zenodo: https://zenodo.org/uploads/21362918




