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Escritura creativa y gestión emocional: el testimonio clínico-poético de «Caminantes»

Introducción

La relación entre la escritura y la elaboración del sufrimiento constituye uno de los territorios más fértiles del cruce entre la psicología y los estudios literarios. La psicología contemporánea ha documentado de manera consistente que la traducción de la experiencia emocional a lenguaje estructurado favorece su procesamiento y mitiga sus efectos adversos sobre la salud. La literatura, por su parte, ha sabido siempre que escribir el dolor es un modo de habitarlo. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), ofrece un caso privilegiado para examinar ese cruce, pues lo encarna en su misma génesis: la autora, psicóloga clínica de formación, declara haber escrito el libro como instrumento de elaboración de su propio duelo.

Este artículo sostiene la siguiente tesis: Caminantes puede leerse como una realización poética del paradigma de la escritura expresiva, en la medida en que la obra no solo tematiza la elaboración del duelo, sino que la ejecuta mediante procedimientos formales que reproducen el proceso terapéutico de integración del trauma. No se trata de reducir el poemario a un documento clínico ni de evaluar su eficacia psicológica, sino de mostrar la convergencia entre la lógica de la escritura terapéutica y la lógica poética del libro, y de analizar cómo la autora articula su doble condición de profesional de la salud mental y de sujeto en duelo.

El análisis se apoya en el modelo de la escritura expresiva formulado por James W. Pennebaker, en la síntesis de la evidencia clínica realizada por Kirsten Baikie y Kay Wilhelm, y en el modelo de tareas del duelo de J. William Worden, con referencia al concepto freudiano de trabajo del duelo. Sobre este marco, se examinará la nota preliminar de la autora como declaración de poética terapéutica, y se mostrará cómo los poemas del libro realizan, en su forma, la transformación del caos emocional en relato integrado que la teoría describe.

El paradigma de la escritura expresiva

El estudio sistemático de los efectos de la escritura sobre la salud emocional tiene su origen en los trabajos de James W. Pennebaker, cuyo paradigma experimental, desarrollado a partir de la década de 1980 y sintetizado en Opening Up: The Healing Power of Expressing Emotions, demostró que escribir sobre experiencias emocionalmente perturbadoras produce beneficios medibles en la salud física y psíquica. El procedimiento clásico consiste en escribir de forma continuada durante varios días sobre la experiencia traumática, explorándola desde distintas perspectivas hasta articular un relato coherente.

El hallazgo central de esta línea de investigación es decisivo para el análisis que aquí se propone: la mera descarga emocional no basta para producir beneficios; estos requieren la traducción de la experiencia a lenguaje. No es el desahogo, sino la verbalización estructurada, lo que favorece el procesamiento del trauma. Pennebaker sostiene que la escritura obliga a organizar la experiencia, a darle forma narrativa, y que ese trabajo de organización es el que permite integrar lo vivido. El paso del caos afectivo a la estructura verbal constituye, así, el núcleo del efecto terapéutico.

Esta concepción tiene una afinidad evidente con la operación poética. Si la escritura expresiva exige traducir la emoción a lenguaje organizado, la poesía es la forma más alta de esa organización: somete la experiencia no solo a la sintaxis, sino al ritmo, a la imagen, a la estructura. Caminantes lleva el paradigma de Pennebaker a su grado extremo, pues no se limita a narrar el duelo, sino que lo somete a la disciplina de la forma poética. La autora, que conoce este marco por su formación, lo declara explícitamente cuando afirma haber recurrido a la escritura creativa para reordenar sus pensamientos y emociones, y ese reordenamiento es, precisamente, el trabajo que la escritura expresiva describe.

La evidencia clínica de la escritura terapéutica

La consolidación del paradigma de la escritura expresiva como herramienta clínica ha sido documentada en numerosas revisiones. La síntesis de Kirsten Baikie y Kay Wilhelm, publicada en Advances in Psychiatric Treatment, recoge los beneficios emocionales y físicos observados en estudios controlados: reducción de síntomas depresivos y ansiosos, mejora del bienestar psicológico y efectos positivos sobre indicadores fisiológicos. Las autoras subrayan que la escritura resulta especialmente útil en el procesamiento de pérdidas y duelos, donde la verbalización de la experiencia facilita la reorganización cognitiva y emocional.

Lo relevante de esta evidencia para el análisis literario no es su valor estadístico, sino el modelo de funcionamiento que propone. La escritura terapéutica opera mediante la construcción de un relato coherente que integra el acontecimiento traumático en la biografía del sujeto. El trauma, por definición, resiste la integración: irrumpe como un exceso que la conciencia no puede asimilar. La escritura ofrece el marco en el que ese exceso puede ser progresivamente elaborado, nombrado, ordenado. La coherencia narrativa no es un efecto secundario, sino el mecanismo mismo de la curación.

Caminantes exhibe este mecanismo con claridad. El poemario no es una colección dispersa de textos sobre la pérdida, sino una estructura ordenada en tres secciones —Encuentro, Abrazos, Despedida— que reproducen un itinerario de integración. La obra construye, así, el relato coherente que la escritura terapéutica persigue: no narra el caos, sino que lo organiza en una secuencia con sentido. La autora declara que el poemario refleja «el proceso psicodinámico de la integración del trauma» (p. 9), y la estructura del libro realiza esa integración en el plano formal, transformando la dispersión del dolor en arquitectura.

Del trauma al relato: la integración narrativa

El concepto de integración narrativa permite precisar el modo en que Caminantes realiza el trabajo de la escritura expresiva. La teoría sostiene que la elaboración del trauma requiere convertir la experiencia fragmentaria en relato, dotarla de principio, desarrollo y sentido. El poemario de Martín Grande ejecuta esta operación mediante su disposición secuencial: comienza por el encuentro amoroso, reconstruye la plenitud del vínculo y solo después afronta la pérdida, para culminar en una transformación de lo perdido en memoria fértil.

Este orden es significativo desde el punto de vista terapéutico. La autora no comienza por la muerte —que sería el orden cronológico del trauma—, sino por el amor, lo que permite que la pérdida adquiera su peso y, sobre todo, que el trabajo de elaboración disponga de un material previo que integrar. La secuencia reproduce el procedimiento clínico de reconstruir el vínculo antes de despedirlo, de reactivar el objeto perdido para poder, finalmente, reubicarlo. El poemario narra, así, no el acontecimiento aislado de la muerte, sino el proceso completo de su elaboración.

La integración narrativa culmina en el poema final, donde la transformación se hace explícita: «Ahora, crecéis» (p. 66), repite la voz, y precisa que lo perdido se convierte «en semillas de versos» (p. 66). El verso condensa el resultado del trabajo de elaboración: lo que era herida se ha vuelto creación, lo que era pérdida se ha integrado como memoria que germina. La escritura ha cumplido su función terapéutica, no porque haya suprimido el dolor, sino porque lo ha integrado en un relato que le confiere sentido. Caminantes es, en este sentido, el registro de un proceso de integración llevado a término en el acto mismo de escribir.

La nota de la autora como declaración de poética terapéutica

La nota preliminar de Caminantes constituye un documento excepcional para el análisis, pues en ella la autora explicita la concepción terapéutica de la escritura que sustenta el libro. Allí declara que el poemario «nació para unir estos dos mundos míos: mi trayectoria como profesional de la salud mental y mi propia experiencia con el dolor de las pérdidas» (p. 9). La afirmación sitúa el origen del libro en la confluencia entre el saber clínico y la vivencia personal, y autoriza una lectura que ponga ambos en relación.

La nota precisa, además, el mecanismo. La autora afirma que su trabajo clínico le ha permitido «usar métodos de gestión emocional, como la escritura creativa y la poesía, para reordenar mis pensamientos y emociones» (p. 9), y describe el resultado como la transformación del desorden interno en «este libro de poemas» (p. 9). La formulación reproduce con exactitud el modelo de la escritura expresiva: el paso del desorden interno —el caos afectivo del trauma— a una forma compartible —el relato organizado—. La autora no solo practica la escritura terapéutica: la teoriza desde su doble competencia.

Es decisivo, sin embargo, el matiz que la nota introduce respecto a la teoría. La autora advierte que el lector «no encontrará un manual tradicional para el duelo, sino la vivencia de quien sabe que la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra» (p. 9). La declaración establece una distinción fundamental: el libro no expone el saber clínico, sino que lo encarna en la experiencia. La poesía no es aquí divulgación de la psicología, sino su realización vivida. Esta advertencia previene contra una lectura reduccionista que viera en el poemario una mera aplicación de teorías, y orienta el análisis hacia lo que el libro tiene de testimonio: la escritura terapéutica no descrita, sino ejercida.

La traducción del caos a la forma

El núcleo del análisis reside en mostrar cómo Caminantes realiza formalmente la transformación del caos emocional en estructura que la escritura expresiva describe. La autora declara haber logrado «transformar el desorden interno» (p. 9) en obra, y el poemario ejecuta esa transformación en cada uno de sus niveles. El más evidente es el de la imagen: la emoción informe se materializa en sustancias concretas, manipulables, que la voz puede ordenar. El amor se fija en imágenes minerales, la pérdida en objetos, el tiempo en horas que se cuentan y se guardan. La materialización es, en términos terapéuticos, una forma de dar asidero a lo que de otro modo permanecería difuso e inmanejable.

El poema «El presente abrillantado» ofrece una imagen explícita de este trabajo de ordenación: la voz declara «He sacado la escoba» «para barrer el olvido» (p. 41), y describe el acto de limpiar y pulir el presente como una tarea doméstica de reorganización. La metáfora del aseo traduce con precisión el trabajo de la escritura terapéutica: ordenar el espacio interior, despejar lo que estorba, preparar un presente habitable. La emoción no se reprime ni se niega; se gestiona, se dispone, se somete a un orden que la vuelve soportable.

Esta gestión formal de la emoción se aprecia también en el tratamiento del recuerdo como afán deliberado. En «El afán de la respiración», la voz afirma que «Recordarte es el afán» «para seguir respirando» (p. 53), formulando el recuerdo no como invasión involuntaria, sino como esfuerzo consciente de elaboración. El verso expresa la transformación del recuerdo doloroso en acto de supervivencia, que es precisamente el objetivo de la escritura terapéutica: convertir la rumiación pasiva en elaboración activa. La forma poética proporciona el marco de esa conversión, pues somete el recuerdo a la disciplina del verso y, al hacerlo, lo transforma de síntoma en obra.

La poesía frente al manual: los límites de la teoría

La advertencia de la autora sobre el desplome de la teoría merece un análisis detenido, pues define la especificidad de la escritura poética del duelo frente a la intervención clínica convencional. El poemario afirma, en «El incendio de la rabia», que «son cenizas y no sirven» (p. 47) las respuestas que ofrecen los libros ante el dolor de la pérdida. El verso establece una jerarquía: frente al saber expositivo, que se revela inútil en el momento del desgarro, se alza la palabra poética como única capaz de acompañar la experiencia.

Esta crítica de la teoría no es un rechazo del saber psicológico —que la autora posee y ejerce—, sino una afirmación de los límites del discurso expositivo ante el sufrimiento. La teoría explica el duelo; no lo acompaña. El manual describe las fases; no consuela a quien las atraviesa. La poesía, en cambio, no describe el dolor desde fuera, sino que lo dice desde dentro, y al decirlo crea un espacio de identificación en el que el doliente reconoce su experiencia. La escritura terapéutica, llevada a la poesía, gana en eficacia acompañante lo que pierde en sistematicidad expositiva.

El poema «El incendio de la rabia» dramatiza este contraste al dar voz a la rabia del duelo sin filtrarla por el discurso clínico. La voz declara que «un incendio de rabia» (p. 47) la arrasa, y expresa el deseo de haber dicho lo que calló. La escritura no domestica esta emoción: la nombra en toda su crudeza, y al nombrarla la elabora. Aquí se aprecia la diferencia entre la gestión clínica y la realización poética: el manual recomendaría reconocer la rabia; el poema la encarna, la pone en palabras, la convierte en forma. La poesía hace, así, lo que la teoría solo puede prescribir.

El duelo elaborado: del incendio a la semilla

La trayectoria emocional de Caminantes reproduce el itinerario de la elaboración del duelo descrito por la teoría. El modelo de tareas de Worden establece que el duelo exige aceptar la realidad de la pérdida, elaborar el dolor, adaptarse a la ausencia y reubicar emocionalmente al fallecido para continuar viviendo. El poemario recorre estas tareas en su secuencia: del reconocimiento de la pérdida en la sección de la despedida, a través de la elaboración del dolor en sus formas más crudas, hasta la reubicación final del ausente como presencia interior y memoria fértil.

El concepto freudiano de trabajo del duelo ilumina esta trayectoria. Para Freud, el duelo es un proceso lento por el que la libido se retira progresivamente del objeto perdido, reactivando cada recuerdo para poder finalmente desligarse. Caminantes reproduce este trabajo en su demora: el poemario no se apresura hacia la superación, sino que se detiene en cada recuerdo, lo reactiva, lo elabora. La escritura es el medio de esa reactivación: nombrar al ausente, convocarlo, dirigirse a él es reinvestirlo afectivamente para poder, al final, reubicarlo de otro modo.

La transformación culmina en la imagen de la semilla. Si el duelo comienza en el incendio de la rabia, termina en la germinación: lo perdido «crecéis en semillas de versos» (p. 66), y la voz declara que la memoria «al fin, germina». El paso del fuego a la semilla figura el resultado del trabajo del duelo: la energía destructiva de la pérdida se transforma en energía creadora. La escritura ha cumplido su función terapéutica, convirtiendo el desorden interno en obra y la herida en legado. El poema “La bendición del aire” lo formula con precisión al declarar que, para no morir el ausente, la voz «escribí» «tu nombre en este barro maleable» (p. 43): el acto de escribir es, literalmente, el medio de la elaboración, y el poema, su resultado.

La estructura dialógica como reactivación del vínculo

Un rasgo formal de Caminantes especialmente significativo desde la perspectiva terapéutica es su estructura dialógica. La práctica totalidad de los poemas se construye como apelación a un tú ausente, al que la voz se dirige, interroga y convoca. Esta forma no es un mero recurso retórico: reproduce el mecanismo que el modelo de Worden sitúa en el centro de la elaboración del duelo, la reubicación emocional del fallecido. Para reubicar al ausente, el doliente debe primero mantener vivo el vínculo, reactivarlo, dialogar con él; solo así puede transformarlo de presencia perdida en presencia interior.

La escritura ofrece el espacio privilegiado de esa reactivación. Dirigirse al ausente en el poema es reinvestirlo afectivamente, devolverle, siquiera ficticiamente, la condición de interlocutor. El poemario realiza este trabajo en cada apóstrofe: la voz no habla del muerto, sino con él, y en ese diálogo imposible elabora el vínculo. La estructura dialógica de Caminantes es, por tanto, la forma poética de la tarea terapéutica de reubicación: mantiene la relación el tiempo necesario para transformarla, y la transforma sin suprimirla.

Esta función explica por qué el poemario no busca el olvido ni la ruptura del vínculo, sino su metamorfosis. El duelo elaborado no consiste en dejar de amar al ausente, sino en aprender a amarlo de otro modo, en su nueva condición de memoria. El diálogo sostenido a lo largo del libro es el instrumento de ese aprendizaje, y su persistencia hasta el final del poemario demuestra que la elaboración no ha pasado por la negación del vínculo, sino por su lenta reconfiguración. La escritura terapéutica, en su versión poética, conserva para transformar.

La materialización del afecto como técnica de manejo emocional

La psicología del manejo emocional subraya la importancia de dar forma concreta a los estados afectivos difusos para poder regularlos. Nombrar una emoción, identificarla, situarla, es el primer paso de su gestión. Caminantes lleva esta operación al plano de la imagen: la emoción informe se convierte sistemáticamente en sustancia concreta, en objeto que la voz puede contemplar y manejar. Este procedimiento, que en el plano estético constituye la marca de estilo del libro, cumple en el plano terapéutico la función de externalizar el afecto para hacerlo manejable.

El recurso opera con particular eficacia en el tratamiento del tiempo del duelo. En lugar de enunciar abstractamente el transcurso doloroso, el poemario lo materializa en horas que se cuentan y se guardan, en estaciones que se suceden, en imágenes de sequía y germinación. La emoción se ancla en lo concreto, y al anclarse se vuelve aprehensible. La voz no se ve arrastrada por un afecto difuso e incontrolable, sino que dispone de objetos en los que depositarlo, ordenarlo y, finalmente, transformarlo. La materialización es, así, una técnica de regulación: convierte el desbordamiento en algo que tiene contornos.

Este procedimiento conecta con el hallazgo central de la escritura expresiva: lo terapéutico no es la descarga, sino la organización. Materializar la emoción en imágenes es una forma de organizarla, de someterla a la disciplina de lo concreto. El poemario demuestra que la imagen poética puede cumplir una función reguladora análoga a la del lenguaje narrativo en la escritura terapéutica: ambos dan forma a lo informe, y al darle forma lo vuelven elaborable. La aportación específica de la poesía es la intensidad de esa forma, que concentra en una imagen lo que la prosa diluiría en una explicación.

El lenguaje íntimo y la pérdida del código compartido

Un aspecto del duelo que la teoría suele desatender, pero que Caminantes aborda con originalidad, es la pérdida del lenguaje compartido. Toda relación íntima desarrolla un código privado, una lengua común hecha de sobrentendidos, apodos y giros que solo dos personas conocen. La muerte del otro implica la muerte de ese código, que se vuelve intraducible al quedar sin interlocutor. El poema «El lenguaje del encuentro» tematiza esta dimensión mediante la deformación deliberada del idioma: «Despáceme escribicio» (p. 14), escribe la voz, en una sucesión de neologismos que culmina en «Trabalenguas traviesos» (p. 14).

La función terapéutica de este poema es doble. Por un lado, conserva el lenguaje íntimo al reproducirlo en el texto, de modo que la escritura rescata del olvido un código que de otro modo desaparecería con el ausente. Por otro, lo elabora al someterlo a la forma poética, transformando lo que era pura pérdida en material creativo. El juego verbal, que la voz asocia explícitamente con la risa —«para reírnos de todo» «Para vivirnos de nuevo» (p. 14)—, introduce además un registro lúdico que contrasta con el tono elegíaco dominante y que cumple una función regenerativa: recordar la alegría compartida es parte del trabajo del duelo.

Este poema demuestra que la elaboración del duelo no se limita a procesar el dolor, sino que incluye la recuperación de lo gozoso. La escritura terapéutica, en su versión poética, no solo da forma a la pérdida, sino que rescata la totalidad del vínculo, incluida su dimensión lúdica e íntima. Caminantes integra, así, en su trabajo de elaboración, la lengua privada del amor, y al hacerlo demuestra una comprensión del duelo más rica que la de los modelos centrados exclusivamente en el procesamiento del trauma. Recuperar la risa compartida es también una forma de sanar.

Del ejercicio privado al don compartido

La culminación del proceso terapéutico que el poemario realiza no es la mera elaboración privada del duelo, sino su conversión en don compartido. La autora declara que ha logrado transformar su desorden interno en algo «que puedo compartir» (p. 9), y esa voluntad de compartir distingue a Caminantes del ejercicio íntimo de escritura que la terapia suele prescribir. El poemario no se escribe para ser guardado, sino para ser leído; no concluye en el alivio personal, sino en la oferta de compañía a otros dolientes.

Esta dimensión comunitaria del libro tiene un fundamento explícito en su concepción. La autora invita al lector a acompañarla «como un compañero de ruta» (p. 9), y formula el propósito último de la obra en la afirmación de que, mientras existan versos y abrazos compartidos, nadie camina solo. La escritura terapéutica trasciende aquí su función individual para convertirse en gesto de cuidado hacia los demás: el proceso íntimo de elaboración se ofrece como recurso para quien atraviese una pérdida semejante.

Esta transformación del ejercicio privado en don compartido define la especificidad de la poesía del duelo frente a la escritura terapéutica convencional. La terapia escribe para sanar a quien escribe; la poesía, además, sana a quien lee, al ofrecerle un espacio de reconocimiento e identificación. Caminantes realiza ambas funciones simultáneamente: elabora el duelo de su autora y acompaña el de sus lectores. En esa duplicación de la eficacia terapéutica —del autor al lector— reside la dimensión más valiosa del libro y la justificación última de su publicación. La obra demuestra que la escritura, cuando alcanza la forma del arte, multiplica su poder curativo al hacerse compartible.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) constituye una realización poética del paradigma de la escritura expresiva, en la medida en que la obra no solo tematiza la elaboración del duelo, sino que la ejecuta mediante procedimientos formales que reproducen el proceso terapéutico de integración del trauma. La convergencia entre la lógica de la escritura terapéutica y la lógica poética del libro se ha mostrado en varios planos: en la estructura secuencial que construye un relato coherente de integración, en la materialización de la emoción que la vuelve manejable, en el tratamiento del recuerdo como afán deliberado y en la trayectoria que conduce del incendio de la rabia a la semilla de la memoria.

El examen de la nota preliminar ha revelado que la autora teoriza explícitamente esta concepción terapéutica de la escritura, situando el origen del libro en la confluencia entre su saber clínico y su vivencia personal, y describiendo el poemario como la transformación del desorden interno en forma compartible. Pero el análisis ha mostrado también que el libro introduce un matiz decisivo respecto a la teoría: la poesía no expone el saber psicológico, sino que lo encarna; no describe el duelo, sino que lo dice desde dentro. La advertencia de la autora sobre el desplome de la teoría ante el desgarro del corazón define la especificidad de la escritura poética del duelo, que gana en eficacia acompañante lo que el discurso expositivo no puede ofrecer.

La aportación de este estudio al campo académico es doble. En primer lugar, ofrece una lectura de Caminantes que articula con rigor el marco de la psicología de la escritura expresiva y el análisis literario, evitando tanto la reducción del poema a documento clínico como el desconocimiento de su dimensión terapéutica declarada. En segundo lugar, propone un modelo de lectura aplicable a la creciente producción de poesía del duelo escrita por autores con formación clínica, un fenómeno que el cruce contemporáneo entre las humanidades y las ciencias de la salud hace cada vez más frecuente. La obra de Isabel Martín Grande, por su explícita conciencia del proceso que ejecuta, constituye un caso ejemplar de ese cruce.

En definitiva, Caminantes demuestra que la escritura creativa puede ser, simultáneamente, obra de arte y herramienta de gestión emocional, sin que ninguna de las dos dimensiones anule a la otra. El poemario realiza el trabajo del duelo en el acto de escribirlo, y al compartirlo lo ofrece como compañía a otros dolientes. La escritura terapéutica alcanza aquí su forma más alta: no la del ejercicio privado que se guarda, sino la de la obra que, habiendo elaborado el dolor de quien la escribe, se vuelve útil para quien la lee. En esa transformación del proceso íntimo en don compartido reside el logro mayor del libro y la razón de su interés para el estudio del cruce entre literatura y salud emocional.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582297

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