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ESPAÑA COMO TOPOS LÍRICO: EL VIAJE COMO CONSTRUCCIÓN DE IDENTIDAD

García Pérez-Tomás, Andrés. «Tesis de maestría: españa como topos lírico: el viaje como construcción de identidad en restauración de la belleza de josé carlos turrado de la fuente. una lectura geocrítica de la españa interior en la poesía española del siglo XXI». RESTAURACIÓN DE LA BELLEZA. 1.ª ed. Spain: Zenodo, 27 de febrero de 2026. https://doi.org/10.5281/zenodo.18807738

ESPAÑA COMO TOPOS LÍRICO: EL VIAJE COMO CONSTRUCCIÓN DE IDENTIDAD

EN RESTAURACIÓN DE LA BELLEZA

 

Autor del poemario: José Carlos Turrado de la Fuente

Editorial: Ediciones Rilke, Madrid, 2026

Tesis de maestría elaborada en el marco del Grupo Editorial Pérez-Ayala

 

 

ÍNDICE

 

  1. Introducción: el viaje como dispositivo poético
  2. Hipótesis de trabajo y metodología geocrítica
  3. Atlas cartográfico: los topónimos del poemario
  4. Las regiones de España en el poemario: distribución y peso simbólico
  5. El topónimo como anclaje experiencial: más allá del paisaje romántico
  6. La España interior y rural como contrapropuesta cultural
  7. El viajero como sujeto lírico: identidad en tránsito
  8. La fórmula “tierra adentro”: patria sin capital
  9. España como mujer: el territorio como cuerpo amado
  10. La España extraviada: modernidad, turismo y traición del litoral
  11. Los topónimos extranjeros: la geografía del yo frente a Europa y el mundo
  12. El epílogo y el no-lugar: la ciudad sin nombre
  13. Conclusiones
  14. Bibliografía

 

 

 

  1. INTRODUCCIÓN: EL VIAJE COMO DISPOSITIVO POÉTICO

 

Restauración de la belleza (Ediciones Rilke, Madrid, 2026) es, entre otras cosas, un libro

de viajes. José Carlos Turrado de la Fuente construye sus 144 composiciones sobre una

geografía real, precisa y reconocible: la de la España interior, rural y olvidada que el

discurso mediático y turístico ha reducido a folklore o ha ignorado por completo. Al menos

cuarenta poemas del volumen nombran lugares españoles precisos, y ese inventario de

topónimos no es decorativo ni costumbrista: es el soporte de una identidad en construcción,

de una poética del arraigo que se formula siempre desde el movimiento.

 

El sujeto lírico de este poemario es un viajero. Viaja solo, a lomos de un burro metafórico

o de un coche real, de pueblo en pueblo, de sierra en sierra, de meseta en meseta. El viaje

no tiene un destino turístico ni un propósito utilitario: es el modo de estar en el mundo de

un hombre que no pertenece a ningún lugar y que, precisamente por esa desposesión, puede

pertenecer a todos. La expresión que el propio poemario acuña para designar este modo de

ser es tan sencilla como filosóficamente cargada: “tierra adentro”.

 

La presente tesis de maestría estudia la función del topónimo en Restauración de la belleza

desde la perspectiva de la geocrítica de Bertrand Westphal, analiza la construcción de una

geografía poética alternativa y propone que el libro constituye una de las cartografías líricas

más ambiciosas y coherentes de la poesía española contemporánea.

 

 

  1. HIPÓTESIS DE TRABAJO Y METODOLOGÍA GEOCRÍTICA

 

La hipótesis central de esta tesis es que la acumulación de topónimos en Restauración de la

belleza no es un rasgo estilístico accidental sino el fundamento de una propuesta ideológica

y cultural precisa: la afirmación de que la identidad española auténtica reside en la España

interior, rural y olvidada, y que esa identidad solo puede construirse mediante el viaje físico

y la experiencia directa del lugar.

 

Las tres preguntas de investigación que articulan el trabajo son las siguientes. En primer

lugar, qué geografías de España aparecen con mayor frecuencia y qué significado simbólico

adquieren. En segundo lugar, si el topónimo opera como sustituto del paisaje romántico o

como anclaje experiencial. En tercer lugar, si el poemario construye una imagen de España

alternativa a los discursos mediáticos dominantes.

 

La metodología principal es la geocrítica, tal como la desarrolla Bertrand Westphal en La

Géocritique: réel, fiction, espace (Minuit, 2007) y en Le Monde plausible: espace, lieu,

carte (Minuit, 2011). La geocrítica estudia las relaciones entre el espacio geográfico y la

representación literaria desde una perspectiva polisensorial, estratigráfica e intertextual.

Aplicada a este poemario, permite analizar cómo los lugares nombrados acumulan capas de

significado —histórico, afectivo, cultural— que trascienden su mera referencia geográfica.

Como complemento metodológico, se emplea la noción de “figuras de lugar” desarrollada en

los estudios de geopoética y la distinción bachelardiana entre el espacio topofílico y el

espacio hostil.

 

 

  1. ATLAS CARTOGRÁFICO: LOS TOPÓNIMOS DEL POEMARIO

 

El inventario sistemático de los topónimos presentes en Restauración de la belleza revela

una geografía de una amplitud y precisión excepcionales para un poemario lírico. Se

identifican los siguientes lugares españoles, ordenados por la comunidad autónoma a la

que pertenecen:

 

En Andalucía: Níjar (poema 6), Parauta (poemas 42, 50, 56), Grazalema (poema 144),

Trevélez y Sierra Nevada (poema 62), la sierra de Las Nieves (poema 56).

 

En Aragón: Alquézar (poema 60), Ansó (poema 60), Valderrobres (poema 66), Mirambel

(poema 92), La Fresneda (poema 100), Puertomingalvo (poema 96), el monte Moncayo

(poema 49), La Vespa y Herbeset (poema 118), Durro de Bohí y la Ribagorza (poema 70).

 

En Castilla y León: Miranda del Castañar (poema 20), Covarrubias (poema 26), Ledesma

(poemas 34 y 68), Astorga (poema 30), el Bierzo y Villafranca (poema 72), Maderuelo

(poema 112), Lerma (poema 46), Frías (poema 110), Yanguas (poema 116),

Sepúlveda (poema 52).

 

En Castilla-La Mancha: Pastrana (poemas 52 y 76), Sigüenza (poema 57),

Villanueva de los Infantes (poema 12).

 

En Extremadura: Robledillo de Gata (poema 8), San Martín de Trevejo (poema 16),

Villamiel (poema 16), Valverde de la Vera (poema 58), Olivenza (poema 54),

Guadalupe (poema 38), Llerena (poema 44).

 

En Galicia: Mondoñedo (poema 22), Pontemaceira y el río Tambre (poema 114).

 

En Cantabria: Reinosa (poema 41), Potes (poema 30), la región lebaniega (poema 65).

 

En Asturias: Llastres (poema 44).

 

En Navarra: El Roncal (poema 44).

 

En la Comunidad Valenciana: el Castell de Guadalest (poema 28), Vilafamés (poema 94),

Morella y el maestrazgo (poema 118), Tabarca (poema 115).

 

En Murcia: Jumilla (poema 73).

 

En las Islas Baleares: Alcudia y Pollensa (poema 106).

 

En las Islas Canarias: Betancuria en Fuerteventura (poema 98).

 

Además de estos lugares, el poemario menciona Madrid como la ciudad implícita de la que

el sujeto huye o a la que regresa, Valladolid como “patria chica” (poema 44) y Barcelona

como destino ocasional (poema 49). El total de topónimos españoles identificados supera los

cincuenta, lo que convierte al poemario en una de las obras líricas contemporáneas con

mayor densidad cartográfica de la poesía española actual.

 

 

 

  1. LAS REGIONES DE ESPAÑA EN EL POEMARIO: DISTRIBUCIÓN Y PESO SIMBÓLICO

 

4.1 Castilla y Extremadura: la España profunda

 

La mayor concentración de topónimos se da en las dos Castillas y en Extremadura. Los

pueblos castellanos y extremeños que aparecen en el poemario comparten un rasgo común:

son lugares pequeños, interiores, con una identidad histórica marcada y una presencia escasa

en los medios de comunicación y en el imaginario turístico de la España contemporánea.

Miranda del Castañar, Covarrubias, Ledesma, Villanueva de los Infantes, Maderuelo,

Robledillo de Gata, San Martín de Trevejo, Villamiel, Valverde de la Vera, Olivenza,

Guadalupe: ninguno de estos pueblos figura en los catálogos del turismo de masas. Son los

pueblos de la España que se despuebla, de la España que el siglo XXI ha olvidado.

 

En el poema 26, Covarrubias se convierte en el arquetipo de esta España interior:

 

“Musitan hacia el pecho / mis bofes parlanchines, / ecos de Covarrubias /

de reinas infelices, / de guisos de conejo / y piñas-cicatrices, /

de nuevo aquí te encuentro, / ¿mi patria?, tierra adentro.”

 

La pregunta retórica “¿mi patria?, tierra adentro” es la clave de toda la cartografía del

poemario. La patria no es Madrid, no es la costa, no es el Spain de las campañas turísticas:

es el interior, la tierra adentro. Y esa tierra adentro se concreta siempre en un pueblo con

nombre propio, con historia, con olor a guiso de conejo y a cicatriz de piña.

 

La Extremadura del poemario merece un análisis específico. Con siete topónimos —el mayor

bloque de una comunidad uniprovincial en todo el libro—, la región se presenta como la

España más profunda del interior: Robledillo de Gata y San Martín de Trevejo, en la sierra

de Gata; Villamiel, también en el mismo entorno cacereño; Valverde de la Vera, en la comarca

de la Vera; Guadalupe, en las Villuercas; Olivenza, en la raya portuguesa; Llerena, en la Baja

Extremadura. Esta distribución geográfica interna dibuja una Extremadura recorrida de norte

a sur, desde la sierra a la campiña, lo que refuerza la condición itinerante del sujeto lírico.

 

 

4.2 Andalucía: la sierra como paraíso

 

Los topónimos andaluces del poemario se concentran en la Andalucía serrana y rural, no en

la costera ni en la urbana. Parauta, en la sierra malagueña, recibe el mayor número de

menciones del libro —tres poemas, el 42, el 50 y el 56— y se convierte en el espacio

privilegiado del deseo y la belleza.

 

En el poema 56, Parauta se describe con una precisión sensorial que va más allá de la mera

referencia geográfica:

 

“La aldea de la sierra de Las Nieves / que me ha robado eterna el corazón, /

es Parauta, en la falda de un collado / muy empinado, asomada a su balcón.

/ Dos rostros le he catado al pueblecito, / de tórtola zurita es el primero, /

diadema de jazmines delicada, / huele muelle, a potaje con conejo.”

 

El lugar no se describe desde fuera sino desde dentro: desde el olfato, desde el afecto, desde

la memoria del cuerpo. Parauta “ha robado eterna el corazón” del poeta: el robo es

permanente, la pérdida es irrevocable. Este modo de relacionarse con el lugar —como con

un amor que se pierde y no se olvida— es la marca geocrítica fundamental del poemario.

 

Grazalema cierra el libro en el poema 144, el último antes del epílogo, y su presencia en ese

lugar privilegiado no es casual: el pueblo blanco de la sierra de Cádiz es la última imagen de

España antes del silencio:

 

“Grazalema, cazalla / y pueblo blanco, púlpito carnal, / espíritu sequizo ronco

y canto / sobre la mesa pobre, aquí, al final.”

 

4.3 Aragón: la piedra y el viento

 

Los topónimos aragoneses del poemario —Alquézar, Ansó, Valderrobres, Mirambel,

La Fresneda, Puertomingalvo, el Moncayo— forman una constelación de pueblos de piedra,

elevados, austeros, batidos por el viento. El sujeto lírico los recorre con la sensación de

quien visita un mundo anterior al tiempo histórico. En el poema 60, Alquézar es recibida

como una tabernera con quien se ha intimado antes que con nadie:

 

“Alquézar me recibe, es tabernera, / a pie de monte, y le he dado más besos /

que confesiones, versos y canciones, / ¡oh, cuánta soledad cargo en el verbo!”

 

La personificación del pueblo como mujer —tabernera, amante, interlocutora— es una

constante en la geografía poética del libro y apunta hacia una de sus tesis centrales: los

lugares tienen género femenino y se relacionan con el viajero como las mujeres se relacionan

con el amante, con la misma mezcla de acogida, distancia y misterio.

 

La Fresneda, pueblo del Matarraña turolense, y Mirambel, del Maestrazgo aragonés, refuerzan

este perfil de la Aragón pétrea y silenciosa. Mirambel aparece en el poema 92 como espacio

de la despedida amorosa y del fracaso:

 

“¿Por qué no retornar a Mirambel / a lomos de un corcel bello, conmigo?, /

me ruegas que te entienda, / ¿qué entender?, ¡que no queda otro camino /

abierto en Aragón y la hora acucia!”

 

El topónimo funciona aquí como detonador emocional: el nombre del lugar convoca la

memoria de una historia de amor que no pudo ser, y la geografía de Aragón se convierte en

el escenario de una derrota sentimental que es también una derrota existencial.

 

4.4 Galicia y la España húmeda

 

Los topónimos gallegos del poemario son pocos pero de gran densidad simbólica. Mondoñedo,

la ciudad episcopal lucense, aparece en el poema 22 con una función prospectiva que contrasta

con el habitual uso nostálgico de los topónimos:

 

“No busco en Mondoñedo / el pasado, yo le encuentro el futuro, /

sabrá la sensatez tan inmortal / refrendar el augurio.”

 

El giro es significativo: el sujeto lírico no va a Mondoñedo a buscar lo que fue sino lo que

será. La ciudad atlántica, cubierta por la “lluvia galaica” y enmohecida, es paradójicamente

el lugar donde se ve el futuro. La convocatoria de Breogán —el mítico rey fundador de

Galicia— refuerza esta dimensión profética: las regiones atlánticas, con su memoria celta y

su melancolía, guardan un tiempo que aún no ha llegado.

 

Pontemaceira, en el poema 114, es un lugar de la memoria amorosa situado junto al río

Tambre, en un mayo que es ya solo recuerdo:

 

“Pontemaceira, mayo, el río Tambre, / la toalla sobre el césped, /

mouriña cenital, / desnuda, juguetona, en la corriente.”

 

La incorporación del término gallego “mouriña” —variante de “morriña”, la añoranza

característica de la cultura gallega— en un poema que transcurre en un espacio gallego es

un gesto de apropiación lingüística y cultural que demuestra la atención del poeta a la

especificidad regional.

 

4.5 El norte: Cantabria y Asturias

 

Los topónimos del norte cantábrico aparecen con menos frecuencia pero con una carga

afectiva intensa. Potes, en los Picos de Europa (Cantabria), no es visitada en el poema 30

sino recordada como imagen en un cuadro colgado en el despacho del poeta:

 

“Las guerras que he perdido son mi tema / y tengo un cuadro con Potes al fondo, /

la mesa marmolina de mi abuela / es el mueble central del calabozo.”

 

El lugar aparece aquí mediado por la imagen, no por la experiencia directa: un cuadro con

Potes al fondo es una España que se mira desde la distancia, que se lleva consigo como un

objeto doméstico, que forma parte del inventario sentimental del fracaso. Reinosa, también

en Cantabria, aparece en el poema 41 con una carga elegíaca diferente: el balneario en la

ribera del embalse como metáfora del cuerpo que envejece y del tiempo que se cierra.

 

Llastres, en Asturias, aparece en el poema 44 como uno de los lugares que demuestran que

España es bella cuando “es rústica y ajena a corruptelas”:

 

“¡Qué maravilla Llastres y Carlota, / sus chalupas, sus fabes y su niebla!”

 

La enumeración —chalupas, fabes, niebla— construye Llastres como un sintagma sensorial:

el pueblo asturiano existe en el poema como suma de sensaciones específicas e irrepetibles.

 

4.6 Castilla-La Mancha: la piedra filosófica y la despedida amorosa

 

Los tres topónimos manchegos del poemario —Villanueva de los Infantes, Pastrana y

Sigüenza— articulan tres registros distintos de la relación entre el sujeto lírico y el lugar.

Villanueva de los Infantes (poema 12) aparece como el lugar donde fundar el mausoleo

frente al agotamiento de la Grecia clásica: la pequeña localidad del Campo de Montiel es

propuesta como herencia viva de Occidente. Pastrana (poemas 52 y 76) es el pueblo de

Carmela, el espacio del encuentro humano y de la escritura del idilio sobre la piel. Sigüenza

(poema 57), la ciudad episcopal castellano-manchega, actúa como marco de una revelación

sensorial en la que “la piedra, el elemento en conchabanza” desvela la identidad más honda

del sujeto lírico.

 

 

  1. EL TOPÓNIMO COMO ANCLAJE EXPERIENCIAL: MÁS ALLÁ DEL PAISAJE ROMÁNTICO

 

5.1 El problema del paisaje romántico

 

La tradición del paisajismo romántico en la poesía española —desde Bécquer y Espronceda

hasta los noventayochistas Machado y Unamuno— convirtió el paisaje castellano en símbolo

de la decadencia de España y luego en símbolo de su posible regeneración. En esa tradición,

el paisaje funciona como proyección del estado de ánimo del poeta y como metáfora de una

condición histórica: las encinas de Soria de Machado no son árboles reales sino ideas,

condensaciones de un tiempo histórico.

 

El uso del topónimo en Restauración de la belleza es radicalmente distinto. El topónimo

turradiano no es símbolo ni metáfora: es anclaje. El poeta no proyecta su melancolía sobre

el paisaje ni usa el pueblo como emblema de nada. Va al pueblo, come en él, duerme en él,

habla con sus gentes, huele su cocina y siente en el cuerpo la temperatura del lugar. La

relación con el lugar es corporal antes que intelectual.

 

En el poema 38, la llegada a Guadalupe —pueblo de Extremadura y no de Castilla-La Mancha,

pese a su condición de hito espiritual de la Hispanidad— no es un encuentro con la Historia

de España ni con el simbolismo mariano del monasterio: es la búsqueda de una cama en

casa de Antonia y el descubrimiento de que Antonia ha muerto:

 

“Repico al aldabón / de Antonia, donde suelo pernoctar / cuando este pueblo

santo / me acoge, nutre, sana y ve pasar; / no me abre, y es que ha muerto, /

me narra la tragedia la Pilar, / me ofrece ella parada, /

¡qué horrible y silencioso hoy el cenar!”

 

Guadalupe no es aquí la patria espiritual de la Hispanidad ni el santuario de la fe castellana:

es el pueblo donde dormía en casa de Antonia, y Antonia ha muerto. La dimensión histórica

y simbólica del lugar queda completamente subordinada a la dimensión experiencial y

cotidiana.

 

5.2 El lugar como relación

 

En la geocrítica de Westphal, el lugar literario se constituye siempre como relación entre el

espacio y el sujeto que lo habita o lo recorre. No existe el lugar en sí mismo sino el lugar

en cuanto experimentado, narrado y recordado. Restauración de la belleza aplica este

principio de manera sistemática: cada topónimo del libro está acompañado de una experiencia

concreta, de una persona encontrada, de una sensación registrada en el cuerpo.

 

En el poema 52, Pastrana y Sepúlveda no son lugares turísticos sino los pueblos donde el

poeta encontró a Carmela y a Ana, dos mujeres que lo trataron como a un ser humano:

 

“Carmela es una chica de Pastrana / muy dulce, y que no baila en las verbenas, /

se pasa uno con ella / hablando noche entera, haciendo mesa, /

y es Ana una señora de Sepúlveda, / muy digna y de mi edad, /

me llama ‘maridito del domingo’ / y me invita a cenar.”

 

El lugar existe en el poema como el marco de un encuentro humano. Pastrana es el pueblo

de Carmela; Sepúlveda es el pueblo de Ana. Los topónimos no remiten a la historia artística

de los lugares —Pastrana tiene una de las colecciones de tapices más importantes de España;

Sepúlveda es una villa románica de gran valor patrimonial— sino a las personas que los

habitan y que hacen posible el encuentro.

 

5.3 El lugar como revelación sensorial

 

En varios poemas, el topónimo introduce una constelación de sensaciones físicas que

constituyen la verdad del lugar. En el poema 40, Jerez de los Caballeros se despliega en

una serie de imágenes sensoriales que construyen el pueblo como una experiencia total del

cuerpo:

 

“La sierra de la Cazuela, / Jerez de los Caballeros, / las palomas en la altura /

me reciben con pañuelos, / las torres, las lejanías, / las hidalgas y el deseo, /

la patria de los geranios, / del jamón y del botero.”

 

Las palomas, las torres, las lejanías, los geranios, el jamón, el botero: la identidad de Jerez

de los Caballeros se construye mediante una acumulación de detalles concretos que no

remiten a ninguna abstracción sino a la experiencia directa de quien ha estado allí. El poeta

no describe el pueblo desde la guía turística: lo describe desde el cuerpo.

 

 

  1. LA ESPAÑA INTERIOR Y RURAL COMO CONTRAPROPUESTA CULTURAL

 

6.1 El rechazo del litoral

 

Una de las tesis más explícitas del poemario en su dimensión geocultural es el rechazo de

la España costera y turística. El poema 28, dedicado al Castell de Guadalest en la provincia

de Alicante (Comunidad Valenciana), formula esta tesis con una amargura que no deja lugar

a dudas:

 

“¡Qué triste que para encontrar la patria / tan lejos haya que dejar el mar! /

Sirvientes españoles de piratas / que hallaron puerto donde fondear, /

aldeas pescadoras, y sus lonjas, / se oferta con sangría el litoral.”

 

La expresión “se oferta con sangría el litoral” es una imagen devastadora de la

mercantilización de la costa española. El litoral no es ya un espacio habitado sino una

mercancía, un producto turístico que se vende junto a la sangría como emblema de una

España reducida a estereotipo. Frente a ese litoral prostituido, el poeta sube al interior

—”Arriba, en el Castell de Guadalest”— para encontrar lo que queda de la verdad del lugar.

 

El poema 44 formula esta contraposición con mayor contundencia y, al mismo tiempo, con

mayor ternura hacia la España interior. El sujeto lírico confiesa que en Valladolid, su

“patria chica”, lo tratan “como mierda” y que tiene que marcharse “tan migrante / en cuanto

puedo, porque España es bella, / es sana, hospitalaria, / si es rústica y ajena a corruptelas.”

La condición de la belleza española es la rusticidad: España es bella cuando es rural, cuando

es ajena a los circuitos del poder y del dinero.

 

6.2 La España que se despuebla

 

Varios poemas registran el proceso de despoblación que afecta a la España interior con una

mirada que combina la denuncia y la elegía. En el poema 8, Robledillo de Gata “se vacía”

al son de chirimías:

 

“Al son de chirimías / Robledillo de Gata se vacía, / zagales con coraza /

ascienden a la cima / para pastorear almas errantes, / los buitres a la vista, /

las manos secas, polvo del adobe, / la aurora postrimera presentida.”

 

La imagen es de una devastación silenciosa: el pueblo se vacía mientras los jóvenes ascienden

a pastorear, los buitres vigilan desde la altura y el adobe se convierte en polvo. La “aurora

postrimera presentida” es el amanecer del último día de un mundo que desaparece. No hay

indignación explícita: hay registro de una pérdida que se ve venir y que nadie puede detener.

 

 

6.3 La defensa de la España olvidada

 

Frente a esa pérdida, el poemario propone una cartografía alternativa que rescata lugares

que el discurso oficial y mediático ha relegado al olvido. El conjunto de topónimos de

Restauración de la belleza forma una España paralela a la España de los medios, del turismo

y de la política: una España de pueblos pequeños, de cocinas aromáticas, de mujeres

trabajadoras, de fiestas locales, de tradiciones vivas.

 

En el poema 68, las fiestas de Ledesma son el espacio de una continuidad histórica que la

contemporaneidad no ha podido romper del todo:

 

“Las fiestas de Ledesma / retumban por el pueblo, / el toro en los toriles, /

los mozos con pañuelo, / dulzaina y tamboriles / de siempre suenan nuevos.”

 

“De siempre suenan nuevos”: la expresión paradójica captura la esencia de la tradición como

categoría viva. La dulzaina y los tamboriles de Ledesma no son reliquias de un pasado muerto

sino fuerzas activas en el presente. La tradición no envejece cuando hay un pueblo que la

practica; envejece solo cuando el pueblo la abandona.

 

 

  1. EL VIAJERO COMO SUJETO LÍRICO: IDENTIDAD EN TRÁNSITO

 

7.1 El viaje como método de conocimiento

 

El sujeto lírico de Restauración de la belleza construye su identidad a través del viaje. No

es un poeta sedentario que contempla el mundo desde su mesa de trabajo: es un viajero que

necesita el movimiento para conocer, para sentir, para escribir. En el poema 59, el viaje se

formula explícitamente como epistemología:

 

“No hay saber que no implique valentía, / cobardes siempre varan en somero, /

es viaje temerario en desespero / hacia el conocimiento travesía.”

 

El conocimiento es un viaje temerario: implica riesgo, desorientación, pérdida de las

certezas habituales. El sujeto lírico turradiano es un viajero epistemológico: cada pueblo

que visita es un nuevo intento de conocer el mundo, de conocerse a sí mismo.

 

7.2 La soledad del viajero

 

El viaje del sujeto lírico es siempre solitario. En el poema 60, esta soledad se reconoce con

una mezcla de resignación y orgullo:

 

“He vuelto a acostumbrarme a viajar solo, / lo malo es que así nunca hablo con

nadie, / soy hosco, soy hurón y subsumido, / observo con mi broca, hecha de aire.”

 

La “broca hecha de aire” es una imagen extraordinaria para definir el instrumento con el

que el poeta perfora la realidad: una broca invisible, ligera, que penetra sin dejar marca

visible pero que registra todo. El viajero solitario es el observador más atento precisamente

porque no tiene a nadie con quien hablar: su única interlocutora es la realidad misma.

 

7.3 La sorpresa del encuentro

 

El viaje solitario produce también encuentros inesperados que rompen la soledad y demuestran

que la bondad humana existe y puede encontrarse. En el poema 52, el sujeto lírico expresa

su asombro ante el descubrimiento de que hay gente que trata a los demás sin insultos:

 

“Sorpréndeme viajar / de pueblo en pueblo, hallazgo, / ¡hay gente que me trata

sin insultos, / que incluso me hace ver que valgo algo!”

 

La admiración ante la gente que trata con dignidad revela la condición de herido del sujeto

lírico: un hombre que ha recibido tanto desprecio que la simple cortesía le parece un

descubrimiento asombroso. Los pueblos de la España interior son, en este sentido, los lugares

donde se preserva una humanidad que las ciudades han perdido. La hospitalidad rural no es

folclore: es una práctica ética que el poemario reivindica frente a la brutalidad urbana.

 

 

 

  1. LA FÓRMULA “TIERRA ADENTRO”: PATRIA SIN CAPITAL

 

8.1 El rechazo de la patria oficial

 

El poemario rechaza de manera sistemática cualquier identificación de la patria con una

institución, una capital o un Estado. La patria de este poemario no es España en cuanto

nación política: es “tierra adentro”, una expresión que en el poema 26 adquiere el valor de

un axioma fundacional.

 

Cuando en ese poema el sujeto lírico se pregunta “¿mi patria?, tierra adentro”, la respuesta

no es el nombre de una nación sino la descripción de una dirección: hacia el interior, lejos

del mar, lejos de las capitales, lejos del poder. La patria es el movimiento mismo hacia el

interior, el proceso de adentrarse en lo que no tiene nombre en los medios.

 

8.2 Valladolid como antipatria

 

La mención de Valladolid en el poema 44 como “patria chica” en la que el poeta es tratado

“como mierda” es significativa: la ciudad natal no es el lugar del arraigo sino el lugar de la

humillación. La patria real, “tierra adentro”, hay que buscarla en los pueblos desconocidos,

en las personas encontradas por azar.

 

Esta tensión entre la ciudad de origen —que rechaza al poeta— y los pueblos del interior

—que lo acogen— reproduce una estructura que tiene antecedentes en la literatura española

de viajes, desde el Lazarillo hasta los viajes de Azorín y Machado. Pero en Turrado la

tensión es más radical: no hay añoranza de la ciudad natal ni posibilidad de regreso. La

única patria posible es la que se construye andando.

 

8.3 Madrid como fondo implícito

 

Madrid aparece en el poemario como un fondo implícito del que el sujeto lírico huye pero

al que está vinculado. La editorial que publica el libro tiene su sede en Madrid (C/Dr.

Fleming, Madrid 28036), el depósito legal es madrileño y el epílogo alude a una “horrible

ciudad” que puede identificarse con Madrid. Sin embargo, Madrid nunca es nombrada

explícitamente como lugar de la experiencia positiva: es el punto de partida de los viajes,

no su destino. La dirección del movimiento es siempre hacia el interior, nunca hacia la capital.

 

 

  1. ESPAÑA COMO MUJER: EL TERRITORIO COMO CUERPO AMADO

 

9.1 La feminización del territorio

 

Uno de los recursos más persistentes en la geografía poética del poemario es la feminización

del territorio español. Los lugares se presentan con frecuencia como mujeres —amantes,

taberneras, madres, novias— y la relación del viajero con el lugar reproduce la estructura

de la relación amorosa: deseo, acogida, abandono, nostalgia.

 

El poema 72 formula esta equivalencia de manera explícita y emotiva:

 

“¡cuánto amor por los caminos / dejaré yo por España!, / por España, que es mujer, /

que es mi amor y que es mi patria, / mi dolor también, mi lucha, /

hoy honrada en Villafranca.”

 

“España, que es mujer”: la identificación del territorio con el femenino no es una metáfora

convencional sino el eje de una filosofía del lugar que recorre todo el poemario. España es

amada como se ama a una mujer: con pasión, con dolor, con la conciencia de que el amor

nunca será correspondido del todo.

 

9.2 Los pueblos como mujeres concretas

 

La feminización del territorio se materializa en la asociación sistemática entre pueblos y

mujeres concretas que los habitan. Parauta es el pueblo de las dos andaluzas —Rocío y

Nerea— cuyos retratos llenan los poemas 42 y 50. Ledesma es el pueblo de la “lozana

molinera” del poema 34. Valverde de la Vera —pueblo extremeño de la comarca de la Vera—

es el pueblo de Teresa, que “atiende su negocio al soportal / y es santa una Afrodita tras

la verja” (poema 58). Olivenza —también en Extremadura, en la raya con Portugal— es el

pueblo de Adriana (poema 54). Los pueblos no existen independientemente de las mujeres

que los habitan: el lugar y la persona se funden en una única imagen de la belleza concreta.

 

9.3 El cuerpo del lugar

 

Esta equivalencia entre territorio y cuerpo femenino tiene una dimensión filosófica que

supera la mera metáfora erótica. Si el cuerpo de la mujer es el lugar privilegiado de la

belleza —como se argumenta en la cuarta monografía de esta serie— y si los pueblos de la

España interior son también lugares de la belleza, entonces la equivalencia entre mujer y

pueblo es la demostración de que la belleza es una, que se manifiesta tanto en los cuerpos

como en los paisajes. El poeta que viaja por la España interior está buscando, en cada pueblo,

la misma belleza que busca en cada mujer: una belleza concreta, singular, irrepetible.

 

 

  1. LA ESPAÑA EXTRAVIADA: MODERNIDAD, TURISMO Y TRAICIÓN DEL LITORAL

 

10.1 La costa como símbolo de la degradación

 

La contraposición entre el interior y el litoral que se formula en el poema 28 reaparece a

lo largo del libro como una de sus tensiones estructurales. El litoral español —especialmente

el mediterráneo— es el símbolo de la España que se ha vendido al turismo, que ha renunciado

a su identidad a cambio de dinero extranjero y de la aprobación del visitante.

 

En el poema 28, la escena de los “poetas en cursillo” que “montamos chiringuitos y folclores”

en el Castell de Guadalest es una autocrítica feroz del mundo literario: los propios poetas

participan en la folklorización de España cuando se reúnen en lugares turísticos a celebrar

su propia impotencia. El gesto de arrojar la cachucha al fogueril al final del poema es el

gesto de quien renuncia a esa complicidad y elige la intemperie del interior.

 

10.2 La modernidad como enemigo del lugar

 

La modernidad —tecnológica, mediática, urbana— aparece en el poemario como la fuerza

que destruye la singularidad de los lugares. Los pueblos son bellos mientras son “rústicos y

ajenos a corruptelas”: en cuanto la modernidad los alcanza, pierden lo que los hacía únicos.

Esta tesis tiene un correlato en la crítica de la inteligencia artificial que recorre el libro:

así como la inteligencia artificial produce textos sin singularidad, sin experiencia, sin cuerpo,

la modernidad produce lugares sin identidad, sin historia, sin olor.

 

En el poema 49, el sujeto lírico viaja “al Ampurdán y a su templanza, / o a Barcelona en

mis visitas breves, / por yermos nunca hollados por aleves”, pero la conclusión es

melancólica: “este país se seca en mi mollera”. El país se seca en la mente del poeta cuando

el poeta abandona el interior y se acerca a la modernidad.

 

 

  1. LOS TOPÓNIMOS EXTRANJEROS: LA GEOGRAFÍA DEL YO FRENTE A EUROPA Y EL MUNDO

 

11.1 El mundo como contexto

 

Junto a los topónimos españoles, el poemario contiene un número significativo de referencias

geográficas extranjeras que contextualizan la geografía española en un marco más amplio.

Cuba y La Habana (poema 13), California (poema 24), Betancuria en Fuerteventura como

espacio de destierro (poema 98), el Egeo como interioridad psíquica (poema 12): estos

lugares no españoles aparecen siempre en una función de contraste con la geografía española.

 

En el poema 12, el Egeo es un mar interior: “interior es el Egeo”. La Grecia clásica —el

origen de la cultura occidental— está “agotada de escucharme” al poeta; el poeta debe

fundar su mausoleo en Villanueva de los Infantes, en la Castilla manchega, no en el

Mediterráneo clásico. La España interior es la verdadera herencia de Grecia: una herencia

que se ha preservado en los pueblos olvidados, no en las capitales culturales.

 

11.2 Europa como marco de identidad

 

El poema 127 convoca la geografía europea —música alemana, ciudades italianas, campiña

inglesa, saudades portuguesas— para construir una imagen de Europa como espacio histórico

de la belleza. Dentro de esa Europa, España es nombrada a través de sus poetas y pintores,

no de sus lugares: la geografía española se convierte en historia del arte.

 

Esta tensión entre la España concreta —los pueblos con nombre propio— y la España

abstracta —patria de poetas y pintores— recorre el poemario como una dialéctica no resuelta.

El poeta ama la España de los pueblos precisamente porque ama también la España de

Cervantes y Lope; la España rural es el suelo sobre el que creció la España cultural.

 

 

  1. EL EPÍLOGO Y EL NO-LUGAR: LA CIUDAD SIN NOMBRE

 

El epílogo del poemario introduce, por primera vez, un espacio que no tiene nombre:

“¡Qué horrible, qué espantosa esta ciudad!”. La ciudad innominada es el contrapunto exacto

de todos los topónimos precisos que han llenado el libro: frente a Parauta, Alquézar,

Ledesma, Grazalema —lugares con nombre, con historia, con cuerpo—, la ciudad del

epílogo es solo “esta ciudad”, un lugar sin identidad, sin olor, sin personas conocidas.

 

La poesía se ha ido de esa ciudad. La madre —la belleza, la poesía— se ha marchado. Y lo

ha hecho desde un no-lugar: una ciudad horrible que podría ser cualquier ciudad, que es en

realidad todas las ciudades modernas que el poemario ha estado evitando durante 144

composiciones. El epílogo es, en este sentido, el contraejemplo geográfico de todo el libro:

la demostración por el absurdo de que la belleza solo puede existir en los lugares con nombre,

en la España interior y rural que el viajero ha recorrido poema a poema.

 

El epílogo dice:

 

“Nos está abandonando, / la poesía no regresará, / creímos que podríamos /

humillarla sin más, / mandar, porque era nuestra, / por siglos, tonta esposa servicial, /

esclava, como niños / que viven y disfrutan de mamá. / ¿Ya nos ha abandonado? /

¡Qué horrible, qué espantosa esta ciudad!”

 

La ciudad espantosa es el destino final de quienes han abandonado la tierra adentro. La

poesía se va cuando el lugar se degrada; regresa solo cuando el viajero vuelve a Parauta,

a Alquézar, a Grazalema, a los pueblos donde la belleza sigue siendo posible.

 

 

  1. CONCLUSIONES

 

Restauración de la belleza construye una de las geografías poéticas más ambiciosas y

coherentes de la poesía española contemporánea. Sus más de cincuenta topónimos españoles

no son decoración ni exotismo: son el soporte de una propuesta ideológica y cultural que

afirma que la identidad española auténtica reside en la España interior, rural y olvidada, y

que esa identidad solo puede construirse mediante el viaje físico y la experiencia directa del

lugar.

 

Desde la perspectiva geocrítica de Westphal, el poemario opera sobre tres ejes. El primero

es la polisensorialidad: los lugares del libro son experiencias del cuerpo —olfativas, táctiles,

auditivas— antes que representaciones visuales o conceptuales. El segundo es la estratigrafía:

los topónimos acumulan capas de significado —histórico, afectivo, cultural— que les dan

una densidad que va más allá de la mera referencia geográfica. El tercero es la

intertextualidad: los lugares del poemario dialogan con la tradición literaria española del

viaje y del paisaje, pero la transforman radicalmente al sustituir la contemplación romántica

por la experiencia corporal.

 

La aportación específica de esta tesis es la descripción de una geografía poética de la España

interior y rural como contrapropuesta cultural frente a los discursos mediáticos dominantes

—el Spain turístico, la España de las capitales, la España del litoral mercantilizado— y la

demostración de que esa contrapropuesta tiene una coherencia filosófica, una densidad

cartográfica y una belleza formal que la convierten en una de las obras más singulares de la

poesía española de las últimas décadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. BIBLIOGRAFÍA

 

Fuente primaria

Turrado de la Fuente, José Carlos. Restauración de la belleza. Madrid: Ediciones Rilke, 2026.

ISBN: 978-84-18566-66-0.

 

Marco teórico: geocrítica y geopoética

Bachelard, Gaston. La poética del espacio. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.

Collot, Michel. Pour une géographie littéraire. París: Corti, 2014.

Westphal, Bertrand. La Géocritique: réel, fiction, espace. París: Minuit, 2007.

Westphal, Bertrand. Le Monde plausible: espace, lieu, carte. París: Minuit, 2011.

White, Kenneth. Le Plateau de l’Albatros: introduction à la géopoétique. París: Grasset, 1994.

 

Bibliografía complementaria sobre paisaje y literatura española

Azorín. La ruta de don Quijote. Madrid: Cátedra.

Machado, Antonio. Campos de Castilla. Madrid: Cátedra.

Ortega y Gasset, José. España invertebrada. Madrid: Alianza Editorial.

Unamuno, Miguel de. Por tierras de Portugal y de España. Madrid: Espasa-Calpe.

 

Bibliografía sobre identidad y territorio

Augé, Marc. Los no lugares: espacios del anonimato. Barcelona: Gedisa, 2000.

Harvey, David. La condición de la posmodernidad. Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Nogué, Joan (ed.). La construcción social del paisaje. Madrid: Biblioteca Nueva, 2007.

Ortega Cantero, Nicolás. Geografía y cultura. Madrid: UAM Ediciones, 2006.

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