Antonio Isidro Graña Ojeda
1. Introducción
La poesía del duelo no se escribe en el vacío, sino en una cultura determinada que condiciona el modo en que una sociedad se relaciona con la muerte, con la pérdida y con el dolor. Toda elegía es, además de un lamento personal, un documento sobre las formas en que una época permite o prohíbe llorar. El presente artículo se propone leer Coplas de rojo y negro (2026), de José Julio Brossa, no solo como expresión de una pena privada, sino como un gesto que dialoga —y en buena medida contradice— con la cultura del presente. Para ello recurre a dos diagnósticos influyentes de la sociología y la filosofía contemporáneas: el de Zygmunt Bauman sobre la modernidad líquida (2003) y el de Byung-Chul Han sobre la sociedad del cansancio (2012) y la desaparición de los rituales (2020).
La hipótesis es que el libro de Brossa, al detenerse en el duelo, recorrerlo despacio y recuperar el ritual del lamento, opone una resistencia poética a la expulsión cultural de la muerte y del dolor que ambos pensadores describen. No se trata de leer el libro como una tesis sociológica disfrazada de poesía —Brossa no argumenta esta resistencia, la encarna—, sino de mostrar que su gesto poético adquiere, situado en su horizonte cultural, un sentido que excede lo individual: el de una contestación a la prisa contemporánea por dejar de sufrir.
2. La expulsión de la muerte en la modernidad líquida
Bauman (1992, 2003) ha analizado el modo en que la modernidad gestiona la conciencia de la mortalidad. En la modernidad sólida, sostiene, la muerte se sublimaba mediante grandes relatos —la nación, la clase, el progreso, la trascendencia religiosa— que ofrecían formas de inmortalidad simbólica: el individuo moría, pero la causa, la patria o la fe permanecían, y en esa permanencia el sujeto encontraba un sentido que mitigaba el escándalo de su propia finitud. En la modernidad líquida, esos grandes relatos se han disuelto, y con ellos las estructuras colectivas que daban sentido a la pérdida. El individuo queda solo ante la muerte, sin los marcos comunitarios que antes la enmarcaban.
El resultado es una paradoja que Bauman describe con precisión. Por un lado, la cultura líquida expulsa la muerte del espacio público: la oculta en hospitales y tanatorios, la silencia en la conversación cotidiana, la confina a un ámbito técnico y profesionalizado donde el resto de la sociedad no tiene que verla. Por otro lado, la fragmenta en mil pequeñas "muertes" domesticadas: la preocupación obsesiva por la salud, por el riesgo, por la prevención, convierte cada amenaza parcial en un sustituto manejable de la muerte total, que así se vuelve impensable. La pérdida del ser querido, en este marco, queda privatizada: el duelo se convierte en un asunto individual, que la sociedad concede un tiempo cada vez más breve y que reclama resolver con eficiencia, sin perturbar el funcionamiento productivo del doliente.
Coplas de rojo y negro se sitúa en las antípodas de esta lógica. El libro no oculta la muerte ni la administra: la mira de frente y se demora en ella. Su misma estructura —siete secciones que recorren las etapas del duelo— constituye una negativa a la compresión temporal que la cultura líquida impone al dolor. Brossa no tiene prisa por "superar"; al contrario, su poética asume que el duelo no se supera, sino que se atraviesa, y que atravesarlo exige tiempo, lentitud, repetición. El poema «Algún día puede ser que me malacostumbre a tu ausencia» tematiza precisamente la resistencia a esa aceleración: la adaptación a la pérdida no se presenta como una meta deseable, sino como una "mala costumbre", casi como una traición a la memoria del ausente. Donde la cultura líquida exige pasar página cuanto antes, el libro reivindica el derecho a no pasarla, a permanecer en la falta el tiempo que la falta reclame.
3. La sociedad del cansancio y la expulsión de la negatividad
Byung-Chul Han (2012) ha descrito la sociedad contemporánea como una sociedad del cansancio y del rendimiento, caracterizada por la expulsión de la negatividad. La cultura del positivismo y la autooptimización, sostiene Han, no tolera el dolor, la tristeza ni la pasividad: todo debe convertirse en productividad, en experiencia positiva, en superación personal. El sujeto del rendimiento es su propio empresario, obligado a optimizarse sin descanso, y para esa lógica el duelo resulta sospechoso, porque es una forma de negatividad improductiva: una detención, una herida que no rinde, un tiempo muerto que no se puede capitalizar. La tristeza, en la sociedad del cansancio, se patologiza —se convierte en depresión, en trastorno a tratar— precisamente porque no encaja en la exigencia general de positividad.
En un texto posterior, La desaparición de los rituales (2020), Han añade un diagnóstico complementario: la cultura actual ha perdido los rituales colectivos que daban forma al tiempo y a las transiciones vitales. Los rituales, sostiene, eran técnicas de la comunidad para elaborar simbólicamente las grandes experiencias —el nacimiento, la madurez, la muerte—, y su desaparición deja al individuo solo ante experiencias que antes la comunidad acompañaba. El duelo es, en este sentido, una de las grandes víctimas de la desritualización contemporánea: privado de los ritos que antes lo enmarcaban y lo compartían, el doliente queda librado a una gestión privada e improvisada de su pérdida.
La obra de Brossa puede leerse como una reivindicación de esa negatividad expulsada y de ese ritual perdido. Frente a la cultura que exige convertir el dolor en superación, el libro se atreve a permanecer en la herida, a no rendirla: el poema «Podría ser educado» culmina en una confesión que es todo un manifiesto contra la positividad obligatoria, cuando el sujeto declara que le duele respirar y, sorprendentemente, lo aguanta, y se pregunta «¿Por qué duele tanto vivir?». Frente a la lógica del rendimiento, opone una pasividad asumida, la del que se deja atravesar por la pena en lugar de gestionarla. Y frente a la desaparición de los rituales, el libro recupera uno antiquísimo: el del lamento, el «quejío», la copla de luto. El verso «Padre, Acuéstate junto a mí susúrrame una copla de duelo» pide, literalmente, un ritual de acompañamiento que la cultura del cansancio ha abolido: el de alguien que se tiende junto al doliente y canta con él su pena.
4. La cultura material del duelo frente a la abstracción
Un aspecto del libro que ilumina particularmente bien su contraste con la cultura contemporánea es su tratamiento de los objetos. La modernidad líquida es, según Bauman, una cultura del consumo y del descarte, en la que los objetos se adquieren para ser desechados y reemplazados, y en la que el vínculo con las cosas es tan provisional como el vínculo con las personas. Brossa opone a esa lógica del descarte una poética de la fidelidad a los objetos del ausente. El café, el ColaCao, la taza, el lado del colchón no son cosas intercambiables, sino depositarias de una presencia que se resiste a desaparecer. «No me di cuenta, esta noche te preparé tu ColaCao caliente y lo dejé sobre la mesilla del cuarto de estar ausentado»: el gesto de preparar la bebida del ausente, mecánico, involuntario, revela hasta qué punto el otro persiste en los hábitos, en la memoria del cuerpo, mucho después de su muerte.
Esta cultura material del duelo tiene un valor crítico preciso. En una cultura que mide el valor de las cosas por su novedad y su utilidad, el libro reivindica el valor de los objetos inútiles cargados de memoria: la taza que ya nadie usará, el lado vacío de la cama. Son objetos que la lógica del rendimiento descartaría sin más, y que el doliente, en cambio, conserva como reliquias. El poema «Me hundo en tu calor», con su «agujero de tu lado del colchón» y su «calor imaginario», muestra hasta qué punto la materialidad cotidiana se convierte en el territorio donde se libra la batalla del duelo. La poesía de Brossa devuelve dignidad a esa materialidad menor que la cultura contemporánea desprecia, y al hacerlo opone a la liquidez de los vínculos una poética de la permanencia.
5. La soledad del doliente y la sociedad paliativa
El diagnóstico de Bauman y Han puede completarse con el de Norbert Elias (1987) sobre la soledad de los moribundos, que ilumina otra dimensión del libro. Elias observó que la sociedad moderna ha desplazado la muerte a un segundo plano, la ha higienizado y profesionalizado, y al hacerlo ha dejado a los moribundos —y, cabe añadir, a los dolientes— en una soledad sin precedentes históricos. En las sociedades premodernas, la muerte y el duelo eran asuntos comunitarios, rodeados de ritos que integraban al individuo en un nosotros; en la sociedad contemporánea, son experiencias solitarias, que el resto de la comunidad prefiere no ver.
A esta soledad responde el libro de Brossa con su insistente reivindicación de la compañía. La sección «Presencia consoladora» es, en su conjunto, una protesta contra la soledad del doliente: no pide que se le explique la pérdida ni que se le cure, sino que se le acompañe. Cabe relacionar esta dimensión con lo que Han (2021) ha llamado la sociedad paliativa, aquella que ha hecho de la evitación del dolor su principio rector, hasta el punto de no tolerar ningún sufrimiento, ni siquiera el necesario. Frente a esa sociedad que anestesia el dolor, Brossa reivindica el derecho a sentirlo, y frente a la soledad que la modernidad impone al doliente, reivindica el derecho a no estar solo en él. La presencia que su poesía invoca —la del Dios que se acuesta junto al doliente, la del hombro sobre el que llorar— es la respuesta exacta a la soledad que Elias diagnosticó.
6. El consuelo como solidaridad, no como solución
La lectura desde Bauman y Han ilumina también la concepción del consuelo que el libro propone. En la cultura del rendimiento, el consuelo tiende a adoptar la forma de la solución: superar, pasar página, optimizar el duelo con técnicas, plazos y, llegado el caso, fármacos. La industria del bienestar ofrece protocolos para gestionar la pérdida con eficiencia, como se gestiona cualquier otro proceso. Brossa rechaza explícitamente ese modelo. Su consuelo no es una solución, sino una compañía. La sección «Presencia consoladora» no ofrece respuestas ni supera el dolor; se limita a acompañarlo. La serie de súplicas que la abre —«Déjame llorar abrazado a tu hombro», «Déjame penar abrigado en tu pecho», «Déjame gritar susurrado en tu oído», «Déjame sanar lento a tu lado»— pide, precisamente, no una cura sino una presencia, no la abolición del dolor sino el permiso para sentirlo acompañado.
El Dios que comparece en estos poemas no resuelve la pérdida desde fuera, sino que se acuesta junto al doliente y comparte su pena, en una inversión teológica que aproxima la obra a la idea de un Dios sufriente. El consuelo, aquí, es solidaridad. Esta concepción tiene un valor que excede lo literario. En una cultura que, según Han, ha sustituido la comunidad por la conexión y el acompañamiento por la autogestión, la poética del consuelo de Brossa reivindica una forma de relación que la modernidad líquida ha erosionado: la del estar-con el que sufre, sin pretender resolverlo. El poema «Simplemente gracias» culmina esa reivindicación al agradecer no las soluciones, sino la historia compartida, y al sostener, en un solo verso, la coexistencia de la ira y la gratitud: «Sigo enfadado, ¿sabes? pero… Gracias». El consuelo no está en superar la pérdida, sino en haber tenido algo que perder y en poder seguir nombrándolo.
7. Una resistencia poética
Conviene precisar el alcance de la lectura propuesta para no forzarla. No se sostiene que Brossa haya escrito un libro de tesis, ni que su intención fuera contestar a Bauman o a Han, a quienes con toda probabilidad no tiene presentes. Lo que se sostiene es que su gesto poético, situado en el horizonte cultural que estos pensadores describen, adquiere un sentido objetivo de resistencia, con independencia de las intenciones del autor. Un libro que se detiene en el duelo, que lo recorre despacio, que reivindica el lamento y el ritual, que opone a la liquidez una poética de la fidelidad y al rendimiento una pasividad asumida, constituye, lo quiera o no, una contestación al espíritu de su tiempo.
Esta resistencia no es nostálgica ni reaccionaria. Brossa no propone volver a un pasado idealizado de comunidades sólidas y rituales compartidos; su libro es plenamente contemporáneo en su lenguaje, en sus referencias —el parte meteorológico de la televisión, el ColaCao—, en su sensibilidad. Lo que hace es, más bien, abrir dentro de la cultura del presente un espacio para aquello que esa cultura tiende a expulsar: el dolor que no rinde, el duelo que no se acelera, el consuelo que no soluciona. La poesía, en este sentido, cumple una de sus funciones más antiguas y necesarias: la de dar lugar a lo que el discurso dominante silencia.
8. La memoria y el vínculo: contra la liquidez de los afectos
Un aspecto que conviene desarrollar, porque completa la lectura cultural propuesta, es el modo en que el libro concibe la memoria y el vínculo afectivo. Bauman caracterizó la modernidad líquida no solo por su gestión de la muerte, sino también por la fragilidad de los lazos: en la cultura líquida, sostiene, los vínculos se vuelven provisionales, revocables, sometidos a la misma lógica de obsolescencia que rige el consumo. El otro deja de ser alguien con quien se establece un compromiso duradero para convertirse en una relación que se mantiene mientras resulta satisfactoria y se abandona cuando deja de serlo. Frente a esa liquidez de los afectos, Coplas de rojo y negro opone una concepción del vínculo como algo que perdura más allá de la muerte misma.
El duelo del libro es, en este sentido, una afirmación de la solidez del vínculo contra la cultura de su disolución. El doliente de Brossa no puede ni quiere desprenderse del ausente; su pena es la medida de un compromiso que la muerte no ha cancelado. El miedo al olvido que recorre el libro —el temor a adquirir la costumbre de no recordar el rostro amado— es, leído en clave cultural, una resistencia a la lógica líquida que querría que el vínculo, como todo lo demás, fuera reemplazable. El doliente se aferra a la memoria del otro porque esa memoria es la prueba de que hubo un lazo que importó, de que el otro fue insustituible. En una cultura que ha hecho de la sustituibilidad un valor, la fidelidad del duelo es un acto de resistencia.
Esta concepción del vínculo tiene su correlato en la materialidad de los objetos, ya analizada, pero también en la propia estructura del libro, que se niega a cerrar el duelo, a darlo por concluido, a pasar página. La séptima sección, «Vida», no es un olvido ni una sustitución del ausente por nuevos afectos, sino una reorganización de la existencia que conserva al otro en su centro. El amor, en Brossa, no es líquido: no se evapora con el tiempo ni se reemplaza con facilidad, sino que persiste, transformado en memoria y en duelo, como la forma más alta de fidelidad. Frente a la cultura de los vínculos desechables, el libro reivindica un amor que dura más que la vida del amado.
9. Conclusión
La lectura de Coplas de rojo y negro a la luz de los diagnósticos de Bauman y Han permite situar la obra en un horizonte cultural preciso y comprender su gesto como una forma de resistencia. Frente a la modernidad líquida, que privatiza y comprime el duelo, el libro lo recorre despacio y le devuelve su tiempo. Frente a la sociedad del cansancio, que expulsa la negatividad del dolor, el libro permanece en la herida y reivindica la pasividad del que se deja atravesar por la pena. Frente a la desaparición de los rituales, recupera el del lamento y la copla de luto. Frente a la cultura del descarte, opone una poética de la fidelidad a los objetos del ausente. Frente a la soledad del doliente que Elias diagnosticó, reivindica la compañía. Y frente al consuelo entendido como solución eficaz, propone un consuelo entendido como solidaridad.
En la pena lenta de estas coplas late, sin proponérselo, una crítica de la prisa contemporánea por dejar de sufrir. Esa es, quizá, la aportación más valiosa del libro al horizonte cultural en que se inscribe: recordar, contra una época que ha hecho del bienestar una obligación, que hay dolores que merecen ser sentidos hasta el final, y que acompañarlos —no resolverlos— es una de las cosas más altas que la poesía, y los hombres, pueden hacer.
Queda, como reflexión final, una pregunta sobre el alcance de esta resistencia. ¿Puede un libro de poemas modificar en algo la relación de una cultura con la muerte y el duelo? Sería ingenuo atribuir a la poesía un poder que no tiene. Pero también lo sería negarle toda eficacia. La poesía no cambia las estructuras sociales que expulsan la muerte ni los ritmos económicos que aceleran el duelo; pero ofrece, a quien la lee, un espacio en el que esas estructuras quedan en suspenso, un lugar donde el dolor puede ser sentido sin prisa y la pérdida nombrada sin pudor. En una cultura que silencia el duelo, ese espacio es ya una forma de resistencia, modesta pero real. Coplas de rojo y negro no transformará la modernidad líquida; pero ofrecerá, a cada doliente que lo abra, la experiencia de un duelo acompañado, lento y verdadero, contra la soledad y la prisa que su época le impone. Y esa experiencia, multiplicada por cada lector, es quizá la única forma de resistencia que la poesía puede ofrecer: la de mantener vivo, contra el espíritu del tiempo, un modo distinto de habitar el dolor.
Bibliografía
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