ELEMENTOS DESTACADOS — CALIDAD LITERARIA
El brillo de los cristales rotos
José Castellà Blanch
1. Los tres versos más poderosos
PRIMER VERSO: «Solo quedan las brasas de un fuego lejano / que quemó la infancia.»
Este verso final de “Papalaguinda quedaba lejos” es posiblemente el más devastador del libro. La imagen es exacta, contenida y brutal: el fuego, que en la tradición poética es símbolo de vida, pasión y luz, aquí ha sido lo que destruyó la infancia, no lo que la iluminó. Y lo que queda de ese fuego son brasas lejanas: ni siquiera calor, solo el recuerdo de algo que ardió. La elipsis temporal —ese salto de la infancia quemada al presente de quien la recuerda— condensa toda la distancia entre lo vivido y quien lo vivió. La técnica que lo hace memorable es la inversión del símbolo: el fuego como destructor, las brasas como lo que sobrevive.
SEGUNDO VERSO: «Fragilidad y belleza, / recordatorio constante / que también lo roto brilla / desde la desesperanza.»
El poema final y titular del libro alcanza aquí su máxima densidad. “También lo roto brilla / desde la desesperanza” es una de las formulaciones más exactas de la poética del libro: la paradoja de extraer belleza del fracaso no como consuelo sino como constatación. El adverbio “también” es clave: no dice que lo roto brilla más que lo entero, ni que brillar redime la rotura; dice que, incluso en la desesperanza, la luz es posible. La técnica es la precisión sintáctica: sin adornos, sin metáforas adicionales, la verdad dicha de frente.
TERCER VERSO: «Entornemos las ventanas / para que esta luz que entra / y que ya no es nuestra, / no nos ciegue.»
El poema “Buscando la voz de Diana Krall” incluye este verso que tiene algo de mandamiento íntimo. La luz que ya no es nuestra: esa es la condición de quien ha envejecido, de quien mira el mundo y ya no se reconoce en él. Cerrar a medias la ventana para no quedar ciego: es el gesto exacto de quien sabe que el pasado ya no le pertenece pero todavía necesita protegerse del futuro. La técnica es el desplazamiento simbólico: la luz exterior que representa la vida ajena, el presente que ya no nos incluye.
2. La imagen más original
«El tiempo olvidó al tiempo. / Tell sobre tell. / Piedras, cenizas, cuerpos / sobre los que avistar horizontes viejos.»
En “Tan silencioso el pasado”, Castellà Blanch introduce la imagen del tell —el montículo arqueológico formado por civilizaciones superpuestas— para hablar del tiempo interior. La originalidad es total: ningún otro poeta contemporáneo que conozcamos ha utilizado este término arqueológico con este alcance metafórico. El tell no es una metáfora decorativa: es precisa, funcional y reveladora. Si el tiempo se acumula como tells, lo que hay debajo no está destruido sino sepultado; podría excavarse, pero la excavación demostraría que ya nada puede volver a ser funcional. Y la frase inicial —”el tiempo olvidó al tiempo”— tiene la perfección de un kōan.
3. La arquitectura del poemario
El elemento estructural más inteligente del libro es su organización en cuatro secciones que funcionan como cámaras comunicantes: Tiempo y memoria, El cuerpo y el deseo, La calle y las voces, Orto y ocaso. Esta división no es temática en sentido estricto: los mismos temas (el tiempo, la pérdida, el cuerpo) aparecen en las cuatro secciones. Lo que cambia es el ángulo: la primera sección contempla el tiempo en abstracto; la segunda lo encarna en el cuerpo y el deseo; la tercera lo proyecta sobre la historia colectiva; la cuarta lo lleva al límite, al umbral entre la vida y su extinción.
Esta decisión arquitectónica eleva el conjunto porque impide que el libro sea monótono: cada sección introduce una tensión nueva que enriquece las anteriores. El lector que llega al poema final comprende que el brillo de los cristales rotos no es solo la memoria personal del poeta sino la memoria colectiva de una generación, la del deseo que envejeció, la del compromiso político frustrado, la de quien aprendió que la infancia puede robarse.
4. La voz: lo que la hace inconfundible
Lo que José Castellà Blanch hace que nadie más hace es hablar de la pérdida en tiempo presente de indicativo, sin nostalgia lírica, sin dramatismo, con la misma temperatura emocional con que un médico daría un diagnóstico.
Primer rasgo: la temperatura fría. Donde otros poetas lloran, Castellà Blanch constata. “Nada que contar, nada que decir, nada que hacer”: tres sintagmas de tres palabras cada uno, paralelos, que dicen el vacío con la economía de quien lleva mucho tiempo observándolo.
«Vivir como árbol / anclado en la tierra y reseco / donde los pájaros ya no anidan en sus ramas.»
Segundo rasgo: el anclaje en lo concreto. Nunca se pierde en la abstracción pura. La melancolía tiene siempre un objeto: una maleta de cartón, un paraguas roto, la pared sucia de un taller, una voz de Diana Krall escuchada a destiempo.
Tercer rasgo: la exactitud léxica inesperada. “Fláccido y tumefacto del ser”, “el vaho que empaña los instantes”, “el retroceso era ya un imposible”: hay en la voz de Castellà Blanch un placer por la palabra exacta, aunque sea una palabra incómoda, que no deja lugar al eufemismo.
5. El poema imprescindible
El poema imprescindible del libro es “Papalaguinda quedaba lejos”. Reproducimos el poema completo:
Huérfanos de ternura,
en las largas noches de silencios,
solos,
en un tren de vapor y billetes de tercera
nos abandonó también el Ángel de la Guarda.
Rodeados de muros,
entre inciensos, cirios y sotanas
náufragos fuimos en un mar de tierras
oscuras de carbón
entre el Torío y Bernesga
que lamían con sus negras lenguas
los chopos y olmos
y aquella hojarasca
que cubría de soledad los prados.
Reos sin culpa
cayeron todas las penas en nuestras espaldas.
Lentamente
cayeron días, meses y años.
También cayeron muchas lágrimas
en esas largas noches
de silencios y ausencias.
Nos robaron todo
y ese todo era nada, porque nada teníamos.
Solo un corazón pequeño de niños
perdidos en aquella estación de tren,
de todos los trenes
donde viajó la infancia.
(…)
Solo quedan las brasas de un fuego lejano
que quemó la infancia.
Este poema es imprescindible porque es el único del libro que abre el yo lírico a la experiencia colectiva en primera persona del plural: “nos abandonó”, “náufragos fuimos”, “nos robaron todo”. El poeta habla aquí de su infancia en los colegios de huérfanos de ferroviarios, entre León y Madrid, y lo hace sin sentimentalismo y sin rencor, con la aridez de quien ha elaborado el dolor durante décadas. “Reos sin culpa” es la formulación más exacta de lo que fue esa infancia: la condena sin delito, el castigo sin razón.
El verso final —”Solo quedan las brasas de un fuego lejano / que quemó la infancia”— concentra toda la paradoja del libro. El fuego que debía haber dado calor y luz fue lo que destruyó. Lo que queda es apenas el recuerdo de ese fuego: brasas, no llamas. Lo que queda, sin embargo, es suficiente para escribir un poema.
Síntesis final
El brillo de los cristales rotos es un libro que justifica su existencia desde la primera página. Su mayor mérito no es la innovación formal sino la autenticidad: cada poema parece escrito porque no había otra salida, porque la experiencia exigía ser nombrada con exactitud o no ser nombrada en absoluto. En una época en que la poesía española produce abundantes libros competentes, este ofrece algo más escaso: una voz que ha encontrado su temperatura definitiva y que, desde esa temperatura, ilumina experiencias que todos hemos tenido pero que pocos hemos sido capaces de ver con tanta claridad.
Para los materiales promocionales, la fórmula podría ser: “Un libro sobre lo que se rompe y lo que, al romperse, todavía puede brillar.”





