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Tiempo, ausencia y presencia: una lectura fenomenológica de «Caminantes»

Introducción

El duelo plantea una paradoja fenomenológica de primer orden: la de una presencia que persiste en la ausencia, la de un ser que ya no está y que, sin embargo, sigue determinando la experiencia de quien lo ha perdido. Esta paradoja, que la conciencia común expresa diciendo que el muerto sigue presente en el recuerdo, exige para su análisis los instrumentos de la fenomenología, la disciplina que ha hecho de la presencia de lo ausente uno de sus problemas centrales. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), primer poemario de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026), constituye una exploración poética excepcionalmente lúcida de esta paradoja.

Este ensayo sostiene la siguiente tesis: la dialéctica de presencia y ausencia que estructura Caminantes, así como la peculiar temporalidad del duelo que el poemario despliega, encuentran su iluminación más adecuada en la fenomenología de la memoria de Paul Ricoeur, que permite comprender el recuerdo no como reproducción del pasado, sino como presencia de lo ausente, y el duelo no como olvido, sino como reconocimiento. El poemario realiza, en el plano poético, el análisis que la fenomenología desarrolla en el plano conceptual: la descripción de cómo lo perdido sigue presente en una modalidad nueva.

El análisis se apoya en La memoria, la historia, el olvido de Ricoeur, con referencia a la tradición fenomenológica del análisis del tiempo y la memoria. Sobre este marco se examinará la paradoja de la presencia ausente en el poemario, la temporalidad detenida del duelo, la dialéctica del reconocimiento frente al olvido, y la concepción de la memoria como modalidad de presencia que estructura toda la obra.

La fenomenología de la memoria de Ricoeur

Paul Ricoeur, en La memoria, la historia, el olvido, retoma y renueva el análisis fenomenológico de la memoria iniciado por la tradición que va de Aristóteles a Husserl. Su punto de partida es una distinción fundamental: la memoria no es una simple reproducción del pasado, sino la presencia actual de algo ausente. Recordar es hacer presente lo que ya no está, pero hacerlo presente en su misma condición de ausente, reconociéndolo como pasado. La memoria es, así, la paradójica presencia de la ausencia.

Ricoeur distingue, en este sentido, entre la memoria como evocación —la simple aparición de un recuerdo— y la memoria como reconocimiento, que implica la identificación del recuerdo como representación fiel de algo efectivamente sucedido. El reconocimiento es el momento en que la memoria alcanza su plenitud: cuando lo recordado se reconoce como lo que fue, en su verdad de pasado. Esta distinción es decisiva para el análisis del duelo, pues el trabajo del luto consiste precisamente en pasar de la evocación dolorosa del ausente a su reconocimiento como presencia interior.

Ricoeur articula, además, la dialéctica entre memoria y olvido como condición de la temporalidad humana. El olvido no es solo pérdida: es también la condición que hace posible el recuerdo, el fondo sobre el que la memoria se recorta. El duelo se sitúa en esta dialéctica: no consiste en olvidar al ausente —lo que sería su segunda muerte—, ni en retenerlo intacto —lo que sería la fijación melancólica—, sino en encontrar la justa relación entre memoria y olvido que permite conservar al ausente transformándolo. Caminantes explora poéticamente esta dialéctica.

La paradoja de la presencia ausente

El núcleo fenomenológico de Caminantes es la afirmación reiterada de que el ausente sigue presente. El poema «El instante gigante» formula esta paradoja en su verso central y en su cierre: «En tu ausencia,» «sigues siendo presencia» (p. 64). La formulación es de una precisión fenomenológica notable: no afirma que el ausente esté presente a pesar de su ausencia, sino que sigue siendo presencia en su ausencia misma, en una modalidad de presencia que la ausencia no anula sino que constituye.

Esta paradoja recorre todo el poemario y encuentra formulaciones cada vez más precisas. En «La sinfonía del agua», la voz declara que puede «Puedo verte sin mirarte» (p. 62) y «Puedo vivirte sin tocarte» (p. 62), describiendo una modalidad de presencia que prescinde de la percepción sensorial. Ver sin mirar, vivir sin tocar: estas formulaciones describen con exactitud la presencia memorial, que no requiere la presencia física del objeto, sino que lo hace presente en su ausencia mediante el recuerdo. La fenomenología de la memoria encuentra aquí su correlato poético.

La paradoja se resuelve, fenomenológicamente, en la distinción entre modalidades de presencia. El ausente no está presente del modo en que lo estaría un objeto percibido, sino del modo en que lo está un objeto recordado: como presencia intencional, dada a la conciencia en la modalidad del recuerdo. Caminantes describe esta modalidad con una lucidez que la aproxima al análisis fenomenológico: la voz no confunde la presencia memorial con la presencia física, no cae en la alucinación, sino que reconoce al ausente como presente en la modalidad propia de la memoria. Esta lucidez distingue el duelo elaborado de la melancolía.

El tiempo detenido del duelo

La temporalidad del duelo constituye el segundo gran tema fenomenológico del poemario. Caminantes describe reiteradamente una experiencia del tiempo que se aparta del tiempo cronológico ordinario: un tiempo detenido, suspendido, sustraído al fluir de la sucesión. El poema «La detención del tiempo» lo formula explícitamente: en el instante del abrazo, «el tiempo permaneció» «para siempre detenido» (p. 29). La experiencia amorosa, y luego su recuerdo, instauran un tiempo distinto del tiempo del reloj.

Esta detención del tiempo tiene una explicación fenomenológica. El tiempo de la conciencia, según la fenomenología, no coincide con el tiempo objetivo de los relojes: es un tiempo vivido, en el que el presente se dilata o se contrae según la intensidad de la experiencia. El instante intenso —el del amor, el del recuerdo— se sustrae a la sucesión y se vuelve, en cierto sentido, eterno: no porque dure indefinidamente, sino porque escapa a la medida cronológica. Caminantes describe esta dilatación del presente vivido, este tiempo de la conciencia que el duelo intensifica.

La imagen de la voz como «inmóvil roca» que permanece en su «eterno aquí y ahora», ajena al fluir, que aparece en «La orilla quieta», refuerza esta concepción. La voz se sitúa en un presente detenido, en un aquí y ahora que resiste el paso del tiempo cronológico. El gesto reiterado de «miro, miro y miro» (p. 42) figura esta suspensión: la mirada que no avanza, que permanece fija en el mismo punto, instaura un tiempo detenido que es el tiempo propio del duelo. La fenomenología del tiempo vivido encuentra en estas imágenes su realización poética.

La dialéctica del reconocimiento

El trabajo del duelo, en términos ricoeurianos, consiste en pasar de la evocación dolorosa del ausente a su reconocimiento como presencia interior. Caminantes describe este tránsito a lo largo de sus tres secciones. La evocación dolorosa domina la sección de la despedida, donde el recuerdo irrumpe como herida; el reconocimiento se alcanza en los poemas finales, donde el ausente se reconoce como presencia permanente. El poemario realiza, así, el movimiento que Ricoeur describe como el paso de la memoria-evocación a la memoria-reconocimiento.

El reconocimiento implica una transformación de la relación con el pasado. En la evocación dolorosa, el pasado irrumpe como ausencia insoportable, como falta; en el reconocimiento, el pasado se acepta como pasado, se reconoce en su verdad, y por ello deja de ser pura falta para convertirse en posesión interior. El poema «La sinfonía del agua» registra este tránsito en su estructura circular: comienza en la evocación de la marcha del ausente y termina en el reconocimiento de su permanencia, «Ahora que te quedas conmigo» (p. 62). El mismo adverbio que abría el poema en la ausencia lo cierra en la presencia reconocida.

Este reconocimiento no suprime el dolor, pero lo transforma. Reconocer al ausente como presencia interior no equivale a dejar de echarlo de menos, sino a integrarlo en una relación nueva, en la que la ausencia física coexiste con la presencia memorial. El poemario describe esta coexistencia con precisión: la voz reconoce simultáneamente que el ausente no está y que sigue estando, sin confundir ambas cosas. Esta capacidad de sostener la paradoja —de reconocer la ausencia física y la presencia memorial a la vez— constituye el logro del trabajo del duelo y la marca de su elaboración madura.

El nombre y la invocación

La fenomenología de la presencia ausente se concreta en Caminantes en el motivo del nombre y la invocación. Nombrar al ausente, dirigirse a él, invocarlo, son actos que lo hacen presente en la modalidad del lenguaje. El poema «El abrigo del silencio» explora la fenomenología de la invocación con notable lucidez: la voz declara «Quisiera llamarte» (p. 60), pero advierte la paradoja de que «Pero si te llamo sería porque no estás. Y estás» (p. 60). La invocación confirma la ausencia —se llama a quien no está— y a la vez instaura la presencia —al llamarlo, se lo hace presente.

Esta paradoja de la invocación es fenomenológicamente precisa. El acto de nombrar tiene una estructura intencional: apunta hacia su objeto, lo hace presente a la conciencia como aquello a lo que se dirige. Nombrar al ausente es, por tanto, hacerlo presente intencionalmente, constituirlo como destinatario aunque no pueda responder. La voz de Caminantes comprende esta estructura: sabe que llamar al ausente confirma su ausencia, pero sabe también que en ese llamar el ausente se hace presente. La invocación es el acto fenomenológico por excelencia del duelo.

El poemario explora, además, la dimensión temporal de la invocación. Llamar al ausente es traerlo al presente, actualizarlo, sustraerlo momentáneamente al pasado en que la muerte lo ha inscrito. La invocación instaura un presente del recuerdo en el que el ausente vuelve a estar, aunque sea en la modalidad del lenguaje. Esta capacidad del lenguaje de hacer presente lo ausente es el fundamento de la poesía del duelo, y Caminantes la ejerce con plena conciencia de su estructura. El nombre es el último asidero de la presencia: mientras el nombre se pronuncie, el ausente no ha desaparecido del todo.

El espejo y la interioridad

Un motivo fenomenológicamente significativo del poemario es el del espejo, que figura la interiorización del ausente. En «El eco en el rostro», la voz se declara «soy espejo» «para verte entero» (p. 58), asumiendo la función de reflejar y conservar la imagen del ausente. El espejo no produce la presencia física del reflejado, pero la hace presente en la modalidad de la imagen: presencia mediada, interior, que depende del sujeto que refleja.

Esta imagen del espejo describe con precisión la estructura de la memoria como presencia de lo ausente. El sujeto que recuerda es como un espejo que conserva la imagen del ausente, que lo hace presente en su interioridad. La presencia memorial es, en este sentido, una presencia refleja: no la del objeto mismo, sino la de su imagen conservada en la conciencia. El poema «La luz en voz baja» desarrolla esta concepción al describir al ausente y a la voz como «dos espejos fluyendo», y al afirmar que lo que perdura no es la sombra de lo que fueron, «sino lo que estábamos siendo» (p. 23).

La concepción del sujeto como espejo del ausente tiene consecuencias fenomenológicas precisas. Significa que la presencia del ausente depende del sujeto que la sostiene, que la memoria es una actividad y no una pasividad, que conservar al ausente requiere un trabajo continuo de reflexión interior. La voz de Caminantes asume este trabajo: se hace espejo, se hace soporte de la presencia memorial, sostiene activamente la imagen del ausente. Esta concepción activa de la memoria, que la entiende como trabajo de conservación y no como simple persistencia pasiva, coincide con el análisis fenomenológico del recuerdo como acto intencional de la conciencia.

El año del duelo: tiempo cíclico y tiempo lineal

La temporalidad del duelo en Caminantes combina, fenomenológicamente, el tiempo cíclico y el tiempo lineal. El poemario mide el duelo por el ciclo del año —las estaciones que se suceden, el aniversario que regresa— y, a la vez, por el avance lineal de la elaboración. El poema «La caja de Pandora» registra «un año de tu ausencia», marcando el ciclo anual como unidad de medida del duelo, mientras que el conjunto del libro traza un avance lineal desde el dolor hacia la integración.

Esta combinación de tiempo cíclico y lineal es característica de la experiencia del duelo. El aniversario, el regreso de las fechas significativas, reactiva el dolor cíclicamente, en una temporalidad de la repetición; pero cada regreso encuentra al doliente en un punto distinto de su elaboración, en una temporalidad del avance. El duelo se vive, así, como una espiral: la combinación de un movimiento circular —el del ciclo que regresa— y un movimiento lineal —el de la elaboración que avanza—. Caminantes describe esta temporalidad espiral con precisión.

La fenomenología del tiempo permite comprender esta estructura. El tiempo vivido no es ni puramente lineal ni puramente cíclico, sino que combina ambas dimensiones: la sucesión irreversible y el retorno de lo semejante. El duelo intensifica esta combinación, pues somete al doliente a la vez al regreso cíclico del dolor y al avance lineal de su elaboración. El poemario realiza poéticamente este análisis al estructurar el duelo como un año que se recorre y, a la vez, como un proceso que avanza hacia la germinación de la memoria. La temporalidad de Caminantes es, en este sentido, fenomenológicamente exacta.

El olvido como amenaza y como condición

La dialéctica ricoeuriana entre memoria y olvido encuentra en Caminantes una exploración matizada. El olvido aparece, en primer lugar, como amenaza: la posibilidad de que el ausente desaparezca del todo, de que su presencia memorial se extinga. El poemario se constituye, en buena medida, como resistencia a esta amenaza, como esfuerzo de conservación de la presencia del ausente frente al olvido que la muerte y el tiempo amenazan con imponer.

Pero el olvido aparece también, en una concepción más profunda, como condición de la memoria. Ricoeur muestra que no hay memoria sin olvido, que el recuerdo se recorta sobre un fondo de olvido que lo hace posible. Caminantes registra esta función del olvido en los poemas de la integración, donde la voz acepta que no puede retenerlo todo, que algunas cosas se pierden, y que esa pérdida parcial es la condición para conservar lo esencial. El poema «El presente abrillantado» figura este olvido necesario en la imagen de barrer el olvido para despejar el presente: un gesto que no suprime la memoria, sino que la depura.

La justa relación entre memoria y olvido que el poemario alcanza define el éxito del trabajo del duelo. No se trata de recordarlo todo —lo que sería la fijación melancólica— ni de olvidarlo todo —lo que sería la segunda muerte del ausente—, sino de encontrar el equilibrio en que la memoria conserva lo esencial sobre el fondo de un olvido que la hace soportable. Caminantes describe la conquista de este equilibrio, que es la conquista de la elaboración madura del duelo. La dialéctica ricoeuriana entre memoria y olvido encuentra, así, en el poemario su ilustración poética más precisa.

Las preguntas sin respuesta: los límites del sentido

La fenomenología del duelo incluye la confrontación con los límites del sentido, con aquello que la conciencia no puede comprender ni integrar. Caminantes registra esta confrontación en el motivo de las preguntas sin respuesta. El poema «La caja de Pandora» evoca «mil preguntas» «no contestadas» (p. 54) que la voz guarda como piedras en la boca. La muerte plantea preguntas que no tienen respuesta, que resisten toda comprensión, y el duelo debe aprender a convivir con esa resistencia.

Esta confrontación con lo incomprensible tiene una dimensión fenomenológica precisa. La conciencia tiende a dar sentido, a integrar la experiencia en un horizonte de comprensión; pero la muerte del otro introduce un exceso que resiste la integración, una opacidad que el sentido no puede disipar. El duelo no consiste en responder las preguntas que la muerte plantea —pues son irrespondibles—, sino en aprender a sostenerlas, a convivir con su falta de respuesta. Caminantes describe este aprendizaje al figurar las preguntas como piedras que la voz guarda sin poder formularlas ni responderlas.

La aceptación de los límites del sentido es parte del trabajo del duelo. La voz de Caminantes no pretende comprender la muerte, no busca una explicación que la haga aceptable; aprende, en cambio, a habitar la pregunta sin respuesta, a sostener la opacidad de la pérdida. Esta sabiduría —la de quien renuncia a comprender lo incomprensible y aprende a convivir con ello— constituye una de las formas más altas de la elaboración del duelo. El poemario demuestra que la integración de la pérdida no requiere su comprensión, sino la aceptación de su carácter en parte incomprensible.

La memoria como modalidad de presencia

La síntesis de estos análisis permite formular la concepción de la memoria que el poemario propone: la memoria como modalidad de presencia. Caminantes no entiende la memoria como mera conservación de imágenes del pasado, sino como una forma activa de hacer presente al ausente, de sostener su presencia en una modalidad distinta de la física. Recordar es, para el poemario, una manera de seguir teniendo al ausente, de mantenerlo presente en la interioridad.

Esta concepción coincide con el análisis ricoeuriano de la memoria como presencia de lo ausente. Para Ricoeur, recordar no es contemplar una imagen muerta del pasado, sino hacer presente lo ausente en su condición de pasado, reconocerlo como lo que fue y lo que sigue siendo en la memoria. Caminantes realiza poéticamente este análisis al describir la memoria como una presencia viva, activa, que sostiene al ausente y lo hace germinar. La memoria del poemario no es pasiva ni inerte: es generativa, productiva, capaz de transformar lo perdido en presencia nueva.

La culminación de esta concepción se encuentra en la imagen final de la germinación, donde la memoria se figura como semilla que da fruto. La memoria-presencia de Caminantes no se limita a conservar: crea, fecunda, hace renacer. El ausente, conservado en la memoria, no permanece como reliquia inerte, sino que se transforma en presencia activa que sigue determinando la vida de la voz. Esta concepción de la memoria como modalidad de presencia viva constituye la aportación fenomenológica más original del poemario, y la razón última de su lucidez sobre la paradoja de la presencia ausente.

Conclusiones

El análisis desarrollado permite confirmar la tesis enunciada: la dialéctica de presencia y ausencia que estructura Caminantes (Poemas del duelo y la memoria) y la peculiar temporalidad del duelo que el poemario despliega encuentran su iluminación más adecuada en la fenomenología de la memoria de Paul Ricoeur, que permite comprender el recuerdo como presencia de lo ausente y el duelo como reconocimiento. El estudio ha mostrado que el poemario realiza, en el plano poético, el análisis que la fenomenología desarrolla en el plano conceptual: la descripción de cómo lo perdido sigue presente en una modalidad nueva.

El examen de la paradoja de la presencia ausente ha revelado la precisión fenomenológica del poemario, capaz de distinguir la presencia memorial de la presencia física y de describir modalidades de presencia que prescinden de la percepción sensorial. El análisis de la temporalidad ha mostrado que Caminantes describe el tiempo detenido del duelo —el tiempo vivido de la conciencia, sustraído a la sucesión cronológica— y la combinación de tiempo cíclico y lineal que da al duelo su estructura espiral. El estudio de la dialéctica del reconocimiento ha documentado el tránsito de la evocación dolorosa al reconocimiento del ausente como presencia interior, que constituye el trabajo del duelo en términos ricoeurianos.

El análisis ha mostrado, además, la lucidez del poemario sobre la fenomenología de la invocación —el nombre que confirma la ausencia y a la vez instaura la presencia—, sobre la interiorización del ausente figurada en el motivo del espejo, sobre la dialéctica entre memoria y olvido, y sobre la confrontación con los límites del sentido en el motivo de las preguntas sin respuesta. La síntesis de estos análisis ha permitido formular la concepción de la memoria que el poemario propone: la memoria como modalidad de presencia viva, generativa, que no se limita a conservar el pasado, sino que hace renacer al ausente en una presencia nueva.

La aportación de este estudio al campo académico consiste en haber leído una obra reciente de poesía del duelo con los instrumentos de la fenomenología de la memoria, mostrando la afinidad profunda entre la exploración poética y el análisis filosófico de la presencia de lo ausente. Caminantes demuestra que la poesía del duelo puede alcanzar una lucidez fenomenológica que la aproxima al análisis conceptual, y que la fenomenología, a su vez, puede iluminar la estructura de la experiencia que la poesía describe. En esa convergencia entre poesía y fenomenología —entre la descripción poética y el análisis filosófico de la presencia ausente— reside el logro del poemario y la razón de su interés para los estudios sobre la memoria, el tiempo y el duelo.

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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20582305

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