Andrés Ignacio García-Pérez Tomás
Grupo Editorial Pérez-Ayala / Editorial Poesía eres tú
ORCID: 0009-0006-0733-8073
1. Introducción: una fecha que no pertenece al pasado
El Hilo Hispanoamericano: urdimbre de un telar humano, de Francisco Muñoz-Martín (Editorial Poesía eres tú, 2026, 306 pp.), se abre con una afirmación que no es descriptiva sino programática: «ay fechas que no pertenecen al pasado. Siguen formulando preguntas» (p. 7). La frase, cuya inicial se pierde en la letra capitular de la maqueta, sitúa al lector ante un objeto que el libro no tratará como acontecimiento clausurado. Dos líneas después el objeto queda nombrado: «El 12 de octubre es una de ellas.» La operación inaugural del volumen consiste, pues, en declarar que su asunto no es una efeméride sino un litigio abierto, y en presentarse a sí mismo como una intervención dentro de ese litigio.
Lo que sigue en esa misma página es una descripción del campo en dos polos. Por un lado, «Para algunos simboliza una lengua compartida y una herencia cultural común»; por otro, «Para otros recuerda conquistas, desigualdades y heridas históricas que aún proyectan su sombra» (p. 7). La formulación es equilibrada, y la simetría de la sintaxis —”Para algunos…”, “Para otros…”— refuerza la impresión de que ambos polos reciben el mismo trato. Inmediatamente después, sin embargo, el libro ejecuta el movimiento que da título a este estudio y que constituye su verdadera apuesta: declara que la alternativa entre esos dos polos es espuria. «Entre ambas miradas suele instalarse una elección falsa: celebrar sin matices o condenar sin contexto» (p. 7).
La calificación es fuerte y conviene detenerse en ella. El libro no dice que ambas posiciones sean parciales, ni que puedan complementarse, ni que convenga matizarlas. Dice que la elección entre ellas es falsa, esto es, que el dilema está mal planteado desde su origen. Quien afirma tal cosa no se limita a añadir un tercer parecer a los dos existentes: recalifica el terreno en el que los otros dos se enfrentan y se atribuye, con ese gesto, la capacidad de ver lo que ellos no ven. Es un movimiento de metanivel, y su rendimiento retórico es considerable, porque permite ocupar una posición sin declararla como una posición más.
El paso siguiente completa la operación. Habiendo desactivado la disyuntiva, el libro necesita ofrecer algo en su lugar, y lo que ofrece no es un juicio alternativo sino la sustitución del juicio por otra actividad: «El Hilo Hispanoamericano no pretende dictar sentencia ni sustituir a la Historia. Aspira, simplemente, a escuchar» (p. 7). La imagen jurídica —dictar sentencia— y su renuncia explícita reaparecerán en el prólogo en verso con formulación aún más nítida: «No venimos a dictar sentencia. Venimos a escuchar» (p. 13). Entre la introducción en prosa y el prólogo en verso, el libro repite dos veces el mismo par de proposiciones: negación del tribunal, afirmación de la escucha.
Este trabajo se ocupa de ese doble movimiento —declaración de falsa disyuntiva y sustitución del juicio por la escucha— como objeto de análisis. Su objeto no es, por tanto, la cuestión histórica de fondo. No se examina aquí si la conquista de América debe ser evaluada de un modo o de otro, ni se dictamina cuál de las posiciones en litigio se aproxima más a la verdad histórica. Lo que se examina es un gesto retórico —el de la tercera vía— y el lugar que ese gesto ocupa en un campo de discusión pública y académica que está, en el momento de publicarse el libro, particularmente activo.
Conviene enunciar esta delimitación con la mayor claridad posible, porque el asunto la exige. La polémica sobre el 12 de octubre, la leyenda negra y el balance de la presencia española en América es hoy, en España y en varios países hispanoamericanos, un terreno de confrontación política además de historiográfica. Un estudio que pretendiese arbitrar entre esas posiciones estaría tomando partido, lo dijera o no. Este no lo pretende. Las posiciones que se describen a continuación se exponen tal como sus autores las formulan, con el mismo cuidado y la misma extensión, y sin que la voz del investigador declare cuál de ellas considera correcta. Cuando se afirme que una posición ha sido replicada por otra, se documentará la réplica sin dictaminar quién tiene razón. Cuando se señale una ausencia en el aparato del libro analizado, se señalará como dato de composición y no como falta moral.
La aportación del estudio se concentra en un hallazgo verificable y hasta ahora no descrito: la existencia, en el aparato final del volumen, de una lista bibliográfica que reúne bajo un rótulo de imparcialidad a los dos polos antagónicos del debate, y cuya composición numérica permite determinar con precisión sobre qué apoyo intelectual descansa de hecho la tercera vía que el libro propone. Ese apoyo, según se mostrará, no está repartido entre los extremos sino escorado hacia un tercer lugar: el hispanismo académico, mayoritariamente anglosajón, que desde los años sesenta viene practicando la corrección historiográfica de ambos relatos. Lo que el libro presenta como equidistancia entre dos polos es, cuando se cuenta, adhesión a una tradición disciplinar concreta.
El trabajo se organiza en nueve apartados. El segundo fija el instrumento teórico, tomado de la sociología de la producción cultural de Pierre Bourdieu, y establece una distinción de método —entre equidistancia valorativa y posición intermedia en un campo— sin la cual el análisis se deslizaría inevitablemente hacia el juicio. El tercero cartografía el campo de la disputa en su estado actual. El cuarto examina el programa que el libro enuncia en sus umbrales. El quinto, que constituye el núcleo del estudio, analiza la lista bibliográfica. El sexto se ocupa del ensayo terminal sobre los nombres del continente. El séptimo, del epílogo, donde la escucha declarada se convierte en propuesta política. El octavo expone las dos lecturas posibles del conjunto sin elegir entre ellas. El noveno recoge las conclusiones.
2. Campo, posición y la ilusión de la exterioridad
El instrumento que permite describir un gesto como el de El Hilo Hispanoamericano sin evaluarlo procede de la sociología de la producción cultural de Pierre Bourdieu, y en particular de la noción de campo tal como queda formulada en Les règles de l’art (1992) y en el artículo previo sobre el campo literario publicado en Actes de la recherche en sciences sociales (1991). Un campo es, en esa formulación, un espacio estructurado de posiciones en el que los agentes compiten por un capital específico y en el que ninguna toma de palabra es neutra respecto de las demás: hablar dentro de un campo es ocupar una posición relativa a las posiciones ya ocupadas, se quiera o no, se declare o no.
La consecuencia metodológica es directa y es la que interesa aquí. Cuando un texto declara situarse fuera de una polémica, esa declaración no lo sitúa fuera: constituye, ella misma, una toma de posición dentro del campo, y una toma de posición reconocible, con historia propia y con rendimientos previsibles. La posición de exterioridad —el lugar de quien dice no participar en la disputa que describe— es una de las más antiguas y más eficaces del espacio intelectual, precisamente porque convierte la abstención en autoridad. Bourdieu la analizó con detalle a propósito de la pretensión de desinterés estético, mostrando que la renuncia declarada al interés funciona en el campo como una forma superior de inversión.
Aplicado a nuestro objeto, el aparato de Bourdieu permite formular la pregunta correcta. No se trata de determinar si es legítimo o no que un poemario declare no dictar sentencia; se trata de determinar qué hace esa declaración dentro del campo donde el libro aparece, con qué otras posiciones se alinea y de cuáles se distancia. La declaración de imparcialidad es un acto, y como todo acto tiene efectos: acredita al hablante ante un público que desconfía de los extremos, lo exime de la obligación de argumentar contra cada uno de ellos y transfiere el desprestigio del dogmatismo a quienes sí han tomado partido. Describir esos efectos no equivale a denunciarlos. Equivale a hacer visible una operación que el propio texto realiza sin tematizar.
Aquí es imprescindible introducir una distinción que gobierna todo lo que sigue y sin la cual el análisis se convertiría en el juicio que dice evitar. Hay que separar dos cosas que el lenguaje corriente confunde. La primera es la equidistancia valorativa: la tesis, sustantiva y discutible, según la cual dos posiciones enfrentadas merecen igual crédito, o según la cual la verdad se encuentra necesariamente en su punto medio. Esta es una tesis sobre el mundo, y evaluarla exigiría entrar en el fondo del litigio histórico. Este trabajo no la evalúa ni la suscribe ni la refuta.
La segunda es la posición intermedia en un campo: la constatación, descriptiva y verificable, de que un agente se sitúa en el espacio de posiciones a distancia de dos polos previamente constituidos y toma de ambos elementos que recombina. Esta segunda noción no dice nada sobre si el agente acierta. Dice dónde está. Es una descripción topológica, no una valoración, y puede establecerse mediante indicios materiales: qué autores cita, a cuáles no cita, con qué vocabulario nombra a unos y a otros, qué le concede a cada polo y qué le niega.
Todo el análisis que sigue opera exclusivamente en el segundo registro. Cuando se diga que El Hilo Hispanoamericano ocupa una posición intermedia, se estará diciendo que se sitúa a distancia de dos polos y que toma elementos de ambos, no que su equidistancia sea acertada ni desacertada. Y cuando se muestre que ese lugar intermedio está, de hecho, apoyado sobre una tradición disciplinar determinada, se estará describiendo la composición de su aparato, no impugnando su honestidad.
Al marco de Bourdieu conviene añadir dos precisiones tomadas de otros ámbitos. La primera procede de Michael Rothberg y de su noción de memoria multidireccional (2009), formulada precisamente contra el modelo competitivo de la memoria pública, según el cual el reconocimiento de un pasado traumático se produce a costa del reconocimiento de otro. Rothberg propone concebir las memorias como productivamente interferidas antes que como rivales en una economía de suma cero. La pertinencia para nuestro caso es evidente: un libro que se propone alojar en un mismo volumen el relato de la herencia compartida y el de las heridas históricas está operando, sin nombrarla, en el terreno que Rothberg conceptualiza. Que lo consiga o no es una cuestión distinta de que lo intente, y aquí solo interesa lo segundo.
La segunda precisión procede del propio campo del hispanismo. Sebastiaan Faber ha sostenido, en un libro sobre la constitución del hispanismo anglonorteamericano (2008a) y en un artículo sobre la economía de prestigio de los estudios ibéricos en la universidad estadounidense (2008b), que esa disciplina no es un observatorio neutral desde el que contemplar las polémicas hispánicas, sino un campo con intereses, jerarquías y posiciones propias, cuya autoridad se construye en parte mediante la exhibición de distancia respecto de las pasiones nacionales que estudia. La observación es relevante porque el apoyo bibliográfico que más adelante se documentará procede mayoritariamente de ese campo: mostrar que un libro se apoya en el hispanismo académico anglosajón no equivale a mostrar que se apoya en un lugar sin posición, sino a identificar cuál es la posición sobre la que se apoya.
3. Cartografía del campo: qué está en disputa
Para determinar dónde se sitúa un texto hace falta antes describir el espacio en el que se sitúa. Este apartado reconstruye, en sus grandes líneas y sin arbitrar entre ellas, las posiciones que ocupan hoy el campo de discusión sobre el 12 de octubre y sobre el balance de la presencia española en América. La reconstrucción es necesariamente esquemática; su función es cartográfica, no historiográfica.
El primer polo del que el libro se distancia es el de la condena. Su formulación intelectualmente más elaborada procede de la crítica decolonial, y en particular de la obra de Walter D. Mignolo, cuya Idea de América Latina (2005; trad. esp. 2007) sostiene que el continente no fue descubierto ni encontrado sino inventado como categoría dentro de un orden de saber europeo, y que esa invención forma parte del mismo dispositivo que la explotación colonial. La noción de herida colonial designa en Mignolo no un daño pretérito sino una estructura que persiste en el presente bajo la forma de una jerarquía de conocimientos; de ahí su propuesta de desprendimiento epistémico (2007), esto es, de ruptura con las categorías que organizan el propio campo del saber. Aníbal Quijano (2000) había fijado antes el concepto que sostiene toda esta línea, el de colonialidad del poder, según el cual la clasificación racial de la población mundial constituye el eje sobre el que se organizó el poder desde el siglo XVI y que sobrevivió a la independencia política de las repúblicas americanas.
El segundo polo es el del revisionismo hispanista, que en la última década ha alcanzado una difusión pública considerable en España. Su texto de referencia es Imperiofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca Barea (2016), que interpreta el descrédito histórico de la monarquía hispánica como un fenómeno de propaganda antiimperial de larga duración, comparable a otros episodios de hostilidad hacia potencias hegemónicas. Marcelo Gullo Omodeo prolongó la línea en Madre Patria (2021), texto que se propone desmontar la leyenda negra desde una posición explícitamente reivindicativa. Ambos títulos remiten, como a su fuente, al ensayo de Julián Juderías La leyenda negra y la verdad histórica (1914), que acuñó la expresión y estableció el marco de la discusión durante todo el siglo XX.
Este segundo polo ha recibido réplica desde dentro del ámbito académico español. José Luis Villacañas publicó en 2019 Imperiofilia y el populismo nacional-católico, respuesta punto por punto al libro de Roca Barea, en la que impugna tanto su método como sus fuentes. Ricardo García Cárcel, por su parte, ha desarrollado desde 1992 —con La leyenda negra. Historia y opinión— y hasta El demonio del Sur (2017) una historiografía de la leyenda negra que la trata como objeto de estudio y no como arma, y que no coincide con las posiciones del revisionismo de intervención pública. La existencia de esta réplica es un dato del campo y se consigna como tal; no se dictamina aquí quién lleva razón en ella.
El tercer conjunto de posiciones —el que resulta decisivo para nuestro análisis— no se define por su lugar en el eje celebración/condena, sino por su pertenencia a una tradición disciplinar. Se trata de la corrección historiográfica practicada desde el americanismo y el hispanismo académicos, mayoritariamente anglosajones. Su documento más citado es Seven Myths of the Spanish Conquest, de Matthew Restall (2003, reeditado con nuevo epílogo en 2021), cuyo procedimiento consiste en desmontar siete relatos consolidados sobre la conquista —el del puñado de hombres excepcionales, el de la superioridad tecnológica decisiva, el de la comunicación imposible, el de la desaparición de los pueblos indígenas— mostrando que ninguno resiste el contraste documental. Es capital advertir que estos siete mitos no pertenecen a un solo bando: la obra corrige por igual el relato heroico y el relato de la aniquilación total, y su efecto en el campo consiste precisamente en desplazar la discusión desde el eje moral hacia el eje probatorio.
En la misma tradición se inscriben John H. Elliott, cuya Empires of the Atlantic World (2006) construye una historia comparada de las presencias británica y española en América que impide tratar cualquiera de las dos como caso singular, y Jorge Cañizares-Esguerra, cuya How to Write the History of the New World (2001) analiza las disputas historiográficas del siglo XVIII sobre el continente y muestra que el problema de cómo narrar América es tan antiguo como la propia narración.
Un cuarto conjunto lo forman los trabajos que estudian la polémica misma como objeto. Richard L. Kagan (2018) se ha preguntado en Cuadernos de Historia Moderna, desde la sección de debate de la revista, por qué la leyenda negra ha regresado al primer plano de la discusión pública precisamente ahora, cuestión que desplaza el foco desde el contenido del relato hacia las condiciones de su reactivación. Edgar Straehle ha trabajado en la misma dirección: su análisis de 2019, publicado en Nuestra Historia, es una reflexión detenida sobre Imperiofobia y sobre el modo en que ese libro construye su argumento, y el de 2024, aparecido en Con-Ciencia Social, examina los usos de la memoria en el nacionalismo historiográfico español contemporáneo. Ambos trabajos son críticos con la obra de Roca Barea; se consignan aquí como parte del mapa, sin que este estudio arbitre la controversia. Marcela García Sebastiani, en una serie de trabajos publicados en Historia y Política, Hispania y —en coautoría con David Marcilhacy— Journal of Contemporary History (2016; 2021; 2017), ha reconstruido la historia conmemorativa del 12 de octubre desde el franquismo hasta la democracia, mostrando que la fecha ha significado cosas distintas en momentos distintos y que su carga actual es el resultado de una acumulación histórica y no de una esencia.
Finalmente, y como línea transversal, conviene retener la historia del nombre mismo del continente, que el libro analizado tratará en su ensayo terminal. Arturo Ardao estableció en Génesis de la idea y el nombre de América Latina (1980) la genealogía del sintagma, y Mónica Quijada la revisó críticamente en Revista de Indias (1998) con atención a la disputa sobre su origen francés o hispanoamericano. Ambos trabajos serán pertinentes en el apartado sexto.
Este es, esquemáticamente, el mapa. El Hilo Hispanoamericano aparece dentro de él, y el resto de este estudio se dedica a determinar dónde.
4. El paratexto como programa: introducción, nota del autor y prólogo
Los umbrales de El Hilo Hispanoamericano ocupan diez páginas —de la 7 a la 16— y constituyen, en el sentido que Gérard Genette dio al término, un paratexto denso y funcional: no acompañan al libro, lo instruyen. Tres piezas se suceden: una introducción en prosa (pp. 7-8), una nota del autor (p. 9) y un prólogo en verso (pp. 13-16), separados por un texto instrumental sobre el modo de leer y escuchar el volumen (pp. 11-12). Las tres enuncian el mismo programa con tres registros distintos, y esa triple enunciación es en sí misma un dato: el libro considera que su método necesita ser explicado antes de ser ejercido.
La introducción, ya examinada en su arranque, completa el programa con dos precisiones. La primera es la de la imagen rectora, que el volumen expone con voluntad casi didáctica: cada nación es una hebra, el conjunto una trama, y ninguna hebra basta por sí sola. La segunda es la del alcance: los poemas recorren diecinueve pueblos y naciones —dieciocho Estados soberanos y Puerto Rico—, y lo hacen, dice el texto, «No para construir un relato único, sino para recordar que la historia compartida de Hispanoamérica es también una conversación plural» (p. 7). La página cierra con una fórmula de apertura, «El telar está abierto» (p. 8), que traslada al lector la responsabilidad de completar el sentido.
Debe subrayarse la coherencia entre esta declaración y el gesto inaugural. Negar el relato único y afirmar la conversación plural es, en el terreno de la memoria, exactamente lo que la disyuntiva denunciada en la misma página impide: si hay que elegir entre celebrar y condenar, hay relato único, sea el uno o sea el otro. La tercera vía se presenta, por tanto, no como un contenido intermedio sino como una condición de posibilidad de la pluralidad. Esa es su forma argumentativa más fuerte, y conviene reconocerla como tal antes de someterla a examen.
La nota del autor (p. 9) desplaza el programa del terreno del método al de la intención. Aquí la fórmula es de renuncia doble: «No quise escribir un manual de historia ni un ensayo político. Quise escuchar.» El interés de la frase reside en que las dos cosas rechazadas —el manual y el ensayo político— corresponden con precisión a los dos polos del campo descrito en el apartado anterior. El manual de historia es el registro de la autoridad académica; el ensayo político, el de la intervención pública. Rechazar ambos no deja al texto sin género: lo instala en un tercer género, el del poemario-crónica, que la propia nota nombra y define, y que se justifica en que «la poesía no sustituye al conocimiento histórico, sino que dialoga con él desde otro lugar» (p. 9).
La misma página contiene una declaración de límite que merece atención, porque es infrecuente y porque desactiva de antemano una parte de las objeciones posibles: «Toda síntesis es incompleta. Habrá ausencias, simplificaciones inevitables y matices que podrían desarrollarse más ampliamente» (p. 9). El enunciado admite lo que un lector crítico podría reprochar y lo asume como condición del formato. Desde el punto de vista del análisis del campo, esta admisión cumple una función precisa: reduce la superficie sobre la que el texto puede ser atacado, sin renunciar por ello a la ambición del proyecto. Y la nota cierra con una fórmula que traslada la tercera vía del método a la actitud del lector: «Ojalá estas páginas sirvan para recorrer Hispanoamérica con más curiosidad que prejuicios y con más preguntas que certezas» (p. 9). Curiosidad frente a prejuicio, preguntas frente a certezas: el par de oposiciones reproduce, en clave psicológica, la misma estructura que en la introducción se enunciaba en clave historiográfica.
El texto intermedio sobre el modo de lectura (pp. 11-12) introduce el término con que el autor designa su procedimiento, el Versolumen, definido como una escritura que «combina investigación documental, síntesis narrativa y lenguaje poético» (p. 11). La entrada final del volumen lo reformula en términos casi idénticos: «El término une las palabras verso y lumen (luz) para designar una forma de creación poética que integra investigación histórica, síntesis narrativa y expresión lírica» (p. 285). La reiteración importa porque el concepto cumple, dentro de la economía del libro, una función legitimadora: nombra un procedimiento mixto y, al nombrarlo, lo constituye como categoría, de modo que las exigencias del rigor histórico y las de la libertad poética quedan ambas satisfechas por definición y ninguna puede invocarse contra el resultado.
El prólogo en verso (pp. 13-16) traduce el programa a materia poética, y lo hace mediante una técnica de enumeración que otros estudios de este mismo fondo han analizado con detalle. Interesan aquí tres momentos. El primero es la fórmula jurídica ya citada, «No venimos a dictar sentencia. Venimos a escuchar», que ocupa el centro exacto de la primera página del prólogo y funciona como bisagra entre la evocación de la trilogía precedente y el catálogo de voces que sigue. El segundo es la declaración de que la memoria no será suprimida: «No seremos museo de fechas, pero habrá fechas que arden» (p. 14). La fórmula es doblemente cautelosa —niega el archivo inerte y afirma la combustión— y anuncia un catálogo que incluye, sin eufemismo, «Habrá espadas, claustros, virreinatos, barcos que trajeron hambre y pan» (p. 14). La conjunción de hambre y pan en un mismo verso condensa el programa entero: la misma travesía trajo las dos cosas, y el poema se niega a separarlas.
El tercer momento es el que atañe a la esclavitud, y es el pasaje donde la tercera vía alcanza su formulación más comprometida: «y el tambor que vino encadenado… y se quedó a soltar cadenas con música» (p. 14). La estructura es de reversión: lo que llegó como instrumento de sometimiento permanece como agente de liberación. Una lectura celebratoria del pasaje subrayaría el segundo hemistiquio; una lectura condenatoria, el primero. El verso no permite ninguna de las dos operaciones por separado, porque su sentido depende del giro entre ambos. Es, en términos estrictamente formales, el lugar del libro donde la propuesta metodológica se realiza con mayor economía de medios.
El prólogo se cierra con dos formulaciones que fijan el estatuto del conjunto. La primera define el gesto del libro como propuesta y no como imposición: «Este prólogo no firma un mapa: lo propone» (p. 15). La segunda establece un compromiso en forma de triple negación: «Prometemos sólo esto: no borrar para decir, no poseer para nombrar, no idealizar para amar» (p. 15). Las tres negaciones responden a tres riesgos distintos: el borrado corresponde al relato celebratorio que suprime el daño; la posesión, a la apropiación colonial del nombre; la idealización, al indigenismo complaciente. Que el compromiso se enuncie como promesa negativa —lo que no se hará— y no como programa positivo es coherente con la renuncia al juicio: el texto se obliga a no cometer tres faltas, no a sostener tres tesis.
El prólogo culmina en un verso que resume la operación entera —«Los nudos son historia; la trama, sobrevivir cantando» (p. 15)— y en una fórmula de apertura, «Que cada verso aprenda a ser frontera abierta» (p. 16). El conjunto del paratexto ha enunciado, por tanto, un programa completo: hay un litigio, el litigio está mal planteado, el libro no lo resolverá sino que lo escuchará, y esa escucha ni borrará el daño ni idealizará el resultado.
Resta señalar que el cuerpo del volumen ejecuta ese programa con un procedimiento formal reconocible. Cada país recibe una entrada en prosa —rotulada “Puerta de entrada histórica”— y un poema. La prosa adopta un registro expositivo de manual: «Sobre este rico sustrato indígena se construyó posteriormente el Virreinato de Nueva España, uno de los principales centros políticos, económicos y culturales del Imperio español» (p. 19). El verso adopta otro: «Llegaron velas del oriente, no dioses: hombres de ambición y corona» (p. 21). La distribución de funciones es nítida: la prosa aporta el marco factual y evita la valoración; el verso introduce la corrección de perspectiva —no dioses, sino hombres— y la carga afectiva. El libro, en otras palabras, no reparte los dos polos del debate entre sus poemas, sino entre sus dos registros.
5. La bibliografía como toma de posición
Todo lo anterior pertenece al orden de las declaraciones. Un análisis que se limitara a ellas reproduciría el programa del libro con otras palabras. Existe, sin embargo, en el aparato final del volumen, un elemento que permite contrastar la declaración con una práctica verificable: la lista de lecturas recomendadas que ocupa las páginas 287 a 289. Este apartado la examina, y constituye el núcleo del presente estudio.
El rótulo de la lista es ya significativo. Reza, en versales: “LECTURAS ORIENTATIVAS PARA AMPLIAR ‘ARGUMENTOS’ SIN DOGMAS”, con la inicial embebida en la letra capitular de la maqueta y con la palabra central entrecomillada en el propio original. Tres decisiones se acumulan en esa línea. La primera es el adjetivo orientativas, que rebaja la lista de bibliografía a sugerencia y desactiva de antemano cualquier exigencia de exhaustividad. La segunda es la palabra argumentos entrecomillada en el propio original: las comillas suspenden el término, lo señalan como ajeno o como problemático, y sugieren que lo que circula en la polémica bajo ese nombre acaso no lo merezca del todo. La tercera es el sintagma final, sin dogmas, que traslada la calificación desde los textos hacia sus lectores: la lista no promete carecer de posiciones, promete carecer de dogmatismo, que es cosa distinta y menos comprobable.
La lista contiene treinta y tres fichas correspondientes a veinte autores. La discrepancia entre ambas cifras se explica porque varios autores comparecen con dos o tres títulos —Bello, Chevalier, Fernández-Armesto, García Cárcel, Gruzinski, Kamen, Mann, Mignolo, Rama con dos; Elliott y Zea con tres—, lo que revela que la lista se compuso por bloques de autor y no por unidades bibliográficas. Un indicio material lo confirma: entre la ficha de Brading y la primera de Cañizares-Esguerra ha quedado, en la página 287, una línea con el nombre «Cañizares-Esguerra, Jorge» sin datos de obra, resto evidente de un encabezamiento de bloque que la maquetación final no llegó a suprimir. El detalle es menor y no afecta al contenido, pero acredita el procedimiento de composición.
La distribución por corrientes constituye el hallazgo central. Adoptando un criterio estricto, que reserva la etiqueta de historiografía académica del mundo hispánico y atlántico para los títulos producidos dentro de la investigación universitaria internacional sobre la monarquía hispánica y el mundo colonial americano, el recuento arroja quince fichas: Brading (1991), Cañizares-Esguerra (2001), Elliott (1963, 2006 en su edición inglesa y 2006 en su traducción española), Fernández-Armesto (2000, 2003), Gruzinski (2000, 2004), Kamen (2003, 2005), Mann (2005, 2011), Pagden (1995) y Restall (2003). Si al criterio estricto se añade la historiografía académica española sobre la leyenda negra —García Cárcel (1992, 2017)—, el conjunto asciende a diecisiete fichas. Y si dentro de ese criterio amplio se computa como una sola ficha la doble entrada de Elliott 2006, que registra el original inglés y su traducción castellana, la cifra resultante es dieciséis.
Frente a ese bloque, el revisionismo hispanista de intervención pública aporta exactamente dos fichas: Roca Barea (2016) y Gullo Omodeo (2021). La fuente histórica de la polémica, Juderías (1914), aporta una. La crítica decolonial aporta dos, ambas de Mignolo y correspondientes al mismo libro en sus versiones inglesa y española. El pensamiento y la historia intelectual latinoamericanos aportan seis: Mariátegui (1928), Zea (1957, 1971, 1976) y Rama (1982, 1984). La etnohistoria y la voz indígena aportan una, León-Portilla (1959). La filología americana fundacional aporta dos, ambas de Bello (1847, 1848). Y el origen francés del nombre del continente aporta dos, las dos de Chevalier fechadas en 1836. La suma de todas las categorías es treinta y tres, y la de autores, veinte.
La cifra que importa es la proporción. Cualquiera que sea el criterio adoptado —quince, dieciséis o diecisiete—, la historiografía académica del mundo hispánico y atlántico representa entre el cuarenta y cinco y el cincuenta y dos por ciento del total de la lista, mientras que el polo revisionista representa el seis por ciento y el polo decolonial el seis por ciento. La razón entre el bloque académico y cada uno de los dos polos es, en el criterio más conservador, de siete y medio a uno. El libro no reparte su apoyo entre los extremos: lo concentra, de manera abrumadora, en un tercer lugar.
Este dato tiene una consecuencia analítica precisa. La tercera vía que el volumen propone no es, según su propio aparato, un punto medio entre celebrar y condenar. Es la adopción de una posición disciplinar concreta —la de la corrección historiográfica académica— desde la cual ambos polos aparecen igualmente insuficientes. Que Restall figure en la lista es, en este sentido, más revelador que la presencia simultánea de Roca Barea y Mignolo: Seven Myths of the Spanish Conquest no ocupa un lugar intermedio entre el relato heroico y el relato de la aniquilación, sino un lugar exterior a ambos, desde el que se corrigen los dos. La lista del libro reproduce esa estructura: pone en el centro a quienes corrigen y en los márgenes a quienes disputan.
Conviene ser explícito sobre lo que esta constatación no dice. No dice que el libro engañe al lector, puesto que la lista es pública y su composición es comprobable por cualquiera que la lea. No dice que apoyarse en el hispanismo académico sea preferible o reprobable; como se recordó en el apartado segundo siguiendo a Faber (2008a; 2008b), ese hispanismo es un campo con posiciones propias y no un lugar sin posición. Dice únicamente que el rótulo de la lista promete una cosa —argumentos sin dogmas, es decir, materiales de todos los bandos sin adhesión a ninguno— y su composición realiza otra: una adhesión mayoritaria y perfectamente identificable.
Las ausencias completan el cuadro y son tan informativas como las presencias. La primera y más llamativa es la de Bartolomé de las Casas. La Brevísima relación de la destrucción de las Indias es, por consenso de todos los bandos, el documento fundacional de la discusión: quienes hablan de leyenda negra la sitúan en su origen y quienes hablan de herida colonial la invocan como testimonio. En la lista de las páginas 287-289, Las Casas no comparece como autor: su nombre aparece una sola vez, y lo hace dentro del subtítulo de la ficha de Gullo Omodeo, es decir, incorporado como objeto de una impugnación. Un lector que siguiera únicamente esta lista conocería a Las Casas por la refutación antes que por el texto.
La segunda ausencia es la de la réplica interna al revisionismo hispanista. Roca Barea figura en la lista; Villacañas, cuya Imperiofilia y el populismo nacional-católico (2019) constituye la respuesta más discutida a ese libro, no figura. La consecuencia es que uno de los dos polos comparece sin su contradictor específico, mientras que el otro comparece representado por un solo autor. Nótese que la asimetría no favorece necesariamente al revisionismo: la presencia masiva del bloque académico opera de hecho como corrección de sus tesis. Pero el lector que no conozca el campo no dispone, con esta lista, de los elementos para reconstruir la controversia.
La tercera ausencia afecta al polo decolonial. Mignolo comparece con un solo título en dos ediciones, y no lo acompañan ni Aníbal Quijano, cuya formulación de la colonialidad del poder (2000) es el fundamento conceptual sobre el que Mignolo construye, ni Enrique Dussel, ni ninguno de los autores que integran esa corriente. La representación del polo crítico es, por tanto, más estrecha que la del polo revisionista en número de autores, aunque idéntica en número de fichas.
Un último rasgo merece registro. La lista incluye a Michel Chevalier con dos títulos de 1836, decisión insólita en una bibliografía orientativa dirigida al lector general, y solo comprensible a la luz del ensayo terminal del volumen, que reconstruye el origen francés del sintagma América Latina y en el cual Chevalier desempeña un papel central. La lista, en otras palabras, no está compuesta únicamente para el poemario: está compuesta también para el ensayo que lo cierra, y ese ensayo es el objeto del apartado siguiente.
6. Los nombres del continente: el ensayo terminal
Las páginas 295 a 299 del volumen albergan un texto que rompe con todo lo anterior: un ensayo en prosa expositiva, sin verso y sin voz lírica, titulado «ORIGEN HISTÓRICO Y SEMÁNTICO DE HISPANOAMÉRICA Y LATINOAMÉRICA». Su presencia al final de un poemario exige explicación, y la explicación es que el ensayo hace explícito lo que el resto del libro practica sin enunciar: la conciencia de que los nombres con que se designa una realidad no son neutrales respecto de esa realidad.
El texto arranca con una distinción: «os términos Hispanoamérica y Latinoamérica no son sinónimos, aunque con frecuencia se utilicen indistintamente en el lenguaje cotidiano» (p. 295) —de nuevo la inicial queda absorbida por la capitular—. A partir de ahí desarrolla dos genealogías paralelas. La primera atribuye el término Hispanoamérica a la conjunción del latín Hispanus con el nombre del continente, sitúa su difusión en la primera mitad del siglo XIX y adjudica a Andrés Bello un papel destacado en su consolidación, en el marco de un esfuerzo por conciliar la emancipación política con la continuidad lingüística y cultural. La segunda reconstruye el origen francés de la expresión América Latina: señala a Michel Chevalier como impulsor temprano, en la década de 1830, de la idea de una comunidad de pueblos latinos frente al mundo anglosajón, y sitúa la consolidación geopolítica del término bajo Napoleón III. La formulación es inequívoca: Francia recurrió a ese concepto, dice el libro, «para legitimar su intervención en México entre 1862 y 1867, presentándose como protectora de una supuesta solidaridad entre los pueblos de lenguas romances frente al creciente poder de los Estados Unidos y de las potencias germánicas» (p. 296).
Esta genealogía coincide con la que estableció Arturo Ardao en Génesis de la idea y el nombre de América Latina (1980), aunque Ardao matizó decisivamente la atribución francesa al documentar el uso temprano del sintagma por parte de intelectuales hispanoamericanos —el colombiano José María Torres Caicedo entre ellos—, de modo que la expresión no habría sido solo importada sino también apropiada desde el continente. Mónica Quijada (1998) revisó después el estado de la cuestión y mostró que la disputa sobre la paternidad del término está lejos de ser un asunto erudito: adjudicarlo a Francia lo desacredita como categoría impuesta, y adjudicarlo a los propios hispanoamericanos lo legitima como autodesignación. El libro analizado se apoya en la vertiente francesa de esa genealogía, sin mencionar la matización de Ardao. La observación se consigna como dato de composición del texto; no se dictamina aquí cuál de las dos atribuciones es historiográficamente preferible.
El centro del ensayo es un cuadro comparativo de cinco filas (p. 297) que enfrenta ambos términos según cinco aspectos: criterio lingüístico, énfasis cultural, alcance geográfico, origen conceptual y dimensión política. La forma tabular merece atención analítica. Una tabla es el dispositivo textual que con más eficacia produce la impresión de simetría, porque asigna a cada término el mismo número de celdas y el mismo espacio visual. Bajo esa simetría formal, sin embargo, el contenido de las celdas no es simétrico: donde Hispanoamérica recibe un origen conceptual descrito como ámbito hispánico e iberoamericano, Latinoamérica recibe uno descrito como Francia, siglo XIX. La primera atribución es difusa y colectiva; la segunda, concreta y externa. El efecto acumulado de las cinco filas es que un término aparece nacido de dentro y el otro traído de fuera.
El ensayo no se detiene ahí, y lo que sigue complica considerablemente el cuadro. Se introducen cuatro denominaciones más: Iberoamérica, que incorpora a Portugal y Brasil; Indoamérica, término que —según el texto— «desplaza el centro de atención hacia el sustrato indígena del continente» (p. 297) y que se atribuye a Vasconcelos, Ugarte y Mariátegui; Nuestra América, remitida al ensayo de José Martí de 1891; y Abya Yala, expresión de la lengua guna que «Diversos movimientos indígenas y corrientes de pensamiento decolonial la han adoptado para designar al continente americano desde una perspectiva propia, anterior a la colonización europea» (p. 298). La incorporación de Abya Yala en un volumen cuyo título reivindica lo hispanoamericano no es un gesto menor, y constituye la concesión más visible del libro al polo crítico del campo.
El movimiento decisivo llega a continuación, y es el que reproduce en el plano de la nomenclatura la misma estructura que la introducción había establecido en el plano de la memoria. El texto declara: «Desde una perspectiva crítica, ninguno de estos conceptos resulta completamente neutral» (p. 298), y a continuación aplica el principio a los dos términos principales sin exceptuar al que da título al libro. De Hispanoamérica reconoce que puede ser interpretado como denominación excesivamente centrada en la herencia española; de Latinoamérica, que «su origen no fue latinoamericano sino francés, y estuvo vinculado inicialmente a una estrategia geopolítica impulsada por el Segundo Imperio francés» (p. 298).
La autoinclusión merece subrayarse porque es lo que distingue este ensayo de una defensa de posición. Un texto que quisiera simplemente legitimar el término de su propio título habría documentado la impureza del término rival y callado la del propio. Este documenta las dos. Y reconoce, además, la existencia de la impugnación global: «A partir de las décadas de 1960 y 1970, numerosos filósofos, historiadores y pensadores latinoamericanos, junto con movimientos indígenas y corrientes decoloniales, comenzaron a cuestionar ambos términos por entender que reflejan categorías construidas desde Europa» (p. 298). La frase describe con exactitud la posición que en el apartado tercero se atribuyó a Mignolo y a Quijano, y la describe sin caricatura.
El cierre reproduce por tercera vez la operación inaugural del libro. Habiendo mostrado que ningún nombre es neutral, el ensayo no elige uno: declara que «más que conceptos excluyentes» las seis denominaciones «representan distintas maneras de interpretar una misma realidad histórica» (p. 298), y concluye que «su estudio conjunto permite comprender con mayor profundidad la extraordinaria complejidad histórica e identitaria del continente americano» (p. 299). La disyuntiva vuelve a declararse falsa; el juicio vuelve a sustituirse por una operación distinta, que aquí ya no es la escucha sino el estudio conjunto.
Un análisis atento debe registrar, sin embargo, que la simetría del cierre no es del todo simétrica. El ensayo declara que las seis denominaciones son igualmente parciales, pero el libro entero se titula con una de ellas, se organiza según su perímetro geográfico —los diecinueve territorios de lengua española— y excluye por tanto a Brasil, a Haití y a los territorios francófonos que las otras denominaciones incluirían. La declaración de equivalencia opera en el plano del ensayo terminal; la decisión de perímetro, en el plano de la arquitectura del volumen. Ambas conviven, y su convivencia es el rasgo más característico del objeto que aquí se estudia.
7. El epílogo: dónde la escucha se vuelve propuesta
Si el ensayo terminal es el lugar donde el libro se piensa a sí mismo, el epílogo —”HISPANOAMÉRICA – UNA PROMESA COMÚN”, pp. 151-154— es el lugar donde la escucha declarada deja de ser un método y se convierte en un contenido. El apartado examina ese tránsito, que constituye el punto de mayor tensión entre el programa enunciado y su realización.
El epílogo se abre con una imagen de convocatoria doméstica —una mesa larga donde la sal es la misma sílaba y el pan se parte en castellano— y despliega a continuación un catálogo en el que cada uno de los diecinueve territorios recibe uno o dos versos de caracterización. El procedimiento es el de la enumeración, y su efecto es el de la equivalencia: al conceder a cada país una porción semejante de texto, el catálogo produce formalmente la igualdad que el libro predica.
Dentro de ese catálogo aparece el pasaje que impide leer el epílogo como celebración sin más: «También compartimos sombras: la injusticia vestida de traje, la corrupción políglota, el miedo que llama a medianoche» (p. 152). Los tres males enumerados —injusticia institucional, corrupción y miedo— son contemporáneos y no coloniales, y su atribución es colectiva: se comparten, como se comparte la lengua. El verso cumple, dentro de la economía del epílogo, la misma función que «No seremos museo de fechas, pero habrá fechas que arden» cumplía en el prólogo: impedir que la afirmación de lo común se lea como negación del daño.
El giro decisivo llega en la página 153. Tras declarar que «Que este canto sea promesa: no telón, sino puerta», el texto formula una propuesta: «Imaginemos, con la seriedad de un pacto, unos Estados Unidos de Hispanoamérica: no uniforme, sino tapiz de culturas». Lo que sigue detalla el contenido de esa imaginación política: un parlamento, trenes sin papeles, una justicia que no confunda pobreza con culpa, una universidad de patios conectados, una salud que pronuncie cada acento, y unas fronteras concebidas como puentes y unas aduanas como saludos.
El pasaje plantea al analista un problema de coherencia interna que no puede eludirse. Un libro que ha declarado en su página 7 no pretender dictar sentencia, y que ha repetido en su página 13 que no viene a dictarla, formula en su página 153 una propuesta de integración política supranacional. Formalmente, la contradicción se salva mediante dos precauciones: el verbo se enuncia en primera persona del plural y en modo exhortativo —imaginemos—, y el texto se autocalifica de manera explícita como pertenencia al orden del deseo y no al del programa, al declararse «Será elegía por lo perdido, utopía por lo que ya late». La propuesta se presenta, pues, como utopía declarada, no como plataforma.
Materialmente, sin embargo, la propuesta tiene contenido y ese contenido tiene una historia. La idea de una unidad política hispanoamericana pertenece a una tradición larga y perfectamente identificable, que va del proyecto bolivariano a las formulaciones del hispanoamericanismo del siglo XX, y esa tradición no es equidistante: presupone que lo compartido pesa más que lo separado, y que la lengua común es fundamento suficiente de una comunidad política. Marcela García Sebastiani (2016; 2021), en solitario y en coautoría con Marcilhacy (2017), ha documentado hasta qué punto la conmemoración del 12 de octubre estuvo históricamente ligada a proyectos de comunidad hispánica transatlántica, de modo que la retórica de la lengua común no es en este terreno un material inerte. Situar el epílogo en esa serie no es imputarle una intención; es reconocer la genealogía del material con que trabaja.
El cierre del epílogo confirma la orientación. A la pregunta que el propio texto formula —de dónde somos— responde: «de una lengua compartida, de una promesa común, de ser muchos —y de ser uno—, siempre en Hispanoamérica» (p. 154). Lo compartido es la lengua; la unidad se afirma sin negar la pluralidad; y el término elegido para nombrar el conjunto es, de las seis que el ensayo terminal declarará equivalentes, el que el título del libro ya había escogido. La escucha, que en el prólogo se ofrecía como sustituto del juicio, desemboca aquí en una afirmación sustantiva sobre qué es lo que une al continente.
Debe señalarse, para no desequilibrar la descripción, que el epílogo mantiene hasta el final los contrapesos. La enumeración final de los diecinueve nombres incluye a Puerto Rico junto a los dieciocho Estados soberanos, gesto que el libro había justificado en la introducción y que no es políticamente inocuo en ninguno de los sentidos posibles. Y el verso que precede a esa enumeración —«que nadie falte en la cuenta»— hace de la exhaustividad un valor. El epílogo afirma una comunidad, sí, pero se cuida de que la afirmación no se construya mediante exclusión.
8. Tercera vía o posición intermedia: discusión
Los apartados precedentes han reunido los elementos necesarios para formular la cuestión que el libro plantea al analista, y que consiste en decidir cómo describir su operación. Existen dos descripciones posibles, ambas compatibles con la totalidad de los datos expuestos, y este apartado las expone con igual cuidado y sin elegir entre ellas, porque elegir exigiría entrar en el fondo del litigio histórico, que es precisamente lo que este estudio se ha impuesto no hacer.
La primera descripción sostiene que El Hilo Hispanoamericano realiza efectivamente una tercera vía. Sus argumentos son los siguientes. El libro identifica una disyuntiva que empobrece el debate público y la nombra con precisión. Se abstiene de emitir el juicio que ambos polos reclaman, y esa abstención no es evasiva sino metodológicamente fundada: la propia nota del autor reconoce que «Toda síntesis es incompleta», de modo que la renuncia al veredicto se corresponde con una conciencia de los límites del formato. Reparte materiales de los dos bandos en su aparato final, incluye a Roca Barea y a Mignolo en la misma lista, y en el ensayo terminal somete a crítica el término que da título al propio volumen, gesto que ningún texto de posición realizaría. Formalmente, distribuye la carga entre dos registros —la prosa expositiva y el verso— de modo que ni la valoración se disfraza de dato ni el dato se disuelve en afecto. Y el pasaje sobre el tambor encadenado demuestra que la operación puede ejecutarse poéticamente sin coste de complejidad: la esclavitud comparece como violencia y como origen de una cultura, sin que ninguna de las dos comparecencias anule a la otra. En esta lectura, el libro habría hallado, para un asunto polarizado, una forma capaz de alojar la contradicción sin resolverla, que es exactamente lo que Rothberg (2009) describe cuando propone pensar la memoria como multidireccional en lugar de competitiva.
La segunda descripción sostiene que el libro ocupa, sin declararla, una posición intermedia dentro del campo, y que esa posición tiene contenido. Sus argumentos son igualmente verificables. El recuento del apartado quinto muestra que el apoyo bibliográfico no se distribuye entre los polos sino que se concentra en la historiografía académica del mundo hispánico y atlántico, en una proporción de siete y medio a uno frente a cada extremo; la tercera vía descansa, por tanto, sobre una tradición disciplinar concreta, que como recuerda Faber (2008a) no carece de posiciones propias. Las ausencias detectadas —Las Casas como autor, Villacañas, Quijano, Dussel— configuran un campo de lectura en el que la controversia no puede reconstruirse íntegramente. El epílogo, además, no se limita a escuchar: propone unos Estados Unidos de Hispanoamérica y funda la comunidad en la lengua compartida, tesis que pertenece a una tradición identificable y que no es neutral respecto de las alternativas. Y el perímetro del volumen —diecinueve territorios de lengua española— materializa una elección entre las seis denominaciones que el ensayo terminal declara equivalentes. En esta lectura, y siguiendo el aparato de Bourdieu (1992), la declaración de exterioridad sería ella misma una toma de posición dentro del campo, tanto más eficaz cuanto menos declarada.
Las dos descripciones no se refutan mutuamente. Pueden ser simultáneamente verdaderas, y sostener que lo son es probablemente la conclusión más defendible. Un texto puede realizar honestamente una operación de mediación y, al mismo tiempo, ocupar un lugar determinado en el espacio de posiciones desde el cual esa mediación resulta posible; de hecho, la sociología del campo predice exactamente eso, porque no existe lugar de enunciación sin coordenadas. Que la posición intermedia sea una posición no la invalida: la sitúa.
Lo que este trabajo no hace, y conviene declararlo una vez más de manera terminante, es dictaminar cuál de las dos posiciones históricas en litigio se aproxima más a la verdad. No se afirma aquí que el balance de la presencia española en América deba inclinarse en un sentido o en otro, ni que la conmemoración del 12 de octubre deba mantenerse, reformularse o suprimirse, ni que la crítica decolonial acierte o yerre en su diagnóstico, ni que el revisionismo hispanista tenga o no razón en el suyo. Esas son cuestiones sustantivas, y su tratamiento corresponde a la historiografía y al debate público, no a un análisis del gesto retórico de un poemario.
Lo que sí puede afirmarse, y con ello se cierra la discusión, es que el interés del objeto no reside en si acierta al no elegir, sino en que su modo de no elegir es descriptible, y en que esa descripción arroja resultados que el propio texto no enuncia. La lista de las páginas 287-289 dice, contándola, algo que su rótulo no dice. Ese desajuste entre el programa declarado y el aparato efectivo es el hallazgo del presente estudio, y su valor es independiente de cualquier valoración sobre el fondo de la polémica.
Queda una observación de alcance más general que merece registro. El libro pertenece a un género —el poemario-crónica, o Versolumen en la denominación del autor— cuya definición misma consiste en no someterse ni al régimen probatorio de la historiografía ni al régimen argumentativo del ensayo político. Esa indeterminación genérica es la condición de posibilidad de la tercera vía: solo un texto que no se obliga a demostrar puede permitirse no dictaminar. La cuestión de si tal exención es una ventaja del formato o una limitación excede el alcance de este trabajo, pero conviene consignarla, porque de ella depende el modo en que el volumen podrá ser discutido. Un lector que le reproche no haber tomado partido estará exigiéndole el régimen del ensayo político que la nota del autor rechazó expresamente; un lector que le reproche imprecisión histórica estará exigiéndole el régimen del manual que la misma nota rechazó también. El libro se ha construido de manera que ambos reproches le resulten, por definición, inaplicables.
9. Conclusiones
Este estudio se propuso analizar el gesto retórico mediante el cual El Hilo Hispanoamericano: urdimbre de un telar humano, de Francisco Muñoz-Martín, se sitúa ante la polémica contemporánea sobre el 12 de octubre y sobre el balance de la presencia española en América, y determinar el lugar que ese gesto ocupa en el campo de discusión correspondiente. Las conclusiones que siguen resumen los hallazgos y precisan su alcance.
La primera conclusión concierne a la estructura del gesto. El libro no adopta una posición intermedia entre celebrar y condenar: recalifica el terreno declarando que la elección entre ambas es falsa, y sustituye a continuación la operación del juicio por la de la escucha. Ambos movimientos están enunciados de manera explícita y reiterada —en la introducción en prosa (p. 7), en la nota del autor (p. 9) y en el prólogo en verso (p. 13)—, con lo que el programa no es una interpretación del analista sino una declaración del texto. Su forma argumentativa más fuerte consiste en presentarse no como un contenido intermedio, sino como la condición que hace posible la pluralidad de relatos que la disyuntiva impediría.
La segunda conclusión es el hallazgo principal y procede del aparato final. La lista de lecturas orientativas de las páginas 287 a 289 contiene treinta y tres fichas de veinte autores, y su composición no realiza lo que su rótulo promete. Frente a las dos fichas del revisionismo hispanista —Roca Barea (2016) y Gullo Omodeo (2021)— y a las dos del polo decolonial —ambas de Mignolo y correspondientes al mismo libro—, la historiografía académica del mundo hispánico y atlántico aporta entre quince y diecisiete fichas según el criterio de recuento que se adopte, esto es, entre el cuarenta y cinco y el cincuenta y dos por ciento del total, en una razón mínima de siete y medio a uno frente a cada uno de los polos. La tercera vía del libro no se apoya, por tanto, en la equidistancia entre extremos, sino en una tradición disciplinar concreta: la corrección historiográfica practicada desde el hispanismo y el americanismo académicos, cuyo texto emblemático —Seven Myths of the Spanish Conquest, de Restall (2003)— ocupa, respecto de los dos relatos en disputa, un lugar exterior y no un lugar medio. La estructura de la lista reproduce esa estructura del campo: en el centro, quienes corrigen; en los márgenes, quienes disputan.
La tercera conclusión atañe a las ausencias, que resultan tan informativas como las presencias. Bartolomé de las Casas, documento fundacional invocado por todos los bandos, no comparece como autor: su nombre aparece una sola vez en la lista, y lo hace incorporado al subtítulo de una obra que se propone impugnarlo. La réplica interna al revisionismo hispanista —señaladamente la de Villacañas (2019)— no figura, de modo que uno de los polos comparece sin su contradictor específico. Y el polo decolonial comparece representado por un solo autor, sin Quijano, cuya formulación de la colonialidad del poder (2000) constituye su fundamento conceptual, ni Dussel. La consecuencia descriptiva es que un lector que se guiara exclusivamente por esta lista no dispondría de los elementos necesarios para reconstruir la controversia en su forma actual.
La cuarta conclusión se refiere al ensayo terminal sobre los nombres del continente (pp. 295-299), pieza que hace explícita la conciencia nominalista que el resto del volumen practica sin enunciar. Su rasgo más notable es la autoinclusión: el texto declara que ninguna de las seis denominaciones examinadas resulta completamente neutral y aplica el principio también a Hispanoamérica, término que da título al libro. Un texto de posición habría documentado la impureza del término rival y callado la del propio. Registrada esa honestidad, debe registrarse igualmente la asimetría que persiste: la declaración de equivalencia opera en el plano del ensayo, mientras que la decisión de perímetro —diecinueve territorios de lengua española, con exclusión de Brasil, Haití y los territorios francófonos— opera en el plano de la arquitectura del volumen. Ambos planos conviven sin que el libro tematice su convivencia.
La quinta conclusión concierne al epílogo (pp. 151-154), donde la escucha declarada deja de ser método y se convierte en contenido. La propuesta de unos Estados Unidos de Hispanoamérica se enuncia con dos precauciones formales —el modo exhortativo y la autocalificación como utopía— que la mantienen fuera del régimen del programa político. Pero su contenido pertenece a una tradición identificable, la del hispanoamericanismo político que García Sebastiani (2016; 2017; 2021) ha documentado, y funda la comunidad en la lengua compartida, tesis que no es neutral respecto de las alternativas disponibles. El epílogo mantiene, con todo, sus contrapesos: la enumeración de sombras compartidas de la página 152 impide leerlo como celebración, y la inclusión de Puerto Rico en la cuenta final subordina la afirmación de comunidad al principio de que nadie falte.
La sexta conclusión es de orden metodológico y se refiere al propio estudio. La distinción entre equidistancia valorativa y posición intermedia en un campo, establecida en el apartado segundo a partir de Bourdieu (1991; 1992), ha permitido describir la operación del libro sin evaluarla. Todo lo afirmado aquí pertenece al registro descriptivo: dónde se sitúa el texto, con qué se alinea, de qué se distancia, qué incluye y qué omite. En ningún momento se ha dictaminado cuál de las posiciones históricas en litigio es correcta, ni se ha valorado si la abstención del libro es acertada. Esa contención no es una cautela formal sino una condición del método: un análisis de posiciones que tomase posición dejaría de poder describir el campo, porque pasaría a formar parte de él en el mismo plano que sus objetos.
La séptima y última conclusión formula la aportación del trabajo. Las dos descripciones expuestas en el apartado octavo —la que ve una tercera vía efectivamente realizada y la que ve una posición intermedia no declarada— son simultáneamente compatibles con los datos, y su compatibilidad no es un defecto del análisis sino un resultado. Un texto puede mediar honestamente y ocupar a la vez un lugar determinado desde el cual esa mediación es posible; la sociología del campo predice precisamente eso, porque no hay enunciación sin coordenadas. Lo que este estudio añade a la discusión no es, en consecuencia, un veredicto sobre el acierto del libro, sino un procedimiento y un dato: el procedimiento consiste en contrastar el programa declarado en los umbrales con la composición efectiva del aparato final, y el dato es que ese contraste, en el caso examinado, arroja un desajuste medible entre lo que el rótulo de una lista promete y lo que la lista contiene. La tercera vía existe, está trabajada y produce en varios pasajes resultados poéticos de valor; pero está apoyada, y el análisis puede decir sobre qué. Esa es, en su modestia, la contribución que aquí se ofrece, y su condición de replicable —cualquier lector puede repetir el recuento sobre las mismas tres páginas— es la garantía de que no depende de la simpatía o antipatía del investigador hacia ninguna de las posiciones descritas.
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