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La bulla como sujeto colectivo: fenomenología, semiótica y función social de la fiesta en Enrique Graciani Constante

LA BULLA COMO SUJETO COLECTIVO: FENOMENOLOGÍA, SEMIÓTICA Y FUNCIÓN SOCIAL DE LA ENERGÍA FESTIVA EN SEVILLA EN PRIMAVERA DE ENRIQUE GRACIANO CONSTANTE

Ana María Olivares

Grupo Editorial Pérez-Ayala

1. Introducción: la bulla como categoría cultural original

En él repertorio conceptual disponible para el análisis de los fenómenos festivos, la “bulla” ocupa un lugar singular por su especificidad cultural y por la dificultad de traducirla a conceptos teóricos generales sin perder la densidad semántica que el término posee en el español coloquial andaluz. La bulla no es simplemente ruido: es una forma específica de presencia colectiva que se genera en la reunión festiva y que tiene sus propias dimensiones sensoriales, sociales y simbólicas. El Diccionario de la lengua española de la Real Academia registra “bulla” como “bulla. f. Ruido y confusión de voces; gritería. U. t. c. c. EXR. Meter bulla, estar en bulla”, pero esa definición lexicográfica no captura ni la complejidad fenomenológica ni la riqueza social del concepto tal como lo usan los hablantes que tienen acceso a el a través de la experiencia de las fiestas andaluzas. La bulla no es simplemente gritería ni confusión de voces: es una forma de energía social que emerge de la colectividad festiva y que tiene propiedades específicas que la distinguen de otros tipos de ruido colectivo.

El libro de Enrique Graciano Constante Sevilla en primavera. Crónicas desde mi salón (Editorial Poesía eres tú, 2026) contiene una descripción de la bulla que es, hasta donde alcanza el conocimiento de quien escribe estas páginas, la más precisa y la más rica conceptualmente de cuantas ha producido la literatura española contemporánea. El narrador no solo usa el término para referirse al ambiente sonoro de la Feria: lo analiza, lo diferencia en tipos y modalidades, le asigna propiedades casi físicas, lo sitúa en relación con otros fenómenos del espacio festivo, y al hacerlo construye una categoría cultural que tiene un valor analítico que trasciende el ámbito puramente literario. La bulla en la descripción de Graciano Constante es «siempre, en todo, presente»; es «espesa» y sin embargo no llega al suelo; puede ser «quieta, que en silencio mira» o «moviente, que a veces lleva»: estas descripciones no son meramente poéticas sino que articulan una fenomenología de la bulla que la crítica cultural puede y debe tomar en serio como contribución al conocimiento de las prácticas festivas andaluzas.

Este trabajo propone una lectura monográfica de la bulla tal como la construye el libro de Graciano Constante, desde una perspectiva que combina la fenómenología de la experiencia sensorial (Merleau-Ponty, Hoces, Clase), la sociología de la fiesta y la efervescencia colectiva (Durkheim, Turner, Collins), la semiótica del sonido festivo (Feli, Turno) y la antropología del espacio festivo (Los, Célebre). El objetivo es doble: por un lado, elaborar una descripción sistemática de la bulla como fenómeno cultural a partir de los textos de Graciano Constante; por otro, proponer la bulla como categoría analítica original para el estudio de las fiestas andaluzas y, más ampliamente, de los fenómenos de efervescencia colectiva en contextos festivos mediterráneos. La hipótesis central es que la bulla, tal como la describe Graciano Constante, no es un fenomeno marginal o decorativo de la fiesta sevillana sino uno de sus elementos constitutivos: sin bulla no hay Feria de Sevilla en el sentido pleno del término, porque la bulla es la forma que toma la energía social colectiva en el espacio específico de la caseta feriante y de la calle festiva.

La estructura de la monografía es la siguiente: los capítulos 2 a 4 abordan la bulla desde perspectivas históricas y fenomenológicas; los capítulos 5 a 8 analizan la bulla desde perspectivas sociológicas y semiológicas; los capítulos 9 a 11 desarrollan una tipología de la bulla y estudian sus relaciones con la participación festiva y con las transformaciones de las fiestas en el siglo XXI; y el capítulo 12 propone conclusiones y abre líneas de investigación futura. El análisis se apoya en una lectura minuciosa del texto de Graciano Constante y en una revisión de la literatura académica sobre los fenómenos de efervescencia colectiva, las fiestas andaluzas y la fenomenología de la experiencia sensorial en contextos festivos.

2. Antecedentes literarios: la bulla en la crónica costumbrista del siglo XIX

La bulla como elemento de la descripción festiva aparece en la literatura costumbrista española del síglo XIX, aunque sin la precisión analítica que le da Graciano Constante en el siglo XXI. Los “Cuadros de costumbres” de Ramón de Mesonero Romanos, las “Escenas andaluzas” de Estanislao Estañe Calderón y las crónicas festivas de Fernan Caballero documentan la vida festiva andaluza del siglo XIX con la atención al detalle sensorial que caracteriza al género costumbrista, y en esas descripciones la bulla aparece regularmente como elemento del ambiente festivo: el ruido de la multitud en la feria, el bullicio de las calles durante la procesión, la algarabía de los vendedores ambulantes y de los participantes en el festejo. Sin embargo, en todos estos textos la bulla aparece como fondo de la escena, como parte del ambiente que el cronista describe pero no analiza; es el ruido sobre el que se recortan las figuras del cuadro de costumbres, no un objeto de análisis en si mismo.

La diferencia entre el tratamiento de la bulla en el costumbrismo del siglo XIX y en el texto de Graciano Constante del siglo XXI es, en este sentido, una diferencia entre la descripción y el análisis. El costumbrismo describe la bulla como parte del pintoresquismo del cuadro festivo; Graciano Constante la analiza como un fenómeno con sus propias propiedades, su propia estructura y sus propias funciones. Esta diferencia de tratamiento no es solo literaria: refleja una diferencia de posición intelectual ante el fenómeno descrito. El cronista costumbrista del siglo XIX describe la fiesta desde el punto de vista del observador culto que la contempla con cierta distancia irónico-simpática; el cronista del siglo XXI la describe desde el punto de vista del participante reflexivo que la ha vivido intensamente y que tiene la distancia suficiente para analizarla sin perder la implicación afectiva que la hace significativa.

La tradición de la escritura costumbrista sobre la fiesta andaluza es, sin embargo, el contexto literario en el que el libro de Graciano Constante debe leerse para ser comprendido en toda su dimensión. Al heredar y transformar las convenciones de ese género, el libro se inscribe en una continuidad literaria que es ella misma parte del patrimonio cultural de Andalucía: la tradición de los escritores que han dado cuenta de las fiestas de su tierra con la doble atención al detalle concreto y al significado cultural que caracteriza a los mejores momentos de esa tradición. En esa continuidad, la aportación específica de Graciano Constante es la profundización analítica sobre la bulla: es el primero, en esa tradición, que convierte la bulla en objeto de análisis y no simplemente en elemento del cuadro festivo.

Desde el punto de vista de la historia literaria, la elevación de la bulla a categoría de análisis en el texto de Graciano Constante puede leerse como un síntoma de un cambio más general en la relación entre la escritura y las prácticas culturales populares: mientras que el costumbrismo del siglo XIX representaba las prácticas populares desde la perspectiva de un observador culto que las consideraba dignas de atención pero esencialmente externas a su propia cultura, la escritura contemporánea de Graciano Constante las representa desde la perspectiva de un participante que las ha interiorizado y que las analiza desde dentro de la experiencia vivida. Este cambio de perspectiva tiene consecuencias importantes para el tipo de conocimiento que la escritura produce sobre las prácticas festivas: el conocimiento del participante reflexivo es de un tipo diferente, y en muchos aspectos más rico, que el conocimiento del observador distanciado.

3. Fenomenología de la bulla: cuerpo, espacio y presencia sensorial

La fenómenología, tal como fue elaborada por Edmund Husserl y desarrollada posteriormente por Maurice Merleau-Ponty, Martin Heidegger y sus sucesores, proporciona el marco conceptual más adecuado para analizar la bulla como fenomeno de experiencia vivida. Para Merleau-Ponty, en la Fenomenología de la percepción (1945), la experiencia del mundo es siempre y fundamentalmente una experiencia corporal: no percibimos el mundo a través de la mente sino a través del cuerpo, y la experiencia que tenemos del mundo está determinada por la estructura de nuestro cuerpo y por las capacidades perceptivas que ese cuerpo tiene. La bulla es, desde esta perspectiva fenomenológica, ante todo una experiencia corporal: es algo que se siente con el cuerpo antes de que la mente lo nombre o lo analice. El cuerpo inmerso en la bulla de la Feria siente la presión de los otros cuerpos, el calor colectivo, la vibración sonora del ambiente festivo, el movimiento de la multitud: todas estas sensaciones son experiencias corporales que preceden al pensamiento y que constituyen la base sobre la que se construye cualquier comprensión intelectual de la bulla.

David Hoces y Constante Clase, en sus trabajos sobre la antropología de los sentidos, han subrayado la importancia de la dimensión sensorial en la construcción de la cultura. En Worlds of Sense (1991) y en otros trabajos posteriores, Hoces ha argumentado que cada cultura tiene su propio “orden sensorial”, es decir, su propia jerarquía de los sentidos y su propio sistema de valores sensoriales que determina cuáles son los estímulos más importantes y cuáles los secundarios. Las culturas del sur de Europa, y en particular las culturas festivas del Mediterráneo, tienden a privilegiar los sentidos de proximidad (el tacto, el olfato, la temperatura) frente a los sentidos de distancia (la vista, el oído en sus dimensiones más analíticas) que privilegia la cultura occidental moderna. La bulla es, desde esta perspectiva, una manifestación del orden sensorial de la cultura festiva sevillana: una forma de experiencia que privilegia la presencia corporal, la inmersión en el colectivo, el contacto físico y el calor compartido frente a la distancia observacional que caracteriza a la experiencia turística de la fiesta.

La descripción que hace Graciano Constante de la bulla como algo que es «espesa» y que no llega al suelo es particularmente reveladora desde el punto de vista fenomenológico. La espesura de la bulla no es una propiedad de los sonidos que la componen (los sonidos no son espesos en el sentido físico del término) sino una propiedad de la experiencia corporal de estár inmerso en ella: la bulla es espesa porque el cuerpo que esta dentro de ella lo siente como un medio denso, resistente, que opone una fricción suave al movimiento. Esta descripción de la bulla en términos de propiedades tacto-cinestésicas es exactamente el tipo de descripción fenomenológica que Merleau-Ponty propone como alternativa a las descripciones intelectualistas de la experiencia: describe la bulla como una experiencia que el cuerpo tiene, no como un conjunto de estímulos que la mente procesa.

La observación de que la bulla no llega al suelo es igualmente precisa desde el punto de vista fenomenológico. La bulla, efectivamente, no es una experiencia uniforme en el espacio de la Feria: es más densa a la altura de la cuerpos (donde los cuerpos se tocan, donde los voz se mezclan) y menos densa cerca del suelo (donde el espacio entre los cuerpos es mayor y donde el sonido no se acumula de la misma forma). Esta descripción implica una percepción corporal del espacio festivo desde dentro, que solo puede tener quien ha estado físicamente inmerso en la bulla y que ha sentido en su propio cuerpo esa diferenciación espacial de la experiencia. Es el tipo de percepción que el concepto de “esquema corporal” de Merleau-Ponty pretende capturar: el conocimiento que el cuerpo tiene del espacio que lo rodea, que no es un conocimiento intelectual sino un conocimiento perceptivo-motor que se adquiere por la experiencia repetida en ese espacio.

4. La bulla como energía social: Turner, Collins y la intensidad ritual

Víctor Turner, en The Ritual Process (1969) y en sus trabajos posteriores sobre el drama social y el teatro antropológico, elaboro el concepto de “comunistas” para referirse a las formás de unión colectiva que emergen en los momentos de criminalidad ritual: estados de intensa solidaridad e igualdad que se generan cuando los participantes en un ritual suspenden temporalmente las jerarquías y las estructuras de la sociedad ordinaria y se unen en una experiencia compartida de intensidad emociónal. La comunistas turnarían no es la solidaridad de la organización social establecida: es una experiencia más intensa, más efímera y mas transformadora, que cuestiona temporalmente el orden existente para renovarlo desde dentro. Las fiestas son, para Turner, espacios privilegiados de emergencia de la comunistas: la suspensión del tiempo ordinario, la inversión de las jerarquías espaciales, la creación de espacios de emocion colectiva compartida producen exactamente las condiciones que permiten la emergencia de esa forma especial de solidaridad.

Randall Collins, en Interaction Ritual Chains (2004), desarrollo una teoria de los rituales de interaccion que puede aplicarse directamente al analisis de la bulla. Para Collins, los rituales de interaccion generan “energia emocional” (emotional energy, EE): un estado de confianza, de entusiasmo y de voluntad de accion que emerge de la participacion en encuentros cara a cara de alta intensidad. Los rituales que generan mayor energia emocional son los que tienen mas alto nivel de co-presencia corporal, foco compartido de atencion, sincronizacion ritmica y estados emocionales compartidos entre los participantes. La bulla de la Feria de Sevilla cumple exactamente estas condiciones: la alta densidad de co-presencia corporal en la caseta feriante, el foco compartido de atencion en la musica y en el baile, la sincronizacion ritmica de los sevillanos, y la efervescencia emocional colectiva generan las condiciones optimas para la produccion de energia emocional en el sentido de Collins.

La relación entre la bulla y la energía emocional collinseana es bidireccional: la bulla genera energía emocional, pero la energía emocional también genera bulla. Los participantes que llevan más tiempo en la caseta, que han alcanzado un alto nivel de energía emocional a través del cante, el baile y la sociabilidad feriante, producen más bulla que los que acaban de llegar; y la bulla que producen contribuye a elevar la energía emocional de los que los rodean, en un proceso de retroalimentación positiva que puede llevar la Feria a momentos de máxima intensidad festiva. Este proceso de retroalimentación es lo que Collins llama “cadena de rituales de interacción” (interaction ritual chain): la secuencia de encuentros cara a cara que va generando y distribuyendo energía emocional entre los participantes en una comunidad festiva. La bulla es, desde esta perspectiva, tanto el producto como el indicador del nivel de energía emocional alcanzado por una reunión festiva.

La descripción de Graciano Constante de la bulla como algo que esta «siempre, en todo, presente» en la Feria de Sevilla puede interpretarse, desde la perspectiva de la teoría de Collins, como la observación de que la Feria mantiene de forma sostenida un nivel alto de energía emocional colectiva durante toda su duración. La Feria no es una sucesión de picos de intensidad festiva separados por momentos de calma: es una fiesta en la que la energía emocional colectiva se mantiene elevada durante toda la semana, produciendo una bulla que nunca desaparece completamente aunque varíe en intensidad a lo largo del día y de la semana. Esta sostenibilidad de la bulla es una de las características más específicas de la Feria de Sevilla en comparación con otras fiestas de menor duración o de menor intensidad festiva.

5. La semiótica de la bulla: signo, código y comunicación festiva

La semiótica de la música y de los sonidos festivos ha sido desarrollada por etnomusicologos como Steven Feli y Thomas Turno desde perspectivas que se complementan con la teoría semiótica de Charles Sanders Reírse y sus sucesores. Feli, en Sound and Sentiment (1982) y en sus trabajos posteriores sobre la “epistemología” (acústica + epistemología), propuso que los sonidos no son simplemente estímulos físicos sino signos cargados de significado cultural que los miembros de una comunidad aprenden a interpretar a través de su socialización en esa cultura. Los sonidos festivos son, desde esta perspectiva semiótica, signos complejos que indican, entre otras cosas, el tipo de ocasión festiva en la que se producen, el estado emocional colectivo de los participantes, el nivel de intensidad festiva alcanzado y la identidad cultural de la comunidad que los produce. La bulla es, en este sentido, un sistema de signos festivos que comunica información sobre el estado de la reunión festiva a todos los que tienen el código cultural necesario para interpretarla.

Thomas Turno, en Music as Social Life (2008), elaboro una distinción entre música “participativa” y música “presentación” que es relevante para el análisis de la bulla. La música participativa es la que se produce en contextos en los que no hay distinción entre música y público: todos los presentes son potencialmente participantes activos en la producción músical, y el objetivo de la música no es la excelencia estética individual sino la cohesión del grupo a través de la participación colectiva. La musica presentación, en cambio, se produce en contextos en los que hay una distinción clara entre los músicos que actúan y el publico que escucha, y el objetivo es la máxima calidad estética de la interpretación. La bulla de la Feria de Sevilla es un fenómeno de musicalidad participativa en el sentido de Turno: no hay una distinción clara entre los que producen la bulla y los que la escuchan, porque la bulla emerge de la participación colectiva de todos los presentes y no de la actuación de unos pocos para el disfrute de muchos.

La dimensión indica de la bulla (en el sentido cercano del término) es particularmente relevante para su función social. Un signo indica es aquel cuya relación con su referente es de contigüidad o de causalidad: el humo es un signo indica del fuego, la fiebre es un signo indica de la infección. La bulla es un signo indica del nivel de intensidad festiva: cuanta más bulla hay, más alta es la intensidad festiva de la reunión, y quienes perciben la bulla desde fuera de la caseta obtienen de ella información sobre el estado de la fiesta dentro. Esta función indica de la bulla como indicador de la intensidad festiva tiene consecuencias prácticas importantes: la bulla atrae a más participantes (quienes la oyen desde fuera quieren entrar a participar en lo que la bulla indica), y la entrada de nuevos participantes aumenta la bulla, en un proceso de retroalimentación que puede llevar la reunión festiva a momentos de máxima intensidad.

La dimensión simbólica de la bulla (su función como símbolo de la identidad festiva sevillana) es igualmente importante. La bulla no solo indica el nivel de intensidad festiva de una reunión particular: es uno de los símbolos que los sevillanos usan para identificar la Feria como “su” fiesta, como algo que les pertenece y que los define como comunidad. Cuando un sevillano que vive fuera de Sevilla piensa en la Feria, la bulla es uno de los primeros elementos que evoca: no como ruido molesto sino como signo de pertenencia y de identidad. Esta carga simbólica de la bulla es parte de lo que hace que la Feria sea algo más que una reunión festiva: es un ritual de afirmación de la identidad colectiva sevillana, y la bulla es uno de los principales elementos de ese ritual.

6. Tipos de bulla: una taxonomía desde el texto de Graciano Constante

Una de las aportaciones más originales del texto de Graciano Constante al análisis de la bulla es la distinción entre diferentes tipos o modalidades de bulla que el autor realiza en la descripción de la Feria. La bulla no es, en el texto de Graciano Constante, un fenómeno uniforme e indiferenciado: tiene sus variantes, sus modalidades, sus grados de intensidad y sus configuraciones espaciales específicas. Esta taxonomía implícita de la bulla que el texto construye es una de las aportaciones más valiosas del libro a la comprensión del fenómeno festivo sevillano, y merece un análisis sistemático que el texto mismo no realiza explícitamente pero que los materiales que proporciona hacen posible.

La primera distinción que el texto establece es entre la bulla como presencia permanente (la bulla que “siempre, en todo, presente” esta) y las manifestaciones específicas de esa bulla en momentos y espacios determinados. La bulla de la Feria es ante todo una atmosfera, un campo de energía social que impregna todos los espacios y todos los momentos de la fiesta: es el fondo sobre el que se dibujan todas las experiencias festivas particulares. Pero dentro de esa atmosfera general se producen manifestaciones específicas de bulla que tienen sus propias características: la bulla del mediodía en la calle del Infierno es diferente de la bulla de la madrugada en las casetas de los Remedios; la bulla del lunes de Feria es diferente de la bulla del jueves o del viernes.

La distinción entre bulla “espesa” y bulla que “no llega al suelo” puede interpretarse como una distinción entre diferentes configuraciones espaciales de la bulla dentro del espacio festivo. La bulla espesa es la que se produce en los espacios de mayor densídad de personas, donde los cuerpos están muy próximos entre si y donde la energía colectiva alcanza su máxima concentración: el interior de la caseta abarrotada, la calle de la Feria en los momentos de mayor afluencia, el espacio ante el escenario del cante. La bulla que no llega al suelo es la que se produce en espacios de menor densidad o en los momentos en que la intensidad festiva es menor, y que mantiene el carácter de energía social colectiva pero con menor densidad y menor presión.

La distinción entre la bulla “quieta, que en silencio mira” y la bulla “moviente, que a veces lleva” es quizás la más sugerente desde el punto de vista sociológico. La bulla quieta es la que se produce cuando la atención colectiva se focaliza en algo: el paso de una comparsa de bailaores excepcionalmente buenos, la actuación de un cantaor conocido, la llegada de alguien importante a la caseta. En estos momentos, la bulla pierde su carácter de ruido de fondo y se transforma en atención colectiva: el silencio de la bulla quieta es más elocuente que el ruido de la bulla espesa, porque indica que la colectividad festiva ha encontrado un foco de atención común que la unifica momentáneamente en la observación compartida. La bulla moviente, en cambio, es la que lleva a los participantes de un lugar a otro, la que crea corrientes de movimiento en el espacio festivo y que produce ese flujo continuo de personas que caracteriza a la Feria en sus momentos de mayor vitalidad.

7. Bulla e identidad: la función integradora de la energía colectiva festiva

La sociología de la identidad colectiva ha subrayado la importancia de las experiencias compartidas de intensidad emocional en la construcción y el mantenimiento de las identidades de grupo. Siguiendo a Émile Durkheim, los rituales son mecanismos de integración social que producen solidaridad y que refuerzan el vínculo entre los miembros de un grupo a través de la participación compartida en experiencias de efervescencia colectiva. La bulla de la Feria de Sevilla es, desde esta perspectiva, un mecanismo de producción de identidad colectiva: al participar en la bulla, los asistentes a la Feria se reconocen mutuamente como miembros de la misma comunidad festiva y refuerzan su vínculo de pertenencia a esa comunidad. La bulla es, en este sentido, un marcador de identidad: quienes la producen y quienes saben interpretarla son miembros de la comunidad festiva sevillana; quienes no la producen o no la entienden son foráneos o visitantes.

Esta función integradora de la bulla tiene una dimensión específica relacionada con la construcción de la identidad sevillana en el contexto de la España del siglo XXI. La Feria de Abril es una de las instituciones más importantes de la identidad colectiva sevillana: junto con la Semana Santa, la Giralda y el Betis o el Sevilla (según la adscripción de cada cual), la Feria es uno de los elementos que definen lo que significa ser sevillano. En un contexto de creciente globalización cultural, de movilidad poblacional y de transformación rápida de las identidades locales, la Feria mantiene su función de ancla de la identidad colectiva sevillana precisamente porque es una práctica festiva que no puede ser consumida de forma satisfactoria desde fuera: hay que estar allí, hay que conocer el código, hay que tener la bulla en el cuerpo. La bulla es, en este sentido, uno de los mecanismos de exclusión simpática que hacen que la Feria sea “de los sevillanos” y no simplemente un espectáculo para consumo turístico.

La dimensión generacional de la función identitaria de la bulla es uno de los aspectos más relevantes para la comprensión del libro de Graciano Constante. La bulla se aprende: no se nace sabiendo participar en la bulla de la Feria, sino que se aprende a participar en ella a través de la experiencia repetida de la fiestá, empezando desde la infancia. El niño que va a la Feria por primera vez de la mano de su padre no sabe todavía como moverse en la bulla, como contribuir a ella, como interpretarla. Aprende poco a poco, a través de la participación guiada en la fiesta: aprende a no resistirse al movimiento de la multitud sino a fluir con ella, aprende a hablar más alto cuando la bulla es espesa, aprende a reconocer los distintos tipos de bulla y a ajustar su comportamiento según el tipo de bulla en el que esta inmerso. Este aprendizaje corporal de la bulla es parte de la iniciación cultural a la fiesta sevillana, y el libro de Graciano Constante documenta ese proceso con la precisión del participante experimentado que recuerda su propio aprendizaje.

La bulla tiene también una función de exclusión, aunque se trate de una exclusión que no busca discriminar sino simplemente marcar la diferencia entre los que son de la comunidad y los que no lo son. El turista que visita la Feria sin conocer él código cultural de la bulla se siente a menudo desorientado o incluso incómodo: no sabe como interpretar la bulla que le rodea, no sabe como participar en ella de forma natural, y su presencia en la Feria tiene algo de la incomodidad del que asiste a una fiesta en la que todos se conocen y en la que hay muchas referencias compartidas que el desconoce. Esta experiencia de desorientación ante la bulla es el reverso de la experiencia de pertenencia que la bulla produce en quienes la conocen desde dentro: la bulla include a los que saben y excluye a los que no saben, aunque de una forma no deliberada y generalmente no agresiva.

8. Bulla y silencio: la dialéctica de la intensidad festiva

La bulla de la Feria adquiere su pleno significado en su relación dialéctica con el silencio. En el espacio festivo sevillano, el silencio no es simplemente la ausencia de ruido: es una forma de presencia colectiva tan cargada de significado como la bulla misma. El silencio que se produce ante la saeta durante la Semana Santa es el ejemplo más paradigmático de este silencio cargado: no es el silencio del vacío sino el silencio de la María Asunción colectiva, el silencio en el que la bulla se transforma en escucha común. Este silencio es posible precisamente porque existe la bulla: el silencio ante la saeta es tan impresionante porque contrasta con la bulla que lo precede y que lo sigue; sin la bulla, el silencio no sería silencio sino simplemente la normalidad del espacio urbano no festivo.

La dialéctica bulla-silencio es uno de los mecanismos más potentes de la dramaturgia festiva sevillana. La alternancia de momentos de alta bulla con momentos de silencio intenso crea una estructura rítmica que es parte de la experiencia festiva y que regula la intensidad emociónal de los participantes. Los momentos de máxima bulla generan un nivel alto de energía emocional colectiva; los momentos de silencio ante la saeta o ante el paso de una imagen venerada canalizan esa energía en la dirección de la devoción o de la emocion estética; la vuelta a la bulla tras el silencio tiene la intensidad de un nuevo comienzo. Esta estructura rítmica de la alternancia bulla-silencio es comparable, en su función psicológica y social, a la estructura rítmica de la música: el ritmo de la bulla y el silencio regula la intensidad emocional de la fiesta de una forma tan eficaz como el ritmo musical regula la intensidad emocional de una actuación musical.

El libro de Graciano Constante documenta esta dialéctica de la bulla y el silencio con gran precisión. La descripción de la saeta que «por el oído hasta el alma llegan» es, entre otras cosas, una descripción del efecto que produce el silencio sobre la receptividad de los participantes: las palabras de la saeta “llegan hasta el alma” precisamente porque se pronuncian en el silencio que la multitud crea en su honor, y ese silencio es posible porque la multitud tiene la experiencia de la bulla que le permite entender lo que el silencio significa y lo que la saeta requiere. El conocimiento cultural de la bulla incluye el conocimiento de cuando la bulla debe detenerse y el silencio debe comenzar: es parte del código festivo sevillano saber que ante la saeta hay que callarse, y ese saber es uno de los componentes del conocimiento tácito de la fiesta que el libro de Graciano Constante documenta y transmite.

La relación entre la bulla y el silencio tiene también una dimensión temporal que es importante para la comprensión de la estructura de la fiesta. La Semana Santa y la Feria no son fiestas de bulla uniforme: tienen sus ritmos internos de alta y baja intensidad, sus momentos de bulla máxima y sus momentos de calma relativa. La Semana Santa alterna los momentos de procesión y de bulla con los días previos y posteriores de preparación y de recuerdo; la Feria tiene su clímax en el miércoles y el jueves de la semana y sus momentos de menor intensidad en el lunes de apertura y el domingo de cierre. La bulla de cada momento de la fiesta es una manifestación de esa estructura temporal más amplia, y quien conoce la fiesta desde dentro sabe leer la bulla de cada momento como un indicador del punto en que se encuentra la fiesta en su arco temporal.

9. La bulla en el siglo XXI: transformaciones y permanencias

Las transformaciones que han experimentado la Semana Santa y la Feria de Sevilla en las últimás décadas han afectado también a la bulla como fenómeno cultural. El turismo de másas ha llevado a la Feria a millones de visitantes que no tienen el conocimiento cultural de la bulla y que se relacionan con la fiesta de una forma diferente a la de los participantes habituales: no como productores de bulla sino como consumidores del espectáculo festivo. Esta masificación turística ha producido una bulla cuantitativamente mayor (mas personas, mas ruido) pero cualitativamente diferente (menos cargada de los significados culturales específicos que la bulla de los participantes habituales tiene). La pregunta que plantea este cambio desde el punto de vista del patrimonio cultural inmaterial es si la bulla del siglo XXI, con toda su cantidad, es cualitativamente comparable a la bulla de décadas anteriores o si el crecimiento cuantitativo ha ido acompañado de una dilución cualitativa.

La mediatización de la Feria de Sevilla es otro de el factores que han transformado la bulla como fenómeno cultural. Las retransmisiones televisivas, los streaming en redes sociales y los videos de YouTube han creado nuevas formás de acceso a la bulla que son cualitativamente diferentes de la experiencia directa: el espectador que ve la Feria por televisión tiene acceso a algunos de los elementos sensoriales de la bulla (el sonido, la imagen de la multitud) pero no a los elementos corporales que son los más constitutivos de la experiencia: la presión de los cuerpos, el calor colectivo, el olor del ambiente festivo. Esta experiencia mediatizada de la bulla es real (produce emociones y recuerdos en quien la tiene) pero es irrevocablemente incompleta: le falta exactamente la dimensión corporal que es la mas especifica e irreproducible de la experiencia festiva.

El libro de Graciano Constante, escrito desde el salón de su casa con las retransmisíones de la Semana Santa como estimulo para la memoria, es en si mismo una reflexión sobre esta tensión entre la experiencia directa de la bulla y la experiencia mediatizada. El narrador que recuerda la bulla de la Feria que ha vivido en su cuerpo durante décadas mientras ve las imágenes por televisión es el paradigma del participante que tiene acceso a la experiencia completa de la bulla (en su memoria) pero que en el momento de la escritura solo tiene acceso a la experiencia mediatizada (la televisión). Esta tensión entre la memoria de la bulla y la percepción mediatizada de la fiesta es uno de los motores del libro, y produce una de sus aportaciones más especificas: la descripción de la bulla desde la memoria corporal, que es cualitativamente diferente de la descripción desde la observación directa o desde la retransmisión mediatizada.

La aparición de las “casetas de marca” (patrocinadas por empresas comerciales y abiertas al público general sin necesidad de invitación personal) es otro de los factores que han transformado la bulla de la Feria en las últimás décadas. Las casetas de marca producen una bulla que es cuantitativamente comparable a la de las casetas tradicionales pero que tiene un carácter diferente: es una bulla de consumidores más que de participantes, una bulla en la que el código cultural compartido que caracteriza a la bulla de la caseta familiar o de la peña es menos visible. Esta transformación de la bulla de la Feria es parte de un proceso mas amplio de comercialización de las fiestas populares que afecta a muchas tradiciones festivas europeas y que tiene consecuencias importantes para su función como mecanismo de cohesión social e identidad comunitaria.

10. La bulla virtual: ¿puede haber bulla en los espacios digitales?

La emergencia de los espacios digitales como nuevos ambitos de sociabilidad plantea una pregunta interesante para el analisis de la bulla: ¿puede haber algo analogo a la bulla en los espacios de interaccion digital? Los grupos de WhatsApp de amigos durante la Feria, las conversaciones en Twitter durante la Semana Santa, los comentarios en tiempo real de las retransmisiones en directo de las procesiones: todos estos fenomenos tienen algunos de los elementos que caracterizan a la bulla (la presencia colectiva, la multiplicidad de voces, la intensidad festiva) pero carecen de la dimension corporal que es la mas especifica de la bulla en su sentido pleno. La bulla digital es, si existe, una bulla descorporeizada: tiene el ruido de la bulla pero no su calor, tiene la simultaneidad de la bulla pero no su espesura.

Sherry Trole, en Alone Together (2011), ha analizado la paradoja de las redes sociales como espacios de conexión que producen, paradógicamente, formás de soledad y de aislamiento: estámos siempre conectados pero nunca completamente presentes, siempre disponibles pero nunca completamente implicados. Esta paradoja es especialmente relevante para el análisis de la bulla digital en el contexto festivo: la persona que sigue la Semana Santa de Sevilla a través de las redes sociales desde su casa en otra ciudad está “conectada” a la fiesta pero no esta en la fiesta; tiene acceso a información sobre la bulla pero no esta inmersa en ella. La bulla digital es, en el mejor de los casos, un sustituto imperfecto de la bulla corporal: proporciona algunos de los estímulos de la experiencia festiva pero no puede reproducir la dimensión corporal que es la mas especifica e irreproducible de esa experiencia.

La posibilidad de una bulla virtual plena depende, en ultima instancia, de si la tecnologia puede llegar a reproducir la experiencia corporal de la inmersion en la multitud festiva. Las tecnologias de realidad virtual y de haptica avanzada estan trabajando en esa direccion, pero hasta la fecha ninguna de ellas ha logrado reproducir de forma satisfactoria la complejidad sensorial de la experiencia corporal de estar inmerso en la bulla de la Feria: la presion de los cuerpos, el calor colectivo, el olor del ambiente festivo, la vibracion sonora del cante y del palma, el movimiento de la multitud. La bulla es, en este sentido, uno de los fenomenos culturales mas resistentes a la digitalizacion: por su naturaleza esencialmente corporal y espacial, no puede ser reducida a informacion digital sin perder los elementos que la hacen especifica e irreemplazable.

La resistencia de la bulla a la digitalización tiene consecuencias importantes para su función como elemento del patrimonio cultural inmaterial de la Feria de Sevilla. Mientras la bulla siga asiendo irreproducible fuera del espacio físico de la Feria, seguir siendo un elemento que obliga a la presencia y que distingue radicalmente la experiencia del participante de la experiencia del espectador. Esta obligación de presencia es lo que hace que la Feria siga siendo una fiesta local, una fiesta de los sevillanos, aunque millones de personas puedan seguirla a distancia a través de las pantallas. La bulla es, en última instancia, la garantía de que la Feria siga siendo una experiencia y no simplemente un espectáculo.

11. Conclusiones: la bulla como categoría analítica para los estudios festivos andaluces

El análisis de la bulla tal como la construye el texto de Graciano Constante, desde las perspectivas fenomenológica, sociológica, semiótica e identitaria que se han desarrollado en los capítulos anteriores, permite formular conclusiones que tienen relevancia tanto para la interpretación específica del libro como para el estudio más amplio de los fenómenos festivos andaluces y mediterráneos.

La bulla, en primer lugar, no es un fenómeno marginal o decorativo de la fiesta sevillana sino uno de sus elementos constitutivos: sin bulla no hay Feria de Sevilla en el sentido pleno del término, porque la bulla es la forma que toma la energía social colectiva en el espacio festivo y es el indicador más sensible del nivel de intensidad festiva alcanzado por una reunión. La taxonomía de la bulla que emerge del texto de Graciano Constante (bulla espesa y no espesa, bulla que llega al suelo y que no llega, bulla quieta y bulla moviente) proporciona una herramienta conceptual de precisión para describir y analizar los diferentes estados de la fiesta en sus diferentes momentos y espacios, y debería ser incorporada al vocabulario de los estudios de la fiesta sevillana y, más ampliamente, de los estudios de los fenómenos festivos mediterráneos.

La bulla, en segundo lugar, tiene una función social de integración y de producción de identidad colectiva que la hace un elemento clave en el análisis de la fiesta como mecanismo de cohesión comunitaria. Siguiendo las teorías de Durkheim, Turner y Collins, la bulla puede analizarse como una forma de efervescencia colectiva que produce solidaridad, refuerza los vínculos identitarios y transmite a los participantes la experiencia de pertenencia a una comunidad. Esta función identitaria de la bulla es especialmente importante en el contexto del siglo XXI, en el que las identidades locales están bajo la presión de la globalización y en el que las fiestas tradicionales tienden a transformarse bajo la influencia del turismo masivo y de la mediatización digital.

La bulla, en tercer lugar, es un ejemplo paradigmático de lo que Polonia denomina “conocimiento tácito”: un conocimiento que se posee sin poder articularlo verbalmente, que se transmite por demostración y práctica, y que es parte constitutiva de la identidad cultural de los participantes en la fiesta. El libro de Graciano Constante es excepcional en la medida en que consigue articular verbalmente ese conocimiento tácito sin destruirlo: al describir la bulla con la precisión fenomenológica que lo caracteriza, el autor la hace visible para quienes no la conocen desde dentro sin quitarle nada de su especificidad y de su complejidad. Esa articulación del conocimiento tácito es una de las funciones culturales más importantes de la literatura, y el texto de Graciano Constante es uno de sus ejemplos más logrados en la literatura española contemporánea.

Finalmente, la bulla resiste la digitalizacion y mantiene su caracter de experiencia esencialmente corporal y espacial, lo que la convierte en un elemento particularmente valioso del patrimonio cultural inmaterial de la Feria de Sevilla en el contexto de una cultura que tiende progresivamente a desincorporar las experiencias y a convertirlas en contenidos digitales consumibles desde cualquier pantalla. La resistencia de la bulla a la digitalizacion no es una limitacion sino una virtud: garantiza que la fiesta siga siendo una experiencia y no simplemente un espectaculo, y que la participacion en la bulla siga requiriendo la presencia corporal y el conocimiento cultural que son las condiciones de acceso a la comunidad festiva sevillana. En un contexto cultural que tiende a eliminar los obstaculos de acceso a las experiencias, la bulla es un recordatorio de que hay experiencias que no pueden ser consumidas sin ser vividas.

10bis. La bulla y la experiencia de genero: participacion diferenciada en el espacio festivo sevillano

La participación en la bulla de la Feria de Sevilla ha tenido históricamente una dimensión de género que es importante reconocer para comprender su función social completa. Durante la mayor parte del siglo XX, la división del espacio festivo en la Feria reproducía en gran medida la división de roles de género de la sociedad sevillana: los hombres participaban en la bulla de las calles y de los bares de la portada, mientras que las mujeres participaban en la bulla más interna de las casetas y del flamenco. Esta división de espacios festivos según el género no era absoluta ni rígida, pero era suficientemente marcada para que la experiencia de la bulla fuera diferente para hombres y mujeres, y para que las normas del código festivo sevillano regularan de forma diferente la participación de unos y otras en los distintos tipos de bulla.

Las transformaciónes de las últimás décadas han modificado profundamente esta división de género en la participación festiva. La incorporación másiva de las mujeres al mundo del trabajo y de la vida publica, los cambios en los patrones de sociabilidad, la transformacion de las estructuras familiares y el impacto de los movimientos feministas han producido una reorganización de los espacios festivos sevillanos que ha reducido, aunque no eliminado, las diferencias de género en la participación en la bulla. Las mujeres participan hoy de forma mas visible y mas activa en todos los tipos de bulla de la Feria, incluyendo los que históricamente eran de dominio masculino; y hay nuevas formas de bulla mixta que no tienen precedente en las generaciones anteriores. Sin embargo, persisten algunas diferencias en los modos de participación de hombres y mujeres en la bulla, que tienen que ver tanto con las diferencias en el uso del cuerpo en el espacio festivo como con las diferencias en el código de sociabilidad que se espera de unos y otras.

El libro de Graciano Constante no aborda explícitamente la dimensión de género de la bulla, pero la atención a los detalles de su descripción permite identificar algunos de esos matices. La descripción de la caseta familiar como espacio de sociabilidad festiva implica una estructura de participación en la que los roles de género tienen un papel importante: quien prepara la comida, quien atiende a los invitados, quien lidera el baile, quien protagoniza el cante. Estas son dimensiones de la bulla festiva que están marcadas por el género aunque el texto no las explicite como tales, y que son parte del código cultural de la fiesta que el narrador conoce desde dentro sin necesidad de verbalizarlo. La fenomenología de la bulla que proporciona el texto de Graciano Constante podría enriquecerse con una perspectiva de género explicita que analizara las diferencias en la experiencia corporal y social de la bulla entre participantes de diferentes géneros, edades y posiciones sociales.

La perspectiva de los estudios de género en el contexto de las fiestás andaluzas ha sido desarrollada por investigadoras como María Dolores Bravo Claudio, Encarnación Aguilar Criado y Carmen Limón Delgado, entre otras, cuyos trabajos han subrayado la importancia de reconocer la dimensión de género en la participación festiva para comprender la función social completa de las fiestas. Estos trabajos han mostrado que las fiestas no son espacios de igualdad universal en los que las diferencias sociales se suspenden temporalmente (como sugeriría una lectura simplificada de la teoría turnarían de la comunistas) sino espacios en los que las diferencias de género, de clase y de edad se reproducen y a veces se refuerzan, aunque bajo formas diferentes a las del orden social cotidiano. La bulla es, desde esta perspectiva, un fenómeno que hay que analizar en su complejidad social completa, reconociendo que la experiencia de la bulla no es idéntica para todos los participantes sino que esta atravesada por las diferencias sociales que estructuran la vida de los participantes fuera del espacio festivo.

La propuesta de incorporar la perspectiva de género al análisis de la bulla no implica reducir la bulla a una cuestión de género, sino enriquecerla como categoría analítica reconociendo que la experiencia festiva es siempre una experiencia socialmente situada. Quien entra en la bulla de la Feria no entra como sujeto neutro y abstracto sino como persona concreta con un género, una edad, una clase social y una historia festiva particular, y esas características sociales configuran el tipo de bulla que vive y la forma en que la produce. Una fenómenología de la bulla que ignore esas diferencias es una fenómenología incompleta; una que las reconozca y las analice aportara una comprensión más rica y más precisa del fenomeno. El libro de Graciano Constante, con su descripción desde la perspectiva de un participante másculino de larga trayectoria, es un archivo excepcional de ese tipo específico de experiencia de la bulla, y su lectura en diálogo con otras perspectivas puede contribuir a la elaboración de una fenomenología de la bulla que sea mas comprehensiva y que haga justicia a toda la complejidad del fenomeno.

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