EL CUERPO ENCARCELADO: CORPORALIDAD, GÉNERO Y RESISTENCIA EN LIBERTAD DE SILVIA CUBELES VAQUERO
Ángela Isabel de Claudia Soneira
Grupo Editorial Pérez-Ayala
1. Introducción: el cuerpo como campo de batalla
El cuerpo es, en el espacio carcelario, el primer objeto sobre el que el poder institucional se ejerce. La privación de libertad es, ante todo, una privación corporal: el cuerpo encarcelado no puede moverse libremente, no puede elegir dónde estar ni cuándo, no puede ejercer la soberanía sobre sí mismo que la vida libre presupone. Esta privación corporal es el fundamento material de toda experiencia carcelaria, y su elaboración poética es uno de los desafíos centrales de la escritura producida en el encierro. El poemario Libertad de Silvia Cubeles Vaquero constituye un corpus privilegiado para el análisis de la corporalidad encarcelada en la poesía femenina española contemporánea: escrito desde el interior de la experiencia, construye una fenomenología del cuerpo encarcelado que la investigación académica puede analizar con las herramientas de la teoría crítica del cuerpo, los estudios de género y la fenomenología filosófica.
La teoría crítica del cuerpo ha experimentado en las últimas décadas un desarrollo notable que la ha llevado desde los estudios pioneros de Norbert Elias sobre el proceso civilizatorio hasta los análisis foucaultianos del cuerpo como objeto de poder-saber, pasando por las aportaciones de la teoría feminista sobre el cuerpo generizado y las del pensamiento postcolonial sobre el cuerpo racializado. En este panorama, el cuerpo encarcelado ocupa un lugar específico que no ha sido suficientemente explorado: es un cuerpo sometido a formas de control que son extremas en su intensidad pero que al mismo tiempo guardan relaciones de continuidad con las formas más ordinarias de control corporal que la sociedad ejerce sobre sus miembros, y en particular sobre sus miembros femeninos.
El presente artículo se propone analizar las representaciones del cuerpo en Libertad desde tres perspectivas complementarias: la fenomenología del cuerpo encarcelado, la teoría feminista del cuerpo generizado, y los estudios sobre escritura y resistencia corporal. Estas tres perspectivas se articulan en torno a una tesis central: el cuerpo en Libertad no es simplemente el objeto pasivo sobre el que el poder carcelario se ejerce, sino también el lugar desde el que la resistencia se organiza y la escritura poética se produce.
2. Marco teórico: el cuerpo generizado en el espacio de reclusión
La fenomenología del cuerpo tiene una larga historia en la filosofía occidental, desde las reflexiones de Edmund Husserl sobre la corporalidad vivida hasta los análisis de Maurice Merleau-Ponty en Fenomenología de la percepción (1945), que situaron al cuerpo en el centro de la experiencia subjetiva del mundo. Para Merleau-Ponty, el cuerpo no es un objeto entre otros objetos sino el punto de vista desde el que el mundo se percibe y desde el que toda experiencia es posible. Esta concepción del cuerpo como sujeto de la percepción y como fundamento de la existencia tiene implicaciones directas para el análisis de la experiencia carcelaria: si el cuerpo es el punto de vista desde el que el mundo se percibe, la restricción radical del movimiento corporal que el encarcelamiento impone es una restricción radical de la posibilidad de experiencia del mundo.
La teoría feminista del cuerpo ha enriquecido la fenomenología merleau-pontiana con la atención a las dimensiones de género que atraviesan la experiencia corporal. Iris Marion Young, en su ensayo “Throwing Like a Girl” (1980), analizó cómo las expectativas de género moldean la forma en que las mujeres habitan y usan sus cuerpos: el cuerpo femenino, en las sociedades patriarcales, aprende a ocupar menos espacio, a moverse con mayor contención y a situarse en una posición de mayor autovigilancia que el cuerpo masculino. Esta corporalidad femenina generizada tiene consecuencias específicas en el contexto carcelario: el cuerpo de la mujer encarcelada ya ha sido moldeado por las expectativas de género antes del encarcelamiento, y el encierro superpone sobre esa corporalidad generizada sus propias formas de control y restricción.
Judith Butler, en Bodies That Matter (1993), ha desarrollado una teoría de la corporalidad como performance que es igualmente relevante para el análisis de la escritura carcelaria. Para Butler, el cuerpo no es una realidad natural previa a las normas culturales sino el producto de procesos de reiteración normativa que lo constituyen como cuerpo generizado. En el espacio carcelario, estas normas se hacen especialmente explícitas: el uniforme, los registros corporales, las regulaciones del aspecto físico son formas de imposición normativa que el cuerpo de la reclusa debe negociar constantemente. La escritura poética puede ser el espacio en que esta negociación se articula y en que el cuerpo resistente afirma su posibilidad.
3. El registro del cuerpo en Libertad: mapeo fenomenológico
Los poemas de Libertad que trabajan la experiencia del cuerpo construyen un mapa de la corporalidad encarcelada de notable detalle y precisión fenomenológica. Este mapa incluye las sensaciones más básicas —el frío, el calor, el hambre, el sueño, el dolor— y también experiencias corporales más complejas: la vergüenza del registro corporal, la angustia de la inmovilidad forzada, el deseo de contacto físico que el encierro frustra, la transformación de la imagen corporal que el tiempo y las condiciones del encierro producen. La fenomenología de este cuerpo encarcelado que Libertad elabora es una de las aportaciones más originales y más valiosas del poemario al corpus de la escritura carcelaria española.
El frío es una de las experiencias corporales más recurrentes en Libertad. La celda fría —cuya temperatura no puede regularse individualmente y que en invierno puede ser difícilmente soportable— aparece como uno de los principales elementos de la experiencia corporal del encierro. Esta presencia del frío en la poesía carcelaria tiene antecedentes en Miguel Hernández, en los poemas de los presos políticos del franquismo, y en la escritura carcelaria de otras tradiciones: el frío es un motivo transhistórico y transcultural de la poesía del encierro que Libertad reactiva en el contexto específico de la prisión española contemporánea. Pero el frío en Libertad no es solo una experiencia desagradable: es también una experiencia que intensifica la conciencia del cuerpo y que, paradójicamente, puede convertirse en el punto de partida de una mayor presencia corporal. El cuerpo que siente el frío intensamente es un cuerpo más consciente de sí mismo, más presente en su propia materialidad.
El hambre, cuando aparece en el poemario, no es necesariamente hambre física —las condiciones de alimentación en los centros penitenciarios españoles son generalmente suficientes en términos calóricos— sino un hambre más sutil: el hambre de ciertos alimentos asociados a la vida libre, a momentos específicos de la historia personal, a contextos afectivos que el encarcelamiento ha suspendido. Este hambre de los sabores de la memoria tiene una dimensión temporal además de corporal: es el hambre del tiempo antes del encarcelamiento, que ciertos alimentos pueden evocar con una intensidad que supera la de cualquier otro estímulo sensorial.
La inmovilidad es quizás la experiencia corporal más definitoria del encierro. El cuerpo que no puede moverse libremente, que está confinado en un espacio de pocos metros cuadrados durante la mayor parte del día, experimenta una privación que va más allá del mero inconveniente físico: la libertad de movimiento es constitutiva de la identidad y de la experiencia subjetiva del mundo, y su supresión produce una forma específica de sufrimiento que la fenomenología del cuerpo puede teóricamente articular pero que solo la experiencia directa puede conocer en toda su intensidad. Los poemas de Libertad que trabajan la experiencia de la inmovilidad —el cuerpo que camina en círculos en la celda, que se estira en el espacio reducido, que busca posiciones que alivien la tensión acumulada— son documentos de una corporalidad específica que la escritura registra con notable precisión.
4. El cuerpo registrado: control institucional y escritura resistente
El registro corporal es uno de los procedimientos más invasivos del control carcelario. Las revisiones periódicas —que pueden incluir el desnudo completo, la inspección de cavidades corporales y el examen del cabello— son experiencias de vulnerabilidad corporal extrema que muchas reclusas describen como una de las formas más degradantes del control institucional. Esta invasión del espacio más íntimo del cuerpo —la piel, las cavidades, los pliegues— es una forma de ejercicio del poder que la institución justifica en términos de seguridad pero que las reclusas viven como una violación de la integridad corporal.
En Libertad, los registros corporales aparecen de manera indirecta —como alusiones, como imágenes que evocan la experiencia sin describirla explícitamente— que revelan tanto la intensidad de la experiencia como la dificultad de nombrarla directamente. Esta indirección no es evasión sino una forma específica de elaboración de lo que Elaine Scarry, en The Body in Pain (1985), ha llamado la inexpresabilidad del dolor y de la invasión corporal: hay experiencias corporales que resisten la articulación lingüística directa porque su intensidad supera la capacidad del lenguaje ordinario. La poesía, con sus recursos de condensación, metáfora y elipsis, puede acercarse a estas experiencias sin la pretensión de agotarlas.
La escritura como acto corporal resistente es uno de los aspectos menos estudiados de la escritura carcelaria. El acto de escribir implica la utilización del cuerpo —la mano que sostiene el bolígrafo, la postura que se adopta para escribir, el tiempo que el cuerpo permanece en una posición de atención— de una manera que es, en el espacio carcelario, un acto de apropiación del propio cuerpo. La reclusa que escribe está usando su cuerpo para producir algo que no está previsto en el programa institucional: está ejerciendo una forma de agencia corporal que la institución no puede controlar completamente. En este sentido, la escritura poética en prisión es también un acto de resistencia corporal, una reivindicación del derecho del cuerpo a actuar de maneras que exceden lo que la institución prescribe.
5. El cuerpo deseante: sexualidad y afecto en el encierro
La sexualidad es uno de los aspectos de la corporalidad carcelaria que la investigación académica ha tratado con mayor timidez. Las condiciones de la sexualidad en prisión —la separación de géneros en los módulos, la privación del contacto físico con la pareja, la regulación estricta de las comunicaciones íntimas en las visitas— son parte fundamental de la experiencia carcelaria que raramente aparece en los análisis institucionales y que la escritura carcelaria aborda con mayor o menor franqueza según las autoras y los contextos.
En Libertad, el deseo y la sexualidad aparecen de manera fragmentaria y elíptica, como aspectos de la corporalidad que la institución ha suprimido y que la escritura recupera de manera parcial. Los poemas sobre el cuerpo deseante —el cuerpo que recuerda el contacto físico, que anticipa el reencuentro, que elabora la privación del contacto mediante la escritura— son algunos de los más íntimos del poemario y algunos de los que plantean con mayor agudeza la cuestión de la privacidad en la escritura carcelaria: ¿hasta dónde puede llegar la intimidad del poema cuando el texto está destinado a la publicación?
La privación del contacto físico afectivo —los abrazos, la intimidad corporal con las personas amadas— es una forma específica de sufrimiento que la escritura carcelaria raramente aborda con toda la intensidad que merece. Los protocolos de las visitas —con sus cristales, sus rejas, sus micrófonos y sus restricciones— hacen que el contacto físico sea imposible o muy limitado en la mayoría de los centros penitenciarios españoles. Este privación del tacto —uno de los sentidos más fundamentales para el bienestar psicológico, según la investigación en psicología del desarrollo— produce efectos que van más allá de la simple privación de placer: afecta a la regulación emocional, a la experiencia de la propia corporalidad, y al sentido de conexión con el mundo exterior.
6. El cuerpo enfermo y medicado: biopolítica y corporalidad en Libertad
La enfermedad en prisión es una experiencia que amplifica las ya considerables vulnerabilidades del cuerpo encarcelado. En el espacio carcelario, la enfermedad no puede gestionarse con la misma autonomía que en la vida libre: los médicos son funcionarios, los medicamentos están controlados institucionalmente, y las decisiones sobre el propio cuerpo —hospitalización, tratamientos, consultas especializadas— están mediadas por la autoridad de la institución. Esta heteronomía médica es una forma específica de la biopolítica foucaultiana aplicada al cuerpo de la reclusa: el poder decide qué se puede hacer con el propio cuerpo cuando está enfermo.
La medicación psiquiátrica —el uso de psicofármacos para gestionar el estado emocional de las reclusas— es uno de los aspectos más controvertidos de la medicina penitenciaria. La investigación criminológica ha documentado tasas de prescripción de psicofármacos en la población penitenciaria femenina significativamente superiores a las de la población general, lo que ha generado debate sobre si la medicación responde a necesidades terapéuticas reales o si es, en parte, una forma de gestión conductual que facilita el mantenimiento del orden institucional. En Libertad, la experiencia de la medicación psiquiátrica aparece como uno de los aspectos más perturbadores de la vivencia carcelaria: la alteración del estado de conciencia que los psicofármacos producen afecta también a la percepción del propio cuerpo y a la capacidad de escritura.
El cuerpo que envejece en prisión es otro de los motivos que Libertad trabaja con notable sensibilidad. El tiempo del encierro transforma el cuerpo de maneras específicas: la falta de exposición solar, la alimentación institucional, la limitación del movimiento, la privación del contacto afectivo producen cambios corporales que la reclusa registra con una mezcla de asombro y de angustia. Este envejecimiento específico del cuerpo carcelario —distinto del envejecimiento en condiciones de vida libre— es uno de los aspectos menos visibles de los efectos del encarcelamiento en la corporalidad y uno de los más significativos para la comprensión de la experiencia carcelaria a largo plazo.
7. El cuerpo liberado: anticipación y proyección corporal hacia la libertad
Los poemas de Libertad que anticipan la liberación construyen una corporalidad proyectiva: el cuerpo que todavía está encarcelado pero que ya imagina los movimientos que podrá hacer cuando la libertad llegue. Esta proyección corporalidad futura es uno de los mecanismos de resistencia más documentados en la psicología del encarcelamiento: imaginar el propio cuerpo en movimiento libre, planificar los gestos y las experiencias corporales que el regreso a la vida libre permitirá, es una forma de mantener la agencia corporal en el tiempo presente del encierro.
La imaginación corporal de la libertad en Libertad incluye gestos y experiencias corporales específicos: el paso sin límites por un espacio abierto, el baño en el mar, el abrazo sin mediación institucional, la comida elegida libremente, el sueño sin interrupciones institucionales. Estos gestos corporales de la libertad anticipada no son fantasías abstractas sino imágenes concretas que la voz poética construye con precisión fenomenológica, ancladas en recuerdos de experiencias corporales específicas que el encierro ha suspendido temporalmente. La precisión de estas imágenes es lo que les da fuerza tanto como proyección psicológica como como elaboración poética.
La liberación del cuerpo encarcelado es también, en la tradición literaria, un motivo de transformación subjetiva: no se sale de la prisión con el mismo cuerpo con el que se entró. El cuerpo transformado por el encarcelamiento —que ha aprendido nuevas formas de habitar el espacio, que ha desarrollado nuevas formas de atención sensorial, que lleva las marcas del tiempo carcelario— es un cuerpo diferente del cuerpo libre, y la reintegración en la vida libre implica también una reintegración corporal que puede ser difícil y dolorosa. Los poemas de Libertad que anticipan este proceso de reintegración corporal construyen una fenomenología de la transición que es uno de los aspectos más originales del poemario.
8. Conclusiones
El análisis de la corporalidad en Libertad de Silvia Cubeles Vaquero ha permitido identificar varias dimensiones del cuerpo encarcelado que la investigación académica sobre escritura carcelaria raramente ha explorado con la profundidad que merecen. En primer lugar, el cuerpo como objeto de control institucional: la institución carcelaria ejerce sobre el cuerpo de la reclusa formas de poder que van desde el confinamiento espacial hasta la medicación psiquiátrica, y la escritura poética registra y elabora estas formas de control desde el interior de la experiencia. En segundo lugar, el cuerpo como sujeto de resistencia: la escritura carcelaria es ella misma un acto de agencia corporal que la institución no puede controlar completamente, y los poemas de Libertad construyen un cuerpo resistente que no se reduce a las formas que la institución le impone.
En tercer lugar, el cuerpo como campo de género: el cuerpo de la reclusa es un cuerpo generizado que ha sido moldeado por las expectativas de género antes del encarcelamiento y sobre el que el encierro superpone sus propias normas corporales. La teoría feminista del cuerpo, especialmente en las versiones de Young y Butler, ofrece herramientas indispensables para comprender esta dimensión de género de la corporalidad encarcelada y para analizar las formas en que Libertad la elabora poéticamente. En cuarto lugar, el cuerpo como horizonte de la libertad: los poemas de Libertad que anticipan la liberación construyen una corporalidad proyectiva que es también una forma de resistencia ante el tiempo presente del encierro.
La investigación aquí presentada abre líneas de trabajo futuro que incluyen el estudio comparado de la corporalidad en otros poemarios carcelarios españoles e internacionales, el análisis de la corporalidad en la prosa carcelaria femenina, y el estudio de las relaciones entre la corporalidad y la identidad de género en los textos producidos en el encierro. Estas líneas de investigación contribuirán a construir un campo académico más consolidado en torno a la escritura carcelaria femenina y a su contribución al conocimiento de la corporalidad en las sociedades contemporáneas.
Bibliografía
2.1 El cuerpo en la cárcel: genealogía de la investigación académica
La investigación académica sobre el cuerpo en la cárcel tiene una historia relativamente breve pero de creciente densidad. Los trabajos pioneros de Foucault sobre el cuerpo penitenciario en Vigilar y castigar (1975) establecieron las bases para una comprensión del control carcelario como control del cuerpo. Posteriormente, los estudios de la criminología feminista añadieron la dimensión de género a este análisis: autoras como Pat Carlen, Frances Heidensohn y Loraine Gelsthorpe han analizado cómo el sistema penitenciario ejerce formas específicas de control sobre el cuerpo femenino que incluyen la regulación de la apariencia, la supervisión de las actividades corporales y el uso de la medicación como instrumento de gestión conductual.
Más recientemente, los estudios sobre salud en prisión —un campo en el que la investigación española ha producido contribuciones importantes gracias al trabajo de investigadores como Santiago Gómez, Manuel Martínez y sus colaboradores del Grupo de Investigación en Salud Penitenciaria— han documentado las consecuencias físicas del encarcelamiento sobre el organismo: el deterioro de la salud cardiovascular, los problemas musculoesqueléticos asociados a la inmovilidad, las enfermedades infecciosas y las consecuencias del estrés crónico sobre el sistema inmunológico. Estos datos biomédicos son relevantes para la comprensión de la corporalidad carcelaria que la escritura poética elabora: el cuerpo enfermo y deteriorado que aparece en algunos poemas de Libertad no es una hipérbole poética sino el reflejo de una realidad documentada por la investigación médica.
3.1 El uniforme y la identidad corporal: estandarización y resistencia
El uniforme penitenciario —cuando existe, porque en los centros penitenciarios españoles la ropa propia está permitida salvo excepciones— es uno de los mecanismos de estandarización corporal más visibles de la institución total. El uniforme suprime las diferencias de apariencia que en la vida libre son marcadores de identidad —el estilo de vestir, los colores preferidos, la relación con la moda— y convierte a todos los reclusos en cuerpos equivalentes desde el punto de vista de la institución. Esta estandarización corporal es una forma de despersonalización que Goffman analizó como uno de los procedimientos fundamentales de la mortificación del yo en las instituciones totales.
En los centros penitenciarios españoles, donde la ropa propia está generalmente permitida, la relación con el vestido tiene otras connotaciones. La posibilidad de vestir la propia ropa es un pequeño espacio de individualización dentro del sistema de estandarización, pero está limitada por las condiciones de almacenamiento en la celda y por las normas que regulan qué prendas son admisibles. Además, la ropa propia de quien lleva tiempo encarcelado puede empezar a deteriorarse o a no ajustarse bien al cuerpo que ha cambiado durante el encierro, lo que produce una experiencia específica de extrañamiento de la propia ropa que Libertad registra con notable precisión.
4.1 El cuerpo que escribe: condiciones materiales de la escritura en el encierro
El acto de escribir tiene condiciones corporales específicas que en la vida libre raramente se tematizan porque están dadas por supuestas. En el espacio carcelario, estas condiciones se hacen visibles y problemáticas: ¿dónde se escribe? ¿en qué posición corporal? ¿con qué materiales? ¿en qué momento del día, con qué luz? La celda ofrece generalmente pocas opciones: la cama, la silla si hay, el suelo. La postura de escritura en la celda es frecuentemente incómoda y produce tensiones musculares que la vida libre raramente impone a los escritores de interior. La luz puede ser insuficiente o demasiado intensa, el ruido puede dificultar la concentración, el frío puede entumece los dedos que sostienen el bolígrafo.
Estas condiciones corporales de la escritura en prisión son parte de la materialidad de la escritura carcelaria que el análisis académico raramente incorpora en su análisis. El texto poético no emerge de una mente abstracta sino de un cuerpo concreto que escribe en condiciones específicas y que esas condiciones moldean. Reconocer esta corporalidad de la escritura no es reducir la poesía a sus condiciones de producción: es, al contrario, reconocer la complejidad y el mérito de la producción poética en condiciones de privación material, y contribuir a una comprensión más completa del proceso creativo en el encierro.
5.1 El cuerpo y el otro: contacto, distancia y mediación en las relaciones carcelarias
La privación del contacto físico con las personas amadas es, como se ha señalado, una de las formas más dolorosas de la privación carcelaria. Pero las relaciones corporales en el espacio penitenciario no se limitan a las relaciones con el mundo exterior: las reclusas comparten el espacio con otras reclusas, con cuyas corporalidades conviven a una distancia que la vida libre raramente impone. Esta convivencia corporal forzada —compartir la celda, el módulo, el patio, los servicios— produce formas específicas de relación con el cuerpo del otro que van desde la intimidad involuntaria hasta la violencia, pasando por la solidaridad y la indiferencia.
En Libertad, las relaciones corporales con las compañeras de reclusión aparecen de manera significativa en los poemas que trabajan la dimensión colectiva del encierro. El gesto de cuidado —colocar una manta sobre los hombros de una compañera que duerme, ayudar a curar una pequeña herida— es un gesto corporal de solidaridad que tiene en el espacio carcelario una intensidad específica precisamente porque el contacto físico está generalmente privado de las dimensiones afectivas que lo acompañan en la vida libre. Este cuidado corporal de las compañeras es una forma de resistencia ante la privación afectiva que el encierro impone: en ausencia del contacto físico con las personas amadas del exterior, el cuidado corporal de las compañeras de reclusión puede mantener viva la capacidad de vinculación afectiva.
6.1 El cuerpo y la escritura como acto político
La relación entre el cuerpo y la escritura en Libertad tiene una dimensión política que trasciende la experiencia individual de Silvia Cubeles Vaquero. Al publicar un poemario que documenta las condiciones de la corporalidad carcelaria —el frío, la inmovilidad, los registros, la medicación, la privación del contacto afectivo—, la autora realiza un acto político de visibilización que contribuye al debate público sobre las condiciones del encarcelamiento en España. Este acto político no requiere ser declarado explícitamente en el texto para ser efectivo: la simple descripción precisa de las condiciones del cuerpo encarcelado es, en sí misma, un argumento político que puede contribuir a la reforma de las condiciones penitenciarias.
La escritura como acto político del cuerpo conecta con la tradición del cuerpo como sitio de protesta que los estudios de los movimientos sociales han documentado ampliamente. Las huelgas de hambre de los presos políticos irlandeses, las performances de activistas feministas, los cuerpos en huelga de los trabajadores en la tradición obrera: todos ellos son ejemplos de cómo el cuerpo puede convertirse en instrumento de protesta política. La escritura carcelaria tiene con esta tradición una relación específica: no expone el cuerpo públicamente —la reclusa no puede hacer una huelga de hambre visible para los medios de comunicación—, pero sí produce textos que llevan al espacio público el testimonio del cuerpo encarcelado. En este sentido, la escritura poética de Cubeles Vaquero es también una forma de protesta corporal mediada por el lenguaje.
1.1 El cuerpo femenino encarcelado: especificidades de género
La investigación sobre el cuerpo encarcelado ha prestado atención creciente a las especificidades de género que diferencian la corporalidad de las mujeres encarceladas de la de los hombres. El cuerpo femenino tiene, en el espacio penitenciario, exigencias específicas que el sistema raramente atiende de manera adecuada: las necesidades menstruales, los efectos del embarazo y el posparto, la menopausia, las condiciones específicas de la salud reproductiva femenina. Las investigaciones de Barbara Owen y Barbara Bloom sobre las mujeres en prisión en Estados Unidos, o las de Pat Carlen en el Reino Unido, han documentado estas especificidades y han propugnado una reforma penitenciaria que las atienda de manera específica.
En España, la investigación sobre las especificidades de género en el sistema penitenciario es más reciente y menos consolidada. Los trabajos del Grupo de Estudios de Política Criminal y los informes del Defensor del Pueblo sobre las condiciones de las reclusas españolas han comenzado a documentar estas especificidades, pero la investigación académica en este campo sigue siendo escasa. El análisis de la escritura carcelaria femenina puede contribuir a esta investigación desde una perspectiva específica: la perspectiva de la experiencia vivida y elaborada poéticamente, que ofrece un tipo de conocimiento sobre la corporalidad femenina encarcelada que los informes estadísticos e institucionales no pueden proporcionar.
7.1 Cuerpo, lenguaje y límite: la inexpresabilidad de la experiencia corporal carcelaria
Elaine Scarry, en The Body in Pain (1985), ha analizado la relación entre el dolor físico y el lenguaje, argumentando que el dolor intenso tiende a destruir el lenguaje: la persona que sufre dolor extremo pierde la capacidad de comunicar su experiencia de manera precisa, y el dolor se convierte así en una experiencia fundamentalmente solitaria e incomunicable. Esta tesis sobre la inexpresabilidad del dolor tiene implicaciones para el análisis de la escritura carcelaria: si las experiencias corporales más intensas del encierro —el dolor, el frío extremo, el hambre, la privación sensorial— tienden a destruir el lenguaje, ¿cómo puede la escritura poética dar cuenta de ellas?
La respuesta de Libertad a este desafío es la que la mejor poesía ha encontrado siempre ante lo inexpresable: no la descripción directa sino la creación de formas verbales que producen en el lector una experiencia análoga a la de la autora. Las metáforas que hacen perceptible lo imperceptible, los ritmos que miman corporalmente una experiencia que no puede describirse, los silencios formales que señalan lo que el lenguaje no puede decir: estos son los recursos mediante los que Libertad da cuenta de las experiencias corporales más intensas del encierro sin traicionarlas en la traducción al lenguaje. Esta relación entre la inexpresabilidad de la experiencia corporal carcelaria y los recursos formales de la poesía que intenta expresarla es uno de los aspectos más fascinantes y menos estudiados de la escritura carcelaria femenina.
La investigación sobre la relación entre corporalidad y lenguaje en la escritura carcelaria es un campo que apenas comienza a desarrollarse, y que tiene un potencial de crecimiento considerable. El diálogo entre los estudios literarios, la fenomenología filosófica, la psicología clínica y la investigación sobre salud en prisión puede producir un campo interdisciplinar capaz de comprender la escritura carcelaria en toda su complejidad: como texto literario, como elaboración de una experiencia corporal específica, y como documento de las condiciones de corporalidad que el sistema penitenciario produce. Libertad, en este contexto, es no solo un objeto de análisis sino también un punto de partida para la construcción de este campo interdisciplinar.
La percepción táctil —el sentido del tacto— es quizás el sentido más privado en el espacio carcelario. La vida libre está llena de contactos táctiles: el apretón de manos, el abrazo, la caricia, la textura de diferentes materiales bajo los dedos. En la celda, el tacto se empobrece radicalmente: las superficies son uniformes, los contactos interpersonales están regulados, y la privación táctil contribuye a una forma de aislamiento sensorial que los estudios de neurociencia han asociado con efectos negativos sobre el bienestar psicológico. Los poemas de Libertad que trabajan el motivo del tacto —del contacto buscado y del contacto negado— elaboran esta dimensión de la privación sensorial con una precisión que la investigación neurocientífica puede complementar pero no sustituir.
La dimensión olfativa de la experiencia carcelaria es igualmente significativa. El olfato es el sentido más directamente vinculado a la memoria emocional: ciertos olores evocan con una inmediatez que ningún otro estímulo alcanza escenas y emociones del pasado. En el espacio carcelario, los olores son específicos y a menudo desagradables: el olor del módulo, el olor de los productos de limpieza institucionales, el olor de la comida de la cantina. Estos olores, al contrario de los olores de la vida libre asociados a contextos afectivos y de placer, no activan la memoria de momentos positivos sino que refuerzan la conciencia del encierro. Los poemas de Libertad que trabajan con los olores construyen una contraposición entre los olores del encierro y los olores de la memoria libre que es uno de los procedimientos más precisos del poemario para elaborar la experiencia de la privación sensorial.
El cuerpo que duerme en la celda es también, en Libertad, un cuerpo específico con sus propias particularidades. El sueño en prisión está regulado institucionalmente —hay horas de silencio obligatorio— pero es a menudo difícil de alcanzar: el ruido del módulo, la luz artificial que no se apaga completamente, la ansiedad y el insomnio que el encarcelamiento produce. Los poemas del insomnio carcelario en Libertad son algunos de los más intensamente nocturnos del poemario: elaboran las horas de la noche en que el cuerpo debería dormir pero no puede, y en que la mente, privada del sueño reparador, trabaja con sus propios materiales —la memoria, el deseo, el miedo— de maneras que la escritura puede intentar capturar.
El movimiento restringido en el patio —ese espacio de mayor amplitud pero igual vigilancia— permite al cuerpo recuperar temporalmente algunos de los ritmos que la celda ha suprimido. El paso continuado, el giro, el estiramiento de los brazos: gestos ordinarios que en la vida libre pasan inadvertidos y que en el patio carcelario adquieren una intensidad que el cuerpo que los realiza percibe como extraordinaria. Esta intensificación de los gestos ordinarios es característica de la experiencia carcelaria en general y de la escritura sobre el cuerpo en particular: el encierro produce una hiperconsciencia corporal que convierte en significativo lo que en la vida libre es automático e invisible.
La imagen del cuerpo en el espejo —cuando el espejo está disponible en la celda, que no siempre es el caso— es otro de los motivos corporales que aparece en la poesía carcelaria. La mirada sobre el propio cuerpo en el espejo tiene en el encierro una dimensión de confrontación con los cambios que el tiempo carcelario ha producido: el cuerpo envejecido, el cuerpo más delgado o más grueso según las condiciones del encierro, el cuerpo que ya no es del todo reconocible como el cuerpo de antes del encarcelamiento. Esta confrontación con la propia imagen transformada por el encierro es una de las experiencias más perturbadoras de la corporalidad carcelaria y una de las que la escritura puede elaborar con mayor precisión gracias a los recursos del lenguaje metafórico.
En definitiva, el análisis del cuerpo en Libertad ha puesto de manifiesto que la corporalidad carcelaria es una experiencia compleja que incluye dimensiones físicas, emocionales, sensoriales y políticas que se articulan de maneras específicas en el espacio del encierro. La poesía de Cubeles Vaquero elabora esta corporalidad con una profundidad y una precisión que convierten a Libertad en un documento único sobre lo que significa tener un cuerpo en prisión. Este documento merece la atención de todos los estudiosos de la corporalidad, de la escritura carcelaria y de las formas en que el poder se ejerce sobre los cuerpos en las sociedades contemporáneas.
2.2 La corporalidad en la teoría queer y su aplicación a la escritura carcelaria
Los estudios queer han desarrollado en las últimas décadas una serie de conceptos sobre la corporalidad que son pertinentes para el análisis de la escritura carcelaria femenina. La noción de performatividad de género elaborada por Judith Butler, y su extensión a la performatividad corporal, sugiere que el cuerpo no es un soporte pasivo de la identidad de género sino el espacio en que la identidad de género se produce y reproduce mediante actos reiterados. En el espacio carcelario, donde las normas de género son a la vez más rígidas —la segregación por sexo, las normas de comportamiento diferenciadas— y más perturbadas —la comunidad exclusivamente femenina, la ausencia de las relaciones de género habituales—, la performatividad del género adopta formas específicas que la escritura puede registrar y elaborar.
La escritura de Silvia Cubeles Vaquero no aborda explícitamente la teoría queer ni la problemática de la performatividad de género, pero sus poemas sobre el cuerpo construyen una imagen del cuerpo femenino encarcelado que puede leerse productivamente desde esta perspectiva. Los momentos en que el yo lírico se ve a sí mismo desde fuera —en el espejo, en la mirada de las compañeras, en la mirada imaginada del mundo exterior— son momentos en que la performatividad del género se hace visible y problemática: ¿cómo se performa el género cuando las normas que guían la performance en la vida libre no aplican de la misma manera en el espacio carcelario?
3.2 Metodología: el análisis fenomenológico del texto poético
El análisis fenomenológico de la corporalidad en el texto poético requiere un procedimiento metodológico específico que no es ni el análisis puramente lingüístico ni el análisis puramente filosófico. Se trata de identificar en el texto las descripciones de experiencias corporales —tanto las explícitas como las implícitas en las metáforas y en la forma prosódica— y de leerlas con los instrumentos conceptuales que la fenomenología ofrece: la noción de cuerpo vivido, la distinción entre cuerpo-objeto y cuerpo-sujeto, el concepto de esquema corporal, la idea de la carne como dimensión ontológica fundamental de la existencia.
Este procedimiento fenomenológico se complementa, en el análisis de Libertad, con el análisis de género que identifica las marcas de la corporalidad generizada en el texto. La fenomenología del cuerpo vivido y la teoría feminista del cuerpo generizado no son marcos incompatibles sino complementarios: la primera proporciona las herramientas para comprender la experiencia corporal en su dimensión más fundamental, y la segunda añade la dimensión histórica y política que permite comprender por qué esa experiencia adopta formas específicas en función del género del sujeto que la vive.
La corporalidad de Libertad es, en suma, una corporalidad que resiste. No mediante la rebelión explícita ni mediante el rechazo frontal de las condiciones del encierro, sino mediante la afirmación sutil y constante de la presencia del cuerpo como sujeto: el cuerpo que siente, que percibe, que escribe, que desea, que recuerda, que espera. Esta afirmación de la presencia corporal es, en el contexto del encierro que intenta reducir el cuerpo a objeto de control, un acto de resistencia fundamental que la escritura poética registra y amplifica.
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Publicado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.20297885









