La tarde de la presentación de Un firmamento de peces en Madrid tuvo algo de reunión íntima más que de acto “oficial”. No fue solo un lanzamiento de libro, sino el encuentro con dos voces que se han ido tejiendo a la vez que una amistad. Nuria Gázquez y Cecilia Guiter se sentaron frente al público con esa mezcla de nervios y alegría que tienen las cosas muy queridas, y desde el principio se notaba que el poemario les pertenece de una forma profundamente personal.
Leían a dos voces, alternando poemas, y el juego era hermoso: cuando una terminaba su texto, parecía que la otra recogía el hilo y lo llevaba a otro lugar, como si el libro estuviera pasando de mano en mano ante nuestros ojos. Hablaron de cómo nació la idea de escribir a cuatro manos, de mensajes de voz, de borradores compartidos, de versos que viajaban de una orilla a otra hasta encontrar su forma definitiva. Lo contaban sin solemnidad, con humor y con ternura, como quien abre la puerta de su casa y deja ver el desorden creativo.
En la sala se respiraban mar y memoria, porque muchos poemas están atravesados por el Mediterráneo, por las abuelas, por las pérdidas que duelen pero también sostienen. Cuando Nuria leía sus textos más breves, casi como haikus que capturan un destello del día, el silencio se volvía muy denso, como si todos estuviéramos agarrados al mismo instante diminuto. Cuando le tocaba a Cecilia, la voz se hacía más narrativa, y era fácil imaginar escenas completas: calles, veranos, ciudades lejanas, cuerpos que recuerdan el tiempo que ha pasado.
Entre poema y poema, conversaban con el público como quien charla en una mesa después de cenar. Hablaban del miedo a “no estar a la altura” de la otra, de la alegría de encontrar en la escritura compartida un refugio, de cómo el amor cotidiano —el que se cocina, se barre, se cuida— es el verdadero motor del libro. Alguien del público les preguntó por el título, y volvieron a esa imagen inicial: un firmamento lleno de peces, lo imposible que de pronto se vuelve natural, como esta aventura de escribir juntas.
Al terminar, hubo abrazos, firmas con dedicatorias largas y miradas cómplices. Más que salir de una presentación, uno tenía la sensación de haber asistido a un acto de confianza: dos poetas que se quitan las armaduras, comparten lo que las sostiene y nos invitan a mirar con ellas ese cielo imposible donde nadan los peces.




















