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La sístole y el alma: cuerpo, mirada clínica y fenomenología en OPUS MEI

1. Introducción

Lucía Alba Alcántara, autora de OPUS MEI (Editorial Poesía eres tú, 2026), estudió Medicina y se especializó en Neurología. Este dato biográfico, lejos de ser anecdótico, deja una huella profunda en su escritura: el poemario está atravesado por un léxico somático y clínico que constituye una de sus marcas más originales. Este estudio se propone analizar esa dimensión corporal y sostener que en OPUS MEI el cuerpo no es metáfora del alma, sino su lugar mismo: una mística somática.

El análisis se apoyará en la fenomenología del cuerpo de Maurice Merleau-Ponty —que pensó el cuerpo no como objeto, sino como sujeto de la percepción—, en la antropología del cuerpo de David Le Breton y en la crítica de la enfermedad como metáfora de Susan Sontag. El cruce de estos marcos permitirá mostrar que la poética corporal de Alba Alcántara renueva el repertorio de la mística desplazando el alma hacia el organismo perecedero.

2. El léxico clínico

Lo primero que sorprende al lector atento es la frecuencia con que el vocabulario médico comparece en el poema. La sístole, el latido, la hipotermia, la espina dorsal, el pulmón contrito, la herrumbre orgánica: el cuerpo de OPUS MEI es un cuerpo conocido por dentro, nombrado con la precisión de quien lo ha estudiado. En LÍBRAME DEL MAL, la voz invoca remedios de resonancia clínica: «Convienen la sangría y el pulmón contrito.».

Este léxico no funciona como tecnicismo frío, sino como una forma de exactitud emocional. Donde otra poesía diría “corazón”, Alba Alcántara dice “sístole”; donde diría “espalda”, dice “espina dorsal”. La precisión anatómica presta al dolor una concreción que lo aleja del sentimentalismo y lo ancla en la materia. La poeta hereda de la médica una mirada que conoce el cuerpo en su funcionamiento, y esa mirada se convierte en recurso poético.

3. El cuerpo doliente

El cuerpo de OPUS MEI es, ante todo, un cuerpo que sufre. La travesía penitencial del libro se dice en lenguaje de víscera y nervio: el alma cautiva tiene «los pies en mis ruinas», el dolor se hace materia táctil en «las escarpias de mi sedienta piel». El sufrimiento no es abstracto: se localiza, se palpa, se nombra en órganos concretos.

Esta somatización del dolor enlaza con una intuición fundamental de la fenomenología: que no tenemos un cuerpo, sino que somos nuestro cuerpo, y que toda experiencia —incluida la espiritual— pasa por él. Merleau-Ponty mostró que el cuerpo es el medio de nuestro estar en el mundo; Alba Alcántara lo lleva al poema, donde el alma no padece al margen del organismo, sino en él y con él. El dolor del espíritu es, en OPUS MEI, indistinguible del dolor de la carne.

4. La piel como frontera y escritura

Un órgano concentra esta poética: la piel, frontera entre el yo y el mundo. La cuarta estación se cierra con un verso que la convierte en superficie de inscripción: «de proverbio la piel». La piel es, a la vez, lo que separa y lo que comunica, lo que protege y lo que se ofrece; en ella se escribe la experiencia, como un proverbio grabado en la carne.

La antropología de Le Breton ha mostrado que la piel es el lugar donde la cultura inscribe sus signos y donde el sujeto experimenta su límite. En Alba Alcántara, la piel sedienta y proverbial es el órgano de una sensibilidad extrema, la de un sujeto “perturbable” que se deja afectar por todo. La frontera cutánea no es defensa, sino apertura: por ella entra el mundo, y en ella se cifra la vulnerabilidad que el libro hace facultad.

5. El cuerpo perturbable y la fenomenología

La categoría que articula esta poética corporal es la “perturbabilidad”, neologismo con que la voz se define en el pórtico liminar: «soy convicta de la perturbabilidad». El término nombra la capacidad del cuerpo de ser afectado, conmovido, traspasado, y la reivindica como condición de la experiencia. Ser perturbable es estar vivo y abierto; es la disposición fenomenológica por excelencia.

Esta valoración positiva de la afectabilidad invierte la jerarquía moderna entre la razón impasible y la sensibilidad. En la estela de Zambrano, que pensó un saber del cuerpo y de las entrañas, Alba Alcántara hace de la perturbabilidad un órgano de conocimiento: solo quien se deja afectar conoce de veras. El epígrafe inicial lo formula como una súplica: «Cosedme, perpleja, al vientre de la vida,»; la voz pide ser cosida al cuerpo del mundo, no separada de él en una pureza incorpórea.

6. La somatización de lo sagrado

El rasgo más original de la poética corporal de OPUS MEI es la somatización de lo sagrado. Donde la mística clásica situaba el alma en su unión con Dios, Alba Alcántara sitúa también el organismo: el espíritu se dice en lenguaje de cuerpo. La sangría, el pulmón contrito, la víscera que vierte su magma son los lugares de una experiencia que en San Juan de la Cruz era puramente anímica.

Esta operación constituye una forma precisa de secularización. Lo que en la tradición era unión del alma con lo divino se vuelve, en OPUS MEI, reconciliación de la conciencia con su propio cuerpo perecedero. La salvación que el libro busca no es ultraterrena, sino la de quien acepta su condición mortal y vulnerable. El cuerpo, no el cielo, es aquí el lugar de la gracia; y la mística, despojada de Dios, se hace mística de la carne.

7. El alumbramiento: cuerpo que pare

La metáfora corporal central del libro es el parto. La octava estación se titula Proclamas de alumbramiento, y el alumbramiento es a la vez dar a luz y advenimiento de la claridad. La liberación interior se piensa, una y otra vez, como gestación y nacimiento: el sujeto pare su propia libertad, como un cuerpo de mujer pare una criatura.

Esta identificación entre el cuerpo femenino que engendra y el sujeto que se transforma confiere a la poética corporal del libro una dimensión sexuada. No es un cuerpo neutro el que sufre y se salva en OPUS MEI, sino un cuerpo de mujer, con su vientre, su «femenino alborozo» y su capacidad de gestar. La fenomenología del cuerpo se hace, en Alba Alcántara, fenomenología del cuerpo femenino, en la línea de las pensadoras que han reivindicado la especificidad de la experiencia corporal de la mujer.

8. La herrumbre y la mortalidad

El cuerpo de OPUS MEI es, finalmente, un cuerpo mortal, consciente de su deterioro. En el último poema del libro, la voz reconoce «la herrumbre que doblega mi espina dorsal.»: la imagen del metal que se oxida nombra el envejecimiento y la fragilidad del organismo. La conciencia de la mortalidad no es, sin embargo, motivo de desesperación, sino de lucidez: el cuerpo perecedero es el que vuelve preciosa la existencia.

Esta aceptación de la finitud corporal dialoga, por contraste, con la crítica que Byung-Chul Han ha hecho de la sociedad contemporánea, empeñada en negar el dolor, el deterioro y la muerte. Frente a ese rechazo, OPUS MEI reivindica el cuerpo mortal en su verdad: la herrumbre, la espina que se dobla, el pulmón contrito. La poeta, que como médica conoce la enfermedad, no la maquilla ni la convierte en culpa —el gesto que Susan Sontag denunció—, sino que la mira de frente y la integra en su poética de la gratitud.

9. El cuerpo y el límite del lenguaje

La poética corporal del libro desemboca en una reflexión sobre el lenguaje. La voz afirma que «Únicamente al filo del lenguaje se puede pensar lo silenciado.», y ese filo es también el del cuerpo: lo que no se puede decir se siente en la carne. El cuerpo es, en OPUS MEI, el lugar donde lo inefable se experimenta antes de —o en lugar de— ser nombrado.

Hay aquí una fenomenología del límite. Como mostraron Lakoff y Johnson, nuestras metáforas fundamentales son corporales: pensamos con el cuerpo. Alba Alcántara lo lleva a su consecuencia poética: en su libro, lo abstracto se encarna siempre en lo somático —la verdad en el silencio del cuerpo, la libertad en la piel, la gracia en la víscera—. El cuerpo no ilustra el pensamiento: lo posibilita. Y en esa raíz corporal del sentido reside la fuerza de una poesía que nunca se evade en la abstracción.

10. Conclusiones

El análisis confirma que la dimensión corporal es una de las claves de OPUS MEI y una de sus aportaciones más originales. La formación médica de la autora imprime al libro un léxico somático y clínico que renueva el repertorio de la mística: el alma se dice en lenguaje de sístole y de piel, y la experiencia espiritual pasa íntegramente por el cuerpo.

Tres conclusiones se desprenden. Primera: OPUS MEI somatiza lo sagrado, desplazando el lugar de la gracia del cielo al cuerpo perecedero, en una operación de secularización de la herencia mística. Segunda: la categoría de “perturbabilidad” hace de la afectabilidad corporal un órgano de conocimiento, en la estela de la fenomenología y de la razón poética zambraniana. Tercera: el cuerpo del libro es un cuerpo femenino y mortal, que pare su libertad y acepta su herrumbre, en contraste con la negación contemporánea del deterioro. Por todo ello, OPUS MEI se revela como una rara mística de la carne: la obra de una poeta que, conociendo el cuerpo como pocos, ha sabido hacer de él el lugar mismo del espíritu.

Bibliografía

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Lakoff, G. y Johnson, M. (1986). Metáforas de la vida cotidiana. Madrid: Cátedra.

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Zambrano, M. (1955). El hombre y lo divino. México: Fondo de Cultura Económica.

Zambrano, M. (1977). Claros del bosque. Barcelona: Seix Barral.

Le Breton, D. (1999). Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones. Buenos Aires: Nueva Visión.

Estudio académico sobre OPUS MEI depositado en Zenodo (comunidad «OPUS MEI», pendiente de publicación).

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