1. Introducción
Entre los muchos hilos que tejen OPUS MEI (Editorial Poesía eres tú, 2026), primer libro de Lucía Alba Alcántara, hay uno que vertebra el conjunto sin ocupar nunca el primer plano: la maternidad. La hija comparece en cuatro momentos capitales del poemario —MI HIJA, FUNDAMENTO; AMOR (CARNE DE MI CARNE); VIDENCIA; y el poema que cierra el libro, A MI PEQUEÑA, ULTRATERRENA— y en cada uno de ellos la voz materna se enuncia desde una posición que invierte los tópicos heredados sobre el amor de madre.
Este estudio sostiene una tesis: que OPUS MEI articula una poética de la maternidad fundada en el desprendimiento, no en la posesión. La madre de Alba Alcántara no protege a la hija de la vida, sino que la entrega a ella; no le desea venturas, sino adversidades fecundas; no la retiene, sino que aprende a soltarla. Para fundamentar esta lectura recurriremos a la distinción capital que Adrienne Rich estableció entre la maternidad como experiencia y como institución, a la noción de orden simbólico de la madre de Luisa Muraro y a la reflexión de Julia Kristeva sobre el amor materno como modelo de toda alteridad.
2. El corpus materno del poemario
Conviene delimitar primero el corpus. Cuatro poemas configuran el núcleo materno de OPUS MEI, distribuidos estratégicamente a lo largo del itinerario. MI HIJA, FUNDAMENTO, en la Quinta Estación, presenta la relación en su tensión fundacional. AMOR (CARNE DE MI CARNE), en la Séptima, la lleva a su formulación ética más radical. VIDENCIA, en la Novena, la mira con ternura contemplativa. Y A MI PEQUEÑA, ULTRATERRENA, en la Décima, la cierra con un verso de desvelo que es, a la vez, el último del libro.
Esa distribución no es casual: la hija acompaña a la madre en cada tramo de su travesía penitencial, de modo que la maternidad funciona como un contrapunto constante al relato de liberación interior. La hija es, simultáneamente, motivo de la herida y razón de la gracia. El epígrafe que abre la Décima Estación lo enuncia con claridad al dirigirse directamente a ella: «Recuerda, hija mía,». La obra entera puede leerse, en este sentido, como una larga carta cifrada a la criatura.
3. El don invertido: AMOR (CARNE DE MI CARNE)
El poema central de esta poética es AMOR (CARNE DE MI CARNE). Su procedimiento es una letanía anafórica de deseos —«Te deseo Perplejidad,»— en la que la madre, contra toda expectativa, no desea a la hija bienes, sino dificultades: perplejidad, ensimismamiento, decepción, ignominia, oprobio, torpeza, equívoco, añoranza, amargura, frustración, apatía. Cada adversidad va acompañada de su razón pedagógica: la decepción «para que aprendas a levantarte por voluntad, que no por inercia».
Se trata de una inversión deliberada del tópico de la bendición materna. Donde la tradición pone votos de felicidad, Alba Alcántara pone una pedagogía de la adversidad fecunda. La lógica que la sostiene es profundamente ética: solo quien ha conocido la falta puede desear de veras, y solo quien ha caído aprende a levantarse. El poema culmina en una de las definiciones del amor más originales del libro, que desplaza el valor del resultado al gesto: «no es dicha dar en diana, / sino el amor de arquero / para poder emanciparse.». Amar a la hija no es acertar en ella —poseerla, dirigir su vida—, sino tensar el arco y soltar la flecha sin pretender su destino.
4. La hija en el lugar del Amado
Si la primera estación del libro situaba al alma cautiva en demanda de un Amado que la salvara —en la estela de la mística sanjuanista—, los poemas maternos operan un desplazamiento decisivo: el objeto del amor absoluto deja de ser lo divino para volverse la criatura concreta. En MI HIJA, FUNDAMENTO, la hija se nombra con los atributos que la tradición reservaba a Dios: es sostén y cimiento, «Báculo de mi torpeza, / tú, mi fundamento.».
La sustitución no es irreverente, sino reveladora del tipo de espiritualidad que el libro propone: una trascendencia inmanente, anclada en los vínculos del mundo y no fuera de él. Lo confirma la materialidad del lenguaje: la hija es «Cuero de mi sangre, / tu presencia fue mi suerte.». La carne —”carne de mi carne”, reza el subtítulo del otro poema— sustituye al espíritu como lugar del amor. En términos de Luisa Muraro, OPUS MEI inscribe un orden simbólico de la madre, en el que el primer vínculo, el materno-filial, funda la posibilidad misma de amar.
5. Maternidad y escisión: la herida de la separación
La maternidad, en Alba Alcántara, no es plenitud sin sombra, sino experiencia escindida. MI HIJA, FUNDAMENTO relata, en estrofas de eco popular, el desgarro de la separación: la madre confiesa haber horadado sus entrañas y fatigado los desiertos, y nombra el momento de la pérdida con un lamento que recorre toda una serie anafórica de exclamaciones. La hija “se escinde” de la madre, y esa escisión deja a la voz convertida en «herrumbre».
El poema escenifica así lo que Adrienne Rich llamó la ambivalencia constitutiva de la experiencia materna: el amor y el duelo, la entrega y la pérdida, conviven sin resolverse. La madre de OPUS MEI no idealiza su papel; lo vive como tensión permanente entre el deseo de retener y la obligación de soltar. Esa honestidad emocional —rara en la poesía de tema materno, tan propensa a la idealización— es uno de los mayores méritos del libro y lo aparta del sentimentalismo.
6. El cuerpo materno y el alborozo
La maternidad de OPUS MEI es, ante todo, corporal. El vientre comparece como sede del gozo y de la transformación: en ESPERANZA (MI PATIO ANDALUZ), la voz se reconoce en plenitud, «Aquí me tiene mi vientre en femenino alborozo». La gestación y el parto operan en el libro como metáforas de la propia liberación interior: la octava estación se titula, significativamente, Proclamas de alumbramiento, y el alumbramiento es a la vez parto y advenimiento de la luz.
Esta identificación entre maternidad y creación enlaza con una larga tradición de la escritura femenina que, de Hélène Cixous a Luce Irigaray, ha reivindicado el cuerpo de la mujer como fuente de un lenguaje propio. En Alba Alcántara, escribir y engendrar se piensan como gestos análogos: ambos consisten en dar a luz lo que estaba oculto, en traer al mundo —al poema, a la hija— aquello que crecía en secreto. El libro mismo se presenta, desde su título latino, como opus: obra y, a la vez, criatura.
7. La madre que vela: el desvelo final
El último poema del libro, A MI PEQUEÑA, ULTRATERRENA, fija la imagen definitiva de esta maternidad: la madre que vela el sueño de la hija. La voz reconoce su propia fragilidad —«la herrumbre que doblega mi espina dorsal»— y, sin embargo, no puede dejar de cuidar. El poema, y con él todo el libro, se cierra en un verso de desvelo desgarrado e inevitable: «no puedo no pretender evitar / que te arañen las alas del viento…».
La doble negación —«no puedo no pretender»— es gramaticalmente tortuosa y emocionalmente exacta: nombra la imposibilidad de renunciar al cuidado aun sabiéndolo inútil. La madre sabe que no podrá proteger a la hija del viento de la vida —ella misma le ha deseado sus adversidades—, pero tampoco puede dejar de intentarlo. En ese nudo irresoluble entre el desprendimiento deseado y el cuidado inevitable reside la verdad última de la maternidad en OPUS MEI.
8. Rich y la maternidad como experiencia
La lectura propuesta encuentra su marco más preciso en la obra de Adrienne Rich. En Nacemos de mujer, Rich distinguió entre la maternidad como institución —el conjunto de normas patriarcales que prescriben cómo debe sentir y actuar una madre— y la maternidad como experiencia —la relación concreta, ambivalente y corpórea de una mujer con sus criaturas—. OPUS MEI se sitúa de lleno del lado de la experiencia: rehúye el deber ser de la madre abnegada y feliz para dar voz a una maternidad real, hecha de gozo y de duelo, de entrega y de pérdida.
Esa elección tiene consecuencias estéticas. Al renunciar a la idealización, Alba Alcántara puede permitirse el gesto más audaz del libro —desear a la hija la adversidad— sin que resulte cruel, porque lo formula desde el conocimiento de quien sabe que la vida no se esquiva, sino que se atraviesa. La madre que ha hecho su propia travesía penitencial no puede honestamente desear a su hija un camino sin penitencia; solo puede desearle el coraje de recorrerlo. La pedagogía del don invertido es, en este sentido, la forma más alta del amor materno: la que prepara para la libertad en lugar de proteger de ella.
9. Una ética del desprendimiento
De cuanto antecede se desprende una ética coherente, que rebasa el tema materno para iluminar el libro entero. El amor, en OPUS MEI, no es captura sino liberación; no consiste en retener al otro, sino en capacitarlo para su autonomía. La imagen del arquero —que suelta la flecha sin poseer su trayectoria— condensa esa ética y la proyecta sobre todos los vínculos del libro: la amistad, la pertenencia a la tierra, la relación con lo divino. En todos ellos rige la misma ley: se ama de veras lo que se deja ser.
Esta concepción del amor como desprendimiento dialoga con la mística —el amor que no posee es, en San Juan, condición de la unión— y, a la vez, con la ética contemporánea del cuidado, que ha hecho de la atención al otro sin apropiación uno de sus principios. Que esa ética se enuncie desde la experiencia materna, y no desde la abstracción filosófica, es un acierto del libro: la verdad del desprendimiento se demuestra mejor en el gesto de una madre que suelta a su hija que en cualquier tratado.
La temporalidad de la hija: más allá del reloj
Un dato compositivo ilumina la poética materna del libro: los dos poemas que cierran el volumen, BUENAVENTURA y A MI PEQUEÑA, ULTRATERRENA, se remontan a 2017, según advierte el prólogo, y rompen así el orden cronológico del conjunto. La maternidad escapa, pues, al tiempo del reloj: la hija no ocupa un lugar en la sucesión de los días, sino que habita un presente perpetuo, anterior y posterior a la travesía penitencial. No es casual que el último poema la llame «ultraterrena»: la criatura pertenece a un orden que excede lo meramente terrenal y temporal.
Esa temporalidad suspendida confiere a los poemas maternos su tono de eternidad. La madre no se dirige a la hija en un momento concreto de su biografía, sino desde un siempre que abarca el antes del nacimiento y el después de la separación. La maternidad se vuelve así, en OPUS MEI, una categoría casi metafísica: no un episodio de la vida, sino su fundamento intemporal. La hija es, a la vez, la que fue pequeña, la que se escindió y la que perdura «ultraterrena» en la conciencia de la madre.
VIDENCIA: la mirada que embellece
El poema VIDENCIA, de la Novena Estación, ofrece la imagen más serena de esta maternidad: la de la madre que contempla a la hija dormida. El epígrafe que lo precede formula una poética de la mirada amorosa: «Observarte / me embellece», dice la voz, que se reconoce «retratista vencedora» de una belleza que no necesita testigos. La hija es nombrada en su «belleza cegadora», con una hipérbole que no resulta sentimental porque está sostenida por la precisión del resto del libro.
La mirada materna, en VIDENCIA, no posee ni vigila: embellece a quien mira y, al hacerlo, embellece a quien la ejerce. Es una mirada que da, no que toma; que reconoce, no que somete. En ella se cifra el reverso luminoso del desprendimiento: si amar es soltar, contemplar es honrar lo que se ha soltado. La madre que ha entregado a la hija a la vida puede, todavía, mirarla dormir y embellecerse en esa contemplación gratuita.
La herencia de la herida y su interrupción
La maternidad de OPUS MEI es también conciencia de una transmisión. En otro lugar del libro, la voz alude a una «justa herencia de un padre herido», reconociendo que el dolor se hereda de generación en generación. Frente a esa cadena, los poemas maternos proponen una interrupción: la madre que desea a la hija adversidades fecundas —y no la falsa protección que perpetúa la herida— busca precisamente que la criatura aprenda a sostenerse, a no repetir el daño recibido.
Hay aquí una ética de la genealogía. La madre no transmite a la hija ni la herida ni su negación, sino las herramientas para atravesarla: el coraje, la perseverancia, el «amor de arquero». Romper la herencia del dolor sin negar su existencia es una de las formas más altas del cuidado, y OPUS MEI la inscribe en el corazón de su poética materna. La penitente que ha hecho su propia travesía no quiere ahorrarle a la hija el camino, sino legarle el modo de recorrerlo.
10. Conclusiones
El recorrido realizado permite confirmar la tesis inicial. La maternidad de OPUS MEI se funda en el desprendimiento: la madre desea a la hija adversidades fecundas en lugar de venturas, la entrega a la vida en lugar de protegerla de ella, y aprende a soltarla en lugar de retenerla. Esa poética invierte los tópicos heredados sobre el amor materno y los sustituye por una ética exigente, cifrada en la imagen del amor de arquero.
Tres aportaciones merecen subrayarse. La primera, la sustitución del Amado místico por la hija concreta, que desplaza la trascendencia del libro hacia la inmanencia de los vínculos. La segunda, la honestidad con que el poemario asume la ambivalencia de la experiencia materna —gozo y duelo, entrega y pérdida—, en la línea de la maternidad como experiencia que teorizó Adrienne Rich. La tercera, la identificación entre engendrar y crear, que inscribe a la autora en la tradición de la escritura femenina del cuerpo. Queda abierta, para futuros trabajos, la comparación de esta poética materna con la de otras voces contemporáneas que han hecho del duelo o del cuidado el centro de su obra. Lo que aquí se ha querido mostrar es que OPUS MEI ofrece una de las reflexiones más hondas y menos complacientes sobre la maternidad que ha dado recientemente la poesía española: una en la que amar a la hija consiste, finalmente, en darle el viento.
Bibliografía
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Estudio académico sobre OPUS MEI depositado en Zenodo (comunidad «OPUS MEI», pendiente de publicación).





