Por qué este libro deja huella
1. Los tres versos más poderosos
«Sangré lágrimas y me sequé». En cinco palabras cabe un duelo entero. La metáfora —llorar hasta sangrar— se cierra con un verbo seco, «me sequé», que no consuela: solo constata el agotamiento. El poder del verso está en su economía brutal y en ese punto final que no abre esperanza, solo describe el después del llanto. Es la técnica del aforismo puesta al servicio del dolor: cuanto menos se dice, más hondo cala.
«tu presencia no es lo mismo que mi ausencia». Respuesta del doliente a un Dios que le asegura «¡Hijo mío! ¡No estás solo!». El verso es extraordinario porque articula, con una simetría exacta entre «presencia» y «ausencia», la insuficiencia de todo consuelo: aunque Dios esté, falta el otro. La técnica es el quiasmo conceptual, el contraste de dos sustantivos especulares que dicen la distancia infranqueable entre lo que se ofrece y lo que se ha perdido.
«ya no quedaba más rojo solo agua». Cierre del poema en que «Dios aprendió a perder». El rojo —sangre, vida, color— se ha agotado; queda el agua, las lágrimas, lo incoloro. El verso es memorable porque lleva el símbolo central del libro a su extremo: la paleta del dolor se queda sin su único color cálido. La técnica es la metonimia cromática, el color como cifra de la vida que se vacía.
2. La imagen más original
La imagen más sorprendente del libro es también su arte poética: «¿Cómo pintas las penas? […] Quizás un punto rojo sobre un fondo negro». Su originalidad reside en que convierte una pregunta de pintor en la definición de toda una poética. No es una metáfora decorativa, sino una instrucción de uso: así está hecho el libro, así se mira el duelo. El punto rojo —pequeño, intenso, único— sobre la inmensidad negra es la imagen perfecta de un dolor que no ocupa toda la vida pero la tiñe entera. Que la imagen venga de un autor que es, literalmente, pintor, le da una verdad de oficio que ninguna metáfora prestada tendría.
3. La arquitectura del poemario
El elemento estructural más inteligente del libro son sus siete etapas del duelo —Golpe, Ausencia, Ira, Preguntas, Luto, Presencia consoladora, Vida—. La decisión es brillante por dos razones. Primero, porque transforma una colección de poemas breves en un relato con progresión, de modo que el lector no lee textos sueltos sino que atraviesa un proceso. Segundo, porque el autor confiesa haber descubierto esa estructura después de escribir: no es un molde impuesto, sino la forma natural que adoptó el dolor. Esa arquitectura encontrada, no fabricada, es lo que eleva el conjunto por encima de la suma de sus partes.
4. La voz: qué la hace inconfundible
La voz de Brossa tiene al menos tres rasgos que no se encuentran juntos en casi ningún otro poeta del duelo.
Primero, la honestidad que renuncia al decoro: «Podría ser educado, pero no puedo, estoy jodido…». Se permite la palabra malsonante porque la pena no admite cortesía.
Segundo, el humor dentro del llanto: «Me parto con tus chistes malos […] ¡Qué pesadito eras!». Pocos se atreven a sonreír en medio del duelo sin parecer frívolos; Brossa lo consigue porque la risa nace del amor.
Tercero, el tuteo a Dios: no le reza, le discute, le reprocha, le exige —«Y hazme el favor de contestarme ¿Por qué le quitaste todo?»—. Lo que José Julio Brossa hace que casi nadie más hace es llorar, reír y blasfemar dentro de la misma fe, sin que ninguna de las tres cosas anule a las otras.
5. El poema imprescindible
El poema imprescindible es «Manos», porque condensa en una sola página el itinerario completo del libro:
Primero, me tiré las manos a la cabeza, sujetando mi dolor
Segundo, cayeron mis manos al suelo, derrotada la esperanza
Tercero, levanté mis manos al cielo vomitándote mi rabia, ¡te lo merecías!
Cuarto, agarré con mis manos tu recuerdo, para prepararme un café
Quinto, sostuve el ligero hilo que impedía que me olvidara de tu rostro, tu olor se marchó hace tiempo…
Sexto, tembloroso, deslicé mi mano por tu taza de café, y me preparé uno
Séptimo, desesperado, abrí mis manos delante de mí, dejando caer los puñales aferrados, abrazando la ternura del Padre
Es el poema imprescindible porque es el libro en miniatura: siete movimientos para siete etapas, narrados a través de un solo gesto —lo que hacen las manos— que va del desplome a la entrega. Las manos empiezan sujetando el dolor y terminan abriéndose para soltarlo; en medio, preparan dos veces el café del ausente, que es el modo de Brossa de decir que el duelo no se cura olvidando sino aprendiendo a convivir con la falta. El verso final —«dejando caer los puñales aferrados, abrazando la ternura del Padre»— resuelve el conjunto: solo cuando las manos sueltan el arma del dolor pueden recibir el abrazo. Ningún poema resume mejor lo que este libro sabe del duelo.
Síntesis final
Coplas de rojo y negro merece leerse porque hace lo más difícil: decir el dolor sin impostarlo y ofrecer consuelo sin mentir. En medio centenar de páginas, con poemas que a veces son un solo verso y pinturas del propio autor, José Julio Brossa traza un mapa del duelo que sirve de compañía a quien lo atraviesa. No es un libro que se admire de lejos; es un libro que se abraza. Para todos los que alguna vez prepararon un café que ya nadie iba a beber, estas coplas son la prueba de que la pena también se puede pintar, y de que un punto rojo basta para iluminar el negro.





