Un mapa del duelo en versos mínimos
1. Introducción
Coplas de rojo y negro. Quejíos de amor es el primer libro publicado de José Julio Brossa —que firma como ByBrossa—, ingeniero, empresario y artista visual nacido en Las Palmas de Gran Canaria. Pese a ser un debut editorial, llega precedido de una larga práctica de escritura: el autor declara haber escrito veintiséis libros antes de este, que es el primero que ve la luz. El dato no es anecdótico, porque explica la seguridad de una voz que no titubea ni se demora: cada poema entra y sale del dolor con la economía de quien lleva años aprendiendo a nombrarlo.
El libro nace, según confiesa el propio autor en el prólogo, de una urgencia concreta: el deseo de consolar a una amiga que acababa de perder a su madre. «No tenía palabras. Ninguno de mis libros servía. En un día y medio, Dios me dio este.» De esa génesis relámpago procede el primer rasgo del conjunto: la inmediatez. No hay aquí elaboración retórica ni distancia irónica, sino la transcripción casi en bruto de un dolor que se reconoce universal porque arranca de una pérdida muy anterior, la del padre del autor. Coplas de rojo y negro es, antes que nada, un libro sobre el duelo: no sobre la muerte, sino sobre los vivos que se quedan a este lado.
Lo distintivo del proyecto es que ese duelo no se vierte de cualquier modo. Se organiza en siete etapas —Golpe, Ausencia, Ira, Preguntas, Luto, Presencia consoladora y Vida— que el autor dice haber descubierto a posteriori, al reordenar los poemas. Y se dice en un molde insólito para la poesía contemporánea del yo: la copla y el cante jondo, el «quejío» flamenco con su raíz gitana. Este análisis recorre esa arquitectura, esa voz y esos recursos para mostrar por qué un libro tan breve consigue una intensidad tan sostenida.
2. Estructura y arquitectura del poemario
La columna vertebral del libro son siete secciones que reproducen, casi punto por punto, el itinerario psicológico del duelo. La primera, Golpe, recoge el impacto inicial, el momento en que la pérdida todavía no se piensa sino que se padece en el cuerpo: «Sangré lágrimas y me sequé». La segunda, Ausencia, instala la falta en los gestos domésticos, en los objetos que sobreviven al ausente. La tercera, Ira, da voz a la rabia que no encuentra destinatario: «Estoy enfadado contigo, si no lo digo… ¡reviento!». La cuarta, Preguntas, eleva el reproche hasta Dios. La quinta, Luto, es el corazón nocturno del libro, donde el dolor se vuelve canto. La sexta, Presencia consoladora, abre la posibilidad del consuelo. Y la séptima, Vida, no cancela el duelo pero lo orienta hacia un después habitable.
Esta organización convierte el poemario en algo más que una colección de textos: en un relato. El lector que avanza por las secciones recorre un proceso, no una suma. Que el autor afirme haber hallado la estructura después de escribir —«al reordenar los poemas, descubrí que tenía una estructura»— refuerza, lejos de debilitarla, su verdad: las siete etapas no son un esquema impuesto desde fuera, sino la forma que el dolor adopta cuando se le deja hablar. La arquitectura es, así, orgánica antes que arquitectónica.
A esa estructura verbal se superpone una estructura visual. Las ilustraciones del propio Brossa —pinturas a tinta y aguada, muchas anteriores al libro— jalonan las secciones y dialogan con los poemas. El conjunto se piensa, por tanto, como obra intermedial: «Mi lenguaje son los abrazos, las pinturas y los poemas. Este libro es los tres a la vez», escribe el autor. El título mismo nombra esa doble pertenencia: «rojo y negro» son los colores de la pena y del luto, pero también la paleta mínima del pintor y los palos del cante.
3. Voz poética y perspectiva
La voz de Coplas de rojo y negro es una voz doliente que se niega al decoro. Su rasgo más reconocible es la honestidad radical: no embellece el duelo ni lo dramatiza, lo dice tal cual, incluso cuando lo que tiene que decir resulta incómodo. «Podría ser educado, pero no puedo, estoy jodido…», confiesa en uno de los poemas centrales, y esa renuncia explícita a la cortesía es una declaración de poética: aquí no se va a maquillar nada.
Es, además, una voz que tutea a la muerte y al muerto. El ausente nunca es una abstracción; es un «tú» con el que se sigue hablando: «Te fuiste y me apuñalan los debería…». El duelo se vive como conversación interrumpida que el poema reanuda. De ahí la abundancia de apóstrofes y vocativos, que mantienen viva la presencia de quien ya no está.
Pero la singularidad mayor de esta voz es su capacidad de incluir el humor dentro del llanto. En plena sección consoladora, el poeta recuerda al ausente con una sonrisa: «Me parto con tus chistes malos / Me parto al recordar tus ojos partidos de risa / ¡Qué pesadito eras!». Esa risa entre lágrimas, lejos de trivializar la pena, la humaniza: nadie llora así a quien no quiso de verdad. La voz de Brossa es creíble porque es entera, capaz de la blasfemia y de la ternura, del reproche y de la gratitud, a veces en el mismo poema: «Sigo enfadado, ¿sabes? pero… Gracias».
4. Temas centrales
El tema matriz es el duelo, entendido como travesía y no como estado. Todo lo demás se ordena en torno a él. El primer subtema es la ausencia hecha cotidianidad: el dolor no se manifiesta en grandes escenas, sino en los pequeños rituales que el ausente dejó vacíos. El café es el gran objeto del libro, repetido como un leitmotiv: «Me quedé solo con un café árabe y una tarta de maracuyá, ausente…»; «esta noche te preparé tu ColaCao caliente y lo dejé sobre la mesilla»; «Ojalá pudiera […] no perdernos los cafés con leche a media tarde». La taza que ya nadie beberá es la metonimia perfecta de la falta.
El segundo gran tema es la relación con Dios, que recorre el libro como una herida abierta. Brossa escribe desde una fe cristiana que, según su biografía, «no rehúye las preguntas difíciles», y eso se nota: su Dios no es un consuelo automático, sino un interlocutor al que se le reclama. «Padre, ¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado?», repite, citando el grito de Cristo en la cruz. Y va más lejos, hasta una inversión teológica audaz: imagina a un Dios que también pierde y también llora. «Y Dios aprendió a perder, en rojo y negro / Un Hijo perdió un Padre, un Padre perdió un Hijo». El consuelo, cuando llega, no anula el dolor de Dios sino que lo comparte: «¿Quién consuela al Padre?».
El tercer tema es la memoria como territorio en disputa. El poeta teme tanto recordar —porque recordar duele— como olvidar —porque olvidar es una segunda muerte—: «Será que habré adquirido la mala costumbre de no recordar tu rostro», escribe en «Malas costumbres», y en «Manos» confiesa el esfuerzo por «sostuve el ligero hilo que impedía que me olvidara de tu rostro, tu olor se marchó hace tiempo…». El duelo es también una lucha contra el desvanecimiento de la imagen amada.
5. Recursos estilísticos y técnica poética
El recurso fundacional del libro es la brevedad. Muchos poemas caben en uno o dos versos: «Sangré lágrimas y me sequé»; «Más allá: Sé que hay un más allá, pero me quedé solo en el más acá». Esta condensación extrema no es pobreza, sino estrategia: el aforismo y el verso mínimo imitan la forma en que el dolor agudo embota el lenguaje, lo reduce a lo esencial. El silencio que rodea cada poema breve —el blanco de la página— se vuelve significante: dice lo que las palabras ya no pueden.
El segundo recurso es el juego tipográfico y fónico. Brossa fractura las palabras para hacer audible la dificultad de hablar: «EN-FA-DA-DO», silabeado como un niño que aprende a nombrar la rabia; «me dejaste con mis rui-dos», donde el corte introduce un eco de «rudos» y de ruina. En «.Sin palabras.» los puntos encierran el verso como una losa: «Punto. Sin palabras. Punto / Estoy devastado». La forma escenifica el contenido.
El tercer recurso es la imagen plástica, herencia natural del Brossa pintor. La poética del libro se condensa en una pregunta que es también una declaración de método: «¿Cómo pintas las penas? […] Quizás un punto rojo sobre un fondo negro». Esa imagen —el punto rojo sobre el negro— reaparece como título de poema («Pena / Punto rojo») y como cifra del libro entero. La écfrasis se invierte: no es el poema el que describe un cuadro, sino el cuadro el que enseña a escribir el poema.
El cuarto recurso es el flamenco como matriz musical y léxica. El cante jondo proporciona el tono —el «quejío»— y un vocabulario de raíz gitana que culmina en «Canción de luto»: «Dios canta flamenco, coplas de luto y pena, quejíos gitanos, de luna negra […] Undevel, llora coplas mudas de luna roja y negra». La voz «Undevel» —Dios en caló— sella la fusión de lo sacro y lo flamenco que da identidad al libro.
El quinto recurso es la enumeración estructurante, visible sobre todo en «Manos», el poema más extenso y una suerte de síntesis del proceso de duelo: siete movimientos numerados —«Primero», «Segundo»…— que van de llevarse las manos a la cabeza hasta «abrir mis manos delante de mí, dejando caer los puñales aferrados, abrazando la ternura del Padre». El número siete, que rige las secciones, reaparece aquí en miniatura: el poema reproduce, en una sola página, la arquitectura del libro.
6. Tradición e influencias
Coplas de rojo y negro dialoga, ya desde el título, con la tradición de la copla española y, más atrás, con las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique: como en Manrique, la muerte del padre es el detonante de una meditación que aspira a lo universal. Pero el molde manriqueño se cruza aquí con el cante jondo y con la estética del duende lorquiano: el «quejío», la «luna negra» y la pena gitana remiten al Lorca del Poema del cante jondo y del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.
A esa veta hispánica se suma una tradición de poesía religiosa de lamento que entronca con los Salmos y con el libro de Job: la increpación a Dios, el reproche que no es incredulidad sino fe herida, tiene su modelo en la tradición bíblica del lamento. Brossa la actualiza con un lenguaje contemporáneo y doméstico, donde el ColaCao convive con el Apocalipsis —el libro se cierra, en efecto, con la promesa de Apocalipsis 21,4: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos».
Por su brevedad y su apuesta por el fragmento, el libro se inscribe además en la corriente de poesía mínima y aforística que recorre la lírica española reciente. La voz de Brossa, sin embargo, no es la del minimalismo frío, sino la de una emoción desnuda que encuentra en la concisión su forma más eficaz.
7. Interpretación global
Leído como conjunto, Coplas de rojo y negro propone una idea precisa: que el duelo no se supera, se atraviesa, y que atravesarlo es un acto a la vez doliente y creador. Las siete etapas no conducen a un olvido sino a una nueva relación con la pérdida: la última sección no se titula «Superación» ni «Olvido», sino «Vida», y su mensaje es que se puede volver a vivir sin dejar de llevar al ausente dentro. El poema «Tramposos» lo formula en clave de fe: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos».
El libro sostiene, además, una tesis teológica nada complaciente: que el consuelo verdadero no consiste en negar el dolor sino en compartirlo, y que ni siquiera Dios queda fuera de esa ley. El Dios de Brossa no es el que borra la pena desde arriba, sino el que se acuesta junto al doliente y le canta: «Padre, Acuéstate junto a mí susúrrame una copla de duelo». La imagen es la cifra del libro: la divinidad rebajada a cantaor de duelo, el cielo convertido en tablao de pena compartida.
Por eso el consuelo final no es triunfal sino tierno. «Abrazo tierno: Me abrazaste tierno, expulsaste mis angustias y se me derritió la utopía» —donde incluso la palabra «utopía», la ilusión imposible, se «derrite» en el calor del abrazo. Y la gratitud, cuando llega, conserva la cicatriz: «Sigo enfadado, ¿sabes? pero… Gracias». El libro no miente sobre lo que cuesta seguir vivo.
8. Conclusión
Coplas de rojo y negro es un debut de una madurez sorprendente, fruto de muchos años de escritura no publicada. Su mayor logro es haber encontrado, para un tema tan transitado como el duelo, una forma propia e inconfundible: la copla flamenca y el aforismo, el punto rojo sobre el negro, la increpación amorosa a un Dios que también llora. En apenas medio centenar de páginas, y con poemas que a veces no pasan de un verso, Brossa construye un itinerario completo del dolor que tiene la virtud de servir —literalmente— de consuelo: el propio autor testimonia que el libro llegó «a manos de personas heridas» que «recibieron consuelo».
Estamos ante una poesía que no busca el aplauso sino el abrazo, y que renuncia a la brillantez por la verdad. En esa renuncia está, paradójicamente, su brillo. Coplas de rojo y negro demuestra que la palabra más breve puede ser la más honda, y que un libro escrito en día y medio puede tardar toda una vida en gestarse.





