VEJEZ ACTIVA E IMAGINACIÓN CREADORA EN SEVILLA EN PRIMAVERA DE ENRIQUE GRACIANI CONSTANTE: UNA LECTURA DESDE LOS AGE STUDIES
Andrés García Pérez-Tomás
Grupo Editorial Pérez-Ayala
1. Introducción: el envejecimiento como problema literario y cultural
El envejecimiento de la población en las sociedades occidentales contemporáneas ha suscitado un creciente interés académico interdisciplinar que ha dado lugar a la consolidación de los denominados age studies o estudios sobre la edad. Esta nueva disciplina —que articula perspectivas procedentes de la gerontología, la sociología, los estudios culturales y la crítica literaria— se propone analizar no solo el proceso biológico del envejecimiento sino también, y sobre todo, las representaciones culturales de la vejez y los modos en que esas representaciones determinan la experiencia subjetiva de envejecer. La vejez no es simplemente un proceso biológico universal que todos los seres humanos experimentan de la misma manera: es una condición social y cultural que se vive de formas radicalmente distintas según el género, la clase, la cultura y el período histórico del sujeto que envejece, y que está condicionada en su experiencia subjetiva por las representaciones dominantes que la cultura ofrece de lo que significa ser viejo. Desde este enfoque, la literatura sobre la vejez no es simplemente un documento autobiográfico de interés personal sino un espacio de negociación y resistencia frente a los discursos dominantes sobre el cuerpo envejecido y el tiempo vital de las personas mayores.
El libro de Enrique Graciani Constante Sevilla en primavera. Crónicas desde mi salón (Editorial Poesía eres tú, 2026) es un texto excepcional para el análisis desde los age studies precisamente porque tematiza de forma explícita y reflexiva la relación entre vejez, imaginación y escritura desde la primera página. El prólogo del libro —titulado significativamente “La imaginación al poder”— es una declaración programática sobre la vejez activa y sobre el papel de la imaginación y el juego como resistencia frente al modelo cultural dominante de la vejez como declive y retiro. Este prólogo es, en rigor, un pequeño manifiesto de la vejez activa que merece ser analizado con las herramientas conceptuales que los age studies han desarrollado durante los últimos treinta años. La singularidad del libro reside en que esa declaración programática no queda en el prólogo sino que impregna toda la escritura del volumen: la voz narradora es en todo momento la de un hombre mayor que se sabe mayor, que reflexiona sobre su condición con lucidez y sin dramatismo, y que demuestra con su propia escritura que la imaginación, la curiosidad y el juego son facultades que la vejez no tiene por qué extinguir.
Este artículo propone una lectura del libro desde los age studies, con el objetivo de analizar los mecanismos mediante los cuales Graciani Constante construye una poética de la vejez activa que cuestiona los estereotipos de la ancianidad pasiva y que ofrece un modelo alternativo de vejez basado en la imaginación, la curiosidad y la escritura creadora. El análisis se apoya principalmente en las teorías de Margaret Morganroth Gullette —especialmente en su influyente estudio Aged by Culture (2004)— y de Kathleen Woodward —Aging and Its Discontents (1991) y Figuring Age (1999)—. Se complementa con la perspectiva de los estudios gerontológicos sobre el “envejecimiento activo” desarrollado por la Organización Mundial de la Salud y con las teorías filosóficas de Simone de Beauvoir sobre la vejez elaboradas en La vieillesse (1970). El artículo se articula en torno a seis secciones que recorren sucesivamente el marco teórico de los age studies, el análisis de la poética de la vejez activa en el prólogo del libro, el tratamiento de la imaginación como resistencia cultural, la escritura como proyecto vital en la vejez, la relación del libro con los discursos institucionales sobre el envejecimiento activo, y las conclusiones.
2. Los age studies y la crítica literaria: marco teórico
Los age studies como campo académico consolidado tienen su origen en los años noventa del siglo XX, aunque sus precedentes intelectuales se remontan a obras tan tempranas como La vieillesse de Simone de Beauvoir (Gallimard, 1970). En ese libro pionero, Beauvoir demostró que la vejez no es simplemente un proceso biológico universal sino una condición social que se vive de manera radicalmente diferente según la clase, el género y la posición económica del sujeto. Su análisis de las representaciones culturales de la vejez en la literatura occidental —desde los textos griegos clásicos hasta las novelas y las memorias del siglo XX— fue el punto de partida para una tradición crítica que los age studies contemporáneos han desarrollado, complejizado y aplicado a textos y contextos que Beauvoir no habría podido imaginar. El argumento central de Beauvoir sigue siendo válido en sus líneas generales: la vejez es una construcción social tanto como un proceso biológico, y las representaciones culturales de lo que significa ser viejo tienen efectos reales sobre la manera en que los individuos experimentan su propio envejecimiento.
Margaret Morganroth Gullette es, sin duda, la figura más influyente de los age studies literarios anglosajones. En Aged by Culture (University of Chicago Press, 2004), Gullette argumenta que la vejez no es una experiencia natural e inevitable sino una construcción cultural que los individuos internalizan mediante los discursos dominantes de su época. El concepto clave de su teoría es el de “decline ideology” o ideología del declive: un conjunto de creencias y representaciones culturales que definen la vejez como pérdida progresiva de capacidades, exclusión social y aproximación a la muerte, y que los sujetos internalizan hasta el punto de experimentar su propio envejecimiento en esos mismos términos. Frente a esta ideología, Gullette propone la resistencia activa: el desafío de las narrativas dominantes de la vejez mediante prácticas creativas, críticas y narrativas que construyan representaciones alternativas. La escritura literaria es, para Gullette, una de las prácticas de resistencia más eficaces: al escribir sobre la vejez desde adentro, los escritores mayores pueden crear nuevas imágenes de lo que significa envejecer que contradigan las imágenes dominantes y ofrezcan modelos alternativos a sus lectores.
Kathleen Woodward, en Aging and Its Discontents (Indiana University Press, 1991), analiza las representaciones de la vejez en la literatura occidental desde la perspectiva del psicoanálisis y de la teoría cultural. Woodward identifica dos patrones narrativos dominantes: la narrativa del “wise old man” o anciano sabio, que idealiza la vejez como plenitud de sabiduría y serenidad, y la narrativa del deterioro, que la define como pérdida progresiva de capacidades cognitivas, físicas y sociales. Ambos patrones son, para Woodward, formas de simplificar y de neutralizar la complejidad de la experiencia subjetiva de envejecer: el primero proyecta sobre la vejez una idealización que rara vez corresponde a la realidad vivida; el segundo proyecta sobre ella un catastrofismo igualmente distorsionado. La vejez real —la que viven los sujetos concretos en sus contextos específicos— es más compleja, más contradictoria y más diversa que cualquiera de estos dos patrones, y la literatura que consigue captarla en su complejidad real es la que hace la aportación más valiosa tanto al campo literario como al debate cultural sobre el envejecimiento.
3. La poética de la vejez activa en el prólogo de Sevilla en primavera
El prólogo de Sevilla en primavera es el texto más explícitamente reflexivo del libro: es en él donde Graciani Constante articula su concepción de la vejez y donde establece los principios que orientan la escritura del volumen. La declaración que abre el prólogo —«Soy un hombre mayor, muy mayor que se niega a ser un anciano»— es al mismo tiempo una afirmación biográfica y una toma de posición cultural: el sujeto que habla asume explícitamente su condición de hombre mayor —incluso enfatiza la magnitud de esa condición con la repetición del cuantificador: “mayor, muy mayor”— pero rechaza simultáneamente la identidad cultural de “anciano”, con todas las connotaciones de pasividad, dependencia, retiro y marginalidad que esa identidad lleva implícitas en la cultura española contemporánea. El contraste entre el nombre que el hablante acepta para sí mismo —”hombre mayor”— y el que rechaza —”anciano”— es teóricamente significativo desde el punto de vista de los age studies: el primero es simplemente una descripción de edad; el segundo es una posición cultural que implica aceptar los términos en que la sociedad define la vejez como condición deseable o inevitable.
La distinción entre “hombre mayor” y “anciano” que el poeta establece en esa frase inicial prefigura perfectamente lo que Gullette denomina “resistance to decline ideology”: la negativa a dejarse definir por las narrativas culturales dominantes sobre la vejez y la reivindicación del derecho a envejecer de otro modo, con otra identidad y desde otra posición cultural. Al negarse a ser anciano, el poeta no está negando su edad —que reconoce explícita y repetidamente a lo largo del prólogo— sino que está resistiendo la asignación de una identidad cultural que lo reduciría a los términos del declive, la dependencia y la exclusión. Esta resistencia es activa, no pasiva: no consiste simplemente en rechazar la etiqueta sino en practicar una forma alternativa de habitar la vejez que demuestre con hechos, no solo con palabras, que la vejez puede ser algo distinto de lo que la ideología del declive proclama.
El poeta identifica tres disposiciones como sus aliados en esa resistencia: la curiosidad, la ilusión y el juego. La elección de estos tres términos es significativa desde el punto de vista cultural: no son virtudes morales abstractas asociadas convencionalmente a la vejez —la sabiduría, la paciencia, la serenidad— sino disposiciones activas y orientadas hacia el futuro que requieren esfuerzo y que producen resultados concretos. La curiosidad es el impulso que lleva a buscar información y experiencias nuevas, que se niega a aceptar que el mundo ya ha sido suficientemente conocido y explorado; la ilusión es la energía que mantiene activo el deseo y la proyección hacia el futuro, que impide que el sujeto se repliegue sobre su propio pasado; el juego es la actividad que combina placer, aprendizaje y creatividad sin reducirse a ninguno de esos tres elementos. Juntas, estas tres disposiciones configuran una actitud ante la vida que es opuesta al modelo cultural dominante de la vejez como retiro, resignación y espera de la muerte.
El pasaje que habla del juego como “esencial en la segunda infancia” para que las personas mayores “crezcan en edad, mantengan su saber y conserven su gobierno bajo la mirada atenta de sus hijos” introduce el paralelismo estructural que da coherencia poética a toda la reflexión: la vejez como “segunda infancia” no es una metáfora de la regresión o de la dependencia infantil —como lo es en el discurso médico del deterioro cognitivo— sino una metáfora de la apertura lúdica que caracteriza al niño y que el envejecimiento, si se vive activamente, puede recuperar en una forma nueva y enriquecida por la experiencia acumulada. La “segunda infancia” de Graciani Constante no es la vuelta al principio sino la apertura de un nuevo ciclo vital en el que el juego y la curiosidad pueden desplegarse con la libertad que solo da el haber cumplido ya las obligaciones centrales de la vida adulta.
4. Imaginación, escritura y resistencia cultural
La reivindicación de «¡La imaginación al poder!» con que cierra el prólogo del libro —apropiándose del eslogan más conocido del Mayo del 68 francés— tiene una carga política específica en el contexto de la vejez que merece ser analizada con detenimiento. Si el movimiento estudiantil del 68 reivindicó la imaginación frente al poder establecido, la rutina burguesa y las instituciones rígidas de la sociedad de posguerra, Graciani Constante la reivindica frente a una inercia cultural específica: la tendencia de la vejez a reducir el espacio vital y mental, a contentarse con lo mínimo necesario, a dejar de imaginar mundos posibles porque el propio mundo se ha estrechado. Contra ese riesgo de reducción y cierre, el poeta opone la capacidad de imaginar, de recordar y de crear como facultades que el envejecimiento no necesariamente extingue y que pueden, al contrario, enriquecerse con la perspectiva que solo los años pueden dar. La expresión “¡La imaginación al poder!” no es un gesto nostálgico de recuperación del espíritu del 68: es una apropiación deliberada de ese eslogan para aplicarlo a un contexto nuevo y específico, el de la vejez activa, que tiene sus propias demandas y sus propias posibilidades de resistencia cultural.
Esta reivindicación de la imaginación creadora en la vejez conecta con una tradición filosófica y literaria de larga historia. En el plano filosófico, el Cicerón de De senectute —el texto fundacional de la reflexión occidental sobre la vejez— argumentó que las facultades mentales pueden mantenerse activas en la vejez mediante el ejercicio constante del pensamiento, la conversación y el estudio. En el plano literario español más cercano, escritores como Rafael Cadenas, José Ángel Valente o María Zambrano han ofrecido ejemplos de escritura en la vejez que desmienten cualquier asociación automática entre envejecimiento y declive creativo. Lo que todos estos casos comparten es la afirmación de que la reducción del espacio físico y social que impone la vejez no implica necesariamente una reducción de la capacidad creativa: al contrario, la concentración que resulta de ese estrechamiento puede intensificar la percepción, depurar la escritura y liberar formas de atención que la exuberancia de la juventud no puede alcanzar porque está demasiado ocupada en la multiplicación de estímulos y experiencias.
En el caso específico de Graciani Constante, la escritura de crónicas festivas desde el salón es también un ejercicio de memoria activa y creativa: al describir la Semana Santa o la Feria de Sevilla desde la butaca doméstica, el poeta realiza un trabajo de reelaboración de la experiencia acumulada durante décadas de participación directa en esas fiestas. La memoria no es aquí simple nostalgia —la repetición pasiva del pasado— sino un trabajo activo de selección, organización y significación de la experiencia que tiene sus propias demandas intelectuales y afectivas. Paul Ricoeur, en La memoria, la historia, el olvido (Trotta, 2003), ha analizado este trabajo de la memoria activa como una de las formas más complejas de la actividad cognitiva humana: no es la simple recuperación de una experiencia pasada conservada intacta en el archivo mental, sino una reelaboración creativa que cada vez que “recuerda” produce algo nuevo, algo que la experiencia original no contenía y que el trabajo de la memoria añade. La escritura de Graciani Constante es un ejemplo de esta memoria creativa en acción: no reproduce simplemente lo que ha vivido sino que lo transforma en escritura, y en esa transformación produce algo que no existía antes.
5. Vejez y escritura como proyecto vital: la crónica festiva como forma de habitar la vejez
La escritura del libro es, en sí misma, la demostración más elocuente de que la imaginación puede estar al poder en la segunda infancia. Al escribir Sevilla en primavera, Graciani Constante no está simplemente describiendo la fiesta sevillana: está demostrando activamente que un hombre mayor, muy mayor, puede mantener activas las facultades de observación, memoria y creación que hacen posible la escritura literaria. El libro es, en este sentido, tanto una crónica festiva como un manifiesto implícito de la vejez activa: no dice que la vejez puede ser activa, sino que lo demuestra siendo él mismo activo en la vejez. Esta dimensión performativa del libro —la escritura como demostración de la posibilidad de la vejez activa— es quizás la aportación más original del libro al debate cultural sobre el envejecimiento, porque es la más difícil de discutir o de negar. El texto existe: es el producto de una actividad creativa real ejercida en la vejez. Eso es el argumento más convincente que cualquier declaración programática podría ofrecer.
La elección del género de la crónica festiva como forma literaria tiene implicaciones específicas desde el punto de vista de los age studies. La crónica festiva requiere memoria: la capacidad de recordar con detalle y fidelidad la experiencia pasada de las fiestas. Requiere también observación: la atención al detalle sensorial, la capacidad de notar lo que otros pasan por alto, la sensibilidad ante los matices. Requiere finalmente escritura: la capacidad de transformar la memoria y la observación en texto, de encontrar las palabras que capten la experiencia y la transmitan al lector. Ninguna de estas tres facultades —memoria, observación, escritura— está automáticamente deteriorada por el envejecimiento: todas pueden mantenerse activas y, en ciertas condiciones, pueden enriquecerse con la experiencia acumulada que la vejez aporta. El escritor mayor tiene una reserva de memoria y de observación que el escritor joven no puede tener simplemente porque no ha tenido el tiempo de acumularla. Esta es la ventaja específica de la vejez como condición de la escritura, y es exactamente la ventaja que Graciani Constante explota en Sevilla en primavera.
La perspectiva desde el salón —esa “butaca” desde la que el poeta observa mentalmente la fiesta que ya no puede presenciar directamente— es una imagen que merece análisis desde los age studies. La butaca no es simplemente un mueble: es una posición de observación y de reflexión que la vejez impone y que el poeta convierte en posición creativa. Donde la ideología del declive vería una limitación —la incapacidad de participar directamente en la fiesta—, el poeta ve una posibilidad: la posibilidad de observar con la distancia y la profundidad que solo la experiencia acumulada y la posición reflexiva pueden dar. Esta conversión de la limitación en posibilidad es una de las estrategias más características de la escritura en la vejez identificada por los age studies, y es también uno de los gestos más genuinamente creativos del libro de Graciani Constante.
6. El libro ante los discursos institucionales sobre el envejecimiento activo
El concepto de “envejecimiento activo” fue elaborado por la Organización Mundial de la Salud en su documento Active Ageing: A Policy Framework (2002) como alternativa al modelo médico de la vejez centrado en la gestión de la enfermedad y la dependencia. El envejecimiento activo se define en ese documento como “el proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen”. Esta definición ha tenido una enorme influencia en las políticas sociales europeas y en los estudios sobre el bienestar de las personas mayores, y ha dado lugar a programas e iniciativas específicas orientadas a promover la actividad física, la participación social y el aprendizaje continuo entre la población mayor. Sin embargo, el concepto institucional de “envejecimiento activo” ha sido también objeto de críticas importantes desde los age studies: se le reprocha su énfasis en la productividad y la actividad como condiciones de una vejez “exitosa”, que puede resultar excluyente para quienes, por razones de salud, económicas o culturales, no pueden o no quieren ser “activos” en el sentido que el concepto implica.
La concepción de la vejez activa que se desprende del libro de Graciani Constante es más rica y más matizada que el concepto institucional de la OMS. Para el poeta, la vejez activa no se mide en términos de actividad física o de participación en programas sociales: se mide en términos de imaginación, curiosidad y compromiso activo con la propia experiencia y con el mundo. Esta concepción no excluye a nadie por razones de salud o de capacidad física: alguien que no puede caminar puede seguir siendo imaginativo, curioso y creador. No requiere tampoco una participación social visible o cuantificable: la escritura solitaria en el salón es una forma de actividad tan válida —y, en términos creativos, tan productiva— como cualquier actividad social colectiva. El “envejecimiento activo” de Graciani Constante es interior antes que exterior, creativo antes que productivo, lúdico antes que eficiente. Esta diferencia conceptual tiene implicaciones importantes para el debate sobre las políticas públicas de envejecimiento y para la comprensión cultural de lo que significa envejecer bien.
Simone de Beauvoir, en La vieillesse (Gallimard, 1970), argumentó que la única vejez auténticamente vivida desde dentro es la de quienes no han abandonado sus proyectos vitales, quienes siguen teniendo algo que hacer con su tiempo y con su vida. La escritura de Graciani Constante es, en este sentido, un proyecto vital de primer orden: no un pasatiempo ni una actividad de ocio, sino un proyecto creativo que da sentido y estructura a su experiencia de la vejez y que produce resultados concretos y valiosos. La crónica festiva escrita desde la butaca no es el sustituto menor de la participación directa en la fiesta: es una forma específica y valiosa de habitar la vejez desde la escritura, que tiene sus propias demandas, sus propias satisfacciones y su propia contribución al campo cultural. Beauvoir habría reconocido en Graciani Constante el tipo de anciano que ella admiraba: alguien que envejece con un proyecto, que no abandona sus compromisos con el mundo y que mantiene activa la facultad que ella misma consideraba más definitoria de la persona humana: la capacidad de crear.
7. Conclusiones
El análisis de Sevilla en primavera desde los age studies permite formular un conjunto de conclusiones que tienen relevancia tanto para la comprensión específica del libro como para el estudio más general de la escritura sobre la vejez en la España contemporánea y para el debate interdisciplinar sobre las formas culturales de habitar el envejecimiento.
En primer lugar, el libro de Graciani Constante constituye uno de los pocos ejemplos en la prosa española reciente de una escritura que tematiza explícitamente la vejez como condición de la escritura y que construye una poética coherente a partir de esa tematización. La declaración programática del prólogo —la resistencia a ser “anciano”, la reivindicación de la curiosidad, la ilusión y el juego como disposiciones vitales, la apropiación del eslogan del 68 para revindicar la imaginación en la vejez— es una posición cultural articulada que merece ser leída como tal, y no solo como autobiografía. Desde la perspectiva de los age studies, este prólogo es un documento de resistencia a la “decline ideology” que Gullette ha identificado como dominante en la cultura occidental contemporánea, y su análisis revela con claridad qué modelos alternativos de vejez están disponibles en la cultura literaria española del siglo XXI.
En segundo lugar, el concepto de vejez activa que el libro construye es más complejo y más humanamente rico que el concepto institucional elaborado por la OMS. La vejez activa de Graciani Constante no se mide en términos de actividad física, participación social o productividad económica sino en términos de imaginación, creatividad, curiosidad y compromiso con la propia experiencia. Este es un modelo de vejez que la gerontología crítica y los age studies pueden enriquecer con recursos conceptuales que el discurso de la política pública no suele proporcionar, y que puede contribuir al debate sobre qué significa envejecer bien en las sociedades occidentales contemporáneas desde una perspectiva que pone el acento en la vida interior y en la creatividad antes que en la actividad exterior y la productividad.
En tercer lugar, el análisis desde los age studies confirma que Sevilla en primavera no es simplemente un testimonio de la experiencia festiva sevillana —aunque lo es, y de gran valor— sino también un documento de la experiencia subjetiva del envejecimiento desde la escritura creadora. En esa doble naturaleza —crónica festiva y autobiografía lírica de la vejez— reside la originalidad más profunda del libro y su potencial para contribuir tanto al estudio de la prosa española contemporánea como al campo interdisciplinar de los age studies. El libro de Graciani Constante demuestra que la literatura puede hacer contribuciones sustantivas al debate sobre la vejez que no están al alcance de la gerontología ni de la política pública: puede mostrar, desde dentro, cómo se vive y cómo se puede vivir la vejez, con una profundidad y una autenticidad que ningún estudio estadístico o informe institucional puede alcanzar.
Finalmente, la aportación del libro al campo cultural más amplio reside en demostrar, con el más convincente de los argumentos —el del ejemplo vivo—, que la imaginación puede estar al poder en la segunda infancia, y que la escritura literaria es uno de los modos más eficaces y más dignos de ejercer ese poder. El libro de Graciani Constante es, al mismo tiempo, una crónica festiva de la Semana Santa y la Feria de Sevilla, una autobiografía lírica de la vejez y un manifiesto implícito de la vejez activa. En cada una de estas dimensiones hace una contribución valiosa: a la literatura festiva sevillana, a la autobiografía literaria española contemporánea y al debate cultural sobre el envejecimiento. La conjunción de las tres en un solo volumen es lo que convierte el libro en un objeto cultural de particular interés y de particular relevancia para los estudios literarios y culturales de hoy.
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DOI Zenodo: https://zenodo.org/records/20751852