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ANÁLISIS DE TÉCNICAS LITERARIAS EN AFOUTEZA & CERTEÇA

ANÁLISIS DE TÉCNICAS LITERARIAS EN AFOUTEZA & CERTEÇA

Metáforas Sensoriales: El Cuerpo como Territorio Poético

Sabela Gondulfes construye su universo poético desde la corporalidad absoluta. Sus metáforas no describen el cuerpo: lo habitan, lo convierten en paisaje transitable donde cada sensación es geografía.

En el poema “Pielando“, la autora crea una anatomía sensorial completa donde cada parte del cuerpo es acción y transformación:

“Enraizando pies
Escalando piernas
Sobrevolando ingles
Hermanando ombligos
Intuyendo vientres
Conectando pechos”

Estas metáforas apelan simultáneamente a tacto (enraizar, escalar), movimiento (sobrevolar), temperatura y proximidad (hermanar, conectar). Los pies no simplemente tocan el suelo: se enraízan, se vuelven árbol que extrae sustento de la tierra. Las piernas no se mueven: se escalan como montañas. Los pechos no se tocan: se conectan como circuitos eléctricos. Cada verbo convierte la anatomía en acción poética, transformando el encuentro erótico en ceremonia de construcción de intimidad física y emocional.

En “Bajo los Pliegues de mi Blusa“, el tacto y la vista se fusionan para crear anticipación sensual:

“Bajo los Pliegues de mi Blusa
guardo cuidadosa todo lo que aún no he contado a nadie.
Te lo diré en esa lengua que sólo tú y yo hablamos,
mientras desabotonas mis impaciencias con tu voz.”

La voz del amante adquiere tacto: puede desabotonar. La impaciencia tiene textura textil: se desabrocha. Los pliegues de la blusa ocultan pero también prometen revelación. Es metáfora donde vista (pliegues), tacto (desabotonar), oído (voz) y anticipación erótica se entrelazan creando tensión sensual que el lector experimenta físicamente.

El poema “Extremadura~Alentexo” trabaja con sinestesia violenta donde el dolor emocional adquiere temperatura, color y textura:

“Viajan las emociones prístinas
Atraviesan las galaxias de mis niñas
Y llegan a mis lumbares
Y empujan la matriz a los agujeros de gusano
De mi vientre
Me acuchillan
Viajo a lagos de sal
A ríos helados
Mares cálidos”

Las emociones son proyectiles que viajan, atraviesan, acuchillan. Tienen trayectoria y temperatura: van de lo prístino (puro, frío) a lo que acuchilla (metálico, cortante). La poeta traduce el dolor psicológico a sensaciones físicas extremas: lo helado de los ríos, lo cálido de los mares, la sal que quema las heridas. El lector no entiende intelectualmente el sufrimiento: lo siente en su propio cuerpo.

En “A Madre“, la vista y el tacto se funden para metabolizar los últimos pasos compartidos:

“Camiñamos
E mentras ti falabas
Eu fun metabolizando
Os nosos pasos
Para levalos comigo”

Metabolizar es verbo del gusto, del tacto interno, de la digestión. Los pasos —que son sonido, ritmo, movimiento— se convierten en alimento que el cuerpo procesa y asimila. La metáfora sensorial aquí es radical: caminar con la madre se vuelve acto de nutrición donde la hija se alimenta de la presencia materna antes de que desaparezca.

Enumeraciones y Anáforas: Ritmos de la Insistencia

La anáfora es la columna vertebral rítmica del poemario. Gondulfes repite no por falta de vocabulario sino por necesidad emocional: algunas cosas solo pueden decirse mediante insistencia.

En “Quién tuviera la semilla“, la anáfora crea efecto de letanía laica, plegaria sin dios pero con fe en la transformación:

“Quién tuviera la semilla limpia y pura
y sembrar los surcos de las mentes necias

Quién tuviera la semilla limpia y pura
y germinar los vientres de las hembras regias

Quién tuviera la semilla limpia y pura
y configurar la nueva cadena genética

Quién tuviera la semilla limpia y pura
y sementar los océanos y los mares”

La repetición crea ritmo ceremonial, casi hipnótico. Cada estrofa añade una capa al deseo utópico: transformar mentes, cuerpos, genética, geografía. La anáfora acumula peso, intensidad: no basta decirlo una vez, hay que insistir hasta que el deseo se vuelva conjuro. El efecto emocional es de urgencia contenida: la poeta no grita pero repite hasta hacerse escuchar.

En “Me haces mucha falta“, la enumeración anatómica convierte el cuerpo en territorio del deseo donde cada parte reclama al ausente:

“Hacia la necesidad
De nuestros Pies
De nuestras Bocas
De nuestros Ojos
De tu nuez
De mis Senos
De tu Pecho
De mi Vientre
De tus Ingles
De mis Piernas
De tus Rodillas
De nuestras Espaldas
De nuestras Manos”

La enumeración no es lista neutral: es escalada de intimidad. Comienza con partes visibles (pies, bocas, ojos), avanza hacia zonas de mayor intimidad (nuez, senos, pecho), alcanza el centro erótico (vientre, ingles) y culmina en partes que sostienen (piernas, rodillas) y abrazan (espaldas, manos). El ritmo acumulativo reproduce el deseo mismo: cada parte nombrada aumenta la intensidad hasta volverse insostenible.

El poema “Tengo la memoria resbaladiza” usa anáfora para crear efecto de mantra obsesivo:

“Tengo la memoria r e s b a la d i z a

Se me olvidó lo que hice mañana
Lo que haré ayer

Tengo la memoria r e s b a la d i z a
Sé que no hago metáforas
Las metáforas me hacen a mí

Tengo la memoria r e s b a la d i z a por eso
Escribo para no olvidarte tú que existo”

La frase repetida funciona como estribillo que fija la idea central mientras todo lo demás se desliza. El espaciado tipográfico (r e s b a la d i z a) reproduce visualmente el deslizamiento. La repetición combate el olvido: si la memoria resbala, la poeta se aferra a una frase que repite hasta volverla inamovible.

En “Es mi voluntad aquí y ahora“, la enumeración crea inventario existencial de todo lo perdido y ganado:

“Tengo una mochila ligera, soñada, pizpireta.
Ahora tengo tanto,
atesoro la libertad,
la inocencia,
el respeto,
la admiración,
la responsabilidad.
El agua en cada fuente. Las frutas al alcance de la mano.
El pan y el lecho en cada albergue.
Tengo la bondad de las manos ayudadoras”

La acumulación es técnica de abundancia: mostrar que la riqueza no está en objetos sino en experiencias, conexiones, libertades. El ritmo de la lista sugiere generosidad del mundo cuando se camina ligero: cada verso añade un don inesperado.

Diálogos Poéticos: Voces que se Buscan en el Vacío

Gondulfes no construye diálogos formales con guiones y turnos de palabra. Sus diálogos son fantasmales, conversaciones con ausentes, con el yo escindido, con amantes que no responden.

En varios poemas del ciclo “N0S, Amador e Isadora“, la poeta se habla a sí misma en segunda persona, desdoblándose en quien pregunta y quien responde:

“Después
Me contaste que recién asomabas de la Cueva
Y que te penetró la Luz por los pies
(tus hemisferios se equilibraron)
Y
En Un minuto de éXtasis
Me dijiste
Nos Amo
Y
Yo
Me quedé callada”

El diálogo aquí es asimétrico: el amante habla, declara amor, pero el yo poético se queda mudo. Ese silencio es más elocuente que cualquier respuesta: revela miedo, incapacidad de reciprocar al mismo nivel de intensidad. El diálogo funciona como escena dramática donde lo no dicho importa tanto como lo dicho.

En el poema donde el hijo dice que votará con “una rodaja de chorizo”, aparece diálogo directo que funciona como anécdota política:

“El otro día me decía uno de mis 2 hijos paseando por la Bonita ciudad de Pontevedra
que en las próximas elecciones va a meter en el sobre una rodaja de chorizo
*(…)
Y yo le choqué las 5 y le dije, ya somos 2″

Este diálogo aporta cercanía, humor político y complicidad generacional. No es conversación poética sino coloquial, transcrita tal cual. Esa coloquialidad es estrategia de autenticidad: rompe la distancia entre poeta y lector, entre escritura y vida.

El poema “Me gusta la idea de Nós” construye diálogo imaginado con el amante, pregunta-respuesta donde la poeta interroga y responde por ambos:

“Nuestra voz
¿Y a ti qué te gusta de mí?
Te pregunto mientras respondes
Desatando a mordiscos los nudos de mis dudas”

La pregunta se formula pero la respuesta no es verbal: el amante responde con acción (desatar nudos a mordiscos). Es diálogo donde el cuerpo habla más que las palabras, donde el erotismo es forma de comunicación que trasciende el lenguaje.

En varios poemas, la poeta se dirige directamente a sí misma con imperativos que funcionan como autoexhortación:

“Canta ama Baila
No dejes que nadie ni nada
Te apague
Ríe, llora,
Pinta, escribe, esculpe
Enciéndete como nunca”

Es diálogo consigo misma donde la voz que ordena es más sabia, más fuerte que la voz que duda. Estos momentos funcionan como pep talk, discurso motivacional que la poeta se da a sí misma y comparte con el lector.

Reflexión Final: Poética de la Abundancia y la Urgencia

La combinación de estas técnicas literarias —metáforas sensoriales que corporeizan lo abstracto, anáforas que insisten hasta grabar, diálogos que dramatizan la experiencia— construye una voz poética reconocible e intensa. Es voz que no economiza: multiplica, acumula, insiste porque teme que una sola vez no alcance.

Las metáforas sensoriales de Gondulfes no son ornamentales: son epistemología. Para ella, conocer es sentir, pensar es experimentar físicamente. El lector no contempla sus poemas desde distancia segura: los padece en su propio cuerpo. Cuando lee “me acuchillan”, siente el filo; cuando lee “enraizando pies”, percibe el peso que ancla.

Las anáforas y enumeraciones crean ritmo hipnótico que acerca estos textos a la oralidad del canto, la plegaria, el mantra. Son técnicas antiguas puestas al servicio de urgencias contemporáneas. La poeta necesita la repetición porque vive en mundo saturado de ruido: hay que insistir para ser escuchada.

Los diálogos —con ausentes, con el yo escindido, consigo misma— dramatizan la experiencia poética. No estamos ante meditaciones en soledad sino ante voces que se buscan, que preguntan, que exigen respuesta aunque no llegue. Esta dialogicidad convierte al lector en testigo de conversaciones imposibles: entre la hija y la madre muerta, entre la amante y el amado ausente, entre quien fue y quien es ahora.

El impacto de estas técnicas combinadas es de inmersión total. Gondulfes no invita al lector a admirar su destreza técnica: lo arrastra a su experiencia emocional sin pedir permiso. Se puede criticar cierta irregularidad en la ejecución, momentos donde la insistencia deriva en redundancia o la metáfora no alcanza su objetivo. Pero lo que nunca falla es la autenticidad del impulso: cada técnica está al servicio de necesidad expresiva real, no de exhibición virtuosista.

La atmósfera emocional resultante es de intensidad sostenida casi sin respiro. Para lectores acostumbrados a poesía contenida, esto puede resultar agotador. Para quienes buscan poesía que se atreva a sentir sin anestesia, esto es oxígeno puro. Gondulfes practica lo que podríamos llamar poética de la abundancia: prefiere el riesgo del exceso a la seguridad de la contención.

Su voz está más cerca de Whitman, Neruda o Pizarnik que de la tradición española contemporánea de la precisión verbal. No es poeta de la palabra justa sino de la palabra múltiple: dice la misma cosa de muchas formas porque cada forma ilumina un matiz distinto. Es técnica que algunos verán como falta de rigor y otros como generosidad expresiva.

Lo que resulta innegable es que estas técnicas cumplen su objetivo: hacer que el lector sienta, no solo que entienda. Y en época donde tanta poesía se queda en juego intelectual, esa capacidad de transmitir emoción directa, sin mediaciones irónicas, es cada vez más rara y más necesaria.

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