book4

LA LLUVIA COMO UMBRAL: DISOLUCIÓN DEL SUJETO Y TRANSICIÓN INICIÁTICA EN DON DE LA INVOCACIÓN

de Claudia Soneira, Ángela. «Artículo académico: la lluvia como umbral: disolución del sujeto y transición iniciática en don de la invocación de raúl gimeno. simbolismo acuático, bautismo invertido y rito de paso (bachelard, eliade, van gennep)». DON DE LA INVOCACIÓN. 1.ª ed. Spain: Zenodo, 4 de abril de 2026. https://doi.org/10.5281/zenodo.19422040

LA LLUVIA COMO UMBRAL: DISOLUCIÓN DEL SUJETO Y TRANSICIÓN INICIÁTICA EN DON DE LA INVOCACIÓN

Artículo académico

Resumen

El presente artículo analiza la función simbólica y formal del agua y la lluvia en Don de la invocación (Ediciones Rilke, 2026) de Raúl Gimeno. A partir de las declaraciones del propio autor —”con su caída se borran las fronteras que separan sujeto y objeto, vida y muerte, conocedor y conocido”— y del marco teórico de Gaston Bachelard sobre la imaginación material del agua y del simbolismo de las aguas en la obra de Mircea Eliade, el artículo describe las apariciones del agua en los poemas del corpus —”Llega con el otoño”, “Todo en orden”, “Ver llover”, “El mar”— y examina cómo cada una de ellas cumple una función específica dentro del arco iniciático del libro. Se propone una lectura del poema “Ver llover” como escena de bautismo invertido —”bautismo del hombre muerto”— y se estudia el diálogo que el libro establece con la función que la lluvia cumple en la poesía de José Corredor-Matheos, a quien la obra está dedicada.

Palabras clave: agua, lluvia, umbral, disolución del sujeto, bautismo, iniciación, Raúl Gimeno, Corredor-Matheos, Bachelard, Eliade.

Abstract

This article analyzes the symbolic and formal function of water and rain in Don de la invocación (Ediciones Rilke, 2026) by Raúl Gimeno. Drawing on the author’s own statements — “with its fall, the boundaries that separate subject and object, life and death, knower and known are erased” — and on the theoretical framework of Gaston Bachelard on the material imagination of water and the symbolism of waters in Mircea Eliade’s work, the article describes the appearances of water in the corpus poems — “Llega con el otoño,” “Todo en orden,” “Ver llover,” “El mar” — and examines how each of them fulfills a specific function within the initiatory arc of the book. A reading of the poem “Ver llover” as an inverted baptism scene — “bautismo del hombre muerto” — is proposed, and the dialogue that the book establishes with the function that rain fulfills in the poetry of José Corredor-Matheos, to whom the work is dedicated, is studied.

Keywords: water, rain, threshold, dissolution of the subject, baptism, initiation, Raúl Gimeno, Corredor-Matheos, Bachelard, Eliade.

  1. Introducción

Hay elementos en la escritura que no son nunca puramente decorativos. El fuego es uno de ellos. La tierra es otro. Pero de todos los elementos que la imaginación simbólica de las culturas ha cargado de significados, el agua es quizás el que mayor densidad semántica concentra: es la vida y la muerte, la purificación y la disolución, el origen y el fin. Gaston Bachelard lo advirtió con precisión en El agua y los sueños (1942): las imágenes acuáticas no son metáforas del pensamiento sino categorías de la imaginación material, formas primarias de conocer el mundo que el lenguaje poético activa y transmite.

Don de la invocación de Raúl Gimeno es un libro en el que el agua cumple una función estructural precisa. El propio autor la ha descrito: “La lluvia es el elemento principal en la transición. Con su caída se borran las fronteras que separan sujeto y objeto, vida y muerte, conocedor y conocido.” Esta declaración no es la descripción de una imagen entre otras sino la identificación del principio organizador del umbral entre las dos secciones del poemario. Si la primera sección, “Y la herida se hizo boca… A orillas del Neckar”, es la fase de la muerte simbólica del yo, y la segunda sección, “Palabras al silencio originario… El lento discurrir de un caracol sin metafísica”, es la fase del renacimiento contemplativo, la lluvia es el agente que produce el tránsito entre las dos fases. Es el agua bautismal que el autor menciona explícitamente: “Si entendemos el poemario como una vía iniciática entonces cobra sentido que en la primera parte se dé una muerte simbólica (el agua bautismal purifica) del yo y un nuevo renacer en la segunda parte.”

El artículo que aquí se propone tiene tres objetivos. El primero es describir sistemáticamente las apariciones del agua en el libro, identificar sus formas —la lluvia, el mar, el rio implícito, el lago— y analizar la función semántica que cada una de ellas cumple en el arco del texto. El segundo es examinar el poema “Ver llover” como la escena central del simbolismo acuático del libro: una escena de bautismo invertido cuyas implicaciones se proyectan sobre el conjunto del poemario. El tercero es conectar la función que la lluvia cumple en Don de la invocación con la poética del agua que caracteriza la obra de José Corredor-Matheos, a quien el libro está dedicado, siguiendo la indicación del propio autor.

  1. Marco teórico

2.1. Bachelard y la imaginación material del agua

En El agua y los sueños: ensayo sobre la imaginación de la materia (1942), Gaston Bachelard propone que la imaginación poética no opera principalmente sobre formas visuales sino sobre materias: el fuego, el agua, la tierra y el aire son las cuatro sustancias primordiales de la imaginación humana, y cada una de ellas genera un tipo específico de imágenes y de ensoñaciones. El agua, en particular, es para Bachelard el elemento de la imaginación que más directamente evoca la muerte y el renacimiento: “El agua es el elemento de la muerte joven y bella, de la muerte florida, y en los sueños de agua encontramos, al unirse el destino del agua y el destino del hombre, la muerte con sus aspectos de agua.”

La aportación metodológica de Bachelard al análisis de la poesía acuática es doble. Por un lado, establece una clasificación de las imágenes del agua en función del tipo de ensoñación que producen: las aguas claras y brillantes evocan la pureza y el origen; las aguas oscuras y profundas evocan la muerte y el inconsciente; las aguas corrientes evocan el tiempo y la transformación. Por otro lado, Bachelard demuestra que estas imágenes no son convencionales sino que responden a una lógica de la materia: el agua que cae, que fluye, que disuelve activa en el lector una respuesta imaginativa que precede a la comprensión conceptual. Este doble nivel —material y conceptual— es el que opera en los poemas del agua de Don de la invocación.

La categoría bachelardiana que más directamente ilumina los poemas de Gimeno es la del agua que disuelve. Para Bachelard, el agua que disuelve —la lluvia que borra los contornos, el mar que absorbe al nadador— es el agente de la muerte suave: no la muerte violenta del fuego sino la muerte gradual y pacificadora que devuelve al ser individual a la indiferenciación original. La lluvia de “Ver llover” es precisamente esta agua que disuelve: “sentir que el mundo se disuelve, / que nada vuelve, / que todo permanece.”

2.2. Eliade y el simbolismo de las aguas

Mircea Eliade, en Tratado de historia de las religiones (1949) y en Lo sagrado y lo profano (1957), analiza el simbolismo de las aguas en las religiones del mundo y llega a una conclusión convergente con la de Bachelard desde una perspectiva diferente: el agua es, en la mayoría de las tradiciones religiosas del mundo, el elemento de la regeneración. La inmersión en el agua reproduce el caos primordial que precede a la creación: el ser que se sumerge regresa al estado indiferenciado anterior a la forma y, al emerger, nace de nuevo con un ser purificado. Esta es la estructura del bautismo cristiano —y de los ritos de inmersión de múltiples religiones no cristianas— que el poema “Ver llover” de Gimeno reinventa en la forma del bautismo por lluvia.

La distinción que Eliade establece entre las aguas primordiales —el caos acuático del que surge la creación— y el diluvio —el retorno de la creación al caos acuático— es relevante para el análisis de la lluvia en Don de la invocación. La lluvia del poema “Ver llover” no es una lluvia de fertilidad ni una lluvia de consuelo: es una lluvia de disolución que aproxima al diluvio eliadiano. El yo que se disuelve en la lluvia no recibe la vida sino que la devuelve: “Bautismo del hombre / muerto.” El bautismo no es aquí la entrada en una nueva vida sino la consumación de una muerte necesaria.

2.3. La transición iniciática y el agua

El agua como agente de la transición iniciática está presente en la mayoría de los ritos de paso estudiados por Van Gennep y Turner. El neófito que cruza un río, que es sumergido en las aguas bautismales o que es purificado por la lluvia abandona el estado previo y emerge en un estado nuevo. El agua es el elemento liminal por excelencia: no pertenece ni a la tierra ni al aire, no tiene forma propia, disuelve las fronteras que los otros elementos sostienen. La fase liminal del rito —el momento en que el iniciado no es ni lo que era ni lo que será— tiene en el agua su correspondencia natural. Y el poema que ocupa el umbral entre las dos secciones de Don de la invocación es, precisamente, un poema de lluvia.

  1. El inventario acuático de Don de la invocación

Antes de analizar los poemas del corpus en detalle, conviene trazar un inventario de las apariciones del agua en el libro. Este inventario revela que el agua no es un elemento ocasional sino un motivo estructural que atraviesa el libro de principio a fin, con una concentración creciente a medida que se aproxima el umbral entre las dos secciones.

La primera aparición del agua es implícita: el texto inicial, “Resonancias”, habla de “dedos trémulos” que “dudan / si deslizarse por la ventana”, y la atmósfera de la mañana descrita evoca la humedad y la penumbra más que la luz y la sequedad. No hay agua explícita, pero hay un ambiente acuoso que impregna la apertura del libro.

La segunda aparición es la de la lluvia en “Llega con el otoño”: “Llueve. La verdad reverdece.” y “Llueve. De los dones / derramados en la casa de todos / niños y árboles / crecen hacia arriba, hacia abajo.” Aquí la lluvia es todavía una lluvia de fertilidad: hace reverdecer, derrama dones, hace crecer niños y árboles. Es la lluvia positiva y nutritiva de las tradiciones agrarias.

La tercera aparición es la de la lluvia en “Todo en orden”: “Empieza a llover / mientras crecen raíces en tus pies. / Un orden anterior a toda conciencia hipertrofiada / es restaurado en esta hora sin tiempo.” Aquí la lluvia comienza a perder su carácter nutritivo para adquirir uno más oscuro: restaura un orden anterior a la conciencia, lo que implica la suspensión de la conciencia. Y las raíces que crecen en los pies del sujeto sugieren una fusión con la tierra que anticipa la disolución de “Ver llover”.

La cuarta aparición, la más extensa y la más densa semánticamente, es la del poema “Ver llover”, que cierra la primera sección y opera como umbral hacia la segunda. Se analiza en el apartado 5.

La quinta aparición es la frase que abre la segunda sección: “Ha dejado de llover.” Esta frase es la inversa de “Empieza a llover”: donde aquella señalaba el inicio del proceso, esta señala su consumación. El umbral ha sido cruzado.

La sexta aparición es el mar del fragmento “(El mar)” en la segunda sección. El mar no es lluvia sino la forma expandida del agua: el elemento oceánico que Freud describió como “sentimiento oceánico” y que ya aparece en el texto inicial “Resonancias” —”Sentimiento oceánico” — reaparece aquí como el escenario de la communitas posliminal: la fusión del yo con el todo.

Hay además una aparición implícita en el fragmento sin título que describe al pato que cruza las aguas de un lago: “te haces uno con el lago. / Un pato atraviesa tus aguas / y en la estela que forma / re-conoces la herida / que siempre estuvo ahí.” El lago es aquí el espejo de la contemplación: el yo que se funde con él ve reflejada su propia herida en la estela del pato.

Este inventario revela una progresión clara: el agua avanza desde la lluvia nutritiva de la primera sección hasta la lluvia disolutiva del umbral, y desde el umbral hacia el mar de la segunda sección. La dirección del movimiento es desde el agua como elemento de la naturaleza exterior hasta el agua como elemento de la experiencia interior.

  1. “Llega con el otoño”: la lluvia como don y como anuncio

El poema “Llega con el otoño” es el primero del libro en el que la lluvia aparece de modo explícito y con un protagonismo temático. El poema describe la llegada del otoño como la llegada de una presencia que todo lo transforma: los árboles encendidos, el sol que nadie ve retirarse, la mano que ofrece pan recién hecho. Y en ese contexto de transformación estacional, la lluvia aparece dos veces.

La primera aparición es escueta y contundente: “Llueve. La verdad reverdece.” La yuxtaposición de la lluvia y la verdad no es metafórica en el sentido convencional: no dice que la lluvia sea “como” la verdad ni que la verdad “parezca” lluvia. Dice que cuando llueve la verdad reverdece. El verbo “reverdecer” implica que la verdad estaba seca, marchita, y que la lluvia la devuelve a la vida. Esta función de la lluvia como agente de la recuperación de la verdad es una función de revelación: el agua disuelve la corteza de falsedad que recubre la realidad ordinaria y deja visible lo que estaba oculto debajo.

La segunda aparición amplía la imagen en dirección cósmica:

Llueve. De los dones
derramados en la casa de todos
niños y árboles
crecen hacia arriba, hacia abajo.

La lluvia es aquí un don derramado: la misma imagen del derrame que Gimeno utiliza para la verdad en la primera aparición se extiende ahora a toda la naturaleza. La “casa de todos” es el mundo compartido, el espacio común que la lluvia purifica y fecunda. Y los niños y árboles que crecen “hacia arriba, hacia abajo” reproducen la imagen de “Raíces” —los organismos que crecen simultáneamente hacia la luz y hacia la oscuridad— pero en un contexto de alegría y de don: aquí el crecimiento doble no es angustioso sino gozoso.

Esta lluvia de “Llega con el otoño” es todavía una lluvia positiva, una lluvia de fertilidad que nutre y revela. Pero contiene ya el germen de la lluvia de disolución: el don “derramado” puede leerse también como el don que se vierte sin control, que inunda y que borra las fronteras. El otoño que llega trae consigo una verdad que “reverdece”: la paradoja de un reverdecer otoñal apunta hacia la inversión de las categorías —vida en la muerte, comienzo en el fin— que la lluvia del umbral llevará a su punto extremo.

  1. “Todo en orden”: la lluvia como restauración de un orden pre-consciente

“Todo en orden” es el penúltimo poema de la primera sección, el que precede inmediatamente a “Ver llover”. Su función en la arquitectura del libro es la de preparar el umbral: introduce la lluvia como agente de una restauración que implica la suspensión de la conciencia ordinaria. El poema describe, en su primera parte, un paisaje de decadencia interior:

El paisaje hecho hastío
en los espejos convexos que observan
desde la ventana.
No quieres reparar en esas grietas
por las que escapa el tiempo dejando
tras de sí un sucedáneo de existencia,
ni en las quemaduras de tus dedos fieles
a la memoria de la carne,
cuando en mitad de la noche
necesitaste la compañía del fósforo,
animal nocturno que justo antes de la extinción
mordía
con la rabia de saberse perdido.
¿Será el dolor el último
anclaje a la vida?

Este paisaje es el estado máximo de la angustia existencial de la primera sección: el hastío convertido en paisaje, el tiempo que se escapa, el dolor como único anclaje. La pregunta que cierra esta primera parte —”¿Será el dolor el último / anclaje a la vida?”— es la pregunta que el umbral acuático va a contestar mediante la acción, no mediante el argumento.

La respuesta llega en la segunda parte del poema:

Empieza a llover
mientras crecen raíces en tus pies.
Un orden anterior a toda conciencia hipertrofiada
es restaurado en esta hora sin tiempo.

La lluvia no responde a la pregunta sobre el dolor: la interrumpe. El dolor como anclaje pierde su relevancia en el momento en que empieza a llover y crecen raíces en los pies. Las raíces son la imagen de la conexión con lo que está por debajo de la conciencia: el substrato oscuro del ser que la “conciencia hipertrofiada” —la conciencia que se ha inflado hasta cubrir todo el espacio interior— ha ido recubriendo. La lluvia restaura un orden anterior a esa conciencia, un orden que existía antes de que el yo comenzara a pensar, a interrogar, a angustiarse.

La expresión “esta hora sin tiempo” es particularmente significativa. No es una hora cualquiera sino una hora que ha salido del tiempo cronológico. Esto corresponde a lo que Eliade denomina el tiempo mítico del rito: el tiempo suspendido en el que la experiencia sagrada ocurre, irreducible al tiempo ordinario de la duración. La lluvia no solo restaura un orden anterior a la conciencia sino que lo hace en un tiempo que está fuera del tiempo, en la eternidad puntual del instante ritual. El umbral está a un poema de distancia.

  1. “Ver llover”: el bautismo del hombre muerto

“Ver llover” es el poema central del libro. No lo es por su extensión —es uno de los más breves— sino por su función estructural: cierra la primera sección y abre el camino hacia la segunda. El propio autor lo señala como el eje del proceso iniciático: “En el poema ‘Ver llover’, último de la primera parte, la lluvia que cae se reproduce visualmente con versos cortos y formas verbales que acentúan la acción. Es el momento de la disolución del individuo (la muerte simbólica).”

El poema es el siguiente:

Ver llover,
sentir que el mundo se disuelve,
que nada vuelve,
que todo permanece.
Ver llover,
presentir un enigma que crece
alrededor.
Dejar de ser
lo que eres,
notar un algo que te envuelve
en su paz interior.
Caer, caer
siendo lluvia,
desnaciendo, nacer.
Bautismo del hombre
muerto.

6.1. El desplazamiento del agente

El primer rasgo formal del poema que merece atención es la naturaleza de los verbos. Los tres primeros infinitivos —”Ver”, “sentir”, “presentir”— son verbos de percepción: el sujeto no hace nada, solo percibe. Esta pasividad perceptiva es el primer grado de la disolución del yo activo: el yo que percibe sin actuar ya no es el yo de la primera sección, que busca, llama, interroga. Es un yo que se ha detenido y que recibe el mundo en lugar de ir hacia él.

El cuarto infinitivo marca el salto: “Dejar de ser / lo que eres.” Ya no es un verbo de percepción sino de renuncia: la renuncia al estado anterior, la separación del yo previo que Van Gennep describe como la primera fase del rito de paso. “Dejar de ser lo que eres” no es la muerte física sino la muerte simbólica del yo constituido: el despojamiento de la identidad que el rito exige antes de que pueda emerger una nueva.

La culminación del movimiento es el paso del verbo “ver” al verbo “ser”: el sujeto que al principio del poema “ve llover” se convierte al final en lluvia. “Caer, caer / siendo lluvia” es el momento de la fusión completa entre el observador y el fenómeno observado: el sujeto ya no contempla la lluvia desde fuera sino que es la lluvia, que cae, que se disuelve, que no tiene límites ni contornos. En términos de Bachelard, es el momento en que la ensoñación del agua se cumple: el soñador se convierte en el elemento que sueña.

 

6.2. La paradoja “desnaciendo, nacer”

El neologismo “desnaciendo” es uno de los hallazgos formales más precisos del libro. El verbo “desnacer” no existe en el español normativo, pero su significado es inmediatamente comprensible: deshacer el nacimiento, retroceder hasta el estado anterior al ser nacido, volver al caos primordial que Eliade describe como las aguas primordiales de la cosmogonía. Desnacerse no es morir: es retroceder hasta antes del nacimiento, hasta el instante en que el ser no había emergido todavía de la indiferenciación originaria.

La paradoja “desnaciendo, nacer” concentra en dos palabras la estructura completa del rito de paso: para nacer de nuevo, el iniciado debe primero desnacer. La muerte simbólica del yo antiguo es la condición de posibilidad del nacimiento del yo nuevo. Pero en Gimeno la paradoja tiene una inflexión específica: el participio de presente “desnaciendo” y el infinitivo “nacer” son simultáneos, no sucesivos. El desnacimiento y el nacimiento ocurren al mismo tiempo, en la misma acción de caer siendo lluvia. No hay un momento de espera entre la muerte y el renacimiento: la disolución es ya, en el mismo instante, la emergencia.

6.3. “Bautismo del hombre muerto”: el bautismo invertido

La frase final del poema —”Bautismo del hombre / muerto”— es la que da título al presente artículo y la que concentra la mayor densidad semántica del libro. El bautismo cristiano bautiza a un ser vivo para darle vida nueva: el agua lava el pecado, el neófito emerge purificado y listo para la vida en la gracia. El bautismo de “Ver llover” invierte este movimiento: el que es bautizado es el hombre muerto. No es el vivo que muere simbólicamente para renacer; es el muerto que recibe el bautismo.

Esta inversión tiene consecuencias precisas. En primer lugar, el bautismo del hombre muerto no es una purificación sino una consumación: no limpia al vivo sino que consagra al muerto. El yo que ha muerto simbólicamente a lo largo de la primera sección recibe en “Ver llover” el sacramento de su propia muerte. El agua no lo salva: lo libera. En segundo lugar, el bautismo invertido implica que lo que nace después de él no es la restauración del yo purificado sino algo cualitativamente distinto: un ser que ya no tiene el yo como centro, el ser sin subjetivismo que la segunda sección propone como estado posliminal. En términos de la teología cristiana que el poema invierte, es como si el bautismo no condujera a la vida eterna del alma sino a la comunión con el mundo como todo.

La teología mística que subyace a esta inversión es la de la aniquilación del yo. Miguel de Molinos —cuyo epígrafe abre el libro: “Camina, camina por esta segura senda, y procura en esa nada / sumergirte, perderte y abismarte si quieres aniquilarte, unirte y / transformarte” — propone la aniquilación como el camino hacia la unión con Dios. El bautismo del hombre muerto es la forma que Gimeno da a esta aniquilación: no la violencia ascética del “sumergirte y perderte” de Molinos sino la suavidad de la lluvia que cae y que disuelve sin dolor.

6.4. Los recursos formales como mímesis de la lluvia

Los versos de “Ver llover” son, en su mayoría, bisílabos, trisílabos o tetrasílabos. La brevedad de los versos reproduce visualmente y rítmicamente el movimiento de la lluvia: cada verso es como una gota, breve y cerrada en sí misma, que cae sobre el silencio de los espacios en blanco. El propio autor ha señalado esta correspondencia: “la lluvia que cae se reproduce visualmente con versos cortos y formas verbales que acentúan la acción.”

Esta mímesis formal —la forma que imita el contenido— es uno de los procedimientos más logrados del libro. Contrasta directamente con los versos de extensión media o larga que predominan en los poemas discursivos de la primera sección, y anticipa la brevedad de los fragmentos de la segunda. El poema es, desde el punto de vista de la extensión versal, un umbral formal entre los dos modos de escritura que coexisten en el libro.

  1. El umbral acuático: “Ha dejado de llover”

La frase con la que se abre la segunda sección —”Ha dejado de llover” — es, en su brevedad aparente, uno de los enunciados más cargados semánticamente del libro. Cuatro palabras en tiempo pretérito perfecto: la lluvia ha ocurrido y ha terminado. El umbral ha sido cruzado. El lector entra en la segunda sección sin ninguna otra preparación que la afirmación de que el proceso disolutivo ha concluido.

El pretérito perfecto —”ha dejado”— es significativo: no es el indefinido “dejó de llover”, que situaría el hecho en un pasado cerrado y alejado, sino el perfecto, que mantiene el hecho en relación con el presente del enunciado. La lluvia ha ocurrido y sus efectos persisten. El yo que ha sido disuelto por la lluvia no ha desaparecido: ha sido transformado, y el estado en que ha quedado tras la transformación es el estado desde el que la segunda sección habla. La frase-umbral no cierra el proceso sino que lo continúa: el silencio que sigue a la lluvia es el estado de la segunda sección.

En términos de Van Gennep, “Ha dejado de llover” es el enunciado de la fase posliminal: la señal de que el iniciado ha cruzado el umbral y ha emergido en un estado nuevo. Pero en Gimeno ese estado no es la restauración de la normalidad ni la reintegración en la comunidad: es un estado de mayor apertura, de mayor silencio, de menor subjetivismo. El agua que ha caído ha disuelto las fronteras que mantenían al yo separado del mundo, y lo que queda después de la disolución es un ser más permeable, más disponible para la escucha.

  1. El agua en la segunda sección: el mar como communitas

La segunda sección de Don de la invocación no contiene lluvia sino mar. Este desplazamiento del elemento acuático —de la lluvia al mar— corresponde al desplazamiento del estado iniciático: la lluvia es el agente de la disolución en el umbral; el mar es el espacio de la communitas en la fase posliminal. El mar es el agua en su forma más expansiva y más antigua: la forma que Freud denominó “sentimiento oceánico” y que el texto inicial “Resonancias” ya evocaba.

El fragmento “(El mar)” despliega esta comunión del yo con el elemento oceánico:

Un rumor llega,
un rumor que estaba
en ti mucho antes que nacieras.
Hablan las olas
de mitologías lejanas,
música primordial que fertiliza
la palabra humana.
La suave danza del mar
te acunó,
su furia despertó el pecho
adolescente
y ahora la melodía espumosa
calma con caricias
el cuerpo gastado.
Te invade
ese sentimiento oceánico
y una intuición certera
de pertenencia al todo.
En tus aguas, dios del amor,
mil veces muero para renacer de nuevo.
(El mar)

La primera imagen del fragmento establece una distinción temporal fundamental: el rumor del mar “estaba / en ti mucho antes que nacieras”. El mar no es un elemento del mundo exterior que el sujeto descubre: es un elemento que preexiste al nacimiento del yo, que pertenece al orden anterior a la conciencia que “Todo en orden” ya evocaba. El mar es el origen acuático que el yo lleva consigo desde antes de ser yo. La contemplación del mar no es el descubrimiento de algo nuevo sino el reconocimiento de algo que siempre estuvo ahí.

La coda marginal del fragmento —”Afrodita Urania. / Afrodita Pandemos” — añade la dimensión mitológica que el propio Gimeno explica en sus notas: “El poeta catalán tomó de El banquete de Platón la distinción entre una Afrodita celeste (Urania) y una Afrodita pandémica. Celeste sería el amor puro, mientras que el común (pandemos) sería un amor físico o corpóreo.” El mar contiene las dos dimensiones del amor: la celeste y la carnal, la espiritual y la corporal. Es el elemento que une lo que el pensamiento dualista separa.

El verso final del fragmento —”En tus aguas, dios del amor, / mil veces muero para renacer de nuevo” — recoge el motivo del morir-para-renacer que “Ver llover” había introducido y lo traslada al mar. Pero aquí el proceso no ocurre una sola vez, como en el bautismo: ocurre “mil veces”. El mar no es el bautismo único e irrepetible del umbral sino el espacio en el que el ciclo de muerte y renacimiento se produce de modo continuo. La segunda sección no propone un renacimiento definitivo sino una disponibilidad permanente a la transformación.

  1. El lago como espejo de la herida

Hay una tercera aparición del agua en la segunda sección que merece atención especial. En el fragmento sin título cuya coda marginal es “La sospecha metódica”, el sujeto sale a dar un paseo y se funde con un lago:

sales a dar un paseo,
dejas que el sol te acaricie,
te haces uno con el lago.
Un pato atraviesa tus aguas
y en la estela que forma
re-conoces la herida
que siempre estuvo ahí.
¡Oh!

Esta fusión con el lago —”te haces uno con el lago”— es la versión más serena de la disolución acuática que el libro propone. No hay aquí la verticalidad de la lluvia que cae ni la expansión del mar que acoge: hay la horizontalidad quieta del lago que recibe y refleja. El yo que se funde con el lago no cae ni se expande: simplemente se extiende hasta coincidir con la superficie del agua quieta.

Lo que el pato revela en su estela es la “herida / que siempre estuvo ahí”. La herida es el motivo central de la primera sección —”Y la herida se hizo boca”—, que reaparece aquí en la segunda sección no como fuente de angustia sino como objeto de reconocimiento. En el contexto de la contemplación serena, la herida ya no duele: es reconocida como parte constitutiva del ser. El guion entre “re” y “conoces” —”re-conoces”— subraya que este conocimiento es un reconocimiento: no el descubrimiento de algo nuevo sino el regreso a algo que ya se sabía pero que se había olvidado. El agua como espejo devuelve al sujeto la imagen de su herida sin el miedo que esa imagen producía en la primera sección.

La exclamación final —”¡Oh!” — es uno de los instantes más singulares del libro. No es una exclamación de dolor ni de alegría: es la exclamación ante la evidencia. El “¡Oh!” que no puede ser dicho de otra manera, que es la forma más desnuda del asombro. En términos de la poética del límite que Valente y Gimeno comparten, el “¡Oh!” es el punto en que el lenguaje alcanza su propio borde y no puede ir más allá. El agua como espejo ha llevado al sujeto hasta ese borde.

  1. La lluvia en la poesía de Corredor-Matheos: diálogo y herencia

Don de la invocación está dedicado “A Pepe Corredor-Matheos”, y el propio Gimeno señala explícitamente la relación entre la función de la lluvia en su libro y la poética del agua en la obra del poeta a quien lo dedica: “Esta función de la lluvia es habitual en la poesía de Corredor-Matheos, a quien va dedicado el poemario.” Esta indicación del autor constituye un punto de partida hermenéutico de primer orden: la lluvia de Don de la invocación no es solo un símbolo personal sino un elemento de una tradición poética que Corredor-Matheos representa.

José Corredor-Matheos (1927-2023) es uno de los poetas españoles contemporáneos que más profundamente ha trabajado el symbolismo del agua como elemento de purificación, contemplación y disolución del yo. Su poesía, fuertemente influida por la tradición zen y por la poesía clásica china, utiliza los elementos naturales —el agua, la piedra, el silencio— como vías de acceso a una experiencia de la realidad que trasciende la perspectiva individual. El agua en Corredor-Matheos no es descriptiva sino reveladora: aparece en sus poemas como el elemento que disuelve la ilusión del yo separado y revela la pertenencia del ser individual a un todo más amplio.

Esta función del agua en Corredor-Matheos es precisamente la que Gimeno asume y desarrolla en Don de la invocación. La lluvia que en Corredor-Matheos cae sobre el jardín o sobre la piedra y revela la superficie verdadera de las cosas reaparece en Gimeno como la lluvia que disuelve las fronteras entre el sujeto que observa y el mundo observado. La diferencia es de grado e intensidad, no de naturaleza: donde Corredor-Matheos propone la contemplación serena del agua como vía de conocimiento, Gimeno lleva el proceso hasta su consecuencia más radical, la del bautismo del hombre muerto.

La dedicatoria del libro a Corredor-Matheos tiene una dimensión hermenéutica precisa: sitúa Don de la invocación en una genealogía poética en la que el agua es un elemento de la poética de la disolución del yo y de la apertura a lo real. Gimeno reconoce en Corredor-Matheos al maestro que le ha mostrado cómo el agua puede ser en la poesía algo más que un elemento descriptivo: puede ser el agente de una transformación espiritual que el poema pone en marcha. La lluvia de “Ver llover” es, en este sentido, una herencia que el discípulo lleva hasta el extremo que el maestro había señalado.

  1. El bautismo invertido: implicaciones para el conjunto del libro

La descripción del poema “Ver llover” como escena de bautismo invertido tiene implicaciones que se proyectan sobre el conjunto del libro y que permiten releer varios elementos del texto a una luz nueva.

La primera implicación es la del sujeto que nace en la segunda sección. Si el bautismo de “Ver llover” es el bautismo del hombre muerto, lo que nace después no es el mismo yo purificado sino un ser cualitativamente diferente. La segunda sección habla desde ese ser diferente: un ser que ha perdido el yo como centro —”pérdida de subjetivismo” en las palabras del autor — y que se relaciona con el mundo desde una posición de mayor apertura y menor resistencia. La instrucción “Seamos / como el batir de alas del vencejo. / Ni alegres ni tristes seamos, / tan solo vuelo. / Seamos siendo”, que es la primera enunciación de la segunda sección, describe ese estado: un ser que no tiene contenido emocional fijo sino que es puro movimiento, pura presencia.

La segunda implicación es la del agua bautismal como don. El título del libro —Don de la invocación— ha sido leído habitualmente en relación con el don poético: el don de la palabra que invoca. Pero la lluvia como agua bautismal añade una segunda lectura: el don es también el don de la disolución, la gracia de ser deshecho por el agua para poder renacer de otra manera. El “imperfecto don” que aparece en la segunda sección —”El imperfecto don que / nos aproxima a la / nada plena, viva” — es imperfecto precisamente porque no conduce a la plena purificación sino a una aproximación: el bautismo del hombre muerto no redime del todo, solo abre un camino.

La tercera implicación es la del final del libro. Si el bautismo de “Ver llover” es el momento central del proceso iniciático, el final del libro —con los fragmentos “(El huerto de Dios)” y el diálogo “Misterio del ser y del silencio originario”— es el punto en que el iniciado ha recorrido la segunda fase del camino y se encuentra con la frontera última: la muerte real, no ya la muerte simbólica del bautismo. El poema “(El huerto de Dios)” es un soneto en el que el sujeto contempla su propia ancianidad con los ojos de quien se sabe próximo al fin: “Tiene la muerte rostro de espejo. / No te reconoces en ese viejo / de pelo gris y temblorosa mano.” La coda marginal —”Más allá del lenguaje. / Más acá de la carne” — sitúa al sujeto en el umbral definitivo, el que el bautismo del hombre muerto había prefigurado pero no consumado.

La agua bautismal de “Ver llover” es, en este contexto, una muerte provisional: el bautismo que prepara para la muerte real sin sustituirla. El iniciado que ha pasado por el agua de la lluvia sabe que hay otra agua que lo espera al final —el mar de la muerte, el agua sin orillas del “(El huerto de Dios)”— y que esa agua no podrá ser cruzada y vuelta a cruzar. Esta es la sabiduría triste del “hombre más triste y más sabio” que el autor invoca en su comparación con Coleridge: el iniciado que ha aprendido a contemplar el agua sabe que hay una inundación final de la que no hay retorno.

  1. Sistematización del simbolismo acuático

El análisis precedente permite proponer una sistematización del simbolismo acuático de Don de la invocación en tres niveles.

El primer nivel es el de la lluvia nutritiva. Aparece en “Llega con el otoño” como lluvia de don y de verdad. Es el agua que fertiliza, que reverdece, que derrama dones. Corresponde al estado previo al umbral: el yo todavía no ha comenzado el proceso de disolución, pero el agua ya está presente como anuncio.

El segundo nivel es el de la lluvia disolutiva. Aparece en “Todo en orden” como restauración del orden pre-consciente y en “Ver llover” como bautismo del hombre muerto. Es el agua que disuelve las fronteras ontológicas, que suspende la conciencia y que produce la muerte simbólica del yo. Corresponde al umbral liminal.

El tercer nivel es el del agua oceánica. Aparece en “El mar” como sentimiento de pertenencia al todo y como ciclo de muerte y renacimiento continuo, y en el fragmento del lago como espejo que devuelve la herida sin dolor. Es el agua que ha completado el trabajo de la lluvia y que mantiene al yo disuelto en estado de communitas con el mundo. Corresponde a la fase posliminal.

Esta sistematización tripartita corresponde con exactitud a las tres fases del rito de paso de Van Gennep: la lluvia nutritiva anuncia la separación, la lluvia disolutiva ejecuta el umbral, el agua oceánica sostiene la reincorporación. El simbolismo acuático del libro no es solo un conjunto de imágenes relacionadas: es una estructura semántica que organiza el arco iniciático del poemario en sus tres dimensiones formales.

  1. Conclusiones

El análisis del simbolismo acuático en Don de la invocación de Raúl Gimeno ha demostrado que el agua no es en este libro un elemento ornamental sino el agente estructural del proceso iniciático que el poemario propone. Las tres apariciones principales del agua —la lluvia nutritiva de “Llega con el otoño”, la lluvia disolutiva de “Ver llover” y el mar de la segunda sección— corresponden con exactitud a las tres fases del rito de paso de Van Gennep: el anuncio de la separación, el umbral liminal y la communitas posliminal.

El análisis de “Ver llover” como escena de bautismo invertido ha revelado que el simbolismo acuático del libro invierte la dirección del sacramento cristiano: donde el bautismo convencional limpia al vivo para darle vida nueva, el bautismo de Gimeno consagra al muerto para liberar al yo que en él se ha disuelto. Esta inversión es coherente con la tradición mística que el libro convoca —desde Molinos hasta Valente— y con la poética del límite que el poemario comparte con su autor favorito y dedicatario, Corredor-Matheos.

La conexión con la poética del agua de Corredor-Matheos sitúa el simbolismo acuático de Don de la invocación en una tradición de la poesía española contemporánea que ha encontrado en el agua el elemento más apto para articular la experiencia de la disolución del yo y de la apertura a lo real. Gimeno hereda esa tradición y la lleva hasta un extremo que su maestro había señalado pero no recorrido del todo: el extremo del bautismo del hombre muerto, donde el agua ya no purifica sino que libera.

 

 

Bibliografía

Bachelard, Gaston. El agua y los sueños: ensayo sobre la imaginación de la materia . Traducción de Ida Vitale. México: Fondo de Cultura Económica, 2008 (6.ª ed.). ISBN: 978-968-16-0231-4.

Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano . Barcelona: Ediciones Paidós, 2014. Colección: Orientalia. ISBN: 978-84-493-2983-8.

Eliade, Mircea. Tratado de historia de las religiones . Traducción de Tomás Segovia. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1981. ISBN: 978-84-7057-430-6.

Freud, Sigmund. El malestar en la cultura . Madrid: Alianza Editorial, 2010. ISBN: 978-84-206-6414-9.

Gimeno, Raúl. Don de la invocación. Primera edición. Madrid: Ediciones Rilke, 2026. ISBN: 978-84-18566-70-7. Depósito Legal: M-8745-2026.

Gimeno, Raúl. Don de la invocación: algunas claves hermenéuticas. Documento de trabajo facilitado a la editorial. Madrid: Ediciones Rilke, 2026.

Molinos, Miguel de. Guía espiritual . Edición de José Ángel Valente. Barcelona: Barral Editores, 1974.

Turner, Victor W. El proceso ritual: estructura y antiestructura . Versión castellana revisada por Beatriz García Ríos. Madrid: Taurus, 1988. ISBN: 978-84-306-1287-1.

Valente, José Ángel. Al dios del lugar. Barcelona: Tusquets Editores, 1989. ISBN: 978-84-7223-104-7.

Valente, José Ángel. Material memoria (1979-1989). Madrid: Alianza Editorial, 1992. ISBN: 978-84-206-3267-4.

Van Gennep, Arnold. Los ritos de paso . Traducción de Juan Ramón Aranzadi Martínez. Madrid: Alianza Editorial, 2008. ISBN: 978-84-206-6217-6.