El arquitecto del umbral
Hay personas que viven en los pasillos. No porque no encuentren habitación, sino porque los pasillos son lo que más les interesa: ese espacio de tránsito donde aún no has llegado pero ya has salido, donde el movimiento todavía no ha decidido su destino. Raúl Gimeno, poeta filosófico español nacido en Cerdanyola del Vallès en 1981, ha convertido ese umbral en territorio permanente. Lo hace en la vida — entre la filosofía que investiga y la poesía que escribe — y lo hace en el poema, donde la palabra existe exactamente en la tensión entre decirlo todo y callarlo.
Cerdanyola del Vallès es una ciudad de umbral: ni Barcelona ni el interior catalán, ni ciudad central ni periferia olvidada. Algo en ese origen geográfico parece haber grabado en Gimeno una sensibilidad hacia los espacios de pasaje. Estudió Filosofía en la UAB, completó un máster en Filosofía Teórica y Práctica en la UNED y actualmente trabaja en su doctorado, también en la UNED, investigando las relaciones entre literatura y pensamiento en la Generación del 50. Ese es otro umbral: la promoción de poetas españoles — Valente, Corredor-Matheos, Claudio Rodríguez — que vivieron entre la academia y la creación, entre el compromiso histórico y la indagación formal. Gimeno los estudia porque reconoce en ellos la misma doble vida que él mismo habita.
Antes de Don de la invocación, publicó Caballos de madera (Ed. Sunya, 2013), observación de los transeúntes anónimos de una gran ciudad — otra forma de umbral: el ser humano en movimiento, sin destino visible, con vida interior inaccesible. Colaboró también como coautor en dos entregas de la saga El Rey Chatarrero (Ed. Vanir, 2016 y 2017), crónica de un boxeador que sube al ring sabiendo que cada combate es un pasadizo entre quién era y quién será. Y en mayo de 2024, coordinó en el Museu Nacional d’Art de Catalunya un homenaje al poeta y crítico de arte José Corredor-Matheos — su maestro en lo que el silencio puede y no puede decir — confirmando que su escritura no es actividad solitaria sino diálogo activo con una tradición que le importa de verdad.
Don de la invocación (Ediciones Rilke, 2026), número 76 de la Colección Poesía del sello, es su primer poemario firmado en solitario y el resultado de un largo proceso de depuración. No es el libro de alguien que acaba de descubrir que puede escribir: es el libro de alguien que ha esperado a tener exactamente las palabras que necesitaba. En dos secciones de naturaleza muy distinta — veinte poemas extensos que siguen el pensamiento hasta sus límites, y una segunda parte de fragmentos con glosas filosóficas al margen — más un diálogo dramático final entre Poeta, Filósofo y Místico, Gimeno construye lo que ningún tratado y ningún poema convencional podían construir por separado. Integrado en el perfil de la editorial, el lector interesado puede acceder a más información sobre el autor y su obra.
Lo que distingue su voz en el panorama poético español de 2026 no es un rasgo superficial de estilo sino una postura: Gimeno concibe el poema como invocación, no como descripción. «Cuando el poeta nombraba / no señalaba ni describía, invocaba»: esa distinción, que abre el libro, es también la clave del arquitecto. El arquitecto no describe el edificio ni lo habita: crea las condiciones para que otros lo habiten. El poema de Gimeno no dice lo que siente ni explica lo que piensa — abre el pasadizo para que el lector llegue, por su propio camino, a lo que el lenguaje no puede nombrar directamente.
Hay un verso en el libro que lo revela mejor que cualquier dato biográfico: «¿Quién escribe con / mi mano?». La pregunta no es retórica. Es la pregunta de alguien que ha construido el umbral con tanta precisión que ya no sabe si está dentro o fuera, si es el arquitecto o el pasajero. Esa duda, sostenida durante setenta páginas sin resolverse, es lo más honesto que puede hacer un poeta que también es filósofo: demostrar que la coherencia entre pensamiento y vida es posible, y que a veces esa coherencia produce algo que nadie esperaba.










