¿No soy escritora, ni lectora, poeta?
Entre sueño y realidad
Nunca fingiré ser escritora,
pero me apasiona escribir.
Aterricé en un mundo de historias
que hoy me ayudan a existir.
Inspirada por linaje de letras,
visito lugares sin fin.
Exploro mundos ocultos,
buscando lo que hay en mí.
No soy lectora constante,
ni pretendo ese papel;
pero hay páginas extrañas
que me cambian hasta la piel.
Quizás soy solo poeta
en el paisaje de un sueño;
un río de sentimientos
del cual no me siento dueña.
Mi alegría y mi tristeza
fluyen de forma constante;
vivo la vida despierta
en un sueño palpitante.
Me niego a enjaular mi duelo,
prefiero darle la vida;
no vivir entre las rejas
de una pena contenida.
Prefiero sentir la brisa
de una tormenta salvaje,
y navegar horizontes
en mi eterno y libre viaje.
Encamino mis hondos sentires,
mudo mi yo ya gastado;
me convierto en buzo del alma,
en un mar de azul olvidado.
Navego aguas poco profundas,
bordeando abismos internos;
sumergida en llamas extintas,
buscando tesoros eternos.
Mis penas no manchan la hoja,
ni ensucian la página fría;
son solo un río desbordado,
un lamento en su travesía.
Es un grito mudo que nace,
buscando una fuerza latente;
para romper el silencio
y nacer de nuevo, consciente.
SIN TI
Sin ti,
no sabe respirar la languidez del otoño,
la sonrisa tenue del anochecer,
la luminiscencia tras el alba,
las orquídeas,
ni sus lágrimas del atardecer.
Nada sabe respirar sin ti.
No respiran los cipreses,
ni el pequeño río de aguas cristalinas,
donde las piedras,
parecen nadar en tu búsqueda.
Sin ti,
la vida, escapa.
Pierde sentido el sueño
de amar en silencio.
Sin ti,
campa a sus anchas el olvido,
la desidia,
el sabor amargo
de la soledad profunda.
Tú,
invisible sentido de las cosas
y de la propia existencia.
Tú,
incomparable suspiro,
perfecto justificante de la locura,
recuerdo que abrasa,
lluvia sobre la tierra,
tierra sobre la semilla.
Tú,
juego imperecedero de las palabras,
pensamientos solitarios,
desesperación callada,
de párpados cerrados
tras un beso.
Tú,
amor de las trescientas sesenta y cinco noches,
de cada lustro y eterno,
tú.
“Niños del campo: El éxodo”
Mudarnos a la metrópoli, un choque cultural,
cambió nuestra esencia, un nuevo umbral.
Sin estímulo sensorial, solo cemento,
bosque mudo de concreto, para explorar.
La naturaleza calla y el alma lo siente,
calma que precede la lucha inminente;
aquí la tormenta no tiene su voz,
solo el claxon ruge, constante y atroz.
Extraño escenario, hogar sin raíz,
entorno que hiere, paisaje gris.
Busco un árbol alto donde anidar,
pero el mundo es plano y no hay lugar.
Bajábamos la voz, sin fuerza ni ruego,
la ciudad condena la magia del juego.
Niños del campo, espíritu libre,
en esta jungla no hay quien vibre.
Nuestra nueva casa, fortaleza oscura,
rejas en ventanas, jaula sin ternura.
Barreras que guardan un frío porvenir,
donde nadie logra entrar ni salir.
Suspiro al recuerdo de madera noble,
casa fundida al bosque, un lazo indisoluble.
Ventanas abiertas a la brisa, sin fin,
invitando al vecino, a asomar, a vivir.
El techo de zinc, canción de cuna,
música de lluvia, paz sin infortuna;
cuando la tormenta pasaba con brío,
nos daba el refugio, calmaba el miedo,
calmaba el frío.
Hoy el suelo es plano, gris y forzado,
por manos de hombres ha sido trazado.
Extraño el sendero de lomas y ríos,
que nos hizo fuertes ante los desafíos.
Ni un solo arbusto que acepte el juego,
solo un falso verde, pasto de ciego.
Recuerdo la cima, el toro y la roca,
y las risas de oro que brotando en la boca.
El cemento ahoga aquel grito puro,
sellando el paisaje tras un alto muro.
En bloques de hormigón se pierde el canto,
la ciudad impone su silencio y su manto.
Bajábamos la voz, sin correr o forcejear,
obligados a adaptarnos, a encajar.
Ya no podíamos ser niños del campo,
nuestro espíritu libre perdió su encanto.
Gritar estaba bien tras la arboleda,
donde el ruido libre su rastro hospeda;
pero aquí el vecino vigila el andar,
juzgando el instinto de nuestra libertad.
“Niños del campo”, nos llaman con duda,
porque nuestra vida es ruda y desnuda.
Corremos sin tregua, sin miedo a pensar,
mientras ellos miran nuestro caminar.
El cemento observa con ojos extraños,
descalzos jugamos, contando los daños.
En charcos de lluvia, ruidos silenciosos,
buscando reflejos de días hermosos.
Estalla la guerra en los pasillos escolares,
infancia salvaje rompiendo el esquema,
la escuela se rinde, asfalto contra tierra,
bandos rivales.
Dejé mi pupitre, escapé del aula
buscando el asalto, siguiendo a mis hermanos.
Sola entre hombres, por furia inspirada,
la única niña en la manada de lobos,
con fuego en el alma y la piel tras el lodo.
El viento se ha ido, la tierra está lejos,
la luna es de bloques, no da sus reflejos.
En un mundo ajeno, perdido en su espejo,
del niño del campo solo queda el reflejo.
La esencia oculta (Del Bambú)
La vejez, convertida en pesada carga,
los buenos días se desvanecen y no se encuentran.
Su pasado, historia abandonada a la podredumbre;
su presente, cáscara agrietada y vacía.
Invisibles, vamos y venimos,
pero nuestra esencia oculta sabe crecer.
Somos ramas del bambú, injertadas en el mismo árbol,
unidos profundamente, para siempre lo seremos.
Desempeñamos papeles para alcanzar un sol lejano,
para ser el refugio cuando las hojas hayan caído.
Para estar completos, para ver la caída de otro:
tú eres el ancla, respondiendo al llamado.
Reliquias antiguas, familia invaluable, raras;
la preciosa historia que aprendemos a compartir.
Hoy, algunos coleccionan solo para exhibir,
mientras otros venden lo que fue tasado.
Algunos despejan el desorden para un nuevo espacio,
mientras otros se niegan a soltarlo jamás;
nuestro valor reside, en la historia que se hereda.



