Millán Nieto, Gema. «Artículo de crítica literaria y estudios culturales: envejecimiento, invisibilidad social y dignidad en la poesía de myrna L. betancourt: una aproximación desde los age studies y la gerontología cultural». ¡LO CALLADO, A GRITOS!. 1.ª ed. Spain: Zenodo, 2 de abril de 2026. https://doi.org/10.5281/zenodo.19385540
ENVEJECIMIENTO, INVISIBILIDAD SOCIAL Y DIGNIDAD EN LA POESÍA DE MYRNA L. BETANCOURT
Resumen
El presente artículo examina la representación de la vejez en el poemario ¡Lo Callado, a Gritos! (2026), de Myrna L. Betancourt, publicado por Editorial Poesía eres tú (Madrid), con especial atención a los poemas dedicados a la figura de la madre y a la figura de la abuela. Se analiza cómo la autora construye una revalorización de la ancianidad frente a los discursos dominantes de invisibilización del adulto mayor, convirtiendo cada marca corporal del envejecimiento —las arrugas, el cabello gris, la pérdida de audición, la visión borrosa, las manos gastadas— en un signo de belleza, sabiduría y resistencia. El marco teórico articula el concepto de “sociedad del rendimiento” de Byung-Chul Han, los estudios de gerontología cultural y la noción de ageism formulada en el ámbito de los estudios críticos sobre la edad. La aportación central del artículo consiste en contribuir a los age studies desde la crítica literaria hispanoamericana, un campo emergente con escasa producción académica en el ámbito de la poesía caribeña contemporánea.
Palabras clave: vejez, ageism, invisibilidad social, dignidad, gerontología cultural, poesía puertorriqueña, madre, abuela, Betancourt.
- Introducción: la vejez como problema poético y social
La vejez constituye uno de los grandes temas silenciados de la cultura contemporánea. En una sociedad organizada en torno a los valores de la productividad, la juventud, la velocidad y el rendimiento, el envejecimiento tiende a ser tratado como una patología, como un fracaso o, en el mejor de los casos, como una fase de la vida que debe ser ocultada o mitigada mediante el consumo de productos antienvejecimiento. Los adultos mayores se vuelven invisibles en los medios de comunicación, en la literatura popular y en el discurso público, excepto cuando su presencia es instrumentalizada para ilustrar algún argumento sobre el coste del sistema de pensiones o sobre la crisis de los sistemas de salud.
La poesía, sin embargo, ha mantenido históricamente una relación más compleja y más honesta con la vejez. Desde los poemas de senectud de Quevedo hasta las elegías de Dylan Thomas o las meditaciones de Pablo Neruda sobre el envejecimiento, la lírica ha encontrado en la vejez un material de reflexión de primer orden: la confrontación con la finitud, la transformación del cuerpo, la acumulación de la experiencia y la proximidad de la muerte son temas que la poesía puede abordar con una intensidad que otros discursos no alcanzan.
El poemario ¡Lo Callado, a Gritos! (2026), de Myrna L. Betancourt, ofrece una contribución notable a esta tradición poética de la vejez. Los poemas dedicados a la madre —que en el momento de la escritura tiene noventa y tres años— y a la abuela construyen una visión del envejecimiento que es radicalmente opuesta a los discursos dominantes de invisibilización y degradación del adulto mayor. En estos poemas, las arrugas no son defectos que deben ocultarse sino historias que deben leerse; el cabello gris no es una señal de deterioro sino un resplandor lunar; la pérdida de audición no es una discapacidad sino una oportunidad para el abrazo. Esta inversión sistemática de los valores asociados al envejecimiento constituye una intervención poética y política de considerable alcance, que el presente artículo se propone analizar en detalle.
Las tres preguntas que orientan el análisis son las siguientes: en primer lugar, qué estrategias retóricas emplea la autora para resignificar el envejecimiento; en segundo lugar, cómo dialoga esta representación con los discursos dominantes de invisibilización del adulto mayor; y en tercer lugar, qué función cumple la figura de la abuela como “viajera del tiempo” en la economía simbólica del poemario. El marco teórico articula el concepto de “sociedad del rendimiento” propuesto por Byung-Chul Han, los estudios de gerontología cultural y el concepto de ageism tal como ha sido desarrollado en los age studies.
- Marco teórico
2.1. Byung-Chul Han y la sociedad del rendimiento
En su ensayo La sociedad del cansancio (2010), el filósofo surcoreano Byung-Chul Han argumentó que la sociedad contemporánea ha pasado de ser una “sociedad disciplinaria” —organizada en torno a la prohibición y la obediencia— a ser una “sociedad del rendimiento”, organizada en torno a la optimización y la productividad. En la sociedad del rendimiento, el individuo ya no es castigado por transgresiones externas sino que se autoimpone la obligación de rendir, de ser eficiente, de producir resultados medibles. El fracaso en el rendimiento no es una sanción externa sino una vergüenza interna: el sujeto que no rinde sufre depresión, agotamiento y pérdida de sentido.
Esta perspectiva es pertinente para el análisis de la representación de la vejez en el poemario de Betancourt porque la invisibilización social del adulto mayor puede entenderse, desde esta perspectiva, como una consecuencia directa de la lógica del rendimiento. El anciano ya no produce en los términos que la sociedad del rendimiento valora: no trabaja, no consume intensamente, no participa en la economía de la atención y de las redes sociales. Por tanto, desde la lógica de esa sociedad, el anciano es irrelevante: ha dejado de rendir y por eso ha dejado de existir socialmente. La poesía de Betancourt propone una lógica radicalmente diferente, en la que el valor de la persona anciana no depende de su productividad sino de su acumulación de experiencia, de su capacidad de amar y de su función como custodio de la memoria.
2.2. Los age studies y el concepto de ageism
El término ageism —traducido habitualmente como “edadismo” en castellano— fue acuñado por el gerontólogo Robert N. Butler en 1969 para designar un proceso de estereotipación y discriminación sistemática de las personas en función de su edad, análogo al racismo o al sexismo. Butler argumentó que el ageism era una respuesta defensiva de la sociedad ante la vejez y la muerte: al desvalorizar y marginar a los ancianos, la sociedad puede negar o posponer su confrontación con la propia finitud.
Los age studies, que se desarrollaron como campo académico interdisciplinar a partir de los años ochenta y noventa del siglo XX, amplían el análisis del ageism más allá de sus manifestaciones institucionales para examinar sus representaciones culturales y simbólicas. Desde esta perspectiva, las imágenes de la vejez en la literatura, el cine, la publicidad y los medios de comunicación no son simplemente reflejos de actitudes sociales preexistentes sino instrumentos activos de producción y reproducción de esas actitudes. Una poesía que representa la vejez de manera radicalmente diferente a los estereotipos dominantes no es solo un ejercicio estético sino una intervención cultural que puede contribuir a transformar las actitudes sociales hacia los ancianos.
2.3. La gerontología cultural y la literatura
La gerontología cultural, que estudia las representaciones de la vejez en la cultura y sus efectos sobre la experiencia del envejecimiento, ha prestado creciente atención a la literatura como espacio donde se construyen y se deconstruyen los estereotipos sobre la vejez. Autores como Margaret Morganroth Gullette han argumentado que la cultura narrativa dominante construye la vejez como un declive —una pérdida progresiva de capacidades, de belleza y de sentido— y que esta narrativa del declive tiene efectos reales sobre la manera en que las personas ancianas se ven a sí mismas y son vistas por los demás.
Frente a esta narrativa del declive, la gerontología cultural propone el estudio de narrativas alternativas que representen el envejecimiento como un proceso de acumulación, de profundización y de maduración antes que de pérdida. La poesía de Betancourt ofrece un ejemplo notable de esas narrativas alternativas, y su análisis puede contribuir a enriquecer el repertorio de representaciones de la vejez disponibles en la literatura hispanoamericana contemporánea.
- La madre anciana: noventa y tres años de resistencia
3.1. La madre como bambú: flexibilidad y permanencia
La figura de la madre aparece en el poemario de Betancourt como una presencia central y multidimensional. Cuando la voz poética la describe, tiene noventa y tres años, ha criado siete hijos, ha sobrevivido la pérdida de uno de ellos y sigue viviendo, aunque los hijos se hayan dispersado y distanciado. La representación de esta mujer anciana en los poemas del libro es una de las contribuciones más originales del poemario al debate sobre la vejez.
Desde el inicio de la Parte II, el bambú se establece como el símbolo central de la familia y, de manera especial, de la madre. La nota introductoria que presenta la segunda parte del poemario explica la función simbólica de este emblema:
“Considero el bambú como un símbolo sólido para mi familia. Su capacidad de doblarse sin romperse es una lección de adaptabilidad. Su interior hueco nos recuerda que debemos reducir el ego y practicar la no crítica, lo que permite la empatía genuina; necesaria para una mayor armonía familiar.”
La elección del bambú como símbolo de la madre anciana implica una visión de la vejez que no es la del declive sino la de la madurez: el bambú que se dobla sin romperse ante el viento es una imagen de la resistencia activa, de la capacidad de ceder sin perderse. Esta imagen contrasta radicalmente con las representaciones dominantes de la vejez como fragilidad y como ruptura. La madre no se rompe —aunque el viento de la vejez, de la pérdida y del distanciamiento de los hijos la azote con fuerza— porque tiene raíces profundas.
En el poema “Retorno a ser hermanos”, la voz poética formula explícitamente esta identificación entre la madre y el bambú:
“Bambú es mi madre, flexible a la pena. / El viento la azota, se balancea y vuelve, / firme en su esperanza.”
La estructura tripartita de estos versos —el bambú como término comparativo, el viento como agente de la adversidad, el retorno a la verticalidad como resultado— construye una imagen de la vejez como forma de resistencia dinámica. La madre no es una figura estática y frágil sino un ser en movimiento que absorbe los golpes de la vida y recupera su postura. Esta representación de la ancianidad como dinamismo y no como inmovilidad es una de las estrategias retóricas más importantes del poemario para resignificar el envejecimiento.
3.2. La memoria como bien y como identidad
Una de las características más significativas de la representación de la madre en los poemas es la atención que se presta a su memoria. Contrariamente a los estereotipos que asocian la vejez avanzada con la pérdida de la memoria y con la confusión mental, la madre de Betancourt aparece en los poemas como una custodio activa y competente de la historia familiar.
En el poema “Amor desinteresado, fuerza de una madre…”, la conservación de la memoria a los noventa y tres años es presentada como un don extraordinario:
“A los 93, no se siente sola, / pues ha acumulado recuerdos / que nunca se han desvanecido. / Detalles que aún recuerda, bendita sea.”
La expresión “bendita sea” introduce una dimensión de gratitud y de reverencia que eleva la conservación de la memoria a la categoría de una gracia. No es simplemente que la madre recuerde: es que ese recuerdo tiene un valor extraordinario, que merece ser reconocido y celebrado. Esta valoración positiva de la memoria como atributo de la vejez contrasta con la tendencia dominante a definir la vejez precisamente por la pérdida de la memoria.
La función compensatoria de la memoria es desarrollada en los versos que siguen:
“Apreciados recuerdos de su pasado, / le brindan consuelo cuando está sola. / Esos recuerdos la mantienen cerca de sus hijos, / a pesar de la distancia y el tiempo que ha pasado.”
Aquí la memoria aparece no solo como un bien en sí mismo sino como un instrumento de conexión afectiva que trasciende la distancia física. La madre anciana que vive sola, separada de sus hijos por la distancia geográfica, no está completamente aislada porque sus recuerdos le proporcionan la presencia de quienes ama. Esta representación de la memoria como forma de compañía y de amor es una alternativa poética a la narrativa dominante que ve la soledad de la vejez como una condena irremediable.
3.3. La debilidad como actuación estratégica
Uno de los momentos más complejos y más originales de la representación de la madre anciana se encuentra en el poema “Retorno a ser hermanos”, en el que la voz poética describe la actitud de la madre ante el conflicto entre sus hijos adultos. La madre, que percibe la distancia y la tensión entre sus hijos, adopta una postura de aparente debilidad que el poema revela como una estrategia deliberada:
“Ahora vive en una pequeña burbuja, / un pequeño mundo que aún considera suyo. / Su debilidad, una actuación, / es lo único que le impide derrumbarse, / solo para mantener la paz, de un corazón cansado.”
La identificación de la “debilidad” de la madre como “actuación” —es decir, como performance antes que como estado real— es un gesto analítico notable: la voz poética reconoce que la madre ha desarrollado una estrategia de supervivencia emocional que consiste en no confrontar directamente los conflictos entre sus hijos. Esta estrategia no es pasividad ni resignación: es una forma activa de protegerse a sí misma y de proteger a la familia.
Esta lectura de la debilidad como estrategia dialoga con los estudios sobre la agencia de los adultos mayores en contextos de dependencia. La investigación gerontológica contemporánea ha subrayado que los ancianos no son sujetos pasivos que simplemente reciben el cuidado de los demás sino agentes que desarrollan estrategias complejas para mantener el control de sus vidas y de sus relaciones. La “actuación” de debilidad que el poema describe es una de esas estrategias: la madre finge no poder controlar el conflicto para no ser arrastrada por él.
La complejidad de esta figura se profundiza en el verso que sigue:
“Su debilidad es su actuación; su fuerza, / nosotros mismos; ahora la absorbemos, / lejos del nido.”
La paradoja de que la fortaleza de la madre sean sus propios hijos, quienes ahora “la absorben” desde la distancia, invierte la lógica convencional de la dependencia: no es la madre anciana quien depende de sus hijos adultos sino que son los hijos quienes, sin saberlo o sin reconocerlo, siguen siendo sostenidos por la fortaleza invisible de la madre.
3.4. El sueño como deseo irrealizable: la madre y el hijo perdido
El poema “Sueño vívido de una madre” ofrece una de las representaciones más conmovedoras e íntimas de la vejez en todo el poemario. A través de la narración de un sueño recurrente de la madre anciana, el poema explora la dimensión del deseo y de la pérdida que acompaña al envejecimiento, especialmente cuando ha habido la muerte de un hijo.
El poema comienza estableciendo la centralidad del sueño en la vida interior de la madre:
“El sueño más profundo de una madre / mantiene vivo su espíritu.”
La afirmación de que el sueño “mantiene vivo su espíritu” convierte la actividad onírica de la madre anciana en una forma de resistencia vital: no es un escapismo ni una huida de la realidad sino una actividad que sostiene la vida interior cuando la vida exterior se ha empobrecido. El sueño es aquí una forma de la topofilia en sentido extendido: el deseo de recuperar una presencia amada que el tiempo y la muerte han arrebatado.
El contenido del sueño revela la herida más profunda de la vejez de la madre:
“Florece mientras sueña con sus dos hijos / a quienes más anhela, su primogénito / y el fallecido.”
La mención del hijo “fallecido” introduce en el poema la dimensión del duelo que la vejez con frecuencia acumula: la madre anciana ha sobrevivido a uno de sus hijos, y esa pérdida sigue siendo la herida más profunda de su vejez. El sueño le devuelve temporalmente lo que la muerte ha arrebatado, y en ese sentido el sueño es también una forma de justicia poética: en el espacio del sueño, las separaciones que el tiempo y la muerte imponen son provisionalmente reparadas.
El despertar, sin embargo, restaura la crueldad de la pérdida:
“Cuando despierta, / con ojos llenos de gotas, se da cuenta / un sueño hermoso, disuelto en lagrimas / llanto interno que la desgarra.”
La imagen del sueño “disuelto en lágrimas” captura con precisión la experiencia del duelo en la vejez: la presencia que el sueño construye con tanta vivacidad se deshace al contacto con la vigilia, y ese deshacerse es cada vez una pérdida nueva. El “llanto interno que la desgarra” no es la queja pública y visible sino la herida interior que el poema nombra y hace visible sin exhibirla.
- La abuela: la “viajera del tiempo” y su función simbólica
4.1. La construcción de la figura de la abuela
El poema “El retrato de la abuela” constituye la representación más elaborada y más sistemática de la vejez en el poemario. En él, la voz poética construye la figura de la abuela como una presencia compleja y multidimensional que combina la fragilidad física del envejecimiento con una riqueza interior que el paso del tiempo no ha erosionado sino profundizado.
El poema comienza situando a la abuela en el origen de todo:
“Todo comenzó con mi abuela, / tesoro de un corazón joven.”
La paradoja del “corazón joven” en el cuerpo de una anciana introduce desde el inicio la lógica de inversión que organiza todo el poema: la vejez exterior no corresponde a la vejez interior. La abuela es vieja en el cuerpo pero joven en el corazón, y esa juventud interior es más real y más importante que el deterioro corporal. Esta inversión es una de las estrategias retóricas fundamentales con que Betancourt resignifica el envejecimiento a lo largo del poema.
La descripción de la abuela como contadora de historias desarrolla una representación de la vejez como sabiduría transmisible:
“Sus historias mágicas / iluminaban la oscuridad / en un perpetuo y dulce desvelarte.”
La imagen del “desvelarte” es ambivalente: las historias de la abuela quitan el sueño, pero ese desvelar es “dulce”, es decir, deseado. La abuela anciana no aburre a los niños con relatos del pasado sino que los fascina con historias que “iluminan la oscuridad”. Esta representación de la anciana como fuente de luz e iluminación contrasta radicalmente con el estereotipo dominante de la persona mayor como carga o como sujeto pasivo que requiere cuidados.
4.2. Las marcas corporales del envejecimiento como signos positivos
La estrategia retórica más original y más sistemática del poema “El retrato de la abuela” consiste en la resignificación positiva de cada una de las marcas corporales del envejecimiento. Donde la cultura dominante ve deterioro, Betancourt ve riqueza; donde la mirada ageista ve defectos, la voz poética descubre valores. Esta inversión se aplica sistemáticamente a cada aspecto del cuerpo envejecido de la abuela.
Las arrugas son el primer elemento resignificado:
“Cada arruga en su rostro / guarda una historia que contar.”
La arruga no es una señal de deterioro cutáneo sino un archivo de experiencias: cada pliegue de la piel corresponde a una historia que la abuela podría contar. Esta metáfora convierte el rostro envejecido en un libro, en un documento de la historia vivida. La lectura del rostro arrugado no es una lectura de la degradación sino una lectura de la acumulación: cuantas más arrugas, más historias; cuantas más historias, más valor.
Los huesos frágiles son resignificados de manera similar:
“Sus huesos frágiles / reflejan resistencia, a lo largo de su vida.”
La fragilidad ósea —uno de los problemas médicos más asociados con el envejecimiento— se convierte aquí en signo de resistencia antes que de debilidad. Los huesos no son frágiles porque la vida haya pasado sobre ellos en vano sino precisamente porque han resistido los embates de esa vida durante décadas. La fragilidad es el resultado visible de una fortaleza ejercida durante mucho tiempo.
Las manchas de la piel aparecen en el poema como registros de la alegría vivida:
“Cada mancha en su piel / refleja cuánto se divirtió bajo la luz del sol.”
Esta resignificación es especialmente llamativa porque las manchas solares son uno de los elementos del envejecimiento cutáneo que la industria cosmética más explota como problema a resolver. El poema invierte completamente esa lógica: las manchas no son un problema sino una medida de la vida al aire libre, del disfrute del sol, de una existencia vivida con intensidad antes que protegida del exterior.
La pérdida de audición, que es una de las discapacidades más asociadas con el envejecimiento y que con frecuencia genera aislamiento y frustración, recibe en el poema una resignificación de notable originalidad:
“Su pérdida de audición, / una excusa para acercarse / y abrazarnos contra su corazón.”
Convertir la sordera en una “excusa para el abrazo” es un gesto retórico que transforma radicalmente la experiencia de la discapacidad. La pérdida auditiva, que normalmente crea distancia —obliga a repetir, a alzar la voz, a frustrarse— se convierte en el poema en un instrumento de proximidad física y afectiva: para hacerse entender, hay que acercarse; y en ese acercarse, el abrazo se vuelve posible. La discapacidad no es la negación de la comunicación sino una forma alternativa de comunicación.
El cabello gris es resignificado mediante una imagen de la naturaleza de gran belleza:
“Su cabello gris brilla, / como la luz de la luna sobre el agua.”
La comparación del cabello gris con la luz lunar sobre el agua es una de las imágenes más conseguidas del poema. La luna y el agua son dos elementos de la ensoñación bachelardiana por excelencia: la luna ilumina sin enceguecer, su luz es suave y misteriosa; el agua refleja y amplifica esa luz. El cabello gris de la abuela, que la cultura dominante trata como un signo de vejez que debe ser ocultado con tinte, es presentado como un fenómeno natural de belleza comparable a uno de los espectáculos más admirados en la poesía universal.
La visión borrosa, finalmente, recibe la resignificación más paradójica y más profunda de toda la serie:
“Su visión borrosa / es común a su edad, sin embargo / ve lo que otros no pueden ver.”
El reconocimiento de que la visión borrosa “es común a su edad” —es decir, la aceptación de la realidad fisiológica del envejecimiento— no conduce a la compasión o a la lástima sino a una afirmación que invierte completamente la jerarquía perceptual: la abuela que ve menos en términos físicos “ve lo que otros no pueden ver”. Esta afirmación puede leerse como una referencia a la sabiduría acumulada que proporciona una perspectiva sobre la vida que la juventud no puede tener: los ojos de la experiencia ven más profundamente que los ojos de la biología.
4.3. La “viajera del tiempo”: vejez como umbral entre pasado, presente y futuro
La función más elaborada que el poema atribuye a la figura de la abuela es la de “viajera del tiempo”. Esta metáfora aparece en el poema en dos momentos relacionados pero distintos:
“Una viajera del tiempo / lista para transportarnos / a cuando ella era joven, al pasado.”
Y más adelante:
“La vejez es viajera del tiempo / guarda el pasado, el presente y el futuro.”
En la primera aparición, la abuela es una viajera del tiempo en sentido narrativo: a través de sus historias, puede transportar a quienes la escuchan hasta el pasado, hacerles vivir experiencias que ocurrieron antes de que ellos nacieran. Esta función narrativa de la anciana como custodio del pasado es coherente con la perspectiva de Halbwachs sobre la memoria colectiva: los ancianos son los guardianes de una memoria grupal que se perdería sin ellos.
En la segunda aparición, la metáfora se amplía: la vejez no solo “guarda el pasado” sino también “el presente y el futuro”. Esta ampliación es filosóficamente más audaz: implica que la persona anciana, por haber vivido más tiempo, tiene una perspectiva sobre el presente y el futuro que los más jóvenes no pueden tener. El anciano que ha visto pasar muchos presentes tiene una comprensión del presente actual que quien solo conoce un presente no puede alcanzar; y quien ha vivido los futuros que alguna vez fueron posibilidades tiene una comprensión de la contingencia del futuro que los jóvenes tardan en adquirir.
Esta representación de la vejez como umbral temporal contrasta radicalmente con la representación dominante que reduce al anciano a su pasado: la persona mayor que solo habla de lo que fue, que ya no tiene futuro, que vive de los recuerdos. En el poema de Betancourt, la abuela es simultáneamente pasado, presente y futuro: es una presencia completa en el tiempo, no una reliquia del pasado.
4.4. La ropa como texto y la memoria de los objetos
En el poema, la relación entre la abuela y sus objetos materiales ofrece otra dimensión de la resignificación del envejecimiento. La ropa, que en la cultura del consumo es tratada como un indicador de actualidad y de estatus social —y cuya “vejez” se trata como un defecto—, aparece en el poema como un texto que debe ser leído:
“Su ropa también cuenta historias, / telas desgastadas / que unen el pasado con el presente.”
Las “telas desgastadas” son exactamente lo contrario del ideal consumista de la ropa nueva y de moda: son telas que llevan la huella del uso, que han sido tocadas y llevadas muchas veces, que tienen historia. Pero esa historia no es una deficiencia sino un valor: las telas desgastadas “unen el pasado con el presente”, es decir, son puentes temporales que conectan momentos de la vida de la abuela y que, al ser vistos por quienes la conocen, convocan esos momentos.
Esta valoración de lo desgastado como portador de historia dialoga con el concepto japonés de wabi-sabi —la belleza de lo imperfecto, lo incompleto y lo envejecido— y con la reflexión de Walter Benjamin sobre el “valor de uso” de los objetos antiguos frente al “valor de exposición” de los objetos nuevos. Las telas desgastadas de la abuela tienen un valor que no puede ser medido en términos de mercado: son documentos de una vida.
4.5. Las manos como símbolo de la experiencia acumulada
El cierre del poema concentra su energía en la imagen de las manos de la abuela, que sintetizan la representación de la vejez como acumulación y como ternura:
“Sus manos gastadas, siempre florece una caricia. / Manos delicadas que entretejen memorias con ternura. / Viejita, bella y sagrada, ¡luz perenne!”
La paradoja de las manos “gastadas” que “siempre florecen” una caricia es la síntesis retórica más perfecta del poema: las manos desgastadas por el trabajo y el tiempo no han perdido su capacidad de ternura sino que la han profundizado. El verbo “florece” —que aplica a las manos gastadas la lógica de lo que crece y se abre— subvierte la narrativa del declive: las manos no se marchitan sino que florecen, y florecen precisamente porque están gastadas, porque han sido usadas en el servicio y en el amor.
La imagen final de las manos que “entretejen memorias con ternura” convierte el gesto físico de la caricia en una actividad narrativa: tocar es también recordar, y el tacto de las manos ancianas transmite, junto con el calor físico, la acumulación de todas las caricias anteriores. La abuela que acaricia a sus nietos no solo les transmite afecto presente sino toda la historia de caricias que esas manos han dado y recibido.
El vocativo final —”Viejita, bella y sagrada, ¡luz perenne!”— constituye el punto más alto de la inversión retórica del poema. El diminutivo afectivo “viejita”, que en la sección sobre el registro coloquial se analizó en sus implicaciones lingüísticas, tiene aquí una función adicional: es el vocativo con el que la voz poética se dirige directamente a la abuela, convocándola como presencia en el poema. Y esa abuela es declarada simultáneamente bella, sagrada y “luz perenne”: tres atributos que forman una gradación desde lo estético a lo espiritual, culminando en una imagen de la vejez como fuente de luz que no se apaga.
- El diálogo con los discursos dominantes de invisibilización
5.1. La inversión sistemática de los estereotipos del ageism
El análisis de los poemas sobre la madre y la abuela permite identificar un patrón sistemático: en cada caso, la voz poética toma un elemento que los discursos dominantes del ageism tratan como signo de deterioro o de invisibilidad y lo resignifica como signo de valor o de riqueza. Este procedimiento de inversión sistemática no es solo una estrategia retórica sino una intervención ideológica: el poema propone una forma alternativa de ver la vejez que contradice los supuestos del ageism.
Los elementos resignificados son los siguientes: las arrugas (de signo de deterioro a archivo de historias), los huesos frágiles (de debilidad a registro de resistencia), las manchas de la piel (de defecto estético a medida de la alegría vivida), la pérdida de audición (de discapacidad aislante a oportunidad de proximidad), el cabello gris (de signo de vejez a belleza lunar), la visión borrosa (de limitación perceptiva a forma superior de visión), la ropa desgastada (de indicador de pobreza o descuido a texto de la historia vivida) y las manos gastadas (de señal de envejecimiento a instrumento de ternura perenne).
Esta lista muestra que el poema no realiza una resignificación puntual de un elemento concreto sino una resignificación sistemática de todo el cuerpo envejecido. No es que la abuela sea bella a pesar de sus arrugas, su sordera y su visión borrosa: es bella en sus arrugas, en su sordera y en su visión borrosa, porque cada uno de esos elementos es un signo de una vida vivida plenamente.
5.2. La representación de la soledad y sus límites
El poemario no idealiza la vejez hasta el punto de negar sus dificultades reales. La soledad de la madre anciana, la lejanía de los hijos, el deterioro físico progresivo y la cercanía de la muerte son reconocidos sin eufemismos. Esta honestidad ante las dificultades reales del envejecimiento es lo que hace creíble y poéticamente eficaz la revalorización de la vejez: no es una negación del sufrimiento sino una búsqueda de valor dentro de él.
En el poema “La esencia oculta (Del Bambú)”, la vejez aparece descrita con una dureza que no tiene nada de idealización:
“La vejez, convertida en pesada carga, / los buenos días se desvanecen y no se encuentran. / Su pasado, historia abandonada a la podredumbre; / su presente, cáscara agrietada y vacía.”
Esta descripción de la vejez como “cáscara agrietada y vacía” es exactamente lo contrario de la imagen de la abuela como “viajera del tiempo” y “luz perenne”. La coexistencia de estas dos representaciones en el mismo poemario no es una contradicción sino una muestra de la complejidad con que el libro aborda el tema: la vejez puede ser simultáneamente una “pesada carga” y una “luz perenne”, dependiendo de las circunstancias y de la perspectiva desde la que se mire.
Lo que el poema rechaza no es el reconocimiento del sufrimiento de la vejez sino la reducción de la persona anciana a ese sufrimiento. La madre y la abuela no son solo sus cuerpos deteriorados, sus soledades y sus pérdidas: son también sus memorias, sus amores, sus historias y su capacidad inextinguible de dar ternura.
5.3. La vejez como don transmisible a las generaciones siguientes
Una de las dimensiones más importantes de la representación de la vejez en el poemario es su función generacional: los ancianos no son solo sujetos cuyo valor debe ser reconocido en sí mismos sino también transmisores de un legado que las generaciones siguientes necesitan. Esta función generacional aparece formulada con claridad en los poemas sobre la abuela.
En “El retrato de la abuela”, la voz poética se dirige a su propia hija para transmitirle la lección de la abuela:
“Murmuré al oído de mi hija: / raíces de bambú te anclan, / y el viento que inclina tus ramas, / una reverencia a la vejez.”
La imagen de la “reverencia a la vejez” es especialmente significativa: las ramas del bambú que se inclinan ante el viento aprenden con ese gesto a reverenciar la vejez. La enseñanza que la voz poética transmite a su hija no es simplemente que hay que respetar a los ancianos sino que la vejez es digna de reverencia porque es la forma que el tiempo toma cuando ha sido vivido plenamente.
Y en el poema “El retrato de la abuela”, la función transmisora de la vejez se formula de manera directa:
“Cuando la abuela comparte su don, / ilumina la mente, desvela los misterios. / El amor más puro de la tierra, / fomentando el crecimiento / y la esperanza en la familia.”
El “don” de la abuela —sus historias, su sabiduría, su ternura— no es un patrimonio privado que se lleva consigo al morir sino algo que “comparte”, que transmite, que “fomenta el crecimiento”. La anciana no es un ser pasivo que recibe cuidados sino un sujeto activo que produce valor para la familia y para la comunidad. Esta representación de la vejez como producción antes que como consumo es, desde la perspectiva de los age studies, una intervención directamente contraria a los supuestos del ageism.
- Vejez y poesía caribeña: aportación a los age studies hispanoamericanos
6.1. El estado del campo
Los age studies han tenido un desarrollo significativo en el ámbito anglosajón desde los años ochenta, con contribuciones importantes en los campos de la gerontología cultural, la teoría literaria y los estudios culturales. Sin embargo, su presencia en la crítica literaria hispanoamericana sigue siendo escasa, especialmente en lo que se refiere a la poesía. Los estudios sobre la vejez en la literatura latinoamericana se han concentrado principalmente en la narrativa —con trabajos sobre autores como García Márquez, Vargas Llosa o José Saramago— y en menor medida en la poesía.
La poesía caribeña, en particular, ha sido analizada fundamentalmente desde perspectivas relacionadas con la diáspora, la raza, el género y la identidad nacional, sin que los estudios sobre la representación del envejecimiento hayan recibido atención equivalente. Sin embargo, la experiencia de la vejez en el contexto caribeño tiene características específicas que merecen un análisis particular: la centralidad de la figura materna en la cultura caribeña, la importancia de la transmisión oral de la historia familiar a través de los ancianos, y la tensión entre la veneración tradicional de los mayores y la creciente influencia de los valores de la sociedad de consumo norteamericana.
6.2. La aportación del poemario de Betancourt
En este contexto, el poemario de Betancourt ofrece un material de análisis de primera importancia para el desarrollo de los age studies en el ámbito hispanoamericano. Sus representaciones de la vejez son sofisticadas, polivalentes y conscientemente comprometidas con una visión alternativa al ageism dominante. La sistematicidad con que resignifica cada marca corporal del envejecimiento, la complejidad con que representa la agencia de la madre anciana y la profundidad filosófica de la metáfora de la “viajera del tiempo” convierten al poemario en un documento literario de considerable valor para el estudio de la representación cultural de la vejez.
Desde el punto de vista de los age studies, el poemario ilustra de manera ejemplar lo que Margaret Morganroth Gullette llamó una “narrative of decline resistance”: una narrativa que no niega las realidades del envejecimiento pero que se niega a aceptar que esas realidades sean la totalidad de la experiencia del anciano. La madre y la abuela de Betancourt no son heroínas de ningún envejecimiento “activo” en el sentido que la cultura del bienestar impone —no van al gimnasio ni hacen viajes de aventura— sino seres humanos complejos cuyo valor reside en lo que son y en lo que transmiten, no en lo que producen en los términos de la sociedad del rendimiento.
- Conclusiones
El análisis de la representación de la vejez en el poemario ¡Lo Callado, a Gritos! permite formular las siguientes conclusiones:
En cuanto a las estrategias retóricas con que la autora resignifica el envejecimiento, el análisis identifica un procedimiento sistemático de inversión que transforma cada marca corporal del envejecimiento —arrugas, fragilidad ósea, manchas de la piel, pérdida de audición, cabello gris, visión borrosa, ropa desgastada, manos gastadas— en un signo de valor positivo. Esta inversión se apoya en procedimientos retóricos específicos como la metáfora (las arrugas como archivo de historias, el cabello gris como luz lunar), el oxímoron (manos gastadas que florecen), la paradoja (la debilidad como actuación estratégica) y el vocativo afectivo que eleva al sujeto (viejita, bella y sagrada).
En cuanto al diálogo con los discursos dominantes de invisibilización del adulto mayor, el poemario propone una alternativa sistemática al ageism sin negar las dificultades reales del envejecimiento. La coexistencia de representaciones negativas —la vejez como “pesada carga”, la soledad de la madre anciana, el deterioro inevitable— y de representaciones positivas —la vejez como “luz perenne”, la anciana como “viajera del tiempo”— muestra una comprensión compleja del envejecimiento que rechaza tanto la idealización sin fisuras como la denigración reduccionista.
En cuanto a la función de la abuela como “viajera del tiempo”, el análisis muestra que esta metáfora cumple varias funciones simultáneas en el poemario: sitúa a la anciana como custodio de la memoria colectiva familiar, le atribuye una perspectiva temporal única que abarca pasado, presente y futuro, y la convierte en transmisora de un legado que las generaciones siguientes necesitan recibir. Esta representación de la vejez como puente intergeneracional antes que como etapa terminal de la vida es la aportación más original del poemario al debate sobre la representación del envejecimiento en la literatura hispanoamericana contemporánea.
Referencias bibliográficas
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