MYRNA L. BETANCOURTMYRNA L. BETANCOURT
¡LO CALLADO, A GRITOS!¡LO CALLADO, A GRITOS!
GRUPO EDITORIAL PÉREZ-AYALAEditorial Poesía eres tú

La mujer que floreció una sola vez, y con todo

Hay plantas que florecen una sola vez en su vida. El bambú —ese vegetal de interior hueco y raíces que se ramifican sin pedirle permiso al suelo— puede tardar décadas en producir su flor, y cuando lo hace, lo da todo. Quien conoce este dato sabe que no hay en eso tragedia alguna: hay exactitud. Myrna L. Betancourt, poeta puertorriqueña de la diáspora, llegó a la escritura de esa misma manera. No antes de tiempo. Con todo lo que había acumulado.

Su primera raíz es la isla. Nacida en Puerto Rico, en un campo donde los niños construían cometas con caña de bambú y diarios viejos, donde los toros negros perseguían a los hermanos por los senderos y la llegada de papá en una camioneta amarilla bastaba para que el día se declarara completo. Esa infancia rural —con su techo de zinc que hacía música bajo la lluvia, con su arroyo de entrada al bosque, con sus siete almas creciendo en libertad— es el territorio emocional que Betancourt lleva consigo a donde quiera que vaya, porque nadie abandona el lugar donde aprendió a ser quien es.

El tránsito llegó. Puerto Rico quedó atrás, y con él el campo, la brisa sin vigilancia y el ruido libre de quien no tiene vecinos que juzguen su instinto. Chicago primero, Miami después: el cemento en lugar de la tierra, las rejas en las ventanas en lugar de las ramas, la voz que baja sola porque la ciudad lo exige sin decirlo. Betancourt no se rompió. Se dobló como el bambú, siguió creciendo, y acumuló: veintidós años de trabajo social, años de cocina como chef, una segunda vida en las aulas del Condado de Miami-Dade donde la reconocieron como Maestra del Año en 2015 con el Premio Francisco R. Walker. Recibió también el premio “La Magia de Dar” por su compromiso con la creación de cambios positivos en la comunidad. Dos premios por la misma cosa: haber dedicado su energía vital a los demás antes que a sí misma.

La obra

Cuando Betancourt se jubiló, el bambú floreció. ¡Lo Callado, a Gritos! —su primera y hasta ahora única obra, publicada en 2026 por Editorial Poesía eres tú con ISBN 979-13-87806-32-3— no es el libro que escribe alguien que siempre quiso escribir. Es el libro que escribe alguien que finalmente tiene permiso para decirlo todo. Ochenta páginas organizadas en tres partes: la voz que se afirma frente a quienes dudaron de ella, el álbum familiar que rescata a los padres, los hermanos, los hijos y la abuela del olvido al que la distancia y el tiempo los habían empujado, y una sección en inglés —la lengua de su vida pública, de las aulas, de la ciudad— que abre el libro hacia la política y la reflexión existencial. El perfil completo de la autora puede consultarse en nuestrosescritores.com/myrna-l-betancourt/.

En ese libro, “quizás soy solo poeta / en el paisaje de un sueño; / un río de sentimientos / del cual no me siento dueña” no es una declaración de humildad: es la descripción exacta de alguien que ha llegado a la escritura sin manual de instrucciones, con la certeza de que lo que tiene para decir importa más que la técnica para decirlo. Y, sin embargo, la técnica está: el octosílabo y el alejandrinismo de la tradición oral hispanoamericana en los poemas de infancia, el verso libre en los de ruptura emocional, la anáfora de “Sin zapatos” —”Sin zapatos, llego a la universidad. / Sin zapatos, sirve en el ejército. / Sin zapatos, enseñó a niños en las aulas”— que convierte la carencia del padre en una letanía de dignidad.

Poética y voz

Lo que distingue la voz de Betancourt de la mayor parte de la poesía testimonial que se publica hoy en español es la ausencia de victimismo. Escribe sobre acoso laboral, sobre familias que se fracturan, sobre la vejez de la madre, sobre nueve minutos en que el corazón de su esposo se detuvo, y en ninguno de esos momentos el poema pide compasión. “No soy víctima de mis cicatrices, / solo prueba de supervivencia” es la declaración de principios que rige todo el libro, y es también la razón por la que sus versos funcionan para lectores que no comparten su experiencia específica: porque hablan de cómo se sale adelante, no de cómo se sufre.

Su tradición es oral antes que libresca. El bambú, la tierra mojada, el techo de zinc, el campo que se deja atrás pero nunca del todo: todo en su escritura remite a un aprendizaje que se transmite sin escribirse, de generación en generación, de isla en isla. Y ese aprendizaje es el que convierte su debut en algo más que un primer libro: en el documento de una vida que supo exactamente cuándo era el momento de florecer.