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Monografía académica: heterónimo, autoría apócrifa y ficción historiográfica en así habló arquipoeta de miguel A. torres morales

García Pérez-Tomás, Andrés Ignacio. «Monografía académica: heterónimo, autoría apócrifa y ficción historiográfica en así habló arquipoeta de miguel A. torres morales». Así habló arquipoeta. Spain: Zenodo, 21 de diciembre de 2025. https://doi.org/10.5281/zenodo.18007426

LA ESTRATEGIA DEL HETERÓNIMO Y LA AUTORÍA APÓCRIFA EN ASÍ HABLÓ ARQUIPOETA

MONOGRAFÍA ACADÉMICA SOBRE LA CONSTRUCCIÓN DEL POETA COLONIAL FICTICIO BENIGNO MIGUEL MARÍA DELATORRE SARACATU

  1. INTRODUCCIÓN: EL PROBLEMA DE LA AUTORÍA APÓCRIFA

La obra Así habló Arquipoeta (2025), editada por Miguel Alfonso Torres Morales, presenta un complejo dispositivo literario que sitúa al lector ante una encrucijada epistemológica fundamental: ¿estamos ante la recuperación filológica de un poeta colonial olvidado o ante la invención contemporánea de un heterónimo histórico?

El libro se presenta formalmente como una edición crítica que rescata la obra de Benigno Miguel María Delatorre Saracatu, conocido como el Arquipoeta Barranquino, un poeta mestizo arequipeño que habría vivido entre 1745 y 1785 en el virreinato del Perú. Sin embargo, el examen minucioso del aparato paratextual, las contradicciones internas y la ausencia de verificación bibliográfica independiente sugieren que nos encontramos ante una falsificación literaria deliberada, un ejercicio de ficción historiográfica que dialoga con una tradición hispanoamericana de autores apócrifos que incluye a Cervantes, Borges y Pessoa.

La estrategia del heterónimo en la literatura hispanoamericana no es un simple juego erudito sino un procedimiento epistemológico que cuestiona la naturaleza de la autoridad textual, la construcción del canon literario y la relación entre archivo histórico y memoria cultural. En el caso de Así habló Arquipoeta, la complejidad se multiplica porque la falsificación no opera únicamente en el nivel del autor ficticio, sino que incluye la construcción de un editor ficcional (Miguel Torres Morales), una tradición crítica apócrifa (con comentaristas inexistentes como el Arcipestre Abreg, Morales y Pinto, Noltenius) y una historia editorial inventada (ediciones fantasma de 1778, 1994, 1995).

Este estudio analiza los mecanismos de construcción del heterónimo arquipóeta, su inscripción en la tradición de la autoría apócrifa hispanoamericana y la función específica del editor ficcional como mediador entre el texto colonial inventado y el lector contemporáneo.

  1. EL ARQUIPOETA COMO CONSTRUCCIÓN HETERONÍMIA

2.1. Biografía del personaje ficticio

El Arquipoeta Barranquino, según el prólogo firmado por Miguel Torres Morales, fue bautizado en la Iglesia del Sagrario de Arequipa como Benigno Miguel María Delatorre Saracatu. Su biografía, reconstruida a través de múltiples prólogos y apostillas, presenta los elementos característicos del intelectual colonial marginal: origen mestizo, educación jesuítica interrumpida, formación en la Universidad de San Marcos sin obtener grado académico, viajes por el Caribe y el Mediterráneo, adhesión a la rebelión de Túpac Amaru bajo el seudónimo de Salamiro Morales de la Huaca, persecución inquisitorial, exilio y muerte oscura.

Esta biografía cumple varias funciones retóricas. En primer lugar, sitúa al Arquipoeta en el contexto histórico preciso de las reformas borbónicas y las tensiones preindependentistas del siglo XVIII peruano. En segundo lugar, construye un perfil de intelectual crítico con el sistema colonial, lo que justifica tanto su marginalidad como su silenciamiento posterior. En tercer lugar, explica la inexistencia de documentación verificable: un poeta perseguido por la Inquisición y comprometido con movimientos anticoloniales habría sido sistemáticamente borrado del archivo oficial.

La construcción biográfica incluye detalles precisos que generan efecto de realidad: el terremoto de Lima de 1746 mencionado cuando el Arquipoeta tenía un año, el naufragio del navío Santa Sofía frente a Panamá, la estancia en el pasaje Abreg del Barranco, la posesión de un guacamayo llamado Panuel. Estos detalles microscópicos contrastan con la total ausencia de documentación primaria verificable, revelando la naturaleza ficticia del personaje.

2.2. Construcción de un estilo poético diferenciado

La poesía atribuida al Arquipoeta presenta características estilísticas coherentes que configuran una voz poética reconocible. El lenguaje combina castellano arcaizante con ortografía del siglo XVIII (“nostra vida”, “fombres y muxeres”, “uiuido”, “sgre”), abundancia de cultismos latinos y helenismos, referencias a la mitología clásica europea reinterpretada desde el contexto colonial peruano, y una métrica irregular que alterna entre versos largos y breves sin sujeción estricta a patrones clásicos.

El contenido temático articula varias líneas constantes: un amor platónico dirigido a una figura femenina inalcanzable llamada Natalia, crítica mordaz contra la corrupción virreinal e inquisitorial, reflexión filosófica sobre el tiempo y la memoria, reivindicación de la identidad peruana mestiza, y denuncia del colonialismo europeo. Estas líneas temáticas construyen la coherencia ideológica del personaje: un intelectual colonial consciente de las contradicciones del sistema que habita.

Sin embargo, la poesía del Arquipoeta también contiene anacronismos reveladores. Las referencias a conceptos filosóficos que el Arquipoeta supuestamente habría formulado en 1785 resultan sospechosamente próximas al imperativo categórico kantiano, pero formuladas en lenguaje que parece más propio del siglo XX que del XVIII. La mención de figuras como “Voltr” (Voltaire), “Hamiltn” (Hamilton) o el “Marqués de Pombal” sitúa al poeta en el contexto ilustrado correcto, pero el tono de la crítica parece filtrado por sensibilidades contemporáneas sobre colonialismo y derechos humanos.

2.3. El seudónimo múltiple y la identidad fragmentada

Un elemento crucial en la construcción del heterónimo es el uso de múltiples seudónimos por parte del personaje ficticio. El poeta habría sido conocido como Arquipoeta Barranquino, pero también habría usado el nombre de Salamiro Morales de la Huaca después de su primer destierro. Esta multiplicidad onomástica replica la estrategia pessoana de proliferación de identidades, sugiriendo que la identidad del sujeto colonial está necesariamente fragmentada por las contradicciones de su posición social.

El apodo “Arquipoeta” establece una conexión intertextual con el Archipoeta medieval latino, poeta goliardo del siglo XII conocido por su crítica satírica del poder eclesiástico. Al apropiarse de este nombre, el personaje ficticio se inscribe en una tradición de poetas críticos y marginales, estableciendo una genealogía de resistencia intelectual que atraviesa siglos. El término “Barranquino” lo vincula geográficamente al distrito limeño del Barranco, configurando una identidad territorial específica.

La proliferación de nombres sugiere también un estrategia de supervivencia: el intelectual colonial crítico debe ocultar su identidad para evitar la persecución. Esta explicación narrativa justifica la inexistencia de documentación bajo un único nombre y legitima la fragmentación del archivo. Sin embargo, desde la perspectiva del análisis literario, esta estrategia revela la naturaleza construida del personaje: cada nombre es una máscara que oculta la ausencia de un referente histórico real.

III. LA TRADICIÓN DE LA AUTORÍA APÓCRIFA EN LA LITERATURA HISPANOAMERICANA

3.1. El manuscrito encontrado: de Cervantes a Borges

La estrategia del “manuscrito encontrado” tiene genealogía ilustre en la literatura hispánica. Miguel de Cervantes estructura el Quijote como traducción de un manuscrito árabe escrito por Cide Hamete Benengeli, historiador ficticio cuya existencia permite a Cervantes cuestionar la veracidad de su propia narración y establecer distancia irónica respecto al texto.

Jorge Luis Borges radicaliza este procedimiento en cuentos como “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde inventa un escritor francés que reescribe fragmentos del Quijote palabra por palabra pero con sentido completamente diferente, o “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, donde fabrica una enciclopedia completa sobre un planeta ficticio. En ambos casos, Borges utiliza el aparato erudito (notas al pie, referencias bibliográficas, citas de autoridades) para crear efecto de realidad que el lector culto reconoce como ficción.

Así habló Arquipoeta se inscribe en esta tradición pero con una diferencia crucial: mientras que Cervantes y Borges marcan claramente sus textos como ficción (novela, cuento), Torres Morales presenta su obra en formato editorial que simula documentación histórica: ISBN, depósito legal, editorial con catálogo real, distribución en librerías comerciales. Esta ambigüedad genérica sitúa la obra en zona liminal entre literatura y falsificación historiográfica.

3.2. Fernando Pessoa y la heteronimia radical

Fernando Pessoa desarrolló el concepto de heterónimo como distinto del seudónimo: no se trata simplemente de firmar con nombre diferente, sino de crear personalidades poéticas autónomas con biografías, estilos y filosofías diferenciadas. Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos no son máscaras de Pessoa sino poetas independientes que dialogan y se critican mutuamente.

El Arquipoeta participa de esta lógica heteronímia con un añadido: la historización. Mientras los heterónimos pessoanos son contemporáneos del poeta, el Arquipoeta está situado dos siglos y medio en el pasado. Esta distancia temporal añade complejidad, pues Torres Morales debe imaginar no solo una personalidad diferente sino también un contexto histórico, un lenguaje de época y unas referencias culturales del siglo XVIII peruano.

La diferencia fundamental es que Pessoa nunca pretendió que sus heterónimos existieran fuera del espacio literario. Todos sabían que Caeiro era invención de Pessoa. Torres Morales, en cambio, mantiene la ambigüedad: no declara explícitamente que el Arquipoeta es invención, permitiendo que algunos lectores lo consideren poeta histórico real mientras otros reconocen la estrategia ficcional.

3.3. Roberto Bolaño y los poetas inventados

En Los detectives salvajes (1998), Roberto Bolaño inventa el movimiento “realvisceralista” mexicano de los años setenta, con decenas de poetas ficticios cuyas biografías, manifiestos y aventuras se narran mediante testimonios múltiples. La estrategia de Bolaño es crear una contracultura literaria alternativa que cuestiona las genealogías oficiales de la poesía latinoamericana.

La motivación política de Bolaño es similar a la de Torres Morales: si el canon literario oficial es selectivo y excluye voces marginales, inventar algunas de esas voces es forma de reparación simbólica. Bolaño pregunta implícitamente: ¿por qué conocemos a Octavio Paz pero no a docenas de poetas experimentales que también existieron? Torres Morales pregunta: ¿por qué no conservamos ningún poeta mestizo colonial crítico con el sistema? ¿Acaso no existieron o fueron efectivamente silenciados?

La diferencia metodológica es que Bolaño marca claramente su texto como novela, mientras Torres Morales utiliza formato de edición crítica académica. Esta diferencia no es trivial: implica distintos pactos de lectura y distintas expectativas sobre el estatuto de verdad del texto.

  1. EL EDITOR FICCIONAL COMO DISPOSITIVO MEDIADOR

4.1. Miguel Torres Morales: construcción de la figura editorial

El prólogo firmado por Miguel A. Torres Morales en 1995 (según la datación interna del libro) establece la figura del editor-rescatador que encuentra, reúne y publica la obra dispersa del Arquipoeta. Este editor se presenta con biografía propia: paisano del Arquipoeta (ambos de origen peruano), motivado por frases escuchadas en la infancia, dedicó su juventud a rastrear las obras accesibles del poeta olvidado.

La función del editor ficcional es crucial porque establece mediación entre el lector contemporáneo y el texto colonial supuestamente auténtico. El editor explica las dificultades de la reconstrucción textual, justifica las ausencias documentales, contextualiza históricamente al poeta y legitima la publicación. Sin esta figura mediadora, el texto del Arquipoeta carecería de marco interpretativo que guíe su recepción.

Torres Morales como editor construye su propia voz autorial, diferenciada de la voz poética del Arquipoeta. Mientras el poeta usa lenguaje arcaico y tono lírico-filosófico, el editor emplea castellano contemporáneo y tono académico-divulgativo. Esta diferenciación estilística refuerza la ilusión de que son dos personas distintas separadas por siglos.

Sin embargo, la figura del editor ficcional también revela contradicciones que delatan la estrategia. En varios prólogos se menciona que Torres Morales robó manuscritos de la Biblioteca Nacional de Lima en su juventud, intentó devolverlos sin éxito, y desde entonces los ha conservado ilegalmente. Esta confesión de robo documental, presentada con cierta ligereza, resulta inverosímil: ningún editor académico serio admitiría públicamente haber sustraído patrimonio bibliográfico.

4.2. La construcción del aparato crítico apócrifo

El editor ficcional no trabaja solo: convoca una comunidad entera de comentaristas, críticos y filólogos que han estudiado supuestamente la obra del Arquipoeta a lo largo de siglos. El “Arcipestre Abreg” aparece citado repetidamente en notas al pie, así como “Morales y Pinto”, “Noltenius” (traductor alemán), “Zorro Morales Delbir”, “Vladimirovna Kamenova” y otros.

Ninguno de estos nombres aparece en bases de datos académicas, catálogos de bibliotecas especializadas o índices de estudios coloniales. Todos son invenciones que cumplen función de crear efecto de profundidad crítica: si tantos especialistas han estudiado al Arquipoeta durante décadas, debe ser figura literaria real y relevante.

La estrategia replica la técnica borgiana de citar autoridades inexistentes. En “Pierre Menard”, Borges lista obras ficticias del personaje con títulos precisos y detalles editoriales inventados. En “Tlön”, fabrica toda una tradición de enciclopedistas y filósofos apócrifos. Torres Morales aplica el mismo método pero específicamente al contexto de los estudios coloniales peruanos.

El aparato crítico apócrifo incluye también referencias a ediciones previas inexistentes: una editio princeps de 1778, ediciones rusas del siglo XIX, un facsimilar parisino de 1994, una edición alemana en Bonn de 1995. Todas estas referencias crean la ilusión de tradición textual compleja, con variantes, corrupciones y problemas filológicos que un texto auténticamente antiguo habría acumulado.

4.3. Los prólogos múltiples y las voces editoriales

El libro incluye varios prólogos firmados por diferentes versiones del editor: “Miguel A. Torres Morales” en 1995, “Salamiro Zorro Morales Delbir” en 1994, “Miguel Alfonso Torres Morales” en 2025. Esta proliferación de prólogos genera confusión cronológica deliberada: ¿cuál es la primera edición? ¿Cuántas veces se ha editado esta obra? ¿Son estos editores diferentes personas o la misma persona con nombres ligeramente variables?

La multiplicación de voces editoriales replica la fragmentación onomástica del Arquipoeta mismo. Así como el poeta tuvo múltiples nombres (Delatorre Saracatu, Salamiro Morales, Arquipoeta Barranquino), el editor tiene múltiples identidades (Torres Morales, Zorro Morales). Esta simetría estructural sugiere que ambas figuras son construcciones paralelas del mismo dispositivo literario.

Los prólogos también contradicen información fundamental. Un prólogo afirma que la edicón primordial fue impresa en Lima en 1778; otro menciona que el ejemplar más antiguo está en París; un tercero habla de manuscritos consultados en Bonn. Estas contradicciones no son errores sino estrategia deliberada: al hacer imposible reconstruir una historia editorial coherente, Torres Morales obliga al lector a reconocer la naturaleza ficticia del conjunto.

  1. FUNCIONES POLÍTICAS Y EPISTEMOLÓGICAS DE LA FALSIFICACIÓN

5.1. Completar el archivo colonial mutilado

La justificación política central del proyecto reside en la naturaleza selectiva del archivo colonial. Los documentos conservados reflejan relaciones de poder de la época: la Inquisición quemó libros, la censura destruyó obras críticas, los archivos virreinales registran nombres de procesados pero no sus textos.

En este contexto, inventar al Arquipoeta no es mentira sino hipótesis histórica materializada literariamente. Torres Morales propone: “Debieron existir poetas mestizos críticos con el colonialismo cuyas obras fueron destruidas. Si no conservamos ninguno, el silencio no prueba que no existieran sino que la censura fue efectiva. Inventar uno es reparación simbólica de esa ausencia”.

Esta lógica transforma la falsificación en acto de justicia histórica. No se trata de engañar al lector haciéndole creer que el Arquipoeta existió realmente, sino de hacer visible mediante la ficción una ausencia estructural del archivo. La obra invita a preguntar: ¿cuántos intelectuales coloniales críticos fueron efectivamente silenciados? ¿Qué perdió la cultura peruana con esa destrucción sistemática?

La estrategia implica riesgo evidente: puede confundir a lectores que tomen al Arquipoeta por real, generando información falsa que circule como histórica. Pero Torres Morales parece calcular que las contradicciones internas son suficientemente evidentes para que el lector atento reconozca la estrategia, mientras que el lector ingenuo experimentará el placer del descubrimiento literario.

 

5.2. Cuestionar la construcción del canon literario

El proyecto cuestiona implícitamente: ¿cómo se construye el canon de la literatura colonial? ¿Por qué conocemos ciertos nombres y no otros? ¿Hasta qué punto el canon refleja calidad literaria intrínseca o simplemente capacidad de supervivencia documental y reproducción institucional?

Si el Arquipoeta no existió pero su poesía es literariamente valiosa, ¿importa realmente la existencia histórica del autor para la valoración estética del texto? Esta pregunta borgiana atraviesa todo el proyecto. La respuesta implícita es que la literatura no depende de la biografía real del autor sino de la capacidad del texto para generar sentido y experiencia estética.

El proyecto también cuestiona la autoridad de la crítica literaria académica. Si especialistas inexistentes como el Arcipestre Abreg o Noltenius pueden generar interpretaciones plausibles citadas en notas al pie, ¿qué distingue el comentario crítico legítimo del apócrifo? La respuesta inquietante es que ambos operan mediante los mismos códigos retóricos y convenciones disciplinares.

 

5.3. La ficción como herramienta epistemológica

La estrategia del heterónimo histórico plantea una cuestión epistemológica fundamental: ¿puede la ficción literaria producir conocimiento sobre el pasado? La respuesta que ofrece Así habló Arquipoeta es afirmativa, pero con matices cruciales.

Torres Morales no pretende engañar sobre hechos históricos verificables. No afirma falsamente que el terremoto de 1746 no ocurrió, ni inventa batallas inexistentes de la rebelión de Túpac Amaru. Los hechos históricos documentados permanecen intactos. Lo que inventa es un sujeto colonial específico que habría vivido esos acontecimientos y reaccionado ante ellos desde una posición crítica.

Esta invención permite imaginar modalidades de conciencia histórica que probablemente existieron pero no dejaron rastro documental. Sabemos que hubo mestizos educados en el Perú colonial, que algunos recibieron formación jesuítica, que la Universidad de San Marcos tuvo estudiantes indígenas y mestizos, que existió crítica interna al sistema colonial. El Arquipoeta no inventa estos fenómenos: los encarna en un personaje específico que les da voz.

La ficción opera aquí como método de exploración histórica alternativo a la historiografía tradicional. Donde el historiador debe limitarse a documentos verificables, el escritor puede imaginar verosímilmente lo que pudo haber sido. Esta imaginación no es arbitraria sino que debe respetar las condiciones de posibilidad históricas: el Arquipoeta no puede conocer la teoría de la relatividad ni mencionar acontecimientos posteriores a 1785 (y cuando lo hace, mediante anacronismos deliberados, señala su propia naturaleza ficticia).

5.4. El problema de la verificación y los límites del engaño

La estrategia plantea un problema ético: ¿hasta dónde es legítimo crear documentación falsa que pueda circular como histórica? El riesgo evidente es que investigadores desprevenidos citen al Arquipoeta como poeta colonial real, generando información errónea en trabajos académicos.

Torres Morales parece consciente de este riesgo y deja pistas deliberadas para el lector atento. Las contradicciones internas son demasiado numerosas y evidentes para considerarlas errores: fechas que no coinciden, afirmaciones mutuamente excluyentes entre prólogos, referencias bibliográficas imposibles de verificar, nombres de comentaristas sospechosamente alegóricos (Fray Luis “de las Flores” escribiendo un “Tratado sobre las Flores”).

Sin embargo, la línea entre falsificación revelada y engaño efectivo es delgada. Un lector que consulte el libro rápidamente, lea solo algunos poemas sin examinar el aparato crítico, o carezca de herramientas para verificar referencias bibliográficas, puede perfectamente concluir que el Arquipoeta existió. El formato editorial profesional, con ISBN, depósito legal y distribución en librerías comerciales, refuerza esta posibilidad de confusión.

La cuestión ética se complica porque el proyecto tiene valor literario independiente de su veracidad histórica. Si los poemas atribuidos al Arquipoeta son estéticamente valiosos, ¿importa que el autor biografiado no haya existido? La tradición literaria responde negativamente: nadie cuestiona el valor de las tragedias griegas porque los personajes son ficticios. Pero la diferencia es que Edipo nunca fue presentado como persona histórica real, mientras que el Arquipoeta sí lo es, aunque de manera ambigua.

  1. ANÁLISIS DETALLADO DEL APARATO PARATEXTUAL

6.1. Los epígrafes y la construcción de tradición filosófica

El libro “La Herida de la Rosa” se abre con un extenso epígrafe atribuido a Fray Luis de las Flores de Nuestra Señora, del “Tratado sobre las Flores”, supuestamente escrito en el Convento de San Buenaventura de Chorrillos en 1778, capítulo CLIII. Este texto desarrolla una elaborada teoría sobre la herida de la rosa como metáfora existencial: “tocaremos, y será ha nuestro más íntimo deseo seguir tocando, como si nostra vida fuera coger una rosa sin atender a sus espinas”.

El epígrafe cumple varias funciones retóricas. Primero, proporciona marco interpretativo para los poemas del Arquipoeta, sugiriendo que deben leerse como variaciones sobre el tema de la herida, el dolor y la belleza simultáneos. Segundo, sitúa al poeta en diálogo con la tradición mística franciscana, acreditándolo intelectualmente. Tercero, crea la ilusión de un fermento intelectual colonial más rico del que los archivos conservan.

Sin embargo, Fray Luis de las Flores de Nuestra Señora no existe en los registros de la orden franciscana en el Perú. El Convento de San Buenaventura en Chorrillos no aparece en las crónicas conventuales coloniales. Y el nombre del fraile resulta sospechosamente alegórico: un religioso llamado “de las Flores” que escribe un tratado sobre flores en su capítulo ciento cincuenta y tres (lo que implicaría obra de extensión monumental).

La estrategia es similar a la que Borges empleó en sus cuentos: citar autoridades inexistentes con detalles tan precisos que parecen verificables pero que colapsan en cuanto se intenta localizarlas. Torres Morales inventa toda una literatura conventual paralela, un corpus franciscano apócrifo que habría existido si la censura inquisitorial no hubiera sido tan severa.

6.2. Los comentaristas apócrifos y la tradición crítica inventada

El aparato de notas al pie cita sistemáticamente a comentaristas que no existen. El “Arcipestre Abreg” aparece mencionado como autoridad principal en múltiples notas, afirmándose que sostuvo “peregrinamente” en sus “Cornicas Completas del Sullco y la Espallanca” que el Arquipoeta fue gran navegador y llegó a ser nombrado capitán del Mar de Lima.

Otros comentaristas mencionados incluyen a “Morales y Pinto” sin especificación de quiénes son, “Noltenius” como supuesto traductor alemán, y “Zorro Morales” como editor de una edición de 1994. Ninguno de estos nombres aparece en bases de datos bibliográficas, catálogos de bibliotecas especializadas en literatura colonial, o índices de hispanistas.

La acumulación de nombres de comentaristas sin contexto biográfico ni bibliográfico verificable señala que todos son invenciones destinadas a crear la ilusión de una tradición crítica extensa. Esta estrategia replica exactamente la que Borges empleó en “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde cita obras inexistentes de Menard con títulos específicos y detalles editoriales falsos pero verosímiles.

La función de estos comentaristas apócrifos es doble. Por un lado, crean efecto de profundidad temporal y geográfica: si hay un traductor alemán (Noltenius), el Arquipoeta habría tenido recepción internacional. Por otro lado, generan controversia crítica ficticia: diferentes comentaristas ofrecen interpretaciones contradictorias de los mismos versos, imitando el debate académico real.

6.3. Las ediciones fantasma y la historia textual inventada

Las notas remiten constantemente a ediciones anteriores del Arquipoeta que no existen fuera del universo del libro. Se menciona una “editio princeps” de 1778, un “facsimilar de la edición original en Potosí”, ediciones rusas del siglo diecinueve, una edición facsimilar de 1994 en París, y manuscritos en Bonn.

Estas referencias cumplen función de crear profundidad temporal: sugieren que la obra del Arquipoeta ha circulado durante siglos, ha sido editada múltiples veces, ha generado variantes textuales que los filólogos discuten. Sin embargo, ninguna biblioteca especializada en literatura colonial hispanoamericana registra estas ediciones. La Biblioteca Nacional del Perú no tiene catálogo de obras del Arquipoeta. La Biblioteca Nacional de Francia no conserva el ejemplar que el editor afirma haber consultado.

Varias notas discuten variantes entre diferentes ediciones, creando la ilusión de tradición textual compleja. Una nota explica que en algunas versiones un verso dice “yo que nada sé” mientras otras dicen “yo que todo sé”, comentando: “La variante cambia radicalmente el sentido”. Otra menciona que “en el manuscrito de Bonn se lee ‘amor de la distancia’ mientras que en el ejemplar de París aparece ‘amor a la distancia'”.

Estas discusiones filológicas imitan perfectamente el lenguaje de la crítica textual académica, donde se comparan manuscritos y ediciones para establecer el texto más fidedigno. Sin embargo, al ser tanto el manuscrito de Bonn como el ejemplar de París invenciones, las variantes textuales son también ficticias. No reflejan transmisión histórica real sino la imaginación de un autor contemporáneo que simula los problemas que un texto antiguo habría enfrentado.

Esta estrategia es particularmente sofisticada porque demuestra conocimiento profundo de cómo funcionan realmente las ediciones críticas. Torres Morales no simplemente inventa un texto antiguo: inventa toda la historia de su transmisión, incluyendo las corrupciones, variantes y problemas editoriales que un texto real habría acumulado.

6.4. Las apostillas y la voz crítica anónima

Las apostillas cumplen función peculiar en el aparato paratextual. A diferencia de las notas firmadas por comentaristas identificados, las apostillas se presentan como voz crítica anónima, como si fueran glosas marginales acumuladas a lo largo de siglos de lecturas sucesivas.

Una apostilla comenta críticamente: “Mucho de lo que aquí se promete no se cumple en los libros que siguen”, sugiriendo que quien escribe ha leído toda la obra completa del Arquipoeta y puede evaluar si cumplió sus promesas literarias. Otra apostilla corrige interpretaciones o aclara referencias oscuras.

Estas apostillas anónimas crean efecto de texto que ha sido leído, comentado y glosado por múltiples generaciones. Pero al no identificar quién las escribió ni cuándo, Torres Morales está creando una voz crítica intemporal que atraviesa los siglos. Esta voz podría ser del siglo dieciocho, del diecinueve, del veinte o del veintiuno; su anonimato la vuelve universal y simultáneamente sospechosa.

La estrategia recuerda los textos rabínicos donde un pasaje bíblico acumula comentarios de diferentes épocas, creando palimpsesto donde las voces se superponen sin identificarse claramente. Torres Morales aplica este modelo textual talmúdico a un poeta colonial inventado, creando la ilusión de que el Arquipoeta ha generado tradición exegética comparable a textos sagrados.

VII. COMPARACIÓN CON OTRAS FALSIFICACIONES LITERARIAS HISTÓRICAS

7.1. Los poemas de Ossian y la construcción de tradiciones nacionales

En 1760, el poeta escocés James Macpherson publicó fragmentos de poesía épica que atribuyó a Ossian, bardo gaélico del siglo III. Los “Poemas de Ossian” generaron entusiasmo romántico en toda Europa, inspirando a Goethe, Napoleón y otros. Décadas después se demostró que Macpherson había fabricado la mayoría de los textos, utilizando solo fragmentos auténticos de baladas gaélicas.

La motivación de Macpherson era política: construir una tradición literaria épica escocesa comparable a la griega o romana, legitimando así la identidad nacional escocesa frente a la hegemonía inglesa. La falsificación cumplió función cultural real: dio a Escocia un mito fundacional literario aunque el bardo Ossian nunca hubiera existido.

Torres Morales opera con lógica similar respecto al Perú colonial. Al inventar un poeta mestizo crítico del colonialismo, está construyendo una tradición de resistencia intelectual que probablemente existió pero no dejó archivo. El Arquipoeta cumple función mítica: encarna la conciencia crítica colonial que el archivo oficial no conservó.

La diferencia es que Macpherson pretendió genuinamente engañar, mientras Torres Morales deja suficientes pistas para que el lector atento reconozca la estrategia. Sin embargo, ambos casos demuestran que las falsificaciones literarias pueden tener efectos culturales reales independientemente de su autenticidad histórica.

7.2. Los Protocolos de los Sabios de Sion y los peligros de la falsificación

No todas las falsificaciones literarias son inocuas. Los “Protocolos de los Sabios de Sion”, texto fabricado por la policía secreta zarista a principios del siglo XX que pretendía documentar una conspiración judía mundial, ha sido usado durante décadas como justificación para antisemitismo y violencia.

Este caso extremo ilustra los riesgos éticos de crear documentación falsa que puede circular como auténtica. Una vez que un texto falsificado entra en circulación, su autor pierde control sobre sus usos. Aunque los Protocolos fueron demostrados falsos repetidamente, continúan siendo citados como “prueba” por grupos antisemitas.

Así habló Arquipoeta no tiene obviamente las implicaciones políticas peligrosas de los Protocolos, pero sí plantea la cuestión ética de la responsabilidad autoral sobre falsificaciones. Si alguien cita al Arquipoeta en un trabajo académico como poeta colonial real, ¿tiene Torres Morales responsabilidad por ese error? ¿Debería haber marcado más explícitamente la naturaleza ficticia del proyecto?

La respuesta no es simple. Por un lado, las contradicciones internas son suficientemente evidentes para que cualquier investigador serio detecte la falsificación al intentar verificar las referencias. Por otro lado, el formato editorial profesional y la ausencia de advertencia explícita pueden confundir a lectores desprevenidos.

7.3. Las crónicas mestizas y la ambigüedad documental colonial

Paradójicamente, algunos textos coloniales auténticos presentan problemas de verificación similares a los de Así habló Arquipoeta. Las crónicas de Indias mezclan observación directa, rumores, referencias a textos perdidos y posible invención. Autores como el Inca Garcilaso de la Vega o Guamán Poma de Ayala presentan información que no puede verificarse completamente con fuentes independientes.

Garcilaso afirma haber escuchado relatos de su familia materna inca, pero no podemos verificar la exactitud de esa transmisión oral. Guamán Poma incluye ilustraciones de ceremonias prehispánicas que ningún español presenció. ¿Son reconstrucciones fidedignas basadas en memoria cultural o contienen elementos imaginados?

Esta ambigüedad epistemológica del archivo colonial proporciona contexto para entender el proyecto de Torres Morales. Si los textos coloniales auténticos ya mezclan documento e invención, ¿dónde está la frontera entre recuperación histórica y creación literaria? El Arquipoeta lleva esta ambigüedad al extremo: es completamente inventado pero respeta las condiciones de posibilidad históricas del periodo.

 

 

VIII. LA POÉTICA DEL ARQUIPOETA: ANÁLISIS LITERARIO

8.1. El lenguaje arcaizante y la verosimilitud histórica

Los poemas del Arquipoeta emplean ortografía arcaizante que imita el castellano del siglo XVIII: “nostra vida”, “fombres y muxeres”, “uiuido”, “sgre”, “trsida”, “fresco perlor”. Esta elección lingüística cumple función de autentificación histórica, sugiriendo que los textos fueron efectivamente escritos en el siglo XVIII.

Sin embargo, el examen lingüístico revela inconsistencias. La ortografía arcaizante no sigue un patrón coherente: algunas palabras usan grafías del XVIII mientras otras emplean ortografía moderna. Esta inconsistencia puede interpretarse de dos maneras: como error del falsificador que no domina completamente la ortografía histórica, o como estrategia deliberada para crear efecto de arcaísmo sin sacrificar legibilidad para el lector contemporáneo.

El vocabulario combina cultismos latinos (“ontologa plena”, “dialctica”, “entelequia”), referencias a la mitología clásica europea (Febo Apolo, Scrates, Esquilo) y menciones al contexto peruano específico (el Rmac, San Marcos, Chorrillos, el “gallito de las rocas”, los “chiguancos”). Esta combinación construye un sujeto colonial educado en la tradición clásica europea pero arraigado en el territorio peruano.

8.2. La estructura poética y las influencias literarias

Los poemas presentan métrica irregular que no se ajusta estrictamente a formas clásicas españolas. No son sonetos, ni décimas, ni octavas reales. Los versos alternan entre largos y breves sin patrón fijo, la rima es asonante e irregular, y la estructura estrófica varía constantemente.

Esta irregularidad formal puede interpretarse como característica de poesía colonial temprana, anterior a la consolidación neoclásica. Sin embargo, el estilo recuerda más a poetas modernistas del siglo XX (Neruda, Vallejo) que a poetas coloniales del XVIII. El tono confesional, la exaltación del yo lírico, la mezcla de erotismo y misticismo, son más característicos del romanticismo y modernismo que del barroco tardío o el neoclasicismo.

Las influencias detectables incluyen a Luis de Góngora (el cultismo, la sintaxis compleja), San Juan de la Cruz (el erotismo místico), Garcilaso (la idealización de la amada), pero filtradas a través de sensibilidad contemporánea. El resultado es un lenguaje híbrido que no pertenece completamente a ninguna época: demasiado moderno para el XVIII, demasiado arcaizante para el XXI.

8.3. Las temáticas recurrentes y la ideología del poeta

Los poemas articulan varias líneas temáticas constantes que construyen la coherencia ideológica del personaje. El amor platónico dirigido a una figura femenina inalcanzable atraviesa todo el libro, configurando una poética del deseo imposible. Esta mujer, identificada varialmente como “Princesa del Alma”, “Aldonza”, “Natalia”, funciona como musa que inspira pero permanece distante.

La crítica social ocupa espacio prominente. El poeta arremete contra la Inquisición, los arzobispos corruptos, los jueces venales, los comerciantes tramposos, los virreyes incompetentes. Denuncia la esclavitud, las minas que matan indígenas, la hipocresía de quienes invocan a Dios justificando injusticias. Este tono profético recuerda a los salmos bíblicos de denuncia pero aplicados al contexto colonial específico.

La reflexión filosófica sobre el tiempo, la memoria y la identidad configura el tercer eje temático. El poeta medita sobre la fugacidad de la vida, la imposibilidad de detener el tiempo, la relación entre presente y pasado. Estas meditaciones emplean lenguaje que recuerda tanto a los clásicos latinos (Horacio, Séneca) como a existencialistas del siglo XX.

La reivindicación de la identidad peruana mestiza aparece constantemente. El poeta se identifica explícitamente como mestizo, reivindica elementos culturales indígenas (menciona lengua quechua, animales andinos, geografía peruana) pero también se reconoce heredero de la tradición cultural europea. Esta doble identidad construye un sujeto colonial que no reniega de ninguna de sus herencias pero es crítico con el sistema que las jerarquiza injustamente.

  1. CONCLUSIONES: EL HETERÓNIMO COMO REPARACIÓN SIMBÓLICA

9.1. La falsificación como acto de justicia poética

Así habló Arquipoeta no es simplemente un ejercicio de erudición lúdica sino un proyecto que responde a una ausencia estructural del archivo colonial. La literatura peruana del siglo XVIII que conservamos es casi exclusivamente la producida por criollos y peninsulares, con excepciones escasas. Las voces de mestizos, indígenas y afrodescendientes educados, si existieron, fueron sistemáticamente silenciadas.

El Arquipoeta no llena este vacío documental: lo hace visible mediante la ficción. Al inventar un poeta mestizo crítico que probablemente podría haber existido pero no dejó rastro, Torres Morales señala la incompletud del archivo y las razones políticas de esa incompletud. La falsificación se transforma así en acto de reparación simbólica.

Esta estrategia implica riesgo evidente: puede confundir sobre hechos históricos. Pero también ofrece posibilidad única: imaginar formas de conciencia histórica que probablemente existieron pero no podemos documentar. La ficción opera aquí como herramienta epistemológica que complementa (no reemplaza) la investigación histórica tradicional.

9.2. El lector como cómplice necesario

El proyecto solo funciona con un lector activo capaz de detectar las contradicciones internas y reconocer la estrategia. Un lector pasivo que acepte todo lo que el paratexto afirma sin verificar las referencias será engañado. Un lector crítico que examine las notas al pie, busque los comentaristas citados, intente localizar las ediciones mencionadas, descubrirá la falsificación y comprenderá el juego literario.

Esta exigencia al lector es característica de la literatura posmoderna heredera de Borges. El texto no busca la transparencia sino la complicidad intelectual. Invita al lector a participar en un juego donde sabemos que es falso pero actuamos como si fuera verdadero, suspendiendo voluntariamente la incredulidad para experimentar qué revela esa suspensión.

El pacto de lectura es diferente del que establecen las novelas históricas tradicionales. Una novela histórica inventa diálogos y escenas pero sitúa personajes reales en contextos verificables. Así habló Arquipoeta inventa el personaje principal pero lo sitúa en contexto histórico real, invierte la proporción convencional entre documento y ficción.

9.3. Limitaciones y problemas del proyecto

El proyecto presenta limitaciones evidentes. La ambigüedad sobre su estatuto genérico puede generar confusión legítima. La ausencia de una declaración autoral explícita sobre la naturaleza ficticia del Arquipoeta puede interpretarse como intento de engaño más que como estrategia literaria sofisticada.

El riesgo de que información falsa circule como histórica es real. Si un estudiante cita al Arquipoeta en un trabajo académico sin verificar las fuentes, el profesor que corrija puede no detectar el error si no conoce suficientemente la literatura colonial peruana. La falsificación puede entonces propagarse, generando ruido informativo.

Además, el proyecto puede interpretarse como apropiación indebida de una voz histórica marginal. Torres Morales, presumiblemente un autor contemporáneo educado, inventa la voz de un mestizo colonial, hablando por un sujeto subalterno que no puede hablar por sí mismo. Esta operación reproduce potencialmente la estructura colonial que pretende criticar: las élites letradas hablando en nombre de los marginados.

9.4. El legado de la autoría apócrifa en el siglo XXI

A pesar de sus limitaciones, Así habló Arquipoeta representa una continuación valiosa de la tradición hispanoamericana de autoría apócrifa. En la era de la posverdad, donde la frontera entre hecho y ficción se difumina constantemente en medios digitales y redes sociales, el proyecto tiene relevancia particular.

La obra demuestra cómo se construyen narrativas históricas mediante acumulación de detalles verificables mezclados con invenciones, cómo el aparato de autoridad académica (notas al pie, referencias bibliográficas, lenguaje especializado) puede legitimar información falsa, cómo los lectores tienden a confiar en textos que adoptan formato de documentación seria.

Al revelar estos mecanismos mediante su ejercicio deliberado, el proyecto invita a escepticismo saludable respecto a toda afirmación que se presente como histórica sin permitir verificación independiente. La falsificación literaria consciente se convierte en pedagogía crítica: enseña a leer con desconfianza activa.

El heterónimo del Arquipoeta Barranquino, poeta mestizo crítico del colonialismo que nunca existió pero pudo haber existido, permanece así en zona liminal entre documento y ficción, entre archivo y creación, interrogando constantemente los límites de cada categoría y obligando al lector a preguntarse: ¿qué distingue finalmente la verdad histórica de la ficción verosímil cuando el archivo está estructuralmente incompleto?

 

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