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Monografía académica: religiosidad heterodoxa, misticismo y crítica institucional en así habló arquipoeta de miguel A. torres morales

Olivares Tomás, Ana María. «Monografía académica: religiosidad heterodoxa, misticismo y crítica institucional en así habló arquipoeta de miguel A. torres morales». Así habló arquipoeta. Spain: Zenodo, 21 de diciembre de 2025. https://doi.org/10.5281/zenodo.18006933

 

Religiosidad heterodoxa: Misticismo, herejía y crítica institucional en “Así habló Arquipoeta”

Introducción

La obra que Miguel A. Torres Morales atribuye al Arquipoeta Barranquino presenta una de las tensiones más profundas y conflictivas del catolicismo colonial: la brecha entre la experiencia mística personal y la Iglesia como institución de poder. El poeta mestizo, formado “con los jesuitas de la Compañía” (p. 7), desarrolla una religiosidad que Torres Morales califica de heterodoxa precisamente por su radicalismo evangélico, que lo lleva a una confrontación abierta con las estructuras eclesiásticas de su época. Esta monografía examina cómo el Arquipoeta articula una fe personal intensa que lo lleva paradójicamente a ser acusado de herejía por aquellos que detentan el poder religioso institucional.

El linaje místico: Teresa, Juan y Luis

El Arquipoeta se inscribe deliberadamente en la tradición de los grandes místicos españoles del Siglo de Oro, aquellos que también sufrieron persecución por parte de la propia Iglesia que luego los canonizaría. La referencia más explícita aparece en el último poema de la “Carta de Navegación”, donde el yo lírico evoca “el alto Sueño de Teresa, / de Fray Juan Gómez y de Juan Macías” (p. 98). Esta tríada es significativa: Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz (cuyo nombre civil era Juan de Yepes, que el texto registra como “Juan de Ypes Álvarez”, p. 61) y el beato peruano Juan Macías representan la experiencia mística como encuentro directo con lo divino, sin mediación institucional.

La referencia a Fray Luis de León es aún más reveladora de la identificación del Arquipoeta con los místicos perseguidos. En un pasaje de alto voltaje político, el poeta exclama: “Prisionero Fray Luis, tortura injusta! / Tu Amor ha de triunfar con la Justicia” (pp. 65-66). Fray Luis de León, como se sabe, fue encarcelado por la Inquisición durante cinco años por traducir el Cantar de los Cantares al castellano. El Arquipoeta no sólo reconoce la injusticia del proceso, sino que establece una continuidad entre el sufrimiento del maestro salmantino y el suyo propio.

El poeta invoca también a otros místicos en momentos de desesperación espiritual. En un pasaje de notable intensidad, exclama: “Válgame Policarpio, alma inimitable! / Consuele ya San Juan con Cruz sentida / al gran Fray Luis, a quien le dieron duro!” (p. 77). La expresión “Cruz sentida” alude directamente a la experiencia de San Juan de la Cruz, cuya “noche oscura del alma” constituye el paradigma del sufrimiento místico. El Arquipoeta comprende que el camino hacia Dios no pasa por los honores eclesiásticos, sino por el padecimiento y la soledad.

La Inquisición y el arzobispo mequetrefe

La crítica más directa y corrosiva del Arquipoeta se dirige contra la Inquisición y la jerarquía eclesiástica. En un pasaje de extraordinaria audacia para su época, el poeta denuncia:

“Viene la Inquisición, viene el arzobispo mequetrefe, / disfrazado de cuervo negro, / disfrazado de muerte malvada, / monta en mula y en mulaje, / y me acusa de adorarte y de salvaje.” (pp. 22-23)

La imagen del prelado disfrazado de cuervo negro invierte la simbología cristiana: no es el representante de la luz divina, sino un agente de la muerte. El término “mequetrefe”, de uso coloquial y despectivo, rebaja al arzobispo de su pedestal jerárquico. La acusación que se le imputa al poeta —”adorarte y de salvaje”— revela la incomprensión institucional ante una religiosidad que privilegia el amor místico por sobre la ortodoxia.

El Arquipoeta se pregunta con amargura retórica:

“Yo me pregunto por qué queman a los ignorantes, / por qué condenan al que posee un gato negro, / a los hechiceros y a las agoreras sin fortuna, / y por qué no le echan el guante a los grandes heresiarcas, / a los Estados Tramadores que malquistan a los pueblos” (p. 23).

La crítica no se dirige contra la fe, sino contra la selectividad persecutoria de la Inquisición: castiga a los débiles mientras tolera a los poderosos que instrumentalizan la religión para fines políticos. Esta denuncia anticipa la crítica ilustrada, pero desde una posición de fe genuina, no de escepticismo.

El templo mentiroso y las jaulas para Dios

Una de las críticas más profundas del Arquipoeta se centra en la instrumentalización de Dios por parte de quienes construyen templos y ritos como formas de dominación. En un pasaje que Torres Morales destaca como central, el poeta afirma:

“Las jaulas fabricadas para Dios por los falsarios, / los templos con ofrendas, mentira de ladrones, / están vacías de Amor y de Gracia sempiterna, / pues Dios es la Verdad, es el Sentido / que le da Sentido al más hondo Sentido, al que no acaba.” (pp. 24-25)

La metáfora de las “jaulas fabricadas para Dios” es extraordinariamente radical: los templos no albergan lo divino, sino que pretenden aprisionar y domesticar un misterio que por definición no puede ser contenido. Los falsarios no son los herejes, sino aquellos que administran la religión como un negocio. La afirmación de que los templos “están vacías de Amor” constituye una herejía desde la perspectiva institucional, pues niega la eficacia sacramental de los espacios consagrados.

 

El Arquipoeta amplía esta crítica al denunciar:

“Aquellos que buscan poseer a Dios y encadenarlo, / sólo quieren dominar a los otros y esquilmarlos, / a cambio de nada, capital arlequinaje, / ficticia cantidad, crédito falso, / bancario estafador, reserva nula, / fondo monedal, templo mentiroso.” (pp. 24-25)

La asociación entre religión institucional y sistema financiero (“capital arlequinaje”, “crédito falso”, “bancario estafador”) anticipa la crítica moderna a la Iglesia como aparato de poder económico. Pero el Arquipoeta no habla desde el ateísmo, sino desde una fe intensa que considera blasfemia la reducción de Dios a mercancía.

Dios verdadero versus demiurgo institucional

El Arquipoeta elabora una distinción teológicamente sofisticada entre el Dios verdadero y el demiurgo falso que adoran los poderosos. En un pasaje del poema apócrifo “La Barca de los Locos”, atribuido falsamente al poeta según Torres Morales pero coherente con su pensamiento, se lee:

“Los que al vidioso Destructor adoran / en conciliábulo antifaz se ocultan, / do blasfeman muy rabiosos, / y después en público ya fingen ser valiosos, / cordiales, diligentes, / en su general asamblea, / con falsedad e hipocresía, / cófrades fariseos, herodianos, / serviles asesinos elegantes / que adoran a un demiurgo vano, / y nunca al Sumo Bien de Brillo Eterno, / Perpetuo Creador Veraz de Todo.” (p. 88)

La referencia al “demiurgo vano” conecta con la tradición gnóstica, que distingue entre el Dios supremo y una deidad inferior, creadora del mundo material. Aunque el Arquipoeta no desarrolla una gnosis sistemática, sí establece que existe un falso dios al que rinden culto los hipócritas, mientras el Dios verdadero es “Perpetuo Creador Veraz de Todo”.

Esta distinción se radicaliza en el poema “Arte de Recordarte”, donde el yo lírico se dirige directamente a Dios en un lamento que roza la blasfemia:

“No sé si tú eres el que manda en este mundo, / el falso impostor que se oculta en conciliábulo.” (p. 186)

El poeta no niega a Dios, pero cuestiona si el Dios que permite el sufrimiento de los inocentes es realmente el Dios verdadero o un impostor que se hace pasar por divino. Esta teología negativa, que procede por vía de exclusión, sitúa al Arquipoeta en los límites de la ortodoxia.

La verdadera religión: soledad, pobreza y búsqueda

Frente a la religiosidad institucional, el Arquipoeta propone un camino de soledad y despojo. En un pasaje que recuerda a los Padres del Desierto, afirma:

“El que busca la Verdad, a pie descalzo, / vive unido a todos los grandes solitarios, / arquipoeta de la piedra y del desierto, / lágrima furtiva de existir absorto, / pequeña inteligencia de su pequeñez consciente, / contempladora lupa del grano de la arena” (p. 25).

La imagen del buscador “a pie descalzo” evoca tanto a los místicos franciscanos como a los profetas del Antiguo Testamento. La “pequeñez consciente” es la condición de posibilidad para la experiencia mística: sólo quien reconoce su nada puede abrirse a la plenitud divina. Los “grandes solitarios” no son los prelados en sus palacios, sino los anacoretas en el desierto, aquellos que renuncian al poder para encontrar a Dios.

 

El Arquipoeta afirma que el verdadero teólogo no es el doctor en cánones, sino el contemplativo:

“Y si en paz a pensarlo nos sentáramos, / ¡Cuántos años sobre nos con su callar pasarían! / ¡Lúcidos de cantar nunca cesarían!” (p. 25).

El conocimiento de Dios no se adquiere en las aulas universitarias, sino en el silencio contemplativo. Los “Lúcidos de cantar” son aquellos que han visto la Verdad y por eso mismo no pueden dejar de cantarla, aunque ello les acarree persecución.

Teólogos verdaderos versus sabios institucionales

El Arquipoeta distingue entre los teólogos escolásticos auténticos y los “sabios” institucionales que han traicionado la verdad. En una invectiva de notable erudición, denuncia:

“esos orondos dignatarios altos / creen que el alma con el cuerpo fina, / incapaces de comprender los Evangelios, / negados a la lucidez de Duns Escoto, / de Francisco Suárez y Tomás de Aquino.” (pp. 23-24)

La referencia a Duns Escoto, Francisco Suárez y Tomás de Aquino no es casual. Estos tres teólogos representan la cumbre del pensamiento escolástico, pero también posiciones que la jerarquía institucional frecuentemente ignoró o distorsionó. Duns Escoto defendió la Inmaculada Concepción cuando la ortodoxia dominante la rechazaba; Suárez desarrolló una teoría del poder que justificaba la resistencia al tirano; Tomás de Aquino fue perseguido en vida por algunos sectores de la Iglesia. El Arquipoeta identifica la verdadera teología con aquellos pensadores que fueron incomprendidos o perseguidos por su época.

La ironía es corrosiva: quienes se presentan como guardianes de la ortodoxia son en realidad ignorantes del Evangelio. “Creen que el alma con el cuerpo fina” implica que estos prelados materialistas ni siquiera creen en la inmortalidad del alma, doctrina central del cristianismo. Son ateos funcionales que utilizan la religión como instrumento de poder.

La acusación de herejía: inversión de términos

El Arquipoeta es plenamente consciente de que su crítica lo expone a la acusación de herejía. Pero en un movimiento dialéctico brillante, invierte los términos: los verdaderos herejes son sus acusadores. En un pasaje de alto voltaje polémico, declara:

“Y los más perversos paganos y los más hipócritas herejes / dicen ahora que yo soy el pagano y que yo soy el hereje, / ellos no persiguen al que merca con intrigas y con armas.” (p. 22)

El poeta no se defiende de la acusación de herejía; más bien, devuelve la acusación a sus perseguidores. Los “más perversos paganos” son aquellos que rinden culto al poder y al dinero bajo un barniz cristiano. Los “más hipócritas herejes” son quienes tergiversan el Evangelio para justificar la opresión. La verdadera herejía no es el amor místico, sino la instrumentalización de Dios para fines mundanos.

Esta inversión se radicaliza en la pregunta retórica:

“Mencionan a Dios. Todos lo mencionan / justificando lo injustificable, / hasta yo en mi boca pongo su nombre de misterio, / yo que nada sé y que nunca sabría tanto / como juez o magistrado, / como virrey, erudito profesor o gran letrado” (pp. 23-24).

La ironía es devastadora: jueces, virreyes y letrados invocan a Dios para legitimar sus decisiones, mientras el poeta humilde confiesa su ignorancia. Pero es precisamente esta docta ignorantia la que lo acerca a Dios, mientras la falsa sabiduría de los poderosos los aleja.

 

El celo por la Casa del Señor

El Arquipoeta explica su crítica feroz como expresión de celo religioso, no de impiedad. Tras uno de sus pasajes más incendiarios contra la jerarquía, escribe:

“Mas por qué no he de callarme por fin? / El celo me consume por las palabras milenarias, / el celo por el mar cerniéndose en la tarde, / y lleno de espuma derramé mi apocalipsis airado / contra el arzobispo y la Inquisición patibularia” (p. 26).

La expresión “el celo me consume” alude directamente al Salmo 69:9, que el Evangelio de Juan (2:17) aplica a Jesús cuando expulsa a los mercaderes del templo. El Arquipoeta se identifica con Cristo purificando el templo: su ira no es irreligiosa, sino profundamente religiosa. El “apocalipsis airado” no es un ataque a Dios, sino a aquellos que profanan su nombre.

El poeta se pregunta con amargura:

“¿Qué es la vida? ¿Inquisición persiguiendo pesadillas? / ¿Arca del abuso? ¿Vil instrumento / para hacer infelices a los otros?” (p. 26).

La Inquisición, institución destinada a proteger la fe, se ha convertido en su opuesto: un instrumento de tortura que persigue fantasmas mientras tolera el verdadero mal. Esta inversión diabólica justifica la indignación profética del poeta.

La oración a un Dios incomprensible

La tensión entre fe personal e institución alcanza su clímax en el poema “Arte de Recordarte”, donde el Arquipoeta se dirige directamente a Dios en una plegaria que roza la imprecación. Después de enumerar todos sus sufrimientos, el poeta exclama:

“Pero en silencio intuyo que la Verdad es Otra, / que el Dios veraz está en nosotros cuando amamos, / que el Sumo Amor es a su vez la Suma Inteligencia / oh Señor si yo te dijera que te amo por todo lo sufrido, / mentira.” (p. 186)

Esta confesión es de una honestidad brutal: el poeta no puede amar a Dios por el sufrimiento que ha padecido. Rechaza la teodicea tradicional que justifica el mal como pedagógico. Pero al mismo tiempo, intuye que “el Dios veraz está en nosotros cuando amamos”. La verdadera presencia divina no se da en los templos institucionales, sino en el acto de amor entre los seres humanos.

La oración continúa con una pregunta que expresa la perplejidad última del creyente ante el misterio del mal:

“No sé si tú eres el que manda en este mundo, / el falso impostor que se oculta en conciliábulo.” (p. 186)

El Arquipoeta distingue entre el Dios trascendente y el “dios de este mundo”, expresión paulina que designa al demonio. No niega a Dios, pero se pregunta si el poder que gobierna el mundo es realmente divino o demoníaco. Esta pregunta sitúa al poeta en la tradición de Job, quien también cuestionó la justicia divina sin renegar de Dios.

Místicos peruanos y santos populares

El Arquipoeta no sólo se remite a los místicos españoles, sino que incorpora figuras religiosas del Perú, especialmente aquellas vinculadas a la religiosidad popular. En un pasaje de súplica desesperada, invoca:

“¡Ayúdanos Solano San Francisco! / De la Barranca y de la ingrata Rima, / acuérdate también, Fray Pedro Urraca, / en tímida Bondad, gran milagrero!” (p. 91).

Fray Pedro Urraca fue un santo popular peruano, no canonizado oficialmente, pero venerado por el pueblo. Su invocación junto a San Francisco Solano (misionero franciscano que trabajó en Perú) muestra la preferencia del Arquipoeta por una santidad cercana al pueblo, no por los santos de la jerarquía. El calificativo “gran milagrero” contrasta con la religiosidad ritualista de los prelados.

La referencia a Juan Macías, santo dominico limeño, es aún más significativa. En el pasaje citado anteriormente, el poeta evoca “el alto Sueño de Teresa, / de Fray Juan Gómez y de Juan Macías” (p. 98). Juan Macías representa la santidad del hermano lego, no del teólogo o el prelado. Su inclusión en la tríada mística muestra que para el Arquipoeta, la experiencia de Dios no requiere investidura institucional.

Conclusión

La religiosidad del Arquipoeta, tal como la presenta Miguel A. Torres Morales, constituye una de las expresiones más radicales de la tensión entre fe personal e institución eclesiástica en el catolicismo colonial hispanoamericano. El poeta se sitúa deliberadamente en la tradición de los místicos españoles —Teresa, Juan de la Cruz, Fray Luis de León— que también sufrieron persecución por parte de la misma Iglesia que posteriormente los canonizó.

Su crítica a la Inquisición, al arzobispo y a los templos como “jaulas fabricadas para Dios” no procede del escepticismo ilustrado, sino de una fe intensa que considera blasfemia la instrumentalización de lo divino para fines de poder. La distinción que establece entre el “Dios veraz” y el “demiurgo vano” que adoran los poderosos sitúa su pensamiento en los límites de la ortodoxia, pero no fuera de ella.

El Arquipoeta invierte la acusación de herejía: los verdaderos herejes no son los místicos que buscan a Dios en la soledad del desierto, sino los prelados que utilizan la religión para “dominar a los otros y esquilmarlos”. Esta inversión dialéctica anticipa la crítica moderna a la religión como instrumento de dominación, pero la formula desde dentro de una experiencia religiosa auténtica.

La figura del Arquipoeta, tal como la construye Torres Morales, representa una tradición de religiosidad heterodoxa latinoamericana que merece ser recuperada: aquella que no renuncia a la fe, pero rechaza la Iglesia como aparato de poder; que busca a Dios no en los templos institucionales, sino en el amor entre los seres humanos; que prefiere la compañía de los santos populares a la de los prelados; que reivindica a los místicos perseguidos frente a los teólogos áulicos. Esta tradición ofrece un contrapunto necesario tanto al catolicismo institucional como al anticlericalismo secular, pues muestra que es posible una crítica radical de la Iglesia desde la fe misma.

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