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Ensayo académico: la nueva regla de oro del perú frente al imperativo categórico kantiano como propuesta de ética comunitaria mestiza en así habló arquipoeta

García-Pérez Tomás, Andrés Ignacio. «Ensayo académico: la nueva regla de oro del perú frente al imperativo categórico kantiano como propuesta de ética comunitaria mestiza en así habló arquipoeta». Así habló arquipoeta. Spain: Zenodo, 21 de diciembre de 2025. https://doi.org/10.5281/zenodo.18007395

La Nueva Regla de Oro del Perú frente al Imperativo Categórico kantiano: una ética comunitaria desde el pensamiento criollo del siglo XVIII

Introducción

En el prólogo de la obra que Miguel A. Torres Morales atribuye al Arquipoeta Barranquino, se establece una sincronía intelectual de notable interés para la historia de la filosofía moral americana. Según el recopilador, este “mestizo arequipeño” (p. 7) formuló hacia 1785 un principio ético fundamental precisamente cuando “Immanuel Kant desplegaba sus Críticas y su afamado Imperativo Categórico” (p. 7). Esta simultaneidad temporal permite un análisis comparativo entre dos modos radicalmente distintos de concebir la fundamentación de la moral: el universalismo abstracto kantiano y una ética relacional arraigada en las estructuras comunitarias andinas.

El personaje de Arquipoeta, presentado como “Benigno Miguel Mara Delatorre Saracatu” (p. 7), encarna una figura filosófica que Torres Morales identifica como crítica del proyecto independentista criollo, precisamente por considerar que este traicionaba los fundamentos éticos de una auténtica liberación. Su pensamiento moral, expresado en lo que el recopilador denomina la “Nueva Regla de Oro del Perú”, propone una alternativa a la ética ilustrada europea desde una perspectiva que privilegia los vínculos afectivos y comunitarios por sobre los principios universales abstractos.

La formulación de ambos imperativos morales

El Imperativo Categórico kantiano, en su primera formulación de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), establece: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal”. Esta formulación busca un criterio racional puro, desvinculado de inclinaciones particulares, que pueda fundamentar la moralidad de manera objetiva y universal.

La Nueva Regla de Oro del Perú, según la cita textual que recoge Torres Morales, se formula del siguiente modo:

“Procede de tal modo que los seres a quienes amas y los seres que te aman, vale decir los seres que tienen noción de tu idea y teleología, en ningún universo tengan motivo para avergonzarse de lo que estás haciendo. En otras palabras sé digno de la felicidad y de los tuyos.” (p. 7)

La diferencia fundamental es inmediata: mientras Kant apela a una razón universal que trasciende toda particularidad, el Arquipoeta ancla el criterio moral en una comunidad concreta de afectos y reconocimiento mutuo.

El giro comunitario frente al universalismo abstracto

La ética kantiana busca deliberadamente sustraerse de toda determinación empírica. El imperativo debe valer para todo ser racional como tal, independientemente de sus circunstancias históricas, culturales o afectivas. La dignidad moral reside precisamente en la capacidad del sujeto de abstraerse de sus inclinaciones particulares y actuar por puro respeto al deber.

El principio del Arquipoeta invierte esta jerarquía. El criterio moral no es la universalizabilidad racional, sino la preservación de la dignidad ante aquellos con quienes se comparte un horizonte existencial común. La expresión “los seres que tienen noción de tu idea y teleología” (p. 7) establece un círculo de reconocimiento mutuo donde la moralidad se juega en la vergüenza o el orgullo compartidos. No se trata de que cualquier ser racional pueda aprobar la acción, sino de que aquellos que comparten un proyecto vital y comprenden las intenciones profundas del agente no tengan motivo para avergonzarse.

Esta diferencia no es meramente formal. Torres Morales subraya que el Arquipoeta “no fue un espíritu ególatra que se autogratifica con el esplendor de las luces alcanzadas, tampoco fue maestro a sueldo que vuelve a lo cotidiano para administrar la ignorancia de los ciegos y de los más débiles” (pp. 7-8). La comparación con el “iluminado del Mito de la Caverna” (p. 8) sugiere que el pensador mestizo no concibe la ética como una ascensión individual hacia principios trascendentes, sino como una responsabilidad horizontal con la comunidad.

La dimensión teleológica y afectiva

Un elemento distintivo de la Nueva Regla de Oro es su carácter teleológico. Mientras el imperativo kantiano es rigurosamente deontológico (el deber se determina sin referencia a los fines), la fórmula del Arquipoeta incorpora explícitamente la “teleología” (p. 7) como elemento constitutivo. Los seres moralmente relevantes son aquellos que comprenden no sólo las acciones, sino los fines y el sentido vital del agente.

La segunda parte de la formulación, “sé digno de la felicidad y de los tuyos” (p. 7), establece un vínculo entre la moral y la felicidad que Kant habría considerado heterónomo. Para el filósofo de Königsberg, fundamentar la moral en la felicidad es caer en el empirismo y perder la universalidad. Sin embargo, el pensamiento que Torres Morales atribuye al Arquipoeta no busca esa universalidad abstracta. La dignidad moral consiste precisamente en hacer honor a los vínculos concretos que constituyen la identidad del sujeto.

Esta concepción tiene implicaciones radicales. El recopilador señala que el Arquipoeta se opuso al “proyecto clasista de emancipación, consistente en favorecer granjerías de una casta descontenta y cansada de tener que desobedecer las leyes de España e ingeniárselas con triquiñuelas y vivas criolladas” (p. 8). La crítica no se dirige contra la independencia en sí, sino contra un proyecto que traicionaba los vínculos comunitarios en favor de intereses particulares disfrazados de principios universales.

La vergüenza como criterio moral

Un aspecto notable de la Nueva Regla es el uso de la vergüenza como criterio moral. No se trata de la culpa racional kantiana (el reconocimiento de haber violado el deber), sino de una emoción social que vincula al agente con su comunidad de reconocimiento. La vergüenza presupone la mirada del otro significativo, aquel cuya opinión importa porque comparte un horizonte común de sentido.

Esta dimensión conecta con tradiciones éticas no occidentales que privilegian las virtudes relacionales sobre los principios abstractos. En las culturas andinas, la reciprocidad (ayni) y la vergüenza comunitaria (p’inqakuy en quechua) funcionan como reguladores morales fundamentales. El criterio moral no es “¿qué principio universal justifico?”, sino “¿puedo sostener la mirada de los míos?”.

Torres Morales subraya que para el Arquipoeta, “la posterior Emancipación sólo ha empeorado las condiciones de vida de los peruanos oprimidos, en tanto que cada gobierno debió vasallaje al insobornable y despiadado imperio de turno” (p. 8). Esta crítica sugiere que los principios universales abstractos (libertad, igualdad, soberanía) fueron instrumentalizados para legitimar nuevas formas de dominación, mientras que una ética comunitaria habría exigido fidelidad concreta a los vínculos con los oprimidos.

 

Implicaciones para una ética situada

La Nueva Regla de Oro propone lo que podríamos llamar una ética situada, que no renuncia a la normatividad pero la ancla en comunidades concretas de sentido. Esta perspectiva anticipa debates contemporáneos sobre el comunitarismo, la ética del cuidado y las epistemologías del sur.

Frente al sujeto universal kantiano, desencarnado y abstracto, el principio del Arquipoeta reconoce que los agentes morales son siempre seres situados en redes de interdependencia afectiva. La dignidad no consiste en trascender esas redes, sino en honrarlas. La formulación “sé digno de la felicidad y de los tuyos” (p. 7) establece una continuidad, no una oposición, entre el bien individual y el bien comunitario.

Esta perspectiva tiene consecuencias políticas. Si el criterio moral no son los principios universales abstractos sino la fidelidad a los vínculos concretos, entonces un proyecto político sólo es legítimo si preserva y fortalece las comunidades reales de las personas. El Arquipoeta, según Torres Morales, se adhirió “desde la Barranca a la causa de José Gabriel Kunturkanki Pajamaru” (p. 8) precisamente porque este representaba una rebelión que no traicionaba los vínculos comunitarios indígenas.

La exclusión del pensador mestizo del panteón independentista, según el recopilador, se debe a que los “estudiosos más autorizados” no podían reconocer a alguien “opuesto al proyecto clasista de emancipación” (p. 8). Una ética comunitaria como la del Arquipoeta desnuda el carácter clasista de proyectos políticos que apelan a principios universales mientras sirven a intereses particulares.

 

Conclusión

La Nueva Regla de Oro del Perú, tal como la presenta Miguel A. Torres Morales, constituye una propuesta ética alternativa al universalismo ilustrado kantiano. Frente a un imperativo categórico que busca principios válidos para todo ser racional en abstracto, el pensamiento atribuido al Arquipoeta propone un criterio moral enraizado en comunidades concretas de afecto y reconocimiento mutuo.

Esta diferencia no es meramente formal, sino que expresa dos concepciones distintas del sujeto moral y de la fundamentación de la ética. Mientras Kant busca una razón universal que trascienda toda particularidad, el Arquipoeta reconoce que la dignidad moral se constituye precisamente en y a través de vínculos particulares. La vergüenza ante aquellos que comparten nuestro proyecto vital se convierte en el criterio moral fundamental.

La recuperación de esta tradición, más allá de las cuestiones de autoría histórica que Torres Morales deja deliberadamente abiertas, permite pensar alternativas al universalismo abstracto sin caer en el relativismo. Una ética comunitaria no niega la normatividad, pero la sitúa en redes concretas de interdependencia y reconocimiento mutuo. En el contexto latinoamericano, esta perspectiva ofrece herramientas para una crítica de los proyectos políticos que apelan a principios universales mientras perpetúan estructuras de dominación.

La figura del Arquipoeta, tal como la construye el recopilador, encarna así una tradición de pensamiento ético americano que merece ser recuperada y desarrollada en diálogo con las éticas contemporáneas del cuidado, el comunitarismo y las epistemologías situadas.

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